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Hinata Hyüga Sakura Haruno pareja aumento de peso ame infinita
Fandom: Naruto
Creado: 14/4/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaEstudio de PersonajeUA (Universo Alternativo)Ambientación Canon
El refugio entre las nubes de lluvia
La lluvia en la Aldea Oculta de la Lluvia no era como la de Konoha. No era una bendición pasajera que refrescaba los campos, sino un manto eterno, pesado y gris que parecía querer fundir el mundo en un solo tono de melancolía. Sin embargo, dentro de la pequeña torre que servía de residencia temporal para las dos kunoichis, el ambiente era radicalmente distinto. El aire estaba saturado con el aroma dulce de los bollos de canela recién horneados y el vapor de un té de jazmín que nunca llegaba a enfriarse.
Sakura Haruno suspiró mientras se acomodaba en el diván, sintiendo cómo la madera crujía levemente bajo su peso. Ya no era la ágil ninja que saltaba entre los árboles con la ligereza de un gorrión. Sus movimientos eran ahora más lentos, más deliberados, envueltos en una suavidad que ella misma habría encontrado escandalosa apenas un año atrás.
— Hinata, ¿crees que todavía nos queda de ese chocolate que trajeron de la Capital del Fuego? —preguntó Sakura, pasando una mano por su abdomen, que descansaba redondo y prominente sobre su regazo.
Hinata emergió de la pequeña cocina con una sonrisa serena. Sus mejillas, antes afiladas y tímidas, ahora lucían una redondez encantadora que acentuaba la palidez de su piel. Llevaba un vestido holgado de seda lavanda, pero incluso la tela más generosa no podía ocultar la transformación de su figura. Sus hombros eran más anchos, sus brazos tenían una curva suave y acogedora, y sus caderas se habían expandido hasta llenar cada rincón de su ropa.
— Creo que guardé una caja debajo de la alacena, Sakura-chan —respondió Hinata con voz dulce, mientras caminaba hacia ella con un paso que hacía que sus muslos rozaran rítmicamente—. Pero recuerda lo que dijimos ayer... que deberíamos intentar moderarnos un poco antes de la próxima reunión con los emisarios.
Sakura soltó una risita que hizo vibrar su pecho.
— Los emisarios pueden esperar. Además, con esta lluvia constante, nadie espera que estemos en forma para una batalla. Esta misión de paz se ha convertido en las vacaciones más largas de nuestra vida.
Hinata se sentó al lado de Sakura, y el sofá se hundió profundamente bajo el peso combinado de ambas. La Hyüga suspiró de placer al sentir el contacto de la piel cálida de Sakura contra la suya. Ya no había rastro de la timidez paralizante de su juventud; en la intimidad de su hogar compartido, Hinata se sentía plena, amada y, sobre todo, satisfecha.
— Es extraño, ¿verdad? —comentó Hinata, tomando la mano de Sakura y entrelazando sus dedos, que ahora eran notablemente más gruesos—. A veces olvido que somos ninjas. Aquí, en Ame, el tiempo parece haberse detenido.
— Es el efecto de la lluvia —dijo Sakura, inclinándose para darle un beso en la mejilla, notando la suavidad extrema de su piel—. Y de tu cocina, Hinata. Eres demasiado buena cuidándome. Mira esto... —Sakura pellizcó suavemente el costado de su propia cintura, donde la carne se desbordaba sobre la banda de su pantalón elástico—. Lady Tsunade no me reconocería.
Hinata se sonrojó, pero no de vergüenza, sino de orgullo.
— Te ves hermosa, Sakura-chan. Siempre te vi tan presionada, tan tensa... Me gusta verte así. Relajada. Llena de vida.
— Y yo a ti —replicó Sakura, pasando su mano por el brazo de Hinata, disfrutando de la sensación de abundancia—. Siempre fuiste tan frágil a la vista, como si pudieras romperte. Ahora... ahora te ves sólida. Como si nada en el mundo pudiera moverte si no quieres.
La lluvia golpeaba rítmicamente contra los cristales reforzados de la torre. Afuera, el mundo era un caos de agua y acero; adentro, todo era suavidad y calor. Hinata se levantó con un poco de esfuerzo, apoyando las manos en sus rodillas para impulsarse, y regresó de la cocina con una bandeja cargada de dulces, frutas en almíbar y el chocolate mencionado.
— Si vamos a disfrutar de la tarde, hagámoslo bien —dijo Hinata, colocando la bandeja sobre la mesa ratona, que quedaba justo al alcance de sus manos.
— ¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar aquí contigo? —preguntó Sakura, tomando un trozo de pastel de arroz y llevándoselo a la boca.
— ¿El qué? —preguntó Hinata, mientras servía más té.
— Que no tengo que fingir. En Konoha, todos esperan que sea la "Kunoichi de Hierro". Aquí, solo soy Sakura. Una Sakura que ama comer, que ama dormir la siesta mientras escucha la lluvia y que ama ver cómo tu cuerpo se vuelve cada vez más suave bajo mis manos.
Hinata bajó la mirada, acariciando su propio vientre, sintiendo la plenitud de su forma. El aumento de peso no había sido algo planeado, sino una consecuencia natural de la paz, del amor y de la falta de necesidad de luchar. En Ame, su papel era diplomático, y la hospitalidad de la aldea se medía en banquetes constantes que ninguna de las dos quiso rechazar.
— A veces me pregunto si alguna vez regresaremos —susurró Hinata—. Si alguna vez volveremos a esa vida de misiones y peligro.
Sakura dejó el dulce a un lado y atrajo a Hinata hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo que se sentía mucho más sustancial que hace unos meses.
— No si yo puedo evitarlo. Ame nos necesita, y nosotras... nosotras nos necesitamos así. Sin guerras, sin expectativas. Solo tú, yo y el siguiente plato de comida.
Hinata soltó una carcajada suave, un sonido que llenó la habitación de una calidez que ninguna estufa podría igualar.
— Eres una glotona, Sakura-chan.
— Y tú eres la que me alimenta —respondió la pelirrosa con una sonrisa traviesa—. Así que ambas somos culpables.
Se quedaron en silencio por un largo rato, simplemente disfrutando de la presencia mutua y del sonido constante de la lluvia. Sakura comenzó a masajear los hombros de Hinata, notando cómo sus dedos se hundían en la carne suave y firme a la vez. No había tensión, no había nudos de estrés; solo la comodidad de un cuerpo que se había rendido al placer de la existencia tranquila.
— ¿Crees que Naruto y los demás se sorprenderían si nos vieran ahora? —preguntó Hinata de repente.
Sakura soltó un bufido divertido.
— Naruto probablemente preguntaría dónde guardamos todo el ramen. Pero hablando en serio, Hinata, no importa lo que piensen. Por primera vez en mi vida, no siento que tengo que ocupar menos espacio para que los demás se sientan cómodos. Me gusta ocupar espacio. Me gusta que tú ocupes espacio.
Hinata asintió, recostando su cabeza en el hombro de Sakura. Sentía la suavidad del brazo de su pareja contra su mejilla. Era una sensación de seguridad absoluta.
— Tienes razón. Aquí, bajo la lluvia eterna, el mundo exterior no existe. Solo existe este momento. Y este chocolate.
— ¡Ah, el chocolate! —exclamó Sakura, alcanzando la caja.
Abrió el envoltorio con entusiasmo y partió un trozo grande, llevándolo a los labios de Hinata. La pelinegra lo aceptó con gusto, cerrando los ojos mientras el sabor dulce y amargo se derretía en su lengua. Sakura hizo lo mismo, soltando un gemido de satisfacción.
— Es increíble —dijo Sakura con la boca todavía un poco llena—. Definitivamente, Ame tiene sus ventajas.
— La mejor ventaja es tenerte a ti —respondió Hinata, frotando su mejilla contra la de Sakura—. No importa cuánto cambiemos, o cuánto crezcamos... literalmente.
Ambas rieron, un sonido que se mezcló con el golpeteo del agua contra el metal de la aldea. Era una risa honesta, libre de las sombras del pasado. En esa torre, protegidas por las nubes y el afecto, Hinata y Sakura habían encontrado un tipo de fuerza diferente. No era la fuerza de los jutsus o de la voluntad de fuego, sino la fuerza de la aceptación y el placer compartido.
— ¿Quieres que prepare algo más para la cena? —preguntó Hinata después de un rato, aunque todavía se sentía bastante llena.
— Tal vez en un par de horas —respondió Sakura, acomodándose mejor y atrayendo a Hinata para que descansara sobre ella—. Por ahora, solo quédate aquí. Siente la lluvia. Disfruta de este peso que compartimos. Es nuestro pequeño secreto frente al mundo.
Hinata suspiró, cerrando los ojos y dejándose llevar por el calor de Sakura. El aroma a canela, el sonido del agua y la sensación de plenitud la envolvieron como una manta pesada. No necesitaba nada más. En la aldea de la lluvia eterna, ella había encontrado su sol, y juntas, estaban floreciendo de una manera que nunca imaginaron, una curva a la vez, un bocado a la vez, en el refugio más dulce que el destino pudo haberles construido.
— Te quiero, Sakura-chan —susurró Hinata, casi al borde del sueño.
— Y yo a ti, mi dulce Hinata —respondió Sakura, besando la coronilla de su cabeza y cerrando los ojos también, lista para una siesta larga y reparadora mientras el mundo seguía bañándose en agua afuera.
Sakura Haruno suspiró mientras se acomodaba en el diván, sintiendo cómo la madera crujía levemente bajo su peso. Ya no era la ágil ninja que saltaba entre los árboles con la ligereza de un gorrión. Sus movimientos eran ahora más lentos, más deliberados, envueltos en una suavidad que ella misma habría encontrado escandalosa apenas un año atrás.
— Hinata, ¿crees que todavía nos queda de ese chocolate que trajeron de la Capital del Fuego? —preguntó Sakura, pasando una mano por su abdomen, que descansaba redondo y prominente sobre su regazo.
Hinata emergió de la pequeña cocina con una sonrisa serena. Sus mejillas, antes afiladas y tímidas, ahora lucían una redondez encantadora que acentuaba la palidez de su piel. Llevaba un vestido holgado de seda lavanda, pero incluso la tela más generosa no podía ocultar la transformación de su figura. Sus hombros eran más anchos, sus brazos tenían una curva suave y acogedora, y sus caderas se habían expandido hasta llenar cada rincón de su ropa.
— Creo que guardé una caja debajo de la alacena, Sakura-chan —respondió Hinata con voz dulce, mientras caminaba hacia ella con un paso que hacía que sus muslos rozaran rítmicamente—. Pero recuerda lo que dijimos ayer... que deberíamos intentar moderarnos un poco antes de la próxima reunión con los emisarios.
Sakura soltó una risita que hizo vibrar su pecho.
— Los emisarios pueden esperar. Además, con esta lluvia constante, nadie espera que estemos en forma para una batalla. Esta misión de paz se ha convertido en las vacaciones más largas de nuestra vida.
Hinata se sentó al lado de Sakura, y el sofá se hundió profundamente bajo el peso combinado de ambas. La Hyüga suspiró de placer al sentir el contacto de la piel cálida de Sakura contra la suya. Ya no había rastro de la timidez paralizante de su juventud; en la intimidad de su hogar compartido, Hinata se sentía plena, amada y, sobre todo, satisfecha.
— Es extraño, ¿verdad? —comentó Hinata, tomando la mano de Sakura y entrelazando sus dedos, que ahora eran notablemente más gruesos—. A veces olvido que somos ninjas. Aquí, en Ame, el tiempo parece haberse detenido.
— Es el efecto de la lluvia —dijo Sakura, inclinándose para darle un beso en la mejilla, notando la suavidad extrema de su piel—. Y de tu cocina, Hinata. Eres demasiado buena cuidándome. Mira esto... —Sakura pellizcó suavemente el costado de su propia cintura, donde la carne se desbordaba sobre la banda de su pantalón elástico—. Lady Tsunade no me reconocería.
Hinata se sonrojó, pero no de vergüenza, sino de orgullo.
— Te ves hermosa, Sakura-chan. Siempre te vi tan presionada, tan tensa... Me gusta verte así. Relajada. Llena de vida.
— Y yo a ti —replicó Sakura, pasando su mano por el brazo de Hinata, disfrutando de la sensación de abundancia—. Siempre fuiste tan frágil a la vista, como si pudieras romperte. Ahora... ahora te ves sólida. Como si nada en el mundo pudiera moverte si no quieres.
La lluvia golpeaba rítmicamente contra los cristales reforzados de la torre. Afuera, el mundo era un caos de agua y acero; adentro, todo era suavidad y calor. Hinata se levantó con un poco de esfuerzo, apoyando las manos en sus rodillas para impulsarse, y regresó de la cocina con una bandeja cargada de dulces, frutas en almíbar y el chocolate mencionado.
— Si vamos a disfrutar de la tarde, hagámoslo bien —dijo Hinata, colocando la bandeja sobre la mesa ratona, que quedaba justo al alcance de sus manos.
— ¿Sabes qué es lo que más me gusta de estar aquí contigo? —preguntó Sakura, tomando un trozo de pastel de arroz y llevándoselo a la boca.
— ¿El qué? —preguntó Hinata, mientras servía más té.
— Que no tengo que fingir. En Konoha, todos esperan que sea la "Kunoichi de Hierro". Aquí, solo soy Sakura. Una Sakura que ama comer, que ama dormir la siesta mientras escucha la lluvia y que ama ver cómo tu cuerpo se vuelve cada vez más suave bajo mis manos.
Hinata bajó la mirada, acariciando su propio vientre, sintiendo la plenitud de su forma. El aumento de peso no había sido algo planeado, sino una consecuencia natural de la paz, del amor y de la falta de necesidad de luchar. En Ame, su papel era diplomático, y la hospitalidad de la aldea se medía en banquetes constantes que ninguna de las dos quiso rechazar.
— A veces me pregunto si alguna vez regresaremos —susurró Hinata—. Si alguna vez volveremos a esa vida de misiones y peligro.
Sakura dejó el dulce a un lado y atrajo a Hinata hacia su pecho, envolviéndola en un abrazo que se sentía mucho más sustancial que hace unos meses.
— No si yo puedo evitarlo. Ame nos necesita, y nosotras... nosotras nos necesitamos así. Sin guerras, sin expectativas. Solo tú, yo y el siguiente plato de comida.
Hinata soltó una carcajada suave, un sonido que llenó la habitación de una calidez que ninguna estufa podría igualar.
— Eres una glotona, Sakura-chan.
— Y tú eres la que me alimenta —respondió la pelirrosa con una sonrisa traviesa—. Así que ambas somos culpables.
Se quedaron en silencio por un largo rato, simplemente disfrutando de la presencia mutua y del sonido constante de la lluvia. Sakura comenzó a masajear los hombros de Hinata, notando cómo sus dedos se hundían en la carne suave y firme a la vez. No había tensión, no había nudos de estrés; solo la comodidad de un cuerpo que se había rendido al placer de la existencia tranquila.
— ¿Crees que Naruto y los demás se sorprenderían si nos vieran ahora? —preguntó Hinata de repente.
Sakura soltó un bufido divertido.
— Naruto probablemente preguntaría dónde guardamos todo el ramen. Pero hablando en serio, Hinata, no importa lo que piensen. Por primera vez en mi vida, no siento que tengo que ocupar menos espacio para que los demás se sientan cómodos. Me gusta ocupar espacio. Me gusta que tú ocupes espacio.
Hinata asintió, recostando su cabeza en el hombro de Sakura. Sentía la suavidad del brazo de su pareja contra su mejilla. Era una sensación de seguridad absoluta.
— Tienes razón. Aquí, bajo la lluvia eterna, el mundo exterior no existe. Solo existe este momento. Y este chocolate.
— ¡Ah, el chocolate! —exclamó Sakura, alcanzando la caja.
Abrió el envoltorio con entusiasmo y partió un trozo grande, llevándolo a los labios de Hinata. La pelinegra lo aceptó con gusto, cerrando los ojos mientras el sabor dulce y amargo se derretía en su lengua. Sakura hizo lo mismo, soltando un gemido de satisfacción.
— Es increíble —dijo Sakura con la boca todavía un poco llena—. Definitivamente, Ame tiene sus ventajas.
— La mejor ventaja es tenerte a ti —respondió Hinata, frotando su mejilla contra la de Sakura—. No importa cuánto cambiemos, o cuánto crezcamos... literalmente.
Ambas rieron, un sonido que se mezcló con el golpeteo del agua contra el metal de la aldea. Era una risa honesta, libre de las sombras del pasado. En esa torre, protegidas por las nubes y el afecto, Hinata y Sakura habían encontrado un tipo de fuerza diferente. No era la fuerza de los jutsus o de la voluntad de fuego, sino la fuerza de la aceptación y el placer compartido.
— ¿Quieres que prepare algo más para la cena? —preguntó Hinata después de un rato, aunque todavía se sentía bastante llena.
— Tal vez en un par de horas —respondió Sakura, acomodándose mejor y atrayendo a Hinata para que descansara sobre ella—. Por ahora, solo quédate aquí. Siente la lluvia. Disfruta de este peso que compartimos. Es nuestro pequeño secreto frente al mundo.
Hinata suspiró, cerrando los ojos y dejándose llevar por el calor de Sakura. El aroma a canela, el sonido del agua y la sensación de plenitud la envolvieron como una manta pesada. No necesitaba nada más. En la aldea de la lluvia eterna, ella había encontrado su sol, y juntas, estaban floreciendo de una manera que nunca imaginaron, una curva a la vez, un bocado a la vez, en el refugio más dulce que el destino pudo haberles construido.
— Te quiero, Sakura-chan —susurró Hinata, casi al borde del sueño.
— Y yo a ti, mi dulce Hinata —respondió Sakura, besando la coronilla de su cabeza y cerrando los ojos también, lista para una siesta larga y reparadora mientras el mundo seguía bañándose en agua afuera.
