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Hinata Hyüga Sakura Haruno SSBBW
Fandom: Naruto
Creado: 14/4/2026
Etiquetas
UA (Universo Alternativo)Recortes de VidaFluffHistoria DomésticaOOC (Fuera de Personaje)Romance
El eco del apetito infinito
El silencio habitual de las calles de Konoha a medianoche se veía interrumpido únicamente por el crujir rítmico de la madera reforzada. En la residencia privada de las familias Haruno e Hyüga, las luces nunca se apagaban del todo, y el aroma a carne asada, arroz al vapor y dulces de canela flotaba densamente en el aire, impregnando las paredes.
Sakura Haruno, una vez la kunoichi médica más ágil de la aldea, intentó reacomodarse sobre su enorme diván reforzado con sellos de gravedad. Cada movimiento era una hazaña de voluntad. Sus brazos, ahora gruesos y suaves, apenas podían separarse de sus costados sin un esfuerzo monumental. Con un peso que rozaba los quinientos kilogramos, Sakura se había convertido en un monumento a la indulgencia y al placer sensorial que solo la comida podía otorgar.
— Hinata... —susurró Sakura, su voz apenas un hilo suave debido a la presión de sus propias mejillas—. ¿Todavía queda algo de ese estofado de jabalí?
Al otro lado de la mesa central, que había sido ensanchada tres veces en el último año, Hinata Hyüga dejó escapar un suspiro de satisfacción mientras terminaba de lamer una cuchara de madera. Su figura, antaño menuda y delicada, ahora rivalizaba con la de Sakura. Con cuatrocientos ochenta kilogramos de pura suavidad, Hinata se mecía levemente, sintiendo cómo su túnica de seda, confeccionada especialmente para sus nuevas dimensiones, se tensaba sobre su vientre prominente.
— Queda un poco, Sakura-chan —respondió Hinata con una sonrisa perezosa, sus ojos color perla brillando con una mezcla de sueño y hambre persistente—. Pero creo que los rollos de canela acaban de salir del horno. Puedo oler el glaseado desde aquí.
— No deberíamos... —murmuró Sakura, aunque su mano derecha ya buscaba a tientas un tazón de arroz cercano—. Dijimos que hoy intentaríamos reducir las porciones.
Hinata soltó una risita suave que hizo vibrar su pecho.
— Dijimos eso hace tres tazones de ramen y dos fuentes de dumplings, Sakura. Además, el entrenamiento de mañana requerirá mucha energía.
— ¿Entrenamiento? —Sakura soltó una carcajada que sacudió todo su cuerpo—. Hinata, creo que ninguna de las dos ha visto sus propios pies en meses. El único jutsu que estamos practicando es el de expansión constante, y ni siquiera necesitamos sellos de manos para eso.
La pelirosa alcanzó un plato de carne con jengibre y comenzó a comer con una parsimonia que denotaba que ya no comía por hambre, sino por el puro hábito de la plenitud. Estar tan llena que apenas podía respirar se había convertido en su estado natural, una adicción compartida que las había unido más que cualquier misión de rango S.
— Es curioso —dijo Hinata, tomando un rollo de canela caliente y dejando que el azúcar chorreara por sus dedos—. Tsunade-sama vino ayer a visitarnos. Pensé que nos regañaría, que diría que estamos arruinando nuestra carrera como ninjas.
— ¿Y qué dijo? —preguntó Sakura, limpiándose la comisura de los labios con un esfuerzo visible.
— Solo miró la despensa, suspiró y dijo que, mientras mantuviéramos nuestros niveles de chakra estables, no le importaba si terminábamos pesando más que un sapo de invocación. Creo que incluso tenía envidia de lo felices que nos vemos.
Sakura sonrió, cerrando los ojos mientras saboreaba el jengibre. Era cierto. Había una paz inmensa en su nueva vida. Ya no había guerras, ya no había persecuciones tras ninjas renegados. Solo estaban ellas dos, su inmenso hogar y una sucesión interminable de banquetes.
— A veces me pregunto si esto es un genjutsu —admitió Sakura, estirando una mano para rozar el brazo de Hinata. El contacto era cálido y blando—. Un mundo donde no hay dolor, solo sabor y descanso.
— Si lo es, no quiero despertar —respondió Hinata, inclinándose hacia adelante con dificultad para besar la mejilla de Sakura—. ¿Sabes? He pedido que traigan tres cajas de dango de la capital mañana. Dicen que el almíbar es especial.
— Tres cajas... —Sakura suspiró, imaginando el sabor—. Tendremos que pedirle a los repartidores que las dejen directamente en la cama. Moverse hasta el comedor se está volviendo... complicado.
— Ya hablé con Shino —dijo Hinata con una chispa de travesura en los ojos—. Va a usar sus insectos para ayudarnos a mover los platos más pesados. Dice que es un buen entrenamiento de control para sus kikaichu.
— Pobre Shino —rió Sakura, sintiendo cómo su estómago protestaba ligeramente por el espacio—. Pero supongo que es el precio de nuestra hospitalidad.
El silencio volvió a reinar, roto solo por el sonido de la masticación y el roce de la seda contra la piel. Sakura miró a Hinata, admirando cómo la heredera del Byakugan había aceptado su nueva forma con tanta gracia. Hinata ya no era la chica tímida que se escondía tras los árboles; ahora era una mujer que ocupaba espacio, mucho espacio, y lo hacía con una confianza serena.
— Hinata —dijo Sakura de repente, deteniendo su mano antes de alcanzar otro bocado—. ¿De verdad eres feliz así? ¿Sin poder correr por los bosques o saltar entre los techos?
Hinata dejó el dulce a medio comer y miró a Sakura con una seriedad dulce.
— Sakura-chan, pasé toda mi infancia intentando ser pequeña, intentando no molestar, intentando encajar en un molde de guerrera que mi padre quería para mí. Contigo, he aprendido que no tengo que disculparme por mis deseos. Si mi deseo es comer hasta no poder moverme y ser amada por ti en cada gramo de mi cuerpo, entonces soy más feliz de lo que jamás soñé.
Las palabras de Hinata conmovieron a Sakura, quien sintió una calidez que no provenía de la comida.
— Tienes razón. Yo siempre quise ser la más fuerte, la más inteligente... y ahora solo quiero ser la más satisfecha. A tu lado, no siento que me falte nada. Excepto, tal vez, un poco más de ese pastel de chocolate que guardaste en la alacena inferior.
Hinata soltó una carcajada sonora, una que hizo que sus hombros se sacudieran rítmicamente.
— Sabía que lo mencionarías. Pero Sakura, está en la alacena de abajo. Para llegar allí, tendríamos que rodar por el suelo.
— Bueno —dijo Sakura con una sonrisa desafiante mientras se preparaba para el esfuerzo de levantarse—, dicen que el ejercicio es bueno para la salud. Y rodar cuenta como movimiento, ¿no?
— Supongo que sí —asintió Hinata, extendiendo sus manos para que Sakura la ayudara a equilibrarse—. Hagámoslo juntas. Un último esfuerzo antes de dormir.
Con gran esfuerzo y mucha risa, las dos mujeres se movieron, disfrutando de la pesadez de sus cuerpos y de la complicidad de su mutuo exceso. En el mundo exterior, la vida ninja seguía su curso de sacrificios y disciplina, pero dentro de aquellas paredes, Sakura y Hinata habían encontrado su propio paraíso: uno hecho de azúcar, grasa y un amor que crecía tan rápido como sus propias siluetas.
Mientras Sakura finalmente alcanzaba el pastel y compartía el primer bocado con Hinata, ambas supieron que, aunque el mundo las viera como sombras de lo que una vez fueron, ellas nunca se habían sentido tan presentes, tan llenas y tan absolutamente vivas.
— Mañana pediremos pizza —susurró Sakura contra el hombro de Hinata.
— Con doble queso —añadió Hinata, cerrando los ojos con deleite—. Y bordes rellenos.
— Siempre —concluyó Sakura, antes de sumergirse de nuevo en el infinito placer de su banquete compartido.
Sakura Haruno, una vez la kunoichi médica más ágil de la aldea, intentó reacomodarse sobre su enorme diván reforzado con sellos de gravedad. Cada movimiento era una hazaña de voluntad. Sus brazos, ahora gruesos y suaves, apenas podían separarse de sus costados sin un esfuerzo monumental. Con un peso que rozaba los quinientos kilogramos, Sakura se había convertido en un monumento a la indulgencia y al placer sensorial que solo la comida podía otorgar.
— Hinata... —susurró Sakura, su voz apenas un hilo suave debido a la presión de sus propias mejillas—. ¿Todavía queda algo de ese estofado de jabalí?
Al otro lado de la mesa central, que había sido ensanchada tres veces en el último año, Hinata Hyüga dejó escapar un suspiro de satisfacción mientras terminaba de lamer una cuchara de madera. Su figura, antaño menuda y delicada, ahora rivalizaba con la de Sakura. Con cuatrocientos ochenta kilogramos de pura suavidad, Hinata se mecía levemente, sintiendo cómo su túnica de seda, confeccionada especialmente para sus nuevas dimensiones, se tensaba sobre su vientre prominente.
— Queda un poco, Sakura-chan —respondió Hinata con una sonrisa perezosa, sus ojos color perla brillando con una mezcla de sueño y hambre persistente—. Pero creo que los rollos de canela acaban de salir del horno. Puedo oler el glaseado desde aquí.
— No deberíamos... —murmuró Sakura, aunque su mano derecha ya buscaba a tientas un tazón de arroz cercano—. Dijimos que hoy intentaríamos reducir las porciones.
Hinata soltó una risita suave que hizo vibrar su pecho.
— Dijimos eso hace tres tazones de ramen y dos fuentes de dumplings, Sakura. Además, el entrenamiento de mañana requerirá mucha energía.
— ¿Entrenamiento? —Sakura soltó una carcajada que sacudió todo su cuerpo—. Hinata, creo que ninguna de las dos ha visto sus propios pies en meses. El único jutsu que estamos practicando es el de expansión constante, y ni siquiera necesitamos sellos de manos para eso.
La pelirosa alcanzó un plato de carne con jengibre y comenzó a comer con una parsimonia que denotaba que ya no comía por hambre, sino por el puro hábito de la plenitud. Estar tan llena que apenas podía respirar se había convertido en su estado natural, una adicción compartida que las había unido más que cualquier misión de rango S.
— Es curioso —dijo Hinata, tomando un rollo de canela caliente y dejando que el azúcar chorreara por sus dedos—. Tsunade-sama vino ayer a visitarnos. Pensé que nos regañaría, que diría que estamos arruinando nuestra carrera como ninjas.
— ¿Y qué dijo? —preguntó Sakura, limpiándose la comisura de los labios con un esfuerzo visible.
— Solo miró la despensa, suspiró y dijo que, mientras mantuviéramos nuestros niveles de chakra estables, no le importaba si terminábamos pesando más que un sapo de invocación. Creo que incluso tenía envidia de lo felices que nos vemos.
Sakura sonrió, cerrando los ojos mientras saboreaba el jengibre. Era cierto. Había una paz inmensa en su nueva vida. Ya no había guerras, ya no había persecuciones tras ninjas renegados. Solo estaban ellas dos, su inmenso hogar y una sucesión interminable de banquetes.
— A veces me pregunto si esto es un genjutsu —admitió Sakura, estirando una mano para rozar el brazo de Hinata. El contacto era cálido y blando—. Un mundo donde no hay dolor, solo sabor y descanso.
— Si lo es, no quiero despertar —respondió Hinata, inclinándose hacia adelante con dificultad para besar la mejilla de Sakura—. ¿Sabes? He pedido que traigan tres cajas de dango de la capital mañana. Dicen que el almíbar es especial.
— Tres cajas... —Sakura suspiró, imaginando el sabor—. Tendremos que pedirle a los repartidores que las dejen directamente en la cama. Moverse hasta el comedor se está volviendo... complicado.
— Ya hablé con Shino —dijo Hinata con una chispa de travesura en los ojos—. Va a usar sus insectos para ayudarnos a mover los platos más pesados. Dice que es un buen entrenamiento de control para sus kikaichu.
— Pobre Shino —rió Sakura, sintiendo cómo su estómago protestaba ligeramente por el espacio—. Pero supongo que es el precio de nuestra hospitalidad.
El silencio volvió a reinar, roto solo por el sonido de la masticación y el roce de la seda contra la piel. Sakura miró a Hinata, admirando cómo la heredera del Byakugan había aceptado su nueva forma con tanta gracia. Hinata ya no era la chica tímida que se escondía tras los árboles; ahora era una mujer que ocupaba espacio, mucho espacio, y lo hacía con una confianza serena.
— Hinata —dijo Sakura de repente, deteniendo su mano antes de alcanzar otro bocado—. ¿De verdad eres feliz así? ¿Sin poder correr por los bosques o saltar entre los techos?
Hinata dejó el dulce a medio comer y miró a Sakura con una seriedad dulce.
— Sakura-chan, pasé toda mi infancia intentando ser pequeña, intentando no molestar, intentando encajar en un molde de guerrera que mi padre quería para mí. Contigo, he aprendido que no tengo que disculparme por mis deseos. Si mi deseo es comer hasta no poder moverme y ser amada por ti en cada gramo de mi cuerpo, entonces soy más feliz de lo que jamás soñé.
Las palabras de Hinata conmovieron a Sakura, quien sintió una calidez que no provenía de la comida.
— Tienes razón. Yo siempre quise ser la más fuerte, la más inteligente... y ahora solo quiero ser la más satisfecha. A tu lado, no siento que me falte nada. Excepto, tal vez, un poco más de ese pastel de chocolate que guardaste en la alacena inferior.
Hinata soltó una carcajada sonora, una que hizo que sus hombros se sacudieran rítmicamente.
— Sabía que lo mencionarías. Pero Sakura, está en la alacena de abajo. Para llegar allí, tendríamos que rodar por el suelo.
— Bueno —dijo Sakura con una sonrisa desafiante mientras se preparaba para el esfuerzo de levantarse—, dicen que el ejercicio es bueno para la salud. Y rodar cuenta como movimiento, ¿no?
— Supongo que sí —asintió Hinata, extendiendo sus manos para que Sakura la ayudara a equilibrarse—. Hagámoslo juntas. Un último esfuerzo antes de dormir.
Con gran esfuerzo y mucha risa, las dos mujeres se movieron, disfrutando de la pesadez de sus cuerpos y de la complicidad de su mutuo exceso. En el mundo exterior, la vida ninja seguía su curso de sacrificios y disciplina, pero dentro de aquellas paredes, Sakura y Hinata habían encontrado su propio paraíso: uno hecho de azúcar, grasa y un amor que crecía tan rápido como sus propias siluetas.
Mientras Sakura finalmente alcanzaba el pastel y compartía el primer bocado con Hinata, ambas supieron que, aunque el mundo las viera como sombras de lo que una vez fueron, ellas nunca se habían sentido tan presentes, tan llenas y tan absolutamente vivas.
— Mañana pediremos pizza —susurró Sakura contra el hombro de Hinata.
— Con doble queso —añadió Hinata, cerrando los ojos con deleite—. Y bordes rellenos.
— Siempre —concluyó Sakura, antes de sumergirse de nuevo en el infinito placer de su banquete compartido.
