
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Noche estriper
Fandom: Kengan ashura
Creado: 14/4/2026
Etiquetas
DramaOscuroPWP (¿Trama? ¿Qué trama?)CelosLenguaje ExplícitoAmbientación CanonEstudio de Personaje
Entre el Frenesí y el Deseo del Ashura
El ambiente en el establecimiento secreto del Gremio Kengan estaba saturado de un olor penetrante a alcohol, tabaco y hormonas. Las luces de neón rosa y violeta bañaban a la audiencia, creando sombras distorsionadas que bailaban al ritmo de una música electrónica ensordecedora. Lihito, con la boca abierta y los ojos desorbitados, seguía procesando el hecho de que el "espectáculo de variedades" al que había arrastrado a Ohma y a Yamashita no era, ni de lejos, lo que él esperaba. A su lado, Yamashita Kazuo temblaba como una hoja, limpiándose las gafas una y otra vez, incapaz de asimilar la escena frente a él.
En el centro del escenario, bajo el foco principal, Kiryu Setsuna era una visión de pecado y gracia. Su cuerpo, esculpido y pálido, se movía con una fluidez sobrenatural alrededor del tubo de metal. Cada giro, cada arqueo de su espalda, parecía una invitación directa al caos. Ohma Tokita observaba desde la penumbra, con los brazos cruzados y una expresión de creciente irritación que, poco a poco, se transformaba en algo mucho más oscuro y primitivo.
Setsuna, con una sonrisa lánguida y ojos fijos en Ohma, se desabrochó los últimos botones de su camisa. La prenda voló hacia la multitud, desatando un rugido de deseo. Poco después, los pantalones cayeron de un tirón, dejando al luchador solo en una diminuta tanga que apenas ocultaba nada. El "Bello Bestial" comenzó a gatear por el borde del escenario, acercándose a los clientes que, frenéticos, estiraban billetes para colocarlos en la tela elástica de su prenda.
—¡Míralo, Ohma! ¡Ese tipo está loco! —exclamó Lihito, aunque no podía apartar la vista.
Ohma no respondió. Sus ojos estaban clavados en la forma en que Setsuna se arrodillaba ante extraños, permitiendo que manos ansiosas rozaran su piel. La tensión en la mandíbula de Ohma era evidente. Cuando Setsuna regresó al tubo, se deshizo de la última prenda con una lentitud tortuosa antes de lanzarla directamente hacia donde estaba el Ashura. Ohma extendió la mano y atrapó la tela aún cálida, cerrando el puño con fuerza.
El clímax del show se tornó caótico. La multitud, excitada más allá de la razón, comenzó a invadir el espacio personal del bailarín. Varios hombres subieron al escenario. Uno de ellos, un sujeto de aspecto rudo, sujetó a Setsuna por las caderas mientras otro, aprovechando la lubricación que el luchador ya portaba, deslizó sus dedos con descaro. Un gemido agudo y quebrado escapó de los labios de Setsuna, resonando por encima de la música.
—¡Oh, sí! ¡Dame más! —gritó un espectador mientras empezaba a desabrocharse el cinturón, dispuesto a tomar lo que el escenario ofrecía.
Antes de que el hombre pudiera dar un paso más, una sombra cruzó el espacio a una velocidad cegadora. Ohma Tokita no iba a permitir que nadie más tocara lo que, en su mente, le pertenecía por derecho de combate y obsesión. Con un movimiento fluido, apartó a los intrusos de un empujón que los mandó al suelo y sujetó a Setsuna por el brazo, arrastrándolo fuera del escenario ante las protestas del público y la mirada atónita de Himuro y Kaneda, que observaban desde la barra.
—¡Eh, Ohma! ¿A dónde vas? —gritó Lihito, pero el Ashura ya se había perdido tras las pesadas cortinas de terciopelo que conducían a los camerinos.
Una vez dentro, el silencio del pasillo contrastaba violentamente con el estruendo exterior. Ohma empujó a Setsuna contra una de las paredes acolchadas de un camerino privado y cerró la puerta con pestillo. El pecho de Setsuna subía y bajaba con rapidez, su piel brillaba por el sudor y sus ojos, inyectados en una mezcla de locura y devoción, buscaban los de Ohma.
—Mi "Dios"... —susurró Setsuna, jadeando—. Sabía que vendrías a reclamarme.
Ohma no dijo nada. Su mano se cerró alrededor del cuello de Setsuna, no para asfixiarlo, sino para fijarlo en su lugar. El deseo que había estado reprimiendo durante todo el espectáculo estalló. Empezó a manosear el cuerpo del otro hombre con brusquedad, recorriendo sus costados y bajando hacia sus muslos.
—Cállate —gruñó Ohma, su voz era un rugido bajo—. Me has hecho ver esa estupidez de espectáculo. Ahora vas a terminar lo que empezaste.
Setsuna soltó una risa entrecortada, frotando su rostro contra la mano de Ohma.
—Haz conmigo lo que quieras, Ohma. Úsame. Destrúyeme.
Setsuna se dejó caer de rodillas con una agilidad felina. Sus manos, expertas y ansiosas, desabrocharon el pantalón de Ohma con rapidez. El Ashura soltó un suspiro pesado cuando la boca de Setsuna lo envolvió, iniciando un acto de sexo oral cargado de desesperación y hambre. El ritmo era frenético; Setsuna utilizaba su lengua y su garganta con una devoción casi religiosa, mirando hacia arriba para ver la expresión de dominio en el rostro de Ohma.
La respiración de Ohma se volvió errática. Sus dedos se enredaron en el largo cabello oscuro de Setsuna, tirando de él para marcar el ritmo. El placer era intenso, pero no era suficiente. El vacío que sentía tras ver a Setsuna exhibirse para otros solo podía llenarse con una unión más profunda y violenta.
—Basta —dijo Ohma, apartándolo bruscamente por los hombros.
Setsuna lo miró confundido, con los labios entreabiertos y húmedos.
—¿Ohma?
—Date la vuelta —ordenó el Ashura, su voz cargada de una determinación oscura—. Pon las manos contra la mesa.
Setsuna obedeció al instante, soltando un gemido de anticipación. Se inclinó sobre la mesa de maquillaje, esparciendo algunos cosméticos y botellas de agua al suelo. Ohma se posicionó detrás de él, sintiendo el calor que emanaba de la piel del otro. Sin más preámbulos, lo penetró de un solo impulso profundo y firme.
—¡Ah! —Setsuna arqueó la espalda, clavando las uñas en la madera de la mesa—. ¡Sí! ¡Así! ¡Más, Ohma, más!
Ohma comenzó a embestir con una fuerza que recordaba a sus combates en la arena Kengan. Cada movimiento era potente, rítmico y desprovisto de delicadeza. Setsuna gemía con fuerza, sus sonidos llenando el pequeño camerino.
—¡Más rápido! —suplicó Setsuna, girando la cabeza para intentar besar a Ohma—. ¡Sé más violento! ¡Rómpeme, Ohma!
El Ashura respondió aumentando la velocidad. Sus manos se aferraron a las caderas de Setsuna, dejando marcas rojas sobre la piel pálida. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los jadeos pesados y los gritos de placer de Setsuna, quien parecía estar en un estado de éxtasis absoluto. Para él, esto era la comunión definitiva con su deidad personal.
—No te detengas... —balbuceó Setsuna, con la mirada perdida—. Eres... eres tan fuerte...
Ohma no respondió con palabras, sino con una embestida final que hizo que Setsuna se estremeciera de pies a cabeza. El Ashura se tensó, liberando toda la frustración y el deseo acumulados en un rugido sordo, mientras Setsuna colapsaba sobre la mesa, temblando violentamente bajo el peso del hombre que lo había reclamado.
Minutos después, el silencio regresó al camerino, solo interrumpido por sus respiraciones recuperándose. Ohma se apartó, acomodándose la ropa con movimientos mecánicos, mientras Setsuna permanecía tendido, con una sonrisa de satisfacción pura grabada en el rostro.
—No vuelvas a hacer un espectáculo así —dijo Ohma finalmente, dirigiéndose a la puerta sin mirar atrás.
—Como desees, mi Dios —susurró Setsuna hacia la habitación vacía, sabiendo que, al menos por esa noche, había logrado que el Ashura perdiera el control solo por él.
En el centro del escenario, bajo el foco principal, Kiryu Setsuna era una visión de pecado y gracia. Su cuerpo, esculpido y pálido, se movía con una fluidez sobrenatural alrededor del tubo de metal. Cada giro, cada arqueo de su espalda, parecía una invitación directa al caos. Ohma Tokita observaba desde la penumbra, con los brazos cruzados y una expresión de creciente irritación que, poco a poco, se transformaba en algo mucho más oscuro y primitivo.
Setsuna, con una sonrisa lánguida y ojos fijos en Ohma, se desabrochó los últimos botones de su camisa. La prenda voló hacia la multitud, desatando un rugido de deseo. Poco después, los pantalones cayeron de un tirón, dejando al luchador solo en una diminuta tanga que apenas ocultaba nada. El "Bello Bestial" comenzó a gatear por el borde del escenario, acercándose a los clientes que, frenéticos, estiraban billetes para colocarlos en la tela elástica de su prenda.
—¡Míralo, Ohma! ¡Ese tipo está loco! —exclamó Lihito, aunque no podía apartar la vista.
Ohma no respondió. Sus ojos estaban clavados en la forma en que Setsuna se arrodillaba ante extraños, permitiendo que manos ansiosas rozaran su piel. La tensión en la mandíbula de Ohma era evidente. Cuando Setsuna regresó al tubo, se deshizo de la última prenda con una lentitud tortuosa antes de lanzarla directamente hacia donde estaba el Ashura. Ohma extendió la mano y atrapó la tela aún cálida, cerrando el puño con fuerza.
El clímax del show se tornó caótico. La multitud, excitada más allá de la razón, comenzó a invadir el espacio personal del bailarín. Varios hombres subieron al escenario. Uno de ellos, un sujeto de aspecto rudo, sujetó a Setsuna por las caderas mientras otro, aprovechando la lubricación que el luchador ya portaba, deslizó sus dedos con descaro. Un gemido agudo y quebrado escapó de los labios de Setsuna, resonando por encima de la música.
—¡Oh, sí! ¡Dame más! —gritó un espectador mientras empezaba a desabrocharse el cinturón, dispuesto a tomar lo que el escenario ofrecía.
Antes de que el hombre pudiera dar un paso más, una sombra cruzó el espacio a una velocidad cegadora. Ohma Tokita no iba a permitir que nadie más tocara lo que, en su mente, le pertenecía por derecho de combate y obsesión. Con un movimiento fluido, apartó a los intrusos de un empujón que los mandó al suelo y sujetó a Setsuna por el brazo, arrastrándolo fuera del escenario ante las protestas del público y la mirada atónita de Himuro y Kaneda, que observaban desde la barra.
—¡Eh, Ohma! ¿A dónde vas? —gritó Lihito, pero el Ashura ya se había perdido tras las pesadas cortinas de terciopelo que conducían a los camerinos.
Una vez dentro, el silencio del pasillo contrastaba violentamente con el estruendo exterior. Ohma empujó a Setsuna contra una de las paredes acolchadas de un camerino privado y cerró la puerta con pestillo. El pecho de Setsuna subía y bajaba con rapidez, su piel brillaba por el sudor y sus ojos, inyectados en una mezcla de locura y devoción, buscaban los de Ohma.
—Mi "Dios"... —susurró Setsuna, jadeando—. Sabía que vendrías a reclamarme.
Ohma no dijo nada. Su mano se cerró alrededor del cuello de Setsuna, no para asfixiarlo, sino para fijarlo en su lugar. El deseo que había estado reprimiendo durante todo el espectáculo estalló. Empezó a manosear el cuerpo del otro hombre con brusquedad, recorriendo sus costados y bajando hacia sus muslos.
—Cállate —gruñó Ohma, su voz era un rugido bajo—. Me has hecho ver esa estupidez de espectáculo. Ahora vas a terminar lo que empezaste.
Setsuna soltó una risa entrecortada, frotando su rostro contra la mano de Ohma.
—Haz conmigo lo que quieras, Ohma. Úsame. Destrúyeme.
Setsuna se dejó caer de rodillas con una agilidad felina. Sus manos, expertas y ansiosas, desabrocharon el pantalón de Ohma con rapidez. El Ashura soltó un suspiro pesado cuando la boca de Setsuna lo envolvió, iniciando un acto de sexo oral cargado de desesperación y hambre. El ritmo era frenético; Setsuna utilizaba su lengua y su garganta con una devoción casi religiosa, mirando hacia arriba para ver la expresión de dominio en el rostro de Ohma.
La respiración de Ohma se volvió errática. Sus dedos se enredaron en el largo cabello oscuro de Setsuna, tirando de él para marcar el ritmo. El placer era intenso, pero no era suficiente. El vacío que sentía tras ver a Setsuna exhibirse para otros solo podía llenarse con una unión más profunda y violenta.
—Basta —dijo Ohma, apartándolo bruscamente por los hombros.
Setsuna lo miró confundido, con los labios entreabiertos y húmedos.
—¿Ohma?
—Date la vuelta —ordenó el Ashura, su voz cargada de una determinación oscura—. Pon las manos contra la mesa.
Setsuna obedeció al instante, soltando un gemido de anticipación. Se inclinó sobre la mesa de maquillaje, esparciendo algunos cosméticos y botellas de agua al suelo. Ohma se posicionó detrás de él, sintiendo el calor que emanaba de la piel del otro. Sin más preámbulos, lo penetró de un solo impulso profundo y firme.
—¡Ah! —Setsuna arqueó la espalda, clavando las uñas en la madera de la mesa—. ¡Sí! ¡Así! ¡Más, Ohma, más!
Ohma comenzó a embestir con una fuerza que recordaba a sus combates en la arena Kengan. Cada movimiento era potente, rítmico y desprovisto de delicadeza. Setsuna gemía con fuerza, sus sonidos llenando el pequeño camerino.
—¡Más rápido! —suplicó Setsuna, girando la cabeza para intentar besar a Ohma—. ¡Sé más violento! ¡Rómpeme, Ohma!
El Ashura respondió aumentando la velocidad. Sus manos se aferraron a las caderas de Setsuna, dejando marcas rojas sobre la piel pálida. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los jadeos pesados y los gritos de placer de Setsuna, quien parecía estar en un estado de éxtasis absoluto. Para él, esto era la comunión definitiva con su deidad personal.
—No te detengas... —balbuceó Setsuna, con la mirada perdida—. Eres... eres tan fuerte...
Ohma no respondió con palabras, sino con una embestida final que hizo que Setsuna se estremeciera de pies a cabeza. El Ashura se tensó, liberando toda la frustración y el deseo acumulados en un rugido sordo, mientras Setsuna colapsaba sobre la mesa, temblando violentamente bajo el peso del hombre que lo había reclamado.
Minutos después, el silencio regresó al camerino, solo interrumpido por sus respiraciones recuperándose. Ohma se apartó, acomodándose la ropa con movimientos mecánicos, mientras Setsuna permanecía tendido, con una sonrisa de satisfacción pura grabada en el rostro.
—No vuelvas a hacer un espectáculo así —dijo Ohma finalmente, dirigiéndose a la puerta sin mirar atrás.
—Como desees, mi Dios —susurró Setsuna hacia la habitación vacía, sabiendo que, al menos por esa noche, había logrado que el Ashura perdiera el control solo por él.
