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Dos gatos y una panadera

Fandom: Miraculous Ladybug

Creado: 19/4/2026

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Bajo el Hechizo del Blanco y el Negro

La noche parisina se extendía como un manto de terciopelo salpicado de diamantes sobre la ciudad del amor. En lo alto de una panadería familiar, Marinette Dupain-Cheng respiraba el aire fresco, dejando que el aroma de las flores de su balcón inundara sus pulmones. A sus veintitantos años, Marinette desprendía una confianza serena y magnética. Llevaba el cabello azul oscuro más largo que en su adolescencia, cayendo en ondas suaves sobre su blazer gris. Su camiseta blanca, con esa rosa roja impecable en el centro, resaltaba su figura, mientras que su gorra blanca con puntos rosas le daba un toque chic y juvenil que nunca quería perder.

Marinette se apoyó en la barandilla, ajustando sus jeans rosas. Sus ojos recorrieron los tejados, esperando. No le gustaban los conflictos ni las batallas que solían asolar la ciudad; prefería la paz de esos momentos privados donde la moralidad se volvía borrosa y el deseo era la única ley.

—Te ves especialmente hermosa bajo la luna, Princesa —susurró una voz gélida pero cargada de adoración a sus espaldas.

Marinette sonrió sin girarse aún, reconociendo el frío reconfortante que siempre emanaba de él. Blanc, su gato de nieve, estaba allí. Su piel pálida y su traje blanco inmaculado brillaban como si estuviera hecho de luz de luna sólida. Sus orejas blancas se agitaron levemente entre su cabello albino.

—Llegas justo a tiempo, Blanc —respondió ella, girándose para verlo.

Antes de que Blanc pudiera acercarse más, una sombra negra aterrizó con agilidad felina sobre la barandilla opuesta. Cat Noir, con su traje de cuero negro azabache y sus ojos verdes eléctricos, le dedicó una sonrisa traviesa y sumisa. Su cascabel dorado tintineó suavemente contra su pecho.

—Espero no haber llegado tarde a la fiesta —dijo Cat Noir, saltando al suelo del balcón y acercándose a Marinette con la elegancia de un depredador que desea ser domesticado—. Sabes que no soporto estar lejos de ti, Princesa.

Marinette extendió ambas manos, una hacia el pecho blanco de Blanc y otra hacia el cuero negro de Cat Noir. La dualidad de sus amantes era su mayor adicción. Blanc, frío, dominante y apasionado; Cat Noir, juguetón, sumiso y ardiente. Ambos compartían su amor por ella sin un ápice de celos, formando un triángulo de devoción absoluta.

—Tengo algo para vosotros —dijo Marinette con una chispa de picardía en sus ojos azules—. Porque sé cuánto os gusta que os cuide.

Se acercó a una pequeña mesa y tomó dos envoltorios. Primero se dirigió a Blanc. Con dedos ágiles, le entregó un amuleto de la suerte tejido a mano, con hilos de plata y seda blanca.

—Para que siempre encuentres el camino de vuelta a mis brazos, mi Blanc —murmuró ella, rozando con sus labios la mejilla gélida del héroe blanco.

Blanc cerró los ojos, dejando escapar un suspiro de satisfacción. Tomó el amuleto y lo guardó con una reverencia, sus ojos fijos en Marinette con una intensidad que habría intimidado a cualquiera que no fuera ella.

—Lo atesoraré más que a mi propia vida —sentenció Blanc con su voz profunda.

Luego, Marinette se giró hacia Cat Noir, quien esperaba con la lengua casi fuera, moviendo su cola de cinturón con impaciencia. Ella le entregó una gorra negra, de un material técnico y elegante, perfectamente diseñada para su estilo.

—Y para mi gatito más travieso —dijo ella, colocándole la gorra con suavidad, asegurándose de que sus orejas quedaran cómodas—. Para que recuerdes quién manda cuando estamos a solas.

Cat Noir soltó un ronroneo vibrante que pareció sacudir el balcón. Se inclinó y besó la mano de Marinette, frotando su mejilla contra su palma.

—Soy tuyo, Princesa. Haz conmigo lo que desees —ronroneó el rubio.

Ambos dejaron sus regalos en un lugar seguro dentro de la habitación de Marinette antes de volver a salir al balcón, donde la atmósfera ya había cambiado. La temperatura parecía haber subido varios grados. Marinette los observó con una mirada cargada de intención, una mezcla de ternura y un hambre que ambos conocían bien.

—Entremos —ordenó Marinette con un tono dominante que hizo que Cat Noir se estremeciera de placer—. La noche es joven y tengo mucho amor que repartir.

Una vez dentro de la habitación, iluminada solo por velas aromáticas y la luz tenue de la ciudad, Marinette se sentó en el centro de su gran cama. Blanc se situó a su derecha, observándola como una estatua de mármol llena de deseo, mientras que Cat Noir se arrodilló a sus pies, buscando su contacto.

—Blanc —llamó ella, extendiendo una mano hacia el cuello del traje blanco.

Blanc se acercó, permitiendo que Marinette lo atrajera hacia un beso profundo y exigente. Sus labios eran fríos al principio, pero se calentaron rápidamente bajo la insistencia de Marinette. Blanc tomó el control por un momento, rodeando la cintura de Marinette con sus brazos fuertes, moviendo sus manos con una maestría que la hacía gemir. Sus caricias eran precisas, dominantes, buscando cada punto sensible de su piel a través de la ropa.

—Compláceme, Princesa —susurró Blanc contra su cuello, su aliento enviando escalofríos por su columna—. Sabes lo que quiero.

Marinette sonrió con malicia. Bajó su mano hacia la entrepierna del traje blanco, sintiendo la dureza que Blanc escondía. Con movimientos lentos y rítmicos, comenzó a masajearlo a través de la tela, observando cómo la expresión gélida de Blanc se desmoronaba en una máscara de placer puro. Él echó la cabeza hacia atrás, dejando que un gemido ronco escapara de su garganta mientras Marinette aumentaba la velocidad, usando su mano para llevarlo al límite.

Mientras tanto, Cat Noir observaba la escena con ojos dilatados, su respiración agitada. Marinette no se olvidó de él. Con su mano libre, acarició el cabello rubio del gato negro, tirando suavemente de él para que la mirara.

—¿Tienes envidia, gatito? —preguntó ella con voz seductora.

—Solo quiero servirte, Princesa —respondió Cat Noir en un susurro sumiso—. Por favor...

Marinette se separó un momento de Blanc, quien se quedó recuperando el aliento, y se deslizó hacia el borde de la cama para quedar frente a Cat Noir. El contraste entre el cuero negro y la piel cálida del rubio siempre la excitaba. Ella tomó el rostro de Cat Noir entre sus manos y lo besó con una pasión devoradora, una que él devolvió con total entrega.

—Demuéstrame cuánto me has echado de menos —dijo Marinette, señalando su propia figura.

Cat Noir no necesitó más instrucciones. Se dedicó a adorar su cuerpo con besos y caricias, moviéndose con la agilidad de un gato y la devoción de un siervo. Pero Marinette quería más. Se recostó, permitiendo que Cat Noir se posicionara entre sus piernas. Ella guio su cabeza hacia su centro, disfrutando de la sumisión total del héroe negro.

—Ahora es mi turno de darte un premio —dijo ella, bajando la cremallera del traje de Cat Noir.

Cuando el miembro de Cat Noir quedó expuesto, Marinette no dudó. Se inclinó hacia adelante y lo tomó en su boca, provocando que Cat Noir soltara un grito ahogado de puro éxtasis. Él se aferró a las sábanas, su cuerpo temblando mientras Marinette le daba placer con una habilidad que lo dejaba sin aliento. Cat Noir cerró los ojos, entregándose por completo a las sensaciones, amando cada segundo de su posición sumisa.

Blanc, ya recuperado, se acercó por detrás de Marinette, envolviéndola en un abrazo. Sus manos pálidas recorrieron su abdomen y sus pechos, creando un contraste de temperaturas que volvía loca a Marinette.

—Sois perfectos —jadeó Marinette entre besos y caricias—. Mis dos gatos... los únicos que pueden llenarme así.

La noche continuó en un intercambio fluido de amor y deseo. Blanc y Cat Noir se turnaban, sin conflictos, compartiendo el espacio y el cuerpo de Marinette con una armonía casi sobrenatural. No había celos, solo la búsqueda del placer mutuo y la adoración de la mujer que los unía.

Blanc dominaba con sus besos y su fuerza silenciosa, exigiendo que Marinette lo complaciera con sus manos y su boca, disfrutando de verla trabajar para él. Cat Noir, por el contrario, se deshacía bajo el toque dominante de Marinette, disfrutando de ser el objeto de su atención y de recibir placer de la forma más directa y carnal posible.

—Te amo, Princesa —dijo Cat Noir, con la voz quebrada por el orgasmo inminente.

—Y yo a ti, Blanc. Y a ti, Noir —respondió ella, uniendo a los tres en un abrazo sudoroso y apasionado.

En esa habitación, las etiquetas de héroes y villanos, de luz y oscuridad, desaparecían. Solo quedaban tres adultos entregados a un amor sin límites ni restricciones, protegidos por las sombras de París y el silencio de la noche. Marinette, en el centro de su mundo, sabía que no cambiaría esa vida por nada. Tenía el blanco, tenía el negro, y en medio, un universo de placer que solo ellos tres podían comprender.

Cuando finalmente el agotamiento y la satisfacción los vencieron, se quedaron entrelazados en la cama. Blanc a un lado, protector y firme; Cat Noir al otro, acurrucado y ronroneando contra su hombro. Marinette cerró los ojos, sintiendo el latido de los corazones de sus amantes contra su piel. París podía dormir tranquila; su guardiana estaba más que bien cuidada.
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