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Cazadores y Hechiceros
Fandom: Jujutsu Kaisen/Kimetsu no Yaiba
Creado: 22/4/2026
Etiquetas
CrossoverIsekai / Fantasía PortalViajes en el TiempoUA (Universo Alternativo)FantasíaAventuraEstudio de PersonajeDramaAcciónHistóricoViolencia GráficaDolor/ConsueloOscuroHorror CorporalDivergencia
Ecos de Acero en la Jungla de Cristal
El hedor a sangre podrida y azufre todavía impregnaba el aire cuando la cabeza del demonio rodó por el suelo del bosque. Giyu Tomioka envainó su katana con un movimiento fluido, su rostro permaneciendo como una máscara de piedra mientras el cuerpo de la criatura comenzaba a desintegrarse en cenizas blanquecinas. A su lado, Shinobu Kocho sacudió su fina hoja con elegancia, guardándola en la vaina con un clic metálico casi musical.
—Vaya, Tomioka-san, eso fue un poco más problemático de lo esperado —comentó Shinobu, su eterna sonrisa curvando sus labios—. Aunque, si hubieras sido un poco más rápido, quizás no habrías manchado tanto tu haori. Por eso a nadie le gustas, ¿sabes?
Giyu no respondió. No es que no le importara, sino que su atención estaba fija en los restos del demonio. Había algo mal. La criatura, una amalgama de ojos y extremidades deformes que rozaba el poder de una Luna Inferior, no parecía estar muriendo en paz. De su pecho, una esfera de oscuridad absoluta comenzó a expandirse a una velocidad vertiginosa.
—¡Kocho, atrás! —gritó Giyu, rompiendo su silencio habitual.
Pero fue demasiado tarde. El ataque final del demonio no fue físico, sino un último acto de despecho místico. Una grieta en la realidad se abrió bajo sus pies, un vacío que devoró la luz de la luna y el aroma de los pinos. Shinobu intentó saltar hacia atrás, pero la fuerza de succión era irresistible. Giyu estiró la mano, logrando sujetar la manga del haori de mariposa de su compañera justo antes de que el mundo se volviera negro.
El despertar fue violento. No hubo un suave regreso a la conciencia, sino un asalto brutal a los sentidos.
Giyu abrió los ojos y lo primero que lo golpeó fue el ruido. No era el susurro del viento o el canto de los grillos, sino un rugido constante, un zumbido metálico que parecía vibrar en sus propios huesos. Se incorporó rápidamente, su mano buscando instintivamente el mango de su espada. A pocos metros, Shinobu ya estaba de pie, aunque su postura era rígida y su sonrisa, por primera vez, parecía forzada por el desconcierto.
—¿Tomioka-san? —Su voz apenas se oía por encima del estruendo—. ¿Dónde... dónde estamos?
Giyu miró a su alrededor y sintió una punzada de vértigo. No estaban en el bosque. Estaban en una superficie gris y dura que se extendía en todas direcciones, flanqueada por estructuras colosales que desafiaban la gravedad. Eran torres de cristal y metal que rascaban el cielo, iluminadas por luces de colores tan brillantes que herían la vista. El cielo mismo no era negro, sino de un tono anaranjado artificial, carente de estrellas.
—No es nuestra era —dijo Giyu, su voz profunda teñida de una inusual incertidumbre.
Caminaron unos pasos hacia lo que parecía ser el borde de un callejón. Al salir a la vía principal, ambos se quedaron paralizados. Un carruaje de metal brillante, sin caballos, pasó zumbando frente a ellos a una velocidad aterradora, seguido de docenas más. La gente caminaba por las aceras, vestida con ropas extrañas y ajustadas, con la mirada fija en pequeños rectángulos luminosos que sostenían en sus manos. Nadie parecía notar a los dos guerreros con haoris y espadas, o si lo hacían, simplemente los miraban con una mezcla de fastidio y curiosidad pasajera.
—Mira eso —señaló Shinobu hacia una pantalla gigante en la fachada de un edificio.
En ella, unos números digitales marcaban: "31 de octubre de 2018. Shibuya, Tokyo".
—¿Dos mil dieciocho? —susurró Shinobu, su voz temblando ligeramente—. Eso es... más de cien años en el futuro.
Giyu apretó el agarre sobre su katana. El aire aquí se sentía diferente. No había la pureza de la montaña, pero tampoco era solo humo de carbón. Había algo más en el ambiente, una energía pesada, rancia, que le erizaba el vello de la nuca.
—Este lugar exhala una malicia extraña —observó Giyu—. No huele a demonios, pero se siente como una maldición.
—Tienes razón —asintió Shinobu, recuperando su compostura y ajustándose el haori—. Es una energía espiritual muy negativa. Casi como si el miedo de todas estas personas se estuviera materializando.
De repente, un grito desgarrador cortó el ruido del tráfico. Venía de un callejón cercano, un pasaje oscuro que contrastaba con las luces de neón de la avenida principal. Sin mediar palabra, los dos Pilares se lanzaron hacia la fuente del sonido. Su entrenamiento les permitía moverse con una velocidad que los humanos comunes de esa era ni siquiera podían procesar; para los transeúntes, solo fueron dos ráfagas de color, una carmín y otra blanca, que desaparecieron en las sombras.
Al llegar al fondo del callejón, se encontraron con una escena grotesca. Una criatura, deforme y con múltiples extremidades que parecían hechas de carne podrida y remiendos, tenía acorralada a una joven vestida con un uniforme escolar extraño. La criatura no se parecía a los demonios de Muzan; no tenía esa aura de depredador elegante, sino que era una masa de resentimiento puro.
—¡Muere, muere, muere! —balbuceaba el monstruo con una voz que sonaba como mil cristales rotos.
Giyu desenvainó su espada en un parpadeo.
—Respiración del Agua, Cuarta Postura: Marea Penetrante.
El movimiento de Giyu fue una línea azul de fluidez absoluta. El acero golpeó el cuello de la criatura, pero para su sorpresa, la hoja no pasó a través de la carne como si fuera mantequilla. Hubo una resistencia elástica, como si estuviera cortando caucho reforzado. Aun así, la fuerza del Pilar fue suficiente para lanzar a la criatura contra una pared de ladrillos.
—¿Qué? —Giyu frunció el ceño—. No se siente como carne de demonio.
Shinobu aterrizó suavemente al lado de la chica, quien estaba en estado de shock.
—Tranquila, ya estás a salvo —dijo Shinobu con dulzura, aunque sus ojos estaban fijos en el monstruo que comenzaba a regenerarse de una forma errática—. Tomioka-san, mi veneno de glicina podría no funcionar si su fisiología es distinta.
—No importa —respondió Giyu, reajustando su postura—. Si tiene forma, se puede cortar.
La criatura rugió, lanzando un apéndice hacia Giyu. El Pilar del Agua lo esquivó con un movimiento mínimo, pero el ataque destruyó un contenedor de basura de metal como si fuera papel.
—¡Ustedes! —Una voz potente resonó desde la entrada del callejón—. ¡Apártense! ¡No son hechiceros!
Un hombre joven, vestido con un uniforme azul oscuro de cuello alto y con una venda cubriendo sus ojos, caminaba hacia ellos con una confianza absoluta. Su cabello era blanco y erizado, y una sonrisa juguetona bailaba en su rostro.
Giyu y Shinobu se tensaron. Ese hombre no emitía el olor de un demonio, pero su sola presencia hacía que el aire pesara diez veces más.
—¿Hechiceros? —repitió Shinobu, ladeando la cabeza—. Me temo que se equivoca de profesión, señor. Somos cazadores de demonios.
El hombre de la venda se detuvo a pocos metros, ignorando por un momento a la maldición que intentaba recomponerse.
—¿Cazadores de demonios? ¿Con katanas y haoris en pleno Shibuya? —El hombre soltó una carcajada limpia—. Vaya, el efecto de los velos está poniéndose raro hoy. Pero esa energía que emanan... no es energía maldita. Es algo más... antiguo. Respiración, ¿eh?
La maldición, ignorada, se lanzó contra el recién llegado. El hombre ni siquiera se movió. El ataque simplemente se detuvo a centímetros de su rostro, como si hubiera golpeado una pared invisible. Con un gesto casual de sus dedos, la criatura implosionó en una nube de residuos oscuros.
Giyu entrecerró los ojos. Lo que acababa de ver desafiaba todo lo que sabía sobre el combate.
—¿Quién eres? —preguntó Giyu, su mano aún firme en el mango de su espada.
—Satoru Gojo —respondió el hombre, bajando un poco la barbilla para mirarlos por encima de su venda, revelando un ojo de un azul infinito que hizo que incluso Giyu retrocediera un paso mentalmente—. Y me parece que ustedes dos están muy, muy lejos de casa.
Shinobu guardó su espada, dándose cuenta de que, por ahora, no había hostilidad inmediata.
—Mucho gusto, Gojo-san —dijo ella, recuperando su tono jovial pero manteniendo la guardia—. Soy Shinobu Kocho, y el hombre que parece que no ha desayunado es Giyu Tomioka. Como bien dice, estamos... algo perdidos.
—Ya lo veo —Gojo se rascó la nuca—. No hay registros de hechiceros con sus nombres, y créanme, recordaría a alguien con un sentido de la moda tan... de la era Taisho.
—¿Conoces una forma de volver? —preguntó Giyu, yendo directo al grano.
Gojo se encogió de hombros, metiendo las manos en sus bolsillos.
—El espacio-tiempo es un asunto delicado. Si un demonio los envió aquí, probablemente usó una técnica de sangre que interactuó con alguna anomalía de este lugar. Shibuya es un desastre de energía maldita ahora mismo. Pero —hizo una pausa, su sonrisa ensanchándose—, no puedo dejar que dos reliquias históricas deambulen por ahí cortando maldiciones. Podrían causar un incidente internacional. O peor, arruinar mi cena.
—¿Qué nos sugieres entonces? —preguntó Shinobu.
—Vengan conmigo a la Escuela de Hechicería de Tokyo —propuso Gojo—. Tenemos gente que sabe de estas cosas. Además, me muero de curiosidad por ver cómo funcionan esas espadas suyas contra una maldición de grado especial.
Giyu miró a Shinobu. Ella asintió levemente. No tenían otra opción; este mundo era un caos incomprensible de luces y ruidos, y ese hombre, a pesar de su actitud excéntrica, era claramente el ser más poderoso que habían encontrado jamás.
—Aceptamos —dijo Giyu.
—¡Excelente! —exclamó Gojo, dándose la vuelta—. Pero primero, Tomioka-kun, tenemos que conseguirte algo de ropa que no grite "me escapé de un museo". Aunque el haori dividido tiene su estilo, lo admito.
Mientras caminaban detrás del hechicero hacia las luces cegadoras de la ciudad, Giyu observó el reflejo de los edificios en su espada. El acero azul brillaba bajo el neón. Estaban en un tiempo que no era el suyo, luchando contra monstruos que no conocían, pero mientras tuviera su espada y a su compañera al lado, la voluntad del agua no se quebraría.
—Tomioka-san —susurró Shinobu mientras caminaban por la acera llena de gente—. ¿Crees que haya demonios aquí también?
Giyu miró a la multitud, a las sombras que se proyectaban bajo las luces artificiales y a la energía oscura que Gojo parecía manejar con tanta facilidad.
—Si los hay —respondió Giyu—, los cortaremos igual que a los de nuestro tiempo.
—Qué respuesta tan aburrida —rio Shinobu—. Pero supongo que es lo que esperaba de ti.
El trío se perdió entre la marea de gente de Shibuya, dos guerreros de un pasado olvidado y un hechicero que sostenía el peso del presente, unidos por un destino que apenas comenzaba a escribirse en las crónicas de una era extraña.
—Vaya, Tomioka-san, eso fue un poco más problemático de lo esperado —comentó Shinobu, su eterna sonrisa curvando sus labios—. Aunque, si hubieras sido un poco más rápido, quizás no habrías manchado tanto tu haori. Por eso a nadie le gustas, ¿sabes?
Giyu no respondió. No es que no le importara, sino que su atención estaba fija en los restos del demonio. Había algo mal. La criatura, una amalgama de ojos y extremidades deformes que rozaba el poder de una Luna Inferior, no parecía estar muriendo en paz. De su pecho, una esfera de oscuridad absoluta comenzó a expandirse a una velocidad vertiginosa.
—¡Kocho, atrás! —gritó Giyu, rompiendo su silencio habitual.
Pero fue demasiado tarde. El ataque final del demonio no fue físico, sino un último acto de despecho místico. Una grieta en la realidad se abrió bajo sus pies, un vacío que devoró la luz de la luna y el aroma de los pinos. Shinobu intentó saltar hacia atrás, pero la fuerza de succión era irresistible. Giyu estiró la mano, logrando sujetar la manga del haori de mariposa de su compañera justo antes de que el mundo se volviera negro.
El despertar fue violento. No hubo un suave regreso a la conciencia, sino un asalto brutal a los sentidos.
Giyu abrió los ojos y lo primero que lo golpeó fue el ruido. No era el susurro del viento o el canto de los grillos, sino un rugido constante, un zumbido metálico que parecía vibrar en sus propios huesos. Se incorporó rápidamente, su mano buscando instintivamente el mango de su espada. A pocos metros, Shinobu ya estaba de pie, aunque su postura era rígida y su sonrisa, por primera vez, parecía forzada por el desconcierto.
—¿Tomioka-san? —Su voz apenas se oía por encima del estruendo—. ¿Dónde... dónde estamos?
Giyu miró a su alrededor y sintió una punzada de vértigo. No estaban en el bosque. Estaban en una superficie gris y dura que se extendía en todas direcciones, flanqueada por estructuras colosales que desafiaban la gravedad. Eran torres de cristal y metal que rascaban el cielo, iluminadas por luces de colores tan brillantes que herían la vista. El cielo mismo no era negro, sino de un tono anaranjado artificial, carente de estrellas.
—No es nuestra era —dijo Giyu, su voz profunda teñida de una inusual incertidumbre.
Caminaron unos pasos hacia lo que parecía ser el borde de un callejón. Al salir a la vía principal, ambos se quedaron paralizados. Un carruaje de metal brillante, sin caballos, pasó zumbando frente a ellos a una velocidad aterradora, seguido de docenas más. La gente caminaba por las aceras, vestida con ropas extrañas y ajustadas, con la mirada fija en pequeños rectángulos luminosos que sostenían en sus manos. Nadie parecía notar a los dos guerreros con haoris y espadas, o si lo hacían, simplemente los miraban con una mezcla de fastidio y curiosidad pasajera.
—Mira eso —señaló Shinobu hacia una pantalla gigante en la fachada de un edificio.
En ella, unos números digitales marcaban: "31 de octubre de 2018. Shibuya, Tokyo".
—¿Dos mil dieciocho? —susurró Shinobu, su voz temblando ligeramente—. Eso es... más de cien años en el futuro.
Giyu apretó el agarre sobre su katana. El aire aquí se sentía diferente. No había la pureza de la montaña, pero tampoco era solo humo de carbón. Había algo más en el ambiente, una energía pesada, rancia, que le erizaba el vello de la nuca.
—Este lugar exhala una malicia extraña —observó Giyu—. No huele a demonios, pero se siente como una maldición.
—Tienes razón —asintió Shinobu, recuperando su compostura y ajustándose el haori—. Es una energía espiritual muy negativa. Casi como si el miedo de todas estas personas se estuviera materializando.
De repente, un grito desgarrador cortó el ruido del tráfico. Venía de un callejón cercano, un pasaje oscuro que contrastaba con las luces de neón de la avenida principal. Sin mediar palabra, los dos Pilares se lanzaron hacia la fuente del sonido. Su entrenamiento les permitía moverse con una velocidad que los humanos comunes de esa era ni siquiera podían procesar; para los transeúntes, solo fueron dos ráfagas de color, una carmín y otra blanca, que desaparecieron en las sombras.
Al llegar al fondo del callejón, se encontraron con una escena grotesca. Una criatura, deforme y con múltiples extremidades que parecían hechas de carne podrida y remiendos, tenía acorralada a una joven vestida con un uniforme escolar extraño. La criatura no se parecía a los demonios de Muzan; no tenía esa aura de depredador elegante, sino que era una masa de resentimiento puro.
—¡Muere, muere, muere! —balbuceaba el monstruo con una voz que sonaba como mil cristales rotos.
Giyu desenvainó su espada en un parpadeo.
—Respiración del Agua, Cuarta Postura: Marea Penetrante.
El movimiento de Giyu fue una línea azul de fluidez absoluta. El acero golpeó el cuello de la criatura, pero para su sorpresa, la hoja no pasó a través de la carne como si fuera mantequilla. Hubo una resistencia elástica, como si estuviera cortando caucho reforzado. Aun así, la fuerza del Pilar fue suficiente para lanzar a la criatura contra una pared de ladrillos.
—¿Qué? —Giyu frunció el ceño—. No se siente como carne de demonio.
Shinobu aterrizó suavemente al lado de la chica, quien estaba en estado de shock.
—Tranquila, ya estás a salvo —dijo Shinobu con dulzura, aunque sus ojos estaban fijos en el monstruo que comenzaba a regenerarse de una forma errática—. Tomioka-san, mi veneno de glicina podría no funcionar si su fisiología es distinta.
—No importa —respondió Giyu, reajustando su postura—. Si tiene forma, se puede cortar.
La criatura rugió, lanzando un apéndice hacia Giyu. El Pilar del Agua lo esquivó con un movimiento mínimo, pero el ataque destruyó un contenedor de basura de metal como si fuera papel.
—¡Ustedes! —Una voz potente resonó desde la entrada del callejón—. ¡Apártense! ¡No son hechiceros!
Un hombre joven, vestido con un uniforme azul oscuro de cuello alto y con una venda cubriendo sus ojos, caminaba hacia ellos con una confianza absoluta. Su cabello era blanco y erizado, y una sonrisa juguetona bailaba en su rostro.
Giyu y Shinobu se tensaron. Ese hombre no emitía el olor de un demonio, pero su sola presencia hacía que el aire pesara diez veces más.
—¿Hechiceros? —repitió Shinobu, ladeando la cabeza—. Me temo que se equivoca de profesión, señor. Somos cazadores de demonios.
El hombre de la venda se detuvo a pocos metros, ignorando por un momento a la maldición que intentaba recomponerse.
—¿Cazadores de demonios? ¿Con katanas y haoris en pleno Shibuya? —El hombre soltó una carcajada limpia—. Vaya, el efecto de los velos está poniéndose raro hoy. Pero esa energía que emanan... no es energía maldita. Es algo más... antiguo. Respiración, ¿eh?
La maldición, ignorada, se lanzó contra el recién llegado. El hombre ni siquiera se movió. El ataque simplemente se detuvo a centímetros de su rostro, como si hubiera golpeado una pared invisible. Con un gesto casual de sus dedos, la criatura implosionó en una nube de residuos oscuros.
Giyu entrecerró los ojos. Lo que acababa de ver desafiaba todo lo que sabía sobre el combate.
—¿Quién eres? —preguntó Giyu, su mano aún firme en el mango de su espada.
—Satoru Gojo —respondió el hombre, bajando un poco la barbilla para mirarlos por encima de su venda, revelando un ojo de un azul infinito que hizo que incluso Giyu retrocediera un paso mentalmente—. Y me parece que ustedes dos están muy, muy lejos de casa.
Shinobu guardó su espada, dándose cuenta de que, por ahora, no había hostilidad inmediata.
—Mucho gusto, Gojo-san —dijo ella, recuperando su tono jovial pero manteniendo la guardia—. Soy Shinobu Kocho, y el hombre que parece que no ha desayunado es Giyu Tomioka. Como bien dice, estamos... algo perdidos.
—Ya lo veo —Gojo se rascó la nuca—. No hay registros de hechiceros con sus nombres, y créanme, recordaría a alguien con un sentido de la moda tan... de la era Taisho.
—¿Conoces una forma de volver? —preguntó Giyu, yendo directo al grano.
Gojo se encogió de hombros, metiendo las manos en sus bolsillos.
—El espacio-tiempo es un asunto delicado. Si un demonio los envió aquí, probablemente usó una técnica de sangre que interactuó con alguna anomalía de este lugar. Shibuya es un desastre de energía maldita ahora mismo. Pero —hizo una pausa, su sonrisa ensanchándose—, no puedo dejar que dos reliquias históricas deambulen por ahí cortando maldiciones. Podrían causar un incidente internacional. O peor, arruinar mi cena.
—¿Qué nos sugieres entonces? —preguntó Shinobu.
—Vengan conmigo a la Escuela de Hechicería de Tokyo —propuso Gojo—. Tenemos gente que sabe de estas cosas. Además, me muero de curiosidad por ver cómo funcionan esas espadas suyas contra una maldición de grado especial.
Giyu miró a Shinobu. Ella asintió levemente. No tenían otra opción; este mundo era un caos incomprensible de luces y ruidos, y ese hombre, a pesar de su actitud excéntrica, era claramente el ser más poderoso que habían encontrado jamás.
—Aceptamos —dijo Giyu.
—¡Excelente! —exclamó Gojo, dándose la vuelta—. Pero primero, Tomioka-kun, tenemos que conseguirte algo de ropa que no grite "me escapé de un museo". Aunque el haori dividido tiene su estilo, lo admito.
Mientras caminaban detrás del hechicero hacia las luces cegadoras de la ciudad, Giyu observó el reflejo de los edificios en su espada. El acero azul brillaba bajo el neón. Estaban en un tiempo que no era el suyo, luchando contra monstruos que no conocían, pero mientras tuviera su espada y a su compañera al lado, la voluntad del agua no se quebraría.
—Tomioka-san —susurró Shinobu mientras caminaban por la acera llena de gente—. ¿Crees que haya demonios aquí también?
Giyu miró a la multitud, a las sombras que se proyectaban bajo las luces artificiales y a la energía oscura que Gojo parecía manejar con tanta facilidad.
—Si los hay —respondió Giyu—, los cortaremos igual que a los de nuestro tiempo.
—Qué respuesta tan aburrida —rio Shinobu—. Pero supongo que es lo que esperaba de ti.
El trío se perdió entre la marea de gente de Shibuya, dos guerreros de un pasado olvidado y un hechicero que sostenía el peso del presente, unidos por un destino que apenas comenzaba a escribirse en las crónicas de una era extraña.
