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Naruto dueño

Fandom: Naruto

Creado: 12/4/2026

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El Precio de la Ambición y el Linaje del Remolino

La tarde en Konoha caía con un tinte dorado, pero para Mebuki Haruno, el color del cielo era lo último en su lista de preocupaciones. Los exámenes de graduación habían terminado y, con ellos, una bomba informativa había estallado en la aldea: Naruto Uzumaki no era solo el huérfano revoltoso que todos despreciaban, sino el heredero del Cuarto Hokage y poseedor de una fortuna que haría palidecer a los clanes más antiguos.

En la sala de estar de la casa Haruno, Mebuki revisaba los libros de contabilidad con una mueca de asco. Las cuentas no cuadraban para sus aspiraciones. Kizashi, su esposo, era un hombre de buen corazón pero de ambiciones nulas; su sueldo como ninja de rango medio apenas cubría las necesidades básicas y algún que otro capricho menor.

—Con esto nunca tendré la vida que merezco —susurró Mebuki, lanzando los papeles sobre la mesa—. Ni joyas, ni sedas, ni el respeto de las altas esferas. Solo mediocridad.

Una idea oscura y pragmática comenzó a gestarse en su mente. Si Naruto Uzumaki tenía el dinero y el linaje, ella tenía algo que ofrecer. No le importaba el sacrificio. Si tenía que convertirse en su esclava, en su juguete o en lo que él deseara para salir de la miseria, lo haría.

Mientras tanto, en la recién recuperada mansión Uzumaki, Naruto disfrutaba del silencio. El lujo del lugar era abrumador, un contraste violento con el apartamento destartalado donde había crecido. El timbre sonó, interrumpiendo su paz. Al abrir la puerta, sus ojos azules se abrieron con una mezcla de sorpresa y malicia.

Frente a él estaba Mebuki Haruno. Pero no era la madre estricta que solía ver en las calles. Vestía un conjunto que recordaba vívidamente a las trabajadoras del barrio rojo que Naruto solía frecuentar cuando el aburrimiento y la soledad lo superaban. La falda era tan corta que apenas cubría lo esencial, y la blusa era tan fina que sus pezones se marcaban con descaro. Naruto notó de inmediato que no llevaba ropa interior; el ligero movimiento de la falda dejaba ver el vello depilado y los labios de su intimidad.

—¿A qué debo esta visita, Mebuki-san? —preguntó Naruto, con una voz cargada de una madurez que no correspondía a su edad, mientras se hacía a un lado para dejarla pasar.

Ella caminó hacia la sala, sintiendo la mirada del rubio quemándole la espalda. Una vez allí, se giró con determinación.

—Tengo un trato que proponerte, Naruto —dijo ella, sin rodeos.

Naruto se cruzó de brazos, apoyándose en el marco de la puerta.

—¿Un trato? Cuéntame más. Me interesa saber qué podría querer la madre de Sakura de alguien como yo.

—Mi vida no es miserable, pero no es suficiente —explicó Mebuki—. El sueldo de mi marido no alcanza para las ambiciones que tengo. Necesito dinero, estabilidad, una posición.

—Eso no suena a un trato, suena a un préstamo —la cortó él con frialdad.

—Déjame terminar —pidió ella, humedeciendo sus labios—. A cambio de que me des estabilidad económica y me dejes administrar uno de tus nuevos negocios, puedes hacer conmigo lo que quieras. Seré tu esclava sexual, tu recipiente de semen, lo que desees.

Naruto soltó una carcajada seca, una risa que carecía de alegría.

—Si vas a proponer algo así, deberías estar hincada entre mis piernas demostrando tu valía, no de pie dándome discursos.

Mebuki no dudó. El deseo de lujo era superior a su vergüenza. Se dejó caer de rodillas frente al rubio y, con manos temblorosas pero expertas, bajó la cremallera de su pantalón. Se quedó sin aliento al ver el tamaño de lo que Naruto ocultaba, pero la voz del joven la sacó de su estupor.

—Empieza a darme placer con tu boca. Convénceme de que vales la inversión.

Ella comenzó a lamerlo, masajeando sus testículos con devoción. Intentó introducirlo todo en su boca, pero la longitud era excesiva. Naruto, aburrido de la lentitud, la agarró con fuerza del cabello y la obligó a bajar.

—Si vas a hacerlo, hazlo bien —sentenció él, empujando con fuerza hasta el fondo de su garganta.

Mebuki sintió náuseas, sus ojos lagrimearon y el aire comenzó a faltarle, pero sabía que si se apartaba, perdería su oportunidad. Aguantó las embestidas brutales contra su garganta hasta que escuchó las palabras que esperaba.

—Me voy a correr, no desperdicies ni una gota.

La descarga fue masiva. Mebuki se vio obligada a tragar bocanada tras bocanada del líquido viscoso, sintiendo cómo llenaba su boca y bajaba por su esófago. Cuando terminó, Naruto se apartó y la miró con desdén.

—Abre la boca. Quiero ver si fuiste eficiente.

Ella obedeció, mostrando su cavidad bucal vacía. Naruto le pasó un vaso de agua para que se recuperara.

—¿Tenemos un trato? —preguntó ella, con la voz ronca.

—Sí, lo tenemos —respondió Naruto, sentándose en el sofá—. Pero hay una condición adicional. Sakura también será mía. No ahora, no tengo prisa con ella, pero llegará el día en que ocupará tu lugar o estará a tu lado.

Mebuki se quedó pasmada. Su propia hija. Pero Naruto no le dio tiempo a procesarlo.

—Tenerte a ti no es suficiente para compensar las propiedades que te voy a entregar. ¿Aceptas o te vas ahora mismo a tu casa de clase media?

—Acepto —susurró Mebuki—. Sakura será tuya también.

Esa noche, Mebuki no regresó a su hogar. Naruto decidió que era hora de empezar su entrenamiento formal. La tomó en todas las posiciones imaginables: misionero, de espaldas, en 69. Incluso invocó clones de sombra para realizar un bukake que la dejó cubierta de pies a cabeza. Fue en esa madrugada cuando Naruto tomó su virginidad anal, una experiencia dolorosa que la hizo sentir como una actriz de las películas que Kizashi nunca se atrevería a ver.

A la mañana siguiente, Mebuki se despertó con el peso de Naruto sobre su espalda. Él todavía estaba dentro de su ano, y al sentir que ella se movía, comenzó a endurecerse de nuevo.

—Naruto-sama, por favor... me tengo que ir —suplicó ella, aunque una parte de su cuerpo respondía con excitación ante la inagotable energía del joven.

—Antes de que te vayas, te voy a rellenar una vez más —dijo él, reiniciando el ritmo de sus embestidas.

Cuando finalmente la dejó marchar, Mebuki llegó a su casa exhausta. Kizashi la esperaba en el comedor, preocupado.

—¿Dónde estabas? —preguntó él.

—Festejando con mis amigas —mintió ella, acomodándose la falda que, con cualquier movimiento, revelaba que no llevaba nada debajo—. He logrado que Uzumaki Naruto me deje administrar una boutique y una joyería. Nuestras vidas van a cambiar, Kizashi.

El hombre, en su ingenuidad, la felicitó con entusiasmo. No notó el rastro de semen que aún escurría por las piernas de su esposa ni el hecho de que su ropa era una invitación al pecado. Solo pensaba en las deudas que se esfumarían.

—Asegúrate de agradecerle a Naruto-kun como es debido —dijo Kizashi.

"Si tan solo supieras el trato que hice por tu incapacidad", pensó Mebuki con amargura mientras se retiraba a la ducha.

Semanas después, la transformación era total. Mebuki administraba la joyería "El Ojo del Remolino" con mano de hierro. Había contratado a mujeres jóvenes y ambiciosas, a quienes les había dejado claro las reglas: cuando Naruto Uzumaki visitara el local, el negocio se cerraba.

—Si quieren prosperar, deben estar dispuestas a todo —les había dicho—. Si el señor Uzumaki las desea, abrirán las piernas. Si él quiere manosearlas, sonreirán.

Las empleadas, viendo el lujo en el que vivía Mebuki, aceptaron su destino. Se convirtieron en el harén personal de Naruto dentro del ámbito empresarial.

Hubo una tarde en la que Kizashi decidió visitar a su esposa en el trabajo. Al llegar, encontró el letrero de "Cerrado por auditoría". Lo que no sabía era que, tras las puertas cerradas, Mebuki estaba sentada sobre el regazo de Naruto en su oficina, moviéndose al ritmo de sus estocadas mientras ambos observaban a Kizashi a través de las cámaras de seguridad.

—Mira a tu marido, Mebuki —se burló Naruto, apretando sus caderas—. Ahí fuera, solo, sin idea de que su mujer está siendo reclamada por un hombre de verdad.

Mebuki miró la pantalla y luego a Naruto. El placer que sentía era tan intenso que las palabras de humillación hacia su esposo ya no le dolían; le daban la razón al rubio. Si Kizashi no hubiera sido tan conformista, ella no habría tenido que venderse.

—Él no es nada comparado con usted, amo —gimió ella, entregándose por completo al orgasmo mientras Naruto la llenaba una vez más.

La vida en Konoha seguía su curso, pero en las sombras del nuevo imperio Uzumaki, Mebuki Haruno había encontrado su lugar: una jaula de oro donde el precio de la libertad era su propia carne, y el de su hija, una promesa que Naruto cobraría muy pronto.
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