
← Volver a la lista de fanfics
0 me gusta
Mokushiroku no Yonkishi
Fandom: Mokushiroku no Yonkishi
Creado: 18/4/2026
Etiquetas
FantasíaMisterioDolor/ConsueloEstudio de PersonajeAmbientación CanonAventuraPsicológicoDramaAngustia
El Eco de una Pluma Olvidada
La Gran Guerra Santa no solo fue un conflicto de espadas y hechizos, sino un torbellino de emociones crudas que saturaron la misma tierra de Britannia. En el clímax de una batalla olvidada por los libros de historia, la silueta de Elizabeth Liones se recortó contra un cielo teñido de carmesí. Sus alas blancas, vastas y resplandecientes, se extendieron para liberar una ráfaga de poder divino, una luz purificadora que buscaba aplacar la agonía de los caídos.
En medio de aquel despliegue de gracia, una sola pluma se desprendió.
No cayó al suelo como un objeto inerte. Mientras descendía, el aire vibró con el eco de mil gritos: el miedo de los soldados, el dolor de los moribundos y, extrañamente, la chispa de amor desesperado de quienes se despedían. La pluma no se marchitó; en su lugar, comenzó a absorber. Como una esponja sedienta, se nutrió de la energía residual del campo de batalla y de la esencia divina de la mujer que la había portado. El fragmento de una diosa, impregnado con la oscuridad de la guerra, comenzó un proceso de gestación silencioso que duraría años.
Presente.
Lancelot caminaba por los límites del bosque que rodeaba el Reino de Liones. Sus pasos eran ligeros, casi imperceptibles sobre la hojarasca, pero su mente estaba lejos de estar en calma. Como un Caballero del Apocalipsis, sus sentidos estaban afinados a un nivel que rozaba lo sobrenatural. Podía escuchar el latido de un corazón a kilómetros de distancia y leer los pensamientos de quienes le rodeaban, una habilidad que a menudo consideraba más una maldición que un don.
De repente, se detuvo.
El aire cambió. No fue un cambio brusco, como el que precede a una tormenta, sino una alteración sutil en la frecuencia de la magia circundante. Era una energía cálida, nostálgica, que le recordaba poderosamente a la Reina Elizabeth, pero había algo mal en ella. Era una melodía a la que le faltaban notas, un dibujo sin terminar.
—¿Qué es esto? —murmuró Lancelot para sí mismo, frunciendo el ceño—. Se siente como... ella, pero está vacío.
Siguió el rastro, moviéndose con la velocidad de un rayo entre los árboles. No tardó en llegar a un claro donde la luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando una figura sentada sobre una roca cubierta de musgo.
Era una chica. Su apariencia era desconcertante: vestía harapos blancos que parecían fundirse con su piel pálida, y su cabello, de un tono plateado casi traslúcido, caía sobre sus hombros como hilos de seda. No parecía pertenecer a ninguna raza conocida. No tenía las orejas puntiagudas de un hada, ni el aura pesada de un demonio, pero su presencia irradiaba una pureza que resultaba inquietante.
Lancelot se acercó con la mano apoyada en la empuñadura de su arma, con la mirada seria y profesional que lo caracterizaba.
—Oye —dijo él, su voz cortando el silencio del bosque—. No eres de por aquí. ¿Quién eres y qué haces en los terrenos de Liones?
La chica giró la cabeza lentamente. Sus ojos eran grandes, de un azul tan claro que parecían cristalinos, pero en su profundidad no había malicia, ni miedo, ni siquiera reconocimiento. Solo una curiosidad infinita y vacía.
—¿Quién soy? —repitió ella. Su voz sonaba como el tintineo de campanas lejanas—. No lo sé. Estaba aquí. Luego existí. ¿Es eso una respuesta?
Lancelot arqueó una ceja, manteniendo su postura estoica.
—No es una respuesta muy útil. ¿Tienes un nombre?
La chica ladeó la cabeza, observando a Lancelot con una intensidad que lo hizo sentir extrañamente expuesto.
—No tengo uno. Las cosas que mueren tienen nombres. Las cosas que nacen de la nada... supongo que no los necesitan. ¿Tú tienes uno?
—Me llamo Lancelot —respondió él, dando un paso más—. Y no pareces una "cosa". Pareces una persona, aunque tu energía dice lo contrario. Eres un fragmento, ¿verdad? Algo incompleto.
La chica se levantó de la roca. Al hacerlo, el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse. Lancelot, acostumbrado a leer las mentes, intentó entrar en la suya para descifrar sus intenciones, pero lo que encontró fue un caos absoluto. No eran pensamientos, sino una marea de emociones crudas: una agonía punzante seguida de una alegría eufórica, todo mezclado sin orden ni concierto.
—Siento... ruido —dijo ella, llevando una mano a su pecho—. Hay mucho ruido dentro de mí. ¿Es esto lo que llamas ser "alguien"?
De repente, una onda expansiva de energía divina emanó de ella. No fue un ataque intencionado, sino un desbordamiento. Lancelot sintió que el mundo se tambaleaba. Por un instante, su mente férrea se fracturó. Vio imágenes de una guerra que no vivió, sintió el peso de una tristeza que no era suya y, por un segundo, su visión se nubló.
—¡Maldición! —gruñó Lancelot, hincando una rodilla en el suelo mientras se llevaba la mano a la cabeza—. Detenlo... ¡Controla eso!
La chica lo miró con genuina confusión, sin comprender que ella era la causa de su malestar.
—¿Te duele? —preguntó ella, acercándose—. No quería que te doliera. Solo estaba intentando entender por qué brillas tanto.
Lancelot apretó los dientes, luchando por recuperar el control de sus propios sentidos. Su herencia de hada y humano lo hacía resistente, pero aquella energía era diferente; era pura, primordial, y carecía de los filtros morales que rigen a los seres vivos. Era una anomalía peligrosa.
Con un esfuerzo de voluntad, Lancelot se puso en pie y proyectó su propia aura para estabilizar el ambiente. La presión mental disminuyó gradualmente hasta que el claro volvió a la normalidad.
—No eres normal —dijo Lancelot, respirando con dificultad, su mirada roja fija en ella con una severidad renovada—. Tu poder afecta la mente de los demás sin que te des cuenta. Si entraras en la ciudad, causarías un desastre sin mover un dedo.
La chica bajó la mirada a sus manos, que temblaban levemente.
—No entiendo el desastre. No entiendo el bien. Solo entiendo que estoy aquí.
—Eso es lo que me preocupa —replicó Lancelot—. Eres como un arma cargada que no sabe que es un arma.
En ese momento, el sonido de pasos rápidos se escuchó a lo lejos. Una voz familiar y llena de energía rompió la tensión del encuentro.
—¡Lancelot! ¡Sentí una perturbación mágica increíble desde el castillo! ¿Estás bien?
Tristan apareció de entre los arbustos, con su largo cabello plateado ondeando y su capa blanca impecable. El príncipe de Liones se detuvo en seco al ver a la chica. Sus ojos heterocromáticos se abrieron de par en par, pasando de la sorpresa a una extraña fascinación.
—¿Quién es ella? —preguntó Tristan, su tono pacifista y amable emergiendo de inmediato—. Lancelot, su energía... es casi como la de mi madre.
—Eso es lo que estaba tratando de averiguar —dijo Lancelot, cruzándose de brazos—. Pero ten cuidado, Tristan. No es lo que parece. Es inestable.
Tristan, ignorando la advertencia de su amigo, se acercó a la chica con una sonrisa cálida. Su naturaleza de Nefilim, mitad ángel y mitad demonio, le permitía sentir la divinidad en ella de una manera que Lancelot no podía.
—Hola —dijo Tristan con suavidad—. No tengas miedo. Soy Tristan, hijo de Meliodas y Elizabeth. ¿Cómo te llamas?
La chica miró a Tristan y, por primera vez, algo parecido a una chispa de reconocimiento cruzó su rostro. Sus ojos se fijaron en el cabello plateado del príncipe.
—Tú... hueles a la luz que me dio origen —murmuró ella—. Pero también hueles a las sombras que me alimentaron.
Tristan parpadeó, confundido por sus palabras.
—¿Luz y sombras? No entiendo muy bien a qué te refieres, pero no pareces tener malas intenciones. ¿Estás perdida?
—No se puede estar perdido si no se tiene un lugar al que volver —respondió ella con una lógica aplastante—. Pero el otro... —señaló a Lancelot— dice que necesito un nombre. He estado escuchando los susurros del viento y de los árboles. Hay una palabra que se repite cuando la luna sale.
Se hizo un silencio en el claro. La chica miró hacia el cielo, aunque era de día, como si pudiera ver más allá del velo del mundo.
—Seleneia —dijo finalmente, con una seguridad que no había mostrado antes—. Me llamaré Seleneia.
—Seleneia... —repitió Tristan, asintiendo con entusiasmo—. Es un nombre hermoso. Suena noble y antiguo.
Lancelot, sin embargo, no compartía el optimismo de su compañero. Observó a la chica —a Seleneia— con una mirada analítica. Por un breve segundo, cuando la luz del sol incidió en su rostro de perfil, el parecido con la Reina Elizabeth fue tan asombroso que Lancelot sintió un escalofrío. Por un instante, creyó ver a la misma diosa frente a él, pero luego la ilusión se desvaneció, dejando solo a una entidad incompleta y extraña.
—Tristan —intervino Lancelot, su voz seria—. No podemos dejarla aquí. Su poder es errático. Si se descontrola, podría manipular las mentes de medio reino antes de que nos demos cuenta.
—Pero no podemos tratarla como a una prisionera —protestó Tristan, frunciendo el ceño—. Ella no ha hecho nada malo. Mira su rostro, está confundida. Debemos ayudarla a entender quién es. Mi madre querría que lo hiciéramos.
—Tu madre es demasiado bondadosa para su propio bien, y tú eres igual —respondió Lancelot con un suspiro—. Pero tienes razón en algo: no podemos dejarla sola. La llevaremos ante el Rey Meliodas. Él sabrá qué hacer con... esto.
Seleneia observaba el intercambio entre los dos jóvenes con una curiosidad desapegada. No comprendía la tensión entre ellos, ni por qué su existencia parecía ser un problema. Para ella, el mundo era un lienzo de colores y sensaciones nuevas que apenas comenzaba a explorar.
—¿Iré con ustedes? —preguntó Seleneia.
—Sí —dijo Tristan, extendiendo su mano hacia ella—. Te protegeremos y te enseñaremos todo lo que necesites saber.
Seleneia miró la mano de Tristan, pero no la tomó. En su lugar, volvió a mirar a Lancelot, quien permanecía a unos metros de distancia, observándola con una vigilancia fría.
—Él no confía en mí —observó ella con naturalidad.
—Él no confía en nadie a la primera —rio Tristan, tratando de aliviar el ambiente—. Pero es una buena persona, te lo aseguro.
Lancelot no dijo nada. Se limitó a dar media vuelta y comenzar a caminar hacia el castillo, indicándoles que lo siguieran. Mientras caminaba, su mente trabajaba a toda velocidad. Sabía que la aparición de Seleneia no era una coincidencia. Britannia estaba cambiando, y la llegada de una entidad nacida de los restos de la Gran Guerra era una señal de que el pasado no estaba tan enterrado como todos deseaban.
"Algo que no debería existir ha despertado", pensó Lancelot, apretando los puños. "Y está conectada con la Reina de una manera que ni siquiera Tristan alcanza a comprender".
Al llegar a las puertas de la ciudad, Seleneia se detuvo un momento, contemplando las altas torres de Liones. El bullicio de la gente, las emociones cruzadas de miles de ciudadanos, comenzaron a bombardear sus sentidos. Sus ojos brillaron con una luz inestable y, por un segundo, las sombras bajo sus pies se alargaron de forma antinatural.
Lancelot se puso frente a ella de inmediato, bloqueando su visión de la multitud.
—Mantén la calma —ordenó él, su voz baja pero firme—. Concéntrate en mi voz. No dejes que el ruido exterior te domine.
Seleneia parpadeó y la luz de sus ojos se suavizó. Miró a Lancelot y, por primera vez, una pequeña y sutil sonrisa apareció en sus labios.
—Tu voz es... sólida —dijo ella—. Es más fácil escuchar una sola cosa que mil.
Lancelot se quedó en silencio, sorprendido por la observación. Sin decir más, continuó guiándolos hacia el palacio. El destino de Seleneia, y quizás el equilibrio de Liones, acababa de quedar entrelazado con los Caballeros del Apocalipsis.
En lo profundo del bosque, el lugar donde Seleneia había despertado permanecía en silencio, pero las flores que ella había tocado no se habían marchitado; habían crecido de forma desmedida, retorcidas y hermosas al mismo tiempo, como un recordatorio de que la divinidad, cuando carece de propósito, puede ser tan aterradora como la oscuridad más profunda.
En medio de aquel despliegue de gracia, una sola pluma se desprendió.
No cayó al suelo como un objeto inerte. Mientras descendía, el aire vibró con el eco de mil gritos: el miedo de los soldados, el dolor de los moribundos y, extrañamente, la chispa de amor desesperado de quienes se despedían. La pluma no se marchitó; en su lugar, comenzó a absorber. Como una esponja sedienta, se nutrió de la energía residual del campo de batalla y de la esencia divina de la mujer que la había portado. El fragmento de una diosa, impregnado con la oscuridad de la guerra, comenzó un proceso de gestación silencioso que duraría años.
Presente.
Lancelot caminaba por los límites del bosque que rodeaba el Reino de Liones. Sus pasos eran ligeros, casi imperceptibles sobre la hojarasca, pero su mente estaba lejos de estar en calma. Como un Caballero del Apocalipsis, sus sentidos estaban afinados a un nivel que rozaba lo sobrenatural. Podía escuchar el latido de un corazón a kilómetros de distancia y leer los pensamientos de quienes le rodeaban, una habilidad que a menudo consideraba más una maldición que un don.
De repente, se detuvo.
El aire cambió. No fue un cambio brusco, como el que precede a una tormenta, sino una alteración sutil en la frecuencia de la magia circundante. Era una energía cálida, nostálgica, que le recordaba poderosamente a la Reina Elizabeth, pero había algo mal en ella. Era una melodía a la que le faltaban notas, un dibujo sin terminar.
—¿Qué es esto? —murmuró Lancelot para sí mismo, frunciendo el ceño—. Se siente como... ella, pero está vacío.
Siguió el rastro, moviéndose con la velocidad de un rayo entre los árboles. No tardó en llegar a un claro donde la luz del sol se filtraba entre las copas de los árboles, iluminando una figura sentada sobre una roca cubierta de musgo.
Era una chica. Su apariencia era desconcertante: vestía harapos blancos que parecían fundirse con su piel pálida, y su cabello, de un tono plateado casi traslúcido, caía sobre sus hombros como hilos de seda. No parecía pertenecer a ninguna raza conocida. No tenía las orejas puntiagudas de un hada, ni el aura pesada de un demonio, pero su presencia irradiaba una pureza que resultaba inquietante.
Lancelot se acercó con la mano apoyada en la empuñadura de su arma, con la mirada seria y profesional que lo caracterizaba.
—Oye —dijo él, su voz cortando el silencio del bosque—. No eres de por aquí. ¿Quién eres y qué haces en los terrenos de Liones?
La chica giró la cabeza lentamente. Sus ojos eran grandes, de un azul tan claro que parecían cristalinos, pero en su profundidad no había malicia, ni miedo, ni siquiera reconocimiento. Solo una curiosidad infinita y vacía.
—¿Quién soy? —repitió ella. Su voz sonaba como el tintineo de campanas lejanas—. No lo sé. Estaba aquí. Luego existí. ¿Es eso una respuesta?
Lancelot arqueó una ceja, manteniendo su postura estoica.
—No es una respuesta muy útil. ¿Tienes un nombre?
La chica ladeó la cabeza, observando a Lancelot con una intensidad que lo hizo sentir extrañamente expuesto.
—No tengo uno. Las cosas que mueren tienen nombres. Las cosas que nacen de la nada... supongo que no los necesitan. ¿Tú tienes uno?
—Me llamo Lancelot —respondió él, dando un paso más—. Y no pareces una "cosa". Pareces una persona, aunque tu energía dice lo contrario. Eres un fragmento, ¿verdad? Algo incompleto.
La chica se levantó de la roca. Al hacerlo, el aire a su alrededor comenzó a distorsionarse. Lancelot, acostumbrado a leer las mentes, intentó entrar en la suya para descifrar sus intenciones, pero lo que encontró fue un caos absoluto. No eran pensamientos, sino una marea de emociones crudas: una agonía punzante seguida de una alegría eufórica, todo mezclado sin orden ni concierto.
—Siento... ruido —dijo ella, llevando una mano a su pecho—. Hay mucho ruido dentro de mí. ¿Es esto lo que llamas ser "alguien"?
De repente, una onda expansiva de energía divina emanó de ella. No fue un ataque intencionado, sino un desbordamiento. Lancelot sintió que el mundo se tambaleaba. Por un instante, su mente férrea se fracturó. Vio imágenes de una guerra que no vivió, sintió el peso de una tristeza que no era suya y, por un segundo, su visión se nubló.
—¡Maldición! —gruñó Lancelot, hincando una rodilla en el suelo mientras se llevaba la mano a la cabeza—. Detenlo... ¡Controla eso!
La chica lo miró con genuina confusión, sin comprender que ella era la causa de su malestar.
—¿Te duele? —preguntó ella, acercándose—. No quería que te doliera. Solo estaba intentando entender por qué brillas tanto.
Lancelot apretó los dientes, luchando por recuperar el control de sus propios sentidos. Su herencia de hada y humano lo hacía resistente, pero aquella energía era diferente; era pura, primordial, y carecía de los filtros morales que rigen a los seres vivos. Era una anomalía peligrosa.
Con un esfuerzo de voluntad, Lancelot se puso en pie y proyectó su propia aura para estabilizar el ambiente. La presión mental disminuyó gradualmente hasta que el claro volvió a la normalidad.
—No eres normal —dijo Lancelot, respirando con dificultad, su mirada roja fija en ella con una severidad renovada—. Tu poder afecta la mente de los demás sin que te des cuenta. Si entraras en la ciudad, causarías un desastre sin mover un dedo.
La chica bajó la mirada a sus manos, que temblaban levemente.
—No entiendo el desastre. No entiendo el bien. Solo entiendo que estoy aquí.
—Eso es lo que me preocupa —replicó Lancelot—. Eres como un arma cargada que no sabe que es un arma.
En ese momento, el sonido de pasos rápidos se escuchó a lo lejos. Una voz familiar y llena de energía rompió la tensión del encuentro.
—¡Lancelot! ¡Sentí una perturbación mágica increíble desde el castillo! ¿Estás bien?
Tristan apareció de entre los arbustos, con su largo cabello plateado ondeando y su capa blanca impecable. El príncipe de Liones se detuvo en seco al ver a la chica. Sus ojos heterocromáticos se abrieron de par en par, pasando de la sorpresa a una extraña fascinación.
—¿Quién es ella? —preguntó Tristan, su tono pacifista y amable emergiendo de inmediato—. Lancelot, su energía... es casi como la de mi madre.
—Eso es lo que estaba tratando de averiguar —dijo Lancelot, cruzándose de brazos—. Pero ten cuidado, Tristan. No es lo que parece. Es inestable.
Tristan, ignorando la advertencia de su amigo, se acercó a la chica con una sonrisa cálida. Su naturaleza de Nefilim, mitad ángel y mitad demonio, le permitía sentir la divinidad en ella de una manera que Lancelot no podía.
—Hola —dijo Tristan con suavidad—. No tengas miedo. Soy Tristan, hijo de Meliodas y Elizabeth. ¿Cómo te llamas?
La chica miró a Tristan y, por primera vez, algo parecido a una chispa de reconocimiento cruzó su rostro. Sus ojos se fijaron en el cabello plateado del príncipe.
—Tú... hueles a la luz que me dio origen —murmuró ella—. Pero también hueles a las sombras que me alimentaron.
Tristan parpadeó, confundido por sus palabras.
—¿Luz y sombras? No entiendo muy bien a qué te refieres, pero no pareces tener malas intenciones. ¿Estás perdida?
—No se puede estar perdido si no se tiene un lugar al que volver —respondió ella con una lógica aplastante—. Pero el otro... —señaló a Lancelot— dice que necesito un nombre. He estado escuchando los susurros del viento y de los árboles. Hay una palabra que se repite cuando la luna sale.
Se hizo un silencio en el claro. La chica miró hacia el cielo, aunque era de día, como si pudiera ver más allá del velo del mundo.
—Seleneia —dijo finalmente, con una seguridad que no había mostrado antes—. Me llamaré Seleneia.
—Seleneia... —repitió Tristan, asintiendo con entusiasmo—. Es un nombre hermoso. Suena noble y antiguo.
Lancelot, sin embargo, no compartía el optimismo de su compañero. Observó a la chica —a Seleneia— con una mirada analítica. Por un breve segundo, cuando la luz del sol incidió en su rostro de perfil, el parecido con la Reina Elizabeth fue tan asombroso que Lancelot sintió un escalofrío. Por un instante, creyó ver a la misma diosa frente a él, pero luego la ilusión se desvaneció, dejando solo a una entidad incompleta y extraña.
—Tristan —intervino Lancelot, su voz seria—. No podemos dejarla aquí. Su poder es errático. Si se descontrola, podría manipular las mentes de medio reino antes de que nos demos cuenta.
—Pero no podemos tratarla como a una prisionera —protestó Tristan, frunciendo el ceño—. Ella no ha hecho nada malo. Mira su rostro, está confundida. Debemos ayudarla a entender quién es. Mi madre querría que lo hiciéramos.
—Tu madre es demasiado bondadosa para su propio bien, y tú eres igual —respondió Lancelot con un suspiro—. Pero tienes razón en algo: no podemos dejarla sola. La llevaremos ante el Rey Meliodas. Él sabrá qué hacer con... esto.
Seleneia observaba el intercambio entre los dos jóvenes con una curiosidad desapegada. No comprendía la tensión entre ellos, ni por qué su existencia parecía ser un problema. Para ella, el mundo era un lienzo de colores y sensaciones nuevas que apenas comenzaba a explorar.
—¿Iré con ustedes? —preguntó Seleneia.
—Sí —dijo Tristan, extendiendo su mano hacia ella—. Te protegeremos y te enseñaremos todo lo que necesites saber.
Seleneia miró la mano de Tristan, pero no la tomó. En su lugar, volvió a mirar a Lancelot, quien permanecía a unos metros de distancia, observándola con una vigilancia fría.
—Él no confía en mí —observó ella con naturalidad.
—Él no confía en nadie a la primera —rio Tristan, tratando de aliviar el ambiente—. Pero es una buena persona, te lo aseguro.
Lancelot no dijo nada. Se limitó a dar media vuelta y comenzar a caminar hacia el castillo, indicándoles que lo siguieran. Mientras caminaba, su mente trabajaba a toda velocidad. Sabía que la aparición de Seleneia no era una coincidencia. Britannia estaba cambiando, y la llegada de una entidad nacida de los restos de la Gran Guerra era una señal de que el pasado no estaba tan enterrado como todos deseaban.
"Algo que no debería existir ha despertado", pensó Lancelot, apretando los puños. "Y está conectada con la Reina de una manera que ni siquiera Tristan alcanza a comprender".
Al llegar a las puertas de la ciudad, Seleneia se detuvo un momento, contemplando las altas torres de Liones. El bullicio de la gente, las emociones cruzadas de miles de ciudadanos, comenzaron a bombardear sus sentidos. Sus ojos brillaron con una luz inestable y, por un segundo, las sombras bajo sus pies se alargaron de forma antinatural.
Lancelot se puso frente a ella de inmediato, bloqueando su visión de la multitud.
—Mantén la calma —ordenó él, su voz baja pero firme—. Concéntrate en mi voz. No dejes que el ruido exterior te domine.
Seleneia parpadeó y la luz de sus ojos se suavizó. Miró a Lancelot y, por primera vez, una pequeña y sutil sonrisa apareció en sus labios.
—Tu voz es... sólida —dijo ella—. Es más fácil escuchar una sola cosa que mil.
Lancelot se quedó en silencio, sorprendido por la observación. Sin decir más, continuó guiándolos hacia el palacio. El destino de Seleneia, y quizás el equilibrio de Liones, acababa de quedar entrelazado con los Caballeros del Apocalipsis.
En lo profundo del bosque, el lugar donde Seleneia había despertado permanecía en silencio, pero las flores que ella había tocado no se habían marchitado; habían crecido de forma desmedida, retorcidas y hermosas al mismo tiempo, como un recordatorio de que la divinidad, cuando carece de propósito, puede ser tan aterradora como la oscuridad más profunda.
