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Truth
Fandom: Victorius
Creado: 21/4/2026
Etiquetas
RomanceRecortes de VidaSongficHistoria DomésticaEstudio de PersonajeAmbientación CanonDramaPsicológicoCelosLenguaje ExplícitoDolor/ConsueloPhotoficNoir Gótico
El Café de la Discordia y el Brillo de los Ojos Pardos
El pasillo principal de Hollywood Arts bullía con la energía caótica de siempre. Entre un chico haciendo malabares con fuego y una chica practicando un monólogo dramático a gritos, Beck Oliver caminaba con esa parsimonia natural que lo caracterizaba. Su cabello, un poco más largo de lo habitual y perfectamente despeinado, caía sobre su frente dándole ese aire de "bad boy" que, sumado a su sonrisa empática, lo convertía en el centro de todas las miradas.
A su lado, aferrada a su brazo con una mezcla de posesión y estilo, caminaba Jade West. Su piel pálida contrastaba violentamente con su cabello negro azabache y su ropa oscura. Jade no caminaba, ella reclamaba el territorio. Sus ojos claros escaneaban la multitud con un desdén que solo desaparecía cuando miraba a Beck, aunque incluso entonces conservaba esa chispa sádica que la hacía tan peligrosa como atractiva.
—Este lugar cada día es más ruidoso —gruñó Jade, ajustando las tachuelas de su muñequera—. Siento que si alguien más me roza con su "aura artística", voy a tener que usar mis tijeras.
Beck soltó una risa suave, deteniéndose frente a los casilleros.
—Tranquila, Jade. Es lunes. Todos están tratando de demostrar que hicieron algo productivo el fin de semana —respondió él, apoyando la espalda contra el metal frío, observándola con una mirada coqueta que buscaba calmar su fiera interna.
—Yo hice algo productivo. Odié a mucha gente —replicó ella, acercándose a él lo suficiente como para que sus respiraciones se mezclaran.
Fue en ese preciso instante cuando el equilibrio de la pareja se vio alterado por una presencia nueva. A unos metros de distancia, junto a la oficina del orientador, se encontraba una chica que ninguno de los dos había visto antes.
Era baja, de una estatura que la obligaba a mirar un poco hacia arriba para leer los carteles de la pared. Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su figura, un poco más rellena y curvilínea que la del promedio de las estudiantes de danza, llenaba un vestido floral oscuro que acentuaba sus formas de manera encantadora. Parecía perdida, mordiéndose el labio inferior con una timidez que resultaba casi magnética.
—¿Quién es la nueva? —preguntó Beck, sin apartar la vista. No lo hizo con malicia, sino con esa curiosidad empática que siempre lo definía.
Jade entrecerró los ojos. Su instinto territorial se activó de inmediato, pero algo en la apariencia de la chica —una mezcla de inocencia y un brillo pícaro en los ojos— detuvo su lengua ácida.
—No lo sé. Parece una muñeca extraviada —comentó Jade, aunque su tono no era tan cortante como de costumbre. Había algo en la chica que le resultaba... interesante.
La joven, que se llamaba Adhara, levantó la vista de su horario y sus ojos pardos se encontraron con los de la pareja. Al notar que la observaban, sus mejillas se tiñeron de un rosa suave. Era introvertida, sí, pero bajo esa capa de timidez latía un espíritu que sabía jugar.
Adhara respiró hondo y, en lugar de huir, caminó hacia ellos con pasos cortos pero decididos.
—Hola —dijo Adhara, su voz era dulce, casi un arrullo, pero tenía un matiz aterciopelado que denotaba confianza—. Siento interrumpir su... lo que sea que estuvieran haciendo. Soy nueva y creo que mi casillero está detrás de ustedes.
Beck se separó del casillero con una elegancia felina, ofreciéndole una sonrisa que habría derretido a cualquiera.
—No interrumpes nada. Soy Beck. Y ella es Jade.
—Adhara —respondió ella, extendiendo una mano pequeña y suave.
Jade no tomó su mano. En su lugar, se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Adhara. La diferencia de altura era evidente, y Jade la usó a su favor para inspeccionarla de cerca.
—Adhara... como la estrella —murmuró Jade, su voz bajando una octava—. Tienes un nombre muy brillante para alguien que parece tan... calladita.
Adhara no retrocedió. Al contrario, sostuvo la mirada de Jade. Una chispa de coquetería cruzó sus ojos pardos mientras sonreía de lado, un gesto que contrastaba con su apariencia amorosa.
—A veces las cosas que más brillan son las que mejor saben esconderse en la oscuridad, ¿no crees? —respondió Adhara, bajando la voz para que solo ellos dos la escucharan.
El aire entre los tres pareció cargarse de una electricidad repentina. Beck sintió un cosquilleo en la nuca. La tensión sexual era tan tangible que casi podía cortarse con las famosas tijeras de Jade. No era solo atracción física; era una curiosidad intelectual y sensorial que los envolvía a los tres por igual.
—Vaya —dijo Beck, pasando una mano por su cabello, rompiendo el silencio pero no la tensión—. Creo que vas a encajar muy bien aquí, Adhara.
—¿Tú crees? —preguntó ella, mirando a Beck de arriba abajo con una apreciación descarada que hizo que el chico arqueara una ceja, divertido—. Me han dicho que Hollywood Arts es un lugar para gente... especial.
Jade, que usualmente habría saltado a la yugular de cualquier chica que mirara a su novio de esa forma, sintió una punzada de algo que no era celos. Era fascinación. Le gustaba la valentía de Adhara, y le gustaba aún más la forma en que sus ojos saltaban de Beck a ella, como si estuviera evaluando un banquete.
—Especial es una palabra amable —dijo Jade, estirando una mano para jugar con un mechón del cabello castaño de Adhara—. Aquí somos retorcidos. Y por lo que veo, tú podrías tener un lado oscuro bajo ese vestido de flores.
Adhara soltó una risita suave y se inclinó un poco hacia Jade, rozando sutilmente el brazo de la pelinegra.
—Tal vez me gusta que me descubran —susurró Adhara.
Beck dio un paso adelante, cerrando el círculo. Ahora los tres estaban tan cerca que el calor corporal era compartido.
—¿Qué te parece si te ayudamos a encontrar tu primera clase? —propuso Beck, su tono de voz volviéndose más profundo—. No queremos que una estrella se pierda en el primer piso.
—Me encantaría —asintió Adhara, mirando a Beck y luego a Jade con una intensidad que hizo que la pelinegra humedeciera sus labios inconscientemente.
Caminaron por el pasillo, con Adhara en medio de ambos. Beck, con su altura y su aire protector, y Jade, con su presencia imponente y territorial. Adhara, a pesar de ser la más pequeña y aparentemente la más vulnerable, parecía ser el eje sobre el cual la pareja comenzaba a orbitar de una manera nueva.
—¿Y qué haces, Adhara? —preguntó Jade mientras subían las escaleras hacia el aula de Sikowitz—. ¿Cantas? ¿Actúas? ¿O solo te dedicas a ser adorablemente irritante?
Adhara soltó una carcajada que sonó como música.
—Canto —respondió ella—. Pero mi verdadera pasión es la composición. Me gusta escribir sobre cosas que la gente tiene miedo de decir en voz alta.
—Interesante —comentó Beck, lanzándole una mirada de reojo—. A Jade le encantan las cosas que la gente teme.
—Y a Beck le encanta rescatar cosas —añadió Jade, mirando a Adhara con una sonrisa depredadora—. Pero no creo que tú necesites que te rescaten, ¿verdad?
Adhara se detuvo justo antes de entrar al salón y se giró hacia ellos. La timidez de hacía diez minutos había desaparecido, reemplazada por una seguridad coqueta que los dejó a ambos sin aliento por un segundo.
—Depende del día —dijo ella, acercándose a Beck para arreglarle el cuello de la camisa de manera innecesaria, dejando que sus dedos rozaran su piel—. Y depende de quién intente el rescate.
Luego, miró a Jade y le guiñó un ojo.
—A veces, prefiero que me atrapen.
Adhara entró al salón de clase con un movimiento de caderas que no pasó desapercibido para ninguno de los dos. Beck y Jade se quedaron un momento en la puerta, procesando la interacción.
—Es peligrosa —sentenció Jade, aunque sus ojos brillaban con una emoción que Beck conocía bien.
—Lo es —coincidió Beck, pasando un brazo por los hombros de su novia—. ¿Te gusta?
Jade se giró hacia él, atrapando su rostro entre sus manos pálidas.
—Me intriga. Y sabes que odio que me intriguen, Beck.
—Lo sé —dijo él, inclinándose para darle un beso rápido y cargado de intención—. Pero creo que este va a ser un semestre muy interesante para los tres.
Entraron al salón y se sentaron en sus lugares habituales. Adhara ya estaba sentada en una de las sillas de la primera fila, hablando con Andre, pero en cuanto los vio entrar, sus ojos se iluminaron. Les dedicó una sonrisa dulce, casi angelical, pero había algo en la forma en que se mordió el labio mientras miraba a Jade que decía todo lo contrario.
Sikowitz entró por la ventana, como de costumbre, bebiendo de un coco verde, pero incluso su entrada estrambótica no pudo romper la burbuja de tensión que se había formado entre los tres jóvenes.
—¡Muy bien, clase! —exclamó el profesor, saltando al suelo—. Hoy tenemos una nueva alma que se une a nuestro manicomio artístico. ¡Adhara! Ponte de pie.
Ella obedeció, sintiendo las miradas de todos los estudiantes sobre ella. Pero solo le importaban dos pares de ojos: los oscuros y tranquilos de Beck, y los azules y gélidos de Jade.
—Cuéntanos algo de ti que no sepamos —pidió Sikowitz.
Adhara miró a la pareja en el fondo del salón.
—Me gusta el caos —dijo ella con voz clara—. Y creo que he venido al lugar perfecto para encontrarlo.
Jade soltó una risa seca y Beck sonrió, apoyando la barbilla en su mano. Durante toda la clase, la atención no estuvo en las lecciones de actuación improvisada, sino en los juegos de miradas. Adhara lanzaba anzuelos constantes; una mirada prolongada a Beck cuando él se reía de un chiste, un roce "accidental" con el pie de Jade cuando pasaron por el pasillo estrecho entre los asientos.
Al terminar la sesión, el ambiente estaba cargado. Cuando sonó la campana, Adhara no se apresuró a salir. Esperó a que Beck y Jade guardaran sus cosas.
—¿Tienen planes para el almuerzo? —preguntó ella, acercándose con esa mezcla de introversión y coquetería que los estaba volviendo locos.
—Íbamos a ir al Asphalt Café —dijo Beck, levantándose y quedando peligrosamente cerca de ella—. ¿Quieres venir?
—No aceptamos a cualquiera en nuestra mesa —advirtió Jade, aunque su tono era más un desafío que una prohibición—. Tienes que ser entretenida.
Adhara se acercó a Jade, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. La diferencia de volumen entre ambas era evidente, y Adhara pareció usar su suavidad para contrastar con la dureza de Jade.
—Soy muy entretenida, Jade —susurró Adhara—. Y apuesto a que tú eres mucho más divertida de lo que aparentas cuando no hay nadie mirando.
Jade sintió un escalofrío recorrer su columna. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a desafiarla con tanta dulzura.
—Pruébalo —desafió Jade.
—Lo haré —respondió Adhara, mirando luego a Beck—. A los dos.
Caminaron hacia la cafetería bajo el sol de California. Beck caminaba a la derecha de Adhara y Jade a su izquierda. Para cualquier observador externo, parecían dos protectores escoltando a una princesa, pero para ellos, el juego era mucho más complejo.
Se sentaron en una mesa apartada. El aire vibraba con palabras no dichas y deseos que apenas comenzaban a florecer. Adhara jugaba con su ensalada, consciente de que los ojos de Beck seguían cada uno de sus movimientos, y que Jade no dejaba de observar sus labios.
—Entonces, Adhara —comenzó Beck, rompiendo el silencio con su voz aterciopelada—, ¿qué es lo que realmente buscas en Hollywood Arts?
Adhara dejó el tenedor y se reclinó en su silla, observándolos a ambos. Su timidez parecía haber quedado en el casillero, dejando paso a una mujer que sabía exactamente lo que quería.
—Busco inspiración —dijo ella—. Busco personas que me hagan sentir algo tan fuerte que me obliguen a escribir canciones hasta las tres de la mañana. Personas que no tengan miedo de los bordes afilados.
—Has venido al lugar correcto —dijo Jade, inclinándose sobre la mesa, su mirada fija en la de Adhara—. Nosotros somos puro borde afilado.
—Lo he notado —respondió Adhara, extendiendo sus manos sobre la mesa.
Beck puso su mano sobre la de Adhara, y un segundo después, Jade puso la suya sobre la de Beck, completando el círculo físico. El contacto envió una descarga eléctrica a través de los tres. No era solo un coqueteo pasajero; era el inicio de algo que amenazaba con consumir la dinámica habitual de la pareja.
—Me gusta el peligro —confesó Adhara en un susurro, mirando la unión de sus manos—. Y creo que ustedes dos son el tipo de peligro más adictivo que he encontrado.
Beck sonrió, esa sonrisa de "bad boy" que ocultaba un corazón empático, mientras que Jade mantenía su expresión ruda, aunque sus pupilas estaban dilatadas por la emoción.
—Bueno, Adhara —dijo Beck—, el peligro acaba de empezar.
—Y no aceptamos devoluciones —añadió Jade con una sonrisa sádica pero extrañamente acogedora.
Adhara se rió, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo exactamente donde pertenecía. Entre la oscuridad de Jade y la luz de Beck, ella había encontrado el equilibrio perfecto para su propio brillo. El almuerzo continuó, pero para los tres, el mundo exterior había dejado de existir. Solo importaba la tensión, el deseo y la promesa de lo que vendría después en los pasillos de Hollywood Arts.
A su lado, aferrada a su brazo con una mezcla de posesión y estilo, caminaba Jade West. Su piel pálida contrastaba violentamente con su cabello negro azabache y su ropa oscura. Jade no caminaba, ella reclamaba el territorio. Sus ojos claros escaneaban la multitud con un desdén que solo desaparecía cuando miraba a Beck, aunque incluso entonces conservaba esa chispa sádica que la hacía tan peligrosa como atractiva.
—Este lugar cada día es más ruidoso —gruñó Jade, ajustando las tachuelas de su muñequera—. Siento que si alguien más me roza con su "aura artística", voy a tener que usar mis tijeras.
Beck soltó una risa suave, deteniéndose frente a los casilleros.
—Tranquila, Jade. Es lunes. Todos están tratando de demostrar que hicieron algo productivo el fin de semana —respondió él, apoyando la espalda contra el metal frío, observándola con una mirada coqueta que buscaba calmar su fiera interna.
—Yo hice algo productivo. Odié a mucha gente —replicó ella, acercándose a él lo suficiente como para que sus respiraciones se mezclaran.
Fue en ese preciso instante cuando el equilibrio de la pareja se vio alterado por una presencia nueva. A unos metros de distancia, junto a la oficina del orientador, se encontraba una chica que ninguno de los dos había visto antes.
Era baja, de una estatura que la obligaba a mirar un poco hacia arriba para leer los carteles de la pared. Su cabello castaño caía en ondas suaves sobre sus hombros, y su figura, un poco más rellena y curvilínea que la del promedio de las estudiantes de danza, llenaba un vestido floral oscuro que acentuaba sus formas de manera encantadora. Parecía perdida, mordiéndose el labio inferior con una timidez que resultaba casi magnética.
—¿Quién es la nueva? —preguntó Beck, sin apartar la vista. No lo hizo con malicia, sino con esa curiosidad empática que siempre lo definía.
Jade entrecerró los ojos. Su instinto territorial se activó de inmediato, pero algo en la apariencia de la chica —una mezcla de inocencia y un brillo pícaro en los ojos— detuvo su lengua ácida.
—No lo sé. Parece una muñeca extraviada —comentó Jade, aunque su tono no era tan cortante como de costumbre. Había algo en la chica que le resultaba... interesante.
La joven, que se llamaba Adhara, levantó la vista de su horario y sus ojos pardos se encontraron con los de la pareja. Al notar que la observaban, sus mejillas se tiñeron de un rosa suave. Era introvertida, sí, pero bajo esa capa de timidez latía un espíritu que sabía jugar.
Adhara respiró hondo y, en lugar de huir, caminó hacia ellos con pasos cortos pero decididos.
—Hola —dijo Adhara, su voz era dulce, casi un arrullo, pero tenía un matiz aterciopelado que denotaba confianza—. Siento interrumpir su... lo que sea que estuvieran haciendo. Soy nueva y creo que mi casillero está detrás de ustedes.
Beck se separó del casillero con una elegancia felina, ofreciéndole una sonrisa que habría derretido a cualquiera.
—No interrumpes nada. Soy Beck. Y ella es Jade.
—Adhara —respondió ella, extendiendo una mano pequeña y suave.
Jade no tomó su mano. En su lugar, se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal de Adhara. La diferencia de altura era evidente, y Jade la usó a su favor para inspeccionarla de cerca.
—Adhara... como la estrella —murmuró Jade, su voz bajando una octava—. Tienes un nombre muy brillante para alguien que parece tan... calladita.
Adhara no retrocedió. Al contrario, sostuvo la mirada de Jade. Una chispa de coquetería cruzó sus ojos pardos mientras sonreía de lado, un gesto que contrastaba con su apariencia amorosa.
—A veces las cosas que más brillan son las que mejor saben esconderse en la oscuridad, ¿no crees? —respondió Adhara, bajando la voz para que solo ellos dos la escucharan.
El aire entre los tres pareció cargarse de una electricidad repentina. Beck sintió un cosquilleo en la nuca. La tensión sexual era tan tangible que casi podía cortarse con las famosas tijeras de Jade. No era solo atracción física; era una curiosidad intelectual y sensorial que los envolvía a los tres por igual.
—Vaya —dijo Beck, pasando una mano por su cabello, rompiendo el silencio pero no la tensión—. Creo que vas a encajar muy bien aquí, Adhara.
—¿Tú crees? —preguntó ella, mirando a Beck de arriba abajo con una apreciación descarada que hizo que el chico arqueara una ceja, divertido—. Me han dicho que Hollywood Arts es un lugar para gente... especial.
Jade, que usualmente habría saltado a la yugular de cualquier chica que mirara a su novio de esa forma, sintió una punzada de algo que no era celos. Era fascinación. Le gustaba la valentía de Adhara, y le gustaba aún más la forma en que sus ojos saltaban de Beck a ella, como si estuviera evaluando un banquete.
—Especial es una palabra amable —dijo Jade, estirando una mano para jugar con un mechón del cabello castaño de Adhara—. Aquí somos retorcidos. Y por lo que veo, tú podrías tener un lado oscuro bajo ese vestido de flores.
Adhara soltó una risita suave y se inclinó un poco hacia Jade, rozando sutilmente el brazo de la pelinegra.
—Tal vez me gusta que me descubran —susurró Adhara.
Beck dio un paso adelante, cerrando el círculo. Ahora los tres estaban tan cerca que el calor corporal era compartido.
—¿Qué te parece si te ayudamos a encontrar tu primera clase? —propuso Beck, su tono de voz volviéndose más profundo—. No queremos que una estrella se pierda en el primer piso.
—Me encantaría —asintió Adhara, mirando a Beck y luego a Jade con una intensidad que hizo que la pelinegra humedeciera sus labios inconscientemente.
Caminaron por el pasillo, con Adhara en medio de ambos. Beck, con su altura y su aire protector, y Jade, con su presencia imponente y territorial. Adhara, a pesar de ser la más pequeña y aparentemente la más vulnerable, parecía ser el eje sobre el cual la pareja comenzaba a orbitar de una manera nueva.
—¿Y qué haces, Adhara? —preguntó Jade mientras subían las escaleras hacia el aula de Sikowitz—. ¿Cantas? ¿Actúas? ¿O solo te dedicas a ser adorablemente irritante?
Adhara soltó una carcajada que sonó como música.
—Canto —respondió ella—. Pero mi verdadera pasión es la composición. Me gusta escribir sobre cosas que la gente tiene miedo de decir en voz alta.
—Interesante —comentó Beck, lanzándole una mirada de reojo—. A Jade le encantan las cosas que la gente teme.
—Y a Beck le encanta rescatar cosas —añadió Jade, mirando a Adhara con una sonrisa depredadora—. Pero no creo que tú necesites que te rescaten, ¿verdad?
Adhara se detuvo justo antes de entrar al salón y se giró hacia ellos. La timidez de hacía diez minutos había desaparecido, reemplazada por una seguridad coqueta que los dejó a ambos sin aliento por un segundo.
—Depende del día —dijo ella, acercándose a Beck para arreglarle el cuello de la camisa de manera innecesaria, dejando que sus dedos rozaran su piel—. Y depende de quién intente el rescate.
Luego, miró a Jade y le guiñó un ojo.
—A veces, prefiero que me atrapen.
Adhara entró al salón de clase con un movimiento de caderas que no pasó desapercibido para ninguno de los dos. Beck y Jade se quedaron un momento en la puerta, procesando la interacción.
—Es peligrosa —sentenció Jade, aunque sus ojos brillaban con una emoción que Beck conocía bien.
—Lo es —coincidió Beck, pasando un brazo por los hombros de su novia—. ¿Te gusta?
Jade se giró hacia él, atrapando su rostro entre sus manos pálidas.
—Me intriga. Y sabes que odio que me intriguen, Beck.
—Lo sé —dijo él, inclinándose para darle un beso rápido y cargado de intención—. Pero creo que este va a ser un semestre muy interesante para los tres.
Entraron al salón y se sentaron en sus lugares habituales. Adhara ya estaba sentada en una de las sillas de la primera fila, hablando con Andre, pero en cuanto los vio entrar, sus ojos se iluminaron. Les dedicó una sonrisa dulce, casi angelical, pero había algo en la forma en que se mordió el labio mientras miraba a Jade que decía todo lo contrario.
Sikowitz entró por la ventana, como de costumbre, bebiendo de un coco verde, pero incluso su entrada estrambótica no pudo romper la burbuja de tensión que se había formado entre los tres jóvenes.
—¡Muy bien, clase! —exclamó el profesor, saltando al suelo—. Hoy tenemos una nueva alma que se une a nuestro manicomio artístico. ¡Adhara! Ponte de pie.
Ella obedeció, sintiendo las miradas de todos los estudiantes sobre ella. Pero solo le importaban dos pares de ojos: los oscuros y tranquilos de Beck, y los azules y gélidos de Jade.
—Cuéntanos algo de ti que no sepamos —pidió Sikowitz.
Adhara miró a la pareja en el fondo del salón.
—Me gusta el caos —dijo ella con voz clara—. Y creo que he venido al lugar perfecto para encontrarlo.
Jade soltó una risa seca y Beck sonrió, apoyando la barbilla en su mano. Durante toda la clase, la atención no estuvo en las lecciones de actuación improvisada, sino en los juegos de miradas. Adhara lanzaba anzuelos constantes; una mirada prolongada a Beck cuando él se reía de un chiste, un roce "accidental" con el pie de Jade cuando pasaron por el pasillo estrecho entre los asientos.
Al terminar la sesión, el ambiente estaba cargado. Cuando sonó la campana, Adhara no se apresuró a salir. Esperó a que Beck y Jade guardaran sus cosas.
—¿Tienen planes para el almuerzo? —preguntó ella, acercándose con esa mezcla de introversión y coquetería que los estaba volviendo locos.
—Íbamos a ir al Asphalt Café —dijo Beck, levantándose y quedando peligrosamente cerca de ella—. ¿Quieres venir?
—No aceptamos a cualquiera en nuestra mesa —advirtió Jade, aunque su tono era más un desafío que una prohibición—. Tienes que ser entretenida.
Adhara se acercó a Jade, acortando la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. La diferencia de volumen entre ambas era evidente, y Adhara pareció usar su suavidad para contrastar con la dureza de Jade.
—Soy muy entretenida, Jade —susurró Adhara—. Y apuesto a que tú eres mucho más divertida de lo que aparentas cuando no hay nadie mirando.
Jade sintió un escalofrío recorrer su columna. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a desafiarla con tanta dulzura.
—Pruébalo —desafió Jade.
—Lo haré —respondió Adhara, mirando luego a Beck—. A los dos.
Caminaron hacia la cafetería bajo el sol de California. Beck caminaba a la derecha de Adhara y Jade a su izquierda. Para cualquier observador externo, parecían dos protectores escoltando a una princesa, pero para ellos, el juego era mucho más complejo.
Se sentaron en una mesa apartada. El aire vibraba con palabras no dichas y deseos que apenas comenzaban a florecer. Adhara jugaba con su ensalada, consciente de que los ojos de Beck seguían cada uno de sus movimientos, y que Jade no dejaba de observar sus labios.
—Entonces, Adhara —comenzó Beck, rompiendo el silencio con su voz aterciopelada—, ¿qué es lo que realmente buscas en Hollywood Arts?
Adhara dejó el tenedor y se reclinó en su silla, observándolos a ambos. Su timidez parecía haber quedado en el casillero, dejando paso a una mujer que sabía exactamente lo que quería.
—Busco inspiración —dijo ella—. Busco personas que me hagan sentir algo tan fuerte que me obliguen a escribir canciones hasta las tres de la mañana. Personas que no tengan miedo de los bordes afilados.
—Has venido al lugar correcto —dijo Jade, inclinándose sobre la mesa, su mirada fija en la de Adhara—. Nosotros somos puro borde afilado.
—Lo he notado —respondió Adhara, extendiendo sus manos sobre la mesa.
Beck puso su mano sobre la de Adhara, y un segundo después, Jade puso la suya sobre la de Beck, completando el círculo físico. El contacto envió una descarga eléctrica a través de los tres. No era solo un coqueteo pasajero; era el inicio de algo que amenazaba con consumir la dinámica habitual de la pareja.
—Me gusta el peligro —confesó Adhara en un susurro, mirando la unión de sus manos—. Y creo que ustedes dos son el tipo de peligro más adictivo que he encontrado.
Beck sonrió, esa sonrisa de "bad boy" que ocultaba un corazón empático, mientras que Jade mantenía su expresión ruda, aunque sus pupilas estaban dilatadas por la emoción.
—Bueno, Adhara —dijo Beck—, el peligro acaba de empezar.
—Y no aceptamos devoluciones —añadió Jade con una sonrisa sádica pero extrañamente acogedora.
Adhara se rió, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo exactamente donde pertenecía. Entre la oscuridad de Jade y la luz de Beck, ella había encontrado el equilibrio perfecto para su propio brillo. El almuerzo continuó, pero para los tres, el mundo exterior había dejado de existir. Solo importaba la tensión, el deseo y la promesa de lo que vendría después en los pasillos de Hollywood Arts.
