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amor en el campo
Fandom: blue lock
Creado: 14/4/2026
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RomanceDramaPsicológicoEstudio de PersonajeAmbientación CanonDivergenciaAngustiaCelosCrack / Humor ParódicoDolor/ConsueloViolencia GráficaOscuroDiscriminaciónLenguaje ExplícitoAcciónCrimen
El ángulo del ojo del mundo
La luz blanca de las instalaciones de Blue Lock siempre se sentía un poco más fría después de la medianoche. El eco de los balones golpeando el césped sintético había cesado hacía horas, dejando un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el zumbido suave del sistema de ventilación. Isagi Yoichi se encontraba sentado en el centro del campo de entrenamiento número 4, con el sudor pegándole la camiseta al cuerpo y la respiración aún agitada.
Había estado visualizando la última jugada de la Sub-20, diseccionando cada movimiento, cada flujo de información que su "Metavisión" le había proporcionado. Pero, sobre todo, estaba pensando en él.
—Entrenar hasta el agotamiento no te dará el talento que te falta, Isagi Yoichi.
La voz, gélida y melódica, cortó el silencio como un bisturí. Isagi se sobresaltó, girando la cabeza con rapidez. Apoyado contra el marco de la puerta metálica, con los brazos cruzados y esa expresión de perpetuo aburrimiento, estaba Itoshi Sae.
Isagi parpadeó, incrédulo. No debería haber nadie más allí, y mucho menos el prodigio que jugaba en España.
—¿Sae? —Isagi se puso de pie con dificultad, sintiendo el ácido láctico quemar sus músculos—. ¿Qué haces aquí? Se supone que tu vuelo salía esta tarde.
Sae se separó de la pared y caminó hacia el centro del campo. Sus pasos eran silenciosos, elegantes, como si no tocara el suelo. Se detuvo a escasos metros de Isagi, escrutándolo con esos ojos verdes que parecían ver a través de la piel y los huesos.
—Hubo un retraso. Y Blue Lock es el único lugar en este país mediocre donde el aire no apesta a complacencia —respondió Sae, restándole importancia con un gesto—. Además, quería ver si el "héroe" de Japón seguía intentando devorar sombras en la oscuridad.
Isagi apretó los puños, pero no por rabia. Había algo en la presencia de Sae que lo ponía en alerta, una electricidad que no sentía con nadie más, ni siquiera con Rin. Era una mezcla de admiración y un deseo ferviente de superarlo, de entender cómo funcionaba su mente.
—No estoy devorando sombras —dijo Isagi, recuperando la compostura—. Estoy perfeccionando mi visión. En el último partido, pude verte. Pude predecir hacia dónde ibas, aunque mis pies no llegaran a tiempo.
Sae arqueó una ceja, mostrando un atisbo de interés genuino. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Isagi. El olor a jabón neutro y algo metálico, casi como el aroma de la lluvia, envolvió al delantero de Blue Lock.
—¿Verme? —Sae soltó una risa seca—. Muchos creen que me ven, pero solo están mirando mi estela. Si realmente quieres estar en mi campo de visión, Isagi, tienes que dejar de ser una pieza del rompecabezas y empezar a ser el que sostiene la caja.
—Eso es lo que estoy haciendo —replicó Isagi, sosteniéndole la mirada—. No me conformo con ser un delantero más. Voy a ser el mejor del mundo. Y para eso, necesito entender qué es lo que tú ves.
Sae guardó silencio durante unos segundos. El ambiente en el campo parecía haber cambiado; ya no era un lugar de entrenamiento, sino un espacio liminal donde las reglas del fútbol tradicional no se aplicaban. Sae extendió una mano y, con una lentitud casi deliberada, rozó la mejilla de Isagi con el dorso de sus dedos. El contacto fue frío, pero Isagi sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna.
—Tus ojos —susurró Sae, su voz bajando una octava—. Tienen ese brillo asqueroso de alguien que está dispuesto a destruirlo todo por un gol. Es lo único que soporto de ti.
Isagi no retrocedió. Al contrario, se inclinó ligeramente hacia el contacto, confundido por la intensidad de la situación.
—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó Isagi en un susurro.
—Porque eres el único en este lugar que no me mira como a un dios o como a un enemigo que odiar —Sae retiró la mano, pero no se alejó—. Me miras como si fuera una ecuación que quieres resolver. Y eso me intriga.
De repente, la puerta del campo se abrió de par en par con un estrépito.
—¡Isagi! ¡Sabía que estarías aquí, maldito entusiasta del fútbol! —La voz estridente de Bachira rompió el hechizo. Detrás de él, Chigiri y Kunigami entraron al campo, deteniéndose en seco al ver la figura de Sae.
—¿Itoshi Sae? —Chigiri frunció el ceño, pasándose una mano por el cabello pelirrojo—. ¿Qué hace el tesoro nacional de Japón aquí a estas horas?
Bachira, con su energía habitual, se acercó saltando, aunque sus ojos amarillos brillaban con una astucia inusual al observar la cercanía entre Sae e Isagi.
—¡Vaya, Isagi! No sabía que tenías sesiones privadas con el enemigo —dijo Bachira, ladeando la cabeza—. ¿Están planeando cómo destruir el mundo o algo así?
Sae recuperó su máscara de indiferencia en un instante. Se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de diseñador y lanzó una mirada gélida al grupo de recién llegados.
—Me iba ahora mismo —dijo Sae con tono cortante—. Estaba recordándole a este idiota que el talento sin instinto asesino es solo ruido.
Sae pasó por el lado de Kunigami sin siquiera mirarlo, caminando hacia la salida con la elegancia de un depredador que ya no tiene interés en su presa. Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró por encima del hombro, fijando su vista únicamente en Isagi.
—No te mueras antes de que volvamos a encontrarnos en Europa, Isagi Yoichi. Sería una pérdida de tiempo haberte prestado atención.
Y con eso, desapareció en los pasillos de las instalaciones.
—Ese tipo da escalofríos —comentó Kunigami, cruzándose de brazos—. Isagi, ¿estás bien? Te ves... pálido.
Isagi soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Sus piernas temblaban ligeramente, pero no por el cansancio físico.
—Estoy bien —mintió Isagi, aunque su corazón latía con una fuerza inusitada—. Solo estábamos... hablando de fútbol.
—¿Hablando de fútbol? —Bachira se acercó y rodeó el cuello de Isagi con el brazo, apretándolo con cariño—. Isagi, amigo, tu cara dice que estabas hablando de algo mucho más intenso que una formación 4-4-2. ¡Tu "monstruo" interno está gritando!
—Déjalo en paz, Bachira —intervino Chigiri, aunque él también miraba a Isagi con curiosidad—. Si Sae está interesado en Isagi, es normal. Después de todo, él fue la pieza clave para ganarles.
Isagi asintió vagamente, pero su mente seguía atrapada en el momento en que los dedos de Sae habían tocado su piel. No era solo fútbol. Había una conexión, un hilo invisible que los unía en esa búsqueda obsesiva por la perfección. Sae estaba solo en la cima, aburrido del mundo, y por un momento, Isagi había sentido que podía alcanzarlo y tirar de él hacia abajo, o subir hasta su altura.
Los días siguientes en Blue Lock fueron un torbellino de entrenamientos intensos bajo la dirección de Ego Jinpachi. El proyecto entraba en una nueva fase, y la presión era asfixiante. Sin embargo, Isagi se encontraba más concentrado que nunca. Cada vez que cerraba los ojos para visualizar el campo, no solo veía las posiciones de sus compañeros; buscaba ese ángulo muerto, ese espacio de genialidad que Sae habitaba.
Una tarde, mientras revisaba grabaciones de partidos en la sala común, recibió una notificación en su dispositivo de Blue Lock. Era un mensaje de un número desconocido, cifrado a través de los servidores del programa.
"El próximo partido es en Alemania. No te conformes con mirar desde la banca. Si no puedes dominar tu propio entorno, nunca podrás dominar el mío."
No había firma, pero Isagi no la necesitaba. La arrogancia y la precisión de las palabras eran inconfundibles.
—¿Qué miras con tanta intensidad? —preguntó Reo, sentándose a su lado con una bebida isotónica—. Pareces un científico loco a punto de descubrir la cura para algo.
—Nada —Isagi bloqueó la pantalla rápidamente—. Solo repasando algunos errores.
—Ya —Reo sonrió con escepticismo—. Por cierto, Nagi dice que si no dejas de pensar tanto, se te va a derretir el cerebro. Vamos a la cafetería, Barou está a punto de pelearse con Shidou por el último trozo de carne y Rin parece que va a matar a alguien si no hay silencio.
Isagi se rió, permitiéndose un momento de ligereza. Siguió a Reo hacia el comedor, donde el caos habitual de Blue Lock estaba en pleno apogeo. Rin estaba sentado en una esquina, emanando un aura de hostilidad pura, mientras Shidou reía ruidosamente provocando a los demás.
Isagi miró a Rin y, por un momento, sintió una punzada de culpa. Rin era el hermano de Sae, y su relación estaba rota por el mismo deporte que los unía. Pero lo que Isagi sentía por Sae no era la rivalidad destructiva de Rin. Era algo diferente, algo que nacía de la comprensión mutua de lo que significaba ser un "egoísta".
Esa noche, Isagi no pudo dormir. Se escabulló de nuevo hacia el campo de entrenamiento, pero esta vez no estaba solo. Al llegar a las gradas superiores, que daban a una vista panorámica de las luces de la ciudad a lo lejos, vio una figura familiar.
Sae estaba allí, sentado en la barandilla, mirando hacia el horizonte. No llevaba el uniforme de Blue Lock, sino ropa de calle que lo hacía parecer menos un atleta y más un joven normal, aunque su presencia seguía siendo imponente.
—Sabía que vendrías —dijo Sae sin girarse.
—¿Cómo sabías que estaría despierto? —preguntó Isagi, acercándose con cautela.
—Porque compartimos la misma enfermedad, Isagi. La incapacidad de estar satisfechos.
Isagi se colocó a su lado, mirando también hacia las luces de los edificios.
—El mensaje que me enviaste... —empezó Isagi—, ¿por qué te importa lo que yo haga en Alemania?
Sae finalmente se giró hacia él. La luz de la luna bañaba su rostro, suavizando sus facciones pero resaltando la intensidad de su mirada.
—Porque el fútbol japonés es un desierto —dijo Sae—. Y por primera vez en mucho tiempo, he encontrado un brote que vale la pena observar. No quiero que te marchites antes de que pueda ver hasta dónde creces.
Isagi sintió un nudo en la garganta. No era un cumplido, era una declaración de intenciones. Sae lo estaba reclamando como su igual, o al menos, como alguien que tenía el potencial de serlo.
—No me voy a marchitar —prometió Isagi, su voz firme—. Voy a devorar todo lo que encuentre en Europa. Incluyéndote a ti.
Sae soltó una carcajada corta, una que no sonaba amarga, sino casi divertida.
—Inténtalo. Pero recuerda, Isagi, en el fútbol mundial, no hay espacio para los débiles de corazón. Si quieres estar a mi lado, tienes que estar dispuesto a quemarlo todo.
Sae se puso de pie, quedando a escasos centímetros de Isagi. El aire entre ellos vibraba con una tensión que trascendía el deporte. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Sae extendió la mano y agarró suavemente el cuello de la camiseta de Isagi, tirando de él un poco hacia arriba.
—Demuéstramelo —susurró Sae contra sus labios.
No hubo un beso, no todavía. Fue una promesa, un desafío sellado en la oscuridad de la noche. Sae soltó la camiseta y, con un movimiento fluido, saltó de la barandilla hacia el pasillo inferior, perdiéndose en las sombras antes de que Isagi pudiera decir nada más.
Isagi se quedó allí, con el corazón martilleando contra sus costillas y el sabor del desafío en el aire. Miró hacia abajo, al campo de Blue Lock que se extendía bajo sus pies. Ya no era solo un lugar para convertirse en el mejor delantero. Ahora era el campo de batalla donde se prepararía para alcanzar a la única persona que realmente lo había visto.
—Te alcanzaré, Sae —murmuró Isagi para sí mismo—. Y cuando lo haga, el mundo entero tendrá que mirar hacia nosotros.
En la distancia, el zumbido de las instalaciones continuaba, pero para Isagi Yoichi, el juego acababa de cambiar por completo. Ya no corría solo por la gloria; corría hacia el único sol que no lo cegaba, sino que le mostraba el camino hacia su propio egoísmo.
Había estado visualizando la última jugada de la Sub-20, diseccionando cada movimiento, cada flujo de información que su "Metavisión" le había proporcionado. Pero, sobre todo, estaba pensando en él.
—Entrenar hasta el agotamiento no te dará el talento que te falta, Isagi Yoichi.
La voz, gélida y melódica, cortó el silencio como un bisturí. Isagi se sobresaltó, girando la cabeza con rapidez. Apoyado contra el marco de la puerta metálica, con los brazos cruzados y esa expresión de perpetuo aburrimiento, estaba Itoshi Sae.
Isagi parpadeó, incrédulo. No debería haber nadie más allí, y mucho menos el prodigio que jugaba en España.
—¿Sae? —Isagi se puso de pie con dificultad, sintiendo el ácido láctico quemar sus músculos—. ¿Qué haces aquí? Se supone que tu vuelo salía esta tarde.
Sae se separó de la pared y caminó hacia el centro del campo. Sus pasos eran silenciosos, elegantes, como si no tocara el suelo. Se detuvo a escasos metros de Isagi, escrutándolo con esos ojos verdes que parecían ver a través de la piel y los huesos.
—Hubo un retraso. Y Blue Lock es el único lugar en este país mediocre donde el aire no apesta a complacencia —respondió Sae, restándole importancia con un gesto—. Además, quería ver si el "héroe" de Japón seguía intentando devorar sombras en la oscuridad.
Isagi apretó los puños, pero no por rabia. Había algo en la presencia de Sae que lo ponía en alerta, una electricidad que no sentía con nadie más, ni siquiera con Rin. Era una mezcla de admiración y un deseo ferviente de superarlo, de entender cómo funcionaba su mente.
—No estoy devorando sombras —dijo Isagi, recuperando la compostura—. Estoy perfeccionando mi visión. En el último partido, pude verte. Pude predecir hacia dónde ibas, aunque mis pies no llegaran a tiempo.
Sae arqueó una ceja, mostrando un atisbo de interés genuino. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Isagi. El olor a jabón neutro y algo metálico, casi como el aroma de la lluvia, envolvió al delantero de Blue Lock.
—¿Verme? —Sae soltó una risa seca—. Muchos creen que me ven, pero solo están mirando mi estela. Si realmente quieres estar en mi campo de visión, Isagi, tienes que dejar de ser una pieza del rompecabezas y empezar a ser el que sostiene la caja.
—Eso es lo que estoy haciendo —replicó Isagi, sosteniéndole la mirada—. No me conformo con ser un delantero más. Voy a ser el mejor del mundo. Y para eso, necesito entender qué es lo que tú ves.
Sae guardó silencio durante unos segundos. El ambiente en el campo parecía haber cambiado; ya no era un lugar de entrenamiento, sino un espacio liminal donde las reglas del fútbol tradicional no se aplicaban. Sae extendió una mano y, con una lentitud casi deliberada, rozó la mejilla de Isagi con el dorso de sus dedos. El contacto fue frío, pero Isagi sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna.
—Tus ojos —susurró Sae, su voz bajando una octava—. Tienen ese brillo asqueroso de alguien que está dispuesto a destruirlo todo por un gol. Es lo único que soporto de ti.
Isagi no retrocedió. Al contrario, se inclinó ligeramente hacia el contacto, confundido por la intensidad de la situación.
—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó Isagi en un susurro.
—Porque eres el único en este lugar que no me mira como a un dios o como a un enemigo que odiar —Sae retiró la mano, pero no se alejó—. Me miras como si fuera una ecuación que quieres resolver. Y eso me intriga.
De repente, la puerta del campo se abrió de par en par con un estrépito.
—¡Isagi! ¡Sabía que estarías aquí, maldito entusiasta del fútbol! —La voz estridente de Bachira rompió el hechizo. Detrás de él, Chigiri y Kunigami entraron al campo, deteniéndose en seco al ver la figura de Sae.
—¿Itoshi Sae? —Chigiri frunció el ceño, pasándose una mano por el cabello pelirrojo—. ¿Qué hace el tesoro nacional de Japón aquí a estas horas?
Bachira, con su energía habitual, se acercó saltando, aunque sus ojos amarillos brillaban con una astucia inusual al observar la cercanía entre Sae e Isagi.
—¡Vaya, Isagi! No sabía que tenías sesiones privadas con el enemigo —dijo Bachira, ladeando la cabeza—. ¿Están planeando cómo destruir el mundo o algo así?
Sae recuperó su máscara de indiferencia en un instante. Se metió las manos en los bolsillos de su chaqueta de diseñador y lanzó una mirada gélida al grupo de recién llegados.
—Me iba ahora mismo —dijo Sae con tono cortante—. Estaba recordándole a este idiota que el talento sin instinto asesino es solo ruido.
Sae pasó por el lado de Kunigami sin siquiera mirarlo, caminando hacia la salida con la elegancia de un depredador que ya no tiene interés en su presa. Sin embargo, justo antes de cruzar el umbral, se detuvo y miró por encima del hombro, fijando su vista únicamente en Isagi.
—No te mueras antes de que volvamos a encontrarnos en Europa, Isagi Yoichi. Sería una pérdida de tiempo haberte prestado atención.
Y con eso, desapareció en los pasillos de las instalaciones.
—Ese tipo da escalofríos —comentó Kunigami, cruzándose de brazos—. Isagi, ¿estás bien? Te ves... pálido.
Isagi soltó un suspiro que no sabía que estaba reteniendo. Sus piernas temblaban ligeramente, pero no por el cansancio físico.
—Estoy bien —mintió Isagi, aunque su corazón latía con una fuerza inusitada—. Solo estábamos... hablando de fútbol.
—¿Hablando de fútbol? —Bachira se acercó y rodeó el cuello de Isagi con el brazo, apretándolo con cariño—. Isagi, amigo, tu cara dice que estabas hablando de algo mucho más intenso que una formación 4-4-2. ¡Tu "monstruo" interno está gritando!
—Déjalo en paz, Bachira —intervino Chigiri, aunque él también miraba a Isagi con curiosidad—. Si Sae está interesado en Isagi, es normal. Después de todo, él fue la pieza clave para ganarles.
Isagi asintió vagamente, pero su mente seguía atrapada en el momento en que los dedos de Sae habían tocado su piel. No era solo fútbol. Había una conexión, un hilo invisible que los unía en esa búsqueda obsesiva por la perfección. Sae estaba solo en la cima, aburrido del mundo, y por un momento, Isagi había sentido que podía alcanzarlo y tirar de él hacia abajo, o subir hasta su altura.
Los días siguientes en Blue Lock fueron un torbellino de entrenamientos intensos bajo la dirección de Ego Jinpachi. El proyecto entraba en una nueva fase, y la presión era asfixiante. Sin embargo, Isagi se encontraba más concentrado que nunca. Cada vez que cerraba los ojos para visualizar el campo, no solo veía las posiciones de sus compañeros; buscaba ese ángulo muerto, ese espacio de genialidad que Sae habitaba.
Una tarde, mientras revisaba grabaciones de partidos en la sala común, recibió una notificación en su dispositivo de Blue Lock. Era un mensaje de un número desconocido, cifrado a través de los servidores del programa.
"El próximo partido es en Alemania. No te conformes con mirar desde la banca. Si no puedes dominar tu propio entorno, nunca podrás dominar el mío."
No había firma, pero Isagi no la necesitaba. La arrogancia y la precisión de las palabras eran inconfundibles.
—¿Qué miras con tanta intensidad? —preguntó Reo, sentándose a su lado con una bebida isotónica—. Pareces un científico loco a punto de descubrir la cura para algo.
—Nada —Isagi bloqueó la pantalla rápidamente—. Solo repasando algunos errores.
—Ya —Reo sonrió con escepticismo—. Por cierto, Nagi dice que si no dejas de pensar tanto, se te va a derretir el cerebro. Vamos a la cafetería, Barou está a punto de pelearse con Shidou por el último trozo de carne y Rin parece que va a matar a alguien si no hay silencio.
Isagi se rió, permitiéndose un momento de ligereza. Siguió a Reo hacia el comedor, donde el caos habitual de Blue Lock estaba en pleno apogeo. Rin estaba sentado en una esquina, emanando un aura de hostilidad pura, mientras Shidou reía ruidosamente provocando a los demás.
Isagi miró a Rin y, por un momento, sintió una punzada de culpa. Rin era el hermano de Sae, y su relación estaba rota por el mismo deporte que los unía. Pero lo que Isagi sentía por Sae no era la rivalidad destructiva de Rin. Era algo diferente, algo que nacía de la comprensión mutua de lo que significaba ser un "egoísta".
Esa noche, Isagi no pudo dormir. Se escabulló de nuevo hacia el campo de entrenamiento, pero esta vez no estaba solo. Al llegar a las gradas superiores, que daban a una vista panorámica de las luces de la ciudad a lo lejos, vio una figura familiar.
Sae estaba allí, sentado en la barandilla, mirando hacia el horizonte. No llevaba el uniforme de Blue Lock, sino ropa de calle que lo hacía parecer menos un atleta y más un joven normal, aunque su presencia seguía siendo imponente.
—Sabía que vendrías —dijo Sae sin girarse.
—¿Cómo sabías que estaría despierto? —preguntó Isagi, acercándose con cautela.
—Porque compartimos la misma enfermedad, Isagi. La incapacidad de estar satisfechos.
Isagi se colocó a su lado, mirando también hacia las luces de los edificios.
—El mensaje que me enviaste... —empezó Isagi—, ¿por qué te importa lo que yo haga en Alemania?
Sae finalmente se giró hacia él. La luz de la luna bañaba su rostro, suavizando sus facciones pero resaltando la intensidad de su mirada.
—Porque el fútbol japonés es un desierto —dijo Sae—. Y por primera vez en mucho tiempo, he encontrado un brote que vale la pena observar. No quiero que te marchites antes de que pueda ver hasta dónde creces.
Isagi sintió un nudo en la garganta. No era un cumplido, era una declaración de intenciones. Sae lo estaba reclamando como su igual, o al menos, como alguien que tenía el potencial de serlo.
—No me voy a marchitar —prometió Isagi, su voz firme—. Voy a devorar todo lo que encuentre en Europa. Incluyéndote a ti.
Sae soltó una carcajada corta, una que no sonaba amarga, sino casi divertida.
—Inténtalo. Pero recuerda, Isagi, en el fútbol mundial, no hay espacio para los débiles de corazón. Si quieres estar a mi lado, tienes que estar dispuesto a quemarlo todo.
Sae se puso de pie, quedando a escasos centímetros de Isagi. El aire entre ellos vibraba con una tensión que trascendía el deporte. Por un momento, el tiempo pareció detenerse. Sae extendió la mano y agarró suavemente el cuello de la camiseta de Isagi, tirando de él un poco hacia arriba.
—Demuéstramelo —susurró Sae contra sus labios.
No hubo un beso, no todavía. Fue una promesa, un desafío sellado en la oscuridad de la noche. Sae soltó la camiseta y, con un movimiento fluido, saltó de la barandilla hacia el pasillo inferior, perdiéndose en las sombras antes de que Isagi pudiera decir nada más.
Isagi se quedó allí, con el corazón martilleando contra sus costillas y el sabor del desafío en el aire. Miró hacia abajo, al campo de Blue Lock que se extendía bajo sus pies. Ya no era solo un lugar para convertirse en el mejor delantero. Ahora era el campo de batalla donde se prepararía para alcanzar a la única persona que realmente lo había visto.
—Te alcanzaré, Sae —murmuró Isagi para sí mismo—. Y cuando lo haga, el mundo entero tendrá que mirar hacia nosotros.
En la distancia, el zumbido de las instalaciones continuaba, pero para Isagi Yoichi, el juego acababa de cambiar por completo. Ya no corría solo por la gloria; corría hacia el único sol que no lo cegaba, sino que le mostraba el camino hacia su propio egoísmo.
