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Yo como Blanc
Fandom: Miraculous Ladybug
Creado: 14/4/2026
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UA (Universo Alternativo)Isekai / Fantasía PortalViajes en el TiempoDolor/ConsueloFluffHistoria DomésticaAcciónEstudio de PersonajeRomanceDramaFantasíaArregloAventuraDivergenciaPost-ApocalípticoCrossover
El Renacer de la Nieve y el Azabache
El cielo de París ya no era azul; era un lienzo perpetuo de nubes cenicientas que ocultaban un sol que se negaba a brillar sobre las ruinas. Marinette Dupain-Cheng sintió un escalofrío recorrerle la espalda cuando Bunnix, la guardiana del tiempo, la dejó en medio de una plaza que apenas reconocía. La Torre Eiffel estaba partida a la mitad, sumergida en un agua estancada y silenciosa.
—Recuerda, Marinette —había dicho Bunnix antes de desaparecer en su madriguera—, esta vez no necesitas la máscara. No vayas como Ladybug. Ve como tú misma. Confía en él, y confía en tu corazón.
Marinette apretó las correas de su mochila. Se sentía pequeña en aquel mundo muerto, vestida con su blazer gris y sus jeans rosas, una mancha de color en un cementerio de color blanco y gris. Suspendida en el silencio, escuchó un suspiro que parecía venir de todas partes y de ninguna.
A lo lejos, sentado sobre el borde de un edificio derruido, divisó una figura blanca.
Cat Blanc, o Blanc, como él prefería llamarse en la intimidad de sus pensamientos, observaba el horizonte con sus ojos azul helado. Pero Blanc no era el monstruo que las leyendas del tiempo describían. En su interior, el alma de Yasel, un joven que una vez fue un simple fan de una serie animada en otro mundo, luchaba por mantener la cordura. Reencarnado en este cuerpo de destrucción infinita, Yasel recordaba cada detalle de la historia de Adrien, pero también recordaba su propia vida pasada. Su frustración, su amor por el personaje de Cat Blanc y la soledad que ahora lo consumía.
—Es un día precioso para un apocalipsis, ¿no crees? —susurró Blanc para sí mismo, soltando una risa amarga que terminó en un pequeño ronroneo involuntario.
Sintió una presencia. Era un aroma a galletas de chocolate y flores de verano. Un aroma que no debería existir en ese mundo de ceniza. Se giró lentamente, con sus orejas blancas de gato moviéndose ante el menor ruido. Allí estaba ella.
—¿Marinette? —Su voz sonó quebrada, un hilo de esperanza en medio de la desolación.
La chica avanzó con cuidado, esquivando los escombros. Al verlo de cerca, su corazón dio un vuelco. Blanc era hermoso de una manera trágica. Su piel era pálida como el mármol, su cabello blanco como la nieve virgen, y ese cascabel en su pecho brillaba con una luz oscura.
—Hola, Blanc —dijo ella con suavidad, deteniéndose a unos metros—. Bunnix me dijo que... que estabas esperándome.
El joven se puso de pie con elegancia felina. Su cinturón, que actuaba como una cola, se agitó con nerviosismo. A pesar de su poder de destrucción infinita, Blanc se veía increíblemente vulnerable.
—Has venido —dijo él, bajando la mirada, de repente tímido—. Pensé que solo eras un sueño más de los que tengo cuando cierro los ojos para no ver este desastre. Lo siento, Marinette. Siento que tengas que ver esto. Es un desastre... "gato-strófico", ¿verdad?
Marinette parpadeó, sorprendida por el juego de palabras. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, rompiendo la tensión.
—Sigues haciendo bromas malas, incluso aquí.
—Es un mecanismo de defensa —admitió él, acercándose un paso, pero deteniéndose de inmediato por miedo a asustarla—. No quiero tus Miraculous, Marinette. No quiero el poder absoluto. Solo... solo quería hablar con alguien que no fuera mi propio eco. He estado solo tanto tiempo...
Marinette sintió una oleada de empatía. Aquel no era el villano despiadado que esperaba. Había una inteligencia profunda en sus ojos, una chispa que le decía que él sabía cosas que un akumatizado normal no debería saber. Blanc, o Yasel, la miraba con una devoción que no pedía nada a cambio.
—¿Por qué no me atacas? —preguntó ella en voz baja.
—Porque eres tú —respondió Blanc con sinceridad aplastante—. En mi otra vida... bueno, en mis sueños, siempre quise que fueras feliz. No soy Adrien, no del todo, pero te amo de una manera que trasciende este traje blanco. Eres la única luz que queda en mi mundo.
Marinette se acercó más, rompiendo la distancia de seguridad. Blanc tembló, sus dedos enguantados en blanco se crisparon, pero no retrocedió.
—Bunnix dice que esto tiene solución —dijo ella, buscando sus ojos azules—. Pero para arreglarlo, tengo que purificar el akuma.
Blanc asintió, señalando el cascabel dorado que colgaba de su cuello, justo sobre su corazón.
—Está aquí. Es el ancla que me mantiene en esta forma, pero también es lo que me está matando por dentro. La voz de Shadow Moth... a veces todavía susurra, pidiéndome que te quite los aretes. Pero soy más fuerte que él. Yasel es más fuerte que Hawk Moth.
—¿Yasel? —preguntó ella, confundida.
—Es una larga historia, mi princesa. Una que te contaré si logramos salir de esta —dijo él con una sonrisa tierna y triste—. Adelante. Hazlo. Confío en ti.
Marinette asintió con determinación. Se alejó un par de pasos y, con un movimiento fluido, tocó sus aretes.
—¡Tikki, puntos fuera!
La transformación la envolvió en una luz rosada. Cuando la luz se disipó, Ladybug estaba frente a él. Blanc soltó un suspiro entrecortado. Verla así era como ver un milagro.
—Usa tu Cataclismo, Blanc —pidió Ladybug—. Destruye el cascabel. Yo atraparé el akuma.
—No puedo —dijo él, su voz temblando—. Si uso mi poder aquí, podría destruir lo poco que queda de este lugar... o herirte a ti. Mi poder es infinito, Marinette. No es un juego.
—Entonces, déjame hacerlo a mí.
Ella se acercó y puso una mano sobre el cascabel. Blanc cerró los ojos, disfrutando del contacto de su mano, aunque fuera a través del traje. El poder oscuro dentro del objeto vibró, resistiéndose. Una sombra cruzó el rostro de Blanc; sus ojos se volvieron momentáneamente más oscuros, y una mueca de dolor deformó sus facciones.
—¡No le hagas caso! —gritó Ladybug—. ¡Resiste la voz, Blanc!
—¡No me... quitarás... sus aretes! —rugió Blanc, pero no a ella, sino a la entidad que intentaba controlarlo desde el pasado—. ¡Ella es mi esperanza!
Con un grito de esfuerzo puro, Blanc agarró el cascabel con sus propias manos y aplicó una mínima fracción de su energía. El objeto se agrietó y estalló en mil pedazos de cristal blanco. Una mariposa negra, cargada de una energía eléctrica y violenta, emergió volando frenéticamente.
—¡No más maldades para ti, pequeño akuma! —Ladybug lanzó su yo-yo, atrapando la criatura en el aire—. ¡Te libero del mal!
Cuando abrió el yo-yo, una mariposa blanca y pura voló hacia el cielo ceniciento. Por un momento, las nubes se abrieron y un rayo de sol real iluminó las ruinas.
Ladybug esperó a que la magia de restauración lo cambiara todo, pero nada pasó. El mundo seguía destruido. Blanc cayó de rodillas, pero no volvió a ser Adrien. Seguía siendo el chico de blanco, con sus orejas de gato y sus ojos azules, aunque el aura de amenaza había desaparecido por completo.
—¿Por qué no ha vuelto todo a la normalidad? —preguntó Ladybug, destransformándose para volver a ser Marinette, sintiéndose agotada.
Una grieta azul se abrió en el aire y Bunnix asomó la cabeza, con una expresión de alivio pero también de seriedad.
—Porque Blanc ya no es un akuma, Marinette. Es una paradoja —explicó la heroína del tiempo—. El tiempo de donde él viene ya no existe, y el alma que habita ese cuerpo... bueno, digamos que no pertenece a esta línea temporal. Se ha convertido en un ser único. Ya no hay peligro de que destruya el universo, pero no puede recuperar su forma humana original.
Marinette miró a Blanc. Él la observaba con la humildad de un gatito callejero que espera ser adoptado, temeroso de ser rechazado.
—¿Qué pasará con él? —preguntó Marinette.
—Esa es la cuestión —dijo Bunnix—. No puede quedarse en este vacío. Pero tampoco puede andar por el París actual como si nada. Sin embargo... he visto una línea donde tú aceptas cuidarlo. Donde él se convierte en tu guardián silencioso. Si aceptas, puedo llevaros de vuelta. Pero Blanc será tu responsabilidad. Solo te escuchará a ti.
Marinette miró al chico de blanco. Él se acercó gateando lentamente, apoyando su cabeza en la rodilla de Marinette, ronroneando suavemente como si buscara perdón.
—¿Quieres venir conmigo, Blanc? —preguntó ella, acariciando su cabello blanco. Era increíblemente suave, como la seda.
—Iré a donde tú vayas —susurró él—. Solo quiero estar donde estés tú. Prometo ser un buen gato. No más cataclismos, lo juro. Solo juegos de palabras y... tal vez alguna que otra caricia si no es mucha molestia.
Marinette sonrió, sintiendo una calidez en el pecho que no esperaba.
—Está bien, Bunnix. Vendrá conmigo.
—Excelente —dijo Bunnix, abriendo el portal—. Pero recuerda, Marinette: él es poderoso, pero su corazón es frágil. Trátalo con cuidado.
***
Semanas después, la vida en la panadería de los Dupain-Cheng había cambiado de una manera peculiar. En la habitación de Marinette, siempre había una presencia constante. Blanc se movía por las sombras de la habitación con una agilidad asombrosa, prefiriendo quedarse en las vigas del techo o acurrucado en la alfombra junto a la cama de Marinette.
Se había vuelto extremadamente tímido. Cuando los padres de Marinette estaban cerca, él se ocultaba con una habilidad casi mágica. Solo se mostraba ante ella.
—¿Blanc? —llamó Marinette una tarde mientras terminaba sus deberes—. He traído algunos croissants sobrantes.
El chico bajó del techo de un salto silencioso. Su traje blanco brillaba bajo la luz de la lámpara. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y aceptó el panecillo con una sonrisa tierna.
—Gracias, Marinette. Eres muy "purr-fecta" conmigo —dijo, antes de darle un mordisco al croissant—. A veces todavía me cuesta creer que esto es real. Que no estoy solo en ese mar de agua y silencio.
—Ya no lo estarás nunca más —dijo ella, sentándose a su lado—. Pero sigo teniendo curiosidad por lo que dijiste aquel día. Sobre Yasel.
Blanc dejó el croissant a un lado y suspiró. Sus orejas se bajaron un poco.
—En el mundo de donde vengo, tú y Adrien eran personajes de una historia. Yo era un chico normal, un poco solitario, que amaba esa historia. Cuando morí... desperté en el cuerpo de Cat Blanc, justo en el momento en que él perdía la razón. Pero mi conciencia, la de Yasel, se fusionó con la suya. Pude detener la destrucción antes de que fuera total. Pude esperar por ti porque sabía que vendrías. Sabía que eras valiente, amable y que nunca te rendirías.
Marinette lo escuchó con los ojos muy abiertos. Era una confesión increíble, pero de alguna manera, explicaba por qué este Blanc era tan diferente. Era un alma nueva en un cuerpo marcado por la tragedia.
—Entonces... ¿no eres Adrien? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Tengo sus recuerdos, sus sentimientos por ti y su cuerpo —explicó él, acercándose un poco y tomando la mano de Marinette con delicadeza—. Pero mi mente es la de Yasel. Soy una mezcla de ambos. Pero lo que siento por ti... eso es real en ambos mundos, Marinette. Te amaba antes de conocerte, y te amo ahora que puedo tocar tu mano.
Marinette se sonrojó profundamente. Blanc, al darse cuenta de su atrevimiento, soltó su mano rápidamente y se encogió de hombros, volviendo a su modo tímido e inseguro.
—Lo siento, no quería ser inapropiado. Soy un gato tonto.
—No, está bien —dijo ella, riendo suavemente—. Es solo que... es mucho que procesar. Pero me alegra que seas tú quien esté aquí.
Blanc ronroneó, un sonido vibrante que llenó la habitación. Se acercó y, con una ternura infinita, frotó su mejilla contra el hombro de Marinette, buscando ese contacto que tanto tiempo le fue negado.
—¿Me dejas quedarme aquí esta noche? —preguntó él en un susurro—. A veces, cuando duermo, tengo miedo de despertar y ver el agua otra vez. Pero si huelo tu perfume, sé que estoy a salvo.
—Siempre estarás a salvo aquí, Blanc —respondió ella, dándole un beso fugaz en la frente.
El chico blanco se quedó estático, sus ojos azul helado brillando con una felicidad pura. No necesitaba el poder absoluto, ni necesitaba cambiar el pasado. En ese pequeño rincón de París, con el aroma de la harina y el calor de la chica que amaba, el gato de la destrucción finalmente había encontrado la paz.
Y aunque el mundo exterior no supiera de su existencia, para Marinette, Blanc era el secreto más dulce y valioso que el tiempo le había regalado. Un guardián blanco que, a pesar de tener el poder de destruir universos, solo quería vivir para verla sonreír un día más.
—Recuerda, Marinette —había dicho Bunnix antes de desaparecer en su madriguera—, esta vez no necesitas la máscara. No vayas como Ladybug. Ve como tú misma. Confía en él, y confía en tu corazón.
Marinette apretó las correas de su mochila. Se sentía pequeña en aquel mundo muerto, vestida con su blazer gris y sus jeans rosas, una mancha de color en un cementerio de color blanco y gris. Suspendida en el silencio, escuchó un suspiro que parecía venir de todas partes y de ninguna.
A lo lejos, sentado sobre el borde de un edificio derruido, divisó una figura blanca.
Cat Blanc, o Blanc, como él prefería llamarse en la intimidad de sus pensamientos, observaba el horizonte con sus ojos azul helado. Pero Blanc no era el monstruo que las leyendas del tiempo describían. En su interior, el alma de Yasel, un joven que una vez fue un simple fan de una serie animada en otro mundo, luchaba por mantener la cordura. Reencarnado en este cuerpo de destrucción infinita, Yasel recordaba cada detalle de la historia de Adrien, pero también recordaba su propia vida pasada. Su frustración, su amor por el personaje de Cat Blanc y la soledad que ahora lo consumía.
—Es un día precioso para un apocalipsis, ¿no crees? —susurró Blanc para sí mismo, soltando una risa amarga que terminó en un pequeño ronroneo involuntario.
Sintió una presencia. Era un aroma a galletas de chocolate y flores de verano. Un aroma que no debería existir en ese mundo de ceniza. Se giró lentamente, con sus orejas blancas de gato moviéndose ante el menor ruido. Allí estaba ella.
—¿Marinette? —Su voz sonó quebrada, un hilo de esperanza en medio de la desolación.
La chica avanzó con cuidado, esquivando los escombros. Al verlo de cerca, su corazón dio un vuelco. Blanc era hermoso de una manera trágica. Su piel era pálida como el mármol, su cabello blanco como la nieve virgen, y ese cascabel en su pecho brillaba con una luz oscura.
—Hola, Blanc —dijo ella con suavidad, deteniéndose a unos metros—. Bunnix me dijo que... que estabas esperándome.
El joven se puso de pie con elegancia felina. Su cinturón, que actuaba como una cola, se agitó con nerviosismo. A pesar de su poder de destrucción infinita, Blanc se veía increíblemente vulnerable.
—Has venido —dijo él, bajando la mirada, de repente tímido—. Pensé que solo eras un sueño más de los que tengo cuando cierro los ojos para no ver este desastre. Lo siento, Marinette. Siento que tengas que ver esto. Es un desastre... "gato-strófico", ¿verdad?
Marinette parpadeó, sorprendida por el juego de palabras. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro, rompiendo la tensión.
—Sigues haciendo bromas malas, incluso aquí.
—Es un mecanismo de defensa —admitió él, acercándose un paso, pero deteniéndose de inmediato por miedo a asustarla—. No quiero tus Miraculous, Marinette. No quiero el poder absoluto. Solo... solo quería hablar con alguien que no fuera mi propio eco. He estado solo tanto tiempo...
Marinette sintió una oleada de empatía. Aquel no era el villano despiadado que esperaba. Había una inteligencia profunda en sus ojos, una chispa que le decía que él sabía cosas que un akumatizado normal no debería saber. Blanc, o Yasel, la miraba con una devoción que no pedía nada a cambio.
—¿Por qué no me atacas? —preguntó ella en voz baja.
—Porque eres tú —respondió Blanc con sinceridad aplastante—. En mi otra vida... bueno, en mis sueños, siempre quise que fueras feliz. No soy Adrien, no del todo, pero te amo de una manera que trasciende este traje blanco. Eres la única luz que queda en mi mundo.
Marinette se acercó más, rompiendo la distancia de seguridad. Blanc tembló, sus dedos enguantados en blanco se crisparon, pero no retrocedió.
—Bunnix dice que esto tiene solución —dijo ella, buscando sus ojos azules—. Pero para arreglarlo, tengo que purificar el akuma.
Blanc asintió, señalando el cascabel dorado que colgaba de su cuello, justo sobre su corazón.
—Está aquí. Es el ancla que me mantiene en esta forma, pero también es lo que me está matando por dentro. La voz de Shadow Moth... a veces todavía susurra, pidiéndome que te quite los aretes. Pero soy más fuerte que él. Yasel es más fuerte que Hawk Moth.
—¿Yasel? —preguntó ella, confundida.
—Es una larga historia, mi princesa. Una que te contaré si logramos salir de esta —dijo él con una sonrisa tierna y triste—. Adelante. Hazlo. Confío en ti.
Marinette asintió con determinación. Se alejó un par de pasos y, con un movimiento fluido, tocó sus aretes.
—¡Tikki, puntos fuera!
La transformación la envolvió en una luz rosada. Cuando la luz se disipó, Ladybug estaba frente a él. Blanc soltó un suspiro entrecortado. Verla así era como ver un milagro.
—Usa tu Cataclismo, Blanc —pidió Ladybug—. Destruye el cascabel. Yo atraparé el akuma.
—No puedo —dijo él, su voz temblando—. Si uso mi poder aquí, podría destruir lo poco que queda de este lugar... o herirte a ti. Mi poder es infinito, Marinette. No es un juego.
—Entonces, déjame hacerlo a mí.
Ella se acercó y puso una mano sobre el cascabel. Blanc cerró los ojos, disfrutando del contacto de su mano, aunque fuera a través del traje. El poder oscuro dentro del objeto vibró, resistiéndose. Una sombra cruzó el rostro de Blanc; sus ojos se volvieron momentáneamente más oscuros, y una mueca de dolor deformó sus facciones.
—¡No le hagas caso! —gritó Ladybug—. ¡Resiste la voz, Blanc!
—¡No me... quitarás... sus aretes! —rugió Blanc, pero no a ella, sino a la entidad que intentaba controlarlo desde el pasado—. ¡Ella es mi esperanza!
Con un grito de esfuerzo puro, Blanc agarró el cascabel con sus propias manos y aplicó una mínima fracción de su energía. El objeto se agrietó y estalló en mil pedazos de cristal blanco. Una mariposa negra, cargada de una energía eléctrica y violenta, emergió volando frenéticamente.
—¡No más maldades para ti, pequeño akuma! —Ladybug lanzó su yo-yo, atrapando la criatura en el aire—. ¡Te libero del mal!
Cuando abrió el yo-yo, una mariposa blanca y pura voló hacia el cielo ceniciento. Por un momento, las nubes se abrieron y un rayo de sol real iluminó las ruinas.
Ladybug esperó a que la magia de restauración lo cambiara todo, pero nada pasó. El mundo seguía destruido. Blanc cayó de rodillas, pero no volvió a ser Adrien. Seguía siendo el chico de blanco, con sus orejas de gato y sus ojos azules, aunque el aura de amenaza había desaparecido por completo.
—¿Por qué no ha vuelto todo a la normalidad? —preguntó Ladybug, destransformándose para volver a ser Marinette, sintiéndose agotada.
Una grieta azul se abrió en el aire y Bunnix asomó la cabeza, con una expresión de alivio pero también de seriedad.
—Porque Blanc ya no es un akuma, Marinette. Es una paradoja —explicó la heroína del tiempo—. El tiempo de donde él viene ya no existe, y el alma que habita ese cuerpo... bueno, digamos que no pertenece a esta línea temporal. Se ha convertido en un ser único. Ya no hay peligro de que destruya el universo, pero no puede recuperar su forma humana original.
Marinette miró a Blanc. Él la observaba con la humildad de un gatito callejero que espera ser adoptado, temeroso de ser rechazado.
—¿Qué pasará con él? —preguntó Marinette.
—Esa es la cuestión —dijo Bunnix—. No puede quedarse en este vacío. Pero tampoco puede andar por el París actual como si nada. Sin embargo... he visto una línea donde tú aceptas cuidarlo. Donde él se convierte en tu guardián silencioso. Si aceptas, puedo llevaros de vuelta. Pero Blanc será tu responsabilidad. Solo te escuchará a ti.
Marinette miró al chico de blanco. Él se acercó gateando lentamente, apoyando su cabeza en la rodilla de Marinette, ronroneando suavemente como si buscara perdón.
—¿Quieres venir conmigo, Blanc? —preguntó ella, acariciando su cabello blanco. Era increíblemente suave, como la seda.
—Iré a donde tú vayas —susurró él—. Solo quiero estar donde estés tú. Prometo ser un buen gato. No más cataclismos, lo juro. Solo juegos de palabras y... tal vez alguna que otra caricia si no es mucha molestia.
Marinette sonrió, sintiendo una calidez en el pecho que no esperaba.
—Está bien, Bunnix. Vendrá conmigo.
—Excelente —dijo Bunnix, abriendo el portal—. Pero recuerda, Marinette: él es poderoso, pero su corazón es frágil. Trátalo con cuidado.
***
Semanas después, la vida en la panadería de los Dupain-Cheng había cambiado de una manera peculiar. En la habitación de Marinette, siempre había una presencia constante. Blanc se movía por las sombras de la habitación con una agilidad asombrosa, prefiriendo quedarse en las vigas del techo o acurrucado en la alfombra junto a la cama de Marinette.
Se había vuelto extremadamente tímido. Cuando los padres de Marinette estaban cerca, él se ocultaba con una habilidad casi mágica. Solo se mostraba ante ella.
—¿Blanc? —llamó Marinette una tarde mientras terminaba sus deberes—. He traído algunos croissants sobrantes.
El chico bajó del techo de un salto silencioso. Su traje blanco brillaba bajo la luz de la lámpara. Se sentó en el suelo, cruzando las piernas, y aceptó el panecillo con una sonrisa tierna.
—Gracias, Marinette. Eres muy "purr-fecta" conmigo —dijo, antes de darle un mordisco al croissant—. A veces todavía me cuesta creer que esto es real. Que no estoy solo en ese mar de agua y silencio.
—Ya no lo estarás nunca más —dijo ella, sentándose a su lado—. Pero sigo teniendo curiosidad por lo que dijiste aquel día. Sobre Yasel.
Blanc dejó el croissant a un lado y suspiró. Sus orejas se bajaron un poco.
—En el mundo de donde vengo, tú y Adrien eran personajes de una historia. Yo era un chico normal, un poco solitario, que amaba esa historia. Cuando morí... desperté en el cuerpo de Cat Blanc, justo en el momento en que él perdía la razón. Pero mi conciencia, la de Yasel, se fusionó con la suya. Pude detener la destrucción antes de que fuera total. Pude esperar por ti porque sabía que vendrías. Sabía que eras valiente, amable y que nunca te rendirías.
Marinette lo escuchó con los ojos muy abiertos. Era una confesión increíble, pero de alguna manera, explicaba por qué este Blanc era tan diferente. Era un alma nueva en un cuerpo marcado por la tragedia.
—Entonces... ¿no eres Adrien? —preguntó ella con un hilo de voz.
—Tengo sus recuerdos, sus sentimientos por ti y su cuerpo —explicó él, acercándose un poco y tomando la mano de Marinette con delicadeza—. Pero mi mente es la de Yasel. Soy una mezcla de ambos. Pero lo que siento por ti... eso es real en ambos mundos, Marinette. Te amaba antes de conocerte, y te amo ahora que puedo tocar tu mano.
Marinette se sonrojó profundamente. Blanc, al darse cuenta de su atrevimiento, soltó su mano rápidamente y se encogió de hombros, volviendo a su modo tímido e inseguro.
—Lo siento, no quería ser inapropiado. Soy un gato tonto.
—No, está bien —dijo ella, riendo suavemente—. Es solo que... es mucho que procesar. Pero me alegra que seas tú quien esté aquí.
Blanc ronroneó, un sonido vibrante que llenó la habitación. Se acercó y, con una ternura infinita, frotó su mejilla contra el hombro de Marinette, buscando ese contacto que tanto tiempo le fue negado.
—¿Me dejas quedarme aquí esta noche? —preguntó él en un susurro—. A veces, cuando duermo, tengo miedo de despertar y ver el agua otra vez. Pero si huelo tu perfume, sé que estoy a salvo.
—Siempre estarás a salvo aquí, Blanc —respondió ella, dándole un beso fugaz en la frente.
El chico blanco se quedó estático, sus ojos azul helado brillando con una felicidad pura. No necesitaba el poder absoluto, ni necesitaba cambiar el pasado. En ese pequeño rincón de París, con el aroma de la harina y el calor de la chica que amaba, el gato de la destrucción finalmente había encontrado la paz.
Y aunque el mundo exterior no supiera de su existencia, para Marinette, Blanc era el secreto más dulce y valioso que el tiempo le había regalado. Un guardián blanco que, a pesar de tener el poder de destruir universos, solo quería vivir para verla sonreír un día más.
