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Naruto el manipulador
Fandom: Naruto
Created: 4/5/2026
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AU (Alternate Universe)DarkPWP (Plot? What Plot?)Explicit LanguageRapeOOC (Out of Character)Character Study
El Precio de la Ambición y el Linaje de Oro
La tarde caía sobre Konoha con un tono anaranjado que parecía bendecir la nueva era de la aldea. Los exámenes de graduación habían terminado, pero el verdadero estruendo no fue la promoción de los nuevos genin, sino la revelación que sacudió los cimientos de cada clan: Naruto Uzumaki no era un huérfano cualquiera, sino el heredero legítimo del Cuarto Hokage y del extinto pero legendario Clan Uzumaki. Su fortuna, acumulada en bóvedas selladas durante años, superaba la imaginación de cualquier civil.
En la residencia Haruno, el ambiente era denso. Mebuki Haruno, la matriarca de la familia, revisaba unos libros de contabilidad con una mueca de asco. Los números no mentían: el salario de Kizashi como ninja de rango medio apenas cubría las deudas y el mantenimiento de una fachada de clase media. Ella siempre había aspirado a más; a las sedas de los mercaderes de fuego, a las joyas de las esposas de los señores feudales.
—Con lo que gana Kizashi, nunca tendré la vida que merezco —murmuró Mebuki, cerrando el libro con violencia—. Él es un conformista, un bufón. Pero yo... yo nací para el lujo.
La imagen de Naruto, ahora el soltero más codiciado y rico de la aldea, cruzó su mente. No le importaba la diferencia de edad, ni que fuera el compañero de equipo de su hija Sakura. La ambición es un motor más fuerte que la moral.
—Tengo que convencer a Naruto de que me ayude a vivir como merezco —dijo para sí misma, con una chispa de determinación oscura en sus ojos—. Aunque tenga que ser su esclava sexual, su juguete, o lo que él desee. El dinero limpia cualquier pecado.
Mientras tanto, en la imponente mansión Uzumaki, Naruto disfrutaba de una soledad que olía a madera cara y té de alta calidad. El joven rubio, cuya mirada se había vuelto fría y calculadora tras descubrir su origen, se encontraba en la sala de estar cuando el timbre interrumpió su paz.
Al abrir la puerta, Naruto arqueó una ceja. Frente a él estaba Mebuki Haruno. La mujer no vestía su ropa habitual de ama de casa; llevaba una falda tan corta que apenas cubría lo esencial y una blusa de seda translúcida que dejaba poco a la imaginación. El frío de la tarde hacía que sus pezones se marcaran con descaro a través de la tela, revelando que no llevaba ropa interior.
—Mebuki-san —dijo Naruto, barriéndola con la mirada de arriba abajo sin disimulo—. ¿A qué se debe esta visita tan... pintoresca?
—Naruto-kun... —respondió ella, forzando una sonrisa coqueta mientras un ligero rubor teñía sus mejillas—. Necesitaba hablar contigo en privado. ¿Me dejas pasar?
Naruto se hizo a un lado, permitiéndole la entrada. El aroma a perfume barato y desesperación que emanaba de la mujer le resultó extrañamente estimulante. Una vez en la sala, antes de que él pudiera ofrecerle asiento, ella tomó la iniciativa.
—Tengo un trato que proponerte, Naruto —dijo ella, tratando de mantener la compostura a pesar de la mirada depredadora del joven.
—¿Un trato? —Naruto se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta—. Soy todo oídos.
—Mi vida... no es miserable, pero necesito más —confesó ella, acercándose un paso—. Necesito estabilidad, lujos, el estatus que solo alguien con tu fortuna puede otorgar.
—Eso no suena a un trato, Mebuki —la interrumpió Naruto con voz gélida—. Suena a un préstamo, o más bien, a una limosna.
—¡Déjame terminar! —exclamó ella, dando un paso más hacia él—. A cambio de esa estabilidad económica, y de que me dejes administrar uno de tus nuevos negocios... yo seré tuya. Puedes tomarme cuando quieras, como quieras. Seré tu esclava sexual, tu vertedero. Haré lo que Kizashi nunca se atrevió a pedirme.
Naruto soltó una carcajada seca, un sonido que no tenía rastro de alegría.
—Si vas a proponer algo así, Mebuki, deberías empezar por el principio —dijo él con desprecio—. Una mujer que se vende no negocia de pie. Deberías estar hincada entre mis piernas dándome una mamada ahora mismo para demostrar tu valor.
Mebuki vaciló solo un segundo. El pensamiento de las joyas y la envidia de sus vecinas fue más fuerte que su dignidad. Se arrodilló lentamente sobre la alfombra cara de la mansión, quedando justo frente a la entrepierna del Uzumaki. Con manos temblorosas, desabrochó el pantalón del joven y liberó su miembro. Se quedó sin aliento por un momento, sorprendida por el tamaño imponente que el rubio poseía a pesar de su corta edad.
—Empieza —ordenó Naruto, poniendo una mano sobre la cabeza de la mujer—. Convénceme de que vales la inversión.
Mebuki comenzó a lamer la punta, recorriendo el largo con su lengua, masajeando la base y sus testículos con una dedicación nacida de la codicia. Sin embargo, su boca no era lo suficientemente grande para abarcarlo todo. Naruto, aburrido por el ritmo pausado, la agarró del cabello con fuerza.
—Demasiado lenta —gruñó él.
Sin previo aviso, Naruto la obligó a bajar, hundiendo su verga de un solo golpe hasta el fondo de su garganta. Mebuki ahogó un grito, sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos golpearon débilmente los muslos del rubio, pero él no se detuvo. El sonido de la carne chocando contra su rostro y el gorgoteo de su garganta siendo estirada llenaron la habitación. Ella sabía que si se apartaba, el trato se esfumaría, así que cerró los ojos y aceptó la invasión.
Pasaron los minutos y el ritmo se volvió frenético. Naruto sentía el calor de la boca de la madre de Sakura y la humillación que ella aceptaba con tal de tener dinero.
—Me voy a correr, Mebuki —advirtió él, apretando su agarre en su cabello—. No desperdicies ni una sola gota.
La descarga fue masiva. Mebuki no esperaba tal cantidad de semen; sintió cómo el líquido espeso llenaba su boca y bajaba por su garganta. Cuando Naruto finalmente se retiró, ella permaneció de rodillas, con un hilo de leche escapando por la comisura de sus labios.
—Abre la boca —ordenó Naruto.
Ella obedeció, mostrando su cavidad bucal vacía tras haber tragado hasta el último resto. Naruto asintió y le pasó un vaso de agua que estaba sobre una mesa cercana.
—¿Tenemos... tenemos un trato? —preguntó ella, recuperando el aliento.
—Lo tenemos —dijo Naruto, volviéndose hacia su escritorio—. Pero hay una condición adicional. Sakura será mía también. No planeo hacerle nada por ahora, pero cuando decida que es el momento, tú no pondrás ninguna objeción. La prepararás para mí.
Mebuki se quedó pasmada. La idea de entregar a su propia hija a la misma vida que ella acababa de elegir la hizo dudar, pero Naruto fue implacable.
—Tenerte a ti no es suficiente para compensar las propiedades que vas a administrar —sentenció él—. O aceptas que Sakura sea otra de mis putas, o puedes irte ahora mismo de vuelta a tu vida de deudas.
—Acepto —susurró Mebuki, bajando la cabeza—. Sakura será tuya también.
Naruto sonrió, pero no la dejó marchar.
—Es mejor que empecemos a entrenarte —dijo él, empujándola hacia el sofá—. Esta noche no volverás a casa.
Esa noche, la mansión Uzumaki fue testigo de la degradación total de la matriarca Haruno. Naruto la tomó en todas las posiciones imaginables: desde el misionero más rudo hasta el estilo perrito, pasando por un 69 donde ella tuvo que esforzarse por complacerlo. Incluso usó sus clones de sombra para realizar un bukake que la dejó cubierta de blanco de pies a cabeza. Finalmente, sin ninguna piedad, Naruto tomó su virginidad anal, marcándola como su propiedad absoluta.
A la mañana siguiente, Mebuki se despertó con el cuerpo dolorido pero con una extraña sensación de triunfo. Al regresar a su casa, encontró a Kizashi esperándola en el comedor, con una expresión de preocupación.
—¿Dónde estabas, Mebuki? —preguntó él—. Estuve despierto toda la noche.
—Fui a festejar con mis amigas, Kizashi —mintió ella, acomodándose la falda que, con cualquier movimiento, revelaba que no llevaba nada debajo—. Logré convencer a Uzumaki Naruto de que me deje administrar una boutique y una joyería de su propiedad. Nuestras vidas van a cambiar a partir de hoy.
Kizashi, actuando como el cornudo inconsciente que siempre había sido, se levantó y abrazó a su mujer.
—¡Eso es increíble, querida! —exclamó él—. Por fin tendremos un respiro de las deudas. Asegúrate de agradecerle a Naruto-kun como es debido.
Mebuki sintió un rastro de semen escurriendo por su muslo mientras su esposo la abrazaba. "Si tan solo supieras el trato que hice por tu incapacidad para mantenernos", pensó ella con desprecio.
Días después, Mebuki ya se encontraba al mando de la joyería "El Ojo del Remolino". Vestía ropas caras, pero su mirada siempre buscaba la puerta, esperando la llegada de su verdadero dueño. Naruto no solo le había dado el negocio, sino que le había dado instrucciones claras sobre el personal.
—Señora Haruno, ¿está todo listo para la inspección? —preguntó una de las empleadas, una joven que Mebuki había seleccionado personalmente.
—Sí —respondió Mebuki con frialdad—. Y recuerden lo que les dije. En cuanto Naruto-sama cruce esa puerta, cerramos el local. Él es el dueño de todo lo que ven aquí, incluido lo que llevan puesto... y lo que hay debajo.
Las empleadas, todas jóvenes y necesitadas de dinero, asintieron. Mebuki les había dejado claro que si querían mantener sus puestos y sus nuevos salarios, debían estar dispuestas a subir sus faldas y abrir sus piernas cuando el Uzumaki lo requiriera.
—Si alguna de ustedes se atreve a hablar de esto fuera de estas paredes —amenazó Mebuki—, yo misma me encargaré de que terminen en el barrio rojo. Aquí, todas somos las mujerzuelas de Naruto Uzumaki, y más vale que aprendan a disfrutarlo.
La puerta de la joyería se abrió y Naruto entró con una sonrisa de suficiencia. Mebuki se levantó de inmediato, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba ante la presencia del joven que la había quebrado.
—Bienvenido, Naruto-sama —dijo ella, inclinándose lo suficiente para que él pudiera ver el escote profundo de su blusa—. El inventario está listo, y nosotras también.
Naruto observó el local, a las empleadas nerviosas y a la mujer que había vendido a su familia por un puñado de oro. El poder era dulce, mucho más dulce que el reconocimiento de una aldea que una vez lo odió. Ahora, él era el dueño de sus destinos, y esto era solo el comienzo.
—Excelente, Mebuki —dijo Naruto, cerrando la puerta con llave tras de sí—. Vamos a mi oficina. Quiero ver si tu administración es tan eficiente como tu lengua.
Mientras Mebuki lo guiaba hacia la parte trasera, no pudo evitar pensar en Sakura, que pronto se uniría a ella en este juego de sombras y seda. En Konoha, el sol seguía brillando, pero bajo la superficie, el linaje de oro del Uzumaki estaba reclamando todo lo que deseaba.
En la residencia Haruno, el ambiente era denso. Mebuki Haruno, la matriarca de la familia, revisaba unos libros de contabilidad con una mueca de asco. Los números no mentían: el salario de Kizashi como ninja de rango medio apenas cubría las deudas y el mantenimiento de una fachada de clase media. Ella siempre había aspirado a más; a las sedas de los mercaderes de fuego, a las joyas de las esposas de los señores feudales.
—Con lo que gana Kizashi, nunca tendré la vida que merezco —murmuró Mebuki, cerrando el libro con violencia—. Él es un conformista, un bufón. Pero yo... yo nací para el lujo.
La imagen de Naruto, ahora el soltero más codiciado y rico de la aldea, cruzó su mente. No le importaba la diferencia de edad, ni que fuera el compañero de equipo de su hija Sakura. La ambición es un motor más fuerte que la moral.
—Tengo que convencer a Naruto de que me ayude a vivir como merezco —dijo para sí misma, con una chispa de determinación oscura en sus ojos—. Aunque tenga que ser su esclava sexual, su juguete, o lo que él desee. El dinero limpia cualquier pecado.
Mientras tanto, en la imponente mansión Uzumaki, Naruto disfrutaba de una soledad que olía a madera cara y té de alta calidad. El joven rubio, cuya mirada se había vuelto fría y calculadora tras descubrir su origen, se encontraba en la sala de estar cuando el timbre interrumpió su paz.
Al abrir la puerta, Naruto arqueó una ceja. Frente a él estaba Mebuki Haruno. La mujer no vestía su ropa habitual de ama de casa; llevaba una falda tan corta que apenas cubría lo esencial y una blusa de seda translúcida que dejaba poco a la imaginación. El frío de la tarde hacía que sus pezones se marcaran con descaro a través de la tela, revelando que no llevaba ropa interior.
—Mebuki-san —dijo Naruto, barriéndola con la mirada de arriba abajo sin disimulo—. ¿A qué se debe esta visita tan... pintoresca?
—Naruto-kun... —respondió ella, forzando una sonrisa coqueta mientras un ligero rubor teñía sus mejillas—. Necesitaba hablar contigo en privado. ¿Me dejas pasar?
Naruto se hizo a un lado, permitiéndole la entrada. El aroma a perfume barato y desesperación que emanaba de la mujer le resultó extrañamente estimulante. Una vez en la sala, antes de que él pudiera ofrecerle asiento, ella tomó la iniciativa.
—Tengo un trato que proponerte, Naruto —dijo ella, tratando de mantener la compostura a pesar de la mirada depredadora del joven.
—¿Un trato? —Naruto se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta—. Soy todo oídos.
—Mi vida... no es miserable, pero necesito más —confesó ella, acercándose un paso—. Necesito estabilidad, lujos, el estatus que solo alguien con tu fortuna puede otorgar.
—Eso no suena a un trato, Mebuki —la interrumpió Naruto con voz gélida—. Suena a un préstamo, o más bien, a una limosna.
—¡Déjame terminar! —exclamó ella, dando un paso más hacia él—. A cambio de esa estabilidad económica, y de que me dejes administrar uno de tus nuevos negocios... yo seré tuya. Puedes tomarme cuando quieras, como quieras. Seré tu esclava sexual, tu vertedero. Haré lo que Kizashi nunca se atrevió a pedirme.
Naruto soltó una carcajada seca, un sonido que no tenía rastro de alegría.
—Si vas a proponer algo así, Mebuki, deberías empezar por el principio —dijo él con desprecio—. Una mujer que se vende no negocia de pie. Deberías estar hincada entre mis piernas dándome una mamada ahora mismo para demostrar tu valor.
Mebuki vaciló solo un segundo. El pensamiento de las joyas y la envidia de sus vecinas fue más fuerte que su dignidad. Se arrodilló lentamente sobre la alfombra cara de la mansión, quedando justo frente a la entrepierna del Uzumaki. Con manos temblorosas, desabrochó el pantalón del joven y liberó su miembro. Se quedó sin aliento por un momento, sorprendida por el tamaño imponente que el rubio poseía a pesar de su corta edad.
—Empieza —ordenó Naruto, poniendo una mano sobre la cabeza de la mujer—. Convénceme de que vales la inversión.
Mebuki comenzó a lamer la punta, recorriendo el largo con su lengua, masajeando la base y sus testículos con una dedicación nacida de la codicia. Sin embargo, su boca no era lo suficientemente grande para abarcarlo todo. Naruto, aburrido por el ritmo pausado, la agarró del cabello con fuerza.
—Demasiado lenta —gruñó él.
Sin previo aviso, Naruto la obligó a bajar, hundiendo su verga de un solo golpe hasta el fondo de su garganta. Mebuki ahogó un grito, sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos golpearon débilmente los muslos del rubio, pero él no se detuvo. El sonido de la carne chocando contra su rostro y el gorgoteo de su garganta siendo estirada llenaron la habitación. Ella sabía que si se apartaba, el trato se esfumaría, así que cerró los ojos y aceptó la invasión.
Pasaron los minutos y el ritmo se volvió frenético. Naruto sentía el calor de la boca de la madre de Sakura y la humillación que ella aceptaba con tal de tener dinero.
—Me voy a correr, Mebuki —advirtió él, apretando su agarre en su cabello—. No desperdicies ni una sola gota.
La descarga fue masiva. Mebuki no esperaba tal cantidad de semen; sintió cómo el líquido espeso llenaba su boca y bajaba por su garganta. Cuando Naruto finalmente se retiró, ella permaneció de rodillas, con un hilo de leche escapando por la comisura de sus labios.
—Abre la boca —ordenó Naruto.
Ella obedeció, mostrando su cavidad bucal vacía tras haber tragado hasta el último resto. Naruto asintió y le pasó un vaso de agua que estaba sobre una mesa cercana.
—¿Tenemos... tenemos un trato? —preguntó ella, recuperando el aliento.
—Lo tenemos —dijo Naruto, volviéndose hacia su escritorio—. Pero hay una condición adicional. Sakura será mía también. No planeo hacerle nada por ahora, pero cuando decida que es el momento, tú no pondrás ninguna objeción. La prepararás para mí.
Mebuki se quedó pasmada. La idea de entregar a su propia hija a la misma vida que ella acababa de elegir la hizo dudar, pero Naruto fue implacable.
—Tenerte a ti no es suficiente para compensar las propiedades que vas a administrar —sentenció él—. O aceptas que Sakura sea otra de mis putas, o puedes irte ahora mismo de vuelta a tu vida de deudas.
—Acepto —susurró Mebuki, bajando la cabeza—. Sakura será tuya también.
Naruto sonrió, pero no la dejó marchar.
—Es mejor que empecemos a entrenarte —dijo él, empujándola hacia el sofá—. Esta noche no volverás a casa.
Esa noche, la mansión Uzumaki fue testigo de la degradación total de la matriarca Haruno. Naruto la tomó en todas las posiciones imaginables: desde el misionero más rudo hasta el estilo perrito, pasando por un 69 donde ella tuvo que esforzarse por complacerlo. Incluso usó sus clones de sombra para realizar un bukake que la dejó cubierta de blanco de pies a cabeza. Finalmente, sin ninguna piedad, Naruto tomó su virginidad anal, marcándola como su propiedad absoluta.
A la mañana siguiente, Mebuki se despertó con el cuerpo dolorido pero con una extraña sensación de triunfo. Al regresar a su casa, encontró a Kizashi esperándola en el comedor, con una expresión de preocupación.
—¿Dónde estabas, Mebuki? —preguntó él—. Estuve despierto toda la noche.
—Fui a festejar con mis amigas, Kizashi —mintió ella, acomodándose la falda que, con cualquier movimiento, revelaba que no llevaba nada debajo—. Logré convencer a Uzumaki Naruto de que me deje administrar una boutique y una joyería de su propiedad. Nuestras vidas van a cambiar a partir de hoy.
Kizashi, actuando como el cornudo inconsciente que siempre había sido, se levantó y abrazó a su mujer.
—¡Eso es increíble, querida! —exclamó él—. Por fin tendremos un respiro de las deudas. Asegúrate de agradecerle a Naruto-kun como es debido.
Mebuki sintió un rastro de semen escurriendo por su muslo mientras su esposo la abrazaba. "Si tan solo supieras el trato que hice por tu incapacidad para mantenernos", pensó ella con desprecio.
Días después, Mebuki ya se encontraba al mando de la joyería "El Ojo del Remolino". Vestía ropas caras, pero su mirada siempre buscaba la puerta, esperando la llegada de su verdadero dueño. Naruto no solo le había dado el negocio, sino que le había dado instrucciones claras sobre el personal.
—Señora Haruno, ¿está todo listo para la inspección? —preguntó una de las empleadas, una joven que Mebuki había seleccionado personalmente.
—Sí —respondió Mebuki con frialdad—. Y recuerden lo que les dije. En cuanto Naruto-sama cruce esa puerta, cerramos el local. Él es el dueño de todo lo que ven aquí, incluido lo que llevan puesto... y lo que hay debajo.
Las empleadas, todas jóvenes y necesitadas de dinero, asintieron. Mebuki les había dejado claro que si querían mantener sus puestos y sus nuevos salarios, debían estar dispuestas a subir sus faldas y abrir sus piernas cuando el Uzumaki lo requiriera.
—Si alguna de ustedes se atreve a hablar de esto fuera de estas paredes —amenazó Mebuki—, yo misma me encargaré de que terminen en el barrio rojo. Aquí, todas somos las mujerzuelas de Naruto Uzumaki, y más vale que aprendan a disfrutarlo.
La puerta de la joyería se abrió y Naruto entró con una sonrisa de suficiencia. Mebuki se levantó de inmediato, sintiendo cómo su cuerpo reaccionaba ante la presencia del joven que la había quebrado.
—Bienvenido, Naruto-sama —dijo ella, inclinándose lo suficiente para que él pudiera ver el escote profundo de su blusa—. El inventario está listo, y nosotras también.
Naruto observó el local, a las empleadas nerviosas y a la mujer que había vendido a su familia por un puñado de oro. El poder era dulce, mucho más dulce que el reconocimiento de una aldea que una vez lo odió. Ahora, él era el dueño de sus destinos, y esto era solo el comienzo.
—Excelente, Mebuki —dijo Naruto, cerrando la puerta con llave tras de sí—. Vamos a mi oficina. Quiero ver si tu administración es tan eficiente como tu lengua.
Mientras Mebuki lo guiaba hacia la parte trasera, no pudo evitar pensar en Sakura, que pronto se uniría a ella en este juego de sombras y seda. En Konoha, el sol seguía brillando, pero bajo la superficie, el linaje de oro del Uzumaki estaba reclamando todo lo que deseaba.
