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Los instintos de un Hale
Fandom: Teen wolf
Created: 3/26/2026
Tags
RomanceOmegaverseDramaAngstPWP (Plot? What Plot?)JealousyCanon SettingExplicit LanguageCurtainfic / Domestic Story
Territorio de Caza y Deseo
El aire en el loft de Derek siempre había sido pesado, cargado de esa mezcla de hormigón viejo, polvo y el rastro metálico de un Alfa que no sabía cómo dejar de estar a la defensiva. Pero hoy, para Stiles, el ambiente era asfixiante por una razón completamente distinta.
Stiles se pasó una mano por el cabello castaño, despeinándolo aún más de lo habitual. Sus dedos temblaban ligeramente. No era solo su TDAH haciendo de las suyas; era algo más profundo, un calor sordo que empezaba a irradiar desde la base de su columna vertebral. Era su tercer celo desde que se presentó como Omega, y la frustración le quemaba tanto como la biología.
Se suponía que los Omegas eran deseados, buscados, casi adorados en el mundo de la manada. Scott siempre hablaba de lo protector que se sentía con Allison, e incluso Jackson, con toda su arrogancia, no podía evitar orbitar alrededor de Lydia cuando ella estaba cerca de su periodo. ¿Pero Stiles? Stiles se sentía como si tuviera una enfermedad contagiosa. Cada vez que intentaba coquetear con alguien en el instituto, o cuando algún Alfa de paso parecía interesado en su aroma a canela y ozono, la persona simplemente... desaparecía. O peor, huía con el rabo entre las piernas antes de que Stiles pudiera siquiera decir un chiste sarcástico.
Lo que Stiles no sabía, mientras se mordía el labio inferior mirando de reojo a Derek durante la reunión de la manada, era que el loft no olía a hormigón. Olía a *él*. Derek se había encargado de eso durante meses. Cada vez que Stiles se sentaba en el sofá, Derek se sentaba allí después. Cada vez que Stiles dejaba su sudadera, Derek la movía "accidentalmente", impregnándola con su olor a madera de cedro, cuero y bosque húmedo.
Derek Hale era un depredador silencioso que había reclamado su propiedad sin que la propiedad se enterara.
—Stiles, ¿estás escuchando? —La voz de Scott lo sacó de sus pensamientos.
—Sí, claro, "lobos malos, garras fuera, no morir", lo tengo, Scotty —respondió Stiles con su sarcasmo habitual, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal.
Derek, que estaba apoyado contra la columna de acero, entrecerró sus ojos verdes. Sus fosas nasales se dilataron. Podía olerlo. El aroma de Stiles estaba cambiando, volviéndose más dulce, casi empalagoso, con un matiz de angustia que le hacía gruñir en el fondo de su garganta.
—La reunión terminó —sentenció Derek con una autoridad que no admitía réplicas—. Váyanse. Todos.
—Pero Derek, aún no hemos planeado la patrulla de... —empezó Isaac, pero se detuvo en seco cuando Derek le mostró un destello de sus ojos rojos de Alfa.
—Fuera.
Stiles se levantó demasiado rápido y un mareo lo golpeó. El calor en su vientre dio un vuelco.
—Yo... necesito usar el baño —balbuceó Stiles, sin mirar a nadie. Subió las escaleras de rejilla metálica casi tropezando, sintiendo la mirada de Derek clavada en su espalda como un par de cuchillos calientes.
Una vez en el baño, Stiles se apoyó contra el lavabo y jadeó. El espejo le devolvió la imagen de un chico con las mejillas encendidas y los ojos marrones nublados por la lujuria primaria. Se bajó un poco los pantalones, solo para confirmar lo que ya sabía: estaba empapado. Su propio aroma, mezclado con el rastro dominante de Derek que parecía haber impregnado hasta las paredes del baño, era una bomba molotov para sus sentidos.
—Maldita sea —susurró, cerrando los ojos—. ¿Por qué ahora?
Se quedó allí unos minutos, tratando de recuperar el aliento, escuchando los sonidos lejanos de los demás yéndose y el pesado silencio que siguió. Cuando finalmente reunió el valor para bajar, pensando que Derek estaría en su habitación o patrullando, se encontró con que el Alfa seguía allí, de pie en medio del loft, esperándolo.
Stiles bajó el último escalón y se detuvo. El silencio era tan denso que podía oír los latidos del corazón de Derek... y los suyos propios, que galopaban como un caballo desbocado.
—Se han ido todos —dijo Derek. Su voz era un rugido bajo, una vibración que Stiles sintió directamente en su entrepierna.
—Sí, ya veo. Yo también debería... —Stiles dio un paso, pero sus piernas se sentían como gelatina.
Derek no se movió, pero su presencia pareció llenar todo el espacio.
—Hueles a celo, Stiles. Y hueles a mí.
Stiles parpadeó, confundido. El sarcasmo, su mecanismo de defensa favorito, acudió al rescate.
—Bueno, es tu casa, genio. A menos que hayas empezado a usar un perfume de "Omega desesperado", es normal que huela un poco a ti.
Derek dio un paso adelante, acortando la distancia con una gracia animal.
—No es solo la casa. Es tu piel. Tu ropa. Te he marcado tantas veces que cualquier Alfa a un kilómetro a la redonda sabe que si te toca, le arrancaré la garganta.
Stiles se quedó sin habla. Su cerebro, siempre tan rápido, se detuvo en seco. Las piezas del rompecabezas encajaron: los pretendientes que huían, la soledad inexplicable de sus celos anteriores, la forma en que Derek siempre aparecía de la nada cuando alguien se le acercaba demasiado.
—Tú... ¿tú has estado alejándolos? —Stiles dio un paso hacia él, la indignación luchando contra el deseo abrasador—. ¡He pasado dos celos solo y miserable por tu culpa! ¡Casi me muero de frustración con esos estúpidos supresores!
—No te habría gustado ninguno de ellos —gruñó Derek, ahora a solo unos centímetros. Su calor corporal era como un horno—. Ninguno de ellos sabe lo que eres. Ninguno de ellos es tu pareja.
—¿Y tú sí? —desafió Stiles, clavándole el dedo en el pecho firme—. ¿Tú decides quién es mi pareja? Porque ahora mismo, "pareja", me siento como si fuera a entrar en combustión espontánea y tú eres el único Alfa en este edificio.
Derek lo agarró de las muñecas con una fuerza controlada, inmovilizándolo. Sus ojos estaban encendidos en un carmesí brillante.
—Soy el único Alfa que te va a tocar jamás —sentenció Derek. Se inclinó y hundió la nariz en el cuello de Stiles, inhalando profundamente—. Dios, Stiles... hueles tan bien que me estás volviendo loco.
Stiles soltó un gemido involuntario cuando sintió la barba de unos días de Derek rozar su piel sensible. Su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo su garganta.
—Entonces haz algo, Derek. Por favor. No quiero otro celo solo. No quiero más almohadas. Te quiero a ti.
Derek soltó las muñecas de Stiles solo para rodear su cintura y pegarlo a su cuerpo. Stiles pudo sentir la erección de Derek contra su propio deseo, y el contacto lo hizo sollozar.
—No voy a anudarte hoy —susurró Derek contra su oído, su voz cargada de una posesividad oscura—. Si lo hago, no me detendré. Te reclamaré y no podrás volver a caminar en una semana. No quiero perder el control y lastimarte porque mi lobo está exigiendo que te preñe aquí mismo.
—No me importa... —jadeó Stiles, frotándose contra él—. Derek, por favor, me duele.
—Lo sé. Por eso vamos a hacerlo a mi manera.
Derek lo soltó momentáneamente, dejándolo tambaleante, y caminó hacia un pequeño baúl de madera oscura que Stiles nunca había visto abierto. Cuando Derek regresó, traía consigo un par de objetos que hicieron que Stiles abriera los ojos de par en par. Un juguete de silicona negra, grueso y con una base ancha, y un frasco de lubricante.
—Si dejo que mi instinto tome el mando, te romperé —dijo Derek, guiándolo hacia el gran sofá de cuero—. Pero voy a cuidarte. Voy a prepararte para cuando sea el momento de que me recibas de verdad.
Stiles se dejó caer en el sofá, sus manos buscando frenéticamente el botón de sus pantalones.
—Ayúdame, Derek.
El Alfa se arrodilló entre sus piernas. Sus manos, grandes y callosas, apartaron las de Stiles con suavidad pero firmeza.
—Tranquilo, cachorro. Yo me encargo.
Derek desabrochó los jeans de Stiles y los deslizó hacia abajo junto con su ropa interior, dejando la piel pálida y llena de lunares de Stiles expuesta a la tenue luz del loft. Stiles estaba temblando, sus piernas se abrían instintivamente buscando el frío del aire y el calor de las manos de Derek.
—Mírate —murmuró Derek, su mirada recorriendo cada centímetro de la desnudez de Stiles—. Eres perfecto. Mi Omega.
Derek vertió una cantidad generosa de lubricante en sus dedos y comenzó a masajear la entrada de Stiles. El Omega soltó un grito ahogado, arqueando la espalda.
—¡Derek!
—Relájate para mí, Stiles. Solo para mí.
Los dedos de Derek se adentraron con una lentitud tortuosa, estirándolo, encontrando el punto exacto que hacía que Stiles viera estrellas. El olor a celo se intensificó, llenando el aire de una fragancia embriagadora que hacía que los colmillos de Derek picaran por salir.
—Más... ponme eso... —suplicó Stiles, señalando el juguete que Derek había dejado a un lado.
Derek tomó el objeto. No era un juguete cualquiera; era pesado y estaba diseñado para imitar la anatomía de un lobo, con un nudo pronunciado en la base.
—Esto te va a llenar, Stiles. Va a hacerte sentir como si yo estuviera dentro de ti mientras te observo —dijo Derek, su voz volviéndose cada vez más animal—. Quiero que sepas quién te posee.
Derek introdujo la punta lentamente. Stiles jadeó, sus dedos enterrándose en el cuero del sofá. Era enorme, mucho más de lo que sus dedos habían preparado, pero su cuerpo, impulsado por las hormonas del celo, se abría con una avidez desesperada.
—Oh, Dios... Derek...
—Mírame, Stiles. No cierres los ojos.
Stiles obedeció, encontrando la mirada roja y ardiente de su Alfa. Derek empujó el juguete con firmeza, centímetro a centímetro, hasta que el nudo falso comenzó a presionar la entrada de Stiles.
—¡Ah! —Stiles gritó, sus caderas sacudiéndose—. ¡Es demasiado... me va a...!
—No te vas a romper. Estás hecho para esto. Estás hecho para mí —rugió Derek, su propia mano bajando a su pantalón para masajearse por encima de la tela, incapaz de resistir más—. Llora para mí, Stiles. Dime cuánto me necesitas.
—Te necesito... ¡Te quiero a ti, no a esto! —Stiles estiró la mano, agarrando la chaqueta de cuero de Derek y tirando de él hacia abajo—. ¡Entra, Derek! ¡Muerdeme, márcame, hazme tuyo!
Derek gruñó, un sonido que vibró en el pecho de Stiles. Se inclinó, capturando los labios del Omega en un beso salvaje, hambriento, que sabía a posesión y a años de deseo contenido. Sus lenguas lucharon, y Stiles pudo sentir el sabor metálico de la sangre cuando Derek accidentalmente lo rozó con un colmillo.
—Todavía no —jadeó Derek contra sus labios, moviendo el juguete rítmicamente dentro de Stiles, provocando que el Omega se retorciera y soltara ruidos que no eran humanos—. Tu celo apenas empieza. Voy a pasar cada segundo de estos tres días recordándote a quién perteneces.
Derek aumentó el ritmo, sus manos ahora apretando los muslos de Stiles, dejando marcas rojas que se convertirían en moretones al día siguiente. Stiles estaba en un estado de éxtasis puro, su mente TDAH finalmente en silencio, enfocada únicamente en la sensación de plenitud y en el Alfa que lo dominaba.
—¡Derek! ¡Voy a...! —Stiles se tensó, sus ojos se pusieron en blanco mientras el orgasmo lo golpeaba con la fuerza de un rayo. Su cuerpo se sacudió violentamente, y su esencia salpicó su propio abdomen y la mano de Derek.
Derek no se detuvo. Siguió moviendo el juguete, manteniendo a Stiles en la cima de la sensibilidad, disfrutando de los espasmos de su Omega.
—No hemos terminado —susurró Derek, su voz llena de una promesa oscura y deliciosa—. Esto es solo el principio. He esperado demasiado para dejarte ir tan pronto.
Stiles, agotado pero todavía ardiendo por la fiebre del celo, rodeó el cuello de Derek con sus brazos.
—No me dejes... —susurró, su voz rota—. No me dejes solo otra vez.
Derek lo levantó en sus brazos, juguete y todo, como si no pesara nada, y comenzó a caminar hacia las escaleras que llevaban a su cama.
—Nunca —prometió el Alfa—. A partir de hoy, el mundo entero sabrá que eres mío. Y el próximo celo... el próximo celo no habrá juguetes que nos separen.
Stiles apoyó la cabeza en el hombro de Derek, inhalando el aroma que ahora era su hogar. Sabía que el camino por delante sería complicado, que Scott tendría preguntas y que su padre probablemente intentaría dispararle a Derek, pero mientras sentía los brazos del Alfa rodeándolo con esa fuerza protectora y posesiva, Stiles supo que finalmente, por primera vez, estaba exactamente donde pertenecía.
El celo apenas comenzaba, y Stiles Stilinski nunca se había sentido tan vivo.
Stiles se pasó una mano por el cabello castaño, despeinándolo aún más de lo habitual. Sus dedos temblaban ligeramente. No era solo su TDAH haciendo de las suyas; era algo más profundo, un calor sordo que empezaba a irradiar desde la base de su columna vertebral. Era su tercer celo desde que se presentó como Omega, y la frustración le quemaba tanto como la biología.
Se suponía que los Omegas eran deseados, buscados, casi adorados en el mundo de la manada. Scott siempre hablaba de lo protector que se sentía con Allison, e incluso Jackson, con toda su arrogancia, no podía evitar orbitar alrededor de Lydia cuando ella estaba cerca de su periodo. ¿Pero Stiles? Stiles se sentía como si tuviera una enfermedad contagiosa. Cada vez que intentaba coquetear con alguien en el instituto, o cuando algún Alfa de paso parecía interesado en su aroma a canela y ozono, la persona simplemente... desaparecía. O peor, huía con el rabo entre las piernas antes de que Stiles pudiera siquiera decir un chiste sarcástico.
Lo que Stiles no sabía, mientras se mordía el labio inferior mirando de reojo a Derek durante la reunión de la manada, era que el loft no olía a hormigón. Olía a *él*. Derek se había encargado de eso durante meses. Cada vez que Stiles se sentaba en el sofá, Derek se sentaba allí después. Cada vez que Stiles dejaba su sudadera, Derek la movía "accidentalmente", impregnándola con su olor a madera de cedro, cuero y bosque húmedo.
Derek Hale era un depredador silencioso que había reclamado su propiedad sin que la propiedad se enterara.
—Stiles, ¿estás escuchando? —La voz de Scott lo sacó de sus pensamientos.
—Sí, claro, "lobos malos, garras fuera, no morir", lo tengo, Scotty —respondió Stiles con su sarcasmo habitual, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal.
Derek, que estaba apoyado contra la columna de acero, entrecerró sus ojos verdes. Sus fosas nasales se dilataron. Podía olerlo. El aroma de Stiles estaba cambiando, volviéndose más dulce, casi empalagoso, con un matiz de angustia que le hacía gruñir en el fondo de su garganta.
—La reunión terminó —sentenció Derek con una autoridad que no admitía réplicas—. Váyanse. Todos.
—Pero Derek, aún no hemos planeado la patrulla de... —empezó Isaac, pero se detuvo en seco cuando Derek le mostró un destello de sus ojos rojos de Alfa.
—Fuera.
Stiles se levantó demasiado rápido y un mareo lo golpeó. El calor en su vientre dio un vuelco.
—Yo... necesito usar el baño —balbuceó Stiles, sin mirar a nadie. Subió las escaleras de rejilla metálica casi tropezando, sintiendo la mirada de Derek clavada en su espalda como un par de cuchillos calientes.
Una vez en el baño, Stiles se apoyó contra el lavabo y jadeó. El espejo le devolvió la imagen de un chico con las mejillas encendidas y los ojos marrones nublados por la lujuria primaria. Se bajó un poco los pantalones, solo para confirmar lo que ya sabía: estaba empapado. Su propio aroma, mezclado con el rastro dominante de Derek que parecía haber impregnado hasta las paredes del baño, era una bomba molotov para sus sentidos.
—Maldita sea —susurró, cerrando los ojos—. ¿Por qué ahora?
Se quedó allí unos minutos, tratando de recuperar el aliento, escuchando los sonidos lejanos de los demás yéndose y el pesado silencio que siguió. Cuando finalmente reunió el valor para bajar, pensando que Derek estaría en su habitación o patrullando, se encontró con que el Alfa seguía allí, de pie en medio del loft, esperándolo.
Stiles bajó el último escalón y se detuvo. El silencio era tan denso que podía oír los latidos del corazón de Derek... y los suyos propios, que galopaban como un caballo desbocado.
—Se han ido todos —dijo Derek. Su voz era un rugido bajo, una vibración que Stiles sintió directamente en su entrepierna.
—Sí, ya veo. Yo también debería... —Stiles dio un paso, pero sus piernas se sentían como gelatina.
Derek no se movió, pero su presencia pareció llenar todo el espacio.
—Hueles a celo, Stiles. Y hueles a mí.
Stiles parpadeó, confundido. El sarcasmo, su mecanismo de defensa favorito, acudió al rescate.
—Bueno, es tu casa, genio. A menos que hayas empezado a usar un perfume de "Omega desesperado", es normal que huela un poco a ti.
Derek dio un paso adelante, acortando la distancia con una gracia animal.
—No es solo la casa. Es tu piel. Tu ropa. Te he marcado tantas veces que cualquier Alfa a un kilómetro a la redonda sabe que si te toca, le arrancaré la garganta.
Stiles se quedó sin habla. Su cerebro, siempre tan rápido, se detuvo en seco. Las piezas del rompecabezas encajaron: los pretendientes que huían, la soledad inexplicable de sus celos anteriores, la forma en que Derek siempre aparecía de la nada cuando alguien se le acercaba demasiado.
—Tú... ¿tú has estado alejándolos? —Stiles dio un paso hacia él, la indignación luchando contra el deseo abrasador—. ¡He pasado dos celos solo y miserable por tu culpa! ¡Casi me muero de frustración con esos estúpidos supresores!
—No te habría gustado ninguno de ellos —gruñó Derek, ahora a solo unos centímetros. Su calor corporal era como un horno—. Ninguno de ellos sabe lo que eres. Ninguno de ellos es tu pareja.
—¿Y tú sí? —desafió Stiles, clavándole el dedo en el pecho firme—. ¿Tú decides quién es mi pareja? Porque ahora mismo, "pareja", me siento como si fuera a entrar en combustión espontánea y tú eres el único Alfa en este edificio.
Derek lo agarró de las muñecas con una fuerza controlada, inmovilizándolo. Sus ojos estaban encendidos en un carmesí brillante.
—Soy el único Alfa que te va a tocar jamás —sentenció Derek. Se inclinó y hundió la nariz en el cuello de Stiles, inhalando profundamente—. Dios, Stiles... hueles tan bien que me estás volviendo loco.
Stiles soltó un gemido involuntario cuando sintió la barba de unos días de Derek rozar su piel sensible. Su cabeza cayó hacia atrás, exponiendo su garganta.
—Entonces haz algo, Derek. Por favor. No quiero otro celo solo. No quiero más almohadas. Te quiero a ti.
Derek soltó las muñecas de Stiles solo para rodear su cintura y pegarlo a su cuerpo. Stiles pudo sentir la erección de Derek contra su propio deseo, y el contacto lo hizo sollozar.
—No voy a anudarte hoy —susurró Derek contra su oído, su voz cargada de una posesividad oscura—. Si lo hago, no me detendré. Te reclamaré y no podrás volver a caminar en una semana. No quiero perder el control y lastimarte porque mi lobo está exigiendo que te preñe aquí mismo.
—No me importa... —jadeó Stiles, frotándose contra él—. Derek, por favor, me duele.
—Lo sé. Por eso vamos a hacerlo a mi manera.
Derek lo soltó momentáneamente, dejándolo tambaleante, y caminó hacia un pequeño baúl de madera oscura que Stiles nunca había visto abierto. Cuando Derek regresó, traía consigo un par de objetos que hicieron que Stiles abriera los ojos de par en par. Un juguete de silicona negra, grueso y con una base ancha, y un frasco de lubricante.
—Si dejo que mi instinto tome el mando, te romperé —dijo Derek, guiándolo hacia el gran sofá de cuero—. Pero voy a cuidarte. Voy a prepararte para cuando sea el momento de que me recibas de verdad.
Stiles se dejó caer en el sofá, sus manos buscando frenéticamente el botón de sus pantalones.
—Ayúdame, Derek.
El Alfa se arrodilló entre sus piernas. Sus manos, grandes y callosas, apartaron las de Stiles con suavidad pero firmeza.
—Tranquilo, cachorro. Yo me encargo.
Derek desabrochó los jeans de Stiles y los deslizó hacia abajo junto con su ropa interior, dejando la piel pálida y llena de lunares de Stiles expuesta a la tenue luz del loft. Stiles estaba temblando, sus piernas se abrían instintivamente buscando el frío del aire y el calor de las manos de Derek.
—Mírate —murmuró Derek, su mirada recorriendo cada centímetro de la desnudez de Stiles—. Eres perfecto. Mi Omega.
Derek vertió una cantidad generosa de lubricante en sus dedos y comenzó a masajear la entrada de Stiles. El Omega soltó un grito ahogado, arqueando la espalda.
—¡Derek!
—Relájate para mí, Stiles. Solo para mí.
Los dedos de Derek se adentraron con una lentitud tortuosa, estirándolo, encontrando el punto exacto que hacía que Stiles viera estrellas. El olor a celo se intensificó, llenando el aire de una fragancia embriagadora que hacía que los colmillos de Derek picaran por salir.
—Más... ponme eso... —suplicó Stiles, señalando el juguete que Derek había dejado a un lado.
Derek tomó el objeto. No era un juguete cualquiera; era pesado y estaba diseñado para imitar la anatomía de un lobo, con un nudo pronunciado en la base.
—Esto te va a llenar, Stiles. Va a hacerte sentir como si yo estuviera dentro de ti mientras te observo —dijo Derek, su voz volviéndose cada vez más animal—. Quiero que sepas quién te posee.
Derek introdujo la punta lentamente. Stiles jadeó, sus dedos enterrándose en el cuero del sofá. Era enorme, mucho más de lo que sus dedos habían preparado, pero su cuerpo, impulsado por las hormonas del celo, se abría con una avidez desesperada.
—Oh, Dios... Derek...
—Mírame, Stiles. No cierres los ojos.
Stiles obedeció, encontrando la mirada roja y ardiente de su Alfa. Derek empujó el juguete con firmeza, centímetro a centímetro, hasta que el nudo falso comenzó a presionar la entrada de Stiles.
—¡Ah! —Stiles gritó, sus caderas sacudiéndose—. ¡Es demasiado... me va a...!
—No te vas a romper. Estás hecho para esto. Estás hecho para mí —rugió Derek, su propia mano bajando a su pantalón para masajearse por encima de la tela, incapaz de resistir más—. Llora para mí, Stiles. Dime cuánto me necesitas.
—Te necesito... ¡Te quiero a ti, no a esto! —Stiles estiró la mano, agarrando la chaqueta de cuero de Derek y tirando de él hacia abajo—. ¡Entra, Derek! ¡Muerdeme, márcame, hazme tuyo!
Derek gruñó, un sonido que vibró en el pecho de Stiles. Se inclinó, capturando los labios del Omega en un beso salvaje, hambriento, que sabía a posesión y a años de deseo contenido. Sus lenguas lucharon, y Stiles pudo sentir el sabor metálico de la sangre cuando Derek accidentalmente lo rozó con un colmillo.
—Todavía no —jadeó Derek contra sus labios, moviendo el juguete rítmicamente dentro de Stiles, provocando que el Omega se retorciera y soltara ruidos que no eran humanos—. Tu celo apenas empieza. Voy a pasar cada segundo de estos tres días recordándote a quién perteneces.
Derek aumentó el ritmo, sus manos ahora apretando los muslos de Stiles, dejando marcas rojas que se convertirían en moretones al día siguiente. Stiles estaba en un estado de éxtasis puro, su mente TDAH finalmente en silencio, enfocada únicamente en la sensación de plenitud y en el Alfa que lo dominaba.
—¡Derek! ¡Voy a...! —Stiles se tensó, sus ojos se pusieron en blanco mientras el orgasmo lo golpeaba con la fuerza de un rayo. Su cuerpo se sacudió violentamente, y su esencia salpicó su propio abdomen y la mano de Derek.
Derek no se detuvo. Siguió moviendo el juguete, manteniendo a Stiles en la cima de la sensibilidad, disfrutando de los espasmos de su Omega.
—No hemos terminado —susurró Derek, su voz llena de una promesa oscura y deliciosa—. Esto es solo el principio. He esperado demasiado para dejarte ir tan pronto.
Stiles, agotado pero todavía ardiendo por la fiebre del celo, rodeó el cuello de Derek con sus brazos.
—No me dejes... —susurró, su voz rota—. No me dejes solo otra vez.
Derek lo levantó en sus brazos, juguete y todo, como si no pesara nada, y comenzó a caminar hacia las escaleras que llevaban a su cama.
—Nunca —prometió el Alfa—. A partir de hoy, el mundo entero sabrá que eres mío. Y el próximo celo... el próximo celo no habrá juguetes que nos separen.
Stiles apoyó la cabeza en el hombro de Derek, inhalando el aroma que ahora era su hogar. Sabía que el camino por delante sería complicado, que Scott tendría preguntas y que su padre probablemente intentaría dispararle a Derek, pero mientras sentía los brazos del Alfa rodeándolo con esa fuerza protectora y posesiva, Stiles supo que finalmente, por primera vez, estaba exactamente donde pertenecía.
El celo apenas comenzaba, y Stiles Stilinski nunca se había sentido tan vivo.
