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Post apocalipsis

Fandom: Resivel Evil

Created: 4/6/2026

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OmegaversePost-ApocalypticHorrorSurvival HorrorDarkPsychologicalGraphic ViolenceRapeBody HorrorCharacter Study
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El eco de un silencio roto

El aire en el refugio de Raccoon City era pesado, una mezcla asfixiante de humedad, óxido y el olor metálico de la sangre que se filtraba por las rendijas de las puertas reforzadas. Leon S. Kennedy, con apenas veinte años y un uniforme de policía que le quedaba ligeramente grande en los hombros, se presionaba la espalda contra la pared fría del sótano. Su mente, sin embargo, no estaba en silencio. Nunca lo estaba.

—Corre, Leon. No, quédate. Mira esa mancha en la pared, parece un rostro. ¿Viste eso? Un destello. ¡Cuidado! —Las voces se solapaban en su cabeza, un coro discordante que su TDAH alimentaba sin piedad.

No podía concentrarse. Sus dedos tamborileaban rítmicamente contra su rodilla, un tic nervioso que no podía detener. Sus ojos saltaban de un objeto a otro: una caja de municiones vacía, una mancha de aceite, el parpadeo de una bombilla moribunda. Intentaba enfocar su atención en el arma que tenía entre las manos, pero el mundo parecía moverse a una velocidad distinta a la suya. Y entonces, el calor empezó a subir por su nuca.

No era un calor normal. Era un incendio interno que le nublaba el juicio, una pesadez en el vientre que conocía demasiado bien y que había intentado ignorar con supresores que ahora yacían en el fondo de su mochila perdida. Su celo de omega había llegado en el peor momento posible, en medio del apocalipsis, rodeado de muerte.

—¡Míralo, el pequeño cachorro está sudando! —La voz de Miller, uno de los supervivientes que se creía con derecho a todo por tener una escopeta y un instinto de alfa agresivo, resonó en el pasillo.

Leon apretó los dientes. Sus cambios de humor eran como latigazos. Un segundo sentía un miedo paralizante que lo hacía querer encogerse hasta desaparecer, y al siguiente, una furia ciega le quemaba las venas, haciéndole desear saltar a la garganta de Miller.

—Déjame en paz, Miller —respondió Leon, su voz oscilando entre un susurro quebrado y un gruñido.

—¿O qué? ¿Vas a llorar? —Miller se acercó, su aroma a sudor y tabaco chocando violentamente con la fragancia dulce y desesperada que Leon empezaba a desprender—. Hueles delicioso, Kennedy. Demasiado bien para este basurero.

Miller no esperó respuesta. Lo empujó contra la pared, su mano grande y callosa apretando el cuello de Leon. El joven policía intentó luchar, pero su cuerpo lo traicionaba; el celo lo dejaba débil, sus músculos se sentían como gelatina y las voces en su cabeza gritaban tan fuerte que no podía coordinar un golpe. El abuso no era nuevo, Miller aprovechaba cada momento de soledad para recordarle a Leon su posición en la jerarquía, pero esta vez, el instinto de supervivencia de Leon estaba fragmentado por la hiperactividad de sus sentidos.

—¡Suéltame! —gritó Leon, pasando de la sumisión al odio puro en un parpadeo. Intentó patear, pero Miller lo inmovilizó contra el suelo frío.

—Cállate y disfruta, omega. Al menos así morirás sintiendo algo más que miedo.

El forcejeo fue breve y cruel. Leon se sentía disociado, como si estuviera viendo la escena desde el techo. Su mente saltaba a recuerdos de la academia, luego al sabor de una manzana que comió hace días, y después regresaba al dolor punzante en sus muñecas. Cuando Miller terminó y se alejó, escupiendo al suelo con desprecio, Leon se quedó allí, temblando, envuelto en una nube de confusión y dolor.

—Sucio. Estás sucio. Limpia el suelo. Mira la luz. La luz es azul. No, es blanca —susurraban las voces.

Leon se levantó como pudo, sus movimientos erráticos. La hiperactividad lo obligaba a moverse, a pesar de que su cuerpo le pedía descanso. Caminó por los pasillos oscuros del refugio, alejándose de Miller, alejándose de la humanidad que le quedaba. No se dio cuenta de que se estaba adentrando en la zona "roja", la parte del edificio que había sido sellada debido a una brecha en la seguridad.

El olor a putrefacción se hizo más fuerte, pero para su olfato alterado por el celo, había algo más. Un rastro de feromonas distorsionadas, algo antiguo y violento.

—No entres ahí. Entra, hay un tesoro. Sangre. Mucha sangre —decían las voces en un frenesí.

Leon abrió una puerta de rejilla que chirrió con un lamento metálico. Al fondo del pasillo, una figura se tambaleaba. Era un hombre, o lo que quedaba de uno. Su piel era grisácea, jirones de carne colgaban de su mandíbula y sus ojos eran dos pozos de color blanco lechoso. Pero no era un zombie cualquiera. Sus hombros eran anchos, su estatura imponente; incluso en la muerte, su esencia de alfa era una presencia física, una presión en el aire que hizo que las rodillas de Leon flaquearan.

El zombie no tenía conciencia. No había rastro de humanidad en esos ojos, solo un hambre instintiva y una programación biológica que sobrevivía al virus. Al detectar el aroma dulce y cargado de hormonas del omega en celo, la criatura soltó un gruñido gutural que vibró en el pecho de Leon.

—Peligro. Es hermoso. Corre. Quédate —el caos mental de Leon alcanzó su punto máximo.

El joven policía retrocedió, pero tropezó con unos escombros. Su hiperactividad lo hizo reaccionar rápido, intentando desenfundar su cuchillo, pero su trastorno bipolar lo traicionó de nuevo; una súbita ola de apatía y cansancio extremo lo golpeó, dejándolo con el brazo suspendido a mitad de camino.

La criatura se lanzó sobre él.

No hubo palabras, solo el sonido de la carne chocando contra el suelo. El zombie alfa, movido por un impulso atávico que el Virus-T no había logrado borrar del todo, inmovilizó a Leon con una fuerza inhumana. Leon sollozó, su mente disparando imágenes inconexas: un campo de flores, el rostro de su madre, una bala atravesando un cráneo.

La falta de conciencia del atacante lo hacía más aterrador. No había malicia, solo una función biológica ejecutada por un cadáver viviente. Leon sintió las manos frías y rígidas desgarrando su uniforme, sintió el peso muerto de la criatura sobre él. En su estado de celo, su cuerpo respondía de forma traicionera a la dominación, a pesar de que su mente gritaba de horror.

—¡Basta! ¡Por favor! —suplicó Leon, aunque sabía que no había nadie detrás de esos ojos muertos para escucharlo.

El zombie no buscaba solo alimentarse. El instinto de apareamiento de un alfa, incluso en ese estado de putrefacción, se retorcía con la necesidad de reclamar. En un movimiento brusco, la criatura agarró el hombro de Leon. El joven sintió el frío de la muerte rozando su piel antes de que el dolor estallara.

Los dientes del zombie se hundieron profundamente en la unión entre su cuello y su hombro.

—¡AAAAAAAH! —El grito de Leon desgarró el aire del pasillo.

Fue una mordida de marcaje. Una marca de alfa en un omega, pero cargada con el veneno del virus que estaba destruyendo el mundo. Leon sintió cómo el fuego líquido del virus entraba en su torrente sanguíneo, luchando contra la fiebre de su celo.

—Estás marcado. Ahora eres de él. Ahora eres nada. Mira las estrellas, Leon. Se están apagando —las voces en su cabeza empezaron a desvanecerse, siendo reemplazadas por un zumbido estático y pesado.

El zombie, tras el acto, pareció perder interés por un momento, dejando caer su cabeza sobre el pecho de Leon, su mandíbula aún goteando la sangre del joven. Leon yacía allí, mirando al techo, sus dedos aún moviéndose espasmódicamente contra el suelo de cemento.

De repente, una carcajada histérica escapó de sus labios. La transición entre el terror y una euforia maníaca fue instantánea.

—¡Ja! ¡Míranos! —exclamó Leon a la oscuridad, sus ojos brillando con una luz febril—. ¡Estamos todos muertos, Miller! ¡Estamos todos marcados!

Se sentó con dificultad, apartando el cuerpo inerte de la criatura. El dolor de la mordida era insoportable, pero su hiperactividad lo empujaba a ignorarlo, a levantarse, a correr, a hacer algo, cualquier cosa. Se tocó la herida; estaba caliente, palpitante. Sabía lo que significaba. No solo era un omega abusado y roto, ahora era un huésped del virus.

—¿Qué sigue? —se preguntó a sí mismo, su voz ahora extrañamente calmada, una de las facetas de su inestabilidad emocional—. ¿Cenar? ¿Dormir? ¿Matar?

Se puso de pie, tambaleándose. Las voces regresaron, pero esta vez eran diferentes. No eran solo sus pensamientos fragmentados; ahora había un susurro más profundo, algo que venía de la marca en su cuello, una conexión oscura con la horda que gemía fuera de las paredes del refugio.

—Tengo que encontrar a Miller —dijo Leon, una sonrisa torcida dibujándose en su rostro joven y ensangrentado—. Tengo que mostrarle mi nueva marca. Le va a encantar.

Caminó de regreso por el pasillo, sus pasos eran erráticos, una danza entre la coordinación de un soldado y el espasmo de un infectado. Su mente volaba a mil kilómetros por hora, planeando, recordando, olvidando. El TDAH le hacía notar cada detalle del pasillo: una grieta en el techo, un casquillo de bala, el rastro de su propia sangre.

Cuando llegó a la zona común, Miller estaba allí, limpiando su escopeta, rodeado de otros dos hombres. Al ver a Leon aparecer, cubierto de sangre y con la mirada perdida, Miller se levantó, burlón.

—¿Qué te pasó, Kennedy? ¿Te caíste por las escaleras o encontraste a alguien más que te diera lo tuyo?

Leon no respondió de inmediato. Se quedó allí, balanceándose sobre sus talones, sus manos jugueteando con los bordes desgarrados de su camisa.

—Miller —dijo Leon, y el tono de su voz hizo que los otros hombres se tensaran. No era la voz de un omega sumiso; era algo frío, afilado como un bisturí—. Me encontré con un amigo. Un alfa de verdad.

Leon ladeó la cabeza, exponiendo la marca de la mordida. La piel alrededor de la herida ya empezaba a mostrar venas negras y una inflamación antinatural.

—¿Qué demonios...? —Miller retrocedió, alcanzando su arma—. ¡Estás infectado! ¡Maldita sea, te mordieron!

—¿Infectado? —Leon soltó una carcajada que terminó en un gruñido—. No, Miller. Estoy mejorado. Ya no escucho tantas voces. Solo una. Y dice que tienes un aroma... delicioso.

La hiperactividad de Leon estalló en un estallido de velocidad. Antes de que Miller pudiera levantar la escopeta, Leon ya estaba sobre él. Su fuerza, potenciada por la adrenalina del virus y la furia acumulada de su trastorno bipolar, era abrumadora. Derribó al hombre más grande con una facilidad pasmosa.

—¡Quítamelo! ¡Quítamelo! —gritaba Miller mientras los otros supervivientes huían despavoridos, paralizados por el horror de ver al joven policía convertido en un depredador.

Leon hundió sus dedos en los hombros de Miller, la misma posición en la que el zombie lo había tenido a él minutos antes. El ciclo de abuso se cerraba de la forma más violenta posible.

—¿Sabes qué es lo mejor de no poder concentrarse en una sola cosa, Miller? —susurró Leon al oído del hombre, su aliento cálido y cargado de muerte—. Que puedo disfrutar de cada segundo de tu miedo, mientras pienso en lo que voy a desayunar mañana. Si es que queda algo de ti.

Sin dudarlo, Leon devolvió el favor que el mundo le había dado. No fue una mordida de marcaje, fue un acto de hambre y locura. El refugio, que una vez fue un santuario de esperanza, se llenó con los gritos de Miller, mientras Leon Kennedy, el omega roto, el chico de las mil voces, se perdía definitivamente en la oscuridad de la noche de Raccoon City.

—Silencio —susurró Leon finalmente, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano, mirando el cuerpo inerte bajo él—. Por fin hay silencio.

Pero en el fondo de su mente, una pequeña chispa de su TDAH todavía notaba que la bombilla del pasillo seguía parpadeando. Tres veces por segundo. Uno, dos, tres. Uno, dos, tres.

El apocalipsis apenas comenzaba, y Leon, marcado por los muertos y roto por los vivos, estaba listo para recorrerlo.
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