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Camino hacia el poder
Fandom: Harry potter
Created: 1/29/2026
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AU (Alternate Universe)DramaFantasyMysteryAdventureCharacter StudyFix-itDarkCanon Setting
Un Nuevo Amanecer
El aire de la tarde en Hogwarts era fresco y ligeramente húmedo, portando el aroma a hierba recién cortada y la promesa de una lluvia inminente. Harrison Ignotus Potter, conocido por la mayoría como Harry James Potter, se sentó en una roca lisa a la orilla del lago, la superficie del agua tan quieta como un espejo. El hechizo de sigilo que lo envolvía era tan perfecto que ni siquiera el más agudo de los sentidos mágicos habría detectado su presencia. Era una invención propia, perfeccionada a partir de antiguos volúmenes que había encontrado en la vasta biblioteca de la Mansión Peverell, un tesoro de conocimiento que superaba con creces la restringida sección prohibida de Hogwarts.
Su mente, a pesar de la aparente calma de su exterior, bullía con pensamientos. La reunión con Dumbledore había sido, como siempre, una danza de evasivas y verdades a medias. El director, con su aire de benevolencia y conocimiento omnisciente, había intentado sondearlo sobre su paradero durante las semanas previas al inicio del curso. Harrison había mantenido su silencio, una habilidad que había cultivado con esmero. No había razón para revelar que había estado explorando la mansión ancestral de los Peverell, descubriendo secretos que cambiarían su vida para siempre.
La noticia del ataque de los dementores en Privet Drive había llegado a sus oídos con una frialdad desapasionada. Su primo, Dudley, y sus amigos... muertos. No sentía pena. Dudley había sido un tormento constante, y sus amigos, meros satélites de su crueldad. Los dementores, al parecer, lo buscaban a él. Pero él no estaba allí. El incidente había sido un catalizador, un recordatorio brutal de la impotencia que había sentido durante años, una impotencia que ahora sabía, era una fachada.
La clase de Defensa Contra las Artes Oscuras había sido una farsa, como todas las clases impartidas por Dolores Umbridge. La mujer, un sapo rosado con una sonrisa forzada, era la encarnación de la mediocridad y la ignorancia. Harrison había permanecido en silencio, concentrado en el patético libro de texto, impidiendo que la "puta", como él la llamaba en su mente, encontrara una razón para castigarlo. Su habilidad para pasar desapercibido, para fundirse con el entorno, era ahora una segunda naturaleza.
Mientras comía en el Gran Comedor, había percibido las miradas, los susurros. El "Niño que Vivió" estaba de vuelta, más taciturno, más distante. La Orden del Fénix lo había buscado, creyendo que los mortífagos lo habían secuestrado. La ironía no se le escapaba. Había estado más seguro en la Mansión Peverell, rodeado de cuadros parlantes y artefactos antiguos, que bajo la supuesta protección de Dumbledore.
Al salir del Gran Comedor, había sentido las cuatro presencias acercándose. Malfoy y sus compinches, Pansy Parkinson entre ellos. Sin un segundo de duda, se había vuelto invisible. No era el viejo hechizo de Desilusionamiento, ni la capa de invisibilidad de su padre. Era algo superior, un encantamiento que había descubierto en uno de los tomos Peverell. Este hechizo ocultaba todo: el sonido, el aire moviéndose, el calor corporal, incluso la propia magia. Solo la verdadera Capa de Invisibilidad Peverell, la original, podría superarlo.
La Capa de los Peverell, la Varita de Saúco y la Piedra de la Resurrección. Las Reliquias de la Muerte. Los artefactos originales, a diferencia de las falsificaciones que Dumbledore parecía poseer, estaban en el estudio de Lord Peverell, bajo un sinfín de encantamientos que solo la sangre y la orden del Lord Peverell podían desatar. Ignotus Peverell, el último Lord Peverell que había habitado la mansión, se lo había explicado a través de su retrato. La capa que Harrison había usado desde su segundo año era una copia, una réplica. La Varita de Saúco que Dumbledore empuñaba, una mera imitación de la verdadera. El viejo director, al parecer, conocía las Reliquias, pero ignoraba que las que poseía eran falsas. La ironía era deliciosa.
El sol se ponía, pintando el cielo de tonos anaranjados y violetas. Los pensamientos de Harrison derivaron hacia sus recientes descubrimientos. Durante las vacaciones, en Diagon Alley, un duende lo había llevado a la oficina del gerente de cuentas de los Potter. Una prueba de herencia, para verificar su identidad, había revelado un secreto ancestral: él era el heredero Peverell. No solo eso, sino que su nombre real era Harrison Ignotus Potter. El "Harry James" era una fachada, una tradición de la familia Potter para proteger a los menores de contratos vinculantes.
Esa revelación había deshecho el contrato matrimonial entre él y Ginny Weasley, orquestado por Dumbledore y Molly Weasley. El contrato, aunque ilegal en parte, habría sido vinculante si su nombre real fuera "Harry James Potter". Pero no lo era. Harrison se sintió una ola de alivio. Si hubiera sabido esto el año pasado, no habría participado en el Torneo de los Tres Magos.
Pero la revelación más impactante había ocurrido cuando se puso el anillo de heredero Peverell. Una oleada de magia ancestral había recorrido su cuerpo, despertando una habilidad dormida: la evolución forzada. La capacidad de volverse más fuerte cuanto más lucha y más daño recibe. Y, aún más asombroso, la capacidad de robar hechizos y replicarlos con solo verlos, sin límites.
La magia Peverell también había atacado un fragmento de alma en su cicatriz. El dolor había sido insoportable, dejándolo inconsciente. Los duendes de Gringotts, con su conocimiento ancestral, habían identificado el fragmento como un Horrocrux y lo habían extraído. Harrison, al recordar el diario de Tom Riddle que había poseído a Ginny en segundo año, había sugerido que también podría ser un Horrocrux. Los duendes, sorprendidos por la presencia de múltiples Horrocruxes en una sola persona, habían revelado que poseían un dispositivo para rastrearlos. Harrison les había prometido un pago generoso a cambio de su ayuda.
La desconfianza hacia Dumbledore y los Weasley era ahora una constante en su mente. Hermione, también. La poción multijugos que había preparado en segundo año, de nivel éxtasis, era imposible para una estudiante de su edad, por muy brillante que fuera. El giratiempo, ¿cómo lo había conseguido? Solo Dumbledore podría habérselo dado, y su uso sin permiso era ilegal. Además, ni ella ni Ron le habían escrito una sola carta durante el verano, una omisión que le había dolido más de lo que admitiría.
Respiró hondo, el aire frío llenando sus pulmones. El lago reflejaba las últimas luces del día. Su vida había dado un giro de 180 grados. Ya no era el peón de Dumbledore, el "Niño que Vivió" que debía ser protegido y manipulado. Ahora era Harrison Ignotus Potter, heredero de una de las casas mágicas más antiguas y poderosas. Y tenía un plan.
Mientras observaba el lago, una figura emergió de la distancia, caminando a paso lento. Era Luna Lovegood, su cabello rubio sucio ondeando al viento, sus ojos soñadores fijos en el cielo, como si buscara algo que solo ella pudiera ver. Harrison no se movió, manteniendo su hechizo de sigilo. Luna, ajena a su presencia, se sentó en un árbol cercano, su mirada perdida en el horizonte. Siempre le había parecido intrigante, extraña, pero con una sabiduría oculta.
"Los nargles están muy activos esta noche", murmuró Luna para sí misma, su voz etérea. "Sienten el cambio en el aire. Las cosas están a punto de volverse muy interesantes, ¿verdad, Harry?"
Harrison se sobresaltó. ¿Lo había detectado? Imposible. Su hechizo era perfecto.
"Sé que estás ahí, Harry", continuó Luna, sin girarse. Su voz era tranquila, desprovista de cualquier sorpresa o reproche. "Los nargles no pueden esconderse de mí por mucho tiempo, y tú tienes un aura muy particular. Más fuerte de lo que solía ser. Más antigua."
Harrison dudó un momento, luego desactivó lentamente el hechizo de sigilo. El aire alrededor de él pareció ondular ligeramente antes de que su figura se materializara. Luna se giró para mirarlo, sus grandes ojos azules brillando con una extraña comprensión.
"Hola, Luna", dijo Harrison, su voz un poco ronca. Se dio cuenta de que era la primera vez que hablaba con alguien que no fueran los duendes de Gringotts o los retratos Peverell en semanas.
"Hola, Harry", respondió Luna, una pequeña sonrisa en sus labios. "Sabía que vendrías aquí. Es un buen lugar para pensar. Y para observar a los Crumple-Horned Snorkacks, aunque son muy tímidos."
Harrison no pudo evitar una pequeña sonrisa. "No estoy seguro de haber visto ninguno."
"Oh, están ahí", aseguró Luna con seriedad. "Solo tienes que saber dónde mirar. Como con los nargles. Y las verdades ocultas."
"¿Verdades ocultas?", preguntó Harrison, su interés picado.
Luna asintió lentamente. "Sí. La gente tiende a esconderlas. Especialmente las que tienen que ver con el poder. Y con la sangre."
Harrison sintió un escalofrío recorrer su espalda. Luna, con su aparente inocencia, parecía ver más allá de las apariencias, más allá de las mentiras.
"¿A qué te refieres, Luna?", preguntó, manteniendo un tono casual.
"A la verdad de tu linaje, por supuesto", dijo Luna, como si fuera la cosa más obvia del mundo. "No eres solo un Potter, ¿verdad? Hay algo más antiguo en ti. Algo que ha estado dormido y ahora está despertando."
Harrison la miró fijamente. ¿Cómo podía saber ella? ¿Era su habilidad mágica, esa "evolución forzada", tan evidente?
"¿Cómo sabes eso?", preguntó, su voz baja.
Luna se encogió de hombros. "Los nargles me lo susurraron. Y tu aura. Es como un río que ha roto sus diques. Poderoso y antiguo. Como el de los Peverell."
La mención de los Peverell le hizo contener la respiración. Nadie más lo sabía. Ni Dumbledore, ni los Weasley, ni Hermione. Solo los duendes y los retratos de la Mansión Peverell.
"Los Peverell...", murmuró Harrison, probando el nombre en su lengua.
"Sí", dijo Luna con un brillo en sus ojos. "Son una familia muy interesante. Muy antigua. Y muy solitaria. No les gusta revelar sus secretos. Pero tú eres diferente. Eres su heredero."
Harrison se sintió una extraña conexión con Luna. Ella no lo juzgaba, no lo interrogaba con segundas intenciones. Simplemente observaba y hablaba con una franqueza desarmante.
"Parece que sabes mucho, Luna", dijo Harrison, una punzada de curiosidad genuina.
"Leo mucho", respondió Luna con una sonrisa. "Y escucho a los nargles. Ellos saben muchas cosas que la gente común ignora. Como que el director no siempre dice la verdad. Y que algunas personas se aprovechan de otras para sus propios fines."
Harrison asintió lentamente. Eso resonaba con sus propias conclusiones. Dumbledore, los Weasley, incluso Hermione. Todos parecían tener sus propias agendas, sus propias verdades ocultas.
"¿Crees que Dumbledore me está manipulando?", preguntó Harrison, sintiendo que podía confiar en la extraña sinceridad de Luna.
Luna ladeó la cabeza, sus ojos fijos en el lago. "El director es un hombre muy complejo, Harry. Quiere el bien, pero a veces no ve el panorama completo. O elige no verlo. Él cree que sabe lo que es mejor para todos, pero a veces, su 'mejor' es solo una versión de lo que él quiere que sea."
Harrison procesó sus palabras. Era una descripción precisa. Dumbledore siempre actuaba como si tuviera todas las respuestas, como si fuera el único que podía guiarlo.
"¿Y los Weasley?", preguntó Harrison, sintiendo una punzada de dolor al recordar la traición de Ron y Ginny.
Luna suspiró suavemente. "Son buenas personas, en su mayoría. Pero la señora Weasley... ella tiene un gran corazón, pero también es muy influenciable. Y el señor Weasley... él solo quiere encajar. Y Ginny... ella es joven y un poco... ambiciosa. A veces, las personas hacen cosas que no están bien por las razones equivocadas."
"¿Y Hermione?", preguntó Harrison, con una mezcla de curiosidad y cautela.
Luna se volvió para mirarlo directamente. "Hermione es muy inteligente. Demasiado inteligente para su propio bien, a veces. Ella busca la aprobación. Y el director sabe cómo usar eso. Le da información, la hace sentir importante. Y ella, a su vez, cree que está haciendo lo correcto."
Las palabras de Luna confirmaron sus sospechas. Hermione, la brillante y leal amiga, era también una herramienta. Una pieza en el intrincado juego de Dumbledore.
"Entonces, ¿qué hago?", preguntó Harrison, sintiéndose un poco abrumado por la avalancha de verdades que Luna había desvelado con tanta facilidad.
Luna sonrió, una sonrisa enigmática. "Tu camino es tuyo, Harry. Los nargles dicen que tienes un gran poder dentro de ti. Un poder que nadie más ha visto en mucho tiempo. Úsalo sabiamente. Y no confíes en nadie que no te diga la verdad completa."
Se levantó del tronco, el viento jugando con su cabello. "Tengo que irme. Los Crumple-Horned Snorkacks me están esperando. Pero recuerda, Harry. La verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz. Y tú eres la luz de tu propia verdad."
Con un último asentimiento, Luna se alejó, su figura esbelta desapareciendo en la penumbra del crepúsculo. Harrison se quedó solo junto al lago, el eco de sus palabras resonando en su mente.
La verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz. Y tú eres la luz de tu propia verdad.
Se puso de pie, su mirada fija en el horizonte. Ya no era el Harry Potter que había llegado a Hogwarts. Era Harrison Ignotus Potter, heredero Peverell, con un poder ancestral despertando dentro de él. Y estaba listo para desenterrar todas las verdades ocultas, sin importar cuán incómodas o peligrosas fueran. El juego había cambiado. Y él estaba listo para jugar.
Su mente, a pesar de la aparente calma de su exterior, bullía con pensamientos. La reunión con Dumbledore había sido, como siempre, una danza de evasivas y verdades a medias. El director, con su aire de benevolencia y conocimiento omnisciente, había intentado sondearlo sobre su paradero durante las semanas previas al inicio del curso. Harrison había mantenido su silencio, una habilidad que había cultivado con esmero. No había razón para revelar que había estado explorando la mansión ancestral de los Peverell, descubriendo secretos que cambiarían su vida para siempre.
La noticia del ataque de los dementores en Privet Drive había llegado a sus oídos con una frialdad desapasionada. Su primo, Dudley, y sus amigos... muertos. No sentía pena. Dudley había sido un tormento constante, y sus amigos, meros satélites de su crueldad. Los dementores, al parecer, lo buscaban a él. Pero él no estaba allí. El incidente había sido un catalizador, un recordatorio brutal de la impotencia que había sentido durante años, una impotencia que ahora sabía, era una fachada.
La clase de Defensa Contra las Artes Oscuras había sido una farsa, como todas las clases impartidas por Dolores Umbridge. La mujer, un sapo rosado con una sonrisa forzada, era la encarnación de la mediocridad y la ignorancia. Harrison había permanecido en silencio, concentrado en el patético libro de texto, impidiendo que la "puta", como él la llamaba en su mente, encontrara una razón para castigarlo. Su habilidad para pasar desapercibido, para fundirse con el entorno, era ahora una segunda naturaleza.
Mientras comía en el Gran Comedor, había percibido las miradas, los susurros. El "Niño que Vivió" estaba de vuelta, más taciturno, más distante. La Orden del Fénix lo había buscado, creyendo que los mortífagos lo habían secuestrado. La ironía no se le escapaba. Había estado más seguro en la Mansión Peverell, rodeado de cuadros parlantes y artefactos antiguos, que bajo la supuesta protección de Dumbledore.
Al salir del Gran Comedor, había sentido las cuatro presencias acercándose. Malfoy y sus compinches, Pansy Parkinson entre ellos. Sin un segundo de duda, se había vuelto invisible. No era el viejo hechizo de Desilusionamiento, ni la capa de invisibilidad de su padre. Era algo superior, un encantamiento que había descubierto en uno de los tomos Peverell. Este hechizo ocultaba todo: el sonido, el aire moviéndose, el calor corporal, incluso la propia magia. Solo la verdadera Capa de Invisibilidad Peverell, la original, podría superarlo.
La Capa de los Peverell, la Varita de Saúco y la Piedra de la Resurrección. Las Reliquias de la Muerte. Los artefactos originales, a diferencia de las falsificaciones que Dumbledore parecía poseer, estaban en el estudio de Lord Peverell, bajo un sinfín de encantamientos que solo la sangre y la orden del Lord Peverell podían desatar. Ignotus Peverell, el último Lord Peverell que había habitado la mansión, se lo había explicado a través de su retrato. La capa que Harrison había usado desde su segundo año era una copia, una réplica. La Varita de Saúco que Dumbledore empuñaba, una mera imitación de la verdadera. El viejo director, al parecer, conocía las Reliquias, pero ignoraba que las que poseía eran falsas. La ironía era deliciosa.
El sol se ponía, pintando el cielo de tonos anaranjados y violetas. Los pensamientos de Harrison derivaron hacia sus recientes descubrimientos. Durante las vacaciones, en Diagon Alley, un duende lo había llevado a la oficina del gerente de cuentas de los Potter. Una prueba de herencia, para verificar su identidad, había revelado un secreto ancestral: él era el heredero Peverell. No solo eso, sino que su nombre real era Harrison Ignotus Potter. El "Harry James" era una fachada, una tradición de la familia Potter para proteger a los menores de contratos vinculantes.
Esa revelación había deshecho el contrato matrimonial entre él y Ginny Weasley, orquestado por Dumbledore y Molly Weasley. El contrato, aunque ilegal en parte, habría sido vinculante si su nombre real fuera "Harry James Potter". Pero no lo era. Harrison se sintió una ola de alivio. Si hubiera sabido esto el año pasado, no habría participado en el Torneo de los Tres Magos.
Pero la revelación más impactante había ocurrido cuando se puso el anillo de heredero Peverell. Una oleada de magia ancestral había recorrido su cuerpo, despertando una habilidad dormida: la evolución forzada. La capacidad de volverse más fuerte cuanto más lucha y más daño recibe. Y, aún más asombroso, la capacidad de robar hechizos y replicarlos con solo verlos, sin límites.
La magia Peverell también había atacado un fragmento de alma en su cicatriz. El dolor había sido insoportable, dejándolo inconsciente. Los duendes de Gringotts, con su conocimiento ancestral, habían identificado el fragmento como un Horrocrux y lo habían extraído. Harrison, al recordar el diario de Tom Riddle que había poseído a Ginny en segundo año, había sugerido que también podría ser un Horrocrux. Los duendes, sorprendidos por la presencia de múltiples Horrocruxes en una sola persona, habían revelado que poseían un dispositivo para rastrearlos. Harrison les había prometido un pago generoso a cambio de su ayuda.
La desconfianza hacia Dumbledore y los Weasley era ahora una constante en su mente. Hermione, también. La poción multijugos que había preparado en segundo año, de nivel éxtasis, era imposible para una estudiante de su edad, por muy brillante que fuera. El giratiempo, ¿cómo lo había conseguido? Solo Dumbledore podría habérselo dado, y su uso sin permiso era ilegal. Además, ni ella ni Ron le habían escrito una sola carta durante el verano, una omisión que le había dolido más de lo que admitiría.
Respiró hondo, el aire frío llenando sus pulmones. El lago reflejaba las últimas luces del día. Su vida había dado un giro de 180 grados. Ya no era el peón de Dumbledore, el "Niño que Vivió" que debía ser protegido y manipulado. Ahora era Harrison Ignotus Potter, heredero de una de las casas mágicas más antiguas y poderosas. Y tenía un plan.
Mientras observaba el lago, una figura emergió de la distancia, caminando a paso lento. Era Luna Lovegood, su cabello rubio sucio ondeando al viento, sus ojos soñadores fijos en el cielo, como si buscara algo que solo ella pudiera ver. Harrison no se movió, manteniendo su hechizo de sigilo. Luna, ajena a su presencia, se sentó en un árbol cercano, su mirada perdida en el horizonte. Siempre le había parecido intrigante, extraña, pero con una sabiduría oculta.
"Los nargles están muy activos esta noche", murmuró Luna para sí misma, su voz etérea. "Sienten el cambio en el aire. Las cosas están a punto de volverse muy interesantes, ¿verdad, Harry?"
Harrison se sobresaltó. ¿Lo había detectado? Imposible. Su hechizo era perfecto.
"Sé que estás ahí, Harry", continuó Luna, sin girarse. Su voz era tranquila, desprovista de cualquier sorpresa o reproche. "Los nargles no pueden esconderse de mí por mucho tiempo, y tú tienes un aura muy particular. Más fuerte de lo que solía ser. Más antigua."
Harrison dudó un momento, luego desactivó lentamente el hechizo de sigilo. El aire alrededor de él pareció ondular ligeramente antes de que su figura se materializara. Luna se giró para mirarlo, sus grandes ojos azules brillando con una extraña comprensión.
"Hola, Luna", dijo Harrison, su voz un poco ronca. Se dio cuenta de que era la primera vez que hablaba con alguien que no fueran los duendes de Gringotts o los retratos Peverell en semanas.
"Hola, Harry", respondió Luna, una pequeña sonrisa en sus labios. "Sabía que vendrías aquí. Es un buen lugar para pensar. Y para observar a los Crumple-Horned Snorkacks, aunque son muy tímidos."
Harrison no pudo evitar una pequeña sonrisa. "No estoy seguro de haber visto ninguno."
"Oh, están ahí", aseguró Luna con seriedad. "Solo tienes que saber dónde mirar. Como con los nargles. Y las verdades ocultas."
"¿Verdades ocultas?", preguntó Harrison, su interés picado.
Luna asintió lentamente. "Sí. La gente tiende a esconderlas. Especialmente las que tienen que ver con el poder. Y con la sangre."
Harrison sintió un escalofrío recorrer su espalda. Luna, con su aparente inocencia, parecía ver más allá de las apariencias, más allá de las mentiras.
"¿A qué te refieres, Luna?", preguntó, manteniendo un tono casual.
"A la verdad de tu linaje, por supuesto", dijo Luna, como si fuera la cosa más obvia del mundo. "No eres solo un Potter, ¿verdad? Hay algo más antiguo en ti. Algo que ha estado dormido y ahora está despertando."
Harrison la miró fijamente. ¿Cómo podía saber ella? ¿Era su habilidad mágica, esa "evolución forzada", tan evidente?
"¿Cómo sabes eso?", preguntó, su voz baja.
Luna se encogió de hombros. "Los nargles me lo susurraron. Y tu aura. Es como un río que ha roto sus diques. Poderoso y antiguo. Como el de los Peverell."
La mención de los Peverell le hizo contener la respiración. Nadie más lo sabía. Ni Dumbledore, ni los Weasley, ni Hermione. Solo los duendes y los retratos de la Mansión Peverell.
"Los Peverell...", murmuró Harrison, probando el nombre en su lengua.
"Sí", dijo Luna con un brillo en sus ojos. "Son una familia muy interesante. Muy antigua. Y muy solitaria. No les gusta revelar sus secretos. Pero tú eres diferente. Eres su heredero."
Harrison se sintió una extraña conexión con Luna. Ella no lo juzgaba, no lo interrogaba con segundas intenciones. Simplemente observaba y hablaba con una franqueza desarmante.
"Parece que sabes mucho, Luna", dijo Harrison, una punzada de curiosidad genuina.
"Leo mucho", respondió Luna con una sonrisa. "Y escucho a los nargles. Ellos saben muchas cosas que la gente común ignora. Como que el director no siempre dice la verdad. Y que algunas personas se aprovechan de otras para sus propios fines."
Harrison asintió lentamente. Eso resonaba con sus propias conclusiones. Dumbledore, los Weasley, incluso Hermione. Todos parecían tener sus propias agendas, sus propias verdades ocultas.
"¿Crees que Dumbledore me está manipulando?", preguntó Harrison, sintiendo que podía confiar en la extraña sinceridad de Luna.
Luna ladeó la cabeza, sus ojos fijos en el lago. "El director es un hombre muy complejo, Harry. Quiere el bien, pero a veces no ve el panorama completo. O elige no verlo. Él cree que sabe lo que es mejor para todos, pero a veces, su 'mejor' es solo una versión de lo que él quiere que sea."
Harrison procesó sus palabras. Era una descripción precisa. Dumbledore siempre actuaba como si tuviera todas las respuestas, como si fuera el único que podía guiarlo.
"¿Y los Weasley?", preguntó Harrison, sintiendo una punzada de dolor al recordar la traición de Ron y Ginny.
Luna suspiró suavemente. "Son buenas personas, en su mayoría. Pero la señora Weasley... ella tiene un gran corazón, pero también es muy influenciable. Y el señor Weasley... él solo quiere encajar. Y Ginny... ella es joven y un poco... ambiciosa. A veces, las personas hacen cosas que no están bien por las razones equivocadas."
"¿Y Hermione?", preguntó Harrison, con una mezcla de curiosidad y cautela.
Luna se volvió para mirarlo directamente. "Hermione es muy inteligente. Demasiado inteligente para su propio bien, a veces. Ella busca la aprobación. Y el director sabe cómo usar eso. Le da información, la hace sentir importante. Y ella, a su vez, cree que está haciendo lo correcto."
Las palabras de Luna confirmaron sus sospechas. Hermione, la brillante y leal amiga, era también una herramienta. Una pieza en el intrincado juego de Dumbledore.
"Entonces, ¿qué hago?", preguntó Harrison, sintiéndose un poco abrumado por la avalancha de verdades que Luna había desvelado con tanta facilidad.
Luna sonrió, una sonrisa enigmática. "Tu camino es tuyo, Harry. Los nargles dicen que tienes un gran poder dentro de ti. Un poder que nadie más ha visto en mucho tiempo. Úsalo sabiamente. Y no confíes en nadie que no te diga la verdad completa."
Se levantó del tronco, el viento jugando con su cabello. "Tengo que irme. Los Crumple-Horned Snorkacks me están esperando. Pero recuerda, Harry. La verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz. Y tú eres la luz de tu propia verdad."
Con un último asentimiento, Luna se alejó, su figura esbelta desapareciendo en la penumbra del crepúsculo. Harrison se quedó solo junto al lago, el eco de sus palabras resonando en su mente.
La verdad siempre encuentra la manera de salir a la luz. Y tú eres la luz de tu propia verdad.
Se puso de pie, su mirada fija en el horizonte. Ya no era el Harry Potter que había llegado a Hogwarts. Era Harrison Ignotus Potter, heredero Peverell, con un poder ancestral despertando dentro de él. Y estaba listo para desenterrar todas las verdades ocultas, sin importar cuán incómodas o peligrosas fueran. El juego había cambiado. Y él estaba listo para jugar.
