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Un Cupido Maldito
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 23/4/2026
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Recortes de VidaFluffHumorAmbientación CanonEstudio de PersonajeRomanceSongficPelícula de Amigos
Operación Helado y Humo
El sol de julio sobre Tokio no tenía piedad. El asfalto de la Escuela Técnica de Hechicería parecía vibrar bajo el calor sofocante, y las cigarras entonaban un coro monótono que solo servía para aumentar la irritabilidad de cualquiera que no tuviera una técnica de maldición refrescante.
Suguru Geto observaba la escena desde la sombra de un árbol, abanicándose lánguidamente con la mano. A unos metros de él, la personificación del caos y la personificación de la apatía protagonizaban su enésimo encuentro de la semana.
Satoru Gojo, con sus gafas de sol ligeramente caídas sobre la nariz y el uniforme desabrochado, estaba intentando —y fallando estrepitosamente— quitarle un cigarrillo a Shoko Ieiri.
—¡Vamos, Shoko! —exclamó Gojo, alargando sus interminables brazos—. Fumar te va a dejar los pulmones como una maldición de grado cuatro. Además, el olor es asqueroso. Dame eso.
Shoko ni siquiera se inmutó. Dio una calada lenta, exhaló el humo directamente hacia la cara del chico de cabello blanco y lo miró con esos ojos cansados que siempre parecían estar juzgando la existencia misma de Satoru.
—Si te molesta, vete a molestar a Suguru —respondió ella con voz monótona—. Además, tienes el "Infinito" activado, ni siquiera puedes olerlo a menos que quieras.
—¡Ese no es el punto! El punto es que es una falta de respeto hacia mi presencia divina —replicó Gojo con una sonrisa arrogante, aunque no se movió ni un centímetro de su lado.
Suguru suspiró. Llevaba meses analizando la dinámica. Satoru, el "más fuerte", el egocéntrico que trataba al mundo como su patio de recreo, se volvía extrañamente insistente y ruidoso cuando Shoko estaba cerca. No era solo su actitud habitual; era una necesidad casi infantil de atención. Y Shoko, que normalmente ignoraba a todo el mundo con una eficiencia quirúrgica, siempre encontraba un hueco para responder a las provocaciones de Satoru, aunque fuera con un insulto sutil o una mirada de desprecio que, para ojos expertos como los de Suguru, ocultaba algo más.
"Es patético", pensó Geto, ajustándose el mechón de pelo que caía sobre su frente. "Son como dos polos opuestos que se mueren por chocar pero tienen demasiado orgullo o demasiada flojera para admitirlo".
Fue en ese momento cuando el "Plan SatoShoko" cobró vida oficialmente en su mente. Si el destino no iba a intervenir, él lo haría. Después de todo, era más entretenido que tragar orbes de maldiciones con sabor a trapo sucio.
—¡Oigan! —llamó Suguru, levantándose y caminando hacia ellos con su habitual sonrisa serena—. Hace demasiado calor para estar aquí parados discutiendo por tabaco. He oído que han abierto una heladería nueva cerca de la estación. Dicen que tienen un helado de edición limitada que incluso Satoru no ha probado.
Los ojos de Gojo se iluminaron detrás de sus gafas.
—¿Edición limitada? —Satoru se enderezó, olvidando instantáneamente el cigarrillo de Shoko—. Suguru, mi buen amigo, ¿por qué no lo dijiste antes? ¡Mi paladar exige azúcar de alta calidad!
—Yo paso —dijo Shoko, apagando el cigarrillo contra la suela de su zapato—. El azúcar me da dolor de cabeza y prefiero quedarme en la morgue, allí el aire acondicionado funciona de verdad.
Suguru no se inmutó. Conocía bien a sus objetivos.
—Es una pena —comentó Geto con un tono de fingida decepción—, porque escuché que también venden unos tés helados artesanales que son famosos por relajar los nervios. Y creo que vi a Utahime-senpai diciendo que quería ir, pero está ocupada con una misión. Podrías ir y restregárselo un poco.
Shoko arqueó una ceja. La idea de molestar a Utahime o simplemente salir del bochorno de la escuela por un té frío pareció ganar la batalla contra su letargo.
—Está bien —cedió ella—. Pero Satoru paga.
—¿¡Qué!? ¿Por qué yo? —protestó el de los Seis Ojos.
—Porque eres rico y molesto —sentenció Shoko, empezando a caminar hacia la salida.
—¡Buen argumento! —rio Satoru, siguiéndola de cerca—. ¡Pero quiero el helado más grande que tengan!
Suguru los siguió a unos pasos de distancia, observando cómo Satoru intentaba caminar "accidentalmente" demasiado cerca de Shoko, provocando que ella le diera pequeños empujones con el codo. La fase uno estaba en marcha: sacarlos de su zona de confort.
Cuando llegaron a la heladería, el lugar estaba abarrotado. Era un local pequeño, decorado con colores pastel y lleno de adolescentes que buscaban refugio del calor. Geto vio su oportunidad de oro cuando notó que solo quedaba una mesa pequeña al fondo, con apenas dos sillas.
—Vaya —dijo Suguru, fingiendo sorpresa—. Solo hay sitio para dos. No importa, yo pediré para llevar y me adelantaré a ver unas cosas en la librería de al lado. Ustedes siéntense.
Satoru miró la mesa y luego a Shoko. Por un breve segundo, el gran Gojo Satoru pareció dudar, un destello de timidez que desapareció tan rápido que Suguru casi duda de haberlo visto.
—Perfecto —dijo Satoru, sentándose con las piernas largas estorbando en el pasillo—. Shoko, siéntate antes de que alguien te robe el lugar. ¡Suguru, tráeme el especial de fresa y crema con extra de todo!
Shoko se sentó frente a él, suspirando mientras dejaba su bolso en el suelo. Geto asintió y se dirigió al mostrador. Pidió los helados y el té, pero se tomó su tiempo, observándolos desde la distancia mientras esperaba.
Desde su posición, Suguru pudo ver cómo la dinámica cambiaba sin su presencia como mediador. Al principio, hubo un silencio incómodo. Satoru jugueteaba con una servilleta, doblando un avión de papel con una precisión innecesaria, mientras Shoko miraba por la ventana, aunque su reflejo en el cristal estaba claramente enfocado en el chico frente a ella.
—¿Sabes? —escuchó Suguru que Satoru decía, bajando el tono de voz—, te ves menos amargada cuando no tienes un cigarrillo en la boca.
—Y tú te ves menos idiota cuando cierras la boca, pero aquí estamos los dos, decepcionando al mundo —respondió Shoko, aunque no había veneno en sus palabras.
Satoru soltó una carcajada genuina, no esa risa burlona que usaba con los superiores o los enemigos. Era una risa ligera.
—Eres terrible, Shoko. De verdad. Por eso somos amigos.
—Somos amigos porque Suguru tiene la paciencia de un santo y yo soy la única que puede curarte cuando te excedes —replicó ella, aunque una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
Geto regresó con la bandeja. Dejó el té frente a Shoko y el monstruoso helado frente a Satoru.
—Aquí tienen. Oh, acabo de recibir un mensaje —mintió Suguru, mirando su teléfono apagado—. Resulta que el profesor Yaga me necesita para revisar unos informes de almacén. Tendrán que volver solos.
—¿Ahora? —Satoru frunció el ceño con una cuchara ya en la boca—. Qué aburrido es Yaga-michi.
—Órdenes son órdenes —dijo Suguru con total naturalidad—. Disfruten. Shoko, no dejes que se coma tu parte.
—No prometo nada —dijo Shoko, tomando un sorbo de su té frío.
Suguru se retiró con paso tranquilo, pero no se fue lejos. Se apostó en la esquina de la calle, oculto tras un puesto de revistas, para observar el desenlace de su pequeña trampa.
Vio a través del ventanal cómo Satoru, en un gesto inusualmente caballeroso (o quizás solo juguetón), le ofrecía una cucharada de su helado a Shoko. Ella negó con la cabeza varias veces, pero ante la insistencia pesada de Gojo, finalmente cedió y probó un poco. La expresión de sorpresa de Shoko y la cara de triunfo absoluto de Satoru valieron cada segundo de calor que Suguru estaba soportando.
Luego, algo más sucedió. Satoru se quitó las gafas de sol por un momento para limpiarlas, dejando al descubierto esos ojos azules que parecían contener el cielo mismo. Shoko se quedó mirándolo fijamente por unos segundos más de lo necesario. No hubo burlas, no hubo comentarios sarcásticos. Solo un momento de quietud entre dos personas que cargaban con el peso de un mundo que no los entendía.
Satoru volvió a ponerse las gafas y dijo algo que hizo que Shoko le diera un golpe juguetón en el brazo, a lo que él respondió fingiendo un dolor inmenso, agarrándose el pecho dramáticamente.
Suguru sonrió para sí mismo mientras empezaba a caminar de regreso a la escuela. El "Plan SatoShoko" estaba progresando mejor de lo esperado.
—Paso a paso —murmuró Geto—. Primero helados, luego quizás una misión juntos en la playa... y para finales de verano, tal vez dejen de hacerme perder el tiempo con sus tensiones no resueltas.
Mientras caminaba, se cruzó con un grupo de estudiantes de primer año que parecían agobiados por el entrenamiento. Suguru los saludó con la mano, sintiéndose extrañamente ligero. Ser el "casamentero" de los dos hechiceros más problemáticos de la era moderna era, sin duda, una tarea de grado especial, pero él era Suguru Geto, y si podía manipular maldiciones, manipular los sentimientos de sus mejores amigos no debería ser tan difícil.
De vuelta en la heladería, Satoru y Shoko salieron finalmente al aire caliente de la tarde.
—¿Quieres caminar un rato por el parque? —preguntó Satoru, rascándose la nuca—. El aire acondicionado de la escuela me da sueño.
Shoko lo miró, notando que el chico no estaba usando su tono de "soy el mejor", sino algo más parecido a una invitación genuina.
—Solo si prometes no intentar atrapar ninguna cigarra para asustarme —respondió ella, empezando a caminar en dirección al parque.
—¡Oye, solo fue una vez! —protestó Satoru, alcanzándola rápidamente—. ¡Y técnicamente fue una maldición cigarra!
—Era un insecto normal, Satoru.
—¡Detalles, detalles!
Suguru, que ya estaba lejos, no pudo ver cómo la mano de Satoru rozaba brevemente la de Shoko mientras caminaban, ni cómo ella, por una vez, no se alejó. Pero no necesitaba verlo. Sabía que el verano del 2006 apenas estaba comenzando, y él tenía muchas más ideas bajo la manga.
Después de todo, ver a Satoru Gojo confundido por sus propios sentimientos era el mejor entretenimiento que el mundo de la hechicería podía ofrecerle. Y Shoko, aunque fingiera indiferencia, merecía a alguien que la hiciera reír entre tanta muerte y autopsias.
—Misión cumplida por hoy —dijo Suguru para sí mismo, mirando al cielo azul—. Mañana... mañana quizás los "obligue" a ir al cine.
El sol seguía brillando con fuerza, pero para Suguru Geto, el verano nunca se había sentido tan fresco. El Plan SatoShoko era, oficialmente, un éxito en potencia.
Suguru Geto observaba la escena desde la sombra de un árbol, abanicándose lánguidamente con la mano. A unos metros de él, la personificación del caos y la personificación de la apatía protagonizaban su enésimo encuentro de la semana.
Satoru Gojo, con sus gafas de sol ligeramente caídas sobre la nariz y el uniforme desabrochado, estaba intentando —y fallando estrepitosamente— quitarle un cigarrillo a Shoko Ieiri.
—¡Vamos, Shoko! —exclamó Gojo, alargando sus interminables brazos—. Fumar te va a dejar los pulmones como una maldición de grado cuatro. Además, el olor es asqueroso. Dame eso.
Shoko ni siquiera se inmutó. Dio una calada lenta, exhaló el humo directamente hacia la cara del chico de cabello blanco y lo miró con esos ojos cansados que siempre parecían estar juzgando la existencia misma de Satoru.
—Si te molesta, vete a molestar a Suguru —respondió ella con voz monótona—. Además, tienes el "Infinito" activado, ni siquiera puedes olerlo a menos que quieras.
—¡Ese no es el punto! El punto es que es una falta de respeto hacia mi presencia divina —replicó Gojo con una sonrisa arrogante, aunque no se movió ni un centímetro de su lado.
Suguru suspiró. Llevaba meses analizando la dinámica. Satoru, el "más fuerte", el egocéntrico que trataba al mundo como su patio de recreo, se volvía extrañamente insistente y ruidoso cuando Shoko estaba cerca. No era solo su actitud habitual; era una necesidad casi infantil de atención. Y Shoko, que normalmente ignoraba a todo el mundo con una eficiencia quirúrgica, siempre encontraba un hueco para responder a las provocaciones de Satoru, aunque fuera con un insulto sutil o una mirada de desprecio que, para ojos expertos como los de Suguru, ocultaba algo más.
"Es patético", pensó Geto, ajustándose el mechón de pelo que caía sobre su frente. "Son como dos polos opuestos que se mueren por chocar pero tienen demasiado orgullo o demasiada flojera para admitirlo".
Fue en ese momento cuando el "Plan SatoShoko" cobró vida oficialmente en su mente. Si el destino no iba a intervenir, él lo haría. Después de todo, era más entretenido que tragar orbes de maldiciones con sabor a trapo sucio.
—¡Oigan! —llamó Suguru, levantándose y caminando hacia ellos con su habitual sonrisa serena—. Hace demasiado calor para estar aquí parados discutiendo por tabaco. He oído que han abierto una heladería nueva cerca de la estación. Dicen que tienen un helado de edición limitada que incluso Satoru no ha probado.
Los ojos de Gojo se iluminaron detrás de sus gafas.
—¿Edición limitada? —Satoru se enderezó, olvidando instantáneamente el cigarrillo de Shoko—. Suguru, mi buen amigo, ¿por qué no lo dijiste antes? ¡Mi paladar exige azúcar de alta calidad!
—Yo paso —dijo Shoko, apagando el cigarrillo contra la suela de su zapato—. El azúcar me da dolor de cabeza y prefiero quedarme en la morgue, allí el aire acondicionado funciona de verdad.
Suguru no se inmutó. Conocía bien a sus objetivos.
—Es una pena —comentó Geto con un tono de fingida decepción—, porque escuché que también venden unos tés helados artesanales que son famosos por relajar los nervios. Y creo que vi a Utahime-senpai diciendo que quería ir, pero está ocupada con una misión. Podrías ir y restregárselo un poco.
Shoko arqueó una ceja. La idea de molestar a Utahime o simplemente salir del bochorno de la escuela por un té frío pareció ganar la batalla contra su letargo.
—Está bien —cedió ella—. Pero Satoru paga.
—¿¡Qué!? ¿Por qué yo? —protestó el de los Seis Ojos.
—Porque eres rico y molesto —sentenció Shoko, empezando a caminar hacia la salida.
—¡Buen argumento! —rio Satoru, siguiéndola de cerca—. ¡Pero quiero el helado más grande que tengan!
Suguru los siguió a unos pasos de distancia, observando cómo Satoru intentaba caminar "accidentalmente" demasiado cerca de Shoko, provocando que ella le diera pequeños empujones con el codo. La fase uno estaba en marcha: sacarlos de su zona de confort.
Cuando llegaron a la heladería, el lugar estaba abarrotado. Era un local pequeño, decorado con colores pastel y lleno de adolescentes que buscaban refugio del calor. Geto vio su oportunidad de oro cuando notó que solo quedaba una mesa pequeña al fondo, con apenas dos sillas.
—Vaya —dijo Suguru, fingiendo sorpresa—. Solo hay sitio para dos. No importa, yo pediré para llevar y me adelantaré a ver unas cosas en la librería de al lado. Ustedes siéntense.
Satoru miró la mesa y luego a Shoko. Por un breve segundo, el gran Gojo Satoru pareció dudar, un destello de timidez que desapareció tan rápido que Suguru casi duda de haberlo visto.
—Perfecto —dijo Satoru, sentándose con las piernas largas estorbando en el pasillo—. Shoko, siéntate antes de que alguien te robe el lugar. ¡Suguru, tráeme el especial de fresa y crema con extra de todo!
Shoko se sentó frente a él, suspirando mientras dejaba su bolso en el suelo. Geto asintió y se dirigió al mostrador. Pidió los helados y el té, pero se tomó su tiempo, observándolos desde la distancia mientras esperaba.
Desde su posición, Suguru pudo ver cómo la dinámica cambiaba sin su presencia como mediador. Al principio, hubo un silencio incómodo. Satoru jugueteaba con una servilleta, doblando un avión de papel con una precisión innecesaria, mientras Shoko miraba por la ventana, aunque su reflejo en el cristal estaba claramente enfocado en el chico frente a ella.
—¿Sabes? —escuchó Suguru que Satoru decía, bajando el tono de voz—, te ves menos amargada cuando no tienes un cigarrillo en la boca.
—Y tú te ves menos idiota cuando cierras la boca, pero aquí estamos los dos, decepcionando al mundo —respondió Shoko, aunque no había veneno en sus palabras.
Satoru soltó una carcajada genuina, no esa risa burlona que usaba con los superiores o los enemigos. Era una risa ligera.
—Eres terrible, Shoko. De verdad. Por eso somos amigos.
—Somos amigos porque Suguru tiene la paciencia de un santo y yo soy la única que puede curarte cuando te excedes —replicó ella, aunque una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó sus labios.
Geto regresó con la bandeja. Dejó el té frente a Shoko y el monstruoso helado frente a Satoru.
—Aquí tienen. Oh, acabo de recibir un mensaje —mintió Suguru, mirando su teléfono apagado—. Resulta que el profesor Yaga me necesita para revisar unos informes de almacén. Tendrán que volver solos.
—¿Ahora? —Satoru frunció el ceño con una cuchara ya en la boca—. Qué aburrido es Yaga-michi.
—Órdenes son órdenes —dijo Suguru con total naturalidad—. Disfruten. Shoko, no dejes que se coma tu parte.
—No prometo nada —dijo Shoko, tomando un sorbo de su té frío.
Suguru se retiró con paso tranquilo, pero no se fue lejos. Se apostó en la esquina de la calle, oculto tras un puesto de revistas, para observar el desenlace de su pequeña trampa.
Vio a través del ventanal cómo Satoru, en un gesto inusualmente caballeroso (o quizás solo juguetón), le ofrecía una cucharada de su helado a Shoko. Ella negó con la cabeza varias veces, pero ante la insistencia pesada de Gojo, finalmente cedió y probó un poco. La expresión de sorpresa de Shoko y la cara de triunfo absoluto de Satoru valieron cada segundo de calor que Suguru estaba soportando.
Luego, algo más sucedió. Satoru se quitó las gafas de sol por un momento para limpiarlas, dejando al descubierto esos ojos azules que parecían contener el cielo mismo. Shoko se quedó mirándolo fijamente por unos segundos más de lo necesario. No hubo burlas, no hubo comentarios sarcásticos. Solo un momento de quietud entre dos personas que cargaban con el peso de un mundo que no los entendía.
Satoru volvió a ponerse las gafas y dijo algo que hizo que Shoko le diera un golpe juguetón en el brazo, a lo que él respondió fingiendo un dolor inmenso, agarrándose el pecho dramáticamente.
Suguru sonrió para sí mismo mientras empezaba a caminar de regreso a la escuela. El "Plan SatoShoko" estaba progresando mejor de lo esperado.
—Paso a paso —murmuró Geto—. Primero helados, luego quizás una misión juntos en la playa... y para finales de verano, tal vez dejen de hacerme perder el tiempo con sus tensiones no resueltas.
Mientras caminaba, se cruzó con un grupo de estudiantes de primer año que parecían agobiados por el entrenamiento. Suguru los saludó con la mano, sintiéndose extrañamente ligero. Ser el "casamentero" de los dos hechiceros más problemáticos de la era moderna era, sin duda, una tarea de grado especial, pero él era Suguru Geto, y si podía manipular maldiciones, manipular los sentimientos de sus mejores amigos no debería ser tan difícil.
De vuelta en la heladería, Satoru y Shoko salieron finalmente al aire caliente de la tarde.
—¿Quieres caminar un rato por el parque? —preguntó Satoru, rascándose la nuca—. El aire acondicionado de la escuela me da sueño.
Shoko lo miró, notando que el chico no estaba usando su tono de "soy el mejor", sino algo más parecido a una invitación genuina.
—Solo si prometes no intentar atrapar ninguna cigarra para asustarme —respondió ella, empezando a caminar en dirección al parque.
—¡Oye, solo fue una vez! —protestó Satoru, alcanzándola rápidamente—. ¡Y técnicamente fue una maldición cigarra!
—Era un insecto normal, Satoru.
—¡Detalles, detalles!
Suguru, que ya estaba lejos, no pudo ver cómo la mano de Satoru rozaba brevemente la de Shoko mientras caminaban, ni cómo ella, por una vez, no se alejó. Pero no necesitaba verlo. Sabía que el verano del 2006 apenas estaba comenzando, y él tenía muchas más ideas bajo la manga.
Después de todo, ver a Satoru Gojo confundido por sus propios sentimientos era el mejor entretenimiento que el mundo de la hechicería podía ofrecerle. Y Shoko, aunque fingiera indiferencia, merecía a alguien que la hiciera reír entre tanta muerte y autopsias.
—Misión cumplida por hoy —dijo Suguru para sí mismo, mirando al cielo azul—. Mañana... mañana quizás los "obligue" a ir al cine.
El sol seguía brillando con fuerza, pero para Suguru Geto, el verano nunca se había sentido tan fresco. El Plan SatoShoko era, oficialmente, un éxito en potencia.
