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BAJO EL PECADO DE TU AROMA
Fandom: TAEKOOK
Created: 4/1/2026
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RomanceDramaAngstOmegaverseCharacter StudyExplicit LanguageSoulmatesMisrepresentation of Religion/Magic/MythologyDarkJealousy
El Altar de la Carne
El silencio que siguió al estruendo de nuestra pasión era más pesado que cualquier confesión que hubiera escuchado tras la rejilla del confesionario. El aire en la rectoría estaba saturado; el aroma a cereza y chocolate de Jungkook se había entrelazado con mi propio rastro de café y tierra mojada, creando una atmósfera densa, casi tangible, que reclamaba cada rincón de la estancia.
Yo seguía allí, sobre él, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi pecho. Mis manos, aquellas que debían sostener el cáliz y bendecir a los fieles, temblaban mientras acariciaban la piel sudorosa de sus costados. Lo había hecho. Había cruzado la línea que juré proteger con mi vida. Había profanado mis votos, no solo con un acto, sino con el hambre voraz de un alfa que finalmente había probado la fruta prohibida y descubría que el sabor era mucho más dulce de lo que cualquier escritura podría advertir.
Jungkook me miraba con esos ojos grandes y brillantes, llenos de un triunfo que no intentaba ocultar. Sus labios estaban hinchados por mis besos, y su cuello mostraba las marcas rojizas de mis dientes. Era la imagen viva de la tentación satisfecha.
—¿En qué piensas, Taehyung? —susurró él, pasando sus dedos por mi mandíbula—. Tu aroma ha cambiado. De repente huele a culpa.
Me incorporé lentamente, sintiendo el frío de la noche golpear mi piel desnuda. La culpa no era exactamente lo que sentía, o al menos no era la emoción dominante. Era una disonancia aterradora. Miré mis vestiduras sacerdotales esparcidas por el suelo, la tela negra mezclada con su ropa de seda, y por un momento, me sentí como un extraño en mi propio cuerpo.
—Pienso en que el sol saldrá en unas horas —dije con la voz todavía ronca, evitando su mirada—. Y las campanas volverán a sonar. La gente vendrá buscando guía, buscando al hombre que se supone que tiene las respuestas.
Jungkook se sentó en la mesa, sin importarle su desnudez, y me tomó de la mano, obligándome a mirarlo.
—El hombre que está frente a mí es el único que importa ahora —sentenció con esa seguridad que solo un omega dominante posee—. No eres un santo de piedra, Taehyung. Eres un alfa. Dios te hizo con instintos, con necesidades. ¿Crees realmente que Él te odia por amar lo que Él mismo creó?
—No es tan simple, Jungkook —respondí, soltando un suspiro que pareció arrancar algo de mis pulmones—. He dedicado seis años a reprimir mi naturaleza. Pensé que el sacrificio era mi forma de redención por la muerte de mis padres. Pensé que si le daba mi vida a la Iglesia, el vacío en mi pecho se llenaría.
Me acerqué a la ventana, cubriéndome apenas con una manta que descansaba en el sillón cercano. Afuera, la lluvia de Daegu seguía cayendo con fuerza, lavando las calles, pero incapaz de limpiar lo que acababa de ocurrir en esta habitación.
—Y hoy descubrí que ese vacío no se llena con oraciones —continué, girándome hacia él—. Se llena con esto. Con el fuego que prendes en mí cada vez que respiras cerca de mi cuello. Y eso es lo que me aterra. No el castigo divino, sino lo fácil que me resultó olvidarme de todo por ti.
Jungkook se bajó de la mesa y caminó hacia mí con la gracia de un depredador. Se envolvió en mis brazos, pegando su espalda a mi pecho, buscando el calor que mi cuerpo aún emanaba.
—Entonces no huyas —pidió en un susurro—. Si esto es un pecado, entonces pequemos hasta que el cielo se caiga. No me pidas que te deje volver a esa frialdad. No ahora que sé cómo quemas.
Cerré los ojos, aspirando el aroma de su cabello. Cereza. Dulce y peligrosa. Mi lobo interior, ese que había mantenido encadenado en lo más profundo de mi conciencia, rugía de satisfacción. No quería volver a la sotana. No quería volver a las palabras vacías de los sermones dominicales mientras mi sangre hervía por él.
—Mañana será difícil —dije, enterrando el rostro en el hueco de su hombro—. Jimin vendrá temprano para ayudar con las flores del altar. Namjoon pasará a revisar las cuentas de la parroquia. ¿Cómo voy a mirarlos a la cara? Namjoon es un alfa, él olerá lo que pasó aquí. El aroma de un apareamiento, aunque no haya marca oficial todavía, es imposible de ocultar para alguien de su rango.
Jungkook soltó una risita traviesa, aunque había un deje de seriedad en sus ojos.
—Namjoon es tu amigo, pero también es un alfa que entiende de lealtades —dijo Jungkook—. Y Jimin... bueno, Jimin sospecha desde el primer día que me viste en el atrio. No puedes ocultar la forma en que tus pupilas se dilatan cuando entro en una habitación, Taehyung. Eres un sacerdote, pero tu aroma a café se vuelve tan intenso que marea a cualquiera.
—Soy un desastre —admití, dejando escapar una sonrisa amarga.
—Eres mío —corrigió él, girándose en mis brazos para quedar frente a frente—. Y yo soy tuyo. Eso es lo único sagrado aquí.
Lo besé de nuevo, esta vez con una ternura que me dolió en el pecho. Era un beso de despedida a la vida que conocía y de bienvenida a una incertidumbre que me quemaba las entrañas. Sabía que Daegu era un pueblo pequeño, que las paredes tenían oídos y que la fe de la comunidad era un arma de doble filo. Si nos descubrían, no solo perdería mi posición; sería el fin de la paz que tanto me había costado construir.
Pero mientras sentía las manos de Jungkook recorriendo mi espalda, trazando el mapa de mis músculos, nada de eso parecía importar.
—Tienes que irte antes de que amanezca —le dije, rompiendo el beso a regañadientes—. No quiero que nadie te vea salir de la rectoría a estas horas. El escándalo te destruiría a ti también.
—No me importa el escándalo —respondió él, desafiante—. Me importa que me mires así todos los días.
—Lo haré —prometí—. Pero por ahora, vístete.
Lo ayudé a recoger su ropa. Verlo ponerse la camisa que yo mismo había desgarrado minutos antes me provocó un nuevo arranque de posesividad. Mi aroma volvió a intensificarse, volviéndose más pesado, más protector. Jungkook lo notó y sonrió, sabiendo el poder que ejercía sobre mí.
Cuando estuvo listo, lo acompañé hasta la puerta trasera, la que daba al pequeño jardín de hierbas medicinales que yo mismo cuidaba. La lluvia había amainado un poco, dejando tras de sí una neblina espesa.
—Taehyung —me llamó antes de desaparecer en la oscuridad.
—¿Sí?
—El domingo, durante la misa... —Hizo una pausa, sus ojos brillando con malicia—. Quiero que uses la estola roja. La de la pasión. Me recordará a cómo te veías sobre mí hace un momento.
Se fue sin esperar respuesta, dejándome allí, de pie en el umbral, con el corazón martilleando contra mis costillas. Regresé al interior de la rectoría y cerré la puerta con llave. El silencio volvió a reinar, pero ya no era el silencio de la devoción. Era el silencio de un cómplice.
Caminé hacia el pequeño altar personal que tenía en mi habitación. Me arrodillé, por costumbre, por inercia. Intenté rezar, busqué las palabras que solían darme consuelo, pero mi mente solo reproducía el sonido de los gemidos de Jungkook y la sensación de su piel contra la mía.
—Señor —susurré, bajando la cabeza—, perdóname... porque no me arrepiento.
Me quedé allí un largo rato, hasta que los primeros rayos del sol empezaron a teñir el cielo de un gris pálido. Me levanté y comencé a limpiar la habitación. Recogí los libros que habían caído al suelo, acomodé la mesa de madera y lavé las sábanas. Cada movimiento era mecánico, pero mis sentidos seguían alerta, captando el rastro de Jungkook que aún flotaba en el aire.
A las siete de la mañana, escuché los pasos de Park Jimin en el pasillo. El omega entró con su habitual alegría, cargando un ramo de lirios blancos. Su aroma a vainilla y limón dulce siempre era refrescante, pero hoy me resultaba casi intrusivo.
—¡Buenos días, Padre Taehyung! —exclamó, dejando las flores sobre la mesa—. Vaya, se ha despertado temprano. ¿Ha descansado bien? La tormenta fue bastante fuerte anoche.
Me tensé. Jimin era perceptivo, demasiado para mi gusto actual.
—Sí, Jimin. La lluvia me mantuvo despierto un rato, pero pude meditar —respondí, dándole la espalda mientras fingía ordenar unos papeles.
Jimin se detuvo en seco. Lo sentí olfatear el aire con discreción. Su expresión cambió de una sonrisa radiante a una mueca de confusión y, finalmente, a una de pura sorpresa.
—Padre... —empezó a decir, su voz bajando de tono—. Su aroma... está muy diferente hoy. Huele a...
—Es el incienso, Jimin —lo interrumpí con firmeza, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Estuve probando unas mezclas nuevas para la misa de mañana.
Jimin me miró fijamente. Sus ojos se entrecerraron, analizando mi rostro, deteniéndose quizá un segundo de más en una pequeña marca que Jungkook había dejado cerca de mi clavícula, apenas oculta por el cuello de mi camisa. No era tonto. Sabía que el incienso no olía a omega en celo ni a chocolate amargo.
—Claro —dijo él, aunque su tono indicaba que no creía ni una palabra—. El incienso. Es... una mezcla muy potente, sin duda.
—Lo es —sentencié, tratando de mantener la compostura de un alfa dominante—. ¿Podrías preparar los jarrones para el altar? Namjoon llegará pronto y tenemos mucho que discutir sobre la festividad de la próxima semana.
Jimin asintió, pero antes de salir de la habitación, se detuvo en el umbral.
—Padre Taehyung, tenga cuidado —dijo en voz baja, casi en un susurro—. En este pueblo, el aroma de la verdad siempre viaja más rápido que el de la mentira. Y hay personas que tienen la nariz muy afilada.
Se marchó, dejándome con un nudo de ansiedad en el estómago. Sabía que Jimin no me traicionaría, pero su advertencia era real. Si él lo había notado en cuestión de segundos, ¿qué pasaría cuando estuviera frente a toda la congregación?
Unos minutos después, Namjoon entró en la rectoría. Su aroma a menta y eucalipto era fuerte y autoritario, el tipo de aroma que normalmente me hacía sentir en equilibrio, de alfa a alfa. Sin embargo, hoy me sentía como si estuviera invadiendo su territorio, o peor, como si él fuera a descubrir mi secreto con solo una mirada.
—Taehyung —saludó Namjoon, estrechando mi mano—. Te ves cansado. ¿Ocurre algo?
—Solo el trabajo acumulado, Namjoon —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Gracias por venir tan temprano.
Namjoon se sentó frente a mí y suspiró. Él, a diferencia de Jimin, no andaba con rodeos. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y me miró con una seriedad que me heló la sangre.
—Hueles a él, Taehyung —soltó sin anestesia.
Me quedé helado. El silencio se volvió asfixiante. No intenté negarlo; con Namjoon no servía de nada. Él era un alfa que valoraba la honestidad por encima de todo.
—Namjoon, yo...
—No me des explicaciones —me cortó, levantando una mano—. No soy tu confesor ni tu juez. Pero soy el que tiene que encargarse de que este pueblo no se convierta en un nido de chismes. Jeon Jungkook no es un omega cualquiera. Es un omega dominante, caprichoso y, según dicen, muy persistente cuando quiere algo.
—Él no es solo eso —respondí, mi instinto de protección despertando ante la mención de Jungkook—. Hay mucho más en él de lo que la gente ve.
Namjoon sonrió con amargura.
—Eso no importa, Taehyung. Lo que importa es que eres el sacerdote de esta comunidad. Si te involucras con él, no habrá vuelta atrás. El obispo se enterará, la gente te dará la espalda y Jungkook... bueno, él siempre ha sido el centro de atención, pero no sé si está listo para el odio que esto podría generar.
—Lo sé —dije, bajando la mirada—. Créeme que lo sé. Pero es como si no tuviera elección. Mi naturaleza... mi lobo... nunca se sintió así antes.
—Es el lazo —susurró Namjoon—. Un alfa dominante y un omega dominante. Es una conexión que va más allá de la razón. Pero Taehyung, tienes que ser inteligente. Si vas a hacer esto, si vas a elegirlo a él sobre la Iglesia, hazlo bien. No dejes que te atrapen en un rincón oscuro como si fueras un criminal.
—¿Me estás diciendo que deje los hábitos? —pregunté, sorprendido por su sugerencia.
—Te estoy diciendo que seas fiel a ti mismo —respondió él, levantándose—. Dios conoce tu corazón, pero los hombres solo conocen tus actos. Decide qué vida quieres vivir antes de que el destino decida por ti.
Namjoon se fue, dejándome con más preguntas que respuestas. Me quedé solo en la oficina, mirando el crucifijo que colgaba en la pared. Por primera vez en seis años, el hombre de la cruz no me pareció un símbolo de sacrificio, sino un recordatorio de que la vida es breve y el amor, en cualquiera de sus formas, es lo único que realmente nos pertenece.
Me acerqué al espejo que había en el pasillo y me miré. El hombre que me devolvía la mirada ya no era el joven asustado que huyó de su dolor hacia la religión. Era un alfa que había reclamado a su pareja. Mis ojos tenían un brillo diferente, una determinación que nunca antes había sentido.
Salí hacia la iglesia principal. El aire estaba fresco y el olor a tierra mojada después de la lluvia era embriagador. Me acerqué al altar, ese lugar que siempre había considerado sagrado e intocable. Toqué la madera fría y cerré los ojos.
En mi mente, ya no estaba el sonido de los coros celestiales. Estaba la risa de Jungkook, el sabor de su piel y la promesa de una vida que, aunque pecaminosa a los ojos del mundo, se sentía como la única verdad que valía la pena defender.
—Has ganado, pequeño demonio —susurré para mis adentros, recordando sus palabras de la noche anterior.
Me puse a trabajar, preparando la misa del día siguiente. Pero mientras organizaba los libros litúrgicos, mi mano se detuvo sobre la estola roja. La acaricié, sintiendo la suavidad de la seda. Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.
El domingo, el pueblo de Daegu vería a su sacerdote de siempre, pero bajo la superficie, el fuego estaría ardiendo. Y yo sabía, con una certeza que me asustaba y me excitaba a partes iguales, que en algún lugar de las bancas, un par de ojos oscuros estarían observándome, esperando el momento en que el sol se ocultara para volver a convertir la rectoría en nuestro propio paraíso prohibido.
Porque no importa cuántas oraciones rece, ni cuántas bendiciones reparta. Mi aroma ya no pertenece a la iglesia. Mi aroma pertenece a él, y mi alma, por fin, ha encontrado su hogar en el lugar más inesperado: en el calor de un pecado que no estoy dispuesto a abandonar.
Yo seguía allí, sobre él, sintiendo el latido desbocado de su corazón contra mi pecho. Mis manos, aquellas que debían sostener el cáliz y bendecir a los fieles, temblaban mientras acariciaban la piel sudorosa de sus costados. Lo había hecho. Había cruzado la línea que juré proteger con mi vida. Había profanado mis votos, no solo con un acto, sino con el hambre voraz de un alfa que finalmente había probado la fruta prohibida y descubría que el sabor era mucho más dulce de lo que cualquier escritura podría advertir.
Jungkook me miraba con esos ojos grandes y brillantes, llenos de un triunfo que no intentaba ocultar. Sus labios estaban hinchados por mis besos, y su cuello mostraba las marcas rojizas de mis dientes. Era la imagen viva de la tentación satisfecha.
—¿En qué piensas, Taehyung? —susurró él, pasando sus dedos por mi mandíbula—. Tu aroma ha cambiado. De repente huele a culpa.
Me incorporé lentamente, sintiendo el frío de la noche golpear mi piel desnuda. La culpa no era exactamente lo que sentía, o al menos no era la emoción dominante. Era una disonancia aterradora. Miré mis vestiduras sacerdotales esparcidas por el suelo, la tela negra mezclada con su ropa de seda, y por un momento, me sentí como un extraño en mi propio cuerpo.
—Pienso en que el sol saldrá en unas horas —dije con la voz todavía ronca, evitando su mirada—. Y las campanas volverán a sonar. La gente vendrá buscando guía, buscando al hombre que se supone que tiene las respuestas.
Jungkook se sentó en la mesa, sin importarle su desnudez, y me tomó de la mano, obligándome a mirarlo.
—El hombre que está frente a mí es el único que importa ahora —sentenció con esa seguridad que solo un omega dominante posee—. No eres un santo de piedra, Taehyung. Eres un alfa. Dios te hizo con instintos, con necesidades. ¿Crees realmente que Él te odia por amar lo que Él mismo creó?
—No es tan simple, Jungkook —respondí, soltando un suspiro que pareció arrancar algo de mis pulmones—. He dedicado seis años a reprimir mi naturaleza. Pensé que el sacrificio era mi forma de redención por la muerte de mis padres. Pensé que si le daba mi vida a la Iglesia, el vacío en mi pecho se llenaría.
Me acerqué a la ventana, cubriéndome apenas con una manta que descansaba en el sillón cercano. Afuera, la lluvia de Daegu seguía cayendo con fuerza, lavando las calles, pero incapaz de limpiar lo que acababa de ocurrir en esta habitación.
—Y hoy descubrí que ese vacío no se llena con oraciones —continué, girándome hacia él—. Se llena con esto. Con el fuego que prendes en mí cada vez que respiras cerca de mi cuello. Y eso es lo que me aterra. No el castigo divino, sino lo fácil que me resultó olvidarme de todo por ti.
Jungkook se bajó de la mesa y caminó hacia mí con la gracia de un depredador. Se envolvió en mis brazos, pegando su espalda a mi pecho, buscando el calor que mi cuerpo aún emanaba.
—Entonces no huyas —pidió en un susurro—. Si esto es un pecado, entonces pequemos hasta que el cielo se caiga. No me pidas que te deje volver a esa frialdad. No ahora que sé cómo quemas.
Cerré los ojos, aspirando el aroma de su cabello. Cereza. Dulce y peligrosa. Mi lobo interior, ese que había mantenido encadenado en lo más profundo de mi conciencia, rugía de satisfacción. No quería volver a la sotana. No quería volver a las palabras vacías de los sermones dominicales mientras mi sangre hervía por él.
—Mañana será difícil —dije, enterrando el rostro en el hueco de su hombro—. Jimin vendrá temprano para ayudar con las flores del altar. Namjoon pasará a revisar las cuentas de la parroquia. ¿Cómo voy a mirarlos a la cara? Namjoon es un alfa, él olerá lo que pasó aquí. El aroma de un apareamiento, aunque no haya marca oficial todavía, es imposible de ocultar para alguien de su rango.
Jungkook soltó una risita traviesa, aunque había un deje de seriedad en sus ojos.
—Namjoon es tu amigo, pero también es un alfa que entiende de lealtades —dijo Jungkook—. Y Jimin... bueno, Jimin sospecha desde el primer día que me viste en el atrio. No puedes ocultar la forma en que tus pupilas se dilatan cuando entro en una habitación, Taehyung. Eres un sacerdote, pero tu aroma a café se vuelve tan intenso que marea a cualquiera.
—Soy un desastre —admití, dejando escapar una sonrisa amarga.
—Eres mío —corrigió él, girándose en mis brazos para quedar frente a frente—. Y yo soy tuyo. Eso es lo único sagrado aquí.
Lo besé de nuevo, esta vez con una ternura que me dolió en el pecho. Era un beso de despedida a la vida que conocía y de bienvenida a una incertidumbre que me quemaba las entrañas. Sabía que Daegu era un pueblo pequeño, que las paredes tenían oídos y que la fe de la comunidad era un arma de doble filo. Si nos descubrían, no solo perdería mi posición; sería el fin de la paz que tanto me había costado construir.
Pero mientras sentía las manos de Jungkook recorriendo mi espalda, trazando el mapa de mis músculos, nada de eso parecía importar.
—Tienes que irte antes de que amanezca —le dije, rompiendo el beso a regañadientes—. No quiero que nadie te vea salir de la rectoría a estas horas. El escándalo te destruiría a ti también.
—No me importa el escándalo —respondió él, desafiante—. Me importa que me mires así todos los días.
—Lo haré —prometí—. Pero por ahora, vístete.
Lo ayudé a recoger su ropa. Verlo ponerse la camisa que yo mismo había desgarrado minutos antes me provocó un nuevo arranque de posesividad. Mi aroma volvió a intensificarse, volviéndose más pesado, más protector. Jungkook lo notó y sonrió, sabiendo el poder que ejercía sobre mí.
Cuando estuvo listo, lo acompañé hasta la puerta trasera, la que daba al pequeño jardín de hierbas medicinales que yo mismo cuidaba. La lluvia había amainado un poco, dejando tras de sí una neblina espesa.
—Taehyung —me llamó antes de desaparecer en la oscuridad.
—¿Sí?
—El domingo, durante la misa... —Hizo una pausa, sus ojos brillando con malicia—. Quiero que uses la estola roja. La de la pasión. Me recordará a cómo te veías sobre mí hace un momento.
Se fue sin esperar respuesta, dejándome allí, de pie en el umbral, con el corazón martilleando contra mis costillas. Regresé al interior de la rectoría y cerré la puerta con llave. El silencio volvió a reinar, pero ya no era el silencio de la devoción. Era el silencio de un cómplice.
Caminé hacia el pequeño altar personal que tenía en mi habitación. Me arrodillé, por costumbre, por inercia. Intenté rezar, busqué las palabras que solían darme consuelo, pero mi mente solo reproducía el sonido de los gemidos de Jungkook y la sensación de su piel contra la mía.
—Señor —susurré, bajando la cabeza—, perdóname... porque no me arrepiento.
Me quedé allí un largo rato, hasta que los primeros rayos del sol empezaron a teñir el cielo de un gris pálido. Me levanté y comencé a limpiar la habitación. Recogí los libros que habían caído al suelo, acomodé la mesa de madera y lavé las sábanas. Cada movimiento era mecánico, pero mis sentidos seguían alerta, captando el rastro de Jungkook que aún flotaba en el aire.
A las siete de la mañana, escuché los pasos de Park Jimin en el pasillo. El omega entró con su habitual alegría, cargando un ramo de lirios blancos. Su aroma a vainilla y limón dulce siempre era refrescante, pero hoy me resultaba casi intrusivo.
—¡Buenos días, Padre Taehyung! —exclamó, dejando las flores sobre la mesa—. Vaya, se ha despertado temprano. ¿Ha descansado bien? La tormenta fue bastante fuerte anoche.
Me tensé. Jimin era perceptivo, demasiado para mi gusto actual.
—Sí, Jimin. La lluvia me mantuvo despierto un rato, pero pude meditar —respondí, dándole la espalda mientras fingía ordenar unos papeles.
Jimin se detuvo en seco. Lo sentí olfatear el aire con discreción. Su expresión cambió de una sonrisa radiante a una mueca de confusión y, finalmente, a una de pura sorpresa.
—Padre... —empezó a decir, su voz bajando de tono—. Su aroma... está muy diferente hoy. Huele a...
—Es el incienso, Jimin —lo interrumpí con firmeza, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Estuve probando unas mezclas nuevas para la misa de mañana.
Jimin me miró fijamente. Sus ojos se entrecerraron, analizando mi rostro, deteniéndose quizá un segundo de más en una pequeña marca que Jungkook había dejado cerca de mi clavícula, apenas oculta por el cuello de mi camisa. No era tonto. Sabía que el incienso no olía a omega en celo ni a chocolate amargo.
—Claro —dijo él, aunque su tono indicaba que no creía ni una palabra—. El incienso. Es... una mezcla muy potente, sin duda.
—Lo es —sentencié, tratando de mantener la compostura de un alfa dominante—. ¿Podrías preparar los jarrones para el altar? Namjoon llegará pronto y tenemos mucho que discutir sobre la festividad de la próxima semana.
Jimin asintió, pero antes de salir de la habitación, se detuvo en el umbral.
—Padre Taehyung, tenga cuidado —dijo en voz baja, casi en un susurro—. En este pueblo, el aroma de la verdad siempre viaja más rápido que el de la mentira. Y hay personas que tienen la nariz muy afilada.
Se marchó, dejándome con un nudo de ansiedad en el estómago. Sabía que Jimin no me traicionaría, pero su advertencia era real. Si él lo había notado en cuestión de segundos, ¿qué pasaría cuando estuviera frente a toda la congregación?
Unos minutos después, Namjoon entró en la rectoría. Su aroma a menta y eucalipto era fuerte y autoritario, el tipo de aroma que normalmente me hacía sentir en equilibrio, de alfa a alfa. Sin embargo, hoy me sentía como si estuviera invadiendo su territorio, o peor, como si él fuera a descubrir mi secreto con solo una mirada.
—Taehyung —saludó Namjoon, estrechando mi mano—. Te ves cansado. ¿Ocurre algo?
—Solo el trabajo acumulado, Namjoon —respondí, tratando de que mi voz no temblara—. Gracias por venir tan temprano.
Namjoon se sentó frente a mí y suspiró. Él, a diferencia de Jimin, no andaba con rodeos. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, y me miró con una seriedad que me heló la sangre.
—Hueles a él, Taehyung —soltó sin anestesia.
Me quedé helado. El silencio se volvió asfixiante. No intenté negarlo; con Namjoon no servía de nada. Él era un alfa que valoraba la honestidad por encima de todo.
—Namjoon, yo...
—No me des explicaciones —me cortó, levantando una mano—. No soy tu confesor ni tu juez. Pero soy el que tiene que encargarse de que este pueblo no se convierta en un nido de chismes. Jeon Jungkook no es un omega cualquiera. Es un omega dominante, caprichoso y, según dicen, muy persistente cuando quiere algo.
—Él no es solo eso —respondí, mi instinto de protección despertando ante la mención de Jungkook—. Hay mucho más en él de lo que la gente ve.
Namjoon sonrió con amargura.
—Eso no importa, Taehyung. Lo que importa es que eres el sacerdote de esta comunidad. Si te involucras con él, no habrá vuelta atrás. El obispo se enterará, la gente te dará la espalda y Jungkook... bueno, él siempre ha sido el centro de atención, pero no sé si está listo para el odio que esto podría generar.
—Lo sé —dije, bajando la mirada—. Créeme que lo sé. Pero es como si no tuviera elección. Mi naturaleza... mi lobo... nunca se sintió así antes.
—Es el lazo —susurró Namjoon—. Un alfa dominante y un omega dominante. Es una conexión que va más allá de la razón. Pero Taehyung, tienes que ser inteligente. Si vas a hacer esto, si vas a elegirlo a él sobre la Iglesia, hazlo bien. No dejes que te atrapen en un rincón oscuro como si fueras un criminal.
—¿Me estás diciendo que deje los hábitos? —pregunté, sorprendido por su sugerencia.
—Te estoy diciendo que seas fiel a ti mismo —respondió él, levantándose—. Dios conoce tu corazón, pero los hombres solo conocen tus actos. Decide qué vida quieres vivir antes de que el destino decida por ti.
Namjoon se fue, dejándome con más preguntas que respuestas. Me quedé solo en la oficina, mirando el crucifijo que colgaba en la pared. Por primera vez en seis años, el hombre de la cruz no me pareció un símbolo de sacrificio, sino un recordatorio de que la vida es breve y el amor, en cualquiera de sus formas, es lo único que realmente nos pertenece.
Me acerqué al espejo que había en el pasillo y me miré. El hombre que me devolvía la mirada ya no era el joven asustado que huyó de su dolor hacia la religión. Era un alfa que había reclamado a su pareja. Mis ojos tenían un brillo diferente, una determinación que nunca antes había sentido.
Salí hacia la iglesia principal. El aire estaba fresco y el olor a tierra mojada después de la lluvia era embriagador. Me acerqué al altar, ese lugar que siempre había considerado sagrado e intocable. Toqué la madera fría y cerré los ojos.
En mi mente, ya no estaba el sonido de los coros celestiales. Estaba la risa de Jungkook, el sabor de su piel y la promesa de una vida que, aunque pecaminosa a los ojos del mundo, se sentía como la única verdad que valía la pena defender.
—Has ganado, pequeño demonio —susurré para mis adentros, recordando sus palabras de la noche anterior.
Me puse a trabajar, preparando la misa del día siguiente. Pero mientras organizaba los libros litúrgicos, mi mano se detuvo sobre la estola roja. La acaricié, sintiendo la suavidad de la seda. Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios.
El domingo, el pueblo de Daegu vería a su sacerdote de siempre, pero bajo la superficie, el fuego estaría ardiendo. Y yo sabía, con una certeza que me asustaba y me excitaba a partes iguales, que en algún lugar de las bancas, un par de ojos oscuros estarían observándome, esperando el momento en que el sol se ocultara para volver a convertir la rectoría en nuestro propio paraíso prohibido.
Porque no importa cuántas oraciones rece, ni cuántas bendiciones reparta. Mi aroma ya no pertenece a la iglesia. Mi aroma pertenece a él, y mi alma, por fin, ha encontrado su hogar en el lugar más inesperado: en el calor de un pecado que no estoy dispuesto a abandonar.
