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Naruto dueño
Fandom: Naruto
Creado: 12/4/2026
Etiquetas
RomanceUA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoOOC (Fuera de Personaje)DivergenciaOscuroDistopíaLenguaje ExplícitoViolaciónPedofiliaMención de Incesto
Lazos de Sangre y Sombra
El sol de la tarde se filtraba por las persianas de la oficina del Hokage, proyectando largas sombras sobre los montones de pergaminos y documentos que Naruto Uzumaki intentaba procesar. Ser el Séptimo no era solo gloria y reconocimiento; era, en gran medida, una batalla interminable contra la burocracia. Naruto suspiró, frotándose los ojos cansados. A sus treinta y tantos años, el vigor de su juventud seguía ahí, pero el peso de la responsabilidad le daba un aire de madurez que lo hacía ver imponente.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
— Adelante —dijo Naruto con voz ronca.
La puerta se abrió para revelar a Sakura Uchiha. Vestía su atuendo habitual de ninja médico, pero había algo en su expresión, una mezcla de fatiga y una chispa de algo más profundo, que llamó la atención de Naruto. Detrás de ella, una joven de gafas rojas y cabello azabache entró con paso firme. Sarada, ahora una chunin experimentada, observaba a su ídolo con la misma mezcla de respeto y determinación de siempre.
— Naruto, perdón por interrumpir —dijo Sakura, cerrando la puerta tras de sí—. Pero Sarada acaba de regresar de una misión de reconocimiento y los informes no pueden esperar a la reunión de mañana.
Naruto se enderezó, apartando los papeles.
— No te preocupes, Sakura-chan. Sabes que siempre hay tiempo para ustedes. Siéntense.
Sarada se adelantó, entregándole un rollo sellado.
— Séptimo, los movimientos en la frontera del País del Sonido son inusuales. No parece una amenaza inmediata de invasión, pero hay rastros de experimentos residuales. Creemos que alguien está intentando recuperar antiguas notas de Orochimaru.
Naruto asintió con seriedad mientras desenrollaba el informe. El ambiente en la oficina cambió de la calidez amistosa a la tensión profesional. Durante unos minutos, solo se escuchó el crujido del papel y el sonido lejano de la aldea.
— Buen trabajo, Sarada —murmuró Naruto finalmente—. Tu precisión es cada vez más parecida a la de tu madre.
Sarada se sonrojó levemente, ajustándose las gafas.
— Gracias, Séptimo. Solo cumplo con mi deber.
Sakura, que se había mantenido un paso atrás, observaba la interacción. Había una tensión subyacente que nadie mencionaba. Sasuke estaba fuera en una misión de larga duración, como de costumbre, y la soledad de la casa Uchiha a menudo se sentía asfixiante. Naruto, por su parte, aunque amaba a su familia, pasaba más noches en la oficina que en su propio hogar debido a las crecientes amenazas.
— Sarada —dijo Sakura de repente—, ¿por qué no vas a la biblioteca de la sede a buscar los registros de los que hablamos? Yo me quedaré un momento para discutir los presupuestos del hospital con Naruto.
Sarada asintió, aunque sus ojos oscuros se demoraron un segundo más en Naruto antes de salir de la oficina.
Una vez que la puerta se cerró, el silencio se volvió denso. Naruto se reclinó en su silla, observando a su antigua compañera de equipo. Sakura no se movió hacia las sillas; en cambio, caminó hacia la ventana, mirando hacia el Monumento Hokage.
— A veces me pregunto si alguna vez descansaremos de verdad, Naruto —dijo ella en voz baja.
— Es el camino que elegimos, ¿no? —respondió él, levantándose para estirar los músculos entumecidos—. Pero te ves cansada, Sakura. Deberías tomarte un respiro.
— ¿Y quién cuidará de la clínica? ¿Quién guiará a Sarada cuando Sasuke no está? —Sakura se giró, y Naruto notó que sus ojos estaban ligeramente húmedos—. A veces... a veces es demasiado.
Naruto se acercó a ella. La camaradería de años, el vínculo forjado en el campo de batalla y el dolor compartido por la ausencia de Sasuke siempre los habían mantenido cerca, pero en ese momento, la cercanía se sentía diferente. Naruto puso una mano sobre el hombro de Sakura.
— No estás sola en esto. Nunca lo has estado.
Sakura suspiró y, de manera casi instintiva, se inclinó hacia él, apoyando la frente en su pecho. Naruto se tensó por un segundo, pero luego la rodeó con sus brazos, ofreciéndole ese calor inagotable que lo caracterizaba.
— Sé que Sasuke tiene un deber —susurró Sakura contra su ropa—, pero a veces desearía que alguien estuviera aquí de verdad. Para mí. Para Sarada.
— Yo estoy aquí —dijo Naruto, y su voz sonó más profunda de lo habitual.
En ese instante, la puerta se abrió de nuevo. Sarada había olvidado las llaves de su casillero en el escritorio. Se detuvo en seco al ver la escena: su madre envuelta en los brazos del Séptimo Hokage.
— ¿Mamá? —La voz de Sarada era apenas un susurro.
Sakura se separó rápidamente, con las mejillas encendidas.
— Sarada, yo... solo estábamos...
— Está bien —interrumpió Sarada, pero su mirada no era de reproche, sino de una curiosidad intensa y una extraña aceptación—. Sé cuánto te esfuerzas, mamá. Y sé cuánto nos cuida el Séptimo.
La joven caminó hacia ellos. En lugar de la incomodidad que Naruto esperaba, Sarada se colocó al lado de Sakura, mirando a Naruto con una intensidad que le recordó demasiado a Sasuke, pero con una suavidad que era puramente de ella.
— Séptimo —dijo Sarada, dando un paso hacia su espacio personal—, a veces siento que tú eres el único que realmente entiende lo que significa proteger este hogar. Mi padre protege el mundo, pero tú... tú nos proteges a nosotros.
Naruto se sintió abrumado por la honestidad de la joven.
— Sarada, yo... siempre querré lo mejor para ustedes. Son mi familia.
La atmósfera en la oficina cambió drásticamente. Ya no era solo una cuestión de consuelo. Había una corriente eléctrica que unía a los tres, una lealtad que había cruzado la línea de la amistad para convertirse en algo más complejo y prohibido.
— Si somos familia —dijo Sakura, recuperando la compostura pero sin alejarse—, entonces no debería haber secretos entre nosotros, ¿verdad?
— Ninguno —respondió Naruto, sintiendo que el aire se volvía pesado.
Sarada se acercó más, quedando frente a Naruto. Se quitó las gafas, revelando unos ojos que brillaban con una determinación nueva.
— Entonces, Séptimo... si realmente somos familia, demuestra que podemos confiar el uno en el otro por encima de todo. Incluso por encima de las reglas de la aldea.
Naruto miró a Sakura, buscando una señal de que esto era un error, pero solo encontró una mirada de anhelo y resignación. Sakura puso su mano sobre la de Naruto, que aún descansaba sobre la mesa, y Sarada puso la suya sobre la de ambos.
— Naruto —susurró Sakura—, esta noche no quiero ser la jefa del hospital, ni la esposa de un ninja ausente. Solo quiero sentir que pertenezco a algún lugar.
— Y yo —añadió Sarada con voz firme— quiero aprender todo lo que el hombre más fuerte de Konoha tiene para enseñar. No solo sobre jutsus.
Naruto sintió que su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Sabía que cruzar esa línea cambiaría todo para siempre. Pero al mirar a las dos mujeres frente a él, las personas que habían estado en el centro de su mundo durante tanto tiempo, la resistencia se desvaneció.
— Entiendo —dijo Naruto, su voz ahora cargada de una autoridad diferente—. Si este es el camino que eligen, no habrá vuelta atrás.
— Lo sabemos —dijeron ambas al unísono.
Naruto caminó hacia la puerta y echó el cerrojo. Las luces de Konoha empezaban a encenderse afuera, pero dentro de la oficina del Hokage, el mundo exterior dejó de existir.
— Sakura-chan, Sarada —dijo Naruto, volviéndose hacia ellas—. Konoha siempre ha sido mi prioridad. Pero ustedes... ustedes son el corazón de Konoha.
Sakura se acercó y desabrochó lentamente el cuello de su uniforme, mientras Sarada observaba con una mezcla de fascinación y deseo naciente. La dinámica de poder en la habitación se había transformado; el Hokage ya no era solo un líder, sino el eje sobre el cual giraba la voluntad de las dos mujeres Uchiha.
— Enséñanos, Naruto —murmuró Sakura, acortando la distancia final—. Enséñanos lo que significa ser parte de tu mundo.
Naruto las atrajo a ambas hacia él. En ese momento, las sombras de la oficina parecieron envolverlos, creando un santuario privado donde los títulos y los apellidos se desvanecían. El sol terminó de ocultarse, dejando que la luna fuera el único testigo de una alianza que desafiaba la lógica de la aldea, pero que satisfacía un hambre que llevaba años creciendo en el silencio de sus corazones.
— Esto queda entre nosotros —dijo Naruto, su aliento rozando el oído de Sakura mientras su otra mano se posaba en la mejilla de Sarada—. Siempre.
— Siempre —repitieron ellas, sellando un pacto que cambiaría el destino de sus vidas de una manera que ningún pergamino secreto podría jamás describir.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
— Adelante —dijo Naruto con voz ronca.
La puerta se abrió para revelar a Sakura Uchiha. Vestía su atuendo habitual de ninja médico, pero había algo en su expresión, una mezcla de fatiga y una chispa de algo más profundo, que llamó la atención de Naruto. Detrás de ella, una joven de gafas rojas y cabello azabache entró con paso firme. Sarada, ahora una chunin experimentada, observaba a su ídolo con la misma mezcla de respeto y determinación de siempre.
— Naruto, perdón por interrumpir —dijo Sakura, cerrando la puerta tras de sí—. Pero Sarada acaba de regresar de una misión de reconocimiento y los informes no pueden esperar a la reunión de mañana.
Naruto se enderezó, apartando los papeles.
— No te preocupes, Sakura-chan. Sabes que siempre hay tiempo para ustedes. Siéntense.
Sarada se adelantó, entregándole un rollo sellado.
— Séptimo, los movimientos en la frontera del País del Sonido son inusuales. No parece una amenaza inmediata de invasión, pero hay rastros de experimentos residuales. Creemos que alguien está intentando recuperar antiguas notas de Orochimaru.
Naruto asintió con seriedad mientras desenrollaba el informe. El ambiente en la oficina cambió de la calidez amistosa a la tensión profesional. Durante unos minutos, solo se escuchó el crujido del papel y el sonido lejano de la aldea.
— Buen trabajo, Sarada —murmuró Naruto finalmente—. Tu precisión es cada vez más parecida a la de tu madre.
Sarada se sonrojó levemente, ajustándose las gafas.
— Gracias, Séptimo. Solo cumplo con mi deber.
Sakura, que se había mantenido un paso atrás, observaba la interacción. Había una tensión subyacente que nadie mencionaba. Sasuke estaba fuera en una misión de larga duración, como de costumbre, y la soledad de la casa Uchiha a menudo se sentía asfixiante. Naruto, por su parte, aunque amaba a su familia, pasaba más noches en la oficina que en su propio hogar debido a las crecientes amenazas.
— Sarada —dijo Sakura de repente—, ¿por qué no vas a la biblioteca de la sede a buscar los registros de los que hablamos? Yo me quedaré un momento para discutir los presupuestos del hospital con Naruto.
Sarada asintió, aunque sus ojos oscuros se demoraron un segundo más en Naruto antes de salir de la oficina.
Una vez que la puerta se cerró, el silencio se volvió denso. Naruto se reclinó en su silla, observando a su antigua compañera de equipo. Sakura no se movió hacia las sillas; en cambio, caminó hacia la ventana, mirando hacia el Monumento Hokage.
— A veces me pregunto si alguna vez descansaremos de verdad, Naruto —dijo ella en voz baja.
— Es el camino que elegimos, ¿no? —respondió él, levantándose para estirar los músculos entumecidos—. Pero te ves cansada, Sakura. Deberías tomarte un respiro.
— ¿Y quién cuidará de la clínica? ¿Quién guiará a Sarada cuando Sasuke no está? —Sakura se giró, y Naruto notó que sus ojos estaban ligeramente húmedos—. A veces... a veces es demasiado.
Naruto se acercó a ella. La camaradería de años, el vínculo forjado en el campo de batalla y el dolor compartido por la ausencia de Sasuke siempre los habían mantenido cerca, pero en ese momento, la cercanía se sentía diferente. Naruto puso una mano sobre el hombro de Sakura.
— No estás sola en esto. Nunca lo has estado.
Sakura suspiró y, de manera casi instintiva, se inclinó hacia él, apoyando la frente en su pecho. Naruto se tensó por un segundo, pero luego la rodeó con sus brazos, ofreciéndole ese calor inagotable que lo caracterizaba.
— Sé que Sasuke tiene un deber —susurró Sakura contra su ropa—, pero a veces desearía que alguien estuviera aquí de verdad. Para mí. Para Sarada.
— Yo estoy aquí —dijo Naruto, y su voz sonó más profunda de lo habitual.
En ese instante, la puerta se abrió de nuevo. Sarada había olvidado las llaves de su casillero en el escritorio. Se detuvo en seco al ver la escena: su madre envuelta en los brazos del Séptimo Hokage.
— ¿Mamá? —La voz de Sarada era apenas un susurro.
Sakura se separó rápidamente, con las mejillas encendidas.
— Sarada, yo... solo estábamos...
— Está bien —interrumpió Sarada, pero su mirada no era de reproche, sino de una curiosidad intensa y una extraña aceptación—. Sé cuánto te esfuerzas, mamá. Y sé cuánto nos cuida el Séptimo.
La joven caminó hacia ellos. En lugar de la incomodidad que Naruto esperaba, Sarada se colocó al lado de Sakura, mirando a Naruto con una intensidad que le recordó demasiado a Sasuke, pero con una suavidad que era puramente de ella.
— Séptimo —dijo Sarada, dando un paso hacia su espacio personal—, a veces siento que tú eres el único que realmente entiende lo que significa proteger este hogar. Mi padre protege el mundo, pero tú... tú nos proteges a nosotros.
Naruto se sintió abrumado por la honestidad de la joven.
— Sarada, yo... siempre querré lo mejor para ustedes. Son mi familia.
La atmósfera en la oficina cambió drásticamente. Ya no era solo una cuestión de consuelo. Había una corriente eléctrica que unía a los tres, una lealtad que había cruzado la línea de la amistad para convertirse en algo más complejo y prohibido.
— Si somos familia —dijo Sakura, recuperando la compostura pero sin alejarse—, entonces no debería haber secretos entre nosotros, ¿verdad?
— Ninguno —respondió Naruto, sintiendo que el aire se volvía pesado.
Sarada se acercó más, quedando frente a Naruto. Se quitó las gafas, revelando unos ojos que brillaban con una determinación nueva.
— Entonces, Séptimo... si realmente somos familia, demuestra que podemos confiar el uno en el otro por encima de todo. Incluso por encima de las reglas de la aldea.
Naruto miró a Sakura, buscando una señal de que esto era un error, pero solo encontró una mirada de anhelo y resignación. Sakura puso su mano sobre la de Naruto, que aún descansaba sobre la mesa, y Sarada puso la suya sobre la de ambos.
— Naruto —susurró Sakura—, esta noche no quiero ser la jefa del hospital, ni la esposa de un ninja ausente. Solo quiero sentir que pertenezco a algún lugar.
— Y yo —añadió Sarada con voz firme— quiero aprender todo lo que el hombre más fuerte de Konoha tiene para enseñar. No solo sobre jutsus.
Naruto sintió que su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Sabía que cruzar esa línea cambiaría todo para siempre. Pero al mirar a las dos mujeres frente a él, las personas que habían estado en el centro de su mundo durante tanto tiempo, la resistencia se desvaneció.
— Entiendo —dijo Naruto, su voz ahora cargada de una autoridad diferente—. Si este es el camino que eligen, no habrá vuelta atrás.
— Lo sabemos —dijeron ambas al unísono.
Naruto caminó hacia la puerta y echó el cerrojo. Las luces de Konoha empezaban a encenderse afuera, pero dentro de la oficina del Hokage, el mundo exterior dejó de existir.
— Sakura-chan, Sarada —dijo Naruto, volviéndose hacia ellas—. Konoha siempre ha sido mi prioridad. Pero ustedes... ustedes son el corazón de Konoha.
Sakura se acercó y desabrochó lentamente el cuello de su uniforme, mientras Sarada observaba con una mezcla de fascinación y deseo naciente. La dinámica de poder en la habitación se había transformado; el Hokage ya no era solo un líder, sino el eje sobre el cual giraba la voluntad de las dos mujeres Uchiha.
— Enséñanos, Naruto —murmuró Sakura, acortando la distancia final—. Enséñanos lo que significa ser parte de tu mundo.
Naruto las atrajo a ambas hacia él. En ese momento, las sombras de la oficina parecieron envolverlos, creando un santuario privado donde los títulos y los apellidos se desvanecían. El sol terminó de ocultarse, dejando que la luna fuera el único testigo de una alianza que desafiaba la lógica de la aldea, pero que satisfacía un hambre que llevaba años creciendo en el silencio de sus corazones.
— Esto queda entre nosotros —dijo Naruto, su aliento rozando el oído de Sakura mientras su otra mano se posaba en la mejilla de Sarada—. Siempre.
— Siempre —repitieron ellas, sellando un pacto que cambiaría el destino de sus vidas de una manera que ningún pergamino secreto podría jamás describir.
