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Perversa

Fandom: K4OS

Created: 2/20/2026

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Psychological HorrorDarkCrimeGraphic ViolenceCharacter DeathJealousyThrillerDrama
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La Verdad en el Reflejo

"Era una niña explosiva. Mi madre solía decir que nací con fuego en las venas, y no se equivocaba. Los médicos lo llamaron ‘principios de trastorno psicótico’ años más tarde, pero para mí, siempre fue simplemente… yo. Recuerdo el jardín de infancia, un día soleado, la señora Elena intentando que compartiéramos los juguetes. Un niño, cuyo nombre he borrado de mi memoria, tomó mi muñeca favorita, la de cabello rubio y ojos azules, y la arrojó al suelo. Se rompió una pierna. La rabia me invadió como una marea oscura. Lo empujé tan fuerte que se golpeó la cabeza con la esquina de la mesa de actividades. La sangre brotó. Yo solo lo miraba, sin sentir remordimiento, solo una extraña satisfacción. Mis padres tuvieron que dar explicaciones, pedir disculpas. Yo, en cambio, solo quería mi muñeca arreglada. Desde entonces, aprendí a reprimirlo, a ocultar esa faceta de mí, a ser la Inés tranquila, la chica normal, la que no haría daño a una mosca."

La voz de Inés, un susurro melancólico en su propia mente, se desvanecía mientras observaba a Mercedes, su Mechi, al otro lado de la mesa. Estaban en su café favorito, el aroma a grano tostado y canela flotando en el aire. La escena era perfecta: ella, el amor de su vida, la luz de sus ojos, y un futuro que parecía tan brillante como el sol de la mañana. Pero la perfección era una máscara, y la duda, un gusano que roía su corazón.

"¿Estás bien, amor?", preguntó Mechi, sus ojos color avellana brillando con una falsa preocupación que a Inés le dolía hasta el alma.

"Sí, solo… pensando", respondió Inés, forzando una sonrisa. La verdad era que no dejaba de pensar en la forma en que Mechi se apartaba cada vez que intentaba tomarle la mano en público, en las llamadas que respondía en susurros y con excusas vagas. La sospecha, un monstruo sigiloso, había estado creciendo en ella durante semanas.

"Voy al baño, ya vuelvo", dijo Mechi, levantándose de la silla. Inés asintió, su mirada fija en el teléfono que Mercedes había dejado olvidado sobre la mesa. Un iPhone de última generación, con una funda de purpurina. Su corazón latió con fuerza, una mezcla de ansiedad y adrenalina. La tentación era un abismo, y ella estaba al borde.

"No lo hagas, Inés. No revises su teléfono. Confía en ella", se dijo a sí misma, intentando ahogar la voz de la duda. Pero la otra voz, la que siempre había estado ahí, la voz de su "yo" explosivo, susurraba: "Si no hay nada que ocultar, ¿por qué el secreto? ¿Por qué la evasión?".

Su dilema interno fue interrumpido por un zumbido. La pantalla del teléfono de Mechi se iluminó. Una notificación. Un mensaje de WhatsApp. El nombre no era familiar. Inés sintió un escalofrío helado recorrer su espalda. Sus ojos se fijaron en el texto, las palabras grabándose a fuego en su mente: "Nos vemos hoy? o estás con la tarada de Ine?".

Una oleada de furia, ardiente y familiar, la invadió. La sangre le hirvió en las venas. La muñeca rota de la muñeca, la cabeza golpeada del niño... todo volvió en un instante. La Inés tranquila se desvaneció, dejando paso a la Inés de las sombras. La confirmación de sus sospechas fue un golpe brutal, pero también una extraña liberación. La máscara de la duda se rompió, revelando la verdad cruda y dolorosa.

Respiró hondo, un esfuerzo monumental para controlar el temblor de sus manos. Cuando Mechi regresó a la mesa, Inés estaba bebiendo su café, su rostro una máscara de calma. "Todo bien, amor", dijo, su voz sorprendentemente serena. Mechi sonrió, ajena al infierno que se había desatado en el interior de Inés.

Los días siguientes fueron una obra de teatro meticulosamente orquestada. Inés sonreía, besaba, actuaba como la novia perfecta, mientras su mente trabajaba sin descanso, tejiendo una red de venganza. La "tarada de Ine". Esa frase resonaba en su cabeza, alimentando la llama de su ira. Necesitaba saber quién era esa persona, esa intrusa que se atrevía a insultarla y a robarle a su Mechi.

Con una habilidad inquietante, Inés se sumergió en el mundo digital, rastreando cada pista, cada migaja de información. El nombre, finalmente, emergió de las sombras: Mariana Abril Taurozzi, apodada "Tau", 21 años. Rubia, ojos castaños con destellos verdes. Otra más del montón, pensó Inés con desprecio. Una cualquiera que se había metido con lo que era suyo.

Su perfil de Instagram era un tesoro de información: fotos con Mechi, comentarios cómplices, ubicaciones. Inés encontró su dirección. Un apartamento en un barrio tranquilo, no muy lejos de su propia casa. La venganza, entonces, tomó forma. No sería rápida ni limpia. Sería un castigo lento y doloroso.

Una tarde, bajo el pretexto de una "emergencia", Inés apareció en la puerta de Tau. La joven, sorprendida, abrió. "Hola, soy Inés, la amiga de Mechi. Me dijo que te trajera esto", dijo Inés, sosteniendo una bolsa de supermercado vacía. Tau, con una expresión de confusión, la dejó entrar. Ese fue su error.

Lo que siguió fue un borrón de miedo y dolor para Tau. Inés, con una fuerza y determinación sorprendentes, la sometió, amordazándola y atándola. La arrastró hasta su coche y condujo hasta su apartamento, donde había preparado un baño para el tormento.

Durante un día entero, Tau fue la prisionera de Inés. Las preguntas de Inés eran una letanía de celos y resentimiento, cada una acompañada de un golpe, un corte, una quemadura. "Dime, ¿qué te gusta de ella? ¿Qué te da que yo no pueda darte? ¿Creíste que podías robarme lo que es mío?". Las respuestas de Tau, ahogadas por el trapo en su boca, eran ininteligibles, pero su dolor era palpable. Inés disfrutaba cada gemido, cada lágrima.

Al día siguiente, Inés llamó a Mechi, su voz rebosante de una dulzura fingida. "Amor, ¿quieres venir a casa? Podemos cenar y ver una película. Te extraño". Mechi, ajena al horror que la esperaba, aceptó con entusiasmo.

Inés había limpiado meticulosamente el apartamento, eliminando cualquier rastro del cautiverio de Tau. El cuerpo de la joven, aún con vida, pero apenas consciente, yacía escondido en la bañera del baño principal, amordazado y atado, sobre una lona de plástico que Inés había colocado con cuidado.

La noche transcurrió con una normalidad escalofriante. Cenaron, rieron, se besaron. La tensión, para Inés, era casi insoportable, pero se mantuvo firme. Después de la cena, el ambiente se volvió más íntimo. Se acostaron, los cuerpos entrelazados, la pasión una cortina de humo para la verdad oculta.

Cuando terminaron, Inés se acurrucó contra Mechi, su aliento en su cuello. "Mechi", susurró, su voz cargada de una dulzura que bordeaba lo siniestro. "¿Hay algo que quieras decirme?".

Mechi se tensó. "No, amor, ¿por qué?".

Inés se incorporó, sus ojos azules fijos en los de Mechi. "Sé que me estás engañando".

El silencio llenó la habitación, pesado y denso. El rostro de Mechi palideció. "Ine, yo…".

"No te molestes en negarlo", interrumpió Inés, su voz perdiendo la dulzura. "Sé todo. Sé sobre Mariana. Sé sobre los mensajes. Sé sobre la 'tarada de Ine'".

Mechi se sentó, su cuerpo temblaba. "Ine, por favor, déjame explicarte. Fue un error, yo…".

"¿Un error?", Inés se rió, una risa hueca y sin alegría. "Un error que me ha costado el alma". Se levantó de la cama, la desnudez de su cuerpo no la hacía vulnerable, sino más bien una figura imponente. "Ven conmigo".

Mechi, aterrada, la siguió hasta el baño. Inés abrió la puerta. La escena la golpeó como un puñetazo en el estómago. Mariana, atada y amordazada, yacía en la bañera, su cuerpo cubierto de sangre y moretones. Sus ojos, llenos de terror, se encontraron con los de Mechi.

Un grito ahogado escapó de la garganta de Mechi. "¡Ine! ¡Qué has hecho!".

"Lo que se merecía", respondió Inés, su voz fría como el hielo. Mechi intentó correr, pero Inés la agarró de la muñeca con una fuerza sorprendente. "No, mi amor. De aquí no te vas".

Mechi forcejeó, gritando: "¡Suéltame! ¡Estás loca!".

Inés no hizo caso. Con un movimiento rápido y contundente, golpeó a Mechi en la sien, dejándola inconsciente. La arrastró hasta el baño, la encerró junto a Taurozzi y cerró la puerta con llave. Luego, regresó a su habitación, se acostó en la cama y durmió, una paz inquietante envolviéndola, como si nada hubiera pasado.

El sol del día siguiente se filtró por la ventana, pero la paz de Inés fue interrumpida por un golpe en la puerta. Dos policías.

"Buenos días, señorita Civit. Sus vecinos reportaron gritos desgarradores anoche. ¿Está todo bien aquí?".

Inés, con una sonrisa forzada, respondió: "Buenos días, oficiales. Lo siento mucho. Es mi perro, a veces se pone así cuando hay gente. Tuve que encerrarlo".

Los oficiales, con una mirada de duda, asintieron. "Entendido. Que tenga un buen día".

Cuando la puerta se cerró, la furia de Inés explotó. "¡Estúpidas! ¡Casi me descubren por sus gritos!". Se dirigió al baño, la llave girando en la cerradura. Mechi y Tau, despiertas y aterrorizadas, la miraron.

"¡Ine, por favor, para!", imploró Mechi, las lágrimas rodando por su rostro.

Inés ignoró sus súplicas. Se acercó a Tau, un cuchillo de cocina brillando en su mano. "Esto es por hacer ruido", dijo, y la torturó ante los ojos horrorizados de Mechi.

"¡Ine, no! ¡Por favor, suelta a Mariana!", gritó Mechi.

"¡Cállate! O te haré lo mismo", amenazó Inés, su voz llena de veneno.

"Ine, esto está mal", dijo Mechi, sollozando. "Esto es un crimen".

"¿Crimen?", Inés se rió, una risa que helaba la sangre. "Y ustedes se lo merecen, porque yo soy capaz de cometer un crimen solo por amor". Sus ojos brillaron con una locura perturbadora. "Hay cosas que solo la muerte puede solucionar".

Con esas palabras, Inés se abalanzó sobre Tau. El cuchillo se hundió en su cuello, una y otra vez. La sangre brotó, empapando la bañera. "A ver si te gusta como duele", susurró Inés, su rostro salpicado de sangre.

Mechi gritó, un grito desgarrador que se extinguió en un sollozo. Inés se volvió hacia ella, sus ojos vacíos de toda emoción. "No puedo evitarlo, Mechi. Por más que lo intente, me divierto. Esto es venganza, y la venganza me da calma. Te lo mereces, por hacerme creer que me querías".

Luego, Inés salió del baño, cerrando la puerta con llave. Dejó a Mechi sola, encerrada con el cuerpo sin vida de Tau.

Los días siguientes fueron un infierno para Mercedes. Inés, con una crueldad metódica, la torturaba física, emocional y mentalmente. La privaba de comida y agua, la insultaba, la obligaba a mirar el cuerpo de Mariana. La mente de Mechi se desintegraba lentamente, su cordura pendiendo de un hilo.

Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, Lynette Ladelfa, conocida como Lily, sentía una punzada de preocupación. La mejor amiga de Mechi, y también amiga de Tau, había mantenido en secreto la infidelidad de Mechi, la había cubierto, la había animado incluso. También era "amiga" de Inés, aunque su lealtad siempre había estado con Mechi.

Estaba viendo las noticias cuando los nombres la golpearon. "Mercedes Bitzer" y "Mariana Taurozzi", reportadas como desaparecidas. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Intentó llamar a sus teléfonos, pero solo obtuvo el buzón de voz. La preocupación se convirtió en pánico.

Decidió llamar a Inés. La voz de Inés, sorprendentemente tranquila, respondió. "Hola, Lily. ¿Qué pasa?".

"Ine, ¿has hablado con Mechi? ¿O con Tau?", preguntó Lily, intentando sonar lo más natural posible. "Las están reportando como desaparecidas en las noticias".

La voz de Inés sonó "preocupada". "No, Lily. Estoy tan preocupada como tú. No sé dónde están".

Pero Lily no era tonta. Había una extraña calma en la voz de Inés, una que no encajaba con la situación. La Inés que conocía habría estado histérica. Una semilla de sospecha se plantó en su mente.

Decidió ir a casa de Inés. "Voy para allá, Ine. Necesitamos hablar".

"Claro, Lily. Te espero", dijo Inés, su voz imperturbable.

Cuando Lily llegó al apartamento de Inés, sintió un escalofrío. La puerta estaba entreabierta. Un olor extraño, dulzón y metálico, flotaba en el aire. Entró con cautela, su corazón latiendo con fuerza.

"¿Ine?", llamó.

El silencio fue la única respuesta. Lily avanzó por el pasillo, sus pasos resonando en el apartamento vacío. La puerta del baño estaba ligeramente abierta. Una curiosidad mórbida, mezclada con un terror creciente, la impulsó a mirar.

Lo que vio la dejó sin aliento. Mechi, demacrada y rota, acurrucada en una esquina del baño, sus ojos vacíos. Y en la bañera, el cuerpo de Tau, inmóvil, rodeado de sangre seca.

Un grito se ahogó en su garganta. El olor era insoportable. Lily retrocedió, sus manos temblaban mientras sacaba su teléfono. Marcó el número de emergencias, su voz apenas un susurro.

"Hola, necesito ayuda. Estoy en el apartamento de Inés Civit. Hay… hay cuerpos aquí".

El reflejo en el espejo del pasillo le devolvió su propia imagen, pálida y aterrorizada. Y detrás de ella, la figura de Inés, silenciosa y sonriente, con un cuchillo en la mano, el brillo de sus ojos azules prometiendo un final oscuro para todos los secretos.
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