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Y/N x Zoro Fem Reader
Fandom: one piece
Creado: 21/4/2026
Etiquetas
RomanceAmbientación CanonCelosDramaEstudio de PersonajeAventuraLenguaje ExplícitoAngustiaDolor/ConsueloAcción
Entre Acero y Sake: El Secreto de la Heredera del Rey
El sol caía sobre la cubierta del Thousand Sunny, tiñendo la madera de un naranja intenso que recordaba al fuego de una ejecución hace dos décadas. (Nombre), sentada sobre la barandilla con una botella de sake de alta calidad en la mano, observaba el horizonte con una expresión indescifrable. Su figura, tonificada por años de entrenamiento y batallas, resaltaba bajo el sol; su cintura marcada y sus curvas atléticas no pasaban desapercibidas para nadie, aunque pocos se atrevían a mirar demasiado tiempo.
Especialmente cuando Roronoa Zoro estaba cerca.
Zoro, que se encontraba levantando pesas descomunales a unos metros de ella, no le quitaba la vista de encima. O más bien, vigilaba quién más la miraba. La tensión entre ambos era un cable de acero a punto de romperse. Desde que ella se había unido a la tripulación tras la caída de Dressrosa, la rivalidad por ver quién era el mejor espadachín —o en su caso, la mejor usuaria del estilo de dos katanas— se había convertido en un juego peligroso de miradas y roces.
—Ese sake huele a que cuesta más que tu recompensa —gruñó Zoro, dejando caer las pesas con un estruendo que hizo vibrar el suelo—. ¿De dónde lo has sacado?
(Nombre) soltó una risa melodiosa pero cargada de ironía. Se giró, dejando que el viento meciera su cabello, y le tendió la botella.
—Es una reserva especial de la familia Donquixote —respondió ella, y su voz se volvió un poco más suave al mencionar ese nombre—. Doflamingo me lo enviaba cada año. Supongo que este será el último.
Zoro frunció el ceño y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. La mención del Shichibukai caído siempre le causaba una punzada de molestia. No era secreto que (Nombre) tenía un pasado oscuro. Criada bajo el ala protectora de Doflamingo, ella había sido la única persona a la que el "Demonio Celestial" amó de forma pura, tratándola como a una hermana menor a la que protegía de la podredumbre del mundo, incluso siendo él la fuente de gran parte de ella.
—Sigo sin entender cómo alguien como tú, con esa sangre, terminó siendo protegida por ese psicópata —dijo Zoro, tomando un trago largo de la botella y limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Doffy no era un santo, Zoro. Lo sé mejor que nadie —ella saltó de la barandilla, quedando a escasos centímetros de su pecho—. Pero él me dio un hogar cuando el Gobierno Mundial quería mi cabeza por el simple hecho de existir. Ser la hija de Gol D. Roger no es precisamente un regalo de cumpleaños.
Zoro se tensó. Aún le costaba procesar que la mujer frente a él no solo era la hermana de sangre de Ace, sino también la hermana mayor que Luffy nunca supo que tenía hasta que Garp los presentó en secreto hace años. Garp, a pesar de ser un Marine, siempre la había mimado más que a los chicos, ayudándola a entrenar y permitiéndole seguir su sueño de piratería, sabiendo que el destino de Roger corría por sus venas.
—Eres una molestia —murmuró Zoro, aunque sus ojos bajaron inevitablemente hacia sus labios—. Una molestia muy hermosa.
(Nombre) sonrió con suficiencia y colocó sus manos sobre los hombros de Zoro, subiendo por su cuello hasta acariciar la cicatriz de su ojo.
—¿Te pongo nervioso, Roronoa? ¿O es que te molesta que una mujer maneje las espadas mejor que tú?
—En tus sueños, princesa —respondió él, agarrándola de la cintura con una posesividad que la dejó sin aliento.
La calidez de sus manos sobre su piel tonificada encendió una chispa que llevaba semanas gestándose. Zoro la atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio. El olor a acero, sake y mar los envolvía.
—No me llames así —susurró ella, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras al arquearse hacia él.
—Te llamaré como quiera. Eres mía, (Nombre). No de Doflamingo, no del legado de tu padre. Mía.
El beso fue explosivo. No hubo ternura inicial, solo una lucha de poder, una competencia por ver quién dominaba al otro. Las lenguas se entrelazaron con la misma ferocidad con la que sus espadas chocaban en los entrenamientos diarios. Zoro la levantó con facilidad, y ella rodeó su cintura con sus piernas, sintiendo la dureza de sus músculos contra los suyos.
Se separaron jadeando, con los ojos brillando de deseo y una pizca de esa rivalidad que tanto los caracterizaba.
—Al nido de cuervo —ordenó Zoro con voz ronca—. Ahora.
Subieron con una urgencia casi desesperada. Una vez arriba, en la privacidad de la cabina de vigilancia, el ambiente cambió. La luz de la luna empezaba a filtrarse por las ventanas, bañando el cuerpo de (Nombre) en un resplandor plateado. Zoro la observó con una mezcla de adoración y lujuria. A pesar de su rudeza, siempre terminaba dándole un trato de princesa que ella fingía despreciar, pero que secretamente amaba.
—Quítate las espadas —dijo él, su voz era ahora un murmullo bajo—. Quiero verte a ti, no a la guerrera.
Ella obedeció, dejando sus dos katanas en el suelo con un sonido metálico. Zoro hizo lo mismo con su Wadō Ichimonji y las otras dos. Se acercó a ella y empezó a desatar el nudo de su ropa con una lentitud tortuosa, sus dedos rozando deliberadamente su piel.
—Tienes un cuerpo increíble —susurró él, recorriendo con sus manos la curva de su espalda y deteniéndose en su cintura—. A veces olvido que eres real.
—Soy muy real, Zoro —ella echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó a besar su cuello—. Y soy más fuerte de lo que parezco.
—Lo sé. Por eso me vuelves loco.
Zoro la empujó suavemente contra las colchonetas de entrenamiento. Sus manos, callosas por el manejo de la espada, eran sorprendentemente gentiles mientras exploraban cada rincón de su anatomía. (Nombre) gimió su nombre cuando él bajó hacia sus pechos, tratándola con una mezcla de devoción y hambre voraz.
—Dime que me quieres más que a ese rubio de Dressrosa —gruñó Zoro entre besos, el rastro de celos aún presente en su tono.
(Nombre) soltó una carcajada ahogada, enredando sus dedos en el pelo verde de él.
—Doffy es pasado, Zoro. Él me protegió del mundo, pero tú... tú eres el único que me hace querer quedarme en él.
Esas palabras fueron el detonante. Zoro la poseyó con una intensidad que la dejó sin aliento, una danza de cuerpos tonificados y sudorosos que buscaban el clímax con la misma determinación con la que buscaban el One Piece. En ese momento, no había títulos, ni linajes prohibidos, ni pasados oscuros. Solo estaban ellos dos, dos espadachines unidos por algo mucho más fuerte que el acero.
Horas más tarde, (Nombre) descansaba su cabeza en el pecho de Zoro, mientras él le acariciaba el cabello con una ternura que solo ella conocía.
—Luffy te matará si se entera —comentó ella con una sonrisa pícara.
—Que lo intente —respondió Zoro, cerrando los ojos y abrazándola con más fuerza—. No voy a dejar que nadie te aparte de mi lado. Ni tu hermano, ni el fantasma de tu padre, ni nadie.
—Vaya —susurró ella, acomodándose mejor—. El gran cazador de piratas resultó ser un romántico posesivo.
—Cállate y duerme, princesa. Mañana tenemos entrenamiento al amanecer. Y no pienso tener piedad contigo solo porque ahora seamos... esto.
—No esperaba menos, Roronoa.
El Sunny seguía navegando bajo las estrellas, llevando consigo los secretos de una heredera al trono pirata y el guerrero que había jurado que, por una vez, ella no tendría que luchar sola. El sake seguía en la botella, olvidado, porque ya no necesitaban nada para embriagarse más que el contacto del otro.
Especialmente cuando Roronoa Zoro estaba cerca.
Zoro, que se encontraba levantando pesas descomunales a unos metros de ella, no le quitaba la vista de encima. O más bien, vigilaba quién más la miraba. La tensión entre ambos era un cable de acero a punto de romperse. Desde que ella se había unido a la tripulación tras la caída de Dressrosa, la rivalidad por ver quién era el mejor espadachín —o en su caso, la mejor usuaria del estilo de dos katanas— se había convertido en un juego peligroso de miradas y roces.
—Ese sake huele a que cuesta más que tu recompensa —gruñó Zoro, dejando caer las pesas con un estruendo que hizo vibrar el suelo—. ¿De dónde lo has sacado?
(Nombre) soltó una risa melodiosa pero cargada de ironía. Se giró, dejando que el viento meciera su cabello, y le tendió la botella.
—Es una reserva especial de la familia Donquixote —respondió ella, y su voz se volvió un poco más suave al mencionar ese nombre—. Doflamingo me lo enviaba cada año. Supongo que este será el último.
Zoro frunció el ceño y se acercó a ella, invadiendo su espacio personal. La mención del Shichibukai caído siempre le causaba una punzada de molestia. No era secreto que (Nombre) tenía un pasado oscuro. Criada bajo el ala protectora de Doflamingo, ella había sido la única persona a la que el "Demonio Celestial" amó de forma pura, tratándola como a una hermana menor a la que protegía de la podredumbre del mundo, incluso siendo él la fuente de gran parte de ella.
—Sigo sin entender cómo alguien como tú, con esa sangre, terminó siendo protegida por ese psicópata —dijo Zoro, tomando un trago largo de la botella y limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Doffy no era un santo, Zoro. Lo sé mejor que nadie —ella saltó de la barandilla, quedando a escasos centímetros de su pecho—. Pero él me dio un hogar cuando el Gobierno Mundial quería mi cabeza por el simple hecho de existir. Ser la hija de Gol D. Roger no es precisamente un regalo de cumpleaños.
Zoro se tensó. Aún le costaba procesar que la mujer frente a él no solo era la hermana de sangre de Ace, sino también la hermana mayor que Luffy nunca supo que tenía hasta que Garp los presentó en secreto hace años. Garp, a pesar de ser un Marine, siempre la había mimado más que a los chicos, ayudándola a entrenar y permitiéndole seguir su sueño de piratería, sabiendo que el destino de Roger corría por sus venas.
—Eres una molestia —murmuró Zoro, aunque sus ojos bajaron inevitablemente hacia sus labios—. Una molestia muy hermosa.
(Nombre) sonrió con suficiencia y colocó sus manos sobre los hombros de Zoro, subiendo por su cuello hasta acariciar la cicatriz de su ojo.
—¿Te pongo nervioso, Roronoa? ¿O es que te molesta que una mujer maneje las espadas mejor que tú?
—En tus sueños, princesa —respondió él, agarrándola de la cintura con una posesividad que la dejó sin aliento.
La calidez de sus manos sobre su piel tonificada encendió una chispa que llevaba semanas gestándose. Zoro la atrajo hacia sí, eliminando cualquier espacio. El olor a acero, sake y mar los envolvía.
—No me llames así —susurró ella, aunque su cuerpo traicionaba sus palabras al arquearse hacia él.
—Te llamaré como quiera. Eres mía, (Nombre). No de Doflamingo, no del legado de tu padre. Mía.
El beso fue explosivo. No hubo ternura inicial, solo una lucha de poder, una competencia por ver quién dominaba al otro. Las lenguas se entrelazaron con la misma ferocidad con la que sus espadas chocaban en los entrenamientos diarios. Zoro la levantó con facilidad, y ella rodeó su cintura con sus piernas, sintiendo la dureza de sus músculos contra los suyos.
Se separaron jadeando, con los ojos brillando de deseo y una pizca de esa rivalidad que tanto los caracterizaba.
—Al nido de cuervo —ordenó Zoro con voz ronca—. Ahora.
Subieron con una urgencia casi desesperada. Una vez arriba, en la privacidad de la cabina de vigilancia, el ambiente cambió. La luz de la luna empezaba a filtrarse por las ventanas, bañando el cuerpo de (Nombre) en un resplandor plateado. Zoro la observó con una mezcla de adoración y lujuria. A pesar de su rudeza, siempre terminaba dándole un trato de princesa que ella fingía despreciar, pero que secretamente amaba.
—Quítate las espadas —dijo él, su voz era ahora un murmullo bajo—. Quiero verte a ti, no a la guerrera.
Ella obedeció, dejando sus dos katanas en el suelo con un sonido metálico. Zoro hizo lo mismo con su Wadō Ichimonji y las otras dos. Se acercó a ella y empezó a desatar el nudo de su ropa con una lentitud tortuosa, sus dedos rozando deliberadamente su piel.
—Tienes un cuerpo increíble —susurró él, recorriendo con sus manos la curva de su espalda y deteniéndose en su cintura—. A veces olvido que eres real.
—Soy muy real, Zoro —ella echó la cabeza hacia atrás cuando él empezó a besar su cuello—. Y soy más fuerte de lo que parezco.
—Lo sé. Por eso me vuelves loco.
Zoro la empujó suavemente contra las colchonetas de entrenamiento. Sus manos, callosas por el manejo de la espada, eran sorprendentemente gentiles mientras exploraban cada rincón de su anatomía. (Nombre) gimió su nombre cuando él bajó hacia sus pechos, tratándola con una mezcla de devoción y hambre voraz.
—Dime que me quieres más que a ese rubio de Dressrosa —gruñó Zoro entre besos, el rastro de celos aún presente en su tono.
(Nombre) soltó una carcajada ahogada, enredando sus dedos en el pelo verde de él.
—Doffy es pasado, Zoro. Él me protegió del mundo, pero tú... tú eres el único que me hace querer quedarme en él.
Esas palabras fueron el detonante. Zoro la poseyó con una intensidad que la dejó sin aliento, una danza de cuerpos tonificados y sudorosos que buscaban el clímax con la misma determinación con la que buscaban el One Piece. En ese momento, no había títulos, ni linajes prohibidos, ni pasados oscuros. Solo estaban ellos dos, dos espadachines unidos por algo mucho más fuerte que el acero.
Horas más tarde, (Nombre) descansaba su cabeza en el pecho de Zoro, mientras él le acariciaba el cabello con una ternura que solo ella conocía.
—Luffy te matará si se entera —comentó ella con una sonrisa pícara.
—Que lo intente —respondió Zoro, cerrando los ojos y abrazándola con más fuerza—. No voy a dejar que nadie te aparte de mi lado. Ni tu hermano, ni el fantasma de tu padre, ni nadie.
—Vaya —susurró ella, acomodándose mejor—. El gran cazador de piratas resultó ser un romántico posesivo.
—Cállate y duerme, princesa. Mañana tenemos entrenamiento al amanecer. Y no pienso tener piedad contigo solo porque ahora seamos... esto.
—No esperaba menos, Roronoa.
El Sunny seguía navegando bajo las estrellas, llevando consigo los secretos de una heredera al trono pirata y el guerrero que había jurado que, por una vez, ella no tendría que luchar sola. El sake seguía en la botella, olvidado, porque ya no necesitaban nada para embriagarse más que el contacto del otro.
