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Carmesí y plata
Fandom: Stay
Created: 3/17/2026
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AU (Alternate Universe)OmegaverseActionCrimeRomanceDramaThrillerAdventure
Lazos de Sangre y Sombras
La penumbra del despacho principal de la mansión Lee estaba iluminada únicamente por el brillo azulado de seis monitores. En el centro, rodeado de cables y teclados mecánicos, Felix movía sus dedos con una velocidad sobrehumana. Su cabello azul cobalto parecía brillar bajo la luz artificial mientras una pequeña sonrisa se dibujaba en su rostro.
—Ya casi lo tengo —susurró Felix, sin apartar la vista de una línea de código que intentaba descifrar—. Si este cortafuegos cree que puede detenerme, es que no conoce a los Lee.
—No te confíes, Lix —advirtió Seungmin desde el sofá, limpiando con una delicadeza obsesiva la mira telescópica de su rifle—. Los Bang no son cualquier familia. Papá siempre dice que son como lobos hambrientos esperando un descuido.
Seungmin, con su cabello anaranjado cayendo sobre sus ojos, desprendía una calma que resultaba inquietante para cualquiera que no fuera su hermano. A su lado, el más pequeño del grupo, Jeongin, mezclaba dos líquidos transparentes en un tubo de ensayo con una precisión quirúrgica. El cabello blanco del menor le daba un aire etéreo, casi angelical, que contrastaba con la peligrosidad del veneno que estaba perfeccionando.
—Papá y mamá vuelven en tres semanas —dijo Jeongin, haciendo un puchero involuntario—. Papá va a enloquecer si se entera de que estamos husmeando en el territorio de los Bang. Ya sabes cómo se pone de sobreprotector. La última vez que un alfa nos miró de más en el aeropuerto, casi declara una guerra internacional.
—Es un alfa, Innie —rio Han, entrando en la habitación con una bandeja de comida—. Y nosotros somos sus "pequeños tesoros". Es normal que quiera morderle el cuello a cualquiera que se acerque.
Han Jisung, el mayor de los hermanos y líder provisional de la mafia Lee, dejó la bandeja sobre la mesa. Su cabello plateado estaba algo revuelto y sus ojos dulces escondían el cansancio de llevar el peso del clan sobre sus hombros. Aunque Han preferiría estar escribiendo música o durmiendo, su lealtad a su familia y su instinto de protección hacia sus hermanos menores lo convertían en un líder feroz cuando la situación lo requería.
—Pero Seungmin tiene razón —continuó Han, robando un trozo de fruta de la bandeja—. Los Bang han estado expandiendo sus rutas comerciales hacia el puerto norte. Si no marcamos el límite ahora, pensarán que los Lee nos hemos vuelto blandos mientras nuestros padres están fuera.
—Hecho —exclamó Felix, golpeando la tecla "Enter" con fuerza—. He entrado en su sistema de cámaras del puerto. Si queremos interceptar su cargamento de mañana, este es el momento.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en una fortaleza de cristal y acero, el ambiente era radicalmente distinto. El aura dominante que emanaba de la sala de reuniones de los Bang era tan densa que cualquier subordinado común habría caído de rodillas.
Bangchan, el líder provisional, observaba un mapa holográfico de Seúl. Su cuerpo trabajado se tensaba bajo la camisa negra, y su mirada intensa escaneaba cada callejón.
—Minho, ¿qué tenemos? —preguntó Chan con una voz profunda que exigía obediencia inmediata.
Minho, el segundo al mando, se apartó de la sombra de la pared. Su cabello morado y sus rasgos afilados le daban el aspecto de un depredador elegante.
—Los Lee están inquietos —respondió Minho con una sonrisa gélida—. Sus analistas han estado golpeando nuestras defensas digitales toda la tarde. Son buenos, tengo que admitirlo. Especialmente su hacker. Ha dejado una firma casi imperceptible, pero juguetona.
—Son unos omegas insolentes —gruñó Changbin, cruzando sus brazos macizos sobre el pecho—. Deberían estar escondidos en su mansión esperando a que sus padres regresen de Europa, no intentando robarle territorio a un clan de alfas.
—No subestimes a un omega que ha crecido en la mafia, Changbin —dijo Hyunjin desde el rincón más alejado, jugando con una navaja mariposa—. A veces, las flores más bellas son las que tienen las espinas más venenosas.
Hyunjin, con su cabello rubio y su porte estilizado, era el más silencioso de los cuatro. Sus ojos, sin embargo, no dejaban de observar un punto fijo en el mapa: la zona residencial donde se encontraba la mansión Lee. Había algo en ese clan que le causaba una curiosidad punzante, una necesidad de ver de cerca lo que otros solo se atrevían a susurrar.
—Mañana en el puerto —sentenció Bangchan, cerrando el mapa con un gesto seco—. No quiero heridos innecesarios si podemos evitarlo. Solo quiero que entiendan quién manda en esta ciudad mientras nuestros padres están fuera. Pero si muerden... nosotros morderemos más fuerte.
La noche del día siguiente cayó sobre el puerto de Incheon con una neblina espesa que olía a sal y a peligro inminente.
Han y sus hermanos estaban posicionados estratégicamente. Seungmin se encontraba en lo alto de una grúa, con su rifle apoyado y el ojo pegado a la mira. I.N estaba oculto entre los contenedores, con pequeños dardos impregnados en un sedante de acción rápida. Felix vigilaba los sensores térmicos desde una furgoneta cercana, y Han esperaba en el centro de la zona de carga, con las manos en los bolsillos y una expresión de aparente aburrimiento.
—Objetivos a la vista —susurró la voz de Seungmin a través del pinganillo—. Cuatro vehículos negros. Son ellos.
—Mantengan la posición —ordenó Han, sintiendo cómo su instinto de omega se erizaba ante la proximidad de alfas poderosos—. No ataquen a menos que yo dé la señal.
Los vehículos se detuvieron formando un semicírculo frente a Han. Las puertas se abrieron al unísono y cuatro figuras descendieron, irradiando un poder que hizo que el aire se volviera pesado.
Bangchan caminó hacia el frente, deteniéndose a unos metros de Han. Sus ojos negros se clavaron en los del omega plateado, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse. El alfa mayor sintió una sacudida eléctrica recorrer su columna; el aroma de Han, una mezcla de moras y lluvia, lo golpeó con la fuerza de un huracán.
—No es seguro para un omega estar fuera a estas horas, Lee Han Jisung —dijo Bangchan, su voz resonando como un trueno en el silencio del puerto.
Han soltó una carcajada seca, aunque su corazón latía con fuerza contra sus costillas.
—Y no es seguro para un alfa meterse en los negocios de mi familia, Bang Christopher —respondió Han, dando un paso adelante sin acobardarse—. Este puerto nos pertenece por contrato desde hace diez años.
—Los contratos cambian cuando el poder cambia de manos —intervino Minho, situándose al lado de Chan. Sus ojos morados escanearon los alrededores, detectando las sombras donde se escondían los otros hermanos—. Salgan de donde estén. No nos gusta hablar con fantasmas.
Uno a uno, los hermanos Lee se mostraron. Felix bajó de la furgoneta, Seungmin descendió de la grúa con una agilidad felina y Jeongin salió de entre los contenedores.
El encuentro fue explosivo, no por las armas, sino por la tensión química que estalló entre los ocho.
Changbin se quedó petrificado al ver a Jeongin. El alfa, conocido por su ferocidad, sintió que su instinto protector se disparaba al ver al omega de cabello blanco. Jeongin, por su parte, ladeó la cabeza con una curiosidad brillante, analizando la complexión fuerte del alfa frente a él.
Hyunjin, el espía maestro, no pudo evitar que su mirada se fijara en Felix. El omega de cabello azul le devolvió la mirada con una chispa de desafío y una sonrisa que hizo que el autocontrol de Hyunjin empezara a desmoronarse. Era él. La persona que había estado observando desde las sombras, el hacker que le quitaba el sueño.
Seungmin, con su rifle aún colgado al hombro, se encontró frente a Bangchan y Minho, pero fue la mirada de Chan la que lo ancló al suelo. El alfa líder vio en el omega naranja una serenidad y una inteligencia que lo cautivaron instantáneamente.
—Vinimos por el cargamento —dijo Bangchan, tratando de recuperar su enfoque profesional, aunque su lobo interno le aullaba que reclamara al omega frente a él—. Pero parece que hemos encontrado algo mucho más interesante.
—No somos un objeto de interés, Bang —escupió Felix, cruzando los brazos—. Somos los que van a sacarlos de aquí si no quieren que llame a mi padre ahora mismo. Y créanme, el señor Lee no es tan "paciente" como nosotros.
Minho soltó una risa suave, acercándose un poco más a Han, lo suficiente para que sus feromonas empezaran a mezclarse.
—Tu padre está a miles de kilómetros, pequeño omega. Aquí solo estamos nosotros.
—Y nosotros somos más que suficientes —respondió Han, sintiendo el calor del alfa de cabello morado invadir su espacio personal.
La situación estaba en un punto de quiebre. El aire estaba cargado de hormonas, desafío y una atracción tan cruda que resultaba dolorosa. Los alfas Bang, acostumbrados a dominar, se encontraban por primera vez con omegas que no solo les hacían frente, sino que los miraban con una superioridad intelectual y táctica que los descolocaba.
—Hagamos un trato —propuso Bangchan, su mirada pasando de Han a Seungmin—. El cargamento de hoy se divide al cincuenta por ciento. A cambio, nos sentaremos a negociar una tregua formal mañana por la noche. En territorio neutral.
—¿Negociar? —preguntó Seungmin, arqueando una ceja—. ¿O simplemente quieren una excusa para volver a vernos?
Chan sonrió, una expresión cálida que no encajaba con su rol de mafioso, pero que hizo que el corazón de Seungmin diera un vuelco.
—Ambas cosas, Lee Kim Seungmin. Ambas cosas.
Han miró a sus hermanos. Felix asintió levemente, ya pensando en cómo hackear los dispositivos de los Bang durante la cena de negociación. Jeongin parecía extrañamente animado con la idea de volver a ver a Changbin, y Seungmin mantenía su máscara de indiferencia, aunque sus dedos jugueteaban con la correa de su rifle.
—Está bien —aceptó Han—. Mañana a las nueve. Pero si intentan algo estúpido, mi hermano menor les habrá inyectado un cóctel de neurotoxinas antes de que puedan decir "alfa".
—Me gustan los desafíos —susurró Changbin, mirando directamente a Jeongin.
El menor de los Lee le guiñó un ojo antes de dar media vuelta.
—Vámonos, hermanos. Tenemos mucho que preparar si queremos impresionar a estos lobitos.
Mientras los Lee se alejaban hacia su furgoneta, los Bang permanecieron en el muelle, observándolos desaparecer en la neblina.
—Chan —dijo Hyunjin, su voz llena de una determinación nueva—, esto va a ser mucho más complicado de lo que pensábamos.
—No —corrigió Bangchan, observando el rastro del aroma de Seungmin y Han que aún flotaba en el aire—. Esto va a ser mucho más divertido. Pero recuerden una cosa: en tres semanas regresan sus padres. Y si el señor Lee es la mitad de sobreprotector de lo que dicen los informes, tenemos exactamente veintiún días para convencer a esos omegas de que pertenecen a nuestro lado.
Minho ajustó su chaqueta, con una mirada depredadora.
—Veintiún días son más que suficientes para cazar a un omega, líder. Especialmente cuando el omega quiere ser cazado tanto como nosotros queremos atraparlo.
En la mansión Lee, el ambiente era de pura adrenalina. Han se dejó caer en el sofá principal, suspirando profundamente.
—Son peligrosos —dijo Han, aunque su voz no sonaba asustada.
—Son intensos —corrigió Felix, ya abriendo su laptop para investigar los perfiles personales de Hyunjin—. Ese rubio no me quitó los ojos de encima. Creo que ya sabe que fui yo quien entró en sus servidores.
—El de cabello marrón es muy fuerte —comentó Jeongin, sonrojándose un poco—. Pero se veía... tierno cuando me miraba. Como un cachorro grande que intenta parecer malo.
Seungmin se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad de la ciudad.
—Bangchan es el que más me preocupa —admitió el estratega—. Es inteligente. No solo usa la fuerza, usa la presencia. Y tiene una paciencia que me pone nervioso.
—Tenemos que tener cuidado —advirtió Han, poniéndose serio—. Papá nos matará si se entera de que estamos socializando con los Bang. Para él, ellos son la competencia directa. Y ya saben cómo se pone con nuestra seguridad. Si descubre que un alfa Bang estuvo a menos de dos metros de nosotros, quemará la ciudad entera.
—Entonces no se lo digamos —sugirió Jeongin con una sonrisa traviesa—. Al menos no hasta que sepamos qué es lo que realmente quieren de nosotros.
Los cuatro hermanos compartieron una mirada de complicidad. Eran omegas, sí, y eran los tesoros de su padre, pero también eran los pilares de la mafia Lee. Y si los alfas Bang querían jugar, ellos estaban más que dispuestos a enseñarles que, en su juego, las reglas las ponían los Lee.
La cuenta regresiva de tres semanas había comenzado, y en el mundo de la mafia coreana, nada volvería a ser igual. Los lazos de sangre estaban a punto de entrelazarse con los lazos del destino, y el choque de los dos clanes más poderosos de Seúl apenas estaba empezando.
—Ya casi lo tengo —susurró Felix, sin apartar la vista de una línea de código que intentaba descifrar—. Si este cortafuegos cree que puede detenerme, es que no conoce a los Lee.
—No te confíes, Lix —advirtió Seungmin desde el sofá, limpiando con una delicadeza obsesiva la mira telescópica de su rifle—. Los Bang no son cualquier familia. Papá siempre dice que son como lobos hambrientos esperando un descuido.
Seungmin, con su cabello anaranjado cayendo sobre sus ojos, desprendía una calma que resultaba inquietante para cualquiera que no fuera su hermano. A su lado, el más pequeño del grupo, Jeongin, mezclaba dos líquidos transparentes en un tubo de ensayo con una precisión quirúrgica. El cabello blanco del menor le daba un aire etéreo, casi angelical, que contrastaba con la peligrosidad del veneno que estaba perfeccionando.
—Papá y mamá vuelven en tres semanas —dijo Jeongin, haciendo un puchero involuntario—. Papá va a enloquecer si se entera de que estamos husmeando en el territorio de los Bang. Ya sabes cómo se pone de sobreprotector. La última vez que un alfa nos miró de más en el aeropuerto, casi declara una guerra internacional.
—Es un alfa, Innie —rio Han, entrando en la habitación con una bandeja de comida—. Y nosotros somos sus "pequeños tesoros". Es normal que quiera morderle el cuello a cualquiera que se acerque.
Han Jisung, el mayor de los hermanos y líder provisional de la mafia Lee, dejó la bandeja sobre la mesa. Su cabello plateado estaba algo revuelto y sus ojos dulces escondían el cansancio de llevar el peso del clan sobre sus hombros. Aunque Han preferiría estar escribiendo música o durmiendo, su lealtad a su familia y su instinto de protección hacia sus hermanos menores lo convertían en un líder feroz cuando la situación lo requería.
—Pero Seungmin tiene razón —continuó Han, robando un trozo de fruta de la bandeja—. Los Bang han estado expandiendo sus rutas comerciales hacia el puerto norte. Si no marcamos el límite ahora, pensarán que los Lee nos hemos vuelto blandos mientras nuestros padres están fuera.
—Hecho —exclamó Felix, golpeando la tecla "Enter" con fuerza—. He entrado en su sistema de cámaras del puerto. Si queremos interceptar su cargamento de mañana, este es el momento.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en una fortaleza de cristal y acero, el ambiente era radicalmente distinto. El aura dominante que emanaba de la sala de reuniones de los Bang era tan densa que cualquier subordinado común habría caído de rodillas.
Bangchan, el líder provisional, observaba un mapa holográfico de Seúl. Su cuerpo trabajado se tensaba bajo la camisa negra, y su mirada intensa escaneaba cada callejón.
—Minho, ¿qué tenemos? —preguntó Chan con una voz profunda que exigía obediencia inmediata.
Minho, el segundo al mando, se apartó de la sombra de la pared. Su cabello morado y sus rasgos afilados le daban el aspecto de un depredador elegante.
—Los Lee están inquietos —respondió Minho con una sonrisa gélida—. Sus analistas han estado golpeando nuestras defensas digitales toda la tarde. Son buenos, tengo que admitirlo. Especialmente su hacker. Ha dejado una firma casi imperceptible, pero juguetona.
—Son unos omegas insolentes —gruñó Changbin, cruzando sus brazos macizos sobre el pecho—. Deberían estar escondidos en su mansión esperando a que sus padres regresen de Europa, no intentando robarle territorio a un clan de alfas.
—No subestimes a un omega que ha crecido en la mafia, Changbin —dijo Hyunjin desde el rincón más alejado, jugando con una navaja mariposa—. A veces, las flores más bellas son las que tienen las espinas más venenosas.
Hyunjin, con su cabello rubio y su porte estilizado, era el más silencioso de los cuatro. Sus ojos, sin embargo, no dejaban de observar un punto fijo en el mapa: la zona residencial donde se encontraba la mansión Lee. Había algo en ese clan que le causaba una curiosidad punzante, una necesidad de ver de cerca lo que otros solo se atrevían a susurrar.
—Mañana en el puerto —sentenció Bangchan, cerrando el mapa con un gesto seco—. No quiero heridos innecesarios si podemos evitarlo. Solo quiero que entiendan quién manda en esta ciudad mientras nuestros padres están fuera. Pero si muerden... nosotros morderemos más fuerte.
La noche del día siguiente cayó sobre el puerto de Incheon con una neblina espesa que olía a sal y a peligro inminente.
Han y sus hermanos estaban posicionados estratégicamente. Seungmin se encontraba en lo alto de una grúa, con su rifle apoyado y el ojo pegado a la mira. I.N estaba oculto entre los contenedores, con pequeños dardos impregnados en un sedante de acción rápida. Felix vigilaba los sensores térmicos desde una furgoneta cercana, y Han esperaba en el centro de la zona de carga, con las manos en los bolsillos y una expresión de aparente aburrimiento.
—Objetivos a la vista —susurró la voz de Seungmin a través del pinganillo—. Cuatro vehículos negros. Son ellos.
—Mantengan la posición —ordenó Han, sintiendo cómo su instinto de omega se erizaba ante la proximidad de alfas poderosos—. No ataquen a menos que yo dé la señal.
Los vehículos se detuvieron formando un semicírculo frente a Han. Las puertas se abrieron al unísono y cuatro figuras descendieron, irradiando un poder que hizo que el aire se volviera pesado.
Bangchan caminó hacia el frente, deteniéndose a unos metros de Han. Sus ojos negros se clavaron en los del omega plateado, y por un segundo, el tiempo pareció detenerse. El alfa mayor sintió una sacudida eléctrica recorrer su columna; el aroma de Han, una mezcla de moras y lluvia, lo golpeó con la fuerza de un huracán.
—No es seguro para un omega estar fuera a estas horas, Lee Han Jisung —dijo Bangchan, su voz resonando como un trueno en el silencio del puerto.
Han soltó una carcajada seca, aunque su corazón latía con fuerza contra sus costillas.
—Y no es seguro para un alfa meterse en los negocios de mi familia, Bang Christopher —respondió Han, dando un paso adelante sin acobardarse—. Este puerto nos pertenece por contrato desde hace diez años.
—Los contratos cambian cuando el poder cambia de manos —intervino Minho, situándose al lado de Chan. Sus ojos morados escanearon los alrededores, detectando las sombras donde se escondían los otros hermanos—. Salgan de donde estén. No nos gusta hablar con fantasmas.
Uno a uno, los hermanos Lee se mostraron. Felix bajó de la furgoneta, Seungmin descendió de la grúa con una agilidad felina y Jeongin salió de entre los contenedores.
El encuentro fue explosivo, no por las armas, sino por la tensión química que estalló entre los ocho.
Changbin se quedó petrificado al ver a Jeongin. El alfa, conocido por su ferocidad, sintió que su instinto protector se disparaba al ver al omega de cabello blanco. Jeongin, por su parte, ladeó la cabeza con una curiosidad brillante, analizando la complexión fuerte del alfa frente a él.
Hyunjin, el espía maestro, no pudo evitar que su mirada se fijara en Felix. El omega de cabello azul le devolvió la mirada con una chispa de desafío y una sonrisa que hizo que el autocontrol de Hyunjin empezara a desmoronarse. Era él. La persona que había estado observando desde las sombras, el hacker que le quitaba el sueño.
Seungmin, con su rifle aún colgado al hombro, se encontró frente a Bangchan y Minho, pero fue la mirada de Chan la que lo ancló al suelo. El alfa líder vio en el omega naranja una serenidad y una inteligencia que lo cautivaron instantáneamente.
—Vinimos por el cargamento —dijo Bangchan, tratando de recuperar su enfoque profesional, aunque su lobo interno le aullaba que reclamara al omega frente a él—. Pero parece que hemos encontrado algo mucho más interesante.
—No somos un objeto de interés, Bang —escupió Felix, cruzando los brazos—. Somos los que van a sacarlos de aquí si no quieren que llame a mi padre ahora mismo. Y créanme, el señor Lee no es tan "paciente" como nosotros.
Minho soltó una risa suave, acercándose un poco más a Han, lo suficiente para que sus feromonas empezaran a mezclarse.
—Tu padre está a miles de kilómetros, pequeño omega. Aquí solo estamos nosotros.
—Y nosotros somos más que suficientes —respondió Han, sintiendo el calor del alfa de cabello morado invadir su espacio personal.
La situación estaba en un punto de quiebre. El aire estaba cargado de hormonas, desafío y una atracción tan cruda que resultaba dolorosa. Los alfas Bang, acostumbrados a dominar, se encontraban por primera vez con omegas que no solo les hacían frente, sino que los miraban con una superioridad intelectual y táctica que los descolocaba.
—Hagamos un trato —propuso Bangchan, su mirada pasando de Han a Seungmin—. El cargamento de hoy se divide al cincuenta por ciento. A cambio, nos sentaremos a negociar una tregua formal mañana por la noche. En territorio neutral.
—¿Negociar? —preguntó Seungmin, arqueando una ceja—. ¿O simplemente quieren una excusa para volver a vernos?
Chan sonrió, una expresión cálida que no encajaba con su rol de mafioso, pero que hizo que el corazón de Seungmin diera un vuelco.
—Ambas cosas, Lee Kim Seungmin. Ambas cosas.
Han miró a sus hermanos. Felix asintió levemente, ya pensando en cómo hackear los dispositivos de los Bang durante la cena de negociación. Jeongin parecía extrañamente animado con la idea de volver a ver a Changbin, y Seungmin mantenía su máscara de indiferencia, aunque sus dedos jugueteaban con la correa de su rifle.
—Está bien —aceptó Han—. Mañana a las nueve. Pero si intentan algo estúpido, mi hermano menor les habrá inyectado un cóctel de neurotoxinas antes de que puedan decir "alfa".
—Me gustan los desafíos —susurró Changbin, mirando directamente a Jeongin.
El menor de los Lee le guiñó un ojo antes de dar media vuelta.
—Vámonos, hermanos. Tenemos mucho que preparar si queremos impresionar a estos lobitos.
Mientras los Lee se alejaban hacia su furgoneta, los Bang permanecieron en el muelle, observándolos desaparecer en la neblina.
—Chan —dijo Hyunjin, su voz llena de una determinación nueva—, esto va a ser mucho más complicado de lo que pensábamos.
—No —corrigió Bangchan, observando el rastro del aroma de Seungmin y Han que aún flotaba en el aire—. Esto va a ser mucho más divertido. Pero recuerden una cosa: en tres semanas regresan sus padres. Y si el señor Lee es la mitad de sobreprotector de lo que dicen los informes, tenemos exactamente veintiún días para convencer a esos omegas de que pertenecen a nuestro lado.
Minho ajustó su chaqueta, con una mirada depredadora.
—Veintiún días son más que suficientes para cazar a un omega, líder. Especialmente cuando el omega quiere ser cazado tanto como nosotros queremos atraparlo.
En la mansión Lee, el ambiente era de pura adrenalina. Han se dejó caer en el sofá principal, suspirando profundamente.
—Son peligrosos —dijo Han, aunque su voz no sonaba asustada.
—Son intensos —corrigió Felix, ya abriendo su laptop para investigar los perfiles personales de Hyunjin—. Ese rubio no me quitó los ojos de encima. Creo que ya sabe que fui yo quien entró en sus servidores.
—El de cabello marrón es muy fuerte —comentó Jeongin, sonrojándose un poco—. Pero se veía... tierno cuando me miraba. Como un cachorro grande que intenta parecer malo.
Seungmin se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia la oscuridad de la ciudad.
—Bangchan es el que más me preocupa —admitió el estratega—. Es inteligente. No solo usa la fuerza, usa la presencia. Y tiene una paciencia que me pone nervioso.
—Tenemos que tener cuidado —advirtió Han, poniéndose serio—. Papá nos matará si se entera de que estamos socializando con los Bang. Para él, ellos son la competencia directa. Y ya saben cómo se pone con nuestra seguridad. Si descubre que un alfa Bang estuvo a menos de dos metros de nosotros, quemará la ciudad entera.
—Entonces no se lo digamos —sugirió Jeongin con una sonrisa traviesa—. Al menos no hasta que sepamos qué es lo que realmente quieren de nosotros.
Los cuatro hermanos compartieron una mirada de complicidad. Eran omegas, sí, y eran los tesoros de su padre, pero también eran los pilares de la mafia Lee. Y si los alfas Bang querían jugar, ellos estaban más que dispuestos a enseñarles que, en su juego, las reglas las ponían los Lee.
La cuenta regresiva de tres semanas había comenzado, y en el mundo de la mafia coreana, nada volvería a ser igual. Los lazos de sangre estaban a punto de entrelazarse con los lazos del destino, y el choque de los dos clanes más poderosos de Seúl apenas estaba empezando.
