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Boda real
Fandom: Caballero de los siete reinos
Created: 1/30/2026
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RomanceFantasyCharacter StudyCurtainfic / Domestic StoryFluffCanon SettingIncest Mention
El Rocío de la Mañana y el Corazón Tembloroso
El suave crepitar de la chimenea era el único sonido que rompía el silencio de la suite nupcial, un silencio que a Valarr Targaryen le parecía infinitamente más ruidoso que el bullicio de la celebración que acababan de dejar atrás. La boda, oh, la boda había sido magnífica. Un torbellino de colores, música, risas y la constante, abrumadora mirada de miles de ojos. Había bailado con su tía, ahora su esposa, Visenya, bajo la atenta mirada de su padre, el Príncipe Baelor, y su abuelo, el Rey Daeron II. Había escuchado los vítores, los brindis, las bendiciones. Todo había sido… perfecto.
Excepto por este momento. Este momento, ahora, en que la puerta se había cerrado detrás del último sirviente, dejándolos a solas en la suntuosa habitación, bañada por la luz ámbar de las velas.
Valarr permanecía de pie junto a la ventana, los hombros ligeramente encorvados, los dedos entrelazados a la espalda. El cabello negro como la noche, con ese único mechón plateado a la altura de la sien que era el sello de su linaje Targaryen, parecía absorber la poca luz que le llegaba. Su mirada estaba fija en la luna, un disco pálido suspendido en el cielo oscuro sobre Desembarco del Rey, pero su mente estaba a mil leguas de allí.
Escuchó el susurro de la seda mientras Visenya se movía por la habitación. No se atrevía a mirarla. No todavía. Su corazón latía con una fuerza desmedida contra sus costillas, un tambor salvaje que amenazaba con escapar de su pecho. Era un Targaryen, un guerrero, un príncipe que había entrenado toda su vida para gobernar y proteger. Había enfrentado dragones de entrenamiento en el patio de armas, había disipado disputas entre señores, había estudiado los tomos más densos de historia y leyes. Pero esto… esto era diferente.
Se había casado con Visenya. Su tía. La mujer más hermosa que los Siete Reinos hubieran visto, decían. Y Valarr no podía sino estar de acuerdo. Su cabello plateado, que caía como una cascada lunar, su piel pálida como la nieve fresca, sus ojos violetas… Eran el color de las gemas más raras, profundos y misteriosos. Ella era el corazón del reino, la joya de la corona, amada por plebeyos y nobles por igual. Y ahora, ella era suya.
La idea le resultaba abrumadora.
"Valarr," la voz de Visenya era suave, melodiosa, como el tintineo de pequeñas campanas de plata. Lo sacó de su ensimismamiento.
Él se giró lentamente, sus ojos grises encontrándose por un instante con los de ella, antes de desviarse a un punto sobre su hombro. Ella ya se había quitado la pesada capa de terciopelo y el tocado de perlas, revelando el vestido de boda de seda blanca que acentuaba su figura esbelta. La luz de las velas danzaba en su cabello plateado, haciéndolo brillar como un halo.
"Visenya," respondió, su propia voz un poco más ronca de lo que le hubiera gustado. Se aclaró la garganta.
Ella sonrió, una pequeña y dulce curva de sus labios que hizo que Valarr sintiera un vuelco en el estómago. "Pareces… pensativo," dijo, acercándose un paso cauteloso.
"Lo soy," admitió él, aún sin poder mantener su mirada. "La noche… ha sido larga."
"Y maravillosa," añadió ella, su voz aún teñida de esa suave melodía. "Nuestra boda ha sido la más grandiosa que este reino haya visto en años, dicen."
"Sí," Valarr asintió, finalmente logrando mirarla a los ojos. En ellos, no encontró burla ni impaciencia, solo una curiosidad gentil y un brillo de algo que no pudo descifrar. "Ha sido… todo lo que esperábamos."
Un incómodo silencio se instaló entre ellos. Valarr deseó que su padre, el Príncipe Baelor, estuviera allí. Su padre, el Príncipe Rompelanzas, era un hombre de gran corazón y sabiduría, siempre sabía qué decir, cómo actuar. Pero Valarr, a pesar de su fuerza y nobleza, a pesar de haber heredado el buen corazón de su padre, era… diferente en estas lides. El matrimonio, la intimidad… Era un terreno desconocido y, francamente, aterrador.
"Valarr," Visenya dijo de nuevo, esta vez un poco más cerca. Él pudo oler el delicado perfume de flores de verano que desprendía su piel. "Estás… tenso."
"Lo estoy," repitió, sintiendo sus mejillas arder. No era un mentiroso. "No… no estoy seguro de qué se espera de mí."
Un destello de asombro cruzó los ojos violetas de Visenya, seguido de una suave risa, apenas un suspiro, que hizo que Valarr se sintiera aún más torpe.
"¿Qué se espera de ti, mi señor esposo?" preguntó ella, su voz cargada de una dulzura que lo desarmó. "Solo que seas tú mismo."
Él la miró, perplejo. "¿Y qué se supone que soy yo?"
Visenya se acercó un paso más, lo suficiente para que la punta de sus dedos, apenas, rozara la tela de su jubón. "Eres Valarr," dijo ella, con una voz que sonaba como si pronunciara el nombre de un objeto precioso. "Mi sobrino, ahora mi esposo. El más noble de los príncipes, dicen. El más valiente. Y, por lo que veo ahora, el más dulce y tímido."
La palabra "tímido" le hizo sentir un escalofrío. No le gustaba ser percibido como tal, pero no pudo negarlo. La verdad era que, en este momento, se sentía como un muchacho inexperto.
"No… no estoy seguro de cómo…" comenzó, gesticulando torpemente con una mano. "Mi padre… él y mi madre… siempre han sido un ejemplo de amor y devoción. Pero… nunca me hablaron de esto."
Visenya dejó escapar otra risa, esta vez un poco más audible. "Pocos padres lo hacen, Valarr. Es algo que, se supone, uno aprende por sí mismo." Se acercó completamente a él, y Valarr pudo sentir el calor de su cuerpo a través de su ropa. "Pero no te preocupes. No hay prisa. Ni expectativas, más allá de la bondad y el respeto."
Ella levantó una mano, y Valarr contuvo la respiración mientras sus delicados dedos rozaban suavemente la línea de su mandíbula. Su toque era ligero como una pluma, pero encendió un fuego inesperado bajo su piel.
"Eres demasiado tierno, Valarr," susurró ella, sus ojos violetas brillando con una mezcla de diversión y… ¿afecto? "Y eso es algo que encuentro… encantador."
El rubor en las mejillas de Valarr se intensificó. Nunca se había considerado "encantador", y mucho menos "tierno". Fuerte, sí. Noble, se esforzaba por serlo. Pero tierno…
"No sé… cómo ser un esposo," admitió, la voz apenas un susurro. La vergüenza lo invadió. Era un príncipe, un futuro rey, y no sabía cómo comportarse en su noche de bodas.
Visenya retiró su mano de su mandíbula, pero la colocó suavemente sobre su brazo. "No te preocupes por eso, mi señor. El matrimonio es un viaje, no un destino. Lo aprenderemos juntos." Su sonrisa se ensanchó un poco. "Y si te sirve de consuelo, yo tampoco sé cómo ser una esposa. Aunque, a diferencia de ti, he tenido más tiempo para imaginarlo."
Valarr la miró, y por primera vez en toda la noche, una genuina sonrisa se abrió paso en sus labios. La franqueza de ella, su falta de pretensión, era un bálsamo para su alma ansiosa.
"¿De verdad?" preguntó, sintiéndose un poco más ligero.
"De verdad," confirmó ella, asintiendo. "He pasado años leyendo romances y escuchando canciones de bardos. Si todo lo que he aprendido es cierto, entonces no hay nada que temer. Y si no lo es, entonces tendremos que escribir nuestra propia historia."
Ella lo condujo suavemente hacia el lecho nupcial, un enorme mueble tallado con doseles de seda. "Ven, Valarr. Sentémonos. Podemos hablar. Conocernos mejor. ¿Qué te parece?"
Valarr se dejó guiar. Se sentaron al borde de la cama, la seda suave cediendo bajo su peso. La cercanía de Visenya, ahora que no había una expectativa inmediata, era menos intimidante. De hecho, era… agradable. El aroma de las flores de verano era más fuerte, y sus ojos violetas, tan cerca, eran aún más cautivadores.
"¿De qué quieres hablar?" preguntó él, sintiéndose un poco más relajado.
"De todo," respondió ella, girándose para mirarlo directamente. "De tus sueños, de tus miedos. De lo que esperas de esta unión. ¿Qué te gusta comer? ¿Qué libros te gusta leer? ¿Prefieres el mar o las montañas? Pequeñas cosas, Valarr. Las que nos acercan."
Él la miró, realmente miró a su esposa, y vio en sus ojos no solo la belleza legendaria, sino también inteligencia, bondad y una sorprendente calidez. Ella no era solo un rostro bonito; era una mujer con sus propios pensamientos y sentimientos, que estaba dispuesta a encontrarse con él a mitad de camino.
"Me gusta el pan de miel y las manzanas asadas," dijo Valarr, las palabras saliendo de él con una facilidad que lo sorprendió. "Y me gusta leer sobre historia, las grandes batallas y los reyes que forjaron este reino. Y el mar… el mar tiene una grandeza que me atrae, aunque nunca he sido un hombre de barcos."
Visenya sonrió, y Valarr sintió que el nudo en su estómago se aflojaba un poco más. "A mí me encantan los pasteles de limón," dijo ella. "Y me gusta leer cuentos de hadas y poemas. Y las montañas… las montañas me parecen majestuosas, pero también un poco solitarias."
Continuaron hablando durante lo que parecieron horas, el tiempo perdiendo su significado en la burbuja de intimidad que se había formado a su alrededor. Valarr descubrió que Visenya era aún más encantadora de lo que había imaginado. Su mente era aguda, su sentido del humor sutil y su corazón, por lo que podía percibir, era tan grande como su belleza.
Ella le habló de su infancia en Desembarco del Rey, de las travesuras que hacía con su hermano Baelor, de sus sueños de viajar por el mundo y de su amor por la música. Él le habló de su entrenamiento con la espada, de su admiración por su padre, de la carga de ser el segundo en la línea al trono y de la responsabilidad que sentía.
Poco a poco, la tensión se disipó de los hombros de Valarr. La timidez no desapareció por completo, pero fue reemplazada por una sensación de comodidad y una creciente fascinación por la mujer sentada a su lado. Se dio cuenta de que no solo se había casado con una princesa hermosa, sino con una compañera, una amiga.
Cuando el primer rayo de luz gris comenzó a colarse por las ventanas, tiñendo la habitación de un suave tono plateado, Valarr se dio cuenta de que la noche había pasado sin que él lo notara.
"El rocío de la mañana," susurró Visenya, su voz un poco ronca por la larga conversación, pero aún melodiosa. Miró hacia la ventana, sus ojos violetas fijos en el amanecer. "Ha llegado."
Valarr la observó. La luz del amanecer bañaba su cabello plateado, haciéndolo brillar aún más. Parecía etérea, casi irreal. Pero su risa, sus palabras, su toque suave, eran muy reales.
Se sintió un poco avergonzado de su anterior torpeza, pero también agradecido por la paciencia y comprensión de Visenya. Ella no lo había presionado, no lo había juzgado. Simplemente lo había aceptado tal como era.
"Visenya," dijo él, su voz más firme ahora. Ella se volvió para mirarlo. "Gracias."
Ella inclinó la cabeza, una sonrisa suave en sus labios. "¿Por qué me das las gracias, mi señor?"
"Por tu paciencia," respondió Valarr. "Por tu amabilidad. Por no hacer que me sienta… tan inepto."
Ella se rió de nuevo, una risita ligera como el viento. "Oh, Valarr. Nunca podrías ser inepto. Solo… un poco dulce." Se acercó un poco más, y esta vez, sus dedos se entrelazaron con los suyos. Su piel era suave y cálida. "Y eso, mi querido esposo, es algo que valoro más que cualquier otra cosa."
Valarr apretó su mano. El miedo no había desaparecido por completo, pero ahora estaba mezclado con una nueva emoción: la esperanza. La esperanza de un futuro con esta mujer, que lo veía no solo como un príncipe o un futuro rey, sino como Valarr, el hombre.
"Quizás," dijo él, su mirada encontrándose con la suya, "quizás podamos… intentar ser esposos ahora." La propuesta era torpe, pero sincera.
Visenya sonrió, sus ojos violetas brillando con una promesa. "Quizás," susurró ella, y luego, con un movimiento lento y deliberado, se inclinó y besó suavemente sus labios.
El beso fue tan tierno como su toque, una promesa silenciosa de lo que estaba por venir. Valarr sintió una chispa, un calor que se extendió por todo su cuerpo, disipando los últimos restos de su ansiedad. Ya no era un muchacho inexperto, sino un hombre, con una esposa que lo había aceptado y que estaba dispuesta a enseñarle, y a aprender con él.
El rocío de la mañana se asentaba suavemente sobre los tejados de Desembarco del Rey, pero en la suite nupcial, un nuevo amanecer comenzaba, uno lleno de promesas y la tierna esperanza de un amor que apenas comenzaba a florecer. Valarr Targaryen, el tímido príncipe, había encontrado en su hermosa tía Visenya no solo a su esposa, sino a la llave de un corazón que no sabía que estaba esperando ser abierto.
Excepto por este momento. Este momento, ahora, en que la puerta se había cerrado detrás del último sirviente, dejándolos a solas en la suntuosa habitación, bañada por la luz ámbar de las velas.
Valarr permanecía de pie junto a la ventana, los hombros ligeramente encorvados, los dedos entrelazados a la espalda. El cabello negro como la noche, con ese único mechón plateado a la altura de la sien que era el sello de su linaje Targaryen, parecía absorber la poca luz que le llegaba. Su mirada estaba fija en la luna, un disco pálido suspendido en el cielo oscuro sobre Desembarco del Rey, pero su mente estaba a mil leguas de allí.
Escuchó el susurro de la seda mientras Visenya se movía por la habitación. No se atrevía a mirarla. No todavía. Su corazón latía con una fuerza desmedida contra sus costillas, un tambor salvaje que amenazaba con escapar de su pecho. Era un Targaryen, un guerrero, un príncipe que había entrenado toda su vida para gobernar y proteger. Había enfrentado dragones de entrenamiento en el patio de armas, había disipado disputas entre señores, había estudiado los tomos más densos de historia y leyes. Pero esto… esto era diferente.
Se había casado con Visenya. Su tía. La mujer más hermosa que los Siete Reinos hubieran visto, decían. Y Valarr no podía sino estar de acuerdo. Su cabello plateado, que caía como una cascada lunar, su piel pálida como la nieve fresca, sus ojos violetas… Eran el color de las gemas más raras, profundos y misteriosos. Ella era el corazón del reino, la joya de la corona, amada por plebeyos y nobles por igual. Y ahora, ella era suya.
La idea le resultaba abrumadora.
"Valarr," la voz de Visenya era suave, melodiosa, como el tintineo de pequeñas campanas de plata. Lo sacó de su ensimismamiento.
Él se giró lentamente, sus ojos grises encontrándose por un instante con los de ella, antes de desviarse a un punto sobre su hombro. Ella ya se había quitado la pesada capa de terciopelo y el tocado de perlas, revelando el vestido de boda de seda blanca que acentuaba su figura esbelta. La luz de las velas danzaba en su cabello plateado, haciéndolo brillar como un halo.
"Visenya," respondió, su propia voz un poco más ronca de lo que le hubiera gustado. Se aclaró la garganta.
Ella sonrió, una pequeña y dulce curva de sus labios que hizo que Valarr sintiera un vuelco en el estómago. "Pareces… pensativo," dijo, acercándose un paso cauteloso.
"Lo soy," admitió él, aún sin poder mantener su mirada. "La noche… ha sido larga."
"Y maravillosa," añadió ella, su voz aún teñida de esa suave melodía. "Nuestra boda ha sido la más grandiosa que este reino haya visto en años, dicen."
"Sí," Valarr asintió, finalmente logrando mirarla a los ojos. En ellos, no encontró burla ni impaciencia, solo una curiosidad gentil y un brillo de algo que no pudo descifrar. "Ha sido… todo lo que esperábamos."
Un incómodo silencio se instaló entre ellos. Valarr deseó que su padre, el Príncipe Baelor, estuviera allí. Su padre, el Príncipe Rompelanzas, era un hombre de gran corazón y sabiduría, siempre sabía qué decir, cómo actuar. Pero Valarr, a pesar de su fuerza y nobleza, a pesar de haber heredado el buen corazón de su padre, era… diferente en estas lides. El matrimonio, la intimidad… Era un terreno desconocido y, francamente, aterrador.
"Valarr," Visenya dijo de nuevo, esta vez un poco más cerca. Él pudo oler el delicado perfume de flores de verano que desprendía su piel. "Estás… tenso."
"Lo estoy," repitió, sintiendo sus mejillas arder. No era un mentiroso. "No… no estoy seguro de qué se espera de mí."
Un destello de asombro cruzó los ojos violetas de Visenya, seguido de una suave risa, apenas un suspiro, que hizo que Valarr se sintiera aún más torpe.
"¿Qué se espera de ti, mi señor esposo?" preguntó ella, su voz cargada de una dulzura que lo desarmó. "Solo que seas tú mismo."
Él la miró, perplejo. "¿Y qué se supone que soy yo?"
Visenya se acercó un paso más, lo suficiente para que la punta de sus dedos, apenas, rozara la tela de su jubón. "Eres Valarr," dijo ella, con una voz que sonaba como si pronunciara el nombre de un objeto precioso. "Mi sobrino, ahora mi esposo. El más noble de los príncipes, dicen. El más valiente. Y, por lo que veo ahora, el más dulce y tímido."
La palabra "tímido" le hizo sentir un escalofrío. No le gustaba ser percibido como tal, pero no pudo negarlo. La verdad era que, en este momento, se sentía como un muchacho inexperto.
"No… no estoy seguro de cómo…" comenzó, gesticulando torpemente con una mano. "Mi padre… él y mi madre… siempre han sido un ejemplo de amor y devoción. Pero… nunca me hablaron de esto."
Visenya dejó escapar otra risa, esta vez un poco más audible. "Pocos padres lo hacen, Valarr. Es algo que, se supone, uno aprende por sí mismo." Se acercó completamente a él, y Valarr pudo sentir el calor de su cuerpo a través de su ropa. "Pero no te preocupes. No hay prisa. Ni expectativas, más allá de la bondad y el respeto."
Ella levantó una mano, y Valarr contuvo la respiración mientras sus delicados dedos rozaban suavemente la línea de su mandíbula. Su toque era ligero como una pluma, pero encendió un fuego inesperado bajo su piel.
"Eres demasiado tierno, Valarr," susurró ella, sus ojos violetas brillando con una mezcla de diversión y… ¿afecto? "Y eso es algo que encuentro… encantador."
El rubor en las mejillas de Valarr se intensificó. Nunca se había considerado "encantador", y mucho menos "tierno". Fuerte, sí. Noble, se esforzaba por serlo. Pero tierno…
"No sé… cómo ser un esposo," admitió, la voz apenas un susurro. La vergüenza lo invadió. Era un príncipe, un futuro rey, y no sabía cómo comportarse en su noche de bodas.
Visenya retiró su mano de su mandíbula, pero la colocó suavemente sobre su brazo. "No te preocupes por eso, mi señor. El matrimonio es un viaje, no un destino. Lo aprenderemos juntos." Su sonrisa se ensanchó un poco. "Y si te sirve de consuelo, yo tampoco sé cómo ser una esposa. Aunque, a diferencia de ti, he tenido más tiempo para imaginarlo."
Valarr la miró, y por primera vez en toda la noche, una genuina sonrisa se abrió paso en sus labios. La franqueza de ella, su falta de pretensión, era un bálsamo para su alma ansiosa.
"¿De verdad?" preguntó, sintiéndose un poco más ligero.
"De verdad," confirmó ella, asintiendo. "He pasado años leyendo romances y escuchando canciones de bardos. Si todo lo que he aprendido es cierto, entonces no hay nada que temer. Y si no lo es, entonces tendremos que escribir nuestra propia historia."
Ella lo condujo suavemente hacia el lecho nupcial, un enorme mueble tallado con doseles de seda. "Ven, Valarr. Sentémonos. Podemos hablar. Conocernos mejor. ¿Qué te parece?"
Valarr se dejó guiar. Se sentaron al borde de la cama, la seda suave cediendo bajo su peso. La cercanía de Visenya, ahora que no había una expectativa inmediata, era menos intimidante. De hecho, era… agradable. El aroma de las flores de verano era más fuerte, y sus ojos violetas, tan cerca, eran aún más cautivadores.
"¿De qué quieres hablar?" preguntó él, sintiéndose un poco más relajado.
"De todo," respondió ella, girándose para mirarlo directamente. "De tus sueños, de tus miedos. De lo que esperas de esta unión. ¿Qué te gusta comer? ¿Qué libros te gusta leer? ¿Prefieres el mar o las montañas? Pequeñas cosas, Valarr. Las que nos acercan."
Él la miró, realmente miró a su esposa, y vio en sus ojos no solo la belleza legendaria, sino también inteligencia, bondad y una sorprendente calidez. Ella no era solo un rostro bonito; era una mujer con sus propios pensamientos y sentimientos, que estaba dispuesta a encontrarse con él a mitad de camino.
"Me gusta el pan de miel y las manzanas asadas," dijo Valarr, las palabras saliendo de él con una facilidad que lo sorprendió. "Y me gusta leer sobre historia, las grandes batallas y los reyes que forjaron este reino. Y el mar… el mar tiene una grandeza que me atrae, aunque nunca he sido un hombre de barcos."
Visenya sonrió, y Valarr sintió que el nudo en su estómago se aflojaba un poco más. "A mí me encantan los pasteles de limón," dijo ella. "Y me gusta leer cuentos de hadas y poemas. Y las montañas… las montañas me parecen majestuosas, pero también un poco solitarias."
Continuaron hablando durante lo que parecieron horas, el tiempo perdiendo su significado en la burbuja de intimidad que se había formado a su alrededor. Valarr descubrió que Visenya era aún más encantadora de lo que había imaginado. Su mente era aguda, su sentido del humor sutil y su corazón, por lo que podía percibir, era tan grande como su belleza.
Ella le habló de su infancia en Desembarco del Rey, de las travesuras que hacía con su hermano Baelor, de sus sueños de viajar por el mundo y de su amor por la música. Él le habló de su entrenamiento con la espada, de su admiración por su padre, de la carga de ser el segundo en la línea al trono y de la responsabilidad que sentía.
Poco a poco, la tensión se disipó de los hombros de Valarr. La timidez no desapareció por completo, pero fue reemplazada por una sensación de comodidad y una creciente fascinación por la mujer sentada a su lado. Se dio cuenta de que no solo se había casado con una princesa hermosa, sino con una compañera, una amiga.
Cuando el primer rayo de luz gris comenzó a colarse por las ventanas, tiñendo la habitación de un suave tono plateado, Valarr se dio cuenta de que la noche había pasado sin que él lo notara.
"El rocío de la mañana," susurró Visenya, su voz un poco ronca por la larga conversación, pero aún melodiosa. Miró hacia la ventana, sus ojos violetas fijos en el amanecer. "Ha llegado."
Valarr la observó. La luz del amanecer bañaba su cabello plateado, haciéndolo brillar aún más. Parecía etérea, casi irreal. Pero su risa, sus palabras, su toque suave, eran muy reales.
Se sintió un poco avergonzado de su anterior torpeza, pero también agradecido por la paciencia y comprensión de Visenya. Ella no lo había presionado, no lo había juzgado. Simplemente lo había aceptado tal como era.
"Visenya," dijo él, su voz más firme ahora. Ella se volvió para mirarlo. "Gracias."
Ella inclinó la cabeza, una sonrisa suave en sus labios. "¿Por qué me das las gracias, mi señor?"
"Por tu paciencia," respondió Valarr. "Por tu amabilidad. Por no hacer que me sienta… tan inepto."
Ella se rió de nuevo, una risita ligera como el viento. "Oh, Valarr. Nunca podrías ser inepto. Solo… un poco dulce." Se acercó un poco más, y esta vez, sus dedos se entrelazaron con los suyos. Su piel era suave y cálida. "Y eso, mi querido esposo, es algo que valoro más que cualquier otra cosa."
Valarr apretó su mano. El miedo no había desaparecido por completo, pero ahora estaba mezclado con una nueva emoción: la esperanza. La esperanza de un futuro con esta mujer, que lo veía no solo como un príncipe o un futuro rey, sino como Valarr, el hombre.
"Quizás," dijo él, su mirada encontrándose con la suya, "quizás podamos… intentar ser esposos ahora." La propuesta era torpe, pero sincera.
Visenya sonrió, sus ojos violetas brillando con una promesa. "Quizás," susurró ella, y luego, con un movimiento lento y deliberado, se inclinó y besó suavemente sus labios.
El beso fue tan tierno como su toque, una promesa silenciosa de lo que estaba por venir. Valarr sintió una chispa, un calor que se extendió por todo su cuerpo, disipando los últimos restos de su ansiedad. Ya no era un muchacho inexperto, sino un hombre, con una esposa que lo había aceptado y que estaba dispuesta a enseñarle, y a aprender con él.
El rocío de la mañana se asentaba suavemente sobre los tejados de Desembarco del Rey, pero en la suite nupcial, un nuevo amanecer comenzaba, uno lleno de promesas y la tierna esperanza de un amor que apenas comenzaba a florecer. Valarr Targaryen, el tímido príncipe, había encontrado en su hermosa tía Visenya no solo a su esposa, sino a la llave de un corazón que no sabía que estaba esperando ser abierto.
