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Ben10
Fandom: ben 10 y gotoubun no hanayome
Created: 3/25/2026
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ActionScience FictionCrossoverIsekai / Portal FantasyRomanceDramaAngstHurt/ComfortAdventureDivergence
El eco de un mundo muerto
La oscuridad no era vacía; pesaba. Benjamín Kirby Tennyson sentía que sus pulmones estaban llenos de ceniza y vacío. Lo último que recordaba era el rugido de un universo desgarrándose, el brillo verde del Omnitrix luchando contra la negrura absoluta y la risa maníaca de Vilgax mientras ambos eran succionados por una grieta en la realidad. El portador del reloj más poderoso del universo había fallado. Su hogar, su familia, Gwen, Kevin... todo se había desvanecido en una singularidad de destrucción.
Cuando abrió los ojos, no había fuego ni escombros espaciales. Había césped, el olor a lluvia reciente y el murmullo lejano de una ciudad japonesa.
Ben se incorporó con dificultad, sintiendo cada músculo de su cuerpo gritar de dolor. Su chaqueta verde estaba rasgada, y el Omnitrix, en su muñeca izquierda, emitía un débil pulso carmesí. Estaba agotado, no solo físicamente, sino en su alma. Se juró a sí mismo que, en este nuevo mundo, Ben Tennyson dejaría de ser el héroe. Quería el anonimato. Quería el silencio.
Pero el destino, o quizás la maldición de su apellido, tenía otros planes.
Dos años habían pasado desde su llegada. Ben, ahora un estudiante transferido con un pasado deliberadamente borroso, sobrevivía como tutor privado gracias a una inteligencia que siempre había ocultado bajo su fachada de chico impulsivo. Fue así como terminó en el lujoso apartamento de las hermanas Nakano.
—¡Ben-kun! ¡Llegas tarde otra vez! —exclamó Yotsuba, saltando frente a él con su energía habitual.
Ben forzó una sonrisa, ocultando la cicatriz que recorría su antebrazo bajo la manga larga.
—Lo siento, Yotsuba. Me entretuve con un... asunto personal.
—Seguro estabas mirando relojes de nuevo —se burló Nino, cruzando los brazos mientras salía de la cocina—. Eres un bicho raro, Tennyson. Pero supongo que tus notas compensan tu falta de estilo.
Ben no respondió. Se sentó a la mesa, donde Ichika le dedicó una mirada sugerente, Miku apenas levantó la vista de su libro de historia y Itsuki preparaba sus cuadernos con una seriedad implacable. Eran cinco rostros idénticos, pero cinco mundos distintos. Y, para su desgracia y fortuna, las cinco habían comenzado a ver en el solitario extranjero algo más que un simple profesor.
El drama no tardó en estallar. No era solo la presión de los exámenes; era la tensión de cinco corazones compitiendo por un hombre que cargaba con el peso de un universo muerto.
—Dinos la verdad, Ben —dijo Ichika una tarde, cuando las otras se habían retirado—. ¿Por qué siempre miras al cielo como si esperaras que algo cayera de él? ¿A quién perdiste realmente?
Ben apretó los puños bajo la mesa.
—Perdí todo, Ichika. No querrías saber los detalles.
—Queremos saberlo —intervino Miku, apareciendo tras la puerta—. Porque nos importas. A las cinco. Y duele ver que confías más en ese extraño reloj que en nosotras.
El ambiente se volvió pesado. Las peleas entre las hermanas se habían vuelto frecuentes. Nino no soportaba la cercanía de Ichika con Ben; Yotsuba lloraba en silencio sintiéndose indigna, e Itsuki sospechaba que Ben ocultaba algo peligroso. El romance era un campo de minas, y Ben, el hombre que había enfrentado a conquistadores de mundos, no sabía cómo desactivarlo.
Sin embargo, el pasado nunca se queda enterrado.
En las sombras de Tokio, algo se estaba gestando. No solo Ben había cruzado la brecha. Los radares militares comenzaron a detectar anomalías. Avistamientos de criaturas mecánicas, sombras que devoraban la luz y un nombre que comenzó a susurrarse en los bajos fondos: Vilgax.
La paz se rompió una tarde de otoño. Las quintillizas y Ben caminaban por el distrito de Shinjuku después de una sesión de estudio especialmente tensa. De repente, el cielo se tiñó de un rojo sangriento. Una explosión sacudió los cimientos de los rascacielos.
—¿Qué fue eso? —gritó Itsuki, aferrándose al brazo de Ben.
Ben no necesitó mirar dos veces. El aire vibraba con una frecuencia que conocía demasiado bien. Un dron de reconocimiento de la flota de Vilgax descendió del cielo, disparando ráfagas de plasma contra la multitud.
—¡Corran! —ordenó Ben, su voz recuperando la autoridad de un líder de guerra—. ¡Vayan al refugio del metro, ahora!
—¡No te dejaremos solo! —replicó Nino, con lágrimas de frustración—. ¡Explícanos qué está pasando!
—¡No hay tiempo! —Ben levantó su muñeca. El Omnitrix, sintiendo la presencia de su antiguo enemigo, brilló con una intensidad cegadora, pasando del verde al blanco—. Si quieren vivir, ¡corran!
Las hermanas retrocedieron, aterrorizadas, cuando una figura colosal descendió de las nubes. Era él. Vilgax, más remendado con partes cibernéticas que nunca, aterrizó destrozando el pavimento. Detrás de él, Albedo y el Dr. Animo emergieron de las sombras.
—Tennyson... —la voz de Vilgax era como metal chirriando—. Pensaste que este remanso de paz sería tu tumba. Pero solo será el escenario de tu ejecución.
Las cámaras de los edificios, los drones de las noticias y los teléfonos de miles de personas captaron la escena. En todo Japón, y pronto en todo el mundo, las pantallas mostraron la misma imagen: un joven extranjero frente a monstruos de pesadilla.
—Ben... ¿qué es eso? —susurró Miku desde la distancia, viendo cómo el chico que amaban se transformaba.
Ben miró por encima del hombro a las cinco hermanas. Sus rostros reflejaban horror, pero también una devoción que no podía ignorar.
—Perdónenme por mentirles —dijo Ben, con una tristeza infinita—. Pero este es quien soy.
Presionó el dial. Un destello verde envolvió la calle. Cuando la luz se disipó, Ben ya no estaba. En su lugar, un ser de fuego vivo flotaba sobre el asfalto.
—¡Fuego! —gritó la criatura, lanzando una llamarada que interceptó un misil de Vilgax.
La batalla final había comenzado, y el mundo entero era testigo.
La transmisión en vivo llegaba a cada rincón del planeta. Los presentadores de noticias estaban mudos. Los científicos se desmayaban ante la imposibilidad biológica de lo que veían. Ben cambiaba de forma con una velocidad vertiginosa: la fuerza bruta de Cuatro Brazos para detener un tanque que Vilgax lanzó; la velocidad de XLR8 para evacuar a los civiles atrapados; la inteligencia de Materia Gris para hackear los sistemas de defensa que Albedo intentaba usar contra la ciudad.
Las quintillizas observaban desde detrás de un muro derruido, incapaces de apartar la vista.
—Él... él es un héroe —murmuró Yotsuba, con el corazón latiendo desbocado—. Todo este tiempo, estaba protegiéndonos de algo que ni podíamos imaginar.
—Es un idiota —sollozó Nino, aunque sus ojos brillaban con orgullo—. Un idiota valiente.
Pero la trama se oscureció. Vilgax no buscaba solo matar a Ben; buscaba este mundo. Activó una bomba de vacío que comenzó a succionar la atmósfera de la ciudad.
—¡Si no puedo tener el Omnitrix, nadie tendrá este planeta, Tennyson! —rugió el conquistador, clavando su espada de energía en el hombro de Ben, quien en ese momento era Diamante.
El grito de Ben resonó en los altavoces de todo el país. La sangre, de un color extrañamente brillante, manchó el suelo.
—¡BEN! —gritaron las cinco hermanas al unísono, rompiendo el cordón de seguridad y corriendo hacia el centro del cráter, ignorando el peligro.
Ben cayó de rodillas, volviendo a su forma humana. El Omnitrix chispeaba. Estaba al límite. Vilgax se alzó sobre él, su sombra cubriendo a Ben y a las quintillizas que acababan de llegar a su lado, rodeándolo como un escudo humano.
—Apartense, criaturas inferiores —amenazó Vilgax—. O morirán con él.
—No nos moveremos —dijo Itsuki, con la voz temblorosa pero firme—. Él perdió su mundo protegiendo a otros. No dejaremos que pierda este también.
Ben miró a las hermanas. Vio el amor de Miku, la determinación de Nino, la bondad de Yotsuba, la astucia de Ichika y la fuerza de Itsuki. En ese momento, la conexión que sentía con ellas desencadenó algo en el reloj. Una nueva frecuencia. El Omnitrix no solo funcionaba con ADN; funcionaba con la voluntad de proteger.
—Reinicio de funciones... —susurró la voz sintética del reloj—. Código de acceso: Tennyson. Función: Control Maestro temporal.
Ben se puso de pie, apoyado por las manos de las cinco hermanas sobre sus hombros. La luz verde que emanó de él fue tan potente que disipó las nubes de tormenta en todo Japón.
—Vilgax —dijo Ben, su voz resonando con el eco de mil alienígenas—. Se acabó.
Lo que siguió fue una sinfonía de destrucción heroica. Ben no se transformó en uno, sino que proyectó las habilidades de todos sus alienígenas simultáneamente. Un avatar de energía pura, una mezcla de Muy Grande y Feedback, se alzó sobre Shinjuku. Con un solo movimiento, desintegró la bomba de vacío y lanzó a Vilgax hacia el espacio profundo, fuera de la órbita terrestre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Ben cayó al suelo, exhausto. El Omnitrix se apagó, quedando como un trozo de metal inerte en su muñeca. Las quintillizas se lanzaron sobre él, abrazándolo, llorando y riendo en una mezcla de alivio y angustia.
En las pantallas de todo el mundo, la imagen se congeló en ese abrazo. El héroe que había salvado el mundo no era un dios, sino un joven roto encontrado por cinco hermanas que lo amaban.
Pero el final no fue un "vivieron felices para siempre".
Ben miró a la cámara de un dron que flotaba cerca. Sabía que su secreto había muerto. El gobierno vendría por él. Los enemigos que quedaban ocultos lo buscarían. Pero lo peor era la mirada en los ojos de las Nakano.
—Ben... —dijo Ichika, limpiándole la sangre de la mejilla—. ¿Qué va a pasar ahora?
Ben miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a salir sobre las ruinas de la ciudad.
—Ahora, el mundo sabe que no están solos en el universo —respondió Ben con una amargura dramática—. Y yo... yo ya no puedo ser solo su tutor.
—No importa —dijo Miku, tomando su mano—. Te seguiremos. A donde sea.
—Incluso si es al fin del mundo —añadió Nino, apretando su otra mano.
Ben cerró los ojos, sintiendo el calor de las cinco. Había ganado la batalla, había salvado el planeta, pero sabía que la verdadera lucha, la de vivir en un mundo que ahora le temía y le adoraba a partes iguales, apenas comenzaba. La transmisión se cortó, dejando al mundo en una incertidumbre eléctrica, mientras en el centro de Tokio, seis figuras permanecían unidas entre los escombros de una era que acababa de terminar.
Cuando abrió los ojos, no había fuego ni escombros espaciales. Había césped, el olor a lluvia reciente y el murmullo lejano de una ciudad japonesa.
Ben se incorporó con dificultad, sintiendo cada músculo de su cuerpo gritar de dolor. Su chaqueta verde estaba rasgada, y el Omnitrix, en su muñeca izquierda, emitía un débil pulso carmesí. Estaba agotado, no solo físicamente, sino en su alma. Se juró a sí mismo que, en este nuevo mundo, Ben Tennyson dejaría de ser el héroe. Quería el anonimato. Quería el silencio.
Pero el destino, o quizás la maldición de su apellido, tenía otros planes.
Dos años habían pasado desde su llegada. Ben, ahora un estudiante transferido con un pasado deliberadamente borroso, sobrevivía como tutor privado gracias a una inteligencia que siempre había ocultado bajo su fachada de chico impulsivo. Fue así como terminó en el lujoso apartamento de las hermanas Nakano.
—¡Ben-kun! ¡Llegas tarde otra vez! —exclamó Yotsuba, saltando frente a él con su energía habitual.
Ben forzó una sonrisa, ocultando la cicatriz que recorría su antebrazo bajo la manga larga.
—Lo siento, Yotsuba. Me entretuve con un... asunto personal.
—Seguro estabas mirando relojes de nuevo —se burló Nino, cruzando los brazos mientras salía de la cocina—. Eres un bicho raro, Tennyson. Pero supongo que tus notas compensan tu falta de estilo.
Ben no respondió. Se sentó a la mesa, donde Ichika le dedicó una mirada sugerente, Miku apenas levantó la vista de su libro de historia y Itsuki preparaba sus cuadernos con una seriedad implacable. Eran cinco rostros idénticos, pero cinco mundos distintos. Y, para su desgracia y fortuna, las cinco habían comenzado a ver en el solitario extranjero algo más que un simple profesor.
El drama no tardó en estallar. No era solo la presión de los exámenes; era la tensión de cinco corazones compitiendo por un hombre que cargaba con el peso de un universo muerto.
—Dinos la verdad, Ben —dijo Ichika una tarde, cuando las otras se habían retirado—. ¿Por qué siempre miras al cielo como si esperaras que algo cayera de él? ¿A quién perdiste realmente?
Ben apretó los puños bajo la mesa.
—Perdí todo, Ichika. No querrías saber los detalles.
—Queremos saberlo —intervino Miku, apareciendo tras la puerta—. Porque nos importas. A las cinco. Y duele ver que confías más en ese extraño reloj que en nosotras.
El ambiente se volvió pesado. Las peleas entre las hermanas se habían vuelto frecuentes. Nino no soportaba la cercanía de Ichika con Ben; Yotsuba lloraba en silencio sintiéndose indigna, e Itsuki sospechaba que Ben ocultaba algo peligroso. El romance era un campo de minas, y Ben, el hombre que había enfrentado a conquistadores de mundos, no sabía cómo desactivarlo.
Sin embargo, el pasado nunca se queda enterrado.
En las sombras de Tokio, algo se estaba gestando. No solo Ben había cruzado la brecha. Los radares militares comenzaron a detectar anomalías. Avistamientos de criaturas mecánicas, sombras que devoraban la luz y un nombre que comenzó a susurrarse en los bajos fondos: Vilgax.
La paz se rompió una tarde de otoño. Las quintillizas y Ben caminaban por el distrito de Shinjuku después de una sesión de estudio especialmente tensa. De repente, el cielo se tiñó de un rojo sangriento. Una explosión sacudió los cimientos de los rascacielos.
—¿Qué fue eso? —gritó Itsuki, aferrándose al brazo de Ben.
Ben no necesitó mirar dos veces. El aire vibraba con una frecuencia que conocía demasiado bien. Un dron de reconocimiento de la flota de Vilgax descendió del cielo, disparando ráfagas de plasma contra la multitud.
—¡Corran! —ordenó Ben, su voz recuperando la autoridad de un líder de guerra—. ¡Vayan al refugio del metro, ahora!
—¡No te dejaremos solo! —replicó Nino, con lágrimas de frustración—. ¡Explícanos qué está pasando!
—¡No hay tiempo! —Ben levantó su muñeca. El Omnitrix, sintiendo la presencia de su antiguo enemigo, brilló con una intensidad cegadora, pasando del verde al blanco—. Si quieren vivir, ¡corran!
Las hermanas retrocedieron, aterrorizadas, cuando una figura colosal descendió de las nubes. Era él. Vilgax, más remendado con partes cibernéticas que nunca, aterrizó destrozando el pavimento. Detrás de él, Albedo y el Dr. Animo emergieron de las sombras.
—Tennyson... —la voz de Vilgax era como metal chirriando—. Pensaste que este remanso de paz sería tu tumba. Pero solo será el escenario de tu ejecución.
Las cámaras de los edificios, los drones de las noticias y los teléfonos de miles de personas captaron la escena. En todo Japón, y pronto en todo el mundo, las pantallas mostraron la misma imagen: un joven extranjero frente a monstruos de pesadilla.
—Ben... ¿qué es eso? —susurró Miku desde la distancia, viendo cómo el chico que amaban se transformaba.
Ben miró por encima del hombro a las cinco hermanas. Sus rostros reflejaban horror, pero también una devoción que no podía ignorar.
—Perdónenme por mentirles —dijo Ben, con una tristeza infinita—. Pero este es quien soy.
Presionó el dial. Un destello verde envolvió la calle. Cuando la luz se disipó, Ben ya no estaba. En su lugar, un ser de fuego vivo flotaba sobre el asfalto.
—¡Fuego! —gritó la criatura, lanzando una llamarada que interceptó un misil de Vilgax.
La batalla final había comenzado, y el mundo entero era testigo.
La transmisión en vivo llegaba a cada rincón del planeta. Los presentadores de noticias estaban mudos. Los científicos se desmayaban ante la imposibilidad biológica de lo que veían. Ben cambiaba de forma con una velocidad vertiginosa: la fuerza bruta de Cuatro Brazos para detener un tanque que Vilgax lanzó; la velocidad de XLR8 para evacuar a los civiles atrapados; la inteligencia de Materia Gris para hackear los sistemas de defensa que Albedo intentaba usar contra la ciudad.
Las quintillizas observaban desde detrás de un muro derruido, incapaces de apartar la vista.
—Él... él es un héroe —murmuró Yotsuba, con el corazón latiendo desbocado—. Todo este tiempo, estaba protegiéndonos de algo que ni podíamos imaginar.
—Es un idiota —sollozó Nino, aunque sus ojos brillaban con orgullo—. Un idiota valiente.
Pero la trama se oscureció. Vilgax no buscaba solo matar a Ben; buscaba este mundo. Activó una bomba de vacío que comenzó a succionar la atmósfera de la ciudad.
—¡Si no puedo tener el Omnitrix, nadie tendrá este planeta, Tennyson! —rugió el conquistador, clavando su espada de energía en el hombro de Ben, quien en ese momento era Diamante.
El grito de Ben resonó en los altavoces de todo el país. La sangre, de un color extrañamente brillante, manchó el suelo.
—¡BEN! —gritaron las cinco hermanas al unísono, rompiendo el cordón de seguridad y corriendo hacia el centro del cráter, ignorando el peligro.
Ben cayó de rodillas, volviendo a su forma humana. El Omnitrix chispeaba. Estaba al límite. Vilgax se alzó sobre él, su sombra cubriendo a Ben y a las quintillizas que acababan de llegar a su lado, rodeándolo como un escudo humano.
—Apartense, criaturas inferiores —amenazó Vilgax—. O morirán con él.
—No nos moveremos —dijo Itsuki, con la voz temblorosa pero firme—. Él perdió su mundo protegiendo a otros. No dejaremos que pierda este también.
Ben miró a las hermanas. Vio el amor de Miku, la determinación de Nino, la bondad de Yotsuba, la astucia de Ichika y la fuerza de Itsuki. En ese momento, la conexión que sentía con ellas desencadenó algo en el reloj. Una nueva frecuencia. El Omnitrix no solo funcionaba con ADN; funcionaba con la voluntad de proteger.
—Reinicio de funciones... —susurró la voz sintética del reloj—. Código de acceso: Tennyson. Función: Control Maestro temporal.
Ben se puso de pie, apoyado por las manos de las cinco hermanas sobre sus hombros. La luz verde que emanó de él fue tan potente que disipó las nubes de tormenta en todo Japón.
—Vilgax —dijo Ben, su voz resonando con el eco de mil alienígenas—. Se acabó.
Lo que siguió fue una sinfonía de destrucción heroica. Ben no se transformó en uno, sino que proyectó las habilidades de todos sus alienígenas simultáneamente. Un avatar de energía pura, una mezcla de Muy Grande y Feedback, se alzó sobre Shinjuku. Con un solo movimiento, desintegró la bomba de vacío y lanzó a Vilgax hacia el espacio profundo, fuera de la órbita terrestre.
El silencio que siguió fue absoluto.
Ben cayó al suelo, exhausto. El Omnitrix se apagó, quedando como un trozo de metal inerte en su muñeca. Las quintillizas se lanzaron sobre él, abrazándolo, llorando y riendo en una mezcla de alivio y angustia.
En las pantallas de todo el mundo, la imagen se congeló en ese abrazo. El héroe que había salvado el mundo no era un dios, sino un joven roto encontrado por cinco hermanas que lo amaban.
Pero el final no fue un "vivieron felices para siempre".
Ben miró a la cámara de un dron que flotaba cerca. Sabía que su secreto había muerto. El gobierno vendría por él. Los enemigos que quedaban ocultos lo buscarían. Pero lo peor era la mirada en los ojos de las Nakano.
—Ben... —dijo Ichika, limpiándole la sangre de la mejilla—. ¿Qué va a pasar ahora?
Ben miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a salir sobre las ruinas de la ciudad.
—Ahora, el mundo sabe que no están solos en el universo —respondió Ben con una amargura dramática—. Y yo... yo ya no puedo ser solo su tutor.
—No importa —dijo Miku, tomando su mano—. Te seguiremos. A donde sea.
—Incluso si es al fin del mundo —añadió Nino, apretando su otra mano.
Ben cerró los ojos, sintiendo el calor de las cinco. Había ganado la batalla, había salvado el planeta, pero sabía que la verdadera lucha, la de vivir en un mundo que ahora le temía y le adoraba a partes iguales, apenas comenzaba. La transmisión se cortó, dejando al mundo en una incertidumbre eléctrica, mientras en el centro de Tokio, seis figuras permanecían unidas entre los escombros de una era que acababa de terminar.
