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Temporada 13
Fandom: Evan Peters
Created: 3/25/2026
Tags
RomanceDramaFluffHumorDetectiveCanon SettingCharacter StudyRealism
El eco de las risas y el café frío
**PAOLA**
El jet lag era una criatura traicionera, pero ni siquiera el cansancio de un vuelo de doce horas desde Santiago podía quitarme la sonrisa. Ahí estaba yo, frente a los estudios de Fox en Los Ángeles, con mi carpeta de guiones apretada contra el pecho y los nervios bailando una cueca frenética en mi estómago.
Me ajusté la chaqueta de cuero. Sabía que me veía bien; mi piel pálida resaltaba contra mi cabello negro azabache, y mis ojos grises, que mi abuela siempre decía que parecían tormentas en el mar, brillaban con una mezcla de terror y cafeína. Ser la nueva incorporación al elenco de *American Horror Story* no era cualquier cosa. Era pasar de las teleseries chilenas al panteón de los dioses de Ryan Murphy.
—No te caigas, Paola. Por lo que más quieras, no te tropieces —me susurré a mí misma mientras caminaba hacia la sala de conferencias para la primera lectura de guion.
Al entrar, el aire acondicionado me golpeó la cara. La sala estaba llena de gente que solo había visto en pantallas de cine o en pósteres en mi habitación. Sarah Paulson reía con Kathy Bates, y mi corazón dio un vuelco. Pero entonces, lo vi.
Estaba sentado al fondo, con una sudadera gris demasiado grande, el cabello rubio despeinado como si acabara de salir de una pelea con su almohada y esa expresión distraída que lo hacía parecer un niño perdido y un genio al mismo tiempo. Evan Peters. Mi "crush" cinematográfico desde que tenía quince años.
Me senté en el único lugar libre, que, por obra del destino o de un asistente de producción muy sádico, estaba justo frente a él.
—Hola —dije, tratando de que mi acento chileno no hiciera que "hola" sonara como un insulto o un balbuceo.
Evan levantó la vista. Sus ojos castaños tardaron un segundo en enfocar, pero cuando lo hicieron, una pequeña sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Hola —respondió él, con esa voz rasposa que te hacía querer escucharle leer la guía telefónica—. Eres Paola, ¿verdad? La chica de la que Ryan no deja de hablar.
—Espero que hable bien, porque si no, mi carrera va a durar menos que un suspiro en un terremoto —solté sin pensar.
Evan soltó una carcajada genuina, una que iluminó toda su cara.
—Chile, ¿cierto? Me gusta tu sentido del humor. Soy Evan, por cierto, aunque supongo que eso ya lo sabes por el cartel gigante de la entrada.
—Un placer, Evan. Y sí, algo había escuchado de un tal Peters —bromeé, guiñándole un ojo mientras abría mi guion.
**EVAN**
Había algo en ella que cortaba el aire viciado de la sala. No era solo que fuera increíblemente guapa —porque, seamos sinceros, tenía unas curvas que harían que un ciego recobrara la vista y esos ojos grises que parecían leerte el alma—, sino que emanaba una energía vibrante. Mientras todos estábamos ahí sentados, pretendiendo ser serios y profesionales, ella llegó con su piel de porcelana y su cabello oscuro, oliendo a vainilla y a algo que recordaba al aire fresco.
—Bien, todos —anunció Ryan Murphy, entrando en la sala con su habitual aura de autoridad—. Vamos a empezar con el episodio uno. Paola, Evan, vuestra escena en el sótano. Página doce.
Sentí una punzada de anticipación. En esta temporada, Paola interpretaba a una médium que mi personaje, un detective con demasiados secretos, intentaba desacreditar.
Empezamos a leer. Cuando llegó el turno de Paola, su voz cambió. Ya no era la chica simpática que bromeaba sobre terremotos; su voz se volvió profunda, cargada de una sensualidad oscura y una autoridad que me erizó la piel.
—No busques respuestas donde solo hay cenizas, detective —leyó ella, clavando sus ojos grises en los míos.
Me quedé mudo un segundo. Olvidé mi línea.
—¿Evan? —susurró Sarah Paulson a mi lado, dándome un codazo.
—Ah, sí, perdón —reaccioné, sintiendo que el calor me subía por el cuello—. "No creo en las cenizas, señora Méndez. Solo creo en lo que puedo esposar".
Paola soltó una risita suave, fuera de guion, y volvió a mirarme.
—Es una línea muy mala, ¿no crees? —me susurró por lo bajo, para que solo yo la oyera.
—Horrible —le devolví el susurro—. Pero espera a que lleguemos a la escena de la persecución.
La lectura continuó durante tres horas, pero para mí, el resto de la gente en la sala se volvió borrosa. Solo existía esa chica chilena que no paraba de juguetear con un mechón de su pelo negro y que, de vez en cuando, me lanzaba miradas que me hacían olvidar cómo se respiraba.
**PAOLA**
Cuando terminamos, sentí que me habían pasado una aplanadora por encima, pero una aplanadora muy feliz. Empecé a recoger mis cosas, preguntándome si sería demasiado lanzado invitar a alguien a tomar un café o si eso era "poco profesional" en Hollywood.
—Oye, Paola —la voz de Evan me detuvo. Estaba de pie junto a mi silla, con las manos en los bolsillos de su sudadera—. Algunos vamos a ir a un sitio aquí cerca a por unas hamburguesas y quizás algo de beber. Para... ya sabes, "hacer equipo". ¿Te apetece?
—Me encantaría —dije, quizás demasiado rápido—. Pero te advierto que si hay música, mis pies no se quedan quietos. Es una maldición latina.
Evan sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos, creando esas pequeñas arrugas que tanto me gustaban.
—Puedo vivir con eso. De hecho, me gustaría verlo.
Caminamos hacia la salida. El sol de California estaba empezando a ponerse, tiñendo el cielo de rosa y naranja. Mientras caminábamos hacia el estacionamiento, me di cuenta de que él caminaba muy cerca de mí. No me tocaba, pero podía sentir el calor de su brazo rozando el mío ocasionalmente.
—¿Así que bailas? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Bailo, cocino unas empanadas que te harían llorar y puedo decir insultos en español tan rápido que no sabrías si te estoy bendiciendo o mandando al demonio —respondí, soltando una carcajada.
—Me gusta el riesgo —dijo él, deteniéndose frente a su coche—. ¿Quieres que te lleve? El sitio está a diez minutos.
—Solo si prometes no ponerme música country. Mi contrato dice específicamente que no puedo escuchar country antes de las ocho de la tarde.
—Trato hecho. Solo rock clásico y quizás algo de jazz si te pones intensa.
Subí a su coche, un todoterreno que olía a cuero y a él. Mientras arrancaba el motor, me miró de reojo.
—Sabes, Paola... creo que este rodaje va a ser muy interesante.
—¿Ah, sí? ¿Por los fantasmas y los asesinos en serie?
—No —respondió él, bajando un poco la voz mientras salía del estacionamiento—. Por la médium de ojos grises que acaba de arruinarme la concentración para el resto del mes.
Sentí un vuelco en el corazón. Me reí, tratando de ocultar el hecho de que mis manos estaban temblando un poco.
—Cuidado, Peters. Soy chilena, somos expertas en causar desastres naturales.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo de un terremoto si eso significa que te quedas cerca.
**EVAN**
El bar estaba medio vacío, con una luz tenue y una gramola que escupía éxitos de los ochenta. Nos sentamos en un rincón apartado. Sarah y los demás se unieron unos minutos después, pero para mi suerte, Paola terminó sentada a mi lado en el reservado de cuero rojo.
Después de un par de cervezas, la conversación se volvió más relajada. Paola nos estaba contando una historia sobre un rodaje en el sur de Chile que involucraba una vaca, un vestido de novia y una tormenta eléctrica. Tenía una forma de gesticular con las manos que resultaba hipnótica.
—... ¡y entonces la vaca decidió que mi velo era su cena! —exclamó, riendo de tal manera que tuvo que apoyarse en mi hombro para no caerse del asiento.
Me quedé rígido un segundo, disfrutando del contacto. Su piel estaba fría, pero su risa era puro fuego. Cuando se enderezó, se dio cuenta de que se había apoyado en mí y se sonrojó levemente.
—Perdona, es que me emociono —dijo, dándole un sorbo a su bebida.
—No te disculpes —le dije, acercándome un poco más—. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto en una lectura de guion. Normalmente todos están demasiado preocupados por parecer "artistas".
—La vida es muy corta para ser un "artista" aburrido, Evan —respondió ella, mirándome fijamente.
En ese momento, la música cambió. Empezó a sonar algo con ritmo, una canción de Prince que llenó el lugar de funk. Paola empezó a mover los hombros rítmicamente.
—Oh, no. Aquí vamos —dijo con una sonrisa traviesa—. Te advertí que no podía quedarme quieta.
Se levantó y me tendió la mano.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Enseñarte que los chicos de San Luis también pueden tener ritmo. Vamos, Peters. No seas cobarde.
Me levanté, incapaz de decirle que no a esos ojos. Nos movimos hacia la pequeña zona de baile. Ella se movía con una gracia natural, una fluidez que hacía que pareciera que el suelo no existía. Sus caderas seguían el ritmo de una manera que me dejó la garganta seca.
—¿Ves? No es tan difícil —dijo ella, acercándose más, rodeando mi cuello con sus brazos mientras el ritmo de la música bajaba un poco.
—Tú haces que parezca fácil —respondí, poniendo mis manos en su cintura.
Su cintura era increíblemente pequeña, y el contacto de mis palmas contra su camiseta me quemaba. El mundo alrededor desapareció. Ya no había compañeros de reparto, ni camareros, ni guiones que memorizar. Solo estaba el aroma a vainilla de su pelo y la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el mío.
—Evan —susurró ella, su aliento rozando mi oreja—, se supone que esto es para "hacer equipo".
—Estoy haciendo un equipo increíble contigo ahora mismo, Paola —respondí, apretándola un poco más contra mí.
Ella levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Hubo un momento de silencio absoluto, una tensión eléctrica que prometía tormentas y noches sin dormir. Vi cómo sus ojos grises se oscurecían y cómo sus labios se entreabrían.
—Mañana empezamos a rodar —dijo ella, casi en un susurro.
—Va a ser el mejor rodaje de mi vida —aseguré.
Justo cuando estaba a punto de acortar la distancia que quedaba entre nosotros, una voz nos interrumpió.
—¡Eh, tortolitos! ¡Las hamburguesas ya están aquí! —gritó Sarah desde la mesa, con una sonrisa de suficiencia.
Paola se separó lentamente, pero me lanzó una última mirada que decía mucho más de lo que cualquier guion de Ryan Murphy podría escribir jamás.
—Vamos, detective —dijo, guiñándome un ojo—. Necesitas energía si vas a intentar seguirme el ritmo mañana.
**PAOLA**
Esa noche, en mi habitación de hotel, no podía dejar de dar vueltas en la cama. Mi cuerpo todavía sentía el calor de las manos de Evan en mi cintura. Había algo en él, una vulnerabilidad mezclada con una intensidad magnética que me había desarmado por completo.
Me levanté y fui hacia el espejo del baño. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
—Paola, viniste a Hollywood a trabajar, no a enamorarte del protagonista —me reñí a mí misma.
Pero entonces recordé la forma en que me miró cuando estábamos bailando, como si fuera la única persona en el mundo, y supe que estaba perdida.
Al día siguiente, el set de rodaje era un caos controlado. Luces, cables, cámaras y gente corriendo de un lado a otro. Yo estaba en mi tráiler, terminando de ponerme el vestuario: un vestido largo de seda negra que me quedaba como una segunda piel.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Sí?
La puerta se abrió y entró Evan. Ya estaba caracterizado como su personaje, con un traje de los años cincuenta que lo hacía ver devastadoramente guapo. Se quedó parado en el umbral, mirándome de arriba abajo.
—Vaya —dijo, y su voz sonó más profunda de lo normal—. Creo que el departamento de vestuario quiere matarme de un infarto.
—¿Te gusta? —pregunté, dando una vuelta lenta, dejando que la seda rozara mis piernas.
Evan cerró la puerta detrás de él y dio un paso hacia mí. El espacio en el tráiler era reducido, lo que hacía que su presencia fuera abrumadora.
—Me gusta demasiado. Tanto que me está costando recordar que somos compañeros de trabajo.
—Bueno —dije, acercándome a él y arreglándole la corbata con dedos juguetones—, el guion dice que me odias, detective. Que no te fías de mí.
Evan atrapó mi mano y la llevó a sus labios, besando mis nudillos sin quitarme la vista de encima.
—Entonces voy a tener que ganar un Oscar, Paola. Porque ahora mismo, lo último que siento por ti es odio.
El ambiente en el tráiler se volvió denso, cargado de una química que se podía cortar con un cuchillo. Evan se inclinó, su rostro a escasos centímetros del mío. Podía oler su perfume, una mezcla de tabaco, madera y algo puramente suyo.
—¿Qué estamos haciendo, Evan? —susurré, aunque no quería que se detuviera.
—Empezar algo peligroso —respondió él, justo antes de que sus labios rozaran los míos en un beso que sabía a promesa y a travesura.
Fue un beso suave, apenas un contacto de prueba, pero envió una descarga eléctrica directo a mi columna. Sus manos bajaron a mis caderas, atrayéndome hacia él, y yo enredé mis dedos en su cabello rubio, queriendo más.
—¡Paola, Evan! ¡A set en cinco minutos! —gritó el asistente de dirección desde fuera, golpeando la pared del tráiler.
Nos separamos jadeando, con los labios brillantes y los ojos encendidos. Evan sonrió, esa sonrisa de pícaro que me volvía loca.
—Cinco minutos —repitió él—. Suficiente tiempo para que me des otro beso de buena suerte.
—Ni hablar, Peters. El resto te lo tienes que ganar frente a la cámara.
Salí del tráiler con el corazón a mil por hora, escuchando su risa detrás de mí. Si el primer día de rodaje era así, no sabía si iba a sobrevivir a toda la temporada, pero de algo estaba segura: American Horror Story iba a ser la experiencia más excitante, divertida y ardiente de mi vida. Y apenas estábamos empezando.
El jet lag era una criatura traicionera, pero ni siquiera el cansancio de un vuelo de doce horas desde Santiago podía quitarme la sonrisa. Ahí estaba yo, frente a los estudios de Fox en Los Ángeles, con mi carpeta de guiones apretada contra el pecho y los nervios bailando una cueca frenética en mi estómago.
Me ajusté la chaqueta de cuero. Sabía que me veía bien; mi piel pálida resaltaba contra mi cabello negro azabache, y mis ojos grises, que mi abuela siempre decía que parecían tormentas en el mar, brillaban con una mezcla de terror y cafeína. Ser la nueva incorporación al elenco de *American Horror Story* no era cualquier cosa. Era pasar de las teleseries chilenas al panteón de los dioses de Ryan Murphy.
—No te caigas, Paola. Por lo que más quieras, no te tropieces —me susurré a mí misma mientras caminaba hacia la sala de conferencias para la primera lectura de guion.
Al entrar, el aire acondicionado me golpeó la cara. La sala estaba llena de gente que solo había visto en pantallas de cine o en pósteres en mi habitación. Sarah Paulson reía con Kathy Bates, y mi corazón dio un vuelco. Pero entonces, lo vi.
Estaba sentado al fondo, con una sudadera gris demasiado grande, el cabello rubio despeinado como si acabara de salir de una pelea con su almohada y esa expresión distraída que lo hacía parecer un niño perdido y un genio al mismo tiempo. Evan Peters. Mi "crush" cinematográfico desde que tenía quince años.
Me senté en el único lugar libre, que, por obra del destino o de un asistente de producción muy sádico, estaba justo frente a él.
—Hola —dije, tratando de que mi acento chileno no hiciera que "hola" sonara como un insulto o un balbuceo.
Evan levantó la vista. Sus ojos castaños tardaron un segundo en enfocar, pero cuando lo hicieron, una pequeña sonrisa ladeada apareció en su rostro.
—Hola —respondió él, con esa voz rasposa que te hacía querer escucharle leer la guía telefónica—. Eres Paola, ¿verdad? La chica de la que Ryan no deja de hablar.
—Espero que hable bien, porque si no, mi carrera va a durar menos que un suspiro en un terremoto —solté sin pensar.
Evan soltó una carcajada genuina, una que iluminó toda su cara.
—Chile, ¿cierto? Me gusta tu sentido del humor. Soy Evan, por cierto, aunque supongo que eso ya lo sabes por el cartel gigante de la entrada.
—Un placer, Evan. Y sí, algo había escuchado de un tal Peters —bromeé, guiñándole un ojo mientras abría mi guion.
**EVAN**
Había algo en ella que cortaba el aire viciado de la sala. No era solo que fuera increíblemente guapa —porque, seamos sinceros, tenía unas curvas que harían que un ciego recobrara la vista y esos ojos grises que parecían leerte el alma—, sino que emanaba una energía vibrante. Mientras todos estábamos ahí sentados, pretendiendo ser serios y profesionales, ella llegó con su piel de porcelana y su cabello oscuro, oliendo a vainilla y a algo que recordaba al aire fresco.
—Bien, todos —anunció Ryan Murphy, entrando en la sala con su habitual aura de autoridad—. Vamos a empezar con el episodio uno. Paola, Evan, vuestra escena en el sótano. Página doce.
Sentí una punzada de anticipación. En esta temporada, Paola interpretaba a una médium que mi personaje, un detective con demasiados secretos, intentaba desacreditar.
Empezamos a leer. Cuando llegó el turno de Paola, su voz cambió. Ya no era la chica simpática que bromeaba sobre terremotos; su voz se volvió profunda, cargada de una sensualidad oscura y una autoridad que me erizó la piel.
—No busques respuestas donde solo hay cenizas, detective —leyó ella, clavando sus ojos grises en los míos.
Me quedé mudo un segundo. Olvidé mi línea.
—¿Evan? —susurró Sarah Paulson a mi lado, dándome un codazo.
—Ah, sí, perdón —reaccioné, sintiendo que el calor me subía por el cuello—. "No creo en las cenizas, señora Méndez. Solo creo en lo que puedo esposar".
Paola soltó una risita suave, fuera de guion, y volvió a mirarme.
—Es una línea muy mala, ¿no crees? —me susurró por lo bajo, para que solo yo la oyera.
—Horrible —le devolví el susurro—. Pero espera a que lleguemos a la escena de la persecución.
La lectura continuó durante tres horas, pero para mí, el resto de la gente en la sala se volvió borrosa. Solo existía esa chica chilena que no paraba de juguetear con un mechón de su pelo negro y que, de vez en cuando, me lanzaba miradas que me hacían olvidar cómo se respiraba.
**PAOLA**
Cuando terminamos, sentí que me habían pasado una aplanadora por encima, pero una aplanadora muy feliz. Empecé a recoger mis cosas, preguntándome si sería demasiado lanzado invitar a alguien a tomar un café o si eso era "poco profesional" en Hollywood.
—Oye, Paola —la voz de Evan me detuvo. Estaba de pie junto a mi silla, con las manos en los bolsillos de su sudadera—. Algunos vamos a ir a un sitio aquí cerca a por unas hamburguesas y quizás algo de beber. Para... ya sabes, "hacer equipo". ¿Te apetece?
—Me encantaría —dije, quizás demasiado rápido—. Pero te advierto que si hay música, mis pies no se quedan quietos. Es una maldición latina.
Evan sonrió, y esta vez la sonrisa llegó hasta sus ojos, creando esas pequeñas arrugas que tanto me gustaban.
—Puedo vivir con eso. De hecho, me gustaría verlo.
Caminamos hacia la salida. El sol de California estaba empezando a ponerse, tiñendo el cielo de rosa y naranja. Mientras caminábamos hacia el estacionamiento, me di cuenta de que él caminaba muy cerca de mí. No me tocaba, pero podía sentir el calor de su brazo rozando el mío ocasionalmente.
—¿Así que bailas? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Bailo, cocino unas empanadas que te harían llorar y puedo decir insultos en español tan rápido que no sabrías si te estoy bendiciendo o mandando al demonio —respondí, soltando una carcajada.
—Me gusta el riesgo —dijo él, deteniéndose frente a su coche—. ¿Quieres que te lleve? El sitio está a diez minutos.
—Solo si prometes no ponerme música country. Mi contrato dice específicamente que no puedo escuchar country antes de las ocho de la tarde.
—Trato hecho. Solo rock clásico y quizás algo de jazz si te pones intensa.
Subí a su coche, un todoterreno que olía a cuero y a él. Mientras arrancaba el motor, me miró de reojo.
—Sabes, Paola... creo que este rodaje va a ser muy interesante.
—¿Ah, sí? ¿Por los fantasmas y los asesinos en serie?
—No —respondió él, bajando un poco la voz mientras salía del estacionamiento—. Por la médium de ojos grises que acaba de arruinarme la concentración para el resto del mes.
Sentí un vuelco en el corazón. Me reí, tratando de ocultar el hecho de que mis manos estaban temblando un poco.
—Cuidado, Peters. Soy chilena, somos expertas en causar desastres naturales.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo de un terremoto si eso significa que te quedas cerca.
**EVAN**
El bar estaba medio vacío, con una luz tenue y una gramola que escupía éxitos de los ochenta. Nos sentamos en un rincón apartado. Sarah y los demás se unieron unos minutos después, pero para mi suerte, Paola terminó sentada a mi lado en el reservado de cuero rojo.
Después de un par de cervezas, la conversación se volvió más relajada. Paola nos estaba contando una historia sobre un rodaje en el sur de Chile que involucraba una vaca, un vestido de novia y una tormenta eléctrica. Tenía una forma de gesticular con las manos que resultaba hipnótica.
—... ¡y entonces la vaca decidió que mi velo era su cena! —exclamó, riendo de tal manera que tuvo que apoyarse en mi hombro para no caerse del asiento.
Me quedé rígido un segundo, disfrutando del contacto. Su piel estaba fría, pero su risa era puro fuego. Cuando se enderezó, se dio cuenta de que se había apoyado en mí y se sonrojó levemente.
—Perdona, es que me emociono —dijo, dándole un sorbo a su bebida.
—No te disculpes —le dije, acercándome un poco más—. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto en una lectura de guion. Normalmente todos están demasiado preocupados por parecer "artistas".
—La vida es muy corta para ser un "artista" aburrido, Evan —respondió ella, mirándome fijamente.
En ese momento, la música cambió. Empezó a sonar algo con ritmo, una canción de Prince que llenó el lugar de funk. Paola empezó a mover los hombros rítmicamente.
—Oh, no. Aquí vamos —dijo con una sonrisa traviesa—. Te advertí que no podía quedarme quieta.
Se levantó y me tendió la mano.
—¿Qué haces? —pregunté, aunque sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Enseñarte que los chicos de San Luis también pueden tener ritmo. Vamos, Peters. No seas cobarde.
Me levanté, incapaz de decirle que no a esos ojos. Nos movimos hacia la pequeña zona de baile. Ella se movía con una gracia natural, una fluidez que hacía que pareciera que el suelo no existía. Sus caderas seguían el ritmo de una manera que me dejó la garganta seca.
—¿Ves? No es tan difícil —dijo ella, acercándose más, rodeando mi cuello con sus brazos mientras el ritmo de la música bajaba un poco.
—Tú haces que parezca fácil —respondí, poniendo mis manos en su cintura.
Su cintura era increíblemente pequeña, y el contacto de mis palmas contra su camiseta me quemaba. El mundo alrededor desapareció. Ya no había compañeros de reparto, ni camareros, ni guiones que memorizar. Solo estaba el aroma a vainilla de su pelo y la forma en que su cuerpo encajaba perfectamente con el mío.
—Evan —susurró ella, su aliento rozando mi oreja—, se supone que esto es para "hacer equipo".
—Estoy haciendo un equipo increíble contigo ahora mismo, Paola —respondí, apretándola un poco más contra mí.
Ella levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Hubo un momento de silencio absoluto, una tensión eléctrica que prometía tormentas y noches sin dormir. Vi cómo sus ojos grises se oscurecían y cómo sus labios se entreabrían.
—Mañana empezamos a rodar —dijo ella, casi en un susurro.
—Va a ser el mejor rodaje de mi vida —aseguré.
Justo cuando estaba a punto de acortar la distancia que quedaba entre nosotros, una voz nos interrumpió.
—¡Eh, tortolitos! ¡Las hamburguesas ya están aquí! —gritó Sarah desde la mesa, con una sonrisa de suficiencia.
Paola se separó lentamente, pero me lanzó una última mirada que decía mucho más de lo que cualquier guion de Ryan Murphy podría escribir jamás.
—Vamos, detective —dijo, guiñándome un ojo—. Necesitas energía si vas a intentar seguirme el ritmo mañana.
**PAOLA**
Esa noche, en mi habitación de hotel, no podía dejar de dar vueltas en la cama. Mi cuerpo todavía sentía el calor de las manos de Evan en mi cintura. Había algo en él, una vulnerabilidad mezclada con una intensidad magnética que me había desarmado por completo.
Me levanté y fui hacia el espejo del baño. Tenía las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes.
—Paola, viniste a Hollywood a trabajar, no a enamorarte del protagonista —me reñí a mí misma.
Pero entonces recordé la forma en que me miró cuando estábamos bailando, como si fuera la única persona en el mundo, y supe que estaba perdida.
Al día siguiente, el set de rodaje era un caos controlado. Luces, cables, cámaras y gente corriendo de un lado a otro. Yo estaba en mi tráiler, terminando de ponerme el vestuario: un vestido largo de seda negra que me quedaba como una segunda piel.
Alguien llamó a la puerta.
—¿Sí?
La puerta se abrió y entró Evan. Ya estaba caracterizado como su personaje, con un traje de los años cincuenta que lo hacía ver devastadoramente guapo. Se quedó parado en el umbral, mirándome de arriba abajo.
—Vaya —dijo, y su voz sonó más profunda de lo normal—. Creo que el departamento de vestuario quiere matarme de un infarto.
—¿Te gusta? —pregunté, dando una vuelta lenta, dejando que la seda rozara mis piernas.
Evan cerró la puerta detrás de él y dio un paso hacia mí. El espacio en el tráiler era reducido, lo que hacía que su presencia fuera abrumadora.
—Me gusta demasiado. Tanto que me está costando recordar que somos compañeros de trabajo.
—Bueno —dije, acercándome a él y arreglándole la corbata con dedos juguetones—, el guion dice que me odias, detective. Que no te fías de mí.
Evan atrapó mi mano y la llevó a sus labios, besando mis nudillos sin quitarme la vista de encima.
—Entonces voy a tener que ganar un Oscar, Paola. Porque ahora mismo, lo último que siento por ti es odio.
El ambiente en el tráiler se volvió denso, cargado de una química que se podía cortar con un cuchillo. Evan se inclinó, su rostro a escasos centímetros del mío. Podía oler su perfume, una mezcla de tabaco, madera y algo puramente suyo.
—¿Qué estamos haciendo, Evan? —susurré, aunque no quería que se detuviera.
—Empezar algo peligroso —respondió él, justo antes de que sus labios rozaran los míos en un beso que sabía a promesa y a travesura.
Fue un beso suave, apenas un contacto de prueba, pero envió una descarga eléctrica directo a mi columna. Sus manos bajaron a mis caderas, atrayéndome hacia él, y yo enredé mis dedos en su cabello rubio, queriendo más.
—¡Paola, Evan! ¡A set en cinco minutos! —gritó el asistente de dirección desde fuera, golpeando la pared del tráiler.
Nos separamos jadeando, con los labios brillantes y los ojos encendidos. Evan sonrió, esa sonrisa de pícaro que me volvía loca.
—Cinco minutos —repitió él—. Suficiente tiempo para que me des otro beso de buena suerte.
—Ni hablar, Peters. El resto te lo tienes que ganar frente a la cámara.
Salí del tráiler con el corazón a mil por hora, escuchando su risa detrás de mí. Si el primer día de rodaje era así, no sabía si iba a sobrevivir a toda la temporada, pero de algo estaba segura: American Horror Story iba a ser la experiencia más excitante, divertida y ardiente de mi vida. Y apenas estábamos empezando.
