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en la duda de tus ojos
Fandom: naruto
Creado: 11/4/2026
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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloOscuroCelosAmbientación CanonLenguaje ExplícitoViolencia Gráfica
Cicatrices de Obsidiana
La aldea de la Hoja dormía bajo un manto de plata, pero para Obito Uchiha, la noche se había teñido del rojo más oscuro. Sus pasos eran silenciosos, sombras entre las sombras, mientras regresaba de una misión que había terminado antes de lo previsto. Su único pensamiento era Kakashi. Quería sentir el calor de su cuerpo, quitarle esa máscara que siempre parecía interponerse entre ellos y recordarle, con besos y promesas susurradas, que finalmente estaba en casa.
Sin embargo, al acercarse al campo de entrenamiento número siete, el lugar donde sus historias se habían entrelazado desde la infancia, el aire se volvió pesado.
Bajo la luz de la luna, dos figuras se recortaban contra el horizonte. Obito reconoció el cabello plateado de Kakashi de inmediato. Su corazón dio un vuelco de alegría que se transformó, en un milisegundo, en una punzada de hielo. Kakashi no estaba solo. Maito Gai, su rival eterno, su amigo más cercano, estaba frente a él.
No fue una pelea. No fue un entrenamiento.
Obito vio cómo Gai ponía una mano sobre el hombro de Kakashi, y cómo este, en lugar de apartarse, se inclinaba hacia adelante. La distancia desapareció. Fue un beso breve, un roce de labios que apenas duró unos segundos, pero para Obito fue una eternidad de traición. El mundo pareció detenerse. El Sharingan se activó instintivamente en su ojo derecho, grabando la imagen con una nitidez dolorosa: la vulnerabilidad de Kakashi, la mano de Gai acariciando el cuello del peliplata, el silencio cómplice de la noche.
La furia, ese fuego antiguo que siempre ardía en el pecho de Obito, estalló con una fuerza volcánica. No gritó. No lloró. Simplemente caminó hacia ellos, y el sonido de sus sandalias sobre la hierba seca fue como el anuncio de una ejecución.
—Vaya... —La voz de Obito era un susurro cargado de veneno—. No sabía que el entrenamiento nocturno incluía este tipo de técnicas, Kakashi.
Los dos hombres se separaron bruscamente. Gai palideció, su exuberancia habitual desapareciendo por completo ante la mirada gélida del Uchiha. Kakashi, por su parte, se quedó petrificado. Sus ojos oscuros se abrieron con horror al encontrarse con el rojo carmesí del Sharingan de su pareja.
—Obito... no es lo que parece —alcanzó a decir Gai, dando un paso al frente en un intento inútil de proteger a su amigo.
—Lárgate, Gai —gruñó Obito sin apartar la vista de Kakashi—. Lárgate antes de que olvide que somos compañeros de aldea.
Gai miró a Kakashi, buscando una señal, pero el ninja que copia solo tenía ojos para Obito. Con un suspiro lleno de culpa, Gai se retiró, sabiendo que su presencia solo empeoraría las cosas.
El silencio que siguió fue asfixiante. Obito se acercó a Kakashi, rodeándolo como un depredador a su presa. La mandíbula del Uchiha estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Obito, su voz temblando por la rabia contenida.
—Obito, escúchame... fue un error, un momento de confusión —respondió Kakashi, su voz apenas un hilo—. Él estaba ahí para mí cuando tú no estabas, y yo... me dejé llevar por la soledad. No significa nada.
—¿No significa nada? —Obito soltó una carcajada seca y amarga—. ¡Me entregué a ti! ¡Te di todo lo que me quedaba después de haber caminado por el infierno! Y tú me pagas buscando consuelo en los brazos de otro en cuanto me doy la vuelta.
—¡Lo siento! —gritó Kakashi, y el sonido rompió la calma de la noche.
De repente, el hombre que siempre se mantenía compuesto, el genio frío de la Hoja, se derrumbó. Kakashi cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, bajando la cabeza. Sus manos temblaban mientras se aferraba a sus propios muslos.
—Perdóname, por favor —sollozó Kakashi, y fue la primera vez que Obito lo vio mostrar una debilidad tan absoluta—. Soy un estúpido. Tengo miedo, Obito. Tengo miedo de perderte, de que te canses de mis sombras, y busqué algo que me hiciera sentir menos solo... pero solo me hizo darme cuenta de que sin ti no soy nada. No me dejes, te lo suplico.
Obito lo observó desde arriba. Ver a Kakashi así, humillado y roto a sus pies, encendió una mezcla contradictoria de emociones en su pecho. Quería golpearlo, quería alejarse y no volver a ver su rostro jamás; pero al mismo tiempo, el deseo posesivo y el amor retorcido que sentía por él lo anclaban al suelo.
—¿Crees que arrodillarte arregla esto? —preguntó Obito, agarrando a Kakashi por el cuello del chaleco y obligándolo a levantarse—. Crees que tus lágrimas borran lo que vi?
—No, no lo borran —dijo Kakashi, mirando directamente a los ojos de Obito, el arrepentimiento brillando en sus pupilas—. Pero haz conmigo lo que quieras. Castígame, ódiame... pero no te vayas.
Obito lo empujó contra el tronco de un árbol cercano con una fuerza bruta. Sus cuerpos chocaron y el Uchiha lo inmovilizó, atrapando las manos de Kakashi sobre su cabeza. La respiración de ambos era errática. El odio y la pasión se mezclaban en el aire, creando una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Obito se erizara.
—Quieres que me quede —siseó Obito, acercando su rostro al de Kakashi hasta que sus narices se rozaron—. Quieres que olvide que otros labios tocaron los tuyos.
—Quiero que seas tú —susurró Kakashi, cerrando los ojos—. Solo tú.
Obito no pudo contenerse más. El dolor se transformó en un deseo violento, una necesidad de reclamar lo que consideraba suyo, de marcar a Kakashi de una manera que borrara cualquier rastro de otro hombre. Lo besó, pero no fue un beso de amor. Fue un choque de dientes y lenguas, una batalla por el dominio. Kakashi respondió con la misma intensidad, gimiendo contra su boca, aceptando la furia de Obito como el castigo que merecía.
Sin soltarlo, Obito comenzó a despojarlo de su equipo táctico con movimientos bruscos. La ropa cayó al suelo, olvidada. El frío de la noche contrastaba con el calor abrasador de sus pieles. Obito empujó a Kakashi hacia el suelo, sobre el manto de hojas secas, y se posicionó entre sus piernas.
—Mírame, Kakashi —ordenó Obito, su voz ronca por la excitación y el rencor—. Mira quién te está tocando.
Kakashi abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el deseo.
—Siempre eres tú, Obito —respondió, su voz quebrada.
Obito entró en él sin preámbulos, buscando la conexión más profunda y dolorosa. Kakashi arqueó la espalda, soltando un grito que fue ahogado por la mano de Obito sobre su boca. El ritmo era frenético, casi salvaje. No había delicadeza en los movimientos del Uchiha; cada embestida era una afirmación de propiedad, un recordatorio de la traición y de la pasión que aún los consumía.
—Eres mío —gruñó Obito al oído de Kakashi, mordiendo el lóbulo de su oreja hasta que el peliplata soltó un gemido de dolor y placer—. No vuelvas a dejar que nadie más te toque. Si lo haces, te juro que destruiré este mundo y a ti conmigo.
—Sí... —jadeó Kakashi, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Obito, atrayéndolo más hacia sí—. Tómame, destrúyeme si quieres... pero no dejes de mirarme.
El acto se convirtió en una danza desesperada de perdón y castigo. Bajo la luna indiferente, sus cuerpos se fundieron en un abrazo que dolía tanto como sanaba. Obito sentía la piel de Kakashi bajo sus dedos, el sudor, el temblor de sus músculos, y por un momento, la oscuridad en su corazón pareció retroceder, reemplazada por una posesividad absoluta que no dejaba espacio para nada más.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz en medio de la penumbra. Se aferraron el uno al otro como si estuvieran a punto de caer a un abismo. Obito enterró su rostro en el cuello de Kakashi, respirando su aroma, mientras el peliplata sollozaba silenciosamente, dejando que su frente descansara contra el hombro del Uchiha.
Pasaron los minutos. El silencio regresó, pero esta vez era diferente. La tensión seguía ahí, pero el fuego inicial se había transformado en brasas que aún quemaban. Obito se separó lentamente, mirando a Kakashi, que yacía exhausto y vulnerable sobre la tierra.
—Esto no cambia lo que pasó —dijo Obito, su voz recuperando una frialdad cortante mientras comenzaba a vestirse—. No creas que por esto te he perdonado.
Kakashi se sentó, cubriéndose con lo que quedaba de su ropa. Su mirada estaba perdida en el suelo.
—Lo sé —murmuró—. Pero me has dado una oportunidad. Es más de lo que merezco.
Obito se detuvo y lo miró de reojo. El Sharingan se había desactivado, dejando ver su ojo oscuro, lleno de una tristeza que ni siquiera la ira podía ocultar.
—Tendrás que ganarte mi confianza de nuevo, Hatake —sentenció Obito—. Cada día, cada hora. Y si vuelves a fallar, no habrá segundas oportunidades.
Kakashi se levantó con dificultad, acercándose a él. Con dedos temblorosos, buscó la mano de Obito. El Uchiha amagó con retirarla, pero finalmente permitió que Kakashi entrelazara sus dedos con los suyos.
—Lo haré —prometió Kakashi con firmeza—. Aunque me tome el resto de mi vida.
Obito no respondió. Apretó la mano de Kakashi con una fuerza que rozaba el dolor y comenzó a caminar de regreso a la aldea, arrastrándolo consigo. El camino hacia el perdón sería largo y estaría lleno de espinas, pero mientras sus manos estuvieran unidas, la oscuridad no podría reclamarlos por completo. La traición había dejado una cicatriz profunda, pero en el mundo de los ninjas, las cicatrices eran lo único que demostraba que seguían vivos.
Sin embargo, al acercarse al campo de entrenamiento número siete, el lugar donde sus historias se habían entrelazado desde la infancia, el aire se volvió pesado.
Bajo la luz de la luna, dos figuras se recortaban contra el horizonte. Obito reconoció el cabello plateado de Kakashi de inmediato. Su corazón dio un vuelco de alegría que se transformó, en un milisegundo, en una punzada de hielo. Kakashi no estaba solo. Maito Gai, su rival eterno, su amigo más cercano, estaba frente a él.
No fue una pelea. No fue un entrenamiento.
Obito vio cómo Gai ponía una mano sobre el hombro de Kakashi, y cómo este, en lugar de apartarse, se inclinaba hacia adelante. La distancia desapareció. Fue un beso breve, un roce de labios que apenas duró unos segundos, pero para Obito fue una eternidad de traición. El mundo pareció detenerse. El Sharingan se activó instintivamente en su ojo derecho, grabando la imagen con una nitidez dolorosa: la vulnerabilidad de Kakashi, la mano de Gai acariciando el cuello del peliplata, el silencio cómplice de la noche.
La furia, ese fuego antiguo que siempre ardía en el pecho de Obito, estalló con una fuerza volcánica. No gritó. No lloró. Simplemente caminó hacia ellos, y el sonido de sus sandalias sobre la hierba seca fue como el anuncio de una ejecución.
—Vaya... —La voz de Obito era un susurro cargado de veneno—. No sabía que el entrenamiento nocturno incluía este tipo de técnicas, Kakashi.
Los dos hombres se separaron bruscamente. Gai palideció, su exuberancia habitual desapareciendo por completo ante la mirada gélida del Uchiha. Kakashi, por su parte, se quedó petrificado. Sus ojos oscuros se abrieron con horror al encontrarse con el rojo carmesí del Sharingan de su pareja.
—Obito... no es lo que parece —alcanzó a decir Gai, dando un paso al frente en un intento inútil de proteger a su amigo.
—Lárgate, Gai —gruñó Obito sin apartar la vista de Kakashi—. Lárgate antes de que olvide que somos compañeros de aldea.
Gai miró a Kakashi, buscando una señal, pero el ninja que copia solo tenía ojos para Obito. Con un suspiro lleno de culpa, Gai se retiró, sabiendo que su presencia solo empeoraría las cosas.
El silencio que siguió fue asfixiante. Obito se acercó a Kakashi, rodeándolo como un depredador a su presa. La mandíbula del Uchiha estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó Obito, su voz temblando por la rabia contenida.
—Obito, escúchame... fue un error, un momento de confusión —respondió Kakashi, su voz apenas un hilo—. Él estaba ahí para mí cuando tú no estabas, y yo... me dejé llevar por la soledad. No significa nada.
—¿No significa nada? —Obito soltó una carcajada seca y amarga—. ¡Me entregué a ti! ¡Te di todo lo que me quedaba después de haber caminado por el infierno! Y tú me pagas buscando consuelo en los brazos de otro en cuanto me doy la vuelta.
—¡Lo siento! —gritó Kakashi, y el sonido rompió la calma de la noche.
De repente, el hombre que siempre se mantenía compuesto, el genio frío de la Hoja, se derrumbó. Kakashi cayó de rodillas sobre la tierra húmeda, bajando la cabeza. Sus manos temblaban mientras se aferraba a sus propios muslos.
—Perdóname, por favor —sollozó Kakashi, y fue la primera vez que Obito lo vio mostrar una debilidad tan absoluta—. Soy un estúpido. Tengo miedo, Obito. Tengo miedo de perderte, de que te canses de mis sombras, y busqué algo que me hiciera sentir menos solo... pero solo me hizo darme cuenta de que sin ti no soy nada. No me dejes, te lo suplico.
Obito lo observó desde arriba. Ver a Kakashi así, humillado y roto a sus pies, encendió una mezcla contradictoria de emociones en su pecho. Quería golpearlo, quería alejarse y no volver a ver su rostro jamás; pero al mismo tiempo, el deseo posesivo y el amor retorcido que sentía por él lo anclaban al suelo.
—¿Crees que arrodillarte arregla esto? —preguntó Obito, agarrando a Kakashi por el cuello del chaleco y obligándolo a levantarse—. Crees que tus lágrimas borran lo que vi?
—No, no lo borran —dijo Kakashi, mirando directamente a los ojos de Obito, el arrepentimiento brillando en sus pupilas—. Pero haz conmigo lo que quieras. Castígame, ódiame... pero no te vayas.
Obito lo empujó contra el tronco de un árbol cercano con una fuerza bruta. Sus cuerpos chocaron y el Uchiha lo inmovilizó, atrapando las manos de Kakashi sobre su cabeza. La respiración de ambos era errática. El odio y la pasión se mezclaban en el aire, creando una electricidad estática que hacía que el vello de la nuca de Obito se erizara.
—Quieres que me quede —siseó Obito, acercando su rostro al de Kakashi hasta que sus narices se rozaron—. Quieres que olvide que otros labios tocaron los tuyos.
—Quiero que seas tú —susurró Kakashi, cerrando los ojos—. Solo tú.
Obito no pudo contenerse más. El dolor se transformó en un deseo violento, una necesidad de reclamar lo que consideraba suyo, de marcar a Kakashi de una manera que borrara cualquier rastro de otro hombre. Lo besó, pero no fue un beso de amor. Fue un choque de dientes y lenguas, una batalla por el dominio. Kakashi respondió con la misma intensidad, gimiendo contra su boca, aceptando la furia de Obito como el castigo que merecía.
Sin soltarlo, Obito comenzó a despojarlo de su equipo táctico con movimientos bruscos. La ropa cayó al suelo, olvidada. El frío de la noche contrastaba con el calor abrasador de sus pieles. Obito empujó a Kakashi hacia el suelo, sobre el manto de hojas secas, y se posicionó entre sus piernas.
—Mírame, Kakashi —ordenó Obito, su voz ronca por la excitación y el rencor—. Mira quién te está tocando.
Kakashi abrió los ojos, empañados por las lágrimas y el deseo.
—Siempre eres tú, Obito —respondió, su voz quebrada.
Obito entró en él sin preámbulos, buscando la conexión más profunda y dolorosa. Kakashi arqueó la espalda, soltando un grito que fue ahogado por la mano de Obito sobre su boca. El ritmo era frenético, casi salvaje. No había delicadeza en los movimientos del Uchiha; cada embestida era una afirmación de propiedad, un recordatorio de la traición y de la pasión que aún los consumía.
—Eres mío —gruñó Obito al oído de Kakashi, mordiendo el lóbulo de su oreja hasta que el peliplata soltó un gemido de dolor y placer—. No vuelvas a dejar que nadie más te toque. Si lo haces, te juro que destruiré este mundo y a ti conmigo.
—Sí... —jadeó Kakashi, envolviendo sus piernas alrededor de la cintura de Obito, atrayéndolo más hacia sí—. Tómame, destrúyeme si quieres... pero no dejes de mirarme.
El acto se convirtió en una danza desesperada de perdón y castigo. Bajo la luna indiferente, sus cuerpos se fundieron en un abrazo que dolía tanto como sanaba. Obito sentía la piel de Kakashi bajo sus dedos, el sudor, el temblor de sus músculos, y por un momento, la oscuridad en su corazón pareció retroceder, reemplazada por una posesividad absoluta que no dejaba espacio para nada más.
Cuando el clímax los alcanzó, fue como una explosión de luz en medio de la penumbra. Se aferraron el uno al otro como si estuvieran a punto de caer a un abismo. Obito enterró su rostro en el cuello de Kakashi, respirando su aroma, mientras el peliplata sollozaba silenciosamente, dejando que su frente descansara contra el hombro del Uchiha.
Pasaron los minutos. El silencio regresó, pero esta vez era diferente. La tensión seguía ahí, pero el fuego inicial se había transformado en brasas que aún quemaban. Obito se separó lentamente, mirando a Kakashi, que yacía exhausto y vulnerable sobre la tierra.
—Esto no cambia lo que pasó —dijo Obito, su voz recuperando una frialdad cortante mientras comenzaba a vestirse—. No creas que por esto te he perdonado.
Kakashi se sentó, cubriéndose con lo que quedaba de su ropa. Su mirada estaba perdida en el suelo.
—Lo sé —murmuró—. Pero me has dado una oportunidad. Es más de lo que merezco.
Obito se detuvo y lo miró de reojo. El Sharingan se había desactivado, dejando ver su ojo oscuro, lleno de una tristeza que ni siquiera la ira podía ocultar.
—Tendrás que ganarte mi confianza de nuevo, Hatake —sentenció Obito—. Cada día, cada hora. Y si vuelves a fallar, no habrá segundas oportunidades.
Kakashi se levantó con dificultad, acercándose a él. Con dedos temblorosos, buscó la mano de Obito. El Uchiha amagó con retirarla, pero finalmente permitió que Kakashi entrelazara sus dedos con los suyos.
—Lo haré —prometió Kakashi con firmeza—. Aunque me tome el resto de mi vida.
Obito no respondió. Apretó la mano de Kakashi con una fuerza que rozaba el dolor y comenzó a caminar de regreso a la aldea, arrastrándolo consigo. El camino hacia el perdón sería largo y estaría lleno de espinas, pero mientras sus manos estuvieran unidas, la oscuridad no podría reclamarlos por completo. La traición había dejado una cicatriz profunda, pero en el mundo de los ninjas, las cicatrices eran lo único que demostraba que seguían vivos.
