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Me quedaré sola?
Fandom: To be hero x
Created: 4/3/2026
Tags
RomanceDystopiaDarkPsychologicalScience FictionGraphic ViolenceTragedyCyberpunkAngst
Sinfonía de Cristales Rotos y Silencio Administrativo
El mundo de X-Nihilo no era un lugar para los débiles de corazón, pero para Queen, era simplemente una oficina demasiado grande y mal gestionada. Ella caminaba por los pasillos de mármol negro de la Capital, sus tacones resonando con una precisión militar que hacía que los subordinados bajaran la cabeza al verla pasar. Queen era la encarnación del orden, una mujer cuya alma parecía haber sido forjada en el acero de las leyes y los protocolos. Sin embargo, detrás de esa mirada gélida y ese uniforme impecable, había un vacío que ninguna regla podía llenar.
Esa noche, el cielo de la ciudad tenía un color violáceo, casi sangriento. Queen se detuvo frente a los ventanales de su oficina, observando las luces distantes. Se sentía extrañamente atraída por el caos que bullía bajo la superficie de la perfección que ella misma ayudaba a mantener.
—Otro informe de anomalías —susurró para sí misma, pasando los dedos por una pantalla holográfica—. Siempre el mismo rastro de destrucción descuidada.
Al otro lado de la ciudad, en los suburbios donde la realidad parecía deshilacharse, X se encontraba sentado en el borde de un edificio en ruinas. Tenía una manzana en la mano, lanzándola al aire y atrapándola con una despreocupación que rayaba en lo insultante para cualquiera que valorara su vida. X no seguía reglas; él era el error en la ecuación, la nota discordante en una melodía perfecta.
—¿Sientes eso? —preguntó X a las sombras, aunque no había nadie allí—. El aire está pesado. Como si alguien hubiera apretado demasiado las tuercas del mundo.
X no conocía a Queen, y Queen solo conocía a X como un expediente clasificado como "Amenaza de Nivel Desconocido". Pero en ese momento, mientras la ciudad respiraba con dificultad, algo macabro comenzó a tejerse entre ellos. No era una conexión de luz, sino de sombras.
La primera vez que sus destinos se rozaron fue a través de una transmisión interceptada. Queen estaba analizando las frecuencias de una zona de conflicto cuando una voz irrumpió en su canal privado. No era una voz de ataque, sino una risa. Una risa ligera, casi dulce, que contrastaba con los gritos de agonía que se escuchaban de fondo en la grabación.
—¿Quién es? —demandó Queen, sus dedos volando sobre el teclado para rastrear el origen—. Identifíquese.
—¿Identificarme? —La voz de X sonó a través de los altavoces, distorsionada pero vibrante—. Eso suena a mucho papeleo, "Su Majestad". ¿No prefieres simplemente escuchar cómo se rompe el cristal?
Queen sintió un escalofrío que no pudo explicar. No era miedo. Era algo más profundo, una grieta en su propia armadura.
—Estás interfiriendo con un canal oficial —dijo ella, tratando de recuperar su compostura—. La unidad de pacificación está en camino. Tu arresto es inminente.
—Vengan pues —respondió X, y Queen pudo jurar que sentía su aliento a través del dispositivo—. Pero ten cuidado. A veces, cuando intentas arreglar algo que está roto, terminas cortándote las manos.
La comunicación se cortó, dejando a Queen en un silencio sepulcral. Se miró las manos; estaban temblando. Esa noche, por primera vez en años, Queen no durmió. Se quedó mirando el expediente de X, las fotos borrosas de un joven de cabello revuelto y ojos que parecían ver a través de la realidad misma. Había algo macabro en su mirada, una falta de empatía por el orden que a ella la aterraba y, al mismo tiempo, la seducía.
Días después, el destino, o quizás una fuerza más oscura en X-Nihilo, decidió que el contacto indirecto no era suficiente. Queen fue enviada a supervisar personalmente la limpieza de un sector que había sido devastado por una explosión de energía desconocida. El lugar era una carnicería de metal y restos orgánicos que desafiaban la lógica.
—Es una aberración —dijo uno de los oficiales de Queen, cubriéndose la boca—. No hay supervivientes, pero los cuerpos... están dispuestos de forma extraña.
Queen caminó hacia el centro de la zona de impacto. Los cadáveres de los rebeldes y los soldados no estaban simplemente tirados; estaban colocados en círculos concéntricos, como si alguien hubiera querido crear una obra de arte con la muerte. En el centro de todo, sentado sobre un trono improvisado de escombros, estaba él.
X la miró. No se movió para atacar. Simplemente la observó con una curiosidad infantil.
—Has tardado mucho —dijo X, saltando de su trono de chatarra—. El espectáculo casi ha terminado.
—Tú hiciste esto —afirmó Queen, sacando su arma reglamentaria, aunque su corazón latía contra sus costillas como un animal enjaulado—. Esta carnicería... este desprecio por la vida humana...
—¿Vida? —X se acercó a ella, ignorando el arma que apuntaba a su pecho—. Esto no es vida, Queen. Es un guion. Todos ustedes están siguiendo un guion aburrido. Yo solo le añadí un poco de improvisación.
Él se detuvo a escasos centímetros de ella. Queen podía oler el ozono y la sangre que emanaban de él. Era la personificación del caos que ella había jurado destruir, pero mientras lo miraba a los ojos, vio un reflejo de su propia soledad. Una soledad que no buscaba consuelo, sino compañía en la destrucción.
—Eres un monstruo —susurró ella, aunque no apretó el gatillo.
—Y tú eres una estatua —replicó X, extendiendo una mano para tocar el frío metal de la armadura de Queen—. Tan perfecta, tan rígida... me pregunto cuánto hace que no sientes algo que no sea el deber.
X deslizó sus dedos por el cuello de Queen, un gesto que debería haber sido una amenaza de muerte, pero que se sintió como una caricia eléctrica. Queen cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la locura del momento. La atmósfera a su alrededor se volvió pesada, el aire se tiñó de un rojo profundo mientras la energía de X comenzaba a filtrarse en el ambiente.
—Mátame —dijo Queen, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una intensidad febril—. O sácame de aquí.
X sonrió, una expresión que no tenía nada de humana. Era una sonrisa llena de dientes y de promesas rotas.
—¿Por qué elegir? —preguntó él—. Podemos hacer ambas cosas. Podemos morir un poco cada día mientras vemos cómo este mundo se desmorona.
En ese momento, Queen comprendió la naturaleza macabra de lo que estaba sintiendo. No era un enamoramiento nacido de la luz o del romance convencional. Era una atracción suicida, el deseo de dos seres rotos de colisionar y ver qué quedaba de ellos entre las ruinas. Ella, la reina del orden, se estaba enamorando del verdugo de la realidad.
—Si me quedo contigo —dijo Queen, bajando finalmente su arma—, no habrá vuelta atrás. Seré tan culpable como tú.
—Ya lo eres —respondió X, rodeando su cintura con un brazo y atrayéndola hacia el abismo que parecía abrirse bajo sus pies—. Desde el momento en que escuchaste mi voz y no me borraste, ya eras mía.
El entorno comenzó a distorsionarse. Los cuerpos a su alrededor parecieron disolverse en partículas de luz negra, y el cielo se partió en dos. Queen no gritó. Se aferró a la chaqueta de X, hundiendo sus dedos en la tela mientras el caos los envolvía.
—Enséñame —suplicó ella en un susurro que se perdió en el estruendo de la realidad rompiéndose—. Enséñame cómo es no tener reglas.
X soltó una carcajada que resonó en toda la ciudad, un sonido que era a la vez una canción de cuna y una sentencia de muerte.
—Es hermoso, mi reina —dijo él—. Es como una sinfonía donde cada nota es un grito, y cada silencio es una tumba.
Mientras desaparecían de la vista de los soldados que se aproximaban, lo único que quedó en el centro de la carnicería fue la insignia de Queen, tirada en el suelo y manchada de un fluido oscuro que no era del todo sangre. El proceso de su caída había comenzado, y no sería una caída lenta, sino un descenso vertiginoso hacia una oscuridad compartida donde el amor y la muerte eran indistinguibles.
En la Capital, los registros dirían que Queen había sido secuestrada o asesinada. Pero en los rincones más oscuros de X-Nihilo, donde la lógica no llegaba, se empezaría a susurrar una nueva leyenda: la de la Reina que eligió el caos y el Chico que la amó lo suficiente como para destruir el mundo por ella.
—¿Estás lista para el siguiente acto? —preguntó X mientras caminaban por un paisaje que desafiaba la gravedad, con los colores sangrando unos sobre otros.
—Solo si prometes que dolerá —respondió Queen, con una sonrisa que por fin igualaba a la de él en su macabra belleza.
—Oh, te lo prometo —dijo X, besando su frente con una ternura que resultaba aterradora—. Va a ser el final más hermoso que jamás hayas visto.
Y así, en medio de la desolación y el horror de un mundo que se caía a pedazos, dos corazones que nunca debieron encontrarse comenzaron a latir al unísono, marcando el ritmo de una danza macabra que apenas estaba comenzando. No había flores, ni promesas de futuro; solo el presente violento y la embriagadora sensación de estar perdidos en el abrazo del otro, mientras el resto del universo se convertía en cenizas.
Esa noche, el cielo de la ciudad tenía un color violáceo, casi sangriento. Queen se detuvo frente a los ventanales de su oficina, observando las luces distantes. Se sentía extrañamente atraída por el caos que bullía bajo la superficie de la perfección que ella misma ayudaba a mantener.
—Otro informe de anomalías —susurró para sí misma, pasando los dedos por una pantalla holográfica—. Siempre el mismo rastro de destrucción descuidada.
Al otro lado de la ciudad, en los suburbios donde la realidad parecía deshilacharse, X se encontraba sentado en el borde de un edificio en ruinas. Tenía una manzana en la mano, lanzándola al aire y atrapándola con una despreocupación que rayaba en lo insultante para cualquiera que valorara su vida. X no seguía reglas; él era el error en la ecuación, la nota discordante en una melodía perfecta.
—¿Sientes eso? —preguntó X a las sombras, aunque no había nadie allí—. El aire está pesado. Como si alguien hubiera apretado demasiado las tuercas del mundo.
X no conocía a Queen, y Queen solo conocía a X como un expediente clasificado como "Amenaza de Nivel Desconocido". Pero en ese momento, mientras la ciudad respiraba con dificultad, algo macabro comenzó a tejerse entre ellos. No era una conexión de luz, sino de sombras.
La primera vez que sus destinos se rozaron fue a través de una transmisión interceptada. Queen estaba analizando las frecuencias de una zona de conflicto cuando una voz irrumpió en su canal privado. No era una voz de ataque, sino una risa. Una risa ligera, casi dulce, que contrastaba con los gritos de agonía que se escuchaban de fondo en la grabación.
—¿Quién es? —demandó Queen, sus dedos volando sobre el teclado para rastrear el origen—. Identifíquese.
—¿Identificarme? —La voz de X sonó a través de los altavoces, distorsionada pero vibrante—. Eso suena a mucho papeleo, "Su Majestad". ¿No prefieres simplemente escuchar cómo se rompe el cristal?
Queen sintió un escalofrío que no pudo explicar. No era miedo. Era algo más profundo, una grieta en su propia armadura.
—Estás interfiriendo con un canal oficial —dijo ella, tratando de recuperar su compostura—. La unidad de pacificación está en camino. Tu arresto es inminente.
—Vengan pues —respondió X, y Queen pudo jurar que sentía su aliento a través del dispositivo—. Pero ten cuidado. A veces, cuando intentas arreglar algo que está roto, terminas cortándote las manos.
La comunicación se cortó, dejando a Queen en un silencio sepulcral. Se miró las manos; estaban temblando. Esa noche, por primera vez en años, Queen no durmió. Se quedó mirando el expediente de X, las fotos borrosas de un joven de cabello revuelto y ojos que parecían ver a través de la realidad misma. Había algo macabro en su mirada, una falta de empatía por el orden que a ella la aterraba y, al mismo tiempo, la seducía.
Días después, el destino, o quizás una fuerza más oscura en X-Nihilo, decidió que el contacto indirecto no era suficiente. Queen fue enviada a supervisar personalmente la limpieza de un sector que había sido devastado por una explosión de energía desconocida. El lugar era una carnicería de metal y restos orgánicos que desafiaban la lógica.
—Es una aberración —dijo uno de los oficiales de Queen, cubriéndose la boca—. No hay supervivientes, pero los cuerpos... están dispuestos de forma extraña.
Queen caminó hacia el centro de la zona de impacto. Los cadáveres de los rebeldes y los soldados no estaban simplemente tirados; estaban colocados en círculos concéntricos, como si alguien hubiera querido crear una obra de arte con la muerte. En el centro de todo, sentado sobre un trono improvisado de escombros, estaba él.
X la miró. No se movió para atacar. Simplemente la observó con una curiosidad infantil.
—Has tardado mucho —dijo X, saltando de su trono de chatarra—. El espectáculo casi ha terminado.
—Tú hiciste esto —afirmó Queen, sacando su arma reglamentaria, aunque su corazón latía contra sus costillas como un animal enjaulado—. Esta carnicería... este desprecio por la vida humana...
—¿Vida? —X se acercó a ella, ignorando el arma que apuntaba a su pecho—. Esto no es vida, Queen. Es un guion. Todos ustedes están siguiendo un guion aburrido. Yo solo le añadí un poco de improvisación.
Él se detuvo a escasos centímetros de ella. Queen podía oler el ozono y la sangre que emanaban de él. Era la personificación del caos que ella había jurado destruir, pero mientras lo miraba a los ojos, vio un reflejo de su propia soledad. Una soledad que no buscaba consuelo, sino compañía en la destrucción.
—Eres un monstruo —susurró ella, aunque no apretó el gatillo.
—Y tú eres una estatua —replicó X, extendiendo una mano para tocar el frío metal de la armadura de Queen—. Tan perfecta, tan rígida... me pregunto cuánto hace que no sientes algo que no sea el deber.
X deslizó sus dedos por el cuello de Queen, un gesto que debería haber sido una amenaza de muerte, pero que se sintió como una caricia eléctrica. Queen cerró los ojos por un instante, dejándose llevar por la locura del momento. La atmósfera a su alrededor se volvió pesada, el aire se tiñó de un rojo profundo mientras la energía de X comenzaba a filtrarse en el ambiente.
—Mátame —dijo Queen, abriendo los ojos, que ahora brillaban con una intensidad febril—. O sácame de aquí.
X sonrió, una expresión que no tenía nada de humana. Era una sonrisa llena de dientes y de promesas rotas.
—¿Por qué elegir? —preguntó él—. Podemos hacer ambas cosas. Podemos morir un poco cada día mientras vemos cómo este mundo se desmorona.
En ese momento, Queen comprendió la naturaleza macabra de lo que estaba sintiendo. No era un enamoramiento nacido de la luz o del romance convencional. Era una atracción suicida, el deseo de dos seres rotos de colisionar y ver qué quedaba de ellos entre las ruinas. Ella, la reina del orden, se estaba enamorando del verdugo de la realidad.
—Si me quedo contigo —dijo Queen, bajando finalmente su arma—, no habrá vuelta atrás. Seré tan culpable como tú.
—Ya lo eres —respondió X, rodeando su cintura con un brazo y atrayéndola hacia el abismo que parecía abrirse bajo sus pies—. Desde el momento en que escuchaste mi voz y no me borraste, ya eras mía.
El entorno comenzó a distorsionarse. Los cuerpos a su alrededor parecieron disolverse en partículas de luz negra, y el cielo se partió en dos. Queen no gritó. Se aferró a la chaqueta de X, hundiendo sus dedos en la tela mientras el caos los envolvía.
—Enséñame —suplicó ella en un susurro que se perdió en el estruendo de la realidad rompiéndose—. Enséñame cómo es no tener reglas.
X soltó una carcajada que resonó en toda la ciudad, un sonido que era a la vez una canción de cuna y una sentencia de muerte.
—Es hermoso, mi reina —dijo él—. Es como una sinfonía donde cada nota es un grito, y cada silencio es una tumba.
Mientras desaparecían de la vista de los soldados que se aproximaban, lo único que quedó en el centro de la carnicería fue la insignia de Queen, tirada en el suelo y manchada de un fluido oscuro que no era del todo sangre. El proceso de su caída había comenzado, y no sería una caída lenta, sino un descenso vertiginoso hacia una oscuridad compartida donde el amor y la muerte eran indistinguibles.
En la Capital, los registros dirían que Queen había sido secuestrada o asesinada. Pero en los rincones más oscuros de X-Nihilo, donde la lógica no llegaba, se empezaría a susurrar una nueva leyenda: la de la Reina que eligió el caos y el Chico que la amó lo suficiente como para destruir el mundo por ella.
—¿Estás lista para el siguiente acto? —preguntó X mientras caminaban por un paisaje que desafiaba la gravedad, con los colores sangrando unos sobre otros.
—Solo si prometes que dolerá —respondió Queen, con una sonrisa que por fin igualaba a la de él en su macabra belleza.
—Oh, te lo prometo —dijo X, besando su frente con una ternura que resultaba aterradora—. Va a ser el final más hermoso que jamás hayas visto.
Y así, en medio de la desolación y el horror de un mundo que se caía a pedazos, dos corazones que nunca debieron encontrarse comenzaron a latir al unísono, marcando el ritmo de una danza macabra que apenas estaba comenzando. No había flores, ni promesas de futuro; solo el presente violento y la embriagadora sensación de estar perdidos en el abrazo del otro, mientras el resto del universo se convertía en cenizas.
