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Naruto Uzumaki
Fandom: Naruto
Created: 4/5/2026
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AU (Alternate Universe)DarkPsychologicalTragedyRapeGraphic ViolenceCharacter DeathUnplanned/Unwanted PregnancyOOC (Out of Character)OmegaverseDystopiaExplicit LanguageIncest MentionJealousy
El Alfa del Clan Inuzuka
La atmósfera en la residencia Inuzuka había cambiado drásticamente desde que Naruto Uzumaki desafió y derrotó a Tsume en un duelo que no solo decidió el liderazgo del clan, sino también el destino de las mujeres que lo componían. El rubio, ahora poseedor de una autoridad absoluta y una fuerza que rozaba lo divino, caminaba por los pasillos de la casa con la seguridad de un depredador en su territorio.
En la habitación principal, el aire estaba cargado de un olor almizclado y el sonido de respiraciones agitadas. Tsume Inuzuka, la otrora feroz matriarca, se encontraba sometida sobre su propia cama. Varios clones de sombras de Naruto la rodeaban, turnándose para reclamar su cuerpo con una intensidad que la dejaba al borde del colapso sensorial. Sus ojos estaban nublados por la excitación y la sumisión, sus instintos animales reconociendo finalmente a un alfa superior.
De repente, con un estallido de humo blanco, todos los clones desaparecieron. El Naruto original, con una expresión de dominio gélido, se posicionó sobre ella. Sin preámbulos, la tomó por el ano, arrancándole un gemido que mezclaba dolor y placer absoluto.
—Escúchame bien, Tsume —susurró Naruto, inclinándose sobre su oído mientras sus embestidas se volvían más rítmicas y profundas—. Sin mí, no eres nada. Tú me perteneces. Este clan me pertenece. Eres mi perrita, ¿entendido?
Tsume solo pudo asentir torpemente, hundiendo el rostro en las almohadas mientras sentía cómo él reclamaba cada rincón de su ser. Cuando Naruto finalmente llegó a su clímax, liberando su simiente dentro de ella, se apartó con brusquedad y comenzó a ajustarse la ropa. Tsume, temblorosa y aún procesando la intensidad del acto, estiró una mano para detenerlo.
—¿A dónde vas? —preguntó con voz quebrada.
Naruto la miró por encima del hombro, sus ojos azules brillando con una advertencia peligrosa.
—Escucha bien lo que te voy a decir. Pase lo que pase, escuches lo que escuches, no saldrás de esta habitación. Si te atreves a desobedecerme, te abandonaré y dejaré que este clan se pudra. Pero si te portas como una buena perrita y te quedas aquí, te daré un hijo que de verdad valga la pena. No como ese estorbo de Kiba.
Tsume palideció al escuchar el nombre de su hijo.
—Kiba... él no ha vuelto de su misión.
—Y no volverá —sentenció Naruto con una sonrisa cruel—. Fue enviado a una misión de muerte de la que nadie sabe nada, excepto yo. Ahora, quédate aquí.
Sin mirar atrás, Naruto salió de la habitación y se dirigió al final del pasillo, hacia el cuarto de Hana Inuzuka. Al entrar, la visión que lo recibió aceleró su pulso. Hana estaba profundamente dormida sobre su cama, vistiendo únicamente una tanga azul y una camiseta blanca que apenas lograba contener sus pechos. El rubio se acercó con sigilo y comenzó a manosearla, disfrutando de la suavidad de su piel.
Hana despertó sobresaltada, pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, la mano de Naruto selló sus labios.
—Si te portas bien, no te haré daño —le dijo con una voz que no admitía réplica.
Sin embargo, en cuanto él retiró la mano, el instinto de Hana prevaleció.
—¡Mamá! ¡Ayuda! ¡Mamá! —gritó con todas sus fuerzas, mirando hacia la pared que la separaba de la habitación de su madre.
La desobediencia fue el detonante. Naruto, harto de los desplantes de la joven veterinaria, la inmovilizó contra el colchón. Durante la siguiente hora, la habitación se convirtió en un escenario de dominación absoluta. Naruto tomó a Hana de forma ruda, arrebatándole su virginidad tanto vaginal como anal sin rastro de delicadeza.
Al otro lado de la pared, Tsume escuchaba cada grito, cada sollozo y cada súplica de su hija. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras recordaba la advertencia de Naruto. El dolor de escuchar a su hija siendo mancillada era insoportable, pero el miedo a ser abandonada por su alfa y el condicionamiento de su derrota la mantenían clavada en la cama, gimiendo en silencio mientras se aferraba a las sábanas.
Una hora después, Naruto salió de la habitación de Hana, ajustándose el pantalón con indiferencia. Atrás dejaba a la joven Inuzuka rota y cubierta de su rastro, marcada para siempre como su propiedad.
A la mañana siguiente, el comedor de la casa Inuzuka estaba sumido en un silencio tenso. Naruto estaba sentado a la cabecera, desayunando con tranquilidad mientras mantenía una mano debajo de la playera de Tsume, apretando sus senos con posesividad. Con la otra mano, exploraba por debajo del short de la matriarca, introduciendo sus dedos con una confianza absoluta.
Hana bajó las escaleras cojeando, su rostro pálido y sus ojos hinchados de tanto llorar. Cada paso era un suplicio por el dolor en su entrepierna y el ardor en su ano. Intentó sentarse a la mesa, pero un gemido de dolor escapó de sus labios al hacer contacto con la silla. Buscó desesperadamente la mirada de su madre, esperando algún tipo de consuelo o defensa, pero Tsume mantenía la vista baja, su rostro sonrojado por la estimulación de Naruto.
—Mamá... yo... —trató de decir Hana con voz trémula.
—Tsume —interrumpió Naruto, ignorando por completo a la joven—, tienes que ir a hacer las compras para la despensa. Ahora mismo.
—Pero... ¿no puede ir alguien más? —murmuró Tsume, tratando de ganar tiempo para estar con su hija.
Naruto le dirigió una mirada tan cargada de frialdad y promesa de castigo que Tsume sintió un escalofrío recorrer su columna. Recordó vívidamente la última vez que lo desobedeció y cómo él la había castigado tomándola por el culo en seco hasta que ella suplicó clemencia.
—Está bien —dijo Tsume rápidamente, levantándose de la mesa—. Iré ahora mismo.
Tsume salió de la casa casi huyendo, dejando a Hana a solas con el hombre que la había destruido la noche anterior. Hana intentó levantarse de inmediato para escapar a su cuarto, pero Naruto fue más rápido. La sujetó de los brazos y la dobló sobre la mesa del comedor.
—¿A dónde crees que vas, cachorra? —le susurró antes de bajarle los calzones.
Sin más preámbulos, volvió a reclamarla, ignorando sus sollozos. Hana apretó los dientes, soportando las embestidas que sacudían la mesa. Pensó que terminaría pronto cuando sintió que él se corría dentro de su vagina, pero su esperanza se desvaneció cuando Naruto, sin darle respiro, cambió de objetivo y comenzó a forzar su entrada anal una vez más.
Los meses pasaron y la dinámica en la casa Inuzuka se consolidó bajo el yugo de Naruto. Las noches seguían un patrón inmutable: Naruto poseía a Tsume durante horas y luego se dirigía a la habitación de Hana. La joven Inuzuka llegó a temer las misiones largas de su madre, pues cuando Tsume no estaba, Naruto no le daba tregua. La obligaba a cerrar la clínica veterinaria y la mantenía en la cama todo el día, durmiendo con ella y recordándole a cada segundo quién era su dueño.
Eventualmente, el inevitable resultado de tantas noches sin protección se manifestó. Tanto Tsume como Hana quedaron embarazadas. Tsume, completamente entregada a su papel, rebosaba de una felicidad retorcida por darle hijos a su macho. Hana, por su parte, terminó por resignarse. Comprendió que en ese nuevo orden mundial, las órdenes de Naruto eran absolutas.
Una noche, Naruto las llamó a ambas a su habitación.
—Pónganse cómodas —ordenó él, sentado en un gran sillón—. Quiero ver cómo mis dos perritas se dem
En la habitación principal, el aire estaba cargado de un olor almizclado y el sonido de respiraciones agitadas. Tsume Inuzuka, la otrora feroz matriarca, se encontraba sometida sobre su propia cama. Varios clones de sombras de Naruto la rodeaban, turnándose para reclamar su cuerpo con una intensidad que la dejaba al borde del colapso sensorial. Sus ojos estaban nublados por la excitación y la sumisión, sus instintos animales reconociendo finalmente a un alfa superior.
De repente, con un estallido de humo blanco, todos los clones desaparecieron. El Naruto original, con una expresión de dominio gélido, se posicionó sobre ella. Sin preámbulos, la tomó por el ano, arrancándole un gemido que mezclaba dolor y placer absoluto.
—Escúchame bien, Tsume —susurró Naruto, inclinándose sobre su oído mientras sus embestidas se volvían más rítmicas y profundas—. Sin mí, no eres nada. Tú me perteneces. Este clan me pertenece. Eres mi perrita, ¿entendido?
Tsume solo pudo asentir torpemente, hundiendo el rostro en las almohadas mientras sentía cómo él reclamaba cada rincón de su ser. Cuando Naruto finalmente llegó a su clímax, liberando su simiente dentro de ella, se apartó con brusquedad y comenzó a ajustarse la ropa. Tsume, temblorosa y aún procesando la intensidad del acto, estiró una mano para detenerlo.
—¿A dónde vas? —preguntó con voz quebrada.
Naruto la miró por encima del hombro, sus ojos azules brillando con una advertencia peligrosa.
—Escucha bien lo que te voy a decir. Pase lo que pase, escuches lo que escuches, no saldrás de esta habitación. Si te atreves a desobedecerme, te abandonaré y dejaré que este clan se pudra. Pero si te portas como una buena perrita y te quedas aquí, te daré un hijo que de verdad valga la pena. No como ese estorbo de Kiba.
Tsume palideció al escuchar el nombre de su hijo.
—Kiba... él no ha vuelto de su misión.
—Y no volverá —sentenció Naruto con una sonrisa cruel—. Fue enviado a una misión de muerte de la que nadie sabe nada, excepto yo. Ahora, quédate aquí.
Sin mirar atrás, Naruto salió de la habitación y se dirigió al final del pasillo, hacia el cuarto de Hana Inuzuka. Al entrar, la visión que lo recibió aceleró su pulso. Hana estaba profundamente dormida sobre su cama, vistiendo únicamente una tanga azul y una camiseta blanca que apenas lograba contener sus pechos. El rubio se acercó con sigilo y comenzó a manosearla, disfrutando de la suavidad de su piel.
Hana despertó sobresaltada, pero antes de que pudiera emitir un solo sonido, la mano de Naruto selló sus labios.
—Si te portas bien, no te haré daño —le dijo con una voz que no admitía réplica.
Sin embargo, en cuanto él retiró la mano, el instinto de Hana prevaleció.
—¡Mamá! ¡Ayuda! ¡Mamá! —gritó con todas sus fuerzas, mirando hacia la pared que la separaba de la habitación de su madre.
La desobediencia fue el detonante. Naruto, harto de los desplantes de la joven veterinaria, la inmovilizó contra el colchón. Durante la siguiente hora, la habitación se convirtió en un escenario de dominación absoluta. Naruto tomó a Hana de forma ruda, arrebatándole su virginidad tanto vaginal como anal sin rastro de delicadeza.
Al otro lado de la pared, Tsume escuchaba cada grito, cada sollozo y cada súplica de su hija. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras recordaba la advertencia de Naruto. El dolor de escuchar a su hija siendo mancillada era insoportable, pero el miedo a ser abandonada por su alfa y el condicionamiento de su derrota la mantenían clavada en la cama, gimiendo en silencio mientras se aferraba a las sábanas.
Una hora después, Naruto salió de la habitación de Hana, ajustándose el pantalón con indiferencia. Atrás dejaba a la joven Inuzuka rota y cubierta de su rastro, marcada para siempre como su propiedad.
A la mañana siguiente, el comedor de la casa Inuzuka estaba sumido en un silencio tenso. Naruto estaba sentado a la cabecera, desayunando con tranquilidad mientras mantenía una mano debajo de la playera de Tsume, apretando sus senos con posesividad. Con la otra mano, exploraba por debajo del short de la matriarca, introduciendo sus dedos con una confianza absoluta.
Hana bajó las escaleras cojeando, su rostro pálido y sus ojos hinchados de tanto llorar. Cada paso era un suplicio por el dolor en su entrepierna y el ardor en su ano. Intentó sentarse a la mesa, pero un gemido de dolor escapó de sus labios al hacer contacto con la silla. Buscó desesperadamente la mirada de su madre, esperando algún tipo de consuelo o defensa, pero Tsume mantenía la vista baja, su rostro sonrojado por la estimulación de Naruto.
—Mamá... yo... —trató de decir Hana con voz trémula.
—Tsume —interrumpió Naruto, ignorando por completo a la joven—, tienes que ir a hacer las compras para la despensa. Ahora mismo.
—Pero... ¿no puede ir alguien más? —murmuró Tsume, tratando de ganar tiempo para estar con su hija.
Naruto le dirigió una mirada tan cargada de frialdad y promesa de castigo que Tsume sintió un escalofrío recorrer su columna. Recordó vívidamente la última vez que lo desobedeció y cómo él la había castigado tomándola por el culo en seco hasta que ella suplicó clemencia.
—Está bien —dijo Tsume rápidamente, levantándose de la mesa—. Iré ahora mismo.
Tsume salió de la casa casi huyendo, dejando a Hana a solas con el hombre que la había destruido la noche anterior. Hana intentó levantarse de inmediato para escapar a su cuarto, pero Naruto fue más rápido. La sujetó de los brazos y la dobló sobre la mesa del comedor.
—¿A dónde crees que vas, cachorra? —le susurró antes de bajarle los calzones.
Sin más preámbulos, volvió a reclamarla, ignorando sus sollozos. Hana apretó los dientes, soportando las embestidas que sacudían la mesa. Pensó que terminaría pronto cuando sintió que él se corría dentro de su vagina, pero su esperanza se desvaneció cuando Naruto, sin darle respiro, cambió de objetivo y comenzó a forzar su entrada anal una vez más.
Los meses pasaron y la dinámica en la casa Inuzuka se consolidó bajo el yugo de Naruto. Las noches seguían un patrón inmutable: Naruto poseía a Tsume durante horas y luego se dirigía a la habitación de Hana. La joven Inuzuka llegó a temer las misiones largas de su madre, pues cuando Tsume no estaba, Naruto no le daba tregua. La obligaba a cerrar la clínica veterinaria y la mantenía en la cama todo el día, durmiendo con ella y recordándole a cada segundo quién era su dueño.
Eventualmente, el inevitable resultado de tantas noches sin protección se manifestó. Tanto Tsume como Hana quedaron embarazadas. Tsume, completamente entregada a su papel, rebosaba de una felicidad retorcida por darle hijos a su macho. Hana, por su parte, terminó por resignarse. Comprendió que en ese nuevo orden mundial, las órdenes de Naruto eran absolutas.
Una noche, Naruto las llamó a ambas a su habitación.
—Pónganse cómodas —ordenó él, sentado en un gran sillón—. Quiero ver cómo mis dos perritas se dem
