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sae x isagi
Fandom: blue lock
Creado: 14/4/2026
Etiquetas
RomanceDramaPsicológicoAmbientación CanonCelosEstudio de PersonajeSupervivencia
El rompecabezas de un latido
El aire en las instalaciones de Blue Lock siempre olía a una mezcla persistente de caucho, sudor y ambición desmedida. Era un aroma que Isagi Yoichi había aprendido a amar, pues significaba que estaba en el lugar correcto, el único lugar en el mundo donde su egoísmo podía florecer hasta convertirse en algo imparable. Sin embargo, esta noche, el silencio de los pasillos se sentía distinto. No era el silencio tenso antes de un partido crucial, sino uno más denso, cargado de una electricidad que no sabía cómo procesar.
Isagi caminaba hacia la sala de entrenamiento nocturno, con un balón bajo el brazo. Sus ojos azules, habitualmente brillantes con la chispa del "Metavision", parecían desenfocados. No podía dejar de pensar en la última jugada del entrenamiento vespertino. No en el gol que anotó, sino en la forma en que Kaiser lo había acorralado contra la red, o cómo Bachira le había sonreído con una intensidad que casi le quema la piel. O, quizás más preocupante, cómo su propio corazón había reaccionado a esos estímulos.
—¿Entrenando hasta tarde otra vez, Isagi? —Una voz familiar rompió el hilo de sus pensamientos.
Isagi se detuvo en seco y giró la cabeza. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa mirada felina que siempre parecía estar analizando sus puntos débiles, estaba Rin Itoshi.
—Rin... —Isagi exhaló, tratando de recuperar su compostura—. Podría decir lo mismo de ti. No eres de los que se van a dormir temprano cuando saben que hay alguien que todavía puede superarlos.
Rin se separó de la pared con una lentitud calculada, acercándose a Isagi hasta que solo unos pocos centímetros de aire viciado los separaban.
—No te confundas, tibio —dijo Rin con su voz gélida—. No estoy aquí por el fútbol. Bueno, no solo por eso.
Isagi frunció el ceño, sintiendo un nudo extraño en el estómago. En el campo, entendía a Rin. Entendía su odio, su deseo de destrucción y su sed de victoria. Pero fuera de las líneas blancas, Rin era un enigma que su Metavision no lograba descifrar.
—¿Entonces? —preguntó Isagi, dando un paso adelante, desafiando el espacio personal del otro—. Si no es para aplastarme en el campo, ¿para qué pierdes tu tiempo conmigo?
Rin soltó una risa seca, un sonido que apenas llegó a sus ojos.
—Eres un idiota, Isagi Yoichi. Analizas cada movimiento, cada respiración de tus oponentes, pero eres incapaz de ver lo que tienes justo delante de la nariz.
Antes de que Isagi pudiera replicar, la puerta al final del pasillo se abrió de golpe. Bachira Meguru apareció saltando, con su energía habitual, aunque sus ojos se oscurecieron un poco al ver la cercanía entre los dos delanteros.
—¡Isagi-kyun! ¡Te encontré! —exclamó Bachira, ignorando olímpicamente la tensión que se cortaba con un cuchillo—. Estaba pensando que mi "monstruo" tiene hambre de pases, ¿quieres ir al campo conmigo?
Isagi miró a Bachira y luego a Rin. Se sentía como si estuviera atrapado en una formación de juego donde todas las opciones eran arriesgadas.
—Bachira, yo... estaba a punto de hablar con Rin —explicó Isagi, rascándose la nuca con nerviosismo.
Bachira se acercó y pasó un brazo por los hombros de Isagi, atrayéndolo hacia él con una posesividad juguetona que no ocultaba del todo su seriedad.
—Rin-chan siempre es tan aburrido —dijo Bachira, sacándole la lengua al menor de los Itoshi—. Isagi necesita diversión, no más de tus charlas sobre muerte y destrucción. ¿Verdad, Isagi?
—No me llames así, bicho —gruñó Rin, dando un paso hacia ellos—. Isagi no necesita tus juegos infantiles. Él necesita a alguien que lo empuje al límite, alguien que pueda seguirle el ritmo a su evolución.
Isagi se sintió como el balón en medio de un rondo agresivo. Su corazón empezó a latir con fuerza, pero no era el subidón de adrenalina de un gol. Era algo más cálido, más confuso.
—¡Basta los dos! —gritó Isagi, zafándose del agarre de Bachira—. No soy un trofeo de caza. Si quieren mi atención, demuéstrenlo donde importa.
—Oh, Isagi —susurró Bachira, acercándose a su oído para que solo él pudiera escucharlo—, ya lo estamos haciendo. ¿No sientes cómo vibra el aire cuando estamos los tres en la misma habitación?
Isagi sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Miró a Bachira y vio en sus ojos amarillos una chispa de algo que no era solo compañerismo. Luego miró a Rin, quien mantenía una expresión estoica, pero cuyas manos estaban cerradas en puños, como si estuviera conteniéndose para no hacer algo impulsivo.
—No entiendo... —admitió Isagi en voz baja—. Se supone que somos rivales. Se supone que nuestro único objetivo es ser el mejor delantero del mundo. El amor, o lo que sea esto... no debería estar en el guion de Blue Lock.
—Ego Jinpachi dijo que debíamos ser egoístas —intervino Rin, dando un paso más, cerrando el círculo alrededor de Isagi—. Y yo soy lo suficientemente egoísta como para quererlo todo. El trofeo, el título y al único jugador que realmente me hace sentir vivo.
Bachira asintió, perdiendo por un momento su sonrisa eterna para mostrar una faceta mucho más madura y hambrienta.
—Yo también, Isagi. No quiero solo tus pases. Quiero tu mirada, tu atención, quiero ser el único que vea las piezas de tu rompecabezas antes de que las armes.
Isagi se quedó sin aliento. El campo de fútbol siempre había sido su lenguaje, el lugar donde las palabras sobraban porque los pies hablaban por sí mismos. Pero aquí, en la penumbra de las instalaciones, el lenguaje estaba cambiando. El "egoísmo" del que tanto hablaban estaba tomando una forma física, una atracción gravitacional que lo empujaba hacia ambos.
—Ustedes... —Isagi bajó la mirada al suelo, tratando de organizar sus pensamientos—. Esto es una locura. Si Ego se entera...
—A Ego no le importa lo que hagamos mientras anotemos goles —lo interrumpió Rin, extendiendo una mano pero deteniéndose antes de tocarlo—. La pregunta es: ¿qué quieres tú, Isagi? ¿Vas a seguir huyendo de lo que sientes fuera del campo?
Isagi levantó la vista. Sus ojos azules brillaron con una determinación nueva. No era la mirada del "asesino" que aparecía en el área pequeña, sino la de alguien que acababa de descubrir una nueva pieza en su rompecabezas personal.
—No huyo —dijo Isagi, y su voz ya no temblaba—. Solo estoy analizando la situación.
—¿Y cuál es el resultado de tu análisis, genio? —preguntó Bachira con curiosidad, inclinando la cabeza.
Isagi sonrió de forma casi imperceptible. Se acercó a Bachira y le revolvió el pelo con cariño, un gesto que hizo que el corazón del chico de los ojos amarillos diera un vuelco. Luego, se giró hacia Rin y lo miró fijamente a los ojos, sin retroceder ante su intensidad.
—El resultado es que Blue Lock es un lugar para sobrevivir —empezó Isagi—, y para sobrevivir, necesito estímulos. Ustedes dos son los estímulos más grandes que tengo. No voy a elegir. No ahora.
Rin arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la audacia de la respuesta.
—¿Estás diciendo que nos vas a usar a ambos para tu evolución? —preguntó Rin con un tono que mezclaba la indignación con la fascinación.
—Estoy diciendo que si quieren estar a mi lado, tendrán que esforzarse —respondió Isagi, recuperando su aura de líder—. No solo en el campo. Si esto es una competición de egoísmo, prepárense, porque no pienso perder contra ninguno de los dos. Ni en el fútbol, ni en esto.
Bachira soltó una carcajada limpia y vibrante, abrazando a Isagi por la espalda.
—¡Ese es mi Isagi! ¡Tan codicioso como siempre!
Rin resopló, desviando la mirada, aunque una pequeña curva apareció en la comisura de sus labios.
—Está bien, Isagi Yoichi. Acepto el desafío. Pero no te quejes cuando mi egoísmo te consuma por completo.
—Eso está por verse —replicó Isagi, sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en semanas.
Caminaron juntos hacia el campo de entrenamiento. La tensión romántica no había desaparecido, al contrario, se había transformado en un motor nuevo, una energía que prometía llevarlos a niveles que ni siquiera Ego Jinpachi había previsto.
Mientras entraban al césped sintético bajo las luces fluorescentes, Isagi se dio cuenta de que el amor en Blue Lock no era como en las películas. No era suave, ni tranquilo, ni predecible. Era como un contraataque a máxima velocidad: agresivo, electrizante y lleno de adrenalina.
—¡El primero que anote diez goles elige qué cenamos mañana! —gritó Bachira, corriendo hacia el centro del campo con el balón.
—¡Ni lo sueñes, bicho! —rugió Rin, saliendo disparado tras él.
Isagi los observó por un segundo, sintiendo el calor en su pecho y la claridad en su mente. El rompecabezas de su vida todavía tenía muchas piezas sueltas, pero por primera vez, no tenía prisa por encajarlas todas.
—¡Esperen! —gritó Isagi, corriendo para alcanzarlos—. ¡Ese gol será mío!
En el corazón de Blue Lock, entre sudor y sueños de gloria, Isagi Yoichi había descubierto que el egoísmo más grande de todos no era solo querer ser el mejor, sino querer ser amado por aquellos que te obligan a serlo. Y mientras el balón rodaba, supo que, sin importar quién ganara esa noche, él ya había reclamado su lugar en el centro del mundo de ambos.
La noche era joven, la competencia era feroz y el corazón de Isagi, finalmente, estaba en perfecta sintonía con su ambición. El juego acababa de empezar, y esta vez, las reglas las ponía él.
Isagi caminaba hacia la sala de entrenamiento nocturno, con un balón bajo el brazo. Sus ojos azules, habitualmente brillantes con la chispa del "Metavision", parecían desenfocados. No podía dejar de pensar en la última jugada del entrenamiento vespertino. No en el gol que anotó, sino en la forma en que Kaiser lo había acorralado contra la red, o cómo Bachira le había sonreído con una intensidad que casi le quema la piel. O, quizás más preocupante, cómo su propio corazón había reaccionado a esos estímulos.
—¿Entrenando hasta tarde otra vez, Isagi? —Una voz familiar rompió el hilo de sus pensamientos.
Isagi se detuvo en seco y giró la cabeza. Apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y esa mirada felina que siempre parecía estar analizando sus puntos débiles, estaba Rin Itoshi.
—Rin... —Isagi exhaló, tratando de recuperar su compostura—. Podría decir lo mismo de ti. No eres de los que se van a dormir temprano cuando saben que hay alguien que todavía puede superarlos.
Rin se separó de la pared con una lentitud calculada, acercándose a Isagi hasta que solo unos pocos centímetros de aire viciado los separaban.
—No te confundas, tibio —dijo Rin con su voz gélida—. No estoy aquí por el fútbol. Bueno, no solo por eso.
Isagi frunció el ceño, sintiendo un nudo extraño en el estómago. En el campo, entendía a Rin. Entendía su odio, su deseo de destrucción y su sed de victoria. Pero fuera de las líneas blancas, Rin era un enigma que su Metavision no lograba descifrar.
—¿Entonces? —preguntó Isagi, dando un paso adelante, desafiando el espacio personal del otro—. Si no es para aplastarme en el campo, ¿para qué pierdes tu tiempo conmigo?
Rin soltó una risa seca, un sonido que apenas llegó a sus ojos.
—Eres un idiota, Isagi Yoichi. Analizas cada movimiento, cada respiración de tus oponentes, pero eres incapaz de ver lo que tienes justo delante de la nariz.
Antes de que Isagi pudiera replicar, la puerta al final del pasillo se abrió de golpe. Bachira Meguru apareció saltando, con su energía habitual, aunque sus ojos se oscurecieron un poco al ver la cercanía entre los dos delanteros.
—¡Isagi-kyun! ¡Te encontré! —exclamó Bachira, ignorando olímpicamente la tensión que se cortaba con un cuchillo—. Estaba pensando que mi "monstruo" tiene hambre de pases, ¿quieres ir al campo conmigo?
Isagi miró a Bachira y luego a Rin. Se sentía como si estuviera atrapado en una formación de juego donde todas las opciones eran arriesgadas.
—Bachira, yo... estaba a punto de hablar con Rin —explicó Isagi, rascándose la nuca con nerviosismo.
Bachira se acercó y pasó un brazo por los hombros de Isagi, atrayéndolo hacia él con una posesividad juguetona que no ocultaba del todo su seriedad.
—Rin-chan siempre es tan aburrido —dijo Bachira, sacándole la lengua al menor de los Itoshi—. Isagi necesita diversión, no más de tus charlas sobre muerte y destrucción. ¿Verdad, Isagi?
—No me llames así, bicho —gruñó Rin, dando un paso hacia ellos—. Isagi no necesita tus juegos infantiles. Él necesita a alguien que lo empuje al límite, alguien que pueda seguirle el ritmo a su evolución.
Isagi se sintió como el balón en medio de un rondo agresivo. Su corazón empezó a latir con fuerza, pero no era el subidón de adrenalina de un gol. Era algo más cálido, más confuso.
—¡Basta los dos! —gritó Isagi, zafándose del agarre de Bachira—. No soy un trofeo de caza. Si quieren mi atención, demuéstrenlo donde importa.
—Oh, Isagi —susurró Bachira, acercándose a su oído para que solo él pudiera escucharlo—, ya lo estamos haciendo. ¿No sientes cómo vibra el aire cuando estamos los tres en la misma habitación?
Isagi sintió un escalofrío recorrer su columna vertebral. Miró a Bachira y vio en sus ojos amarillos una chispa de algo que no era solo compañerismo. Luego miró a Rin, quien mantenía una expresión estoica, pero cuyas manos estaban cerradas en puños, como si estuviera conteniéndose para no hacer algo impulsivo.
—No entiendo... —admitió Isagi en voz baja—. Se supone que somos rivales. Se supone que nuestro único objetivo es ser el mejor delantero del mundo. El amor, o lo que sea esto... no debería estar en el guion de Blue Lock.
—Ego Jinpachi dijo que debíamos ser egoístas —intervino Rin, dando un paso más, cerrando el círculo alrededor de Isagi—. Y yo soy lo suficientemente egoísta como para quererlo todo. El trofeo, el título y al único jugador que realmente me hace sentir vivo.
Bachira asintió, perdiendo por un momento su sonrisa eterna para mostrar una faceta mucho más madura y hambrienta.
—Yo también, Isagi. No quiero solo tus pases. Quiero tu mirada, tu atención, quiero ser el único que vea las piezas de tu rompecabezas antes de que las armes.
Isagi se quedó sin aliento. El campo de fútbol siempre había sido su lenguaje, el lugar donde las palabras sobraban porque los pies hablaban por sí mismos. Pero aquí, en la penumbra de las instalaciones, el lenguaje estaba cambiando. El "egoísmo" del que tanto hablaban estaba tomando una forma física, una atracción gravitacional que lo empujaba hacia ambos.
—Ustedes... —Isagi bajó la mirada al suelo, tratando de organizar sus pensamientos—. Esto es una locura. Si Ego se entera...
—A Ego no le importa lo que hagamos mientras anotemos goles —lo interrumpió Rin, extendiendo una mano pero deteniéndose antes de tocarlo—. La pregunta es: ¿qué quieres tú, Isagi? ¿Vas a seguir huyendo de lo que sientes fuera del campo?
Isagi levantó la vista. Sus ojos azules brillaron con una determinación nueva. No era la mirada del "asesino" que aparecía en el área pequeña, sino la de alguien que acababa de descubrir una nueva pieza en su rompecabezas personal.
—No huyo —dijo Isagi, y su voz ya no temblaba—. Solo estoy analizando la situación.
—¿Y cuál es el resultado de tu análisis, genio? —preguntó Bachira con curiosidad, inclinando la cabeza.
Isagi sonrió de forma casi imperceptible. Se acercó a Bachira y le revolvió el pelo con cariño, un gesto que hizo que el corazón del chico de los ojos amarillos diera un vuelco. Luego, se giró hacia Rin y lo miró fijamente a los ojos, sin retroceder ante su intensidad.
—El resultado es que Blue Lock es un lugar para sobrevivir —empezó Isagi—, y para sobrevivir, necesito estímulos. Ustedes dos son los estímulos más grandes que tengo. No voy a elegir. No ahora.
Rin arqueó una ceja, visiblemente sorprendido por la audacia de la respuesta.
—¿Estás diciendo que nos vas a usar a ambos para tu evolución? —preguntó Rin con un tono que mezclaba la indignación con la fascinación.
—Estoy diciendo que si quieren estar a mi lado, tendrán que esforzarse —respondió Isagi, recuperando su aura de líder—. No solo en el campo. Si esto es una competición de egoísmo, prepárense, porque no pienso perder contra ninguno de los dos. Ni en el fútbol, ni en esto.
Bachira soltó una carcajada limpia y vibrante, abrazando a Isagi por la espalda.
—¡Ese es mi Isagi! ¡Tan codicioso como siempre!
Rin resopló, desviando la mirada, aunque una pequeña curva apareció en la comisura de sus labios.
—Está bien, Isagi Yoichi. Acepto el desafío. Pero no te quejes cuando mi egoísmo te consuma por completo.
—Eso está por verse —replicó Isagi, sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en semanas.
Caminaron juntos hacia el campo de entrenamiento. La tensión romántica no había desaparecido, al contrario, se había transformado en un motor nuevo, una energía que prometía llevarlos a niveles que ni siquiera Ego Jinpachi había previsto.
Mientras entraban al césped sintético bajo las luces fluorescentes, Isagi se dio cuenta de que el amor en Blue Lock no era como en las películas. No era suave, ni tranquilo, ni predecible. Era como un contraataque a máxima velocidad: agresivo, electrizante y lleno de adrenalina.
—¡El primero que anote diez goles elige qué cenamos mañana! —gritó Bachira, corriendo hacia el centro del campo con el balón.
—¡Ni lo sueñes, bicho! —rugió Rin, saliendo disparado tras él.
Isagi los observó por un segundo, sintiendo el calor en su pecho y la claridad en su mente. El rompecabezas de su vida todavía tenía muchas piezas sueltas, pero por primera vez, no tenía prisa por encajarlas todas.
—¡Esperen! —gritó Isagi, corriendo para alcanzarlos—. ¡Ese gol será mío!
En el corazón de Blue Lock, entre sudor y sueños de gloria, Isagi Yoichi había descubierto que el egoísmo más grande de todos no era solo querer ser el mejor, sino querer ser amado por aquellos que te obligan a serlo. Y mientras el balón rodaba, supo que, sin importar quién ganara esa noche, él ya había reclamado su lugar en el centro del mundo de ambos.
La noche era joven, la competencia era feroz y el corazón de Isagi, finalmente, estaba en perfecta sintonía con su ambición. El juego acababa de empezar, y esta vez, las reglas las ponía él.
