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Obsesión enfermiza
Fandom: My hero academia
Creado: 22/4/2026
Etiquetas
RomanceOscuroPsicológicoFantasíaAngustiaCelosEstudio de PersonajeUA (Universo Alternativo)
El Ritual de las Llamas Escarlatas
Katsuki Bakugo no era un hombre que creyera en la suerte, y mucho menos en el destino. Para el héroe número dos de Japón, la vida se reducía a explosiones, sudor y una voluntad inquebrantable que lo había catapultado a la cima del ranking profesional. Sin embargo, detrás de esa fachada de arrogancia y poder destructivo, existía una grieta. Una grieta que tenía nombre, apellido y una sonrisa tan brillante que a veces sentía que le quemaba las retinas.
Eijirou Kirishima. Red Riot. El héroe número cinco.
Su obsesión no era algo que hubiera planeado. Había crecido de forma insidiosa desde sus días en la Academia U.A., alimentándose de la lealtad incondicional del pelirrojo, de su risa estruendosa y de esa mandíbula endurecida que Katsuki tanto deseaba morder. Pero ahora, años después, el sentimiento se había transformado en algo más oscuro, más denso. Era una necesidad física que lo asfixiaba cada vez que veía a Kirishima saludar a las cámaras o abrazar a otros héroes con esa familiaridad tan desesperadamente varonil.
Aquel viernes, como todos los viernes, Katsuki salió disparado de su agencia en cuanto terminó su turno de patrulla. No se detuvo a hablar con sus asistentes ni a revisar los informes de daños. Se caló una gorra negra hasta las cejas, se ajustó un cubrebocas oscuro y se envolvió en una sudadera holgada que ocultaba sus hombros anchos.
Caminó con paso rápido hacia una pequeña tienda de coleccionables situada en una calle secundaria, lejos de las miradas indiscretas de los paparazzi. El local olía a plástico nuevo y a papel de periódico.
—Disculpe... ¿Tiene el nuevo peluche que salió de Riot? —preguntó Katsuki, forzando su voz hacia un tono más agudo y suave, casi irreconocible.
El dependiente, un hombre joven que apenas levantó la vista de su revista, asintió con desgana.
—Ah, ¡claro que sí, amigo! Es el modelo de la "Edición Inquebrantable". Salieron hoy mismo. Te llevas el último.
Katsuki sintió un vuelco en el corazón. Pagó en efectivo, agarró la bolsa y salió de la tienda justo cuando el cielo decidía desplomarse sobre la ciudad. La lluvia comenzó a caer con una furia tropical, empapándolo en cuestión de segundos. No le importó. Protegió la bolsa contra su pecho, cubriéndola con su cuerpo como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Al llegar a su lujoso pero frío apartamento, no se molestó en quitarse la ropa mojada. Sus botas dejaron un rastro de agua sobre el suelo de madera mientras se dirigía directamente a su habitación. Allí, en un rincón que nadie más vería jamás, lo tenía todo preparado.
Sacó el peluche de la bolsa. Era pequeño, con el cabello rojo de fieltro y los dientes de tiburón bordados con hilo blanco. Katsuki lo apretó con fuerza, cerrando los ojos. El deseo le quemaba en el estómago como si hubiera tragado brasas. Estaba harto de esperar, harto de las indirectas que Kirishima nunca captaba, harto de ser solo el "mejor amigo" y el rival respetado.
Lo que estaba a punto de hacer no era varonil. No era heroico. Pero era necesario.
—Vas a ser mío de una vez por todas —susurró, su voz recuperando la aspereza característica.
Colocó dos velas rojas en la mesita de noche, que ya funcionaba como un altar improvisado. Las encendió con una pequeña explosión controlada de sus dedos, observando cómo la llama bailaba en el aire estancado. Alrededor de las velas, dispuso varias fotografías que había tomado o recolectado: Kirishima riendo en una barbacoa, Kirishima con el torso desnudo tras un entrenamiento intenso, Kirishima mirando al horizonte con esa expresión de determinación que hacía que a Katsuki se le detuviera el pulso.
Tomó un hilo rojo y, siguiendo las instrucciones que había obtenido en un mercado de artes oscuras en los suburbios, lo ató de una vela a la otra, creando un puente sobre las imágenes. El simbolismo era claro: una conexión inquebrantable, un lazo que ni siquiera el don de endurecimiento de Eijirou podría romper.
Katsuki sacó un pequeño pergamino donde había anotado las palabras exactas que la anciana del mercado le había dictado. Su corazón latía con fuerza, un tambor de guerra en su pecho.
—Sangre de mi sangre, fuego de mi fuego —recitó con voz ronca—, que el deseo que consumo se convierta en su anhelo. Que su piel busque la mía, que su mente solo me nombre. Que Red Riot se rinda ante el hombre.
Sopló las velas al unísono, sumiendo la habitación en una penumbra cargada de humo dulce y denso. El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
Con manos temblorosas, tomó una de las fotos —aquella donde Eijirou sonreía directamente a la cámara— y, tras descoser con cuidado una costura en la espalda del peluche, la introdujo dentro, justo donde debería estar el corazón. En las otras dos fotos, escribió con trazos violentos y decididos lo que deseaba: *Mío. Solo mío. Ven a mí.*
El último paso requería salir de nuevo. Salió al pequeño patio privado de su ático, un espacio rodeado de muros altos que garantizaban su privacidad. Con una pequeña pala, cavó un agujero en la tierra de una de las macetas grandes. Enterró las velas consumidas y las fotos con sus deseos escritos.
—Un día —murmuró para sí mismo, limpiándose el barro de las manos en los pantalones empapados—. La vieja dijo que tomaría alrededor de un día.
Esa noche, Bakugo no durmió. Se quedó sentado en el borde de su cama, observando el peluche de Kirishima apoyado contra su almohada. Se sentía eufórico y, al mismo tiempo, extrañamente vacío.
A la mañana siguiente, el sol se filtró por las cortinas con una intensidad molesta. Katsuki se levantó, se duchó y se puso su uniforme de héroe. Cada fibra de su ser estaba en tensión, esperando una señal, un cambio en el aire.
Se dirigió a la agencia, cumpliendo con sus deberes mecánicamente. A media mañana, su teléfono vibró en su cinturón. Era un mensaje de texto.
*De: Pelos de Incendio*
—Oye, Bakugo, ¿estás libre después del patrullaje? Necesito hablar contigo de algo importante. Me siento... raro hoy. Como si me faltara algo.
Katsuki apretó el teléfono con tanta fuerza que la pantalla crujió levemente. Una sonrisa depredadora se dibujó en su rostro. El ritual estaba funcionando.
El encuentro fue en un parque tranquilo al atardecer. Kirishima ya estaba allí, sentado en un banco, jugueteando con sus manos. Cuando vio llegar a Katsuki, se puso de pie de un salto, pero no lo hizo con su energía habitual. Parecía inquieto, sus ojos rojos buscaban los de Bakugo con una intensidad que rozaba la desesperación.
—Bakugo... —dijo Kirishima, y su voz sonó más baja de lo normal—. Gracias por venir.
—Dijiste que era importante, idiota —respondió Katsuki, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos—. Suéltalo de una vez.
Kirishima se acercó un paso. Luego otro. Estaba invadiendo el espacio personal de Katsuki, algo que solía hacer, pero esta vez se sentía diferente. Había una gravedad en el aire, una atracción casi magnética.
—He tenido esta sensación todo el día —comenzó el pelirrojo, rascándose la nuca con nerviosismo—. Es como si... como si de repente me hubiera dado cuenta de que he estado perdiendo el tiempo. No puedo dejar de pensar en ti, Katsuki. Y no como amigos. Es algo más... profundo. Me duele el pecho si no estoy cerca de ti.
Katsuki sintió una oleada de triunfo que casi lo marea. El ritual no solo había funcionado, había superado sus expectativas. Eijirou lo miraba como si fuera el sol, como si su existencia dependiera de la aprobación del rubio.
—¿Ah, sí? —Katsuki dio un paso hacia adelante, acortando la distancia mínima que quedaba entre ellos—. ¿Y qué piensas hacer al respecto, Red Riot?
Kirishima tragó saliva. Sus ojos bajaron a los labios de Bakugo y luego volvieron a subir.
—No lo sé. Solo sé que quiero estar contigo. En todas las formas posibles. Es una locura, ¿verdad? Ayer estaba bien, y hoy... hoy siento que me moriría si me pides que me vaya.
Katsuki extendió una mano y rodeó el cuello de Kirishima. Su piel estaba caliente, vibrante. El pelirrojo soltó un suspiro entrecortado y se inclinó hacia el contacto, cerrando los ojos.
—No voy a pedirte que te vayas —susurró Katsuki cerca de su oído—. Nunca.
Se besaron allí mismo, bajo la luz anaranjada del ocaso. Fue un beso hambriento, cargado de una necesidad que, en el caso de Kirishima, era inducida por la magia oscura, y en el de Bakugo, por años de obsesión contenida.
Katsuki sintió un escalofrío de placer. Tenía lo que quería. Tenía al hombre inquebrantable a sus pies, moldeado por sus propios deseos.
Sin embargo, mientras Kirishima lo abrazaba con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas, una pequeña voz en el fondo de la mente de Bakugo le preguntó si aquello era real. Si el amor de Eijirou, ahora tan absoluto y ferviente, valía lo mismo sabiendo que él mismo lo había fabricado en un altar con velas y fotos enterradas.
Pero Katsuki Bakugo siempre había sido un hombre de acción, no de remordimientos.
—Vamos a mi casa —ordenó, separándose apenas unos centímetros.
Kirishima asintió con entusiasmo, sus ojos brillando con una devoción que rozaba lo insano.
—A donde tú quieras, Katsuki. Siempre.
Caminaron juntos, con los dedos entrelazados. Bakugo sentía el calor de la mano de Kirishima y se convenció a sí mismo de que no importaba el origen, solo el resultado. El héroe número cinco era suyo.
Al entrar al apartamento, la atmósfera cambió. Kirishima parecía hipnotizado por el entorno, como si cada objeto que perteneciera a Bakugo fuera sagrado. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, dudando por un segundo.
—¿Pasa algo? —preguntó Katsuki con un tono desafiante.
—No, es solo que... —Kirishima se llevó una mano al pecho, justo donde Bakugo había cosido la foto dentro del peluche—. Siento una presión aquí. Como si algo me estuviera llamando desde adentro de tu cuarto.
Katsuki sintió un pinchazo de pánico. No podía dejar que viera el altar, aunque ya hubiera enterrado lo principal.
—Son tonterías —dijo rápidamente, empujando a Kirishima hacia el sofá—. Estás cansado por el patrullaje. Quédate aquí, iré por algo de tomar.
—Bakugo... —Kirishima lo agarró de la muñeca. Su fuerza era inmensa, incluso sin activar su don—. No me dejes solo. Ni un segundo. Siento que si te vas, voy a desaparecer.
La mirada de Eijirou era errática. La magia estaba empezando a afectar su estabilidad emocional. El "efecto" que la anciana mencionó no era una suave transición, era una inundación sensorial.
Katsuki se sentó a su lado, dejando que el pelirrojo se refugiara en su cuello. Podía sentir los dientes puntiagudos rozando su piel, un recordatorio constante de la naturaleza salvaje de su compañero.
—No me voy a ir, idiota —respondió Katsuki, pasando una mano por el cabello rojo y áspero—. Estoy aquí. Soy el único que necesitas.
—Sí —repitió Kirishima, casi como un mantra—. Eres el único. El único.
Pasaron las horas y la obsesión de Kirishima solo parecía crecer. No podía dejar de tocar a Bakugo, de olerlo, de murmurar lo varonil y asombroso que era. Lo que antes era una admiración sana se había convertido en una idolatría asfixiante.
En un momento de la noche, mientras Kirishima dormitaba apoyado en su regazo, Katsuki miró hacia la habitación. El peluche seguía allí, en la oscuridad, con la foto de Eijirou en su interior.
Se dio cuenta de que había creado un monstruo de devoción. Kirishima ya no era el héroe independiente y alegre que el mundo conocía; ahora era una extensión de la voluntad de Bakugo. Y aunque una parte de él se regocijaba en ese control absoluto, otra parte, la que todavía respetaba la fuerza del pelirrojo, sintió una punzada de pérdida.
Pero entonces, Kirishima se removió en sueños y susurró su nombre con una ternura tan desgarradora que Katsuki desechó cualquier duda.
—Katsuki... mi Katsuki...
El rubio sonrió en la penumbra. Había enterrado las velas y las fotos, y con ellas, el libre albedrío del hombre que amaba. Pero mientras tuviera a Eijirou a su lado, el precio le parecía insignificante.
—Duerme, Eijirou —susurró, besando la frente del pelirrojo—. Mañana serás aún más mío que hoy.
El ritual estaba completo. El héroe número dos había ganado la batalla más importante de su vida, aunque hubiera tenido que hacer trampa para lograrlo. En el patio, bajo la tierra húmeda, las velas rojas permanecían como testigos mudos de un pacto que nada en este mundo podría romper.
Eijirou Kirishima. Red Riot. El héroe número cinco.
Su obsesión no era algo que hubiera planeado. Había crecido de forma insidiosa desde sus días en la Academia U.A., alimentándose de la lealtad incondicional del pelirrojo, de su risa estruendosa y de esa mandíbula endurecida que Katsuki tanto deseaba morder. Pero ahora, años después, el sentimiento se había transformado en algo más oscuro, más denso. Era una necesidad física que lo asfixiaba cada vez que veía a Kirishima saludar a las cámaras o abrazar a otros héroes con esa familiaridad tan desesperadamente varonil.
Aquel viernes, como todos los viernes, Katsuki salió disparado de su agencia en cuanto terminó su turno de patrulla. No se detuvo a hablar con sus asistentes ni a revisar los informes de daños. Se caló una gorra negra hasta las cejas, se ajustó un cubrebocas oscuro y se envolvió en una sudadera holgada que ocultaba sus hombros anchos.
Caminó con paso rápido hacia una pequeña tienda de coleccionables situada en una calle secundaria, lejos de las miradas indiscretas de los paparazzi. El local olía a plástico nuevo y a papel de periódico.
—Disculpe... ¿Tiene el nuevo peluche que salió de Riot? —preguntó Katsuki, forzando su voz hacia un tono más agudo y suave, casi irreconocible.
El dependiente, un hombre joven que apenas levantó la vista de su revista, asintió con desgana.
—Ah, ¡claro que sí, amigo! Es el modelo de la "Edición Inquebrantable". Salieron hoy mismo. Te llevas el último.
Katsuki sintió un vuelco en el corazón. Pagó en efectivo, agarró la bolsa y salió de la tienda justo cuando el cielo decidía desplomarse sobre la ciudad. La lluvia comenzó a caer con una furia tropical, empapándolo en cuestión de segundos. No le importó. Protegió la bolsa contra su pecho, cubriéndola con su cuerpo como si fuera el tesoro más valioso del mundo.
Al llegar a su lujoso pero frío apartamento, no se molestó en quitarse la ropa mojada. Sus botas dejaron un rastro de agua sobre el suelo de madera mientras se dirigía directamente a su habitación. Allí, en un rincón que nadie más vería jamás, lo tenía todo preparado.
Sacó el peluche de la bolsa. Era pequeño, con el cabello rojo de fieltro y los dientes de tiburón bordados con hilo blanco. Katsuki lo apretó con fuerza, cerrando los ojos. El deseo le quemaba en el estómago como si hubiera tragado brasas. Estaba harto de esperar, harto de las indirectas que Kirishima nunca captaba, harto de ser solo el "mejor amigo" y el rival respetado.
Lo que estaba a punto de hacer no era varonil. No era heroico. Pero era necesario.
—Vas a ser mío de una vez por todas —susurró, su voz recuperando la aspereza característica.
Colocó dos velas rojas en la mesita de noche, que ya funcionaba como un altar improvisado. Las encendió con una pequeña explosión controlada de sus dedos, observando cómo la llama bailaba en el aire estancado. Alrededor de las velas, dispuso varias fotografías que había tomado o recolectado: Kirishima riendo en una barbacoa, Kirishima con el torso desnudo tras un entrenamiento intenso, Kirishima mirando al horizonte con esa expresión de determinación que hacía que a Katsuki se le detuviera el pulso.
Tomó un hilo rojo y, siguiendo las instrucciones que había obtenido en un mercado de artes oscuras en los suburbios, lo ató de una vela a la otra, creando un puente sobre las imágenes. El simbolismo era claro: una conexión inquebrantable, un lazo que ni siquiera el don de endurecimiento de Eijirou podría romper.
Katsuki sacó un pequeño pergamino donde había anotado las palabras exactas que la anciana del mercado le había dictado. Su corazón latía con fuerza, un tambor de guerra en su pecho.
—Sangre de mi sangre, fuego de mi fuego —recitó con voz ronca—, que el deseo que consumo se convierta en su anhelo. Que su piel busque la mía, que su mente solo me nombre. Que Red Riot se rinda ante el hombre.
Sopló las velas al unísono, sumiendo la habitación en una penumbra cargada de humo dulce y denso. El silencio que siguió fue casi ensordecedor.
Con manos temblorosas, tomó una de las fotos —aquella donde Eijirou sonreía directamente a la cámara— y, tras descoser con cuidado una costura en la espalda del peluche, la introdujo dentro, justo donde debería estar el corazón. En las otras dos fotos, escribió con trazos violentos y decididos lo que deseaba: *Mío. Solo mío. Ven a mí.*
El último paso requería salir de nuevo. Salió al pequeño patio privado de su ático, un espacio rodeado de muros altos que garantizaban su privacidad. Con una pequeña pala, cavó un agujero en la tierra de una de las macetas grandes. Enterró las velas consumidas y las fotos con sus deseos escritos.
—Un día —murmuró para sí mismo, limpiándose el barro de las manos en los pantalones empapados—. La vieja dijo que tomaría alrededor de un día.
Esa noche, Bakugo no durmió. Se quedó sentado en el borde de su cama, observando el peluche de Kirishima apoyado contra su almohada. Se sentía eufórico y, al mismo tiempo, extrañamente vacío.
A la mañana siguiente, el sol se filtró por las cortinas con una intensidad molesta. Katsuki se levantó, se duchó y se puso su uniforme de héroe. Cada fibra de su ser estaba en tensión, esperando una señal, un cambio en el aire.
Se dirigió a la agencia, cumpliendo con sus deberes mecánicamente. A media mañana, su teléfono vibró en su cinturón. Era un mensaje de texto.
*De: Pelos de Incendio*
—Oye, Bakugo, ¿estás libre después del patrullaje? Necesito hablar contigo de algo importante. Me siento... raro hoy. Como si me faltara algo.
Katsuki apretó el teléfono con tanta fuerza que la pantalla crujió levemente. Una sonrisa depredadora se dibujó en su rostro. El ritual estaba funcionando.
El encuentro fue en un parque tranquilo al atardecer. Kirishima ya estaba allí, sentado en un banco, jugueteando con sus manos. Cuando vio llegar a Katsuki, se puso de pie de un salto, pero no lo hizo con su energía habitual. Parecía inquieto, sus ojos rojos buscaban los de Bakugo con una intensidad que rozaba la desesperación.
—Bakugo... —dijo Kirishima, y su voz sonó más baja de lo normal—. Gracias por venir.
—Dijiste que era importante, idiota —respondió Katsuki, cruzándose de brazos para ocultar el temblor de sus manos—. Suéltalo de una vez.
Kirishima se acercó un paso. Luego otro. Estaba invadiendo el espacio personal de Katsuki, algo que solía hacer, pero esta vez se sentía diferente. Había una gravedad en el aire, una atracción casi magnética.
—He tenido esta sensación todo el día —comenzó el pelirrojo, rascándose la nuca con nerviosismo—. Es como si... como si de repente me hubiera dado cuenta de que he estado perdiendo el tiempo. No puedo dejar de pensar en ti, Katsuki. Y no como amigos. Es algo más... profundo. Me duele el pecho si no estoy cerca de ti.
Katsuki sintió una oleada de triunfo que casi lo marea. El ritual no solo había funcionado, había superado sus expectativas. Eijirou lo miraba como si fuera el sol, como si su existencia dependiera de la aprobación del rubio.
—¿Ah, sí? —Katsuki dio un paso hacia adelante, acortando la distancia mínima que quedaba entre ellos—. ¿Y qué piensas hacer al respecto, Red Riot?
Kirishima tragó saliva. Sus ojos bajaron a los labios de Bakugo y luego volvieron a subir.
—No lo sé. Solo sé que quiero estar contigo. En todas las formas posibles. Es una locura, ¿verdad? Ayer estaba bien, y hoy... hoy siento que me moriría si me pides que me vaya.
Katsuki extendió una mano y rodeó el cuello de Kirishima. Su piel estaba caliente, vibrante. El pelirrojo soltó un suspiro entrecortado y se inclinó hacia el contacto, cerrando los ojos.
—No voy a pedirte que te vayas —susurró Katsuki cerca de su oído—. Nunca.
Se besaron allí mismo, bajo la luz anaranjada del ocaso. Fue un beso hambriento, cargado de una necesidad que, en el caso de Kirishima, era inducida por la magia oscura, y en el de Bakugo, por años de obsesión contenida.
Katsuki sintió un escalofrío de placer. Tenía lo que quería. Tenía al hombre inquebrantable a sus pies, moldeado por sus propios deseos.
Sin embargo, mientras Kirishima lo abrazaba con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas, una pequeña voz en el fondo de la mente de Bakugo le preguntó si aquello era real. Si el amor de Eijirou, ahora tan absoluto y ferviente, valía lo mismo sabiendo que él mismo lo había fabricado en un altar con velas y fotos enterradas.
Pero Katsuki Bakugo siempre había sido un hombre de acción, no de remordimientos.
—Vamos a mi casa —ordenó, separándose apenas unos centímetros.
Kirishima asintió con entusiasmo, sus ojos brillando con una devoción que rozaba lo insano.
—A donde tú quieras, Katsuki. Siempre.
Caminaron juntos, con los dedos entrelazados. Bakugo sentía el calor de la mano de Kirishima y se convenció a sí mismo de que no importaba el origen, solo el resultado. El héroe número cinco era suyo.
Al entrar al apartamento, la atmósfera cambió. Kirishima parecía hipnotizado por el entorno, como si cada objeto que perteneciera a Bakugo fuera sagrado. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, dudando por un segundo.
—¿Pasa algo? —preguntó Katsuki con un tono desafiante.
—No, es solo que... —Kirishima se llevó una mano al pecho, justo donde Bakugo había cosido la foto dentro del peluche—. Siento una presión aquí. Como si algo me estuviera llamando desde adentro de tu cuarto.
Katsuki sintió un pinchazo de pánico. No podía dejar que viera el altar, aunque ya hubiera enterrado lo principal.
—Son tonterías —dijo rápidamente, empujando a Kirishima hacia el sofá—. Estás cansado por el patrullaje. Quédate aquí, iré por algo de tomar.
—Bakugo... —Kirishima lo agarró de la muñeca. Su fuerza era inmensa, incluso sin activar su don—. No me dejes solo. Ni un segundo. Siento que si te vas, voy a desaparecer.
La mirada de Eijirou era errática. La magia estaba empezando a afectar su estabilidad emocional. El "efecto" que la anciana mencionó no era una suave transición, era una inundación sensorial.
Katsuki se sentó a su lado, dejando que el pelirrojo se refugiara en su cuello. Podía sentir los dientes puntiagudos rozando su piel, un recordatorio constante de la naturaleza salvaje de su compañero.
—No me voy a ir, idiota —respondió Katsuki, pasando una mano por el cabello rojo y áspero—. Estoy aquí. Soy el único que necesitas.
—Sí —repitió Kirishima, casi como un mantra—. Eres el único. El único.
Pasaron las horas y la obsesión de Kirishima solo parecía crecer. No podía dejar de tocar a Bakugo, de olerlo, de murmurar lo varonil y asombroso que era. Lo que antes era una admiración sana se había convertido en una idolatría asfixiante.
En un momento de la noche, mientras Kirishima dormitaba apoyado en su regazo, Katsuki miró hacia la habitación. El peluche seguía allí, en la oscuridad, con la foto de Eijirou en su interior.
Se dio cuenta de que había creado un monstruo de devoción. Kirishima ya no era el héroe independiente y alegre que el mundo conocía; ahora era una extensión de la voluntad de Bakugo. Y aunque una parte de él se regocijaba en ese control absoluto, otra parte, la que todavía respetaba la fuerza del pelirrojo, sintió una punzada de pérdida.
Pero entonces, Kirishima se removió en sueños y susurró su nombre con una ternura tan desgarradora que Katsuki desechó cualquier duda.
—Katsuki... mi Katsuki...
El rubio sonrió en la penumbra. Había enterrado las velas y las fotos, y con ellas, el libre albedrío del hombre que amaba. Pero mientras tuviera a Eijirou a su lado, el precio le parecía insignificante.
—Duerme, Eijirou —susurró, besando la frente del pelirrojo—. Mañana serás aún más mío que hoy.
El ritual estaba completo. El héroe número dos había ganado la batalla más importante de su vida, aunque hubiera tenido que hacer trampa para lograrlo. En el patio, bajo la tierra húmeda, las velas rojas permanecían como testigos mudos de un pacto que nada en este mundo podría romper.
