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Santa Clara Rest of your life

Fandom: No hay, es vida real

Created: 3/24/2026

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RomanceSlice of LifeHumorRealismCharacter StudyCanon Setting
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Arena, Mate y un Error de Cálculo

El sol de enero en Santa Clara del Mar no perdonaba, pero a las chicas no parecía importarles. El "Mirador Beach Club" estaba en su momento de gloria: música chill de fondo, el olor a protector solar mezclado con el de las rabas fritas y el sonido constante de las olas rompiendo a lo lejos.

Magali se acomodó los lentes de sol sobre la cabeza, cuidando que su delineado impecable —un cat-eye que ni el viento marino lograba mover— no se corriera. Hacía siete horas que no pensaba en la distribuidora de telgopor, en los clientes pesados que se quejaban por el precio de las conservadoras o en el Excel que la esperaba el lunes.

— Che, ¿alguien me pasa el protector? Siento que me estoy convirtiendo en un camarón —pidió Agus, estirando una mano desde su reposera.

Agus, con sus ojos verdes entrecerrados por la luz, venía de un año intenso en la carrera de circo en la UNSAM. Sus músculos estaban marcados, pero su energía seguía siendo la misma de siempre: era la que hacía que todas se descostillaran de risa en los momentos menos oportunos.

— Tomá, nena, ponete bien en los hombros que después te quejás —le contestó Flor, pasándole el frasco con un movimiento rápido.

Flor, con sus rulos pelirrojos atados en un rodete alto y su remera de My Chemical Romance que usaba incluso para ir a la playa, estaba concentrada en su celular.

— ¿Saben qué me enteré? —tiró Flor con ese tono de voz que vaticinaba un chisme o un comentario ácido—. Que el ex de Agus le dio "like" a una foto de la hermana de Iñaki.

— ¡Ay, Flor! No me quemes así —se quejó Agus, aunque soltó una carcajada—. Esa piba no tiene paz. Por suerte este año vine a Santa Clara a resetear el cerebro. Cero drama, cero toxicidad.

Camila, que estaba sentada al borde de la pileta del balneario mojándose los pies, se dio vuelta para mirarlas.

— Eso espero, chicas. El año pasado entre los dramas de Lucho y las peleas por quién lavaba los platos en casa, casi terminamos en un capítulo de Gran Hermano —dijo Cami, sonriendo con esa dulzura que la caracterizaba—. Este año es para disfrutar. Maia está por llegar con los licuados, la vi en la barra recién.

A los pocos minutos, Maia se acercó caminando con elegancia natural, a pesar de que la arena siempre le resultaba un terreno hostil para sus piernas largas de modelo. La estudiante de medicina dejó la bandeja sobre la mesita de madera y se sentó al lado de Magali.

— Hola, chicas. Casi me quedo a vivir en la cola del bar, está explotado —dijo Maia con su timidez habitual, acomodándose el pelo castaño.

— Gracias, reina. Sos un sol —le dijo Magali, dándole un sorbo a su licuado de frutilla—. ¿Y los chicos? ¿Germán e Iñaki?

— Jugando al fútbol-tenis allá atrás —Maia señaló hacia la zona de deportes del balneario—. Dicen que después quieren ir a Camet Norte a ver el atardecer.

— Ni loca —sentenció Flor—. Yo de acá no me muevo hasta que baje el sol y habiliten el happy hour de cerveza. Además, hay torneo de vóley ahora en un rato. Me dijeron que el nivel está... interesante.

Magali se estiró, sintiendo el calorcito en la piel. Estaba en su salsa. Le encantaba la soledad de sus planes en Buenos Aires, pero estar con las pibas en la costa era su combustible anual. Lo único malo, como siempre, era su radar para los hombres. El último pibe con el que había salido en diciembre resultó tener una novia en Tandil y una incapacidad absoluta para responder un WhatsApp a tiempo.

— Este año me prometí a mí misma no mirar a ningún pibe —declaró Magali, mientras se acomodaba el traje de baño—. Responsabilidad afectiva cero tienen todos. Me voy a dedicar a tomar sol y escuchar reggaetón viejo hasta que me sangren los oídos.

— Te doy dos días —se burló Agus—. Sos re caprichosa, Magui. En cuanto aparezca uno con cara de "no te voy a dar bola nunca", vas a ser la primera en sacar turno.

— ¡Callate, estúpida! —le gritó Magali, aunque se estaba riendo.

Cerca de las cinco de la tarde, el movimiento en la zona de las redes de vóley empezó a llamar la atención. El locutor del balneario anunció el inicio del torneo relámpago y la gente empezó a amontonarse alrededor de la cancha de arena.

— Vamos a ver un poco, dale —insistió Flor, que ya se estaba levantando—. Quiero ver si alguien se pega un pelotazo en la cara, me sube el ánimo.

Las cinco amigas caminaron hacia el sector de la red. Se quedaron a un costado, cerca de los postes. El ambiente estaba cargado de gritos, risas y el sonido seco de la pelota golpeando las palmas de las manos.

Fue entonces cuando lo vio.

En el equipo que estaba del lado más cercano al mar, había un pibe que resaltaba sin hacer demasiado esfuerzo. Era alto, de hombros anchos y movimientos tranquilos, casi lentos, como si el tiempo en Santa Clara funcionara a otra velocidad para él. Llevaba una gorra negra puesta para atrás y unos expansores que brillaban bajo el sol. Cuando saltó para bloquear un remate, Magali notó los tatuajes: una manga completa en el brazo derecho y algunos diseños pequeños que asomaban por el cuello del torso desnudo.

— Che... —susurró Magali, sin sacar la vista del partido.

— ¿Qué pasó? —preguntó Cami, que estaba distraída mirando su celular, probablemente mandándole un mensaje a Gianni.

— Qué bueno que está ese —soltó Magali, señalando con el mentón hacia el pibe de la gorra.

Flor se acomodó los lentes, Agus entrecerró los ojos y Maia miró con curiosidad. El pibe en cuestión acababa de recibir la pelota, se la pasó a un compañero y se preparó para el siguiente punto. Tenía una expresión de concentración absoluta, pero relajada.

— ¿En serio te gustó ese? —preguntó Flor, arrugando la nariz—. Magui, tiene pinta de que no te contesta un mensaje ni aunque lo estén matando. Miralo, es el estereotipo de "vivo en la playa y mi única preocupación es que no se me humedezca el faso".

— Es Ramiro —dijo Cami, reconociéndolo finalmente—. Trabaja acá en el balneario, es carpero y a veces hace de mozo. Es del grupo de los chicos de acá, pero es re perfil bajo. Casi ni habla.

— Tiene unos ojos verdes que te dejan muda, eso hay que admitirlo —acotó Agus, siempre objetiva—. Pero es verdad lo que dice Flor. Tiene toda la cara de ser el próximo error en tu lista de "Pibes que me arruinaron el verano".

— No digan pavadas —respondió Magali, aunque no podía dejar de mirarlo—. Tiene algo. No sé qué es, pero me encanta cómo se mueve. Y los tatuajes... me matan.

En ese momento, un remate fuerte del equipo contrario hizo que la pelota rebotara mal en las manos de uno de los jugadores y saliera disparada hacia un costado, justo donde estaban las chicas.

La pelota rodó por la arena y se detuvo literalmente a los pies de Magali.

El mundo pareció detenerse por un segundo. Magali sintió que el corazón le daba un vuelco. Ramiro se separó de la red y caminó hacia ellas para buscar la pelota. Caminaba con una parsimonia que a Magali le pareció lo más sexy del mundo.

Cuando llegó frente a ella, Ramiro se frenó. Tenía la piel bronceada y unas gotas de sudor le bajaban por el pecho tatuado. Se sacó la gorra un segundo para pasarse la mano por el pelo corto y se la volvió a poner. Sus ojos verdes chocaron con los de Magali.

— Perdón, se nos escapó —dijo él.

Su voz era tal cual Magali la había imaginado: gruesa, un poco ronca, de esas que te vibran en el pecho.

Magali, que normalmente era la reina de la rapidez mental y los comentarios picantes, se quedó muda. Se agachó, agarró la pelota y se la alcanzó.

— No pasa nada —logró decir, tratando de que no se le notara que le temblaban un poquito las manos.

Ramiro agarró la pelota, le dedicó una sonrisa de medio lado —una sonrisa que mostraba unos dientes perfectos y un aura de misterio que la terminó de liquidar— y asintió con la cabeza.

— Gracias —dijo simplemente, antes de darse la vuelta y trotar de regreso a la cancha.

Las cuatro amigas se quedaron en silencio hasta que él estuvo lo suficientemente lejos.

— ¡No, no, no! —gritó Flor, rompiendo el hielo—. ¡Vieron esa sonrisa! ¡Es un peligro! Magali, te lo pido por favor, alejate de ahí. Ese pibe es veneno para tu estabilidad emocional.

— Es hermoso —susurró Maia, con una sonrisita—. Pero parece muy callado, ¿no?

— Es un misterio caminando —dijo Cami, preocupada—. Magui, en serio, Ramiro es buen pibe, pero es muy de la suya. No es de los que se enganchan fácil, y vos ya sabés cómo terminás siempre.

Magali no escuchaba. O mejor dicho, escuchaba pero no le importaba. Estaba mirando cómo Ramiro sacaba desde el fondo de la cancha con una técnica impecable.

— Es que no entienden —dijo Magali, volviendo a su reposera con una determinación nueva—. Este verano no quiero estabilidad emocional. Quiero que ese pibe me diga qué significan esos tatuajes mientras tomamos un mate frente al mar.

— Cagamos —sentenció Agus, agarrando su termo—. Chicas, preparen los pañuelos y el helado para febrero, porque la piba ya eligió su próximo capricho.

— No es un capricho —se defendió Magali, aunque sabía que en el fondo lo era—. Es... curiosidad.

— La curiosidad mató al gato, pero a vos te va a dejar llorando con canciones de Taylor Swift —remató Flor, mientras se sentaba de nuevo—. Pero bueno, si te vas a mandar la macana, por lo menos hacelo con estilo. ¿Mañana volvemos temprano al balneario?

— Obvio —respondió Magali con una sonrisa traviesa—. Mañana me pongo el bikini rojo y me traigo el gloss que brilla a diez kilómetros. Si quiere la pelota de nuevo, va a tener que pedirla por favor.

El sol empezó a caer, tiñendo el cielo de Santa Clara de un naranja furioso. Las chicas siguieron charlando de bueyes perdidos, de la facultad, del gimnasio y de lo mucho que extrañaban la comida de sus viejos cuando estaban solas. Pero Magali no podía sacar la mente de esa voz ronca y de la forma en que el expansor de Ramiro había brillado un segundo antes de que él se diera la vuelta.

Sabía que sus amigas tenían razón. Sabía que elegir a un pibe misterioso, tatuado y que apenas hablaba era la receta perfecta para el desastre que venía esquivando (o buscando) toda su vida. Pero ahí estaba ella, Magali, la piba de la distribuidora de telgopor que amaba el reggaetón viejo y los desafíos imposibles, lista para tirarse de cabeza a la pileta sin fijarse si tenía agua.

— Che, Cami —dijo Magali mientras guardaban las cosas para volverse a la casa—. ¿Dijiste que trabaja de mozo también?

Cami suspiró, dándose por vencida.

— Sí, Magui. A la noche suele estar en la parte del restaurante del parador. ¿Por qué?

Magali se colgó el bolso al hombro y se acomodó el pelo.

— Porque de repente me dieron unas ganas locas de venir a cenar acá mañana. ¿Ustedes qué dicen?

Las chicas se miraron entre ellas. Flor revoleó los ojos, Agus se tentó de risa, Cami negó con la cabeza y Maia sonrió con timidez.

— Y bueno —dijo Flor—, si hay drama, que por lo menos sea con una buena porción de rabas en la mesa. ¡Vamos, que tengo hambre!

Caminaron por la pasarela de madera hacia la salida, con el ruido del mar de fondo y la promesa de un enero que, definitivamente, no iba a ser tan tranquilo como Camila había planeado. Magali miró hacia atrás una última vez. La cancha de vóley estaba vacía, pero ella todavía podía sentir la vibración de esa voz ronca diciendo "Gracias".

El verano de 2026 acababa de empezar de verdad.
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