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Reencarnado en aha
Fandom: Genshin impact honkai Star rail
Creado: 21/4/2026
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Isekai / Fantasía PortalCrossoverArregloHumorCrack / Humor ParódicoAventuraFantasíaÓpera EspacialSátira
Máscaras, Risas y el Arte de Reescribir el Destino
La muerte, según los filósofos, debería ser un evento solemne. Para Damián, fue más bien un mal chiste de oficina. Un segundo estaba cruzando la calle pensando en el banner de Furina que saldría pronto, y al siguiente, el vacío. Pero el vacío no duró mucho. No hubo túneles de luz ni juicios celestiales. Solo hubo una risa. Una risa que resonaba desde todas las direcciones, una cacofonía de miles de máscaras burlonas que vibraban en el tejido mismo de la existencia.
Cuando abrió los ojos, o lo que sea que tuviera ahora, ya no era Damián.
No había carne, no había huesos. Era una amalgama de conceptos, una explosión de júbilo desenfrenado, una fuerza cósmica que hacía que las estrellas bailaran al ritmo de un vals desquiciado. Era Aha, el Elation, el Eón de la Euforia.
—Vaya... —Su propia voz retumbó en el espacio imaginario, sonando como mil instrumentos desafinados tocando una melodía perfecta—. Esto es mucho mejor que un aumento de sueldo.
Damián, ahora Aha, sintió el flujo de la Memoria y el Destino. Podía ver el Árbol Imaginario, sus ramas extendiéndose hacia infinitas posibilidades. Como fan de los juegos de Hoyoverse, reconoció los patrones de inmediato. Vio a Nanook planeando la destrucción, a Lan persiguiendo a la Abundancia, y a IX... bueno, IX simplemente existiendo en su nihilismo absoluto.
Pero lo más importante: vio las tragedias. Vio a una niña de pelo azul llorando en un trono durante quinientos años. Vio a una joven congelada en un témpano de hielo a la deriva en el cosmos. Vio el sufrimiento de una pequeña monja y el destino cruel de una chica vinculada a los vientos.
—No, no, no. Eso no es divertido en absoluto —murmuró Aha, mientras su forma gaseosa y abstracta comenzaba a condensarse—. La tragedia es aburrida si no tiene un remate cómico. Y yo soy el mejor comediante del universo.
Con un pensamiento, Aha decidió que necesitaba una forma más... manejable. Algo que no asustara a las "cosas lindas" que planeaba proteger. Recordó un personaje de su vida pasada, alguien cuya mirada era tan gélida como su mente era brillante. En un destello de luz dorada y carmesí, la entidad cósmica se encogió.
Apareció un joven de cabello castaño claro, ojos apáticos de color ámbar y una expresión que gritaba indiferencia absoluta. La apariencia de Kiyotaka Ayanokouji, pero con una chispa de locura juguetona bailando en el fondo de sus pupilas. Llevaba un uniforme elegante que no pertenecía a este mundo, pero que encajaba perfectamente con su nueva estética de "estudiante genio que podría o no destruir un sistema solar por una broma".
—Mucho mejor —dijo Aha, estirando sus nuevos brazos—. Ahora, ¿por dónde empezamos el espectáculo?
Su mirada se fijó en un punto específico del espacio-tiempo. Un bloque de Hielo de Seis Fases flotaba a la deriva. Dentro, una chica de cabello rosado y ojos como auroras dormía un sueño eterno.
—Siete de Marzo... —Aha sonrió, una expresión que el verdadero Ayanokouji nunca pondría—. Empecemos contigo. Pero no será una simple liberación. Hagámoslo con estilo.
Aha chasqueó los dedos. En lugar de simplemente romper el hielo, el Eón se teletransportó justo encima del bloque. Se sentó sobre el cristal frío como si fuera un sofá de lujo.
—¡Despierta, bella durmiente! —exclamó, golpeando el hielo con los nudillos—. ¡El servicio a domicilio de la Euforia ha llegado!
El hielo vibró. Aha no esperó a que el tren del Expreso Astral la encontrara. Él mismo impulsó el bloque hacia la estación espacial de Herta, pero no sin antes dejar su marca. Con un dedo, dibujó un bigote gracioso en el exterior del hielo, justo sobre la cara de la chica, y escribió con letras brillantes: "Propiedad de la Alegría. No abrir hasta que el chiste se cuente solo".
—Eso la mantendrá confundida un par de décadas —rió Aha, desapareciendo antes de que los sensores de la estación pudieran detectarlo.
Su siguiente destino estaba mucho más lejos, fuera de las fronteras de Honkai Star Rail, saltando a través de las ramas del Árbol Imaginario hacia el mundo de Teyvat. Allí, el aire olía a sal y a siglos de soledad.
Aha apareció en la Ópera de la Epíclesis, oculto en las sombras de las vigas del techo. Abajo, Furina, la "Arconte Hydro", ensayaba sus líneas frente a un espejo, con los hombros caídos y los ojos llenos de una fatiga que ningún mortal debería cargar.
—Quinientos años de actuación —susurró Aha, sintiendo una punzada de algo que no era solo diversión. Era sentimentalismo—. Eres la mejor actriz que he visto, pequeña Furina. Pero el guion de Celestia es una basura. Vamos a darle un giro de trama.
Aha descendió como una pluma, aterrizando sin hacer ruido detrás de ella. Cuando Furina se dio la vuelta, asustada por la presencia repentina, se encontró con el joven de ojos ámbar.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó ella, tratando de recuperar su fachada de grandeza—. ¡Identifícate ante la Regina de todas las Aguas!
Aha hizo una reverencia exagerada, sacando de la nada un ramo de flores que cambiaban de color cada segundo.
—Soy el Director de la Obra que acabas de cancelar —dijo él con una sonrisa traviesa—. Y he decidido que el final de este acto es demasiado triste. Así que, a partir de hoy, tienes un guardaespaldas personal, un consultor de bromas y un dios que cree que eres adorable.
—¿Un... un qué? —Furina parpadeó, confundida por la verborragia del extraño.
—Dime, Furina —Aha se acercó, y por un momento, su forma humana parpadeó, mostrando una miríada de máscaras riendo detrás de él—, ¿te gustaría ver cómo castigo a esos aburridos "principios celestiales" convirtiendo sus leyes en burbujas de jabón?
Furina no entendía nada, pero por primera vez en siglos, sintió que el peso en su pecho se aligeraba. Había algo en este chico, una energía caótica pero protectora, que la hacía querer confiar.
—No tengo tiempo para juegos —mintió ella, aunque sus ojos brillaban de curiosidad.
—¡Oh, pero la vida es un juego! —exclamó Aha, y con un movimiento de su mano, la habitación se llenó de pasteles flotantes y pequeños seres mecánicos que empezaron a bailar—. Y yo soy el que tiene los trucos bajo la manga.
Durante las horas siguientes, Aha no solo hizo reír a Furina hasta que le dolió el estómago, sino que también dejó "regalos" por todo Fontaine. Al juez Neuvillette le dejó una taza de agua que sabía a "justicia con sabor a fresa", y a los conspiradores que buscaban dañar a la nación, les otorgó una bendición especial: cada vez que intentaran decir una mentira, soltarían un sonoro y vergonzoso sonido de trompeta.
—¡Es el caos! —gritó Furina, señalando por la ventana a un guardia que acababa de "trompetear" frente a una multitud—. ¡Es un desastre!
—Es euforia, querida —corrigió Aha, apoyado en el marco de la ventana—. Es mucho mejor que llorar en la oscuridad, ¿no crees?
Pero Aha no se detuvo allí. Su lista era larga. Recordaba a Asia Argento, la monja de corazón puro que fue traicionada por aquellos en quienes confiaba. Viajó a su mundo en un parpadeo.
Cuando los ángeles caídos se preparaban para extraer el Twilight Healing de Asia, el tiempo se detuvo. No fue el tiempo de la Conservación, sino el tiempo de la Euforia, donde el reloj solo avanza si es divertido.
Aha caminó entre los villanos congelados, bostezando.
—Qué falta de originalidad —dijo, mirando a Raynare—. "Robar el artefacto de la chica santa". Por favor, eso es tan de la era anterior.
Con un toque de su mano, Aha alteró la realidad. Cuando el tiempo se reanudó, Raynare no extrajo el Sacred Gear. En su lugar, cuando intentó tocar a Asia, sus manos se convirtieron en guantes de boxeo gigantes que empezaron a golpearla a ella misma de forma incontrolable.
—¿Qué... qué es esto? —gritó la ángel caído, mientras sus propios puños la mandaban a volar por el techo de la iglesia.
Asia, temblando en el suelo, cerró los ojos esperando el final, pero solo sintió una mano cálida en su cabeza.
—Hola, pequeña monja —dijo Aha, ayudándola a levantarse—. El cielo estaba ocupado, así que enviaron a alguien mucho más entretenido. ¿Te gustan los helados? He oído que hay un lugar excelente en este universo, y yo invito.
Asia miró al joven de ojos ámbar. No parecía un ángel, ni un demonio. Parecía... un chico normal, pero con una sonrisa que prometía que nada malo volvería a pasarle jamás.
—¿Quién es usted? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Llamame Aha —respondió él, ajustándose la chaqueta—. Tu nuevo hermano mayor, protector y el tipo que va a hacer que este mundo sea mucho menos aburrido para ti.
Y así, el Eón de la Euforia comenzó su viaje. Unió a su grupo a Wendy Marvell, salvándola de la soledad y dándole un hogar donde el viento siempre traía risas en lugar de lamentos.
Aha se sentó en un trono hecho de nubes multicolores, observando sus "tesoros". Furina estaba probándose sombreros nuevos en Fontaine, Siete de Marzo estaba a punto de ser encontrada por el Expreso Astral (con el bigote pintado aún en el hielo), Asia estaba comiendo el helado más grande del mundo y Wendy reía mientras jugaba con pequeñas criaturas de energía que Aha había creado para ella.
—Esto es vivir —suspiró Aha, cerrando los ojos por un momento—. Salvar el multiverso es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo con estilo.
Sin embargo, su sonrisa se volvió un poco más afilada. Sabía que los otros Eones no se quedarían de brazos cruzados. Nanook no estaría feliz con la falta de destrucción, y el equilibrio de la Existencia era frágil.
—Que vengan —desafió Aha al vacío—. Tengo un suministro infinito de cáscaras de plátano espaciales y un sentido del humor que puede hacer colapsar una estrella de neutrones. El espectáculo apenas comienza.
El joven con la apariencia de Ayanokouji se puso de pie, su figura proyectando una sombra que se transformaba en la de una entidad gigantesca con múltiples máscaras.
—Próxima parada... —Aha miró hacia el horizonte de la creación—, vamos a ver qué está haciendo ese tal Caelus. He oído que le gusta revisar botes de basura. ¡Eso tiene un potencial cómico increíble!
Con una carcajada que sacudió los cimientos de la realidad, Aha desapareció en una explosión de confeti y fuegos artificiales, dejando tras de sí un rastro de alegría, caos y la promesa de que, bajo su vigilancia, nadie volvería a sufrir una tragedia sin que él estuviera allí para convertirla en una comedia de errores.
Porque para Aha, el antiguo Damián, la vida no era una tragedia para ser sufrida, sino un chiste para ser compartido. Y él se aseguraría de que todos tuvieran la oportunidad de reír al final.
Cuando abrió los ojos, o lo que sea que tuviera ahora, ya no era Damián.
No había carne, no había huesos. Era una amalgama de conceptos, una explosión de júbilo desenfrenado, una fuerza cósmica que hacía que las estrellas bailaran al ritmo de un vals desquiciado. Era Aha, el Elation, el Eón de la Euforia.
—Vaya... —Su propia voz retumbó en el espacio imaginario, sonando como mil instrumentos desafinados tocando una melodía perfecta—. Esto es mucho mejor que un aumento de sueldo.
Damián, ahora Aha, sintió el flujo de la Memoria y el Destino. Podía ver el Árbol Imaginario, sus ramas extendiéndose hacia infinitas posibilidades. Como fan de los juegos de Hoyoverse, reconoció los patrones de inmediato. Vio a Nanook planeando la destrucción, a Lan persiguiendo a la Abundancia, y a IX... bueno, IX simplemente existiendo en su nihilismo absoluto.
Pero lo más importante: vio las tragedias. Vio a una niña de pelo azul llorando en un trono durante quinientos años. Vio a una joven congelada en un témpano de hielo a la deriva en el cosmos. Vio el sufrimiento de una pequeña monja y el destino cruel de una chica vinculada a los vientos.
—No, no, no. Eso no es divertido en absoluto —murmuró Aha, mientras su forma gaseosa y abstracta comenzaba a condensarse—. La tragedia es aburrida si no tiene un remate cómico. Y yo soy el mejor comediante del universo.
Con un pensamiento, Aha decidió que necesitaba una forma más... manejable. Algo que no asustara a las "cosas lindas" que planeaba proteger. Recordó un personaje de su vida pasada, alguien cuya mirada era tan gélida como su mente era brillante. En un destello de luz dorada y carmesí, la entidad cósmica se encogió.
Apareció un joven de cabello castaño claro, ojos apáticos de color ámbar y una expresión que gritaba indiferencia absoluta. La apariencia de Kiyotaka Ayanokouji, pero con una chispa de locura juguetona bailando en el fondo de sus pupilas. Llevaba un uniforme elegante que no pertenecía a este mundo, pero que encajaba perfectamente con su nueva estética de "estudiante genio que podría o no destruir un sistema solar por una broma".
—Mucho mejor —dijo Aha, estirando sus nuevos brazos—. Ahora, ¿por dónde empezamos el espectáculo?
Su mirada se fijó en un punto específico del espacio-tiempo. Un bloque de Hielo de Seis Fases flotaba a la deriva. Dentro, una chica de cabello rosado y ojos como auroras dormía un sueño eterno.
—Siete de Marzo... —Aha sonrió, una expresión que el verdadero Ayanokouji nunca pondría—. Empecemos contigo. Pero no será una simple liberación. Hagámoslo con estilo.
Aha chasqueó los dedos. En lugar de simplemente romper el hielo, el Eón se teletransportó justo encima del bloque. Se sentó sobre el cristal frío como si fuera un sofá de lujo.
—¡Despierta, bella durmiente! —exclamó, golpeando el hielo con los nudillos—. ¡El servicio a domicilio de la Euforia ha llegado!
El hielo vibró. Aha no esperó a que el tren del Expreso Astral la encontrara. Él mismo impulsó el bloque hacia la estación espacial de Herta, pero no sin antes dejar su marca. Con un dedo, dibujó un bigote gracioso en el exterior del hielo, justo sobre la cara de la chica, y escribió con letras brillantes: "Propiedad de la Alegría. No abrir hasta que el chiste se cuente solo".
—Eso la mantendrá confundida un par de décadas —rió Aha, desapareciendo antes de que los sensores de la estación pudieran detectarlo.
Su siguiente destino estaba mucho más lejos, fuera de las fronteras de Honkai Star Rail, saltando a través de las ramas del Árbol Imaginario hacia el mundo de Teyvat. Allí, el aire olía a sal y a siglos de soledad.
Aha apareció en la Ópera de la Epíclesis, oculto en las sombras de las vigas del techo. Abajo, Furina, la "Arconte Hydro", ensayaba sus líneas frente a un espejo, con los hombros caídos y los ojos llenos de una fatiga que ningún mortal debería cargar.
—Quinientos años de actuación —susurró Aha, sintiendo una punzada de algo que no era solo diversión. Era sentimentalismo—. Eres la mejor actriz que he visto, pequeña Furina. Pero el guion de Celestia es una basura. Vamos a darle un giro de trama.
Aha descendió como una pluma, aterrizando sin hacer ruido detrás de ella. Cuando Furina se dio la vuelta, asustada por la presencia repentina, se encontró con el joven de ojos ámbar.
—¿Quién... quién eres tú? —preguntó ella, tratando de recuperar su fachada de grandeza—. ¡Identifícate ante la Regina de todas las Aguas!
Aha hizo una reverencia exagerada, sacando de la nada un ramo de flores que cambiaban de color cada segundo.
—Soy el Director de la Obra que acabas de cancelar —dijo él con una sonrisa traviesa—. Y he decidido que el final de este acto es demasiado triste. Así que, a partir de hoy, tienes un guardaespaldas personal, un consultor de bromas y un dios que cree que eres adorable.
—¿Un... un qué? —Furina parpadeó, confundida por la verborragia del extraño.
—Dime, Furina —Aha se acercó, y por un momento, su forma humana parpadeó, mostrando una miríada de máscaras riendo detrás de él—, ¿te gustaría ver cómo castigo a esos aburridos "principios celestiales" convirtiendo sus leyes en burbujas de jabón?
Furina no entendía nada, pero por primera vez en siglos, sintió que el peso en su pecho se aligeraba. Había algo en este chico, una energía caótica pero protectora, que la hacía querer confiar.
—No tengo tiempo para juegos —mintió ella, aunque sus ojos brillaban de curiosidad.
—¡Oh, pero la vida es un juego! —exclamó Aha, y con un movimiento de su mano, la habitación se llenó de pasteles flotantes y pequeños seres mecánicos que empezaron a bailar—. Y yo soy el que tiene los trucos bajo la manga.
Durante las horas siguientes, Aha no solo hizo reír a Furina hasta que le dolió el estómago, sino que también dejó "regalos" por todo Fontaine. Al juez Neuvillette le dejó una taza de agua que sabía a "justicia con sabor a fresa", y a los conspiradores que buscaban dañar a la nación, les otorgó una bendición especial: cada vez que intentaran decir una mentira, soltarían un sonoro y vergonzoso sonido de trompeta.
—¡Es el caos! —gritó Furina, señalando por la ventana a un guardia que acababa de "trompetear" frente a una multitud—. ¡Es un desastre!
—Es euforia, querida —corrigió Aha, apoyado en el marco de la ventana—. Es mucho mejor que llorar en la oscuridad, ¿no crees?
Pero Aha no se detuvo allí. Su lista era larga. Recordaba a Asia Argento, la monja de corazón puro que fue traicionada por aquellos en quienes confiaba. Viajó a su mundo en un parpadeo.
Cuando los ángeles caídos se preparaban para extraer el Twilight Healing de Asia, el tiempo se detuvo. No fue el tiempo de la Conservación, sino el tiempo de la Euforia, donde el reloj solo avanza si es divertido.
Aha caminó entre los villanos congelados, bostezando.
—Qué falta de originalidad —dijo, mirando a Raynare—. "Robar el artefacto de la chica santa". Por favor, eso es tan de la era anterior.
Con un toque de su mano, Aha alteró la realidad. Cuando el tiempo se reanudó, Raynare no extrajo el Sacred Gear. En su lugar, cuando intentó tocar a Asia, sus manos se convirtieron en guantes de boxeo gigantes que empezaron a golpearla a ella misma de forma incontrolable.
—¿Qué... qué es esto? —gritó la ángel caído, mientras sus propios puños la mandaban a volar por el techo de la iglesia.
Asia, temblando en el suelo, cerró los ojos esperando el final, pero solo sintió una mano cálida en su cabeza.
—Hola, pequeña monja —dijo Aha, ayudándola a levantarse—. El cielo estaba ocupado, así que enviaron a alguien mucho más entretenido. ¿Te gustan los helados? He oído que hay un lugar excelente en este universo, y yo invito.
Asia miró al joven de ojos ámbar. No parecía un ángel, ni un demonio. Parecía... un chico normal, pero con una sonrisa que prometía que nada malo volvería a pasarle jamás.
—¿Quién es usted? —preguntó ella con voz temblorosa.
—Llamame Aha —respondió él, ajustándose la chaqueta—. Tu nuevo hermano mayor, protector y el tipo que va a hacer que este mundo sea mucho menos aburrido para ti.
Y así, el Eón de la Euforia comenzó su viaje. Unió a su grupo a Wendy Marvell, salvándola de la soledad y dándole un hogar donde el viento siempre traía risas en lugar de lamentos.
Aha se sentó en un trono hecho de nubes multicolores, observando sus "tesoros". Furina estaba probándose sombreros nuevos en Fontaine, Siete de Marzo estaba a punto de ser encontrada por el Expreso Astral (con el bigote pintado aún en el hielo), Asia estaba comiendo el helado más grande del mundo y Wendy reía mientras jugaba con pequeñas criaturas de energía que Aha había creado para ella.
—Esto es vivir —suspiró Aha, cerrando los ojos por un momento—. Salvar el multiverso es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo con estilo.
Sin embargo, su sonrisa se volvió un poco más afilada. Sabía que los otros Eones no se quedarían de brazos cruzados. Nanook no estaría feliz con la falta de destrucción, y el equilibrio de la Existencia era frágil.
—Que vengan —desafió Aha al vacío—. Tengo un suministro infinito de cáscaras de plátano espaciales y un sentido del humor que puede hacer colapsar una estrella de neutrones. El espectáculo apenas comienza.
El joven con la apariencia de Ayanokouji se puso de pie, su figura proyectando una sombra que se transformaba en la de una entidad gigantesca con múltiples máscaras.
—Próxima parada... —Aha miró hacia el horizonte de la creación—, vamos a ver qué está haciendo ese tal Caelus. He oído que le gusta revisar botes de basura. ¡Eso tiene un potencial cómico increíble!
Con una carcajada que sacudió los cimientos de la realidad, Aha desapareció en una explosión de confeti y fuegos artificiales, dejando tras de sí un rastro de alegría, caos y la promesa de que, bajo su vigilancia, nadie volvería a sufrir una tragedia sin que él estuviera allí para convertirla en una comedia de errores.
Porque para Aha, el antiguo Damián, la vida no era una tragedia para ser sufrida, sino un chiste para ser compartido. Y él se aseguraría de que todos tuvieran la oportunidad de reír al final.
