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Una noche de locos
Fandom: Kengan ashura
Created: 3/26/2026
Tags
DramaAngstPsychologicalDarkCharacter StudyAlcohol AbuseCanon SettingExplicit Language
Pecados de una Noche de Niebla
El dolor de cabeza golpeaba el interior del cráneo de Ohma Tokita con la fuerza de un martillo de demolición. No era el tipo de dolor que uno siente después de recibir un golpe de Wakatsuki Takeshi o un codazo de Saw Paing; era una vibración sorda, viscosa y persistente que parecía nacer detrás de sus ojos y extenderse hasta la nuca.
Ohma parpadeó, tratando de enfocar la vista. El techo no era el de su habitación habitual en el recinto de la Asociación Kengan, ni el de la cabaña de Yamashita Kazuo. Era un techo elegante, de un color crema inmaculado, con molduras que gritaban "lujo excesivo".
—Maldita sea... —gruñó, intentando incorporarse.
El recuerdo de la noche anterior era un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las piezas. Recordaba a Rihito riendo a carcajadas, golpeándole la espalda con esa fuerza bruta suya y desafiándolo a un concurso de bebidas en un bar de mala muerte en el distrito de ocio. "¡Vamos, Ohma! ¡Incluso el Ashura necesita relajarse!", le había gritado el rubio mientras pedía la tercera ronda de un sake que olía a combustible de avión.
Después de eso, las imágenes se volvían borrosas. Luces de neón, el sabor amargo del alcohol, la risa de Rihito volviéndose más distante y... una presencia. Una presencia que conocía demasiado bien, un aroma que mezclaba perfume caro con algo metálico, algo obsesivo.
Ohma sintió un peso frío sobre su pecho. Al bajar la mirada, el aire se quedó atascado en sus pulmones.
No estaba solo.
A su lado, envuelto en sábanas de seda negra que contrastaban con su piel pálida, dormía Kiryu Setsuna. El "Hermoso Demonio" tenía una expresión de paz absoluta, una que Ohma nunca le había visto en el fragor del combate o en sus momentos de locura mística. Su cabello oscuro caía en cascada sobre la almohada, y un ligero rastro de marcas rojas adornaba su cuello y hombros.
Ohma sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío matutino. Se levantó de golpe, ignorando las punzadas de dolor en su sien, y se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. En el suelo, su ropa estaba esparcida y mezclada con las prendas de diseño de Kiryu.
—No puede ser... —susurró para sí mismo, pasándose una mano por el rostro—. Dime que esto es una técnica de hipnosis de ese loco.
—No es una ilusión, Ohma —una voz suave y melódica rompió el silencio de la habitación.
Ohma se giró bruscamente. Kiryu se había incorporado parcialmente, apoyándose en sus codos. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que hizo que Ohma retrocediera un paso instintivamente. No había rastro de la sed de sangre habitual, solo una satisfacción profunda y perturbadora.
—¿Qué demonios hiciste, Setsuna? —preguntó Ohma, su voz era ronca y cargada de una amenaza contenida.
Kiryu soltó una risita ligera, un sonido que erizó los vellos de la nuca de Ohma.
—¿Yo? Ohma, tú fuiste quien me encontró. Estabas tan... eufórico. Rihito se había quedado dormido en la barra y tú decidiste que querías seguir la fiesta. Cuando me viste, no intentaste matarme. Al menos, no de la forma habitual.
Ohma apretó los puños. Fragmentos de memoria empezaron a volver, golpeándolo como ráfagas de viento. Recordaba haber salido del bar, tambaleándose bajo la lluvia fina. Recordaba haber visto a Kiryu esperándolo en un callejón, como siempre, acechando en las sombras. Pero en lugar de activar el Avance o prepararse para el Estilo Niko, recordaba haberlo agarrado por la solapa de su camisa y haberle dicho algo... algo estúpido.
—"Tú siempre estás molestando..." —murmuró Ohma, la vergüenza empezando a arder en su pecho.
—"Tú siempre estás observando, así que mírame de cerca" —corrigió Kiryu con una sonrisa felina—. Eso fue lo que dijiste antes de besarme. Debo admitir que el alcohol te vuelve mucho más directo, mi querido Dios.
Ohma se sentó en el borde de la cama, hundiendo la cabeza entre sus manos. La situación era un desastre total. Había pasado años tratando de alejarse de la obsesión de Kiryu, intentando que el hombre entendiera que no era su "Dios" ni su salvador, y en una noche de debilidad inducida por el sake de Rihito, había derribado todas sus defensas.
—Esto no significa nada —dijo Ohma con frialdad—. Estaba borracho. No sabía lo que hacía.
Kiryu se deslizó por la cama como una serpiente, acercándose hasta que Ohma pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Tu cuerpo parecía saberlo muy bien —susurró Kiryu al oído de Ohma—. Cada caricia, cada vez que pronunciaste mi nombre... No fue el Estilo Niko lo que usaste anoche, Ohma. Fue algo mucho más humano. Mucho más real.
Ohma se puso de pie de un salto, buscando sus pantalones con desesperación.
—Cállate. Me voy. Esto nunca pasó, ¿entiendes? Si le dices una palabra de esto a alguien, te mataré de verdad.
Kiryu se recostó de nuevo, observando con deleite cómo el Ashura se vestía a toda prisa, cometiendo errores torpes que nunca cometería en una pelea.
—Puedes negarlo todo lo que quieras —dijo Kiryu, jugueteando con un mechón de su propio cabello—. Pero ahora hay un vínculo entre nosotros que ni siquiera tu maestro podría romper. Me diste lo que siempre quise, Ohma. Me dejaste entrar.
Ohma se terminó de poner la camisa, ignorando que estaba mal abotonada. Se dirigió a la puerta de la lujosa suite de hotel, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro. Kiryu lo observaba con esa devoción enfermiza, pero había algo más en su mirada: una chispa de triunfo.
—¿Por qué no me mataste mientras dormía? —preguntó Ohma—. Hubiera sido la oportunidad perfecta para terminar tu "sacrificio".
Kiryu ladeó la cabeza, su expresión volviéndose extrañamente seria por un momento.
—¿Y perderme la expresión de tu cara esta mañana? Jamás. Además... —su sonrisa volvió, más amplia y perturbadora— un Dios no es divertido si está muerto antes de que rinda su culto completo.
Ohma no respondió. Salió de la habitación y cerró la puerta con un estruendo que resonó en todo el pasillo. Caminó a paso rápido por el hotel, tratando de ignorar las miradas de los empleados. Solo quería llegar a su casa, meterse bajo una ducha fría y olvidar que Kiryu Setsuna conocía ahora una faceta suya que nadie más conocía.
Al salir a la calle, el aire fresco de la mañana le golpeó la cara. El brillo del sol le molestaba, y el ruido del tráfico de Tokio parecía amplificado. Se palpó los bolsillos y encontró su teléfono. Tenía diez llamadas perdidas de Rihito.
Suspiró y devolvió la llamada.
—¡Ohma! ¡Amigo! ¿Dónde te metiste? —la voz de Rihito era un trueno de alegría y resaca—. Me desperté en el suelo del bar y el dueño me estaba echando a patadas. ¡Te busqué por todas partes!
—Me fui a casa, Rihito —mintió Ohma, su voz sonando más cansada de lo normal.
—¿A casa? Pero si te vi irte con alguien... espera, ¿era una chica? ¡Maldito suertudo! ¡El Ashura anotando puntos fuera del ring! —Rihito soltó una carcajada ruidosa.
Ohma cerró los ojos, visualizando la cara de Kiryu y sintiendo un nudo en el estómago.
—No era nada de eso. Olvídalo. No vuelvas a mencionarlo.
—¡Vaya, qué humor! —dijo Rihito, aunque bajó un poco el tono—. Oye, ¿estás bien? Suenas como si te hubiera atropellado un camión de la Fundación Furumi.
—Estoy bien. Solo... necesito entrenar. Mucho.
Colgó el teléfono antes de que Rihito pudiera hacer más preguntas. Ohma comenzó a caminar hacia el bosque donde solía practicar sus katas. Necesitaba golpear algo. Necesitaba sentir la resistencia de la corteza de los árboles contra sus nudillos para convencerse de que seguía siendo el mismo hombre de ayer.
Sin embargo, mientras caminaba, un recuerdo involuntario cruzó su mente. El tacto de las manos de Kiryu, la forma en que sus ojos habían brillado bajo la luz de la luna que entraba por la ventana del hotel, y la extraña vulnerabilidad que ambos habían compartido en ese breve espacio de tiempo.
Ohma se detuvo en seco y golpeó un poste de luz cercano con el dorso de la mano, dejando una abolladura en el metal.
—Maldito seas, Setsuna —gruñó.
Sabía que esto no terminaría aquí. Kiryu no era de los que dejaban pasar algo así. A partir de ahora, cada encuentro en el torneo, cada sombra en la noche, tendría un peso diferente. El Hermoso Demonio había encontrado una nueva forma de atormentarlo, una que no involucraba el Estilo Koei ni el Rakshasa's Palm, sino algo mucho más difícil de bloquear.
Mientras tanto, en la habitación del hotel, Kiryu Setsuna seguía recostado en la cama, aspirando el aroma que Ohma había dejado en las sábanas.
—Oh, Ohma... —susurró para las paredes vacías—. Esto es solo el comienzo.
El "Ashura" podía ser el guerrero más fuerte, el hombre que desafiaba a la muerte y a los dioses, pero esa noche, bajo los efectos del alcohol y la confusión, había demostrado ser simplemente humano. Y para Kiryu, eso lo hacía aún más perfecto.
Ohma llegó al claro del bosque y se quitó la camisa, lanzándola al suelo con rabia. Se puso en posición de combate, cerrando los ojos y tratando de vaciar su mente. Comenzó a ejecutar el Kata de Adamantino, endureciendo sus músculos hasta que se sintieron como hierro.
Golpeó el aire, una, dos, cien veces. Pero por mucho que entrenara, por mucho que tensara sus músculos, no podía deshacerse de la sensación de que algo dentro de él había cambiado. El enemigo ya no estaba solo frente a él; ahora, de alguna manera, Kiryu Setsuna se había hecho un lugar bajo su piel.
—La próxima vez que lo vea —se prometió Ohma, lanzando un golpe que partió el aire con un silbido sónico—, lo arreglaremos en la arena.
Pero en el fondo de su mente, una pequeña parte de él sabía que las deudas contraídas en una noche de embriaguez no se pagaban con sangre, sino con algo que él todavía no estaba listo para comprender.
El sol terminó de salir, iluminando el bosque y al guerrero que luchaba contra sus propios fantasmas. La ciudad de Tokio despertaba, ajena al hecho de que dos de sus luchadores más peligrosos habían compartido un secreto que podría cambiar el destino de sus próximos enfrentamientos.
Ohma Tokita siguió entrenando hasta que sus nudillos sangraron y sus pulmones ardieron, buscando en el dolor físico una salida a la confusión mental. Pero cada vez que cerraba los ojos para concentrarse, la risa suave de Kiryu volvía a resonar, recordándole que hay batallas que no se ganan con los puños, y pecados que no se olvidan ni con el más fuerte de los sakes.
Ohma parpadeó, tratando de enfocar la vista. El techo no era el de su habitación habitual en el recinto de la Asociación Kengan, ni el de la cabaña de Yamashita Kazuo. Era un techo elegante, de un color crema inmaculado, con molduras que gritaban "lujo excesivo".
—Maldita sea... —gruñó, intentando incorporarse.
El recuerdo de la noche anterior era un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las piezas. Recordaba a Rihito riendo a carcajadas, golpeándole la espalda con esa fuerza bruta suya y desafiándolo a un concurso de bebidas en un bar de mala muerte en el distrito de ocio. "¡Vamos, Ohma! ¡Incluso el Ashura necesita relajarse!", le había gritado el rubio mientras pedía la tercera ronda de un sake que olía a combustible de avión.
Después de eso, las imágenes se volvían borrosas. Luces de neón, el sabor amargo del alcohol, la risa de Rihito volviéndose más distante y... una presencia. Una presencia que conocía demasiado bien, un aroma que mezclaba perfume caro con algo metálico, algo obsesivo.
Ohma sintió un peso frío sobre su pecho. Al bajar la mirada, el aire se quedó atascado en sus pulmones.
No estaba solo.
A su lado, envuelto en sábanas de seda negra que contrastaban con su piel pálida, dormía Kiryu Setsuna. El "Hermoso Demonio" tenía una expresión de paz absoluta, una que Ohma nunca le había visto en el fragor del combate o en sus momentos de locura mística. Su cabello oscuro caía en cascada sobre la almohada, y un ligero rastro de marcas rojas adornaba su cuello y hombros.
Ohma sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío matutino. Se levantó de golpe, ignorando las punzadas de dolor en su sien, y se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. En el suelo, su ropa estaba esparcida y mezclada con las prendas de diseño de Kiryu.
—No puede ser... —susurró para sí mismo, pasándose una mano por el rostro—. Dime que esto es una técnica de hipnosis de ese loco.
—No es una ilusión, Ohma —una voz suave y melódica rompió el silencio de la habitación.
Ohma se giró bruscamente. Kiryu se había incorporado parcialmente, apoyándose en sus codos. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que hizo que Ohma retrocediera un paso instintivamente. No había rastro de la sed de sangre habitual, solo una satisfacción profunda y perturbadora.
—¿Qué demonios hiciste, Setsuna? —preguntó Ohma, su voz era ronca y cargada de una amenaza contenida.
Kiryu soltó una risita ligera, un sonido que erizó los vellos de la nuca de Ohma.
—¿Yo? Ohma, tú fuiste quien me encontró. Estabas tan... eufórico. Rihito se había quedado dormido en la barra y tú decidiste que querías seguir la fiesta. Cuando me viste, no intentaste matarme. Al menos, no de la forma habitual.
Ohma apretó los puños. Fragmentos de memoria empezaron a volver, golpeándolo como ráfagas de viento. Recordaba haber salido del bar, tambaleándose bajo la lluvia fina. Recordaba haber visto a Kiryu esperándolo en un callejón, como siempre, acechando en las sombras. Pero en lugar de activar el Avance o prepararse para el Estilo Niko, recordaba haberlo agarrado por la solapa de su camisa y haberle dicho algo... algo estúpido.
—"Tú siempre estás molestando..." —murmuró Ohma, la vergüenza empezando a arder en su pecho.
—"Tú siempre estás observando, así que mírame de cerca" —corrigió Kiryu con una sonrisa felina—. Eso fue lo que dijiste antes de besarme. Debo admitir que el alcohol te vuelve mucho más directo, mi querido Dios.
Ohma se sentó en el borde de la cama, hundiendo la cabeza entre sus manos. La situación era un desastre total. Había pasado años tratando de alejarse de la obsesión de Kiryu, intentando que el hombre entendiera que no era su "Dios" ni su salvador, y en una noche de debilidad inducida por el sake de Rihito, había derribado todas sus defensas.
—Esto no significa nada —dijo Ohma con frialdad—. Estaba borracho. No sabía lo que hacía.
Kiryu se deslizó por la cama como una serpiente, acercándose hasta que Ohma pudo sentir el calor de su cuerpo.
—Tu cuerpo parecía saberlo muy bien —susurró Kiryu al oído de Ohma—. Cada caricia, cada vez que pronunciaste mi nombre... No fue el Estilo Niko lo que usaste anoche, Ohma. Fue algo mucho más humano. Mucho más real.
Ohma se puso de pie de un salto, buscando sus pantalones con desesperación.
—Cállate. Me voy. Esto nunca pasó, ¿entiendes? Si le dices una palabra de esto a alguien, te mataré de verdad.
Kiryu se recostó de nuevo, observando con deleite cómo el Ashura se vestía a toda prisa, cometiendo errores torpes que nunca cometería en una pelea.
—Puedes negarlo todo lo que quieras —dijo Kiryu, jugueteando con un mechón de su propio cabello—. Pero ahora hay un vínculo entre nosotros que ni siquiera tu maestro podría romper. Me diste lo que siempre quise, Ohma. Me dejaste entrar.
Ohma se terminó de poner la camisa, ignorando que estaba mal abotonada. Se dirigió a la puerta de la lujosa suite de hotel, pero antes de salir, se detuvo y miró por encima del hombro. Kiryu lo observaba con esa devoción enfermiza, pero había algo más en su mirada: una chispa de triunfo.
—¿Por qué no me mataste mientras dormía? —preguntó Ohma—. Hubiera sido la oportunidad perfecta para terminar tu "sacrificio".
Kiryu ladeó la cabeza, su expresión volviéndose extrañamente seria por un momento.
—¿Y perderme la expresión de tu cara esta mañana? Jamás. Además... —su sonrisa volvió, más amplia y perturbadora— un Dios no es divertido si está muerto antes de que rinda su culto completo.
Ohma no respondió. Salió de la habitación y cerró la puerta con un estruendo que resonó en todo el pasillo. Caminó a paso rápido por el hotel, tratando de ignorar las miradas de los empleados. Solo quería llegar a su casa, meterse bajo una ducha fría y olvidar que Kiryu Setsuna conocía ahora una faceta suya que nadie más conocía.
Al salir a la calle, el aire fresco de la mañana le golpeó la cara. El brillo del sol le molestaba, y el ruido del tráfico de Tokio parecía amplificado. Se palpó los bolsillos y encontró su teléfono. Tenía diez llamadas perdidas de Rihito.
Suspiró y devolvió la llamada.
—¡Ohma! ¡Amigo! ¿Dónde te metiste? —la voz de Rihito era un trueno de alegría y resaca—. Me desperté en el suelo del bar y el dueño me estaba echando a patadas. ¡Te busqué por todas partes!
—Me fui a casa, Rihito —mintió Ohma, su voz sonando más cansada de lo normal.
—¿A casa? Pero si te vi irte con alguien... espera, ¿era una chica? ¡Maldito suertudo! ¡El Ashura anotando puntos fuera del ring! —Rihito soltó una carcajada ruidosa.
Ohma cerró los ojos, visualizando la cara de Kiryu y sintiendo un nudo en el estómago.
—No era nada de eso. Olvídalo. No vuelvas a mencionarlo.
—¡Vaya, qué humor! —dijo Rihito, aunque bajó un poco el tono—. Oye, ¿estás bien? Suenas como si te hubiera atropellado un camión de la Fundación Furumi.
—Estoy bien. Solo... necesito entrenar. Mucho.
Colgó el teléfono antes de que Rihito pudiera hacer más preguntas. Ohma comenzó a caminar hacia el bosque donde solía practicar sus katas. Necesitaba golpear algo. Necesitaba sentir la resistencia de la corteza de los árboles contra sus nudillos para convencerse de que seguía siendo el mismo hombre de ayer.
Sin embargo, mientras caminaba, un recuerdo involuntario cruzó su mente. El tacto de las manos de Kiryu, la forma en que sus ojos habían brillado bajo la luz de la luna que entraba por la ventana del hotel, y la extraña vulnerabilidad que ambos habían compartido en ese breve espacio de tiempo.
Ohma se detuvo en seco y golpeó un poste de luz cercano con el dorso de la mano, dejando una abolladura en el metal.
—Maldito seas, Setsuna —gruñó.
Sabía que esto no terminaría aquí. Kiryu no era de los que dejaban pasar algo así. A partir de ahora, cada encuentro en el torneo, cada sombra en la noche, tendría un peso diferente. El Hermoso Demonio había encontrado una nueva forma de atormentarlo, una que no involucraba el Estilo Koei ni el Rakshasa's Palm, sino algo mucho más difícil de bloquear.
Mientras tanto, en la habitación del hotel, Kiryu Setsuna seguía recostado en la cama, aspirando el aroma que Ohma había dejado en las sábanas.
—Oh, Ohma... —susurró para las paredes vacías—. Esto es solo el comienzo.
El "Ashura" podía ser el guerrero más fuerte, el hombre que desafiaba a la muerte y a los dioses, pero esa noche, bajo los efectos del alcohol y la confusión, había demostrado ser simplemente humano. Y para Kiryu, eso lo hacía aún más perfecto.
Ohma llegó al claro del bosque y se quitó la camisa, lanzándola al suelo con rabia. Se puso en posición de combate, cerrando los ojos y tratando de vaciar su mente. Comenzó a ejecutar el Kata de Adamantino, endureciendo sus músculos hasta que se sintieron como hierro.
Golpeó el aire, una, dos, cien veces. Pero por mucho que entrenara, por mucho que tensara sus músculos, no podía deshacerse de la sensación de que algo dentro de él había cambiado. El enemigo ya no estaba solo frente a él; ahora, de alguna manera, Kiryu Setsuna se había hecho un lugar bajo su piel.
—La próxima vez que lo vea —se prometió Ohma, lanzando un golpe que partió el aire con un silbido sónico—, lo arreglaremos en la arena.
Pero en el fondo de su mente, una pequeña parte de él sabía que las deudas contraídas en una noche de embriaguez no se pagaban con sangre, sino con algo que él todavía no estaba listo para comprender.
El sol terminó de salir, iluminando el bosque y al guerrero que luchaba contra sus propios fantasmas. La ciudad de Tokio despertaba, ajena al hecho de que dos de sus luchadores más peligrosos habían compartido un secreto que podría cambiar el destino de sus próximos enfrentamientos.
Ohma Tokita siguió entrenando hasta que sus nudillos sangraron y sus pulmones ardieron, buscando en el dolor físico una salida a la confusión mental. Pero cada vez que cerraba los ojos para concentrarse, la risa suave de Kiryu volvía a resonar, recordándole que hay batallas que no se ganan con los puños, y pecados que no se olvidan ni con el más fuerte de los sakes.
