
El Susurro del Zorro y el Latido del Ciervo
Sunoo, viendo la desesperación en el rostro de Heeseung, decidió que era momento de reclamar más. Mientras su mano derecha continuaba con el incesante vaivén de sus tres dedos dentro de aquella cavidad ardiente, su mano izquierda subió con lentitud, trazando el relieve de los abdominales de Heeseung hasta llegar a su pecho. El mayor soltó un quejido agudo cuando Sunoo apresó uno de sus pectorales, amasándolo con una firmeza que rozaba el dolor, pero que se transformaba en puro placer eléctrico.
—Mírate, hyung... estás tan sensible que cada vez que te toco parece que vas a romperte —comentó Sunoo, acercando su rostro al cuello de Heeseung para aspirar su aroma.
Con un movimiento fluido, Sunoo se inclinó y capturó el pezón del otro pectoral con sus labios, succionando con fuerza mientras su lengua jugaba alrededor de la pequeña protuberancia endurecida. Heeseung arqueó la espalda, sus manos temblorosas buscaron el cabello negro de Sunoo, tirando de él suavemente mientras sus caderas no dejaban de buscar el contacto de los dedos que lo invadían.
—S-Sunoo... ah... por favor, para... no, no pares —balbuceó Heeseung, con la mente nublada.
El sonido en la habitación era pecaminoso. Los dedos de Sunoo, bañados en el exceso de lubricación natural del pelirrojo, entraban y salían provocando un *chack-chack* viscoso y rítmico. Cada vez que Sunoo gancheaba sus dedos hacia arriba, golpeando el punto más sensible de la pared vaginal de Heeseung, este sentía que su cordura se deshilachaba. Era una sobreestimulación tan intensa que sus ojos de ciervo se ponían en blanco por momentos, y un hilo de saliva escapaba de su boca.
Heeseung, en un momento de lucidez impulsada por la desesperación, bajó una de sus manos. A pesar de su estado de sumisión total, quería sentir a Sunoo. Sus dedos rozaron la entrepierna del menor, notando la dureza prominente que se escondía tras la tela de su pantalón. Sunoo soltó un gruñido bajo, una vibración que Heeseung sintió contra su propio pecho.
—¿Quieres esto, hyung? —preguntó Sunoo con voz ronca, deteniendo el movimiento de sus dedos justo cuando Heeseung estaba a punto de alcanzar la cima.
—Por favor... estás tan... tan duro —susurró Heeseung, acariciando la erección de Sunoo por encima de la tela, sintiendo el calor que emanaba de él.
Sunoo no lo hizo esperar más. Con un movimiento rápido, se deshizo de sus pantalones, liberando su miembro que saltó hacia adelante, palpitante y ansioso. Heeseung abrió los ojos de par en par, sus pupilas dilatadas por la emoción y el deseo. Ver a Sunoo así, tan imponente y claramente afectado por él, lo hacía sentir una mezcla extraña de orgullo y vulnerabilidad extrema.
—Tócame, Heeseungie —ordenó el menor, volviendo a mover sus dedos dentro de él, pero esta vez con una velocidad frenética.
Heeseung envolvió la erección de Sunoo con su mano, maravillado por la diferencia de tamaños y la calidez de la piel. Mientras tanto, Sunoo no le daba tregua abajo. El ritmo de sus dedos se volvió errático, buscando descolocar al mayor, jugando con su clítoris con el pulgar mientras los otros tres dedos estiraban y masajeaban su interior empapado.
—¡Ah! ¡Sunoo-ah! ¡Me voy a... voy a...! —El grito de Heeseung fue ahogado por un beso voraz de Sunoo.
El orgasmo golpeó a Heeseung como una ola violenta. Su interior se contrajo con una fuerza increíble, apretando los dedos de Sunoo en espasmos rítmicos. Una cantidad generosa de fluido cálido brotó de él, bañando la mano del menor. Heeseung sollozó contra los labios de Sunoo, su cuerpo temblando tan fuerte que la silla chirriaba.
Sunoo, sin embargo, no se detuvo de inmediato. Siguió moviendo sus dedos con una suavidad tortuosa, disfrutando de la hipersensibilidad post-orgásmica de su hyung.
—No... basta... duele... es demasiado —gimió Heeseung, tratando de apartar la mano de Sunoo con sus propias manos débiles, pero el menor era mucho más fuerte.
—Solo un poco más, hyung. Quiero ver cuánto más puedes aguantar antes de que tus piernas dejen de funcionar por completo —le susurró al oído, mordiendo el lóbulo de su oreja.
Finalmente, Sunoo retiró sus dedos, que estaban cubiertos de una mezcla brillante de fluidos. Se puso de pie, su propia necesidad aún sin satisfacer, y miró a Heeseung, quien estaba desplomado en la silla, con el cabello rojo alborotado y la piel encendida.
—A la cama, hyung —dijo Sunoo, extendiendo su mano.
Heeseung intentó levantarse, pero en cuanto puso peso sobre sus pies, sus rodillas cedieron. Sunoo soltó una risita triunfal y lo atrapó por la cintura, pegando el cuerpo sudoroso del mayor contra el suyo
—Mírate, hyung... estás tan sensible que cada vez que te toco parece que vas a romperte —comentó Sunoo, acercando su rostro al cuello de Heeseung para aspirar su aroma.
Con un movimiento fluido, Sunoo se inclinó y capturó el pezón del otro pectoral con sus labios, succionando con fuerza mientras su lengua jugaba alrededor de la pequeña protuberancia endurecida. Heeseung arqueó la espalda, sus manos temblorosas buscaron el cabello negro de Sunoo, tirando de él suavemente mientras sus caderas no dejaban de buscar el contacto de los dedos que lo invadían.
—S-Sunoo... ah... por favor, para... no, no pares —balbuceó Heeseung, con la mente nublada.
El sonido en la habitación era pecaminoso. Los dedos de Sunoo, bañados en el exceso de lubricación natural del pelirrojo, entraban y salían provocando un *chack-chack* viscoso y rítmico. Cada vez que Sunoo gancheaba sus dedos hacia arriba, golpeando el punto más sensible de la pared vaginal de Heeseung, este sentía que su cordura se deshilachaba. Era una sobreestimulación tan intensa que sus ojos de ciervo se ponían en blanco por momentos, y un hilo de saliva escapaba de su boca.
Heeseung, en un momento de lucidez impulsada por la desesperación, bajó una de sus manos. A pesar de su estado de sumisión total, quería sentir a Sunoo. Sus dedos rozaron la entrepierna del menor, notando la dureza prominente que se escondía tras la tela de su pantalón. Sunoo soltó un gruñido bajo, una vibración que Heeseung sintió contra su propio pecho.
—¿Quieres esto, hyung? —preguntó Sunoo con voz ronca, deteniendo el movimiento de sus dedos justo cuando Heeseung estaba a punto de alcanzar la cima.
—Por favor... estás tan... tan duro —susurró Heeseung, acariciando la erección de Sunoo por encima de la tela, sintiendo el calor que emanaba de él.
Sunoo no lo hizo esperar más. Con un movimiento rápido, se deshizo de sus pantalones, liberando su miembro que saltó hacia adelante, palpitante y ansioso. Heeseung abrió los ojos de par en par, sus pupilas dilatadas por la emoción y el deseo. Ver a Sunoo así, tan imponente y claramente afectado por él, lo hacía sentir una mezcla extraña de orgullo y vulnerabilidad extrema.
—Tócame, Heeseungie —ordenó el menor, volviendo a mover sus dedos dentro de él, pero esta vez con una velocidad frenética.
Heeseung envolvió la erección de Sunoo con su mano, maravillado por la diferencia de tamaños y la calidez de la piel. Mientras tanto, Sunoo no le daba tregua abajo. El ritmo de sus dedos se volvió errático, buscando descolocar al mayor, jugando con su clítoris con el pulgar mientras los otros tres dedos estiraban y masajeaban su interior empapado.
—¡Ah! ¡Sunoo-ah! ¡Me voy a... voy a...! —El grito de Heeseung fue ahogado por un beso voraz de Sunoo.
El orgasmo golpeó a Heeseung como una ola violenta. Su interior se contrajo con una fuerza increíble, apretando los dedos de Sunoo en espasmos rítmicos. Una cantidad generosa de fluido cálido brotó de él, bañando la mano del menor. Heeseung sollozó contra los labios de Sunoo, su cuerpo temblando tan fuerte que la silla chirriaba.
Sunoo, sin embargo, no se detuvo de inmediato. Siguió moviendo sus dedos con una suavidad tortuosa, disfrutando de la hipersensibilidad post-orgásmica de su hyung.
—No... basta... duele... es demasiado —gimió Heeseung, tratando de apartar la mano de Sunoo con sus propias manos débiles, pero el menor era mucho más fuerte.
—Solo un poco más, hyung. Quiero ver cuánto más puedes aguantar antes de que tus piernas dejen de funcionar por completo —le susurró al oído, mordiendo el lóbulo de su oreja.
Finalmente, Sunoo retiró sus dedos, que estaban cubiertos de una mezcla brillante de fluidos. Se puso de pie, su propia necesidad aún sin satisfacer, y miró a Heeseung, quien estaba desplomado en la silla, con el cabello rojo alborotado y la piel encendida.
—A la cama, hyung —dijo Sunoo, extendiendo su mano.
Heeseung intentó levantarse, pero en cuanto puso peso sobre sus pies, sus rodillas cedieron. Sunoo soltó una risita triunfal y lo atrapó por la cintura, pegando el cuerpo sudoroso del mayor contra el suyo
