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Mineta y su harem yandere
Fandom: My hero academia
Created: 2/23/2026
Tags
DarkPsychological HorrorHumorCrack / Parody HumorCanon SettingCharacter Study
El Pequeño Tirano y Sus Flores Mortales
El sol de la mañana se colaba por la ventana de la habitación de Minoru Mineta, bañando su rostro en un cálido resplandor. Un suave ronquido escapaba de sus labios mientras su cuerpo diminuto se acurrucaba bajo las sábanas de su cama en los dormitorios de la Clase 1-A de la UA. Sin embargo, la paz de su sueño estaba a punto de ser brutalmente interrumpida.
Un olor dulce y empalagoso, como el de muchas flores silvestres, comenzó a invadir sus fosas nasales. Mineta frunció el ceño, el aroma era agradable, pero demasiado intenso para ser natural. Abrió lentamente sus ojos, aún adormilado, y lo primero que vio fue una cabellera rosada que caía sobre su almohada.
—Buenos días, mi uva favorita —susurró una voz melosa y pegajosa.
Mineta se sobresaltó, sus ojos se abrieron de golpe y su corazón latió con fuerza en su pecho. Ante él, con una sonrisa que no auguraba nada bueno, estaba Mina Ashido, su rostro a escasos centímetros del suyo. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad inusual, y un mechón de su cabello rosa se había enredado juguera y peligrosamente en el suyo.
—¡M-Mina-chan! —exclamó Mineta, intentando alejarse, pero su espalda chocó contra la pared.
—Shhh, no hagas ruido, mi amor —dijo Mina, colocando un dedo sobre sus labios. Su sonrisa se amplió, revelando sus dientes puntiagudos—. No queremos despertar a las demás, ¿verdad?
Mineta tragó saliva. "Las demás"... ¿A qué se refería? Su mente pervertida, a pesar del pánico, comenzó a fantasear por un segundo, pero la expresión en los ojos de Mina rápidamente lo devolvió a la realidad. Había algo... posesivo en su mirada, algo que le helaba la sangre.
De repente, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Mineta casi gritó, pero Mina lo silenció con un beso fugaz en la mejilla, dejando un rastro pegajoso y dulce.
—¡Mina-chan! ¡Te dije que me dejaras a mí esta vez! —exclamó una voz enérgica.
Una cabellera castaña y flotante apareció por la puerta, y detrás de ella, el rostro de Ochaco Uraraka, con un puchero adorable en los labios. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas, y sus ojos, generalmente llenos de calidez, tenían un brillo extrañamente determinado.
—Lo siento, Uraraka-chan, pero no pude resistirme a darle los buenos días a nuestra uva —dijo Mina, sin inmutarse, mientras se levantaba de la cama de Mineta.
Uraraka resopló y se acercó a la cama, mirando a Mineta con una mezcla de frustración y anhelo.
—Mineta-kun, ¿dormiste bien? —preguntó, su voz un poco más suave.
Mineta intentó responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. La escena era surrealista. Mina y Uraraka, dos de las chicas más populares y amables de la clase, estaban en su habitación, discutiendo sobre quién le daría los buenos días. Y sus miradas... oh, sus miradas. No eran las miradas de amigas o compañeras de clase. Eran las miradas de… depredadoras.
Antes de que pudiera procesar la situación, una tercera figura entró en la habitación. Esta vez, era Tsuyu Asui, su postura inquebrantable, pero sus grandes ojos negros fijos en Mineta con una intensidad que nunca le había visto.
—Kero. Parece que ya estás despierto, Mineta-kun —dijo Tsuyu, su voz monótona, pero con un matiz que la hacía sonar casi amenazante—. Mina-chan y Uraraka-chan son demasiado ruidosas. Deberías estar solo conmigo.
Mineta sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. ¿Solo con ella? La idea le aterraba y lo excitaba a partes iguales. Su mente pervertida, a pesar de la situación, no podía evitar tener pensamientos impuros, pero la creciente sensación de peligro lo mantenía a raya.
—¡Tsuyu-chan, no seas mala! —protestó Uraraka—. ¡Yo soy la que debería estar con Mineta-kun! ¡Le di su almuerzo ayer!
—Y yo le di un masaje en los hombros después del entrenamiento, kero —replicó Tsuyu, su lengua asomando ligeramente, un gesto que Mineta solía encontrar adorable, pero que ahora le parecía una serpiente lista para atacar.
Mina se rió, un sonido que era a la vez melodioso y siniestro.
—Chicas, chicas, no hay necesidad de pelear. Hay suficiente Mineta para todas, ¿verdad, mi uva?
Mineta se encogió, intentando hacerse lo más pequeño posible. "Suficiente Mineta para todas". La frase le resonó en la cabeza. No era la primera vez que se sentía observado, ni la primera vez que notaba miradas extrañas de las chicas de su clase. Pero esto... esto era diferente. La intensidad, la posesividad, la forma en que se lo estaban disputando.
De repente, recordó los incidentes de la última semana. La forma en que Jirou lo había "accidentalmente" encerrado con ella en la sala de música, alegando que necesitaba "inspiración" para una nueva canción. La vez que Momo lo había "invitado" a su habitación para "ayudarlo" con sus estudios, solo para que ella lo rodeara con su cuerpo mientras le explicaba ecuaciones complicadas. Incluso Hagakure, la chica invisible, había estado "apareciendo" en lugares donde él estaba solo, sus risas etéreas sonando a su alrededor, haciéndolo sentir como si estuviera siendo constantemente vigilado.
Y ahora, esto.
—Chicas, yo… yo tengo que ir al baño —balbuceó Mineta, intentando escapar de la cama.
Mina, con una agilidad sorprendente, lo detuvo con una mano pegajosa que se adhirió a su hombro.
—No tan rápido, mi pequeño héroe. Primero, un beso de buenos días para cada una, ¿no crees?
Mineta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus ojos se abrieron en pánico.
—¡N-no! ¡Yo… yo no puedo! ¡Es… es inapropiado!
Las tres chicas se miraron entre sí, y luego, con una sincronización escalofriante, sus sonrisas se volvieron más amplias, más depredadoras.
—¿Inapropiado? —preguntó Uraraka, su voz ahora teñida de una dulzura peligrosa—. Pero Mineta-kun, eres tan adorable. ¿Por qué no querrías un poco de afecto?
—Sí, Mineta-kun. Eres tan guapo, tan… único —dijo Tsuyu, acercándose a la cama.
Mineta miró a su alrededor, buscando una ruta de escape. La puerta estaba bloqueada por las chicas. La ventana estaba demasiado lejos y la caída sería peligrosa. Estaba atrapado.
En ese momento, un fuerte golpe en la puerta hizo que las tres chicas se sobresaltaran.
—¡Mineta! ¡Abre la puerta! ¡Sé que estás ahí dentro! —La voz de Kyoka Jirou resonó desde el pasillo, con un tono irritado.
Las tres chicas se miraron entre sí con frustración. Mineta, al escuchar la voz de Jirou, sintió un rayo de esperanza.
—¡Jirou-chan! ¡Ayúdame! —gritó, su voz estrangulada por el miedo.
Un momento de silencio, y luego, Jirou forzó la puerta con un fuerte empujón, sus jacks sobresaliendo de sus orejas, listos para el combate. Sin embargo, al ver la escena, su expresión pasó de la ira al ceño fruncido, y luego a una sonrisa astuta.
—Así que aquí estaban, acaparando a Mineta-kun —dijo Jirou, cruzándose de brazos—. Pensé que habíamos acordado un horario.
Mineta parpadeó. ¿Un horario? ¿De qué estaba hablando Jirou?
—¡Jirou-chan, llegaste tarde! —exclamó Mina, haciendo un puchero.
—Y ustedes se adelantaron, kero —replicó Tsuyu.
Uraraka suspiró.
—Chicas, chicas, dejen de discutir. Mineta-kun se va a asustar.
Mineta ya estaba asustado. Estaba aterrorizado.
—¿Asustarme? —balbuceó Mineta—. ¡Estoy aterrado! ¡Qué está pasando aquí!
Jirou se acercó a la cama, sus ojos fijos en Mineta.
—Mineta-kun, eres tan… deseable —dijo Jirou, su voz sorprendentemente suave—. Todas te queremos. Queremos tu atención, tu afecto, tu… todo.
Mineta sintió un escalofrío. La palabra "todo" le sonó especialmente ominosa.
—Pero… ¿por qué? —preguntó, su voz apenas un susurro—. Yo… yo soy Mineta. Soy… pervertido.
Mina se rió, un sonido dulce y desquiciado.
—Precisamente, mi uva. Tu perversión es… encantadora. Tu honestidad, tu deseo. Eres puro en tu… en tu lujuria. Y además, eres tan guapo. Esos ojos, ese cabello… eres irresistible.
Mineta se sonrojó furiosamente. ¿Guapo? ¿Irresistible? ¿Él? Siempre se había considerado un pervertido enano, un chiste andante. Pero la forma en que Mina lo decía, con esa sinceridad enferma, lo hizo sentir una extraña mezcla de vanidad y miedo.
—Además —añadió Uraraka, sus mejillas enrojecidas—, eres tan trabajador. Y tan valiente, a tu manera. Siempre te esfuerzas.
—Y tus uvas son muy útiles en combate, kero —dijo Tsuyu, su lengua asomando de nuevo—. Podemos usarlas para atrapar a los villanos. O para atraparte a ti, si intentas escapar.
Mineta sintió que sus entrañas se revolvían. La última parte de la frase de Tsuyu lo golpeó con la fuerza de un camión. ¿Atraparlo?
—No te preocupes, Mineta-kun —dijo Jirou, su voz ahora más tranquilizadora, pero con un matiz de amenaza subyacente—. Te cuidaremos. Te amaremos. No te dejaremos ir.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, y esta vez, fue Momo Yaoyorozu quien entró, su rostro digno y elegante, pero sus ojos oscuros y posesivos al ver la escena.
—Entiendo que hay una reunión matutina aquí —dijo Momo, su voz resonando con autoridad—. Pero creo que ya es suficiente. Mineta-kun necesita desayunar. Y yo seré quien lo prepare.
Las otras chicas bufaron, pero nadie se atrevió a contradecir a Momo. Ella era la vicepresidenta de la clase, y su presencia imponía respeto.
Mineta, sin embargo, no sintió ningún alivio. La llegada de Momo solo significaba que el círculo de sus "admiradoras" se estaba expandiendo.
Momo se acercó a la cama, y con una sonrisa que no llegó a sus ojos, tomó la mano de Mineta.
—Vamos, Mineta-kun. Te he preparado un desayuno especial. Y después, tal vez, podríamos estudiar un poco en mi habitación. A solas.
Las otras chicas lanzaron miradas asesinas a Momo, pero ella las ignoró con una elegancia glacial.
Mineta fue arrastrado fuera de su cama, su mente en un torbellino de confusión y terror. ¿Estaba soñando? ¿Era esto una broma cruel? No, las miradas en los ojos de las chicas eran demasiado reales, demasiado intensas.
Mientras era conducido fuera de su habitación por Momo, con las otras cuatro chicas siguiéndolo de cerca, Mineta miró hacia atrás a su cama deshecha, a su habitación, que de repente parecía un santuario profanado.
Su vida había dado un giro inesperado. De ser el pervertido de la clase, el alivio cómico, ahora era el centro de atención de un grupo de chicas intensas y posesivas.
Mineta Minoru, el enano pervertido, se había convertido en el rey de un harem de yanderes. Y no tenía ni idea de cómo había llegado allí, ni de cómo iba a escapar.
El sol de la mañana ya no le parecía cálido. Ahora, se sentía como un calor opresivo, el calor de un horno, el calor de una jaula dorada. Su nueva vida había comenzado, y Mineta, por primera vez en su vida, no estaba seguro de si la perversión era un precio demasiado alto a pagar por la atención de las mujeres.
Mientras Momo lo conducía hacia la cocina, Mineta pudo escuchar los susurros de las otras chicas detrás de él.
—No la dejes sola con él —susurró Mina.
—Ella siempre es tan astuta, kero —murmuró Tsuyu.
—Tendremos que ser más rápidas la próxima vez —dijo Uraraka con determinación.
Jirou solo suspiró, pero sus ojos estaban fijos en Mineta, una promesa silenciosa de que no lo perdería de vista.
Mineta tragó saliva, sus ojos pequeños y redondos llenos de un miedo recién descubierto. Este no era el harem que había soñado. Este era un infierno personal, un dulce y pegajoso infierno del que no había escape. Su vida pervertida había tomado un giro inesperado, y ahora, Mineta Minoru era el pequeño tirano de sus propias flores mortales. Y el juego apenas había comenzado.
Un olor dulce y empalagoso, como el de muchas flores silvestres, comenzó a invadir sus fosas nasales. Mineta frunció el ceño, el aroma era agradable, pero demasiado intenso para ser natural. Abrió lentamente sus ojos, aún adormilado, y lo primero que vio fue una cabellera rosada que caía sobre su almohada.
—Buenos días, mi uva favorita —susurró una voz melosa y pegajosa.
Mineta se sobresaltó, sus ojos se abrieron de golpe y su corazón latió con fuerza en su pecho. Ante él, con una sonrisa que no auguraba nada bueno, estaba Mina Ashido, su rostro a escasos centímetros del suyo. Sus ojos dorados brillaban con una intensidad inusual, y un mechón de su cabello rosa se había enredado juguera y peligrosamente en el suyo.
—¡M-Mina-chan! —exclamó Mineta, intentando alejarse, pero su espalda chocó contra la pared.
—Shhh, no hagas ruido, mi amor —dijo Mina, colocando un dedo sobre sus labios. Su sonrisa se amplió, revelando sus dientes puntiagudos—. No queremos despertar a las demás, ¿verdad?
Mineta tragó saliva. "Las demás"... ¿A qué se refería? Su mente pervertida, a pesar del pánico, comenzó a fantasear por un segundo, pero la expresión en los ojos de Mina rápidamente lo devolvió a la realidad. Había algo... posesivo en su mirada, algo que le helaba la sangre.
De repente, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Mineta casi gritó, pero Mina lo silenció con un beso fugaz en la mejilla, dejando un rastro pegajoso y dulce.
—¡Mina-chan! ¡Te dije que me dejaras a mí esta vez! —exclamó una voz enérgica.
Una cabellera castaña y flotante apareció por la puerta, y detrás de ella, el rostro de Ochaco Uraraka, con un puchero adorable en los labios. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas, y sus ojos, generalmente llenos de calidez, tenían un brillo extrañamente determinado.
—Lo siento, Uraraka-chan, pero no pude resistirme a darle los buenos días a nuestra uva —dijo Mina, sin inmutarse, mientras se levantaba de la cama de Mineta.
Uraraka resopló y se acercó a la cama, mirando a Mineta con una mezcla de frustración y anhelo.
—Mineta-kun, ¿dormiste bien? —preguntó, su voz un poco más suave.
Mineta intentó responder, pero las palabras se le atascaron en la garganta. La escena era surrealista. Mina y Uraraka, dos de las chicas más populares y amables de la clase, estaban en su habitación, discutiendo sobre quién le daría los buenos días. Y sus miradas... oh, sus miradas. No eran las miradas de amigas o compañeras de clase. Eran las miradas de… depredadoras.
Antes de que pudiera procesar la situación, una tercera figura entró en la habitación. Esta vez, era Tsuyu Asui, su postura inquebrantable, pero sus grandes ojos negros fijos en Mineta con una intensidad que nunca le había visto.
—Kero. Parece que ya estás despierto, Mineta-kun —dijo Tsuyu, su voz monótona, pero con un matiz que la hacía sonar casi amenazante—. Mina-chan y Uraraka-chan son demasiado ruidosas. Deberías estar solo conmigo.
Mineta sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. ¿Solo con ella? La idea le aterraba y lo excitaba a partes iguales. Su mente pervertida, a pesar de la situación, no podía evitar tener pensamientos impuros, pero la creciente sensación de peligro lo mantenía a raya.
—¡Tsuyu-chan, no seas mala! —protestó Uraraka—. ¡Yo soy la que debería estar con Mineta-kun! ¡Le di su almuerzo ayer!
—Y yo le di un masaje en los hombros después del entrenamiento, kero —replicó Tsuyu, su lengua asomando ligeramente, un gesto que Mineta solía encontrar adorable, pero que ahora le parecía una serpiente lista para atacar.
Mina se rió, un sonido que era a la vez melodioso y siniestro.
—Chicas, chicas, no hay necesidad de pelear. Hay suficiente Mineta para todas, ¿verdad, mi uva?
Mineta se encogió, intentando hacerse lo más pequeño posible. "Suficiente Mineta para todas". La frase le resonó en la cabeza. No era la primera vez que se sentía observado, ni la primera vez que notaba miradas extrañas de las chicas de su clase. Pero esto... esto era diferente. La intensidad, la posesividad, la forma en que se lo estaban disputando.
De repente, recordó los incidentes de la última semana. La forma en que Jirou lo había "accidentalmente" encerrado con ella en la sala de música, alegando que necesitaba "inspiración" para una nueva canción. La vez que Momo lo había "invitado" a su habitación para "ayudarlo" con sus estudios, solo para que ella lo rodeara con su cuerpo mientras le explicaba ecuaciones complicadas. Incluso Hagakure, la chica invisible, había estado "apareciendo" en lugares donde él estaba solo, sus risas etéreas sonando a su alrededor, haciéndolo sentir como si estuviera siendo constantemente vigilado.
Y ahora, esto.
—Chicas, yo… yo tengo que ir al baño —balbuceó Mineta, intentando escapar de la cama.
Mina, con una agilidad sorprendente, lo detuvo con una mano pegajosa que se adhirió a su hombro.
—No tan rápido, mi pequeño héroe. Primero, un beso de buenos días para cada una, ¿no crees?
Mineta sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Sus ojos se abrieron en pánico.
—¡N-no! ¡Yo… yo no puedo! ¡Es… es inapropiado!
Las tres chicas se miraron entre sí, y luego, con una sincronización escalofriante, sus sonrisas se volvieron más amplias, más depredadoras.
—¿Inapropiado? —preguntó Uraraka, su voz ahora teñida de una dulzura peligrosa—. Pero Mineta-kun, eres tan adorable. ¿Por qué no querrías un poco de afecto?
—Sí, Mineta-kun. Eres tan guapo, tan… único —dijo Tsuyu, acercándose a la cama.
Mineta miró a su alrededor, buscando una ruta de escape. La puerta estaba bloqueada por las chicas. La ventana estaba demasiado lejos y la caída sería peligrosa. Estaba atrapado.
En ese momento, un fuerte golpe en la puerta hizo que las tres chicas se sobresaltaran.
—¡Mineta! ¡Abre la puerta! ¡Sé que estás ahí dentro! —La voz de Kyoka Jirou resonó desde el pasillo, con un tono irritado.
Las tres chicas se miraron entre sí con frustración. Mineta, al escuchar la voz de Jirou, sintió un rayo de esperanza.
—¡Jirou-chan! ¡Ayúdame! —gritó, su voz estrangulada por el miedo.
Un momento de silencio, y luego, Jirou forzó la puerta con un fuerte empujón, sus jacks sobresaliendo de sus orejas, listos para el combate. Sin embargo, al ver la escena, su expresión pasó de la ira al ceño fruncido, y luego a una sonrisa astuta.
—Así que aquí estaban, acaparando a Mineta-kun —dijo Jirou, cruzándose de brazos—. Pensé que habíamos acordado un horario.
Mineta parpadeó. ¿Un horario? ¿De qué estaba hablando Jirou?
—¡Jirou-chan, llegaste tarde! —exclamó Mina, haciendo un puchero.
—Y ustedes se adelantaron, kero —replicó Tsuyu.
Uraraka suspiró.
—Chicas, chicas, dejen de discutir. Mineta-kun se va a asustar.
Mineta ya estaba asustado. Estaba aterrorizado.
—¿Asustarme? —balbuceó Mineta—. ¡Estoy aterrado! ¡Qué está pasando aquí!
Jirou se acercó a la cama, sus ojos fijos en Mineta.
—Mineta-kun, eres tan… deseable —dijo Jirou, su voz sorprendentemente suave—. Todas te queremos. Queremos tu atención, tu afecto, tu… todo.
Mineta sintió un escalofrío. La palabra "todo" le sonó especialmente ominosa.
—Pero… ¿por qué? —preguntó, su voz apenas un susurro—. Yo… yo soy Mineta. Soy… pervertido.
Mina se rió, un sonido dulce y desquiciado.
—Precisamente, mi uva. Tu perversión es… encantadora. Tu honestidad, tu deseo. Eres puro en tu… en tu lujuria. Y además, eres tan guapo. Esos ojos, ese cabello… eres irresistible.
Mineta se sonrojó furiosamente. ¿Guapo? ¿Irresistible? ¿Él? Siempre se había considerado un pervertido enano, un chiste andante. Pero la forma en que Mina lo decía, con esa sinceridad enferma, lo hizo sentir una extraña mezcla de vanidad y miedo.
—Además —añadió Uraraka, sus mejillas enrojecidas—, eres tan trabajador. Y tan valiente, a tu manera. Siempre te esfuerzas.
—Y tus uvas son muy útiles en combate, kero —dijo Tsuyu, su lengua asomando de nuevo—. Podemos usarlas para atrapar a los villanos. O para atraparte a ti, si intentas escapar.
Mineta sintió que sus entrañas se revolvían. La última parte de la frase de Tsuyu lo golpeó con la fuerza de un camión. ¿Atraparlo?
—No te preocupes, Mineta-kun —dijo Jirou, su voz ahora más tranquilizadora, pero con un matiz de amenaza subyacente—. Te cuidaremos. Te amaremos. No te dejaremos ir.
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo, y esta vez, fue Momo Yaoyorozu quien entró, su rostro digno y elegante, pero sus ojos oscuros y posesivos al ver la escena.
—Entiendo que hay una reunión matutina aquí —dijo Momo, su voz resonando con autoridad—. Pero creo que ya es suficiente. Mineta-kun necesita desayunar. Y yo seré quien lo prepare.
Las otras chicas bufaron, pero nadie se atrevió a contradecir a Momo. Ella era la vicepresidenta de la clase, y su presencia imponía respeto.
Mineta, sin embargo, no sintió ningún alivio. La llegada de Momo solo significaba que el círculo de sus "admiradoras" se estaba expandiendo.
Momo se acercó a la cama, y con una sonrisa que no llegó a sus ojos, tomó la mano de Mineta.
—Vamos, Mineta-kun. Te he preparado un desayuno especial. Y después, tal vez, podríamos estudiar un poco en mi habitación. A solas.
Las otras chicas lanzaron miradas asesinas a Momo, pero ella las ignoró con una elegancia glacial.
Mineta fue arrastrado fuera de su cama, su mente en un torbellino de confusión y terror. ¿Estaba soñando? ¿Era esto una broma cruel? No, las miradas en los ojos de las chicas eran demasiado reales, demasiado intensas.
Mientras era conducido fuera de su habitación por Momo, con las otras cuatro chicas siguiéndolo de cerca, Mineta miró hacia atrás a su cama deshecha, a su habitación, que de repente parecía un santuario profanado.
Su vida había dado un giro inesperado. De ser el pervertido de la clase, el alivio cómico, ahora era el centro de atención de un grupo de chicas intensas y posesivas.
Mineta Minoru, el enano pervertido, se había convertido en el rey de un harem de yanderes. Y no tenía ni idea de cómo había llegado allí, ni de cómo iba a escapar.
El sol de la mañana ya no le parecía cálido. Ahora, se sentía como un calor opresivo, el calor de un horno, el calor de una jaula dorada. Su nueva vida había comenzado, y Mineta, por primera vez en su vida, no estaba seguro de si la perversión era un precio demasiado alto a pagar por la atención de las mujeres.
Mientras Momo lo conducía hacia la cocina, Mineta pudo escuchar los susurros de las otras chicas detrás de él.
—No la dejes sola con él —susurró Mina.
—Ella siempre es tan astuta, kero —murmuró Tsuyu.
—Tendremos que ser más rápidas la próxima vez —dijo Uraraka con determinación.
Jirou solo suspiró, pero sus ojos estaban fijos en Mineta, una promesa silenciosa de que no lo perdería de vista.
Mineta tragó saliva, sus ojos pequeños y redondos llenos de un miedo recién descubierto. Este no era el harem que había soñado. Este era un infierno personal, un dulce y pegajoso infierno del que no había escape. Su vida pervertida había tomado un giro inesperado, y ahora, Mineta Minoru era el pequeño tirano de sus propias flores mortales. Y el juego apenas había comenzado.
