
← Back
0 likes
El maldito muñeco
Fandom: Chucky serie
Created: 3/8/2026
Tags
DramaAngstSlice of LifeRealismHurt/ComfortCharacter StudyDarkCurtainfic / Domestic StoryRomancePsychologicalHorrorThrillerPsychological Horror
Un Comienzo Inesperado
El chirrido de las ruedas sobre el asfalto mojado era el único sonido que rompía el silencio incómodo dentro del coche. Anna miraba el paisaje desfilar por la ventanilla, un torbellino de árboles verdes y casas que parecían sacadas de una postal, ajenas a la tormenta que se gestaba en su interior. Odio. Era la única palabra que describía lo que sentía. Odio hacia ese pueblo, hacia su padre, hacia el mundo entero por haberle arrebatado a su madre.
—Ya hemos llegado, cariño —la voz de su padre, suave y llena de una falsa alegría, la sacó de sus pensamientos. Anna ni siquiera se molestó en responder. Su mirada verde, normalmente vivaz, estaba ahora opaca, enmarcada por unas ojeras que eran el testimonio silencioso de noches en vela y lágrimas contenidas. Su cabello rizado, rubio como el oro, parecía un nido desordenado, a juego con el caos de su alma.
Bajaron del coche frente a una casa imponente, de ladrillo rojo y ventanas amplias. Era demasiado grande, demasiado impersonal. No era su hogar. Su hogar era el pequeño piso en Barcelona, con el olor a paella los domingos y las risas de su madre resonando en cada rincón.
—¿No es preciosa, Anna? —preguntó su madrastra, una mujer rubia y excesivamente sonriente que Anna aún no había aprendido a llamar por su nombre. La ignoró, sacando su maleta del maletero con una fuerza que no sabía que tenía.
Mientras su padre y su madrastra se afanaban en abrir la puerta principal, Anna se quedó un momento en el porche, observando el vecindario. Las casas eran similares, con jardines bien cuidados y la promesa de una vida tranquila que ella estaba lejos de querer. De repente, su mirada se detuvo en un chico que estaba sentado en el porche de la casa de enfrente. Tenía el pelo rizado y oscuro, la piel pálida, y en sus brazos sostenía un muñeco. Un muñeco de aspecto... extraño.
Anna sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en ese muñeco, en su sonrisa cosida y sus ojos de cristal, que le producía una profunda inquietud. No era un muñeco normal. Era feo. Era... inquietante.
Sin pensarlo dos veces, y con el sarcasmo que la caracterizaba como su única armadura en ese nuevo e insoportable mundo, Anna se dirigió hacia él. Su español, con el acento catalán que a veces se le escapaba, sonó nítido en el aire de la tarde.
—Eh, chico —dijo, la voz más dura de lo que pretendía—. Ese muñeco… da muy mal rollo, ¿sabes?
Jake Wheeler, que hasta ese momento había estado absorto en su propio mundo de pensamientos oscuros y silencios, levantó la vista. Sus ojos marrones, normalmente llenos de una melancolía que pocos entendían, se abrieron ligeramente. Había una chica delante de él. Bajita, con el pelo rubio rizado que parecía una nube, y unos ojos verdes que lo miraban con una mezcla de curiosidad y desaprobación. Y hablaba… diferente.
Anna, al ver su expresión de sorpresa, no esperó respuesta. Ya había dicho lo que quería decir. Con un último vistazo al muñeco, que aún le parecía perturbador, se dio la vuelta y caminó de regreso hacia la puerta de su nueva casa, dejando a Jake solo, confundido y con una pregunta flotando en el aire: ¿quién era esa chica y por qué le había dicho eso?
Mientras Anna entraba en la casa, el olor a pintura fresca y a mueble nuevo la golpeó. Todo era demasiado perfecto, demasiado limpio. No había huellas de su madre, no había recuerdos. Era una página en blanco que ella no tenía intención de escribir.
—Anna, cariño, ¿estás bien? —preguntó su padre, notando su expresión sombría.
—Estoy perfectamente —respondió ella, la voz teñida de un sarcasmo que solo su padre, en su ceguera, no pareció captar—. Es solo que este sitio es… diferente.
Se dirigió a las escaleras, buscando la habitación que le habían asignado. Era grande, con una cama de matrimonio y una ventana que daba al jardín trasero. Abrió su maleta y empezó a sacar su ropa, doblando las camisetas y los pantalones con una precisión casi obsesiva. Era una forma de mantener el control en un mundo que se le escapaba de las manos.
Mientras colocaba sus libros en la estantería, sus ojos se posaron en una foto de su madre. La cogió, acariciando el cristal con el pulgar. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Echaba de menos su risa, sus consejos, la forma en que la abrazaba cuando las cosas iban mal. Ahora, solo tenía el silencio.
Abajo, en el salón, su padre y su madrastra hablaban animadamente sobre la decoración y los planes para el jardín. Anna los escuchaba a medias, sintiendo cómo la ira se acumulaba en su pecho. ¿Cómo podían estar tan felices? ¿Cómo podían seguir adelante como si nada hubiera pasado?
Decidió salir a explorar. Necesitaba aire, necesitaba escapar de esa casa que se sentía como una prisión. Se puso una sudadera con capucha y unos vaqueros, y salió por la puerta trasera, adentrándose en el jardín. Era amplio, con árboles altos y un pequeño estanque. Caminó sin rumbo, sus pensamientos un torbellino de emociones.
Mientras tanto, en la casa de enfrente, Jake seguía sentado en el porche, el muñeco Chucky en una silla a su lado. La extraña chica rubia no se le iba de la cabeza. Su acento, sus ojos verdes, la forma en que había dicho que Chucky "daba mal rollo". Era la primera persona, además de Lexy, que había reaccionado de esa manera al muñeco. Y Lexy lo hacía por pura maldad. Pero esta chica… su tono había sido diferente, casi… preocupado.
—¿Mal rollo, eh, Chucky? —murmuró Jake, mirando al muñeco—. Ella no sabe nada.
El muñeco parecía sonreírle, como si compartiera un secreto con él. Jake lo había encontrado en una venta de garaje y, aunque a primera vista era un muñeco de lo más normal, Chucky pronto reveló su verdadera naturaleza. Una naturaleza oscura y asesina.
La voz de su padre lo sacó de sus pensamientos.
—Jake, ¿has hecho tus tareas?
—Sí, papá —respondió Jake, sin mucho entusiasmo.
Su padre, un hombre estricto y a menudo ausente, rara vez mostraba interés en lo que hacía Jake. Su pasatiempo favorito era criticar sus "raras" aficiones, especialmente su obsesión por el arte y los muñecos.
Jake se levantó, llevando a Chucky consigo. Subió a su habitación, el único lugar donde se sentía verdaderamente él mismo. Allí, rodeado de sus dibujos y sus creaciones, podía escapar de la realidad. Miró por la ventana, hacia la casa de enfrente. La chica rubia ya no estaba en el porche. Se preguntó si la volvería a ver.
Al día siguiente, la escuela. Otro infierno. Anna se levantó temprano, sintiendo el peso del día antes de que empezara. Se puso unos vaqueros rotos y una camiseta de una banda de rock que nadie en ese pueblo probablemente conocería. Su pelo rizado se negaba a cooperar, así que lo dejó suelto, un halo dorado alrededor de su rostro pálido.
Mientras desayunaba en silencio, su padre intentó entablar conversación.
—Hoy es tu primer día en la nueva escuela, Anna. Seguro que te haces muchos amigos.
Anna resopló. —¿Amigos? Papá, soy la nueva. Y hablo con un acento que nadie entenderá. Además, no quiero amigos.
Su padre suspiró, resignado. Su madrastra, con su eterna sonrisa, intentó suavizar la situación.
—No seas así, Anna. Es una oportunidad para empezar de nuevo.
—No quiero empezar de nuevo —replicó Anna, levantándose de la mesa—. Quiero mi vida de antes.
Salió de la casa, sintiendo el aire frío de la mañana en su piel. La escuela estaba a unas pocas manzanas. Caminó lentamente, observando el entorno. Todo era tan diferente a Barcelona. Más verde, más tranquilo, pero también más… aburrido.
Al llegar a la escuela, la sensación de ser una extraña la golpeó con fuerza. Los pasillos estaban llenos de estudiantes que hablaban y reían, ajenos a su presencia. Se dirigió a la oficina principal para recoger su horario.
Mientras caminaba por los pasillos, buscando su taquilla, lo vio de nuevo. El chico de la casa de enfrente. Jake Wheeler. Estaba apoyado en una taquilla, hablando con otro chico, Lexy Cross, si no se equivocaba por lo que había escuchado a su padre. Su mirada se cruzó con la de Jake por un instante. Él pareció reconocerla, pero no dijo nada.
Anna se encogió de hombros. Le daba igual. No había venido a hacer amigos.
Su primera clase fue historia. Entró en el aula y se sentó en una de las últimas filas, intentando pasar desapercibida. Pero el profesor, un hombre de mediana edad con gafas, no tardó en notarla.
—Tenemos una nueva estudiante, clase —dijo, señalándola—. Por favor, preséntate.
Anna se levantó a regañadientes. —Hola. Soy Anna Garcés. Vengo de España.
Un murmullo recorrió la clase. Algunos la miraban con curiosidad, otros con desinterés.
—¿España? ¡Qué interesante! —exclamó el profesor—. ¿De qué parte de España?
—Barcelona —respondió Anna, la voz monótona.
—¿Y qué te trae a Hackensack?
Anna dudó un momento. No quería hablar de su madre, de la muerte, del dolor. —Mi padre se mudó aquí por trabajo.
El profesor pareció aceptar la explicación y la dejó sentarse. Anna se hundió en su asiento, deseando que el día terminara ya.
Las clases pasaron lentamente. En cada una, se sentía como un pez fuera del agua. Su español, su acento, sus referencias culturales… todo la hacía diferente. En el almuerzo, se sentó sola en una mesa, observando a los demás estudiantes.
De repente, una voz la sacó de sus pensamientos.
—¿Te importa si me siento aquí?
Anna levantó la vista. Era Jake Wheeler. Tenía una bandeja con comida y una expresión algo incómoda.
—Haz lo que quieras —respondió Anna, encogiéndose de hombros.
Jake se sentó frente a ella. Hubo un silencio incómodo.
—Soy Jake —dijo él, finalmente.
—Lo sé —respondió Anna—. Eres el chico del muñeco.
Jake pareció sorprendido. —Ah, sí. Chucky.
—Da mal rollo —repitió Anna, sin rodeos.
Jake suspiró. —Ya, eso me han dicho.
—¿Y por qué lo tienes? —preguntó Anna, la curiosidad superando su habitual sarcasmo.
Jake dudó. No era algo que le gustara compartir. —Es… un regalo.
Anna lo miró con escepticismo. —Un regalo muy raro. ¿Es tu… amigo imaginario?
Jake se sintió un poco ofendido. —No. Es solo… un muñeco.
—Un muñeco que da escalofríos —insistió Anna.
Hubo otro silencio. Anna se dio cuenta de que había sido demasiado brusca. A veces, su lengua iba más rápido que su cerebro.
—Lo siento —dijo, en un tono más suave—. Es que… me parece muy raro. Nunca había visto un muñeco así.
Jake la miró. Sus ojos verdes tenían un brillo de autenticidad que lo desarmó.
—No pasa nada —respondió él—. La gente suele reaccionar así.
—¿Y te importa? —preguntó Anna.
Jake se encogió de hombros. —Ya estoy acostumbrado.
Anna asintió. Podía entender eso. Ella también estaba acostumbrada a ser diferente, a que la gente la mirara raro.
—¿De verdad eres de España? —preguntó Jake, intentando cambiar de tema.
—Sí. De Barcelona —respondió Anna—. Es una ciudad muy grande. Esto es… diferente.
—Hackensack es un pueblo pequeño —dijo Jake—. No pasa mucho aquí.
—Eso ya lo he notado —comentó Anna, con un toque de su habitual sarcasmo.
Jake sonrió ligeramente. Era la primera vez que la veía sonreír. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Jake la notó.
—¿Y qué tal tu primer día? —preguntó Jake.
Anna resopló. —Un desastre. Nadie me entiende, y yo no entiendo a nadie. Y el profesor de química me ha mirado como si fuera un bicho raro.
—Bienvenida a Hackensack —dijo Jake, con un toque de ironía.
Anna lo miró. Por primera vez desde que había llegado a ese pueblo, sintió una pequeña conexión con alguien. Jake, con su aire melancólico y su extraña fascinación por los muñecos, parecía entender un poco de lo que ella sentía.
—¿Estás bien? —preguntó Jake, notando la expresión pensativa de Anna.
Anna suspiró. —No. No estoy bien. No quiero estar aquí. Echo de menos a mi madre. Echo de menos mi vida.
La sinceridad de sus palabras sorprendió a Jake. Había algo en Anna, en su vulnerabilidad a pesar de su fachada sarcástica, que le resultaba familiar. Él también había sentido esa misma soledad, esa misma sensación de pérdida.
—Lo siento —dijo Jake, sinceramente.
Anna lo miró. —No tienes por qué. No es tu culpa.
Se hizo un silencio. Anna terminó su comida, la sensación de incomodidad volviendo a instalarse.
—Bueno, tengo que irme —dijo Jake, recogiendo su bandeja—. Tengo clase de arte.
—¿Arte? —preguntó Anna, sorprendida.
—Sí. Me gusta dibujar —respondió Jake, con un brillo en los ojos que no había visto antes.
—A mí también —dijo Anna, casi sin pensar. Le encantaba dibujar, pero no lo había hecho desde la muerte de su madre.
Jake la miró, sorprendido. —Ah, ¿sí?
—Sí. En Barcelona iba a clases de dibujo.
—Quizás… podríamos dibujar juntos alguna vez —sugirió Jake, con un poco de timidez.
Anna lo miró, una chispa de interés encendiéndose en sus ojos verdes. —Quizás.
Jake sonrió, una sonrisa genuina esta vez. —Nos vemos.
Anna lo vio marcharse, la bandeja en sus manos. Se quedó un momento sola, la cafetería ruidosa a su alrededor. La conversación con Jake había sido inesperada, pero no desagradable. Tal vez, solo tal vez, Hackensack no sería tan horrible como pensaba.
Mientras caminaba hacia su siguiente clase, Anna se encontró pensando en Jake. En sus ojos marrones, en su timidez, en su extraño muñeco. Y en su invitación a dibujar. Una pequeña chispa de esperanza, casi imperceptible, se encendió en su corazón.
Al salir de la escuela, el aire de la tarde era fresco y claro. Anna decidió caminar a casa, disfrutando del silencio y la soledad. Al pasar por delante de la casa de Jake, lo vio de nuevo en el porche, sentado con Chucky.
Esta vez, no dijo nada. Solo lo miró, y Jake le devolvió la mirada. Hubo un reconocimiento silencioso entre ellos, una comprensión tácita.
Anna siguió su camino, la imagen de Jake y su muñeco grabada en su mente. Era un comienzo extraño, sí. Pero tal vez, solo tal vez, no sería tan malo después de todo. Y quizás, solo quizás, ese muñero que "daba mal rollo" sería el inicio de algo inesperado.
—Ya hemos llegado, cariño —la voz de su padre, suave y llena de una falsa alegría, la sacó de sus pensamientos. Anna ni siquiera se molestó en responder. Su mirada verde, normalmente vivaz, estaba ahora opaca, enmarcada por unas ojeras que eran el testimonio silencioso de noches en vela y lágrimas contenidas. Su cabello rizado, rubio como el oro, parecía un nido desordenado, a juego con el caos de su alma.
Bajaron del coche frente a una casa imponente, de ladrillo rojo y ventanas amplias. Era demasiado grande, demasiado impersonal. No era su hogar. Su hogar era el pequeño piso en Barcelona, con el olor a paella los domingos y las risas de su madre resonando en cada rincón.
—¿No es preciosa, Anna? —preguntó su madrastra, una mujer rubia y excesivamente sonriente que Anna aún no había aprendido a llamar por su nombre. La ignoró, sacando su maleta del maletero con una fuerza que no sabía que tenía.
Mientras su padre y su madrastra se afanaban en abrir la puerta principal, Anna se quedó un momento en el porche, observando el vecindario. Las casas eran similares, con jardines bien cuidados y la promesa de una vida tranquila que ella estaba lejos de querer. De repente, su mirada se detuvo en un chico que estaba sentado en el porche de la casa de enfrente. Tenía el pelo rizado y oscuro, la piel pálida, y en sus brazos sostenía un muñeco. Un muñeco de aspecto... extraño.
Anna sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo en ese muñeco, en su sonrisa cosida y sus ojos de cristal, que le producía una profunda inquietud. No era un muñeco normal. Era feo. Era... inquietante.
Sin pensarlo dos veces, y con el sarcasmo que la caracterizaba como su única armadura en ese nuevo e insoportable mundo, Anna se dirigió hacia él. Su español, con el acento catalán que a veces se le escapaba, sonó nítido en el aire de la tarde.
—Eh, chico —dijo, la voz más dura de lo que pretendía—. Ese muñeco… da muy mal rollo, ¿sabes?
Jake Wheeler, que hasta ese momento había estado absorto en su propio mundo de pensamientos oscuros y silencios, levantó la vista. Sus ojos marrones, normalmente llenos de una melancolía que pocos entendían, se abrieron ligeramente. Había una chica delante de él. Bajita, con el pelo rubio rizado que parecía una nube, y unos ojos verdes que lo miraban con una mezcla de curiosidad y desaprobación. Y hablaba… diferente.
Anna, al ver su expresión de sorpresa, no esperó respuesta. Ya había dicho lo que quería decir. Con un último vistazo al muñeco, que aún le parecía perturbador, se dio la vuelta y caminó de regreso hacia la puerta de su nueva casa, dejando a Jake solo, confundido y con una pregunta flotando en el aire: ¿quién era esa chica y por qué le había dicho eso?
Mientras Anna entraba en la casa, el olor a pintura fresca y a mueble nuevo la golpeó. Todo era demasiado perfecto, demasiado limpio. No había huellas de su madre, no había recuerdos. Era una página en blanco que ella no tenía intención de escribir.
—Anna, cariño, ¿estás bien? —preguntó su padre, notando su expresión sombría.
—Estoy perfectamente —respondió ella, la voz teñida de un sarcasmo que solo su padre, en su ceguera, no pareció captar—. Es solo que este sitio es… diferente.
Se dirigió a las escaleras, buscando la habitación que le habían asignado. Era grande, con una cama de matrimonio y una ventana que daba al jardín trasero. Abrió su maleta y empezó a sacar su ropa, doblando las camisetas y los pantalones con una precisión casi obsesiva. Era una forma de mantener el control en un mundo que se le escapaba de las manos.
Mientras colocaba sus libros en la estantería, sus ojos se posaron en una foto de su madre. La cogió, acariciando el cristal con el pulgar. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Echaba de menos su risa, sus consejos, la forma en que la abrazaba cuando las cosas iban mal. Ahora, solo tenía el silencio.
Abajo, en el salón, su padre y su madrastra hablaban animadamente sobre la decoración y los planes para el jardín. Anna los escuchaba a medias, sintiendo cómo la ira se acumulaba en su pecho. ¿Cómo podían estar tan felices? ¿Cómo podían seguir adelante como si nada hubiera pasado?
Decidió salir a explorar. Necesitaba aire, necesitaba escapar de esa casa que se sentía como una prisión. Se puso una sudadera con capucha y unos vaqueros, y salió por la puerta trasera, adentrándose en el jardín. Era amplio, con árboles altos y un pequeño estanque. Caminó sin rumbo, sus pensamientos un torbellino de emociones.
Mientras tanto, en la casa de enfrente, Jake seguía sentado en el porche, el muñeco Chucky en una silla a su lado. La extraña chica rubia no se le iba de la cabeza. Su acento, sus ojos verdes, la forma en que había dicho que Chucky "daba mal rollo". Era la primera persona, además de Lexy, que había reaccionado de esa manera al muñeco. Y Lexy lo hacía por pura maldad. Pero esta chica… su tono había sido diferente, casi… preocupado.
—¿Mal rollo, eh, Chucky? —murmuró Jake, mirando al muñeco—. Ella no sabe nada.
El muñeco parecía sonreírle, como si compartiera un secreto con él. Jake lo había encontrado en una venta de garaje y, aunque a primera vista era un muñeco de lo más normal, Chucky pronto reveló su verdadera naturaleza. Una naturaleza oscura y asesina.
La voz de su padre lo sacó de sus pensamientos.
—Jake, ¿has hecho tus tareas?
—Sí, papá —respondió Jake, sin mucho entusiasmo.
Su padre, un hombre estricto y a menudo ausente, rara vez mostraba interés en lo que hacía Jake. Su pasatiempo favorito era criticar sus "raras" aficiones, especialmente su obsesión por el arte y los muñecos.
Jake se levantó, llevando a Chucky consigo. Subió a su habitación, el único lugar donde se sentía verdaderamente él mismo. Allí, rodeado de sus dibujos y sus creaciones, podía escapar de la realidad. Miró por la ventana, hacia la casa de enfrente. La chica rubia ya no estaba en el porche. Se preguntó si la volvería a ver.
Al día siguiente, la escuela. Otro infierno. Anna se levantó temprano, sintiendo el peso del día antes de que empezara. Se puso unos vaqueros rotos y una camiseta de una banda de rock que nadie en ese pueblo probablemente conocería. Su pelo rizado se negaba a cooperar, así que lo dejó suelto, un halo dorado alrededor de su rostro pálido.
Mientras desayunaba en silencio, su padre intentó entablar conversación.
—Hoy es tu primer día en la nueva escuela, Anna. Seguro que te haces muchos amigos.
Anna resopló. —¿Amigos? Papá, soy la nueva. Y hablo con un acento que nadie entenderá. Además, no quiero amigos.
Su padre suspiró, resignado. Su madrastra, con su eterna sonrisa, intentó suavizar la situación.
—No seas así, Anna. Es una oportunidad para empezar de nuevo.
—No quiero empezar de nuevo —replicó Anna, levantándose de la mesa—. Quiero mi vida de antes.
Salió de la casa, sintiendo el aire frío de la mañana en su piel. La escuela estaba a unas pocas manzanas. Caminó lentamente, observando el entorno. Todo era tan diferente a Barcelona. Más verde, más tranquilo, pero también más… aburrido.
Al llegar a la escuela, la sensación de ser una extraña la golpeó con fuerza. Los pasillos estaban llenos de estudiantes que hablaban y reían, ajenos a su presencia. Se dirigió a la oficina principal para recoger su horario.
Mientras caminaba por los pasillos, buscando su taquilla, lo vio de nuevo. El chico de la casa de enfrente. Jake Wheeler. Estaba apoyado en una taquilla, hablando con otro chico, Lexy Cross, si no se equivocaba por lo que había escuchado a su padre. Su mirada se cruzó con la de Jake por un instante. Él pareció reconocerla, pero no dijo nada.
Anna se encogió de hombros. Le daba igual. No había venido a hacer amigos.
Su primera clase fue historia. Entró en el aula y se sentó en una de las últimas filas, intentando pasar desapercibida. Pero el profesor, un hombre de mediana edad con gafas, no tardó en notarla.
—Tenemos una nueva estudiante, clase —dijo, señalándola—. Por favor, preséntate.
Anna se levantó a regañadientes. —Hola. Soy Anna Garcés. Vengo de España.
Un murmullo recorrió la clase. Algunos la miraban con curiosidad, otros con desinterés.
—¿España? ¡Qué interesante! —exclamó el profesor—. ¿De qué parte de España?
—Barcelona —respondió Anna, la voz monótona.
—¿Y qué te trae a Hackensack?
Anna dudó un momento. No quería hablar de su madre, de la muerte, del dolor. —Mi padre se mudó aquí por trabajo.
El profesor pareció aceptar la explicación y la dejó sentarse. Anna se hundió en su asiento, deseando que el día terminara ya.
Las clases pasaron lentamente. En cada una, se sentía como un pez fuera del agua. Su español, su acento, sus referencias culturales… todo la hacía diferente. En el almuerzo, se sentó sola en una mesa, observando a los demás estudiantes.
De repente, una voz la sacó de sus pensamientos.
—¿Te importa si me siento aquí?
Anna levantó la vista. Era Jake Wheeler. Tenía una bandeja con comida y una expresión algo incómoda.
—Haz lo que quieras —respondió Anna, encogiéndose de hombros.
Jake se sentó frente a ella. Hubo un silencio incómodo.
—Soy Jake —dijo él, finalmente.
—Lo sé —respondió Anna—. Eres el chico del muñeco.
Jake pareció sorprendido. —Ah, sí. Chucky.
—Da mal rollo —repitió Anna, sin rodeos.
Jake suspiró. —Ya, eso me han dicho.
—¿Y por qué lo tienes? —preguntó Anna, la curiosidad superando su habitual sarcasmo.
Jake dudó. No era algo que le gustara compartir. —Es… un regalo.
Anna lo miró con escepticismo. —Un regalo muy raro. ¿Es tu… amigo imaginario?
Jake se sintió un poco ofendido. —No. Es solo… un muñeco.
—Un muñeco que da escalofríos —insistió Anna.
Hubo otro silencio. Anna se dio cuenta de que había sido demasiado brusca. A veces, su lengua iba más rápido que su cerebro.
—Lo siento —dijo, en un tono más suave—. Es que… me parece muy raro. Nunca había visto un muñeco así.
Jake la miró. Sus ojos verdes tenían un brillo de autenticidad que lo desarmó.
—No pasa nada —respondió él—. La gente suele reaccionar así.
—¿Y te importa? —preguntó Anna.
Jake se encogió de hombros. —Ya estoy acostumbrado.
Anna asintió. Podía entender eso. Ella también estaba acostumbrada a ser diferente, a que la gente la mirara raro.
—¿De verdad eres de España? —preguntó Jake, intentando cambiar de tema.
—Sí. De Barcelona —respondió Anna—. Es una ciudad muy grande. Esto es… diferente.
—Hackensack es un pueblo pequeño —dijo Jake—. No pasa mucho aquí.
—Eso ya lo he notado —comentó Anna, con un toque de su habitual sarcasmo.
Jake sonrió ligeramente. Era la primera vez que la veía sonreír. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero Jake la notó.
—¿Y qué tal tu primer día? —preguntó Jake.
Anna resopló. —Un desastre. Nadie me entiende, y yo no entiendo a nadie. Y el profesor de química me ha mirado como si fuera un bicho raro.
—Bienvenida a Hackensack —dijo Jake, con un toque de ironía.
Anna lo miró. Por primera vez desde que había llegado a ese pueblo, sintió una pequeña conexión con alguien. Jake, con su aire melancólico y su extraña fascinación por los muñecos, parecía entender un poco de lo que ella sentía.
—¿Estás bien? —preguntó Jake, notando la expresión pensativa de Anna.
Anna suspiró. —No. No estoy bien. No quiero estar aquí. Echo de menos a mi madre. Echo de menos mi vida.
La sinceridad de sus palabras sorprendió a Jake. Había algo en Anna, en su vulnerabilidad a pesar de su fachada sarcástica, que le resultaba familiar. Él también había sentido esa misma soledad, esa misma sensación de pérdida.
—Lo siento —dijo Jake, sinceramente.
Anna lo miró. —No tienes por qué. No es tu culpa.
Se hizo un silencio. Anna terminó su comida, la sensación de incomodidad volviendo a instalarse.
—Bueno, tengo que irme —dijo Jake, recogiendo su bandeja—. Tengo clase de arte.
—¿Arte? —preguntó Anna, sorprendida.
—Sí. Me gusta dibujar —respondió Jake, con un brillo en los ojos que no había visto antes.
—A mí también —dijo Anna, casi sin pensar. Le encantaba dibujar, pero no lo había hecho desde la muerte de su madre.
Jake la miró, sorprendido. —Ah, ¿sí?
—Sí. En Barcelona iba a clases de dibujo.
—Quizás… podríamos dibujar juntos alguna vez —sugirió Jake, con un poco de timidez.
Anna lo miró, una chispa de interés encendiéndose en sus ojos verdes. —Quizás.
Jake sonrió, una sonrisa genuina esta vez. —Nos vemos.
Anna lo vio marcharse, la bandeja en sus manos. Se quedó un momento sola, la cafetería ruidosa a su alrededor. La conversación con Jake había sido inesperada, pero no desagradable. Tal vez, solo tal vez, Hackensack no sería tan horrible como pensaba.
Mientras caminaba hacia su siguiente clase, Anna se encontró pensando en Jake. En sus ojos marrones, en su timidez, en su extraño muñeco. Y en su invitación a dibujar. Una pequeña chispa de esperanza, casi imperceptible, se encendió en su corazón.
Al salir de la escuela, el aire de la tarde era fresco y claro. Anna decidió caminar a casa, disfrutando del silencio y la soledad. Al pasar por delante de la casa de Jake, lo vio de nuevo en el porche, sentado con Chucky.
Esta vez, no dijo nada. Solo lo miró, y Jake le devolvió la mirada. Hubo un reconocimiento silencioso entre ellos, una comprensión tácita.
Anna siguió su camino, la imagen de Jake y su muñeco grabada en su mente. Era un comienzo extraño, sí. Pero tal vez, solo tal vez, no sería tan malo después de todo. Y quizás, solo quizás, ese muñero que "daba mal rollo" sería el inicio de algo inesperado.
