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Fandom: Gojohime
Created: 3/11/2026
Tags
RomanceDramaHurt/ComfortSlice of LifeMysteryCharacter StudyCurtainfic / Domestic StoryRealism
El Guardián y la Flor Solitaria
El olor a café recién hecho y el murmullo lejano de la ciudad eran los únicos compañeros de Utahime en las mañanas. Su apartamento, impecablemente ordenado y decorado con un gusto sobrio pero elegante, reflejaba la personalidad de su dueña: independiente, reservada y con una belleza clásica que no necesitaba adornos para brillar. Sin embargo, detrás de esa fachada de autonomía, se escondía una vulnerabilidad que pocos conocían, y menos aún el irritante, pero innegablemente atractivo, Satoru Gojo.
Ese día, la paz matutina de Utahime se vio abruptamente interrumpida por un golpe en la puerta. No era un golpe suave, sino el tipo de golpe que anunciaba una presencia imponente y una falta de paciencia. Con un suspiro, se dirigió a la puerta, ya sabiendo quién estaría al otro lado.
"¿Qué quieres, Gojo?", preguntó, sin molestarse en ocultar su irritación mientras abría la puerta lo justo para asomar la cabeza.
Gojo, con su habitual sonrisa engreída y sus gafas oscuras que ocultaban sus penetrantes ojos azules, sostenía una pila de papeles tan alta que casi le tapaba la cara. "Buenos días para ti también, mi hermosa y malhumorada Utahime. Traigo los informes que te negaste a recoger en la oficina. Pensé que un servicio a domicilio de mi parte sería el toque especial que tu día necesitaba."
Utahime rodó los ojos. "No te pedí que hicieras eso. Podrías haberlos dejado en la recepción."
"¿Y perderme la oportunidad de ver tu linda cara de recién levantada? Jamás", replicó Gojo, empujando la puerta con el pie y entrando sin ser invitado. Su mirada recorrió el apartamento con una curiosidad descarada, deteniéndose en los pequeños detalles que a la mayoría se les pasarían por alto: la pila de libros sobre una mesita auxiliar, las plantas cuidadosamente regadas, el bordado a medio terminar en el sofá.
Utahime suspiró, resignada. "Ya que estás aquí, déjalos en la mesa del comedor. Y luego lárgate."
Mientras Gojo se dirigía al comedor, su pie tropezó con una pequeña alfombra, enviando los papeles volando por los aires. "¡Oh, vaya! Qué torpe soy", dijo con una sonrisa que no denotaba arrepentimiento alguno.
Utahime soltó un gruñido exasperado. "¡Gojo! ¡Eres un desastre!"
Mientras ambos se agachaban para recoger los papeles esparcidos, la mirada de Gojo se posó en una serie de fotografías que habían caído de un sobre abierto. Eran fotos de Utahime, sola, en diferentes lugares: en un café, caminando por la calle, incluso entrando a su propio edificio. Todas las fotos tenían una cualidad inquietante, como si hubieran sido tomadas sin su conocimiento, y en el reverso de una de ellas, garabateado con una caligrafía tosca, se leía: "Hermosa y sola."
La sonrisa de Gojo se desvaneció, reemplazada por una expresión de preocupación genuina. Utahime, al ver el cambio en su rostro y hacia dónde miraba, rápidamente recogió las fotos, un rubor subiendo por sus mejillas.
"¿Qué es esto, Utahime?", preguntó Gojo, su voz inusualmente seria.
"Nada. No es nada", respondió ella, intentando sonar indiferente mientras guardaba las fotos en el sobre y lo metía en un cajón.
Pero Gojo no era tonto. Había visto el miedo en sus ojos, la forma en que su cuerpo se había tensado. "Utahime, no me mientas. Esas fotos... alguien te está siguiendo, ¿verdad?"
Ella se encogió de hombros, intentando minimizar la situación. "Solo es un admirador persistente. No es la primera vez. Sucede cuando una es una mujer que vive sola."
Gojo la miró fijamente, sus ojos ya no ocultos por las gafas, revelando una intensidad que rara vez mostraba. La vio en su totalidad: la forma en que se mordía el labio inferior, la manera en que sus hombros estaban ligeramente caídos, el cansancio en sus ojos. De repente, la irritación que solía sentir por ella se transformó en una punzada de preocupación y, sorprendentemente, de algo más protector.
"Esto no es normal, Utahime", dijo con firmeza. "Esto es acoso."
"Lo sé, Gojo. No necesito que me lo digas. He lidiado con esto antes. Sé cómo manejarlo."
"No parece que lo estés manejando muy bien si esas fotos estaban tan descuidadas y al alcance de la mano", replicó Gojo, su sarcasmo regresando, pero con un matiz diferente, uno que ahora sonaba a preocupación velada. "Escucha, Utahime. No puedes vivir así, con miedo."
Ella se cruzó de brazos, su expresión desafiante. "No tengo miedo. Solo estoy frustrada."
"Mientes. Lo veo en tus ojos", Gojo se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio personal de Utahime. "Esto tiene que parar. Y yo voy a asegurarme de que pare."
Utahime lo miró con escepticismo. "¿Y cómo piensas hacer eso, Gojo? ¿Vas a asustar a cada hombre que me mire de forma rara?"
"Podría hacerlo", dijo con una sonrisa confiada, "pero tengo una idea mejor. Me voy a mudar aquí."
Utahime parpadeó, completamente atónita. "¿Qué? ¡Estás loco! ¡De ninguna manera!"
"Piénsalo", continuó Gojo, ignorando sus protestas. "Conmigo aquí, nadie se atreverá a molestarte. Soy el hechicero más fuerte, ¿recuerdas? Y también soy bastante bueno en la cocina, por si te lo preguntas."
"¡No necesito un guardaespaldas, y mucho menos un compañero de piso! ¡Y menos aún tú!", exclamó Utahime, señalándolo con el dedo. "No encajamos, Gojo. Somos como el agua y el aceite."
"Exactamente. Y la tensión entre el agua y el aceite es fascinante de observar", Gojo le guiñó un ojo. "Además, admitámoslo, te divierto. Un poco."
Utahime quería negarlo rotundamente, pero una pequeña parte de ella no pudo. A pesar de su exasperación constante, Gojo tenía una forma de sacar una reacción de ella, de sacarla de su propia cabeza.
"No. Es una locura", insistió ella, aunque su voz carecía de la convicción de antes.
Gojo, percibiendo su vacilación, se acercó aún más, su voz bajando a un susurro que envió un escalofrío por la espalda de Utahime. "Mira, Utahime. Sé que te molesto. Sé que soy un dolor de cabeza. Pero también sé que estás sola. Y sé que no deberías tener que lidiar con esto por tu cuenta. Déjame ayudarte. Solo hasta que encontremos a este tipo y lo pongamos en su lugar."
La cercanía de Gojo, el olor a sándalo de su loción, la intensidad de su mirada, todo era abrumador. Utahime se sintió extrañamente vulnerable. Una parte de ella quería empujarlo, gritarle que se fuera. Pero otra parte, una parte asustada y cansada, sintió un pequeño atisbo de alivio.
"No te atrevas a ser ruidoso", dijo finalmente, con un tono de voz tan bajo que Gojo apenas pudo escucharlo.
La sonrisa de Gojo regresó, más brillante que nunca. "¡Trato hecho! ¡Sabía que no podrías resistirte a mis encantos!"
Y así comenzó la convivencia. Los primeros días fueron un caos controlado. Gojo, con su energía inagotable y su tendencia a dejar sus cosas por todas partes, contrastaba fuertemente con la meticulosa organización de Utahime. Sus bromas constantes y su sarcasmo chocaban con la seriedad de ella, creando una dinámica de perros y gatos que, para sorpresa de ambos, no era del todo desagradable.
Una noche, mientras Utahime intentaba concentrarse en un informe, Gojo entró en la sala de estar, tarareando una canción desafinada mientras se preparaba un tazón de ramen instantáneo.
"¿Podrías, por favor, dejar de hacer ruido?", preguntó ella, sin levantar la vista de sus papeles.
"Solo estoy disfrutando de mi deliciosa cena", respondió Gojo, sorbiendo ruidosamente sus fideos. "Deberías probar un poco, Utahime. Es un manjar."
"Estoy bien, gracias. Tengo trabajo que hacer."
Gojo se sentó en el sofá frente a ella, observándola en silencio. La luz de la lámpara de lectura resaltaba los tonos dorados de su cabello y la suavidad de su piel. Se dio cuenta de lo concentrada que estaba, de la forma en que su ceño se fruncía ligeramente cuando pensaba. Era una mujer hermosa, de una belleza que no necesitaba adornos ni artificios.
"¿Sabes?", dijo Gojo de repente, "eres mucho más interesante de lo que la gente piensa."
Utahime levantó la vista, sorprendida por el comentario inesperado. "¿Qué se supone que significa eso?"
"Significa que eres más que solo la hechicera que se enoja fácilmente. Eres inteligente, dedicada, y tienes una forma peculiar de cuidar a los demás, incluso si lo niegas", Gojo sonrió, un brillo genuino en sus ojos. "Y eres terca como una mula, lo cual, para ser honesto, encuentro bastante atractivo."
Utahime sintió un rubor subir por sus mejillas. Estaba acostumbrada a sus bromas, a sus comentarios sarcásticos, pero esta era la primera vez que Gojo le decía algo tan... sincero.
"Cállate, Gojo", murmuró, volviendo a sus papeles, aunque su corazón latía un poco más rápido.
Gojo solo se rió, pero no la molestó más. La observó trabajar, una sensación extraña de satisfacción instalándose en su pecho. Se estaba obsesionado con mantenerla segura, no solo de los acosadores, sino también de la soledad que la rodeaba.
Los días se convirtieron en semanas. Gojo había instalado cámaras de seguridad discretas alrededor del edificio y había estado investigando a fondo el incidente de las fotos. Descubrió que no era solo un "admirador persistente", sino un patrón. Varios hombres, en diferentes momentos, habían mostrado un interés poco saludable en Utahime, aprovechándose de su naturaleza solitaria.
Una tarde, Gojo regresó al apartamento con el ceño fruncido. Utahime lo encontró en la cocina, revisando las cámaras en su teléfono.
"¿Qué pasa?", preguntó ella, notando su expresión seria.
Gojo se giró hacia ella, sus ojos azules fijos en los suyos. "Encontré algo. El tipo de las fotos... es un excompañero de trabajo tuyo. Y no es el único. Ha habido otros. Hombres que se han sentido con el derecho de invadir tu espacio solo porque vives sola."
Utahime sintió un nudo en el estómago. Sabía que no estaba loca, que sus instintos no la engañaban, pero escuchar a Gojo confirmarlo, con la evidencia irrefutable, era desalentador.
"¿Qué vamos a hacer?", preguntó, su voz apenas un susurro.
Gojo tomó su mano, su toque firme y reconfortante. "Vamos a atraparlo. Y a todos los demás. Pero no lo vas a hacer sola. Estoy contigo en esto, Utahime."
Esa noche, mientras cenaban en silencio, Utahime se dio cuenta de cuánto había cambiado su vida desde que Gojo había irrumpido en ella. Su apartamento, antes un refugio tranquilo, ahora era un hervidero de energía. Su rutina, antes predecible, ahora estaba salpicada de las ocurrencias de Gojo. Y su corazón, antes celosamente guardado, ahora sentía una extraña calidez cada vez que él la miraba con esa intensidad.
"Gojo", dijo ella de repente, rompiendo el silencio.
Él levantó la vista de su plato. "¿Sí, mi dulce Utahime?"
"Gracias", dijo ella, con un rubor en las mejillas. "Por quedarte. Por ayudarme."
Gojo sonrió, una sonrisa genuina que rara vez mostraba. "Sabes, Utahime, no es solo ayudarte. Es... me gusta estar aquí. Me gusta protegerte. Y me gusta ver esa pequeña sonrisa que intentas ocultar cuando digo algo estúpido."
Utahime se rió, una risa suave y melodiosa que hizo que el corazón de Gojo diera un vuelco. "Eres imposible, Gojo Satoru."
"Y tú eres increíble, Iori Utahime", respondió él, sus ojos azules brillando con una promesa tácita. La persecución apenas había comenzado, pero en ese momento, bajo la tenue luz del comedor, ambos sabían que estaban exactamente donde debían estar. Gojo, el guardián obsesionado, y Utahime, la flor solitaria que finalmente había encontrado a alguien dispuesto a protegerla de las sombras.
Ese día, la paz matutina de Utahime se vio abruptamente interrumpida por un golpe en la puerta. No era un golpe suave, sino el tipo de golpe que anunciaba una presencia imponente y una falta de paciencia. Con un suspiro, se dirigió a la puerta, ya sabiendo quién estaría al otro lado.
"¿Qué quieres, Gojo?", preguntó, sin molestarse en ocultar su irritación mientras abría la puerta lo justo para asomar la cabeza.
Gojo, con su habitual sonrisa engreída y sus gafas oscuras que ocultaban sus penetrantes ojos azules, sostenía una pila de papeles tan alta que casi le tapaba la cara. "Buenos días para ti también, mi hermosa y malhumorada Utahime. Traigo los informes que te negaste a recoger en la oficina. Pensé que un servicio a domicilio de mi parte sería el toque especial que tu día necesitaba."
Utahime rodó los ojos. "No te pedí que hicieras eso. Podrías haberlos dejado en la recepción."
"¿Y perderme la oportunidad de ver tu linda cara de recién levantada? Jamás", replicó Gojo, empujando la puerta con el pie y entrando sin ser invitado. Su mirada recorrió el apartamento con una curiosidad descarada, deteniéndose en los pequeños detalles que a la mayoría se les pasarían por alto: la pila de libros sobre una mesita auxiliar, las plantas cuidadosamente regadas, el bordado a medio terminar en el sofá.
Utahime suspiró, resignada. "Ya que estás aquí, déjalos en la mesa del comedor. Y luego lárgate."
Mientras Gojo se dirigía al comedor, su pie tropezó con una pequeña alfombra, enviando los papeles volando por los aires. "¡Oh, vaya! Qué torpe soy", dijo con una sonrisa que no denotaba arrepentimiento alguno.
Utahime soltó un gruñido exasperado. "¡Gojo! ¡Eres un desastre!"
Mientras ambos se agachaban para recoger los papeles esparcidos, la mirada de Gojo se posó en una serie de fotografías que habían caído de un sobre abierto. Eran fotos de Utahime, sola, en diferentes lugares: en un café, caminando por la calle, incluso entrando a su propio edificio. Todas las fotos tenían una cualidad inquietante, como si hubieran sido tomadas sin su conocimiento, y en el reverso de una de ellas, garabateado con una caligrafía tosca, se leía: "Hermosa y sola."
La sonrisa de Gojo se desvaneció, reemplazada por una expresión de preocupación genuina. Utahime, al ver el cambio en su rostro y hacia dónde miraba, rápidamente recogió las fotos, un rubor subiendo por sus mejillas.
"¿Qué es esto, Utahime?", preguntó Gojo, su voz inusualmente seria.
"Nada. No es nada", respondió ella, intentando sonar indiferente mientras guardaba las fotos en el sobre y lo metía en un cajón.
Pero Gojo no era tonto. Había visto el miedo en sus ojos, la forma en que su cuerpo se había tensado. "Utahime, no me mientas. Esas fotos... alguien te está siguiendo, ¿verdad?"
Ella se encogió de hombros, intentando minimizar la situación. "Solo es un admirador persistente. No es la primera vez. Sucede cuando una es una mujer que vive sola."
Gojo la miró fijamente, sus ojos ya no ocultos por las gafas, revelando una intensidad que rara vez mostraba. La vio en su totalidad: la forma en que se mordía el labio inferior, la manera en que sus hombros estaban ligeramente caídos, el cansancio en sus ojos. De repente, la irritación que solía sentir por ella se transformó en una punzada de preocupación y, sorprendentemente, de algo más protector.
"Esto no es normal, Utahime", dijo con firmeza. "Esto es acoso."
"Lo sé, Gojo. No necesito que me lo digas. He lidiado con esto antes. Sé cómo manejarlo."
"No parece que lo estés manejando muy bien si esas fotos estaban tan descuidadas y al alcance de la mano", replicó Gojo, su sarcasmo regresando, pero con un matiz diferente, uno que ahora sonaba a preocupación velada. "Escucha, Utahime. No puedes vivir así, con miedo."
Ella se cruzó de brazos, su expresión desafiante. "No tengo miedo. Solo estoy frustrada."
"Mientes. Lo veo en tus ojos", Gojo se acercó a ella, su presencia imponente llenando el espacio personal de Utahime. "Esto tiene que parar. Y yo voy a asegurarme de que pare."
Utahime lo miró con escepticismo. "¿Y cómo piensas hacer eso, Gojo? ¿Vas a asustar a cada hombre que me mire de forma rara?"
"Podría hacerlo", dijo con una sonrisa confiada, "pero tengo una idea mejor. Me voy a mudar aquí."
Utahime parpadeó, completamente atónita. "¿Qué? ¡Estás loco! ¡De ninguna manera!"
"Piénsalo", continuó Gojo, ignorando sus protestas. "Conmigo aquí, nadie se atreverá a molestarte. Soy el hechicero más fuerte, ¿recuerdas? Y también soy bastante bueno en la cocina, por si te lo preguntas."
"¡No necesito un guardaespaldas, y mucho menos un compañero de piso! ¡Y menos aún tú!", exclamó Utahime, señalándolo con el dedo. "No encajamos, Gojo. Somos como el agua y el aceite."
"Exactamente. Y la tensión entre el agua y el aceite es fascinante de observar", Gojo le guiñó un ojo. "Además, admitámoslo, te divierto. Un poco."
Utahime quería negarlo rotundamente, pero una pequeña parte de ella no pudo. A pesar de su exasperación constante, Gojo tenía una forma de sacar una reacción de ella, de sacarla de su propia cabeza.
"No. Es una locura", insistió ella, aunque su voz carecía de la convicción de antes.
Gojo, percibiendo su vacilación, se acercó aún más, su voz bajando a un susurro que envió un escalofrío por la espalda de Utahime. "Mira, Utahime. Sé que te molesto. Sé que soy un dolor de cabeza. Pero también sé que estás sola. Y sé que no deberías tener que lidiar con esto por tu cuenta. Déjame ayudarte. Solo hasta que encontremos a este tipo y lo pongamos en su lugar."
La cercanía de Gojo, el olor a sándalo de su loción, la intensidad de su mirada, todo era abrumador. Utahime se sintió extrañamente vulnerable. Una parte de ella quería empujarlo, gritarle que se fuera. Pero otra parte, una parte asustada y cansada, sintió un pequeño atisbo de alivio.
"No te atrevas a ser ruidoso", dijo finalmente, con un tono de voz tan bajo que Gojo apenas pudo escucharlo.
La sonrisa de Gojo regresó, más brillante que nunca. "¡Trato hecho! ¡Sabía que no podrías resistirte a mis encantos!"
Y así comenzó la convivencia. Los primeros días fueron un caos controlado. Gojo, con su energía inagotable y su tendencia a dejar sus cosas por todas partes, contrastaba fuertemente con la meticulosa organización de Utahime. Sus bromas constantes y su sarcasmo chocaban con la seriedad de ella, creando una dinámica de perros y gatos que, para sorpresa de ambos, no era del todo desagradable.
Una noche, mientras Utahime intentaba concentrarse en un informe, Gojo entró en la sala de estar, tarareando una canción desafinada mientras se preparaba un tazón de ramen instantáneo.
"¿Podrías, por favor, dejar de hacer ruido?", preguntó ella, sin levantar la vista de sus papeles.
"Solo estoy disfrutando de mi deliciosa cena", respondió Gojo, sorbiendo ruidosamente sus fideos. "Deberías probar un poco, Utahime. Es un manjar."
"Estoy bien, gracias. Tengo trabajo que hacer."
Gojo se sentó en el sofá frente a ella, observándola en silencio. La luz de la lámpara de lectura resaltaba los tonos dorados de su cabello y la suavidad de su piel. Se dio cuenta de lo concentrada que estaba, de la forma en que su ceño se fruncía ligeramente cuando pensaba. Era una mujer hermosa, de una belleza que no necesitaba adornos ni artificios.
"¿Sabes?", dijo Gojo de repente, "eres mucho más interesante de lo que la gente piensa."
Utahime levantó la vista, sorprendida por el comentario inesperado. "¿Qué se supone que significa eso?"
"Significa que eres más que solo la hechicera que se enoja fácilmente. Eres inteligente, dedicada, y tienes una forma peculiar de cuidar a los demás, incluso si lo niegas", Gojo sonrió, un brillo genuino en sus ojos. "Y eres terca como una mula, lo cual, para ser honesto, encuentro bastante atractivo."
Utahime sintió un rubor subir por sus mejillas. Estaba acostumbrada a sus bromas, a sus comentarios sarcásticos, pero esta era la primera vez que Gojo le decía algo tan... sincero.
"Cállate, Gojo", murmuró, volviendo a sus papeles, aunque su corazón latía un poco más rápido.
Gojo solo se rió, pero no la molestó más. La observó trabajar, una sensación extraña de satisfacción instalándose en su pecho. Se estaba obsesionado con mantenerla segura, no solo de los acosadores, sino también de la soledad que la rodeaba.
Los días se convirtieron en semanas. Gojo había instalado cámaras de seguridad discretas alrededor del edificio y había estado investigando a fondo el incidente de las fotos. Descubrió que no era solo un "admirador persistente", sino un patrón. Varios hombres, en diferentes momentos, habían mostrado un interés poco saludable en Utahime, aprovechándose de su naturaleza solitaria.
Una tarde, Gojo regresó al apartamento con el ceño fruncido. Utahime lo encontró en la cocina, revisando las cámaras en su teléfono.
"¿Qué pasa?", preguntó ella, notando su expresión seria.
Gojo se giró hacia ella, sus ojos azules fijos en los suyos. "Encontré algo. El tipo de las fotos... es un excompañero de trabajo tuyo. Y no es el único. Ha habido otros. Hombres que se han sentido con el derecho de invadir tu espacio solo porque vives sola."
Utahime sintió un nudo en el estómago. Sabía que no estaba loca, que sus instintos no la engañaban, pero escuchar a Gojo confirmarlo, con la evidencia irrefutable, era desalentador.
"¿Qué vamos a hacer?", preguntó, su voz apenas un susurro.
Gojo tomó su mano, su toque firme y reconfortante. "Vamos a atraparlo. Y a todos los demás. Pero no lo vas a hacer sola. Estoy contigo en esto, Utahime."
Esa noche, mientras cenaban en silencio, Utahime se dio cuenta de cuánto había cambiado su vida desde que Gojo había irrumpido en ella. Su apartamento, antes un refugio tranquilo, ahora era un hervidero de energía. Su rutina, antes predecible, ahora estaba salpicada de las ocurrencias de Gojo. Y su corazón, antes celosamente guardado, ahora sentía una extraña calidez cada vez que él la miraba con esa intensidad.
"Gojo", dijo ella de repente, rompiendo el silencio.
Él levantó la vista de su plato. "¿Sí, mi dulce Utahime?"
"Gracias", dijo ella, con un rubor en las mejillas. "Por quedarte. Por ayudarme."
Gojo sonrió, una sonrisa genuina que rara vez mostraba. "Sabes, Utahime, no es solo ayudarte. Es... me gusta estar aquí. Me gusta protegerte. Y me gusta ver esa pequeña sonrisa que intentas ocultar cuando digo algo estúpido."
Utahime se rió, una risa suave y melodiosa que hizo que el corazón de Gojo diera un vuelco. "Eres imposible, Gojo Satoru."
"Y tú eres increíble, Iori Utahime", respondió él, sus ojos azules brillando con una promesa tácita. La persecución apenas había comenzado, pero en ese momento, bajo la tenue luz del comedor, ambos sabían que estaban exactamente donde debían estar. Gojo, el guardián obsesionado, y Utahime, la flor solitaria que finalmente había encontrado a alguien dispuesto a protegerla de las sombras.
