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Mi enemigo

Fandom: Teen wolf

Created: 4/6/2026

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RomanceOmegaverseCanon SettingSlice of LifeJealousyDramaExplicit LanguageSoulmatesHurt/ComfortFantasy
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Instinto y Adrenalina

El pasillo del instituto de Beacon Hills parecía haberse convertido en un horno autolimpiante, y Stiles Stilinski estaba convencido de que él era el pavo en el centro del desastre.

Desde la primera hora de clase, el mundo se sentía... borroso. Su mente, habitualmente una máquina de carreras de Fórmula 1 que procesaba datos a una velocidad alarmante, se había reducido a un zumbido estático. Tenía calor. Un calor que no se iba ni bebiendo agua helada, ni abriéndose la sudadera, ni agitando las manos frente a su cara pecosa.

—Stiles, ¿estás bien? —preguntó Scott, frunciendo el ceño mientras caminaban hacia las taquillas tras la última campana—. Hueles... diferente. Como a canela, pero con algo más. Algo dulce.

—Es el nuevo champú, Scott. O tal vez finalmente estoy alcanzando la pubertad de élite —respondió Stiles con su sarcasmo habitual, aunque su voz sonó un poco más aguda de lo normal. Se apoyó contra el metal frío de su taquilla, cerrando los ojos por un segundo—. Solo es el estrés de los exámenes. Mi cuerpo decidió que sudar como un convicto es la mejor respuesta fisiológica.

Pero no era solo el calor. Era la piel sensible, el mareo y esa presión extraña en la base de su columna. Stiles sabía lo que significaba, pero su cerebro se negaba a aceptarlo. Según su calendario (y él era meticuloso con su calendario), su primer celo como omega no debería llegar hasta dentro de dos semanas.

—Vete a casa, Scott. En serio. Tienes entrenamiento de lacrosse y si el entrenador te ve llegar tarde, nos hará hacer flexiones hasta que nos salgan branquias.

Scott dudó, su instinto de alfa —aunque fuera un alfa en crecimiento y el mejor amigo más despistado del mundo— le enviaba señales de alerta. Pero Stiles lo empujó suavemente, forzando una sonrisa que terminó siendo más una mueca.

—Estoy bien. Solo necesito aire.

Cuando Scott finalmente se alejó, Stiles soltó un suspiro tembloroso. El pasillo estaba lleno de gente. Alfas, betas y omegas se mezclaban en un caos de hormonas de secundaria. Y de repente, el aire cambió.

Stiles sintió una punzada en el vientre. Un aroma denso, embriagador y peligrosamente familiar empezó a filtrarse a través de la neblina de su malestar. Era el olor a bosque después de la lluvia, a cuero viejo y a algo metálico, como el filo de una espada.

Derek Hale.

Derek estaba a unos metros, saliendo del gimnasio con su habitual expresión de "voy a asesinar a cualquiera que me mire dos veces". Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo de su torso, y su mandíbula estaba tan apretada que parecía que iba a romper sus propios dientes.

Sus ojos verdes, intensos y cargados de una furia perpetua, se clavaron en Stiles. Pero no era la mirada de odio habitual. Stiles y Derek tenían una relación... complicada. Se gritaban, se insultaban, Stiles usaba su sarcasmo para pinchar el ego de Derek y Derek respondía con amenazas de arrancarle la garganta. Se odiaban. O eso se decían a sí mismos para ignorar la tensión eléctrica que saltaba entre ellos cada vez que compartían el mismo código postal.

Derek se detuvo en seco. Sus fosas nasales se dilataron.

Stiles sintió un escalofrío recorrerle la espalda. En ese momento, lo supo. Su aroma se estaba desbocando. El dulce olor de un omega entrando en celo estaba empezando a inundar el pasillo, y los alfas a su alrededor estaban empezando a girar las cabezas.

—Stiles —gruñó Derek. Su voz era un trueno bajo que hizo que las rodillas del chico temblaran.

—No ahora, Sourwolf —balbuceó Stiles, tratando de caminar hacia la salida—. No tengo tiempo para tus hombros deprimidos y tu... tu cara de "el mundo me debe dinero".

Pero Derek ya se estaba moviendo. No caminaba; acechaba. En dos zancadas estuvo sobre él. Otros alfas del equipo de lacrosse se habían detenido, olfateando el aire con una mezcla de confusión y deseo depredador.

—Estás liberando feromonas, idiota —siseó Derek al oído de Stiles, agarrándolo del brazo con una fuerza que no admitía discusión.

—¡Es un error de cálculo biológico! —protestó Stiles, aunque su cuerpo se inclinó involuntariamente hacia el calor que emanaba de Derek—. Suéltame, puedo llegar al Jeep.

—No vas a llegar ni a la esquina sin que diez tipos intenten reclamarte —respondió Derek, sus ojos brillando con un destello azulado por un segundo—. Camina. Ahora.

Derek no lo llevó a la salida. Con un movimiento rápido y coordinado, lo arrastró hacia una puerta lateral: el almacén de suministros de limpieza y material deportivo viejo. Era un lugar oscuro, pequeño y lleno de estanterías metálicas.

En cuanto la puerta se cerró con un chasquido metálico, el mundo de Stiles explotó.

El espacio cerrado concentró su aroma de una manera casi insoportable. Era como si un frasco de perfume de melocotón y miel hubiera estallado en una habitación de dos por dos. Stiles se tambaleó, buscando apoyo en una de las estanterías, pero lo que encontró fue el pecho sólido de Derek.

—Derek... —jadeó Stiles. Tenía la visión borrosa y el corazón le latía contra las costillas como un pájaro enjaulado.

Derek lo tenía acorralado contra la pared. El alfa estaba luchando, Stiles podía verlo en la forma en que sus venas sobresalían en su cuello y cómo sus garras empezaban a asomar. El olor de Stiles era una invitación, un grito de guerra biológico que decía "tómame".

—Cállate, Stiles —dijo Derek, aunque su voz carecía de su habitual dureza. Estaba ronca, cargada de una necesidad que lo quemaba por dentro—. No tienes ni idea de lo que estás haciendo.

—Sé perfectamente lo que estoy haciendo —replicó Stiles, recuperando un destello de su bravuconería a pesar de que el sudor le bajaba por las sienes—. Estoy teniendo un colapso hormonal en un armario con el hombre que más me saca de quicio en este planeta. Es poético, ¿no crees?

Derek apoyó las manos en la pared, a ambos lados de la cabeza de Stiles, atrapándolo. Se inclinó hacia adelante, hundiendo la nariz en el hueco del cuello del omega. Stiles soltó un gemido que no pudo reprimir.

—Hueles... demasiado bien —susurró Derek contra su piel—. Es una tortura.

—Pues bienvenido al club —dijo Stiles con la voz quebrada—. Porque tú hueles a... a todo lo que siempre he querido y a todo lo que me da miedo admitir.

Derek se tensó. Lentamente, levantó la mirada para encontrarse con los ojos marrones y dilatados de Stiles. La tensión que siempre había existido entre ellos, esa mezcla de desprecio y atracción magnética, se había transformado en algo mucho más primitivo.

—Me odias —recordó Derek, aunque sus dedos se enterraban en la madera de una estantería cercana.

—Te odio tanto que no puedo pensar en otra cosa que no seas tú —admitió Stiles, con la honestidad brutal que solo el inicio de un celo podía provocar—. Odio que seas tan guapo, odio que seas tan trágico y odio que seas el único alfa que mi instinto quiere cerca ahora mismo. Así que, o me muerdes o me dejas ir antes de que pierda lo que me queda de dignidad.

Derek soltó un gruñido bajo, un sonido gutural que vibró en el pecho de Stiles.

—No voy a dejarte ir —dijo Derek. Su control se rompió como un cristal golpeado por una piedra.

Sus labios chocaron en un beso que no tuvo nada de tierno. Fue un choque de dientes, lengua y años de frustración contenida. Stiles se aferró a la chaqueta de cuero de Derek como si fuera su único anclaje al mundo real, mientras el alfa lo levantaba ligeramente del suelo para pegarlo más a su cuerpo.

El almacén estaba en silencio, a excepción de sus respiraciones agitadas y el roce de la ropa. Para Derek, el aroma de Stiles ya no era solo canela y dulce; era *suyo*. O quería que lo fuera. El instinto de marcar, de reclamar ese territorio, de proteger a ese humano hiperactivo y brillante que siempre lo desafiaba, se apoderó de él.

Derek bajó los besos hacia la mandíbula de Stiles, deteniéndose justo donde la glándula de olor palpitaba con fuerza.

—Stiles... —advirtió Derek, su voz era pura vibración—. Si hago esto, si te marco... no habrá vuelta atrás. No habrá más sarcasmo que nos proteja.

Stiles echó la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta, sus ojos cerrados con fuerza mientras las lágrimas de alivio y deseo asomaban por sus pestañas.

—No quiero volver atrás, Derek —susurró—. No quiero estar solo en esto.

Derek no necesitó más. Sus colmillos se alargaron y, con una mezcla de ferocidad y una delicadeza inesperada, hundió sus dientes en el hombro de Stiles.

El grito de Stiles fue ahogado por el beso de Derek. El vínculo se formó en un estallido de sensaciones: el dolor agudo seguido de una oleada de euforia, la conexión mental que le permitió sentir, por un instante, la inmensa soledad de Derek y el deseo desesperado que el alfa sentía por él.

Cuando Derek se separó, sus ojos eran de un azul brillante, pero su expresión era más suave de lo que Stiles jamás la había visto. Limpió con el pulgar una gota de sangre que bajaba por el hombro del chico.

—Ahora eres mío —declaró Derek, con una posesividad que habría hecho que el Stiles de hace una hora protestara, pero que el Stiles de ahora encontraba extrañamente reconfortante.

—Y tú eres mío —respondió Stiles, recuperando un poco de su aliento—. Lo que significa que vas a tener que escuchar mis teorías conspirativas y mis quejas sobre el Jeep por el resto de tu vida. Espero que estés preparado, Sourwolf.

Derek soltó una risa corta, algo que Stiles solo había escuchado un par de veces en su vida. Se inclinó y besó la frente del omega, envolviéndolo en sus brazos mientras el calor del celo comenzaba a estabilizarse bajo la influencia del alfa.

—Creo que podré manejarlo —dijo Derek, acomodando a Stiles contra su pecho—. Pero primero, tenemos que sacarte de aquí antes de que Scott derribe la puerta.

—Oh, Dios —Stiles ocultó la cara en el cuello de Derek—. Scott me va a matar. O peor, va a querer hablar de nuestros "sentimientos".

—Deja que lo intente —gruñó Derek, volviendo a su tono protector—. Nadie va a tocar lo que me pertenece.

Stiles sonrió contra su piel, sintiendo por primera vez en mucho tiempo que, a pesar del caos, de los hombres lobo y de su propia mente desordenada, estaba exactamente donde debía estar. El odio era una chispa, pero lo que ardía entre ellos ahora era algo mucho más difícil de apagar.
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