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Las cuentas del otro mundo dependen del Omega esclavo corporativo
Fandom: Isekai no Sata wa shachiku shidai
Created: 3/25/2026
Tags
RomanceDramaHurt/ComfortFantasyIsekai / Portal FantasyOmegaverseSoulmatesGraphic ViolenceRapeMpregSlice of LifeFluffCurtainfic / Domestic StoryCharacter Study
El aroma de los sueños y la promesa de un nido
El aire en el Reino de Romany siempre olía a una mezcla de magia antigua y flores que Seiichirou Kondou no lograba identificar. Era un cambio drástico respecto al olor a café recalentado, papel de impresora y el persistente aroma a agotamiento que definía su oficina en Japón. A sus casi treinta años, Seiichirou se había resignado a ser un engranaje más en la maquinaria corporativa, un Omega masculino que, a diferencia de lo que dictaban los instintos biológicos, pasaba sus noches cuadrando balances en lugar de arrullar cachorros.
Sin embargo, el destino tenía un sentido del humor retorcido. Un portal, un grito de auxilio de una joven llamada Yua Shiraishi, y un instinto de protección que no sabía que poseía, lo habían lanzado a un mundo donde él era poco menos que un tesoro nacional viviente.
—¿Se encuentra bien, Seiichirou-san? —La voz de Yua interrumpió sus pensamientos.
La joven Alfa de dieciséis años lo miraba con genuina preocupación. Aunque ella era la "Santa Doncella" destinada a salvar el reino, seguía siendo una adolescente que extrañaba el arroz al vapor y los uniformes escolares. Seiichirou le dedicó una sonrisa cansada pero cálida.
—Estoy bien, Yua-chan. Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado mi vida en tan poco tiempo.
Se encontraban en un carruaje real, de camino de regreso tras una visita diplomática a un reino vecino. El viaje había sido... accidentado. El segundo príncipe de aquel lugar había intentado sobrepasarse con Seiichirou, asumiendo que un Omega sin marca era una fruta madura lista para ser reclamada.
—Ese príncipe era un idiota —gruñó Yua, cruzándose de brazos—. Si Aresh-sama no lo hubiera detenido, juro que le habría dado una lección yo misma.
Frente a ellos, sentado con una postura impecable que denotaba su linaje noble y su rango como Capitán de la Tercera Orden de Caballeros, Aresh Indolark permanecía en silencio. Sus ojos morados, profundos y magnéticos, se fijaron en Seiichirou. Aresh era, sin duda, el Alfa más hermoso que Seiichirou hubiera visto jamás: cabello negro azabache, hombros anchos y un aura de autoridad que, curiosamente, nunca resultaba opresiva para él.
—No habría sido necesario que la Santa Doncella se manchara las manos —intervino Aresh, su voz era como seda sobre terciopelo—. Proteger a Kondou-san es mi deber primordial. Y mi deseo personal.
Seiichirou sintió un calor repentino subir por su cuello. A diferencia de los Alfas de su mundo, que a menudo lo miraban con lástima por trabajar tanto o con desprecio por no ser "suficientemente sumiso", Aresh lo trataba con un respeto casi reverencial. El Rey de Romany había sido claro: Seiichirou era el primer Omega masculino en un siglo, y su seguridad era una cuestión de estado. Pero Aresh iba más allá del protocolo.
Al llegar al palacio, tras despedirse de una Yua agotada que fue escoltada a sus aposentos, Seiichirou y Aresh caminaron por los jardines interiores hacia el ala de los contadores, donde Seiichirou pasaba la mayor parte del día. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos violetas que imitaban los ojos del Alfa.
—Kondou-san —dijo Aresh, rompiendo el silencio del atardecer—, sobre lo que mencionó en la fiesta... ante el príncipe.
Seiichirou se detuvo, sintiendo el peso de la contabilidad emocional de sus propias palabras. Ante la impertinencia del príncipe extranjero, había confesado lo que realmente buscaba en un compañero: alguien confiable, amable y modesto. Alguien con quien formar una familia y tener muchos cachorros.
—Fue la verdad —admitió Seiichirou, bajando la mirada hacia sus manos, que ya no sostenían maletines, sino documentos de impuestos del reino—. En mi mundo, siempre me sentí presionado. Los Alfas querían una muñeca de porcelana que se quedara en casa. Yo quería trabajar, quería ser útil por mis propios méritos. Pero eso no significa que no anhelara... lo que todos los Omegas sueñan en el fondo.
—¿Un nido? —preguntó Aresh en voz baja, acercándose un paso.
—Un nido —suspiró Seiichirou—. Cachorros a los que cuidar, un compañero que me espere o a quien esperar. Pero no a costa de mi identidad. Preferí la soledad de una oficina a la prisión de un matrimonio sin respeto.
Aresh lo observó con una intensidad que hizo que el aroma de Seiichirou —una mezcla de sándalo y lluvia fresca— se intensificara ligeramente. El Alfa dominante inhaló profundamente, pareciendo saborear el aire.
—Es una perspectiva admirable —comentó Aresh—. En este reino, muchos asumen que la fuerza de un Alfa se mide por cuánto puede doblegar a su pareja. Pero yo siempre he pensado que la verdadera fuerza radica en ser el pilar que permite que su compañero brille.
Seiichirou levantó la vista, sorprendido. Aresh Indolark era el soltero más codiciado del reino, un hombre que podría tener a cualquier Omega con solo chasquear los dedos, y sin embargo, hablaba de igualdad y apoyo.
—¿Usted cree eso, Aresh-sama?
—Lo creo. Y creo que si busca bien, encontrará a alguien que no solo respete sus deseos de trabajar y ser independiente, sino que desee fervientemente ser el padre de esos cachorros que usted tanto anhela.
El corazón de Seiichirou dio un vuelco. Había algo en la forma en que Aresh decía "fervientemente" que se sentía demasiado personal, demasiado dirigido a él.
—Es difícil —murmuró Seiichirou, tratando de recuperar su compostura de "esclavo corporativo"—. Soy casi un anciano para los estándares de este mundo. Tengo casi treinta años.
Aresh soltó una risa corta y melodiosa que resonó en el jardín vacío.
—En Romany, la madurez es una virtud. Y para un Alfa como yo... —Aresh se acercó un poco más, rompiendo la barrera del espacio personal que el protocolo dictaba, pero de una manera tan suave que Seiichirou no retrocedió—. Alguien con su experiencia, su inteligencia y su aroma tan reconfortante es mucho más valioso que cualquier joven inexperto.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que Seiichirou solo había leído en novelas románticas que ocultaba bajo sus informes financieros en Japón. Aresh extendió una mano, dudando por un segundo antes de rozar suavemente los dedos de Seiichirou.
—No tiene por qué elegir entre su libertad y su deseo de una familia, Seiichirou —dijo el Alfa, omitiendo los honoríficos por primera vez—. Si el Alfa es el adecuado, él será su libertad.
—¿Y cómo sabré quién es el adecuado? —preguntó Seiichirou en un susurro, sintiendo cómo sus instintos Omega ronroneaban ante la cercanía del Alfa dominante.
Aresh sonrió, una expresión de pura devoción que iluminó su rostro perfecto.
—Él será quien detenga al mundo entero para asegurarse de que usted esté a salvo. Será quien se siente a su lado mientras termina sus balances nocturnos solo para asegurarse de que no olvide comer. Y será quien, cuando usted esté listo, le pida permiso para cortejarlo, no como un trofeo, sino como un igual.
Seiichirou sintió que las lágrimas picaban en sus ojos azules. Durante años, en las frías noches de Tokio, se había dicho a sí mismo que no podía tenerlo todo. Que el trabajo era su único refugio. Y ahora, en un mundo de fantasía, un Alfa de leyenda le estaba diciendo que sus sueños no eran una contradicción.
—Parece que conoce muy bien a ese Alfa —dijo Seiichirou con una pequeña sonrisa temblorosa.
—Lo conozco —respondió Aresh, su voz volviéndose más profunda, revelando el apego que sentía—. Lo veo en el espejo cada mañana, esperando tener la oportunidad de demostrar que es digno de usted.
Seiichirou se quedó sin aliento. El Capitán de la Guardia, el Alfa más hermoso del Reino, le estaba confesando sus intenciones. No hubo presión, no hubo el despliegue agresivo de feromonas que Seiichirou tanto temía de los Alfas dominantes. Solo hubo respeto y una promesa silenciosa.
—Aresh-sama... yo... —Seiichirou buscó las palabras, pero su mente de contador estaba procesando una cifra que nunca antes había cuadrado: la felicidad—. Todavía tengo mucho que aprender de este mundo. Y mi trabajo en la oficina de contabilidad es muy demandante.
—Soy un hombre paciente —replicó Aresh, dando un paso atrás para darle espacio a Seiichirou, aunque sus ojos morados seguían fijos en él—. Podría esperar cien años más si eso significara que, al final del día, seré yo quien lo reciba en casa.
Seiichirou asintió lentamente, sintiendo una paz que no había experimentado en décadas.
—Entonces... quizás no me importaría que me acompañe a almorzar mañana también —dijo Seiichirou, recuperando un poco de su timidez—. Y tal vez, después de que termine de revisar los presupuestos de la Orden de Caballeros, podamos pasear por el jardín sin que Yua-chan nos interrumpa.
La alegría que cruzó el rostro de Aresh fue tan genuina que Seiichirou se preguntó cómo alguien había podido considerarlo aburrido o frío.
—Será un honor, Seiichirou.
Mientras el Omega masculino se retiraba hacia sus aposentos, escoltado por la mirada protectora de Aresh, no pudo evitar pensar que ser arrastrado por aquel portal había sido el mejor error de su vida. En Japón, era un trabajador agotado. Aquí, empezaba a sentirse como un hombre que finalmente podía permitirse soñar con el aroma de un nido y el calor de un compañero que lo amaba por quien era, y no por lo que la biología dictaba.
La vida de esclavo corporativo había terminado. Su vida como Seiichirou, el Omega que encontró su lugar en el mundo, acababa de comenzar.
Sin embargo, el destino tenía un sentido del humor retorcido. Un portal, un grito de auxilio de una joven llamada Yua Shiraishi, y un instinto de protección que no sabía que poseía, lo habían lanzado a un mundo donde él era poco menos que un tesoro nacional viviente.
—¿Se encuentra bien, Seiichirou-san? —La voz de Yua interrumpió sus pensamientos.
La joven Alfa de dieciséis años lo miraba con genuina preocupación. Aunque ella era la "Santa Doncella" destinada a salvar el reino, seguía siendo una adolescente que extrañaba el arroz al vapor y los uniformes escolares. Seiichirou le dedicó una sonrisa cansada pero cálida.
—Estoy bien, Yua-chan. Solo pensaba en lo mucho que ha cambiado mi vida en tan poco tiempo.
Se encontraban en un carruaje real, de camino de regreso tras una visita diplomática a un reino vecino. El viaje había sido... accidentado. El segundo príncipe de aquel lugar había intentado sobrepasarse con Seiichirou, asumiendo que un Omega sin marca era una fruta madura lista para ser reclamada.
—Ese príncipe era un idiota —gruñó Yua, cruzándose de brazos—. Si Aresh-sama no lo hubiera detenido, juro que le habría dado una lección yo misma.
Frente a ellos, sentado con una postura impecable que denotaba su linaje noble y su rango como Capitán de la Tercera Orden de Caballeros, Aresh Indolark permanecía en silencio. Sus ojos morados, profundos y magnéticos, se fijaron en Seiichirou. Aresh era, sin duda, el Alfa más hermoso que Seiichirou hubiera visto jamás: cabello negro azabache, hombros anchos y un aura de autoridad que, curiosamente, nunca resultaba opresiva para él.
—No habría sido necesario que la Santa Doncella se manchara las manos —intervino Aresh, su voz era como seda sobre terciopelo—. Proteger a Kondou-san es mi deber primordial. Y mi deseo personal.
Seiichirou sintió un calor repentino subir por su cuello. A diferencia de los Alfas de su mundo, que a menudo lo miraban con lástima por trabajar tanto o con desprecio por no ser "suficientemente sumiso", Aresh lo trataba con un respeto casi reverencial. El Rey de Romany había sido claro: Seiichirou era el primer Omega masculino en un siglo, y su seguridad era una cuestión de estado. Pero Aresh iba más allá del protocolo.
Al llegar al palacio, tras despedirse de una Yua agotada que fue escoltada a sus aposentos, Seiichirou y Aresh caminaron por los jardines interiores hacia el ala de los contadores, donde Seiichirou pasaba la mayor parte del día. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos violetas que imitaban los ojos del Alfa.
—Kondou-san —dijo Aresh, rompiendo el silencio del atardecer—, sobre lo que mencionó en la fiesta... ante el príncipe.
Seiichirou se detuvo, sintiendo el peso de la contabilidad emocional de sus propias palabras. Ante la impertinencia del príncipe extranjero, había confesado lo que realmente buscaba en un compañero: alguien confiable, amable y modesto. Alguien con quien formar una familia y tener muchos cachorros.
—Fue la verdad —admitió Seiichirou, bajando la mirada hacia sus manos, que ya no sostenían maletines, sino documentos de impuestos del reino—. En mi mundo, siempre me sentí presionado. Los Alfas querían una muñeca de porcelana que se quedara en casa. Yo quería trabajar, quería ser útil por mis propios méritos. Pero eso no significa que no anhelara... lo que todos los Omegas sueñan en el fondo.
—¿Un nido? —preguntó Aresh en voz baja, acercándose un paso.
—Un nido —suspiró Seiichirou—. Cachorros a los que cuidar, un compañero que me espere o a quien esperar. Pero no a costa de mi identidad. Preferí la soledad de una oficina a la prisión de un matrimonio sin respeto.
Aresh lo observó con una intensidad que hizo que el aroma de Seiichirou —una mezcla de sándalo y lluvia fresca— se intensificara ligeramente. El Alfa dominante inhaló profundamente, pareciendo saborear el aire.
—Es una perspectiva admirable —comentó Aresh—. En este reino, muchos asumen que la fuerza de un Alfa se mide por cuánto puede doblegar a su pareja. Pero yo siempre he pensado que la verdadera fuerza radica en ser el pilar que permite que su compañero brille.
Seiichirou levantó la vista, sorprendido. Aresh Indolark era el soltero más codiciado del reino, un hombre que podría tener a cualquier Omega con solo chasquear los dedos, y sin embargo, hablaba de igualdad y apoyo.
—¿Usted cree eso, Aresh-sama?
—Lo creo. Y creo que si busca bien, encontrará a alguien que no solo respete sus deseos de trabajar y ser independiente, sino que desee fervientemente ser el padre de esos cachorros que usted tanto anhela.
El corazón de Seiichirou dio un vuelco. Había algo en la forma en que Aresh decía "fervientemente" que se sentía demasiado personal, demasiado dirigido a él.
—Es difícil —murmuró Seiichirou, tratando de recuperar su compostura de "esclavo corporativo"—. Soy casi un anciano para los estándares de este mundo. Tengo casi treinta años.
Aresh soltó una risa corta y melodiosa que resonó en el jardín vacío.
—En Romany, la madurez es una virtud. Y para un Alfa como yo... —Aresh se acercó un poco más, rompiendo la barrera del espacio personal que el protocolo dictaba, pero de una manera tan suave que Seiichirou no retrocedió—. Alguien con su experiencia, su inteligencia y su aroma tan reconfortante es mucho más valioso que cualquier joven inexperto.
El silencio que siguió fue denso, cargado de una electricidad que Seiichirou solo había leído en novelas románticas que ocultaba bajo sus informes financieros en Japón. Aresh extendió una mano, dudando por un segundo antes de rozar suavemente los dedos de Seiichirou.
—No tiene por qué elegir entre su libertad y su deseo de una familia, Seiichirou —dijo el Alfa, omitiendo los honoríficos por primera vez—. Si el Alfa es el adecuado, él será su libertad.
—¿Y cómo sabré quién es el adecuado? —preguntó Seiichirou en un susurro, sintiendo cómo sus instintos Omega ronroneaban ante la cercanía del Alfa dominante.
Aresh sonrió, una expresión de pura devoción que iluminó su rostro perfecto.
—Él será quien detenga al mundo entero para asegurarse de que usted esté a salvo. Será quien se siente a su lado mientras termina sus balances nocturnos solo para asegurarse de que no olvide comer. Y será quien, cuando usted esté listo, le pida permiso para cortejarlo, no como un trofeo, sino como un igual.
Seiichirou sintió que las lágrimas picaban en sus ojos azules. Durante años, en las frías noches de Tokio, se había dicho a sí mismo que no podía tenerlo todo. Que el trabajo era su único refugio. Y ahora, en un mundo de fantasía, un Alfa de leyenda le estaba diciendo que sus sueños no eran una contradicción.
—Parece que conoce muy bien a ese Alfa —dijo Seiichirou con una pequeña sonrisa temblorosa.
—Lo conozco —respondió Aresh, su voz volviéndose más profunda, revelando el apego que sentía—. Lo veo en el espejo cada mañana, esperando tener la oportunidad de demostrar que es digno de usted.
Seiichirou se quedó sin aliento. El Capitán de la Guardia, el Alfa más hermoso del Reino, le estaba confesando sus intenciones. No hubo presión, no hubo el despliegue agresivo de feromonas que Seiichirou tanto temía de los Alfas dominantes. Solo hubo respeto y una promesa silenciosa.
—Aresh-sama... yo... —Seiichirou buscó las palabras, pero su mente de contador estaba procesando una cifra que nunca antes había cuadrado: la felicidad—. Todavía tengo mucho que aprender de este mundo. Y mi trabajo en la oficina de contabilidad es muy demandante.
—Soy un hombre paciente —replicó Aresh, dando un paso atrás para darle espacio a Seiichirou, aunque sus ojos morados seguían fijos en él—. Podría esperar cien años más si eso significara que, al final del día, seré yo quien lo reciba en casa.
Seiichirou asintió lentamente, sintiendo una paz que no había experimentado en décadas.
—Entonces... quizás no me importaría que me acompañe a almorzar mañana también —dijo Seiichirou, recuperando un poco de su timidez—. Y tal vez, después de que termine de revisar los presupuestos de la Orden de Caballeros, podamos pasear por el jardín sin que Yua-chan nos interrumpa.
La alegría que cruzó el rostro de Aresh fue tan genuina que Seiichirou se preguntó cómo alguien había podido considerarlo aburrido o frío.
—Será un honor, Seiichirou.
Mientras el Omega masculino se retiraba hacia sus aposentos, escoltado por la mirada protectora de Aresh, no pudo evitar pensar que ser arrastrado por aquel portal había sido el mejor error de su vida. En Japón, era un trabajador agotado. Aquí, empezaba a sentirse como un hombre que finalmente podía permitirse soñar con el aroma de un nido y el calor de un compañero que lo amaba por quien era, y no por lo que la biología dictaba.
La vida de esclavo corporativo había terminado. Su vida como Seiichirou, el Omega que encontró su lugar en el mundo, acababa de comenzar.
