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Lirios
Fandom: Pjo
Created: 4/9/2026
Tags
FantasyDramaAngstMysteryPsychologicalCharacter StudyDivergenceCanon SettingSandalpunk
Ecos de una Promesa Olvidada
La paz en el Campamento Mestizo era una melodía dulce, pero cargada de una estática inquietante que solo los veteranos de dos guerras podían percibir. El sol de la tarde bañaba la Colina Mestiza, iluminando el vellocino de oro que colgaba del pino de Thalia, mientras los héroes de la Gran Profecía y los de los Siete descansaban en la terraza de la Casa Grande. Percy Jackson reía ante una broma de Leo Valdez, quien intentaba convencer a Frank Zhang de que podía convertir su cinturón de herramientas en un dispensador automático de tacos. Piper McLean y Jason Grace compartían una mirada cómplice, mientras Hazel Levesque observaba con cariño cómo Nico di Angelo intentaba, sin éxito, ignorar los comentarios entusiastas de Will Solace. Incluso Silena Beauregard y Charles Beckendorf, quienes habían sobrevivido milagrosamente a los horrores de la guerra contra Cronos gracias a sacrificios que aún pesaban en sus almas, disfrutaban de la brisa.
Annabeth Chase, sin embargo, no podía relajarse del todo. Tenía a Percy a su lado, su mano entrelazada con la de él, pero sus ojos grises siempre estaban escaneando el horizonte. La nueva profecía del Oráculo de Delfos flotaba en el aire como una nube negra: una advertencia sobre una traición nacida del olvido y una guerra donde los dioses no serían los jueces, sino los acusados.
—Annabeth, relájate —murmuró Percy, apretando suavemente su mano—. Gea está dormida. Los Gigantes son polvo. No hay nada ahí fuera más que entregas de Amazon de Hermes.
Annabeth forzó una sonrisa, pero antes de que pudiera responder, la barrera mágica del campamento —aquella que se suponía impenetrable para los mortales y selectiva para los semidioses— vibró con un zumbido sordo.
Todos se pusieron en pie al unísono. Quirón, en su forma de centauro, galopó hacia el frente de la terraza, con su arco ya en mano.
Una figura ascendía por la colina. No corría, no huía de un monstruo, ni venía escoltada por un sátiro. Caminaba con una parsimonia que rayaba en el desprecio.
Era una chica alta. Su cabello castaño oscuro, largo y con ondas naturales, ondeaba ligeramente con el viento. Tenía la piel del color de las almendras y unos ojos negros tan profundos que parecían pozos de obsidiana, carentes de cualquier brillo de esperanza o miedo. No era hermosa de la manera en que lo era Piper, con la gracia de Afrodita; su belleza era cruda, angular, casi peligrosa. Una pequeña cicatriz cortaba la comisura derecha de su labio, dándole un aire de perpetuo cinismo. Vestía unos pantalones holgados de color beige, unos Converse negros desgastados y una sudadera roja abierta sobre una blusa negra de manga larga.
Annabeth sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El mundo pareció encogerse hasta que solo quedaron ellas dos.
—No puede ser... —susurró Annabeth.
—¿La conoces? —preguntó Jason, con la mano en el pomo de su espada de oro imperial.
La extraña llegó al límite de la terraza. Ignoró a Percy, ignoró al hijo de Júpiter y a la reina de la belleza. Sus ojos negros se clavaron en Quirón y luego se desviaron, por una fracción de segundo, hacia Annabeth. No hubo reconocimiento cálido, solo un frío vacío.
Sin decir una palabra, la chica se quitó la mochila de los hombros y, con un movimiento fluido y brusco, se la lanzó a Quirón. El centauro la atrapó en el aire, desconcertado.
—¿Isabella? —La voz de Quirón tembló de una forma que nunca habían escuchado, ni siquiera ante Tifón.
La chica no respondió. Metió las manos en los bolsillos de su sudadera roja y sacó un pedazo de papel arrugado y manchado de lo que parecía ser ceniza. Se lo extendió al centauro. En su cuello, una fina cadena de plata sostenía un colgante pequeño y extraño, una forma geométrica que no pertenecía a ninguno de los símbolos divinos conocidos.
—¿Quién es ella? —preguntó Leo, rompiendo el silencio sepulcral—. ¿Es otra hija de los Tres Grandes? Porque tiene esa vibra de "voy a electrocutarte si me miras mal".
—Se llama Isabella Moretti —respondió Annabeth, su voz era apenas un hilo—. Pero... se suponía que no volvería. Se suponía que estaba a salvo.
Annabeth retrocedió en el tiempo. Recordó a una niña de siete años, callada y observadora, que había llegado al campamento poco después que ella. Durante meses, Isabella y Annabeth habían sido inseparables. Habían compartido sueños de construir ciudades que nunca caerían. Pero Isabella nunca fue reclamada. Los dioses le daban la espalda en las hogueras; las ofrendas que quemaba volvían a ella en forma de humo negro y acre. Los dioses no solo la ignoraban, la detestaban. Annabeth recordaba las discusiones con Luke antes de que este se volviera contra el Olimpo. Luke decía que Isabella era la prueba de que los dioses eran crueles, pero Annabeth, en su lealtad ciega a Atenea y su fe en el sistema, se había peleado con Isabella. La última vez que se hablaron, Annabeth había elegido defender las estructuras del campamento y a Luke —antes de su traición—, dejando a Isabella sola en su amargura.
Quirón se la había llevado una noche, diciendo que le había encontrado una familia mortal, que era lo mejor para alguien que los dioses se negaban a reconocer.
—Has crecido —dijo Quirón, leyendo el papel con una expresión de horror creciente—. Isabella, yo... lo siento mucho. No sabía que las cosas terminarían así.
La chica finalmente habló, pero su voz no era lo que esperaban. Era baja, ronca, como si no la hubiera usado en mucho tiempo.
—No sientas nada, centauro. Las disculpas son el consuelo de los que no tienen intención de arreglar lo que rompieron.
—¿Cómo entraste? —intervino Percy, dando un paso al frente, tratando de ser el líder protector—. La barrera no deja pasar a cualquiera, y menos si... bueno, si no eres una semidiosa reclamada.
Isabella giró el rostro hacia él. Percy, el salvador del Olimpo, el chico que había rechazado la inmortalidad, se sintió de repente muy pequeño bajo esa mirada.
—He caminado por lugares donde tu barrera parecería un suspiro, hijo de Poseidón —dijo ella con una calma gélida—. No estoy aquí por tu protección. Estoy aquí porque el destino tiene un sentido del humor retorcido.
Quirón cerró los ojos, apretando el papel en su puño.
—Ella no es una semidiosa común, Percy. Isabella es... un recordatorio.
—¿Un recordatorio de qué? —preguntó Piper, sintiendo una oleada de inquietud que su embrujo no podía calmar.
—De los que fueron borrados de la historia —respondió Isabella, mirando directamente a Annabeth—. Hola, Annabeth. Veo que sigues rodeada de héroes. Sigues eligiendo el bando de los que escriben los libros, ¿verdad?
—Isabella, yo... —Annabeth dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando la chica retrocedió instintivamente—. No fue una elección fácil. Era una niña. Todos lo éramos.
—Algunos niños tienen el lujo de ser niños —replicó Isabella, con una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos—. Otros somos simplemente el daño colateral de sus juegos divinos.
—¡Basta! —exclamó Quirón—. Isabella, te quedarás en la Casa Grande por ahora. No puede ser la cabaña de Hermes, no después de lo que dice esta carta.
—¿Qué dice la carta, Quirón? —preguntó Jason, serio—. Si hay una nueva amenaza, necesitamos saberlo.
Quirón miró a los héroes, a los rostros jóvenes que habían sangrado tanto por un Olimpo que a menudo no los merecía. Luego miró a Isabella, que permanecía allí como una estatua de rencor y supervivencia.
—La carta es de las Parcas —reveló Quirón, y un escalofrío recorrió la terraza—. Dice que el equilibrio se ha roto. Que los héroes han ganado sus guerras, pero que la justicia ha sido olvidada. Isabella Moretti no es una villana, pero el mundo la tratará como tal si no tenemos cuidado. Ella es la "Variable No Deseada".
—Vaya título —comentó Leo, aunque su voz carecía de su chispa habitual—. Yo prefiero "Súper Chico de las Llamas", pero supongo que el suyo suena más... gótico.
Isabella ignoró a Leo. Se acercó a Annabeth, deteniéndose a solo unos centímetros. Annabeth pudo oler el aroma de la chica: ozono, tierra mojada y algo metálico, como la sangre vieja.
—Me dijeron que habías salvado el mundo, Annabeth —susurró Isabella, lo suficientemente alto para que Percy lo oyera—. Me dijeron que eras la mente más brillante de tu generación. Dime, ¿cuánto de ese mundo que salvaste se construyó sobre los cadáveres de los que olvidaste?
—Yo nunca te olvidé —mintió Annabeth, o quizás era una verdad a medias. La había recordado en sus pesadillas, una sombra de culpa que siempre apartaba para enfocarse en la siguiente misión.
—Mientes tan bien como tu madre —dijo Isabella sin rencor, solo con una observación clínica—. Pero está bien. No he venido por una disculpa. He venido a ver cómo cae todo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Percy, poniéndose entre ellas.
Isabella lo miró y, por primera vez, hubo un destello de algo en sus ojos negros. ¿Lástima? ¿Reconocimiento?
—Disfruta de tu gloria, Percy Jackson. Disfruta de tus campos de fresas y de tu novia perfecta. Porque la historia tiene una forma de corregirse a sí misma. Y yo soy la pluma que va a tachar vuestros nombres.
Dicho esto, Isabella se dio la vuelta y entró en la Casa Grande sin esperar a que Quirón la guiara, como si conociera los pasillos por instinto, o como si no le importara a quién perteneciera el lugar.
El silencio que dejó atrás era pesado, asfixiante. Los héroes se miraron entre sí. Piper se abrazó a sí misma, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con el clima de Long Island.
—Ella... ella no es normal —dijo Frank, rompiendo el silencio—. No sentí ninguna aura de dios en ella. Pero cuando me miró, sentí que mis ancestros daban un paso atrás.
—Quirón —Annabeth se volvió hacia su mentor—, ¿qué pasó realmente cuando se fue? Dijiste que estaba con una familia.
Quirón suspiró, pareciendo más viejo que sus milenios de vida.
—Eso fue lo que me ordenaron decir, Annabeth. Los dioses... ellos le temían. No por lo que podía hacer, sino por lo que representaba. Isabella es el resultado de un pacto que los dioses rompieron hace eones. Su existencia es una afrenta para el Olimpo. Intentaron borrarla, enviarla a un lugar donde el tiempo no corre.
—¿El Tártaro? —preguntó Percy, con la voz quebrada.
—Peor —respondió Quirón—. El Olvido. Un vacío donde ni siquiera los monstruos van. Que haya regresado... significa que los sellos de las Parcas se están debilitando.
Annabeth miró hacia la puerta por donde Isabella había desaparecido. Su corazón latía con una mezcla de miedo y una fascinación oscura. Siempre se había enorgullecido de conocer todas las respuestas, de tener un plan para cada contingencia. Pero frente a Isabella Moretti, se sentía como una aprendiz que acababa de descubrir que el lenguaje que hablaba era solo un dialecto de algo mucho más grande y terrible.
—Ella no es la villana de esta historia —murmuró Annabeth para sí misma, recordando la cicatriz en el labio de Isabella, una herida que ella misma había causado accidentalmente durante un entrenamiento infantil hace años.
—¿Entonces qué es? —preguntó Percy, tomándola del hombro.
Annabeth miró a su novio, el héroe que lo había dado todo por el Olimpo, y luego miró hacia la Casa Grande, donde una chica que no tenía nada reclamaba su lugar en un mundo que la odiaba.
—Es la consecuencia —respondió Annabeth—. Es nuestra consecuencia.
En el interior de la Casa Grande, Isabella se detuvo frente a un espejo en el pasillo. Observó su reflejo: la cicatriz, los ojos que habían visto el fin de todas las cosas y el vacío que las seguía. Tocó el collar en su cuello. No era un regalo de un dios, sino un fragmento de una realidad que ya no existía.
—Que empiecen los juegos, Annabeth —susurró a la nada—. Vamos a ver si tu sabiduría puede salvarte de la verdad.
Afuera, el sol terminó de ponerse, y por primera vez en años, las sombras que se proyectaban sobre el Campamento Mestizo parecían mucho más largas de lo que deberían, extendiéndose como dedos negros que buscaban arrastrar la paz hacia la oscuridad. La guerra contra los Titanes y Gea había sido cruda, pero lo que venía no era una guerra de poder, sino una guerra de identidad. Y en esa lucha, los héroes más amados podrían descubrir que, en la historia de alguien más, ellos eran los monstruos.
Isabella se sentó en una de las camas de la enfermería, esperando. Sabía que Annabeth vendría. Siempre lo hacía. Annabeth no podía resistirse a un misterio, especialmente a uno que ella misma había ayudado a crear. Y cuando llegara, Isabella estaría lista para empezar a desmantelar, pieza por pieza, el mundo de cristal que los semidioses habían construido sobre las cenizas de los olvidados.
Annabeth Chase, sin embargo, no podía relajarse del todo. Tenía a Percy a su lado, su mano entrelazada con la de él, pero sus ojos grises siempre estaban escaneando el horizonte. La nueva profecía del Oráculo de Delfos flotaba en el aire como una nube negra: una advertencia sobre una traición nacida del olvido y una guerra donde los dioses no serían los jueces, sino los acusados.
—Annabeth, relájate —murmuró Percy, apretando suavemente su mano—. Gea está dormida. Los Gigantes son polvo. No hay nada ahí fuera más que entregas de Amazon de Hermes.
Annabeth forzó una sonrisa, pero antes de que pudiera responder, la barrera mágica del campamento —aquella que se suponía impenetrable para los mortales y selectiva para los semidioses— vibró con un zumbido sordo.
Todos se pusieron en pie al unísono. Quirón, en su forma de centauro, galopó hacia el frente de la terraza, con su arco ya en mano.
Una figura ascendía por la colina. No corría, no huía de un monstruo, ni venía escoltada por un sátiro. Caminaba con una parsimonia que rayaba en el desprecio.
Era una chica alta. Su cabello castaño oscuro, largo y con ondas naturales, ondeaba ligeramente con el viento. Tenía la piel del color de las almendras y unos ojos negros tan profundos que parecían pozos de obsidiana, carentes de cualquier brillo de esperanza o miedo. No era hermosa de la manera en que lo era Piper, con la gracia de Afrodita; su belleza era cruda, angular, casi peligrosa. Una pequeña cicatriz cortaba la comisura derecha de su labio, dándole un aire de perpetuo cinismo. Vestía unos pantalones holgados de color beige, unos Converse negros desgastados y una sudadera roja abierta sobre una blusa negra de manga larga.
Annabeth sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. El mundo pareció encogerse hasta que solo quedaron ellas dos.
—No puede ser... —susurró Annabeth.
—¿La conoces? —preguntó Jason, con la mano en el pomo de su espada de oro imperial.
La extraña llegó al límite de la terraza. Ignoró a Percy, ignoró al hijo de Júpiter y a la reina de la belleza. Sus ojos negros se clavaron en Quirón y luego se desviaron, por una fracción de segundo, hacia Annabeth. No hubo reconocimiento cálido, solo un frío vacío.
Sin decir una palabra, la chica se quitó la mochila de los hombros y, con un movimiento fluido y brusco, se la lanzó a Quirón. El centauro la atrapó en el aire, desconcertado.
—¿Isabella? —La voz de Quirón tembló de una forma que nunca habían escuchado, ni siquiera ante Tifón.
La chica no respondió. Metió las manos en los bolsillos de su sudadera roja y sacó un pedazo de papel arrugado y manchado de lo que parecía ser ceniza. Se lo extendió al centauro. En su cuello, una fina cadena de plata sostenía un colgante pequeño y extraño, una forma geométrica que no pertenecía a ninguno de los símbolos divinos conocidos.
—¿Quién es ella? —preguntó Leo, rompiendo el silencio sepulcral—. ¿Es otra hija de los Tres Grandes? Porque tiene esa vibra de "voy a electrocutarte si me miras mal".
—Se llama Isabella Moretti —respondió Annabeth, su voz era apenas un hilo—. Pero... se suponía que no volvería. Se suponía que estaba a salvo.
Annabeth retrocedió en el tiempo. Recordó a una niña de siete años, callada y observadora, que había llegado al campamento poco después que ella. Durante meses, Isabella y Annabeth habían sido inseparables. Habían compartido sueños de construir ciudades que nunca caerían. Pero Isabella nunca fue reclamada. Los dioses le daban la espalda en las hogueras; las ofrendas que quemaba volvían a ella en forma de humo negro y acre. Los dioses no solo la ignoraban, la detestaban. Annabeth recordaba las discusiones con Luke antes de que este se volviera contra el Olimpo. Luke decía que Isabella era la prueba de que los dioses eran crueles, pero Annabeth, en su lealtad ciega a Atenea y su fe en el sistema, se había peleado con Isabella. La última vez que se hablaron, Annabeth había elegido defender las estructuras del campamento y a Luke —antes de su traición—, dejando a Isabella sola en su amargura.
Quirón se la había llevado una noche, diciendo que le había encontrado una familia mortal, que era lo mejor para alguien que los dioses se negaban a reconocer.
—Has crecido —dijo Quirón, leyendo el papel con una expresión de horror creciente—. Isabella, yo... lo siento mucho. No sabía que las cosas terminarían así.
La chica finalmente habló, pero su voz no era lo que esperaban. Era baja, ronca, como si no la hubiera usado en mucho tiempo.
—No sientas nada, centauro. Las disculpas son el consuelo de los que no tienen intención de arreglar lo que rompieron.
—¿Cómo entraste? —intervino Percy, dando un paso al frente, tratando de ser el líder protector—. La barrera no deja pasar a cualquiera, y menos si... bueno, si no eres una semidiosa reclamada.
Isabella giró el rostro hacia él. Percy, el salvador del Olimpo, el chico que había rechazado la inmortalidad, se sintió de repente muy pequeño bajo esa mirada.
—He caminado por lugares donde tu barrera parecería un suspiro, hijo de Poseidón —dijo ella con una calma gélida—. No estoy aquí por tu protección. Estoy aquí porque el destino tiene un sentido del humor retorcido.
Quirón cerró los ojos, apretando el papel en su puño.
—Ella no es una semidiosa común, Percy. Isabella es... un recordatorio.
—¿Un recordatorio de qué? —preguntó Piper, sintiendo una oleada de inquietud que su embrujo no podía calmar.
—De los que fueron borrados de la historia —respondió Isabella, mirando directamente a Annabeth—. Hola, Annabeth. Veo que sigues rodeada de héroes. Sigues eligiendo el bando de los que escriben los libros, ¿verdad?
—Isabella, yo... —Annabeth dio un paso hacia ella, pero se detuvo cuando la chica retrocedió instintivamente—. No fue una elección fácil. Era una niña. Todos lo éramos.
—Algunos niños tienen el lujo de ser niños —replicó Isabella, con una sonrisa amarga que no llegó a sus ojos—. Otros somos simplemente el daño colateral de sus juegos divinos.
—¡Basta! —exclamó Quirón—. Isabella, te quedarás en la Casa Grande por ahora. No puede ser la cabaña de Hermes, no después de lo que dice esta carta.
—¿Qué dice la carta, Quirón? —preguntó Jason, serio—. Si hay una nueva amenaza, necesitamos saberlo.
Quirón miró a los héroes, a los rostros jóvenes que habían sangrado tanto por un Olimpo que a menudo no los merecía. Luego miró a Isabella, que permanecía allí como una estatua de rencor y supervivencia.
—La carta es de las Parcas —reveló Quirón, y un escalofrío recorrió la terraza—. Dice que el equilibrio se ha roto. Que los héroes han ganado sus guerras, pero que la justicia ha sido olvidada. Isabella Moretti no es una villana, pero el mundo la tratará como tal si no tenemos cuidado. Ella es la "Variable No Deseada".
—Vaya título —comentó Leo, aunque su voz carecía de su chispa habitual—. Yo prefiero "Súper Chico de las Llamas", pero supongo que el suyo suena más... gótico.
Isabella ignoró a Leo. Se acercó a Annabeth, deteniéndose a solo unos centímetros. Annabeth pudo oler el aroma de la chica: ozono, tierra mojada y algo metálico, como la sangre vieja.
—Me dijeron que habías salvado el mundo, Annabeth —susurró Isabella, lo suficientemente alto para que Percy lo oyera—. Me dijeron que eras la mente más brillante de tu generación. Dime, ¿cuánto de ese mundo que salvaste se construyó sobre los cadáveres de los que olvidaste?
—Yo nunca te olvidé —mintió Annabeth, o quizás era una verdad a medias. La había recordado en sus pesadillas, una sombra de culpa que siempre apartaba para enfocarse en la siguiente misión.
—Mientes tan bien como tu madre —dijo Isabella sin rencor, solo con una observación clínica—. Pero está bien. No he venido por una disculpa. He venido a ver cómo cae todo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Percy, poniéndose entre ellas.
Isabella lo miró y, por primera vez, hubo un destello de algo en sus ojos negros. ¿Lástima? ¿Reconocimiento?
—Disfruta de tu gloria, Percy Jackson. Disfruta de tus campos de fresas y de tu novia perfecta. Porque la historia tiene una forma de corregirse a sí misma. Y yo soy la pluma que va a tachar vuestros nombres.
Dicho esto, Isabella se dio la vuelta y entró en la Casa Grande sin esperar a que Quirón la guiara, como si conociera los pasillos por instinto, o como si no le importara a quién perteneciera el lugar.
El silencio que dejó atrás era pesado, asfixiante. Los héroes se miraron entre sí. Piper se abrazó a sí misma, sintiendo un frío que no tenía nada que ver con el clima de Long Island.
—Ella... ella no es normal —dijo Frank, rompiendo el silencio—. No sentí ninguna aura de dios en ella. Pero cuando me miró, sentí que mis ancestros daban un paso atrás.
—Quirón —Annabeth se volvió hacia su mentor—, ¿qué pasó realmente cuando se fue? Dijiste que estaba con una familia.
Quirón suspiró, pareciendo más viejo que sus milenios de vida.
—Eso fue lo que me ordenaron decir, Annabeth. Los dioses... ellos le temían. No por lo que podía hacer, sino por lo que representaba. Isabella es el resultado de un pacto que los dioses rompieron hace eones. Su existencia es una afrenta para el Olimpo. Intentaron borrarla, enviarla a un lugar donde el tiempo no corre.
—¿El Tártaro? —preguntó Percy, con la voz quebrada.
—Peor —respondió Quirón—. El Olvido. Un vacío donde ni siquiera los monstruos van. Que haya regresado... significa que los sellos de las Parcas se están debilitando.
Annabeth miró hacia la puerta por donde Isabella había desaparecido. Su corazón latía con una mezcla de miedo y una fascinación oscura. Siempre se había enorgullecido de conocer todas las respuestas, de tener un plan para cada contingencia. Pero frente a Isabella Moretti, se sentía como una aprendiz que acababa de descubrir que el lenguaje que hablaba era solo un dialecto de algo mucho más grande y terrible.
—Ella no es la villana de esta historia —murmuró Annabeth para sí misma, recordando la cicatriz en el labio de Isabella, una herida que ella misma había causado accidentalmente durante un entrenamiento infantil hace años.
—¿Entonces qué es? —preguntó Percy, tomándola del hombro.
Annabeth miró a su novio, el héroe que lo había dado todo por el Olimpo, y luego miró hacia la Casa Grande, donde una chica que no tenía nada reclamaba su lugar en un mundo que la odiaba.
—Es la consecuencia —respondió Annabeth—. Es nuestra consecuencia.
En el interior de la Casa Grande, Isabella se detuvo frente a un espejo en el pasillo. Observó su reflejo: la cicatriz, los ojos que habían visto el fin de todas las cosas y el vacío que las seguía. Tocó el collar en su cuello. No era un regalo de un dios, sino un fragmento de una realidad que ya no existía.
—Que empiecen los juegos, Annabeth —susurró a la nada—. Vamos a ver si tu sabiduría puede salvarte de la verdad.
Afuera, el sol terminó de ponerse, y por primera vez en años, las sombras que se proyectaban sobre el Campamento Mestizo parecían mucho más largas de lo que deberían, extendiéndose como dedos negros que buscaban arrastrar la paz hacia la oscuridad. La guerra contra los Titanes y Gea había sido cruda, pero lo que venía no era una guerra de poder, sino una guerra de identidad. Y en esa lucha, los héroes más amados podrían descubrir que, en la historia de alguien más, ellos eran los monstruos.
Isabella se sentó en una de las camas de la enfermería, esperando. Sabía que Annabeth vendría. Siempre lo hacía. Annabeth no podía resistirse a un misterio, especialmente a uno que ella misma había ayudado a crear. Y cuando llegara, Isabella estaría lista para empezar a desmantelar, pieza por pieza, el mundo de cristal que los semidioses habían construido sobre las cenizas de los olvidados.
