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La montaña

Fandom: The kardashian

Creado: 11/4/2026

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Más allá de las pasarelas

El sol de California comenzaba a descender sobre las colinas de Hidden Hills, tiñendo el cielo de un tono violáceo que combinaba perfectamente con la estética impecable de la mansión de Kris Jenner. Era una de esas fiestas exclusivas donde el champán fluía con la misma naturalidad que los secretos de la élite de Hollywood. Kendall Jenner, enfundada en un vestido de seda negra que acentuaba su figura de supermodelo, se sentía extrañamente inquieta. Había asistido a mil eventos como este, pero la energía de esa noche era distinta.

—Kendall, querida, tienes que conocer al hijo de Alejandra —dijo Kris, apareciendo de la nada con esa sonrisa de mánager que anticipaba un gran movimiento—. Se llama Dante. Acaba de llegar de México para un proyecto arquitectónico masivo en Malibú.

Kendall asintió con desgana, esperando encontrarse con otro "nepobaby" arrogante o un influencer buscando seguidores. Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Dante Guzmán, el aire pareció abandonar sus pulmones.

Dante era alto, de una complexión atlética esculpida no en gimnasios de lujo, sino en rutas de montaña y senderos de MTB. Su cabello rubio oscuro estaba ligeramente despeinado, y sus ojos azules poseían una claridad que resultaba casi intimidante. Vestía unos jeans oscuros de corte impecable, una camiseta básica de algodón de alta calidad y una chaqueta de cuero desgastada que le daba un aire rockero y rebelde, herencia innegable de su madre.

—Es un placer, Kendall —dijo Dante, extendiendo una mano firme. Su voz era profunda, con un acento suave que denotaba su biculturalidad.

—El placer es mío —respondió ella, forzando una seguridad que se desmoronaba por momentos—. He oído que eres arquitecto. Un trabajo muy... demandante.

—Lo es —asintió él con una sonrisa amistosa pero contenida—. Es mi pasión. A veces me pierdo tanto en los planos que olvido que el mundo exterior existe.

Kendall, acostumbrada a que los hombres cayeran a sus pies con solo una mirada, desplegó su mejor arsenal de encanto. Inclinó la cabeza, dejó que un mechón de pelo cayera sobre su rostro y bajó el tono de voz.

—Bueno, quizás yo podría ayudarte a recordar que el mundo exterior tiene cosas muy interesantes que ofrecer.

Dante soltó una risa ligera, una que no era de flirteo, sino de genuina diversión amistosa.

—Estoy seguro de que sí. De hecho, acabo de ver a mi madre cerca de la barra de jugos y prometí no dejarla sola mucho tiempo. Es un gusto conocerte, de verdad.

Se alejó con una elegancia natural, dejando a Kendall con la palabra en la boca. Ella se quedó estática, observando cómo Dante se abría paso entre la multitud. Varios modelos y actrices intentaron detenerlo, lanzándole miradas sugerentes, pero él respondía con una cortesía casi quirúrgica: una sonrisa breve, un gesto amable y seguía su camino. Era como si tuviera un escudo invisible contra la vanidad del entorno.

Las semanas pasaron y la curiosidad de Kendall se convirtió en una obsesión silenciosa. Investigó sobre él. Supo que era un fanático del fútbol, que pasaba sus fines de semana en las montañas con su bicicleta de montaña y que, sobre todo, vivía para su trabajo. Dante no buscaba la fama; la fama lo perseguía a él por su linaje, pero él la esquivaba con la destreza de un atleta.

Kendall comenzó a frecuentar los lugares donde sabía que él estaría. Un martes por la tarde, lo "encontró" por casualidad en una cafetería cerca de su estudio de arquitectura.

—¡Dante! Qué coincidencia —mintió ella, luciendo un conjunto deportivo de Alo Yoga que le costaba miles de dólares parecer casual.

—¡Kendall! Qué bueno verte —respondió él, levantándose de su mesa llena de planos y una laptop—. ¿Cómo va todo en el mundo de la moda?

—Agotador —dijo ella, sentándose frente a él sin invitación—. Justo pensaba que necesitaba un descanso. ¿Qué es todo esto?

—Es el diseño de un centro comunitario sustentable —explicó Dante, y sus ojos se iluminaron de una forma que Kendall no había visto antes—. La estructura utiliza la luz natural para minimizar el consumo energético. Es mi proyecto de vida, Kendall. Le dedico catorce horas diarias.

—Eso es... mucho tiempo —comentó ella, tratando de captar su atención—. Yo tengo una cena el viernes en Nobu. Pensé que quizás querrías venir. Irá gente interesante.

Dante frunció el ceño levemente, revisando su reloj.

—Me encantaría, pero el viernes tengo que entregar el cálculo estructural. Si no lo termino, el equipo no puede avanzar el lunes. Pero gracias por pensar en mí, eres una gran amiga.

"Amiga". La palabra golpeó a Kendall como un jarro de agua fría.

—Dante, no tiene que ser una cena de negocios —insistió ella, rozando su mano sobre la mesa—. Solo nosotros.

Dante retiró la mano suavemente para tomar su café, sin mostrar un ápice de nerviosismo.

—Eres muy dulce, Kendall. Pero de verdad, mi prioridad ahora es este proyecto. Mi familia siempre me dice que soy demasiado cuadrado con mi trabajo, pero es lo que soy.

Esa noche, en la cena familiar de los jueves en casa de Kim, Kendall no pudo ocultar su frustración.

—No lo entiendo —explotó Kendall, lanzando su teléfono sobre el sofá—. Le he enviado mensajes, lo he invitado a tres eventos diferentes, incluso le pedí que me diera clases de MTB. ¡Y él solo me contesta con pulgares arriba o me dice que está ocupado dibujando vigas!

Kim Kardashian levantó una ceja, divertida mientras retocaba su maquillaje.

—Tal vez no sabe quién eres, Kenny. O tal vez es de esos hombres que necesitan un empujón extra.

—Sabe perfectamente quién soy —gruñó Kendall—. Pero parece que le importa más el cemento y el fútbol que el hecho de que soy una de las mujeres más deseadas del mundo.

—Es el hijo de Alejandra Guzmán —intervino Khloé desde la cocina—. Esa familia es fuego puro. Son protectores, apasionados y muy reales. Dante no es como los raperos o los jugadores de la NBA con los que sales. Él tiene una carrera real y una madre que lo protege como una leona. Si quieres entrar ahí, vas a tener que esforzarte.

Kendall decidió cambiar de estrategia. Si Dante era un hombre de familia, ella se ganaría a la suya. Organizó una pequeña reunión íntima y se aseguró de que Alejandra Guzmán estuviera invitada.

Durante la velada, Kendall se mostró atenta, servicial y genuinamente interesada en las historias de Alejandra sobre sus giras. Dante llegó tarde, con el cabello húmedo y vistiendo una camiseta de la selección mexicana. Se veía cansado pero radiante.

—¡Hijo! —exclamó Alejandra, abrazándolo con fuerza—. Mira qué maravilla de anfitriona es Kendall.

—Lo sé, mamá. Kendall es genial —dijo Dante, dándole un beso en la mejilla a su madre—. Siento llegar tarde, el entrenamiento de fútbol se alargó y luego tuve que revisar unos correos del despacho.

Kendall se acercó a él, luciendo un vestido que dejaba muy poco a la imaginación.

—Te serví una copa de tu vino favorito, Dante. Me tomé la libertad de investigar cuál era.

—Oh, gracias —dijo él, tomando la copa pero dejándola casi de inmediato sobre una mesa lateral—. En realidad, mañana salgo a la montaña a las cinco de la mañana para una ruta de cincuenta kilómetros. No debería beber.

—¿A las cinco de la mañana? —preguntó Kendall, incrédula—. Podríamos quedarnos un rato más. Podemos ir a mi casa, es más tranquila...

Dante la miró con esos ojos azules que parecían leerle el alma, pero sin la malicia que ella esperaba. Había una bondad en él que la desarmaba.

—Kendall, eres una mujer increíble —comenzó él, y por un segundo ella pensó que finalmente lo había logrado—. Eres hermosa, divertida y tu familia es fascinante. Pero creo que estás buscando algo en mí que no puedo darte ahora. Mi vida es muy simple: mi trabajo, mi bicicleta, mi familia y mi soledad. Las últimas personas con las que salí terminaron odiándome porque siempre elegía terminar un plano antes que ir a una alfombra roja. No quiero hacerte eso a ti.

—Yo no soy como las demás, Dante —replicó ella, dando un paso hacia su espacio personal—. Yo entiendo lo que es tener una carrera exigente. Puedo ser parte de tu mundo.

—Mi mundo no tiene cámaras, Kendall —dijo él con firmeza pero sin crueldad—. Y el tuyo está rodeado de ellas. No encajo ahí. Y para ser honesto, no tengo el interés de encajar. Me gustas como amiga, de verdad. Eres una gran persona.

Dante se despidió de todos con la misma cortesía de siempre. Se llevó a su madre del brazo, riendo de algo que ella le decía al oído. Kendall se quedó en medio de su sala perfecta, rodeada de lujo, sintiéndose más vacía que nunca.

Días después, Kendall intentó un último movimiento. Apareció en el sitio de construcción de Dante en Malibú. Llevaba un casco de seguridad que se veía ridículo en su cabeza perfectamente peinada y unas botas que nunca habían tocado el lodo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Dante, sorprendido al verla bajar de su camioneta de lujo entre camiones de carga y obreros.

—Quería ver en qué trabajas. Quería entender tu pasión —dijo ella, tratando de sonar convincente.

Dante suspiró, pasando una mano por su cabello rubio, ahora cubierto de un poco de polvo de obra.

—Kendall, esto es peligroso. Hay maquinaria pesada y no es lugar para una visita social.

—¡Solo quiero que me des una oportunidad! —exclamó ella, perdiendo la compostura—. He hecho todo lo posible. He intentado interesarme por tus hobbies, por tu madre, por tus edificios. ¿Qué tiene de malo que intentemos algo?

Dante se acercó a ella. Por un momento, Kendall pensó que la besaría. La cercanía de su cuerpo atlético y el olor a madera y aire libre la marearon.

—No tiene nada de malo —susurró él—. Pero el amor no es algo que se fuerza con persistencia, Kendall. No es un contrato de modelaje ni una campaña de marketing. Yo no siento esa chispa. Te veo y veo a una chica increíble, pero cuando cierro los ojos y pienso en mi futuro, me veo en la montaña o diseñando algo que cambie el mundo. No me veo en un reality show.

—Puedo dejar de grabar —prometió ella, desesperada.

Dante negó con la cabeza, con una sonrisa triste.

—No deberías cambiar quien eres por alguien que no te lo ha pedido. Valórate más, Kendall. Eres una Jenner. Tienes el mundo a tus pies. No pierdas el tiempo con un arquitecto que prefiere hablar con las piedras que con las cámaras.

—¿Es por mi trabajo? ¿Por mi familia? —preguntó ella con la voz quebrada.

—Es por mí —respondió él—. Soy reticente a las relaciones porque sé que soy egoísta con mi tiempo. Mi trabajo es mi esposa, mi bicicleta es mi amante y mi madre es mi reina. No hay espacio para una cuarta persona en este momento. Y menos para alguien que requiere tanta atención como tú.

Dante le dio un beso suave en la frente, un gesto tan fraternal que dolió más que un insulto.

—Cuídate, Kendall. Nos vemos en la próxima fiesta de tu madre. Como amigos.

Él se dio la vuelta y regresó hacia la estructura de acero que se levantaba frente al mar. Kendall se quedó ahí, bajo el sol abrasador, dándose cuenta de que, por primera vez en su vida, había encontrado algo que el dinero, la fama y la belleza no podían comprar: el corazón de un hombre que era dueño de su propio destino.

Subió a su camioneta y, mientras se alejaba por la carretera de la costa, vio por el espejo retrovisor la figura de Dante, pequeño entre la inmensidad de su obra, trabajando con una pasión que ella nunca llegaría a poseer del todo. Kendall Jenner lo tenía todo, pero esa tarde, comprendió que Dante Guzmán era el único plano que nunca podría construir.
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