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Shy

Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 22/4/2026

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Sombras y Terciopelo

El apartamento nuevo de Nobara Kugisaki olía a pintura fresca, incienso barato y, sobre todo, a una cantidad alarmante de alcohol de diversas graduaciones. Lo que inicialmente se había vendido como una "pijamada tranquila para celebrar la independencia" se había transformado, en menos de tres horas, en un caos de hormonas, música a bajo volumen y cuerpos entrelazados bajo las luces tenues de la sala.

Nobara, quien había jurado por su colección de zapatos de marca que se mantendría sobria para ejercer de anfitriona responsable, era ahora la viva imagen de la hipocresía etílica. Estaba sentada a horcajadas sobre el regazo de su novia, Maki Zenin, en uno de los sofás laterales. La oscuridad del rincón, apenas rota por el resplandor de unas luces LED azules, ocultaba el hecho de que Nobara se había bajado el top de seda hasta la cintura. Maki, con una mano firme en la cadera de la castaña y la otra perdiéndose bajo la tela desplazada, mantenía una expresión de posesividad absoluta. Para Maki, el mundo exterior —la ingeniería, su familia tóxica, los exámenes— no existía; solo existía la suavidad de la piel de Nobara y el calor de su aliento contra su cuello.

En otra esquina, Toge Inumaki y Yuta Okkotsu parecían estar intentando fusionarse a través de un beso que llevaba durando, fácilmente, veinte minutos. El resto de los invitados, compañeros de la facultad de nutrición y veterinaria, seguían el mismo patrón de comportamiento.

Yuji Itadori, sentado en el suelo con una lata de cerveza a medio terminar, observaba la escena con una mezcla de diversión y una creciente sensación de alienación. Yuji era un tipo sencillo: estudiaba arquitectura, le gustaba el deporte y su bisexualidad era algo tan natural para él como respirar. No solía fijarse demasiado en los cánones de belleza; le atraía la energía de la gente, la chispa en sus ojos. Sin embargo, estar allí, siendo el único que no tenía a alguien a quien besar o tocar, empezaba a pasarle factura a su estado de ánimo.

—Vaya panda de degenerados —murmuró para sí mismo, soltando una risita ronca.

El alcohol le había dado ese punto de calidez en las mejillas y una ligera pesadez en los párpados, pero seguía siendo lo suficientemente consciente como para saber que no quería quedarse a ver cómo la sala se convertía en una escena de película erótica. Necesitaba silencio.

Se levantó con cuidado, evitando pisar una mano perdida de algún compañero en el suelo, y caminó por el pasillo hacia las habitaciones del fondo. Sabía que Nobara tenía una habitación de invitados que aún no había terminado de amueblar. Al abrir la puerta, el silencio lo recibió como un bálsamo.

La habitación estaba sumida en una oscuridad casi total, solo interrumpida por la luz de la luna que se filtraba por las rendijas de la persiana. Yuji entrecerró los ojos para enfocar. En una esquina, sobre un futón extendido, se distinguía una figura. Estaba de espaldas a la puerta, acurrucada bajo una manta fina que se había resbalado un poco, revelando una silueta que detuvo el corazón de Yuji por un segundo.

La persona que dormía allí tenía el cabello negro y alborotado, y una piel tan pálida que parecía brillar débilmente en la penumbra. Pero lo que más llamó la atención de Yuji, en su estado de embriaguez selectiva, fue la curva pronunciada que se dibujaba bajo la cintura. La posición fetal de quien dormía acentuaba un trasero redondeado y firme que tensaba la tela del pantalón de pijama de seda.

—¿Quién...? —susurró Yuji, dando un paso hacia adelante.

No recibió respuesta, solo el sonido rítmico de una respiración pausada.

Esa persona era Megumi Fushiguro.

Megumi se había marchado de la fiesta apenas una hora después de que llegaran las botellas de tequila. Estudiante de veterinaria, solitario por elección y poseedor de una belleza que a menudo lo ponía en situaciones incómodas, Megumi prefería la compañía de los perros de la clínica que la de sus ruidosos compañeros de clase. Era gay, un hecho que aceptaba con la misma frialdad con la que aceptaba la lluvia, pero no sentía la necesidad de anunciarlo. Para las mujeres, era un ideal estético, casi femenino por sus rasgos finos y pestañas largas; para los hombres, era un muro de hielo difícil de escalar.

Se había puesto su pijama de seda azul oscuro, una prenda que se sentía como una caricia contra su piel, y se había quedado dormido casi al instante, confiando en que nadie lo molestaría.

Yuji se acercó al futón, dejándose caer de rodillas a su lado. El alcohol eliminó el filtro de la prudencia. Solo podía pensar en lo suave que se veía todo: el cabello, la piel, la curva de la cadera. Sin pensarlo mucho, extendió la mano.

—Oye... —susurró de nuevo, su voz arrastrada por el efecto de la cerveza.

Su mano, grande y cálida, aterrizó directamente sobre la curva del trasero de Megumi.

El contacto fue eléctrico. Para Yuji, la suavidad de la seda combinada con la firmeza de la carne debajo fue una revelación. Empezó a masajear la zona con una lentitud perezosa, disfrutando de la textura.

Megumi, en medio de un sueño profundo, sintió un peso cálido y una presión que no debería estar allí. Al principio pensó que era uno de los perros de la facultad, pero el movimiento era demasiado humano, demasiado deliberado. Abrió los ojos de golpe, encontrándose con la pared oscura. La mano seguía ahí, apretando con una confianza asombrosa.

Un escalofrío recorrió su columna. Se giró rápidamente, quedando boca arriba, solo para encontrarse con el rostro de Yuji Itadori a escasos centímetros del suyo.

—¿Itadori? —La voz de Megumi salió rota, un hilo de incredulidad y sueño.

Yuji no retiró la mano, aunque ahora descansaba sobre el muslo de Megumi debido al cambio de posición. Sus ojos color miel brillaban con una intensidad extraña.

—Fushiguro... eras tú —dijo Yuji, sonriendo de esa forma boba y encantadora que lo caracterizaba—. Tienes un cuerpo increíble, ¿lo sabías?

Megumi sintió que la sangre le subía a las mejillas. La situación era absurda. Estaba en una habitación oscura, con el chico más popular y atlético de la clase de arquitectura manoseándolo como si fuera lo más natural del mundo.

—Estás borracho —sentenció Megumi, intentando sonar severo, aunque su corazón latía con una fuerza que amenazaba con romperle las costillas.

—Un poco —admitió Yuji, inclinándose más—. Pero no tanto como para no saber que esto me gusta.

—¿El qué te gusta? —preguntó Megumi, incapaz de apartar la mirada de los labios de Yuji.

—Tú. Siempre me has parecido... bonito. Pero ahora, aquí... pareces otra cosa. Pareces alguien a quien quiero tocar todo el tiempo.

Yuji deslizó su mano desde el muslo hacia la cintura de Megumi, metiendo los dedos por debajo de la camiseta de seda. El contraste entre la mano caliente de Yuji y la piel fría de Megumi hizo que este último soltara un suspiro entrecortado.

—No deberías decir esas cosas si no las sientes —murmuró Megumi, cerrando los ojos por un momento—. Mañana ni siquiera te acordarás.

—Me acordaré —insistió Yuji, acercándose hasta que sus frentes se tocaron—. Me acuerdo de cómo me miraste el primer día de clase. Me acuerdo de cómo cuidas a los animales. Y me acordaré de cómo se siente tu piel.

Megumi, el chico que nunca dejaba entrar a nadie, el que era "difícil" para los hombres, sintió cómo sus defensas se desmoronaban. Había algo en la honestidad brutal de Yuji, incluso bajo la influencia del alcohol, que lo desarmaba.

—Itadori...

—Dime Yuji.

—Yuji... —Megumi extendió una mano temblorosa y acarició el cabello rosado de Yuji. Era áspero pero extrañamente reconfortante—. Si sigues haciendo esto, no voy a dejar que te detengas.

Yuji soltó una risa baja, una vibración que Megumi sintió en su propio pecho.

—Ese es el plan.

Yuji acortó la distancia final. El beso no fue brusco ni exigente; fue una exploración lenta, con sabor a cerveza y a una curiosidad que llevaba meses cocinándose a fuego lento. Megumi respondió con una urgencia que lo sorprendió a sí mismo, enredando sus dedos en la nuca de Yuji, atrayéndolo hacia él como si temiera que fuera a desaparecer.

Mientras tanto, en la sala, el caos continuaba. Nobara soltó un gemido que fue ahogado por un beso de Maki, quien ahora exploraba con su lengua el escote de su novia, completamente ajena a que sus dos amigos estaban descubriendo un mundo nuevo en la habitación de al lado.

Yuji separó sus labios de los de Megumi solo unos milímetros, jadeando.

—Eres tan suave, Fushiguro. Pero también eres... firme. Me vas a volver loco.

—Cállate y sigue —respondió Megumi, su voz ahora cargada de un deseo que nunca se había permitido expresar.

Yuji obedeció. Su mano volvió a bajar, buscando de nuevo esa curva que lo había atraído a la habitación. Esta vez, Megumi arqueó la espalda, permitiendo que Yuji explorara a su antojo. El pijama de seda terminó siendo más un estorbo que una protección, y pronto, el calor de sus cuerpos fue lo único que importó en la penumbra.

Esa noche, en el apartamento nuevo de Nobara, se rompieron muchas promesas de sobriedad, pero también se rompieron los muros que Megumi Fushiguro había construido alrededor de su corazón. Yuji, con su sencillez y su falta de prejuicios, había encontrado la grieta perfecta.

A la mañana siguiente, el dolor de cabeza sería monumental para todos, pero mientras el sol no saliera, el mundo solo consistía en el roce de la seda, el aroma a limpio de Megumi y la fuerza inagotable de Yuji.

—Mañana vamos a tener que hablar de esto —susurró Megumi horas más tarde, con la cabeza apoyada en el pecho de Yuji.

—Mañana —asintió Yuji, envolviéndolo en sus brazos—. Pero ahora, déjame dormir así. Eres el mejor futón que he probado nunca.

—Idiota —replicó Megumi, pero se acurrucó más contra él, con una pequeña sonrisa que nadie más vería jamás.
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