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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 24/4/2026

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Anatomía de un flechazo inesperado

El pasillo de la residencia universitaria olía a una mezcla de café instantáneo, detergente barato y el ligero aroma a desesperación que suele flotar en el aire antes de los exámenes parciales. Yuji Itadori, sin embargo, parecía inmune al estrés generalizado. Caminaba con su habitual energía desbordante, aunque esta vez cargaba con dos tomos de anatomía tan gruesos que podrían haber servido como armas de defensa personal.

Había sido un error —o quizá una bendición disfrazada de negligencia— pasar la última semana más concentrado en el club de atletismo y en las bromas pesadas a Nobara que en el sistema nervioso central. Pero ahí estaba Tsumiki Fushiguro, su compañera de curso y la voz de la razón, quien finalmente se había apiadado de él tras verlo intentar estudiar en la cafetería con los ojos vidriosos.

—"Ven a mi habitación a las seis, Itadori. Si no empiezas hoy, vas a reprobar antes de abrir el examen" —había dicho ella con esa sonrisa amable que ocultaba una voluntad de hierro.

Yuji llegó a la puerta 402 y, tras un breve malabarismo para no dejar caer los libros, golpeó tres veces con el nudillo.

—¡Tsumiki! ¡Ya llegó el futuro mejor cirujano del país por pura gracia divina! —exclamó, riendo de su propia desgracia académica.

Sin embargo, cuando la puerta se abrió, las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

No era Tsumiki.

Frente a él se encontraba un chico que parecía haber salido de una pintura de porcelana. Era un poco más bajo que él, pero de una complexión tan esbelta y delicada que Yuji sintió, por un segundo, que sus propios hombros eran demasiado anchos para el pasillo. Tenía el cabello negro azabache, despeinado de una forma que parecía artística, y una piel tan pálida que contrastaba violentamente con sus ojos de un verde profundo y magnético.

Yuji parpadeó, sintiendo que el peso de los libros de medicina aumentaba repentinamente. Su corazón, que solía latir al ritmo tranquilo de un atleta, dio un vuelco poco profesional.

—Eh... yo... —Yuji sintió que sus mejillas se calentaban. Su cabello rosa, usualmente su rasgo más llamativo, parecía ahora un grito estridente frente a la elegancia silenciosa del desconocido.

El chico de ojos verdes lo recorrió con una mirada rápida, llena de una indiferencia que rozaba el desdén, aunque no parecía malintencionado, solo... distante.

—Tsumiki se está bañando —dijo el pelinegro con una voz suave pero firme—. Pasa si quieres. O espera fuera. Me da igual.

—¡Ah! ¡Sí! ¡Permiso! —Yuji entró casi tropezando con sus propios pies. Los libros se resbalaron de sus brazos y soltó un quejido ahogado mientras lograba atraparlos contra su pecho en el último segundo—. Soy Yuji Itadori. Compañero de Tsumiki. El que no sabe nada de neuroanatomía.

Megumi Fushiguro —porque Yuji supuso inmediatamente que este debía ser el famoso hermano menor del que Tsumiki hablaba con tanto cariño— cerró la puerta y regresó a una pequeña mesa donde había un libro de literatura clásica y un cuaderno de bocetos.

—Sé quién eres —respondió Megumi sin mirarlo, sentándose de nuevo—. Tsumiki menciona mucho tu nombre. Dice que eres el "ruidoso del grupo".

Yuji soltó una carcajada nerviosa y se rascó la nuca.

—Vaya, qué buena reputación tengo. Y tú debes ser Megumi, ¿verdad? Me ha hablado mucho de ti, pero no mencionó que fueras tan... —Se detuvo antes de decir "lindo", "etéreo" o "perfecto"— ...tan parecido a ella. Bueno, no, ella es más sonriente. Tú eres más como un gato.

Megumi levantó la vista del libro. Sus ojos verdes se entrecerraron ligeramente, evaluando al intruso de cabello rosa.

—¿Un gato?

—Sí, ya sabes. De esos que te miran como si fueras un mueble molesto hasta que deciden que les caes bien —explicó Yuji con una sonrisa amplia y genuina, la misma que solía desarmar a todo el mundo en la facultad.

Megumi no se desarmó. O al menos, no lo demostró. Desvió la mirada de nuevo hacia sus apuntes, aunque sus dedos apretaron un poco más el borde de la página.

—Siéntate y cállate, Itadori. Tsumiki no tardará.

Yuji obedeció, dejando los libros sobre la mesa compartida. Se sentó frente a Megumi, intentando concentrarse en el índice de su libro, pero su mirada se desviaba constantemente hacia el chico frente a él. Megumi era universitario también, pero parecía pertenecer a un mundo diferente, uno donde el silencio era la norma y no la excepción.

—¿Qué estudias, Megumi? —preguntó Yuji, rompiendo el silencio apenas dos minutos después.

—Literatura —respondió escuetamente—. Y trato de leer ahora mismo.

—¡Oh! Literatura. Eso explica por qué eres tan callado. Debes tener muchas historias en la cabeza. Yo no podría, me gusta demasiado hablar. Nobara dice que si me quedo callado más de diez minutos, probablemente es que me he muerto.

Megumi soltó un suspiro casi imperceptible, pero Yuji notó que la comisura de sus labios se contraía un milímetro. ¿Era una sonrisa?

—Se nota —murmuró Megumi—. Eres exactamente como ella te describió. Un payaso con demasiada energía.

—¡Oye! También soy muy aplicado cuando quiero —protestó Yuji, aunque sin mucha convicción—. Es solo que la medicina es... complicada. Hay demasiados huesos. ¿Para qué queremos tantos? Con la mitad estaríamos bien.

Esta vez, Megumi sí lo miró directamente. Había una chispa de curiosidad genuina en su mirada.

—Si no tienes huesos, colapsarías como una masa de carne. No podrías correr, Itadori.

—Bueno, visto así... —Yuji apoyó la barbilla en su mano, observando a Megumi—. Tienes razón. Eres inteligente. Tsumiki siempre dice que eres el más listo de la familia.

Megumi bajó la cabeza, y Yuji pudo jurar que las puntas de sus orejas se tiñeron de un rosa pálido.

—Ella exagera. Solo soy... normal.

—No creo que seas normal —soltó Yuji sin pensar.

El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Megumi mantuvo la vista fija en su libro, aunque no había pasado de página en un buen rato. Yuji, por su parte, se sintió de repente muy consciente del espacio que ocupaba. Estaba acostumbrado a estar rodeado de gente, a los gritos en los vestuarios, a las risas en los pasillos de la facultad. Pero la presencia de Megumi era como un remanso de agua profunda: silenciosa, fresca y un poco intimidante.

En ese momento, la puerta del baño se abrió y una nube de vapor salió junto con Tsumiki, quien ya estaba vestida con su pijama de algodón, secándose el cabello con una toalla.

—¿Itadori? ¡Ah, llegaste puntual! Qué milagro —dijo ella con una sonrisa radiante. Luego miró a su hermano—. Veo que ya conociste a Megumi. Espero que no lo hayas asustado con tus historias de la morgue.

—¡Para nada! —exclamó Yuji, levantándose de un salto—. Megumi es un gran anfitrión. Me ha explicado por qué necesito mis huesos.

Tsumiki soltó una risita y se acercó a su hermano, rodeándole los hombros con un brazo. Megumi se tensó un poco, pero no se apartó; era evidente que, aunque fingiera ser frío, adoraba a su hermana.

—Megumi es mi tesoro —dijo Tsumiki, dándole un beso en la coronilla a pesar de las protestas silenciosas del chico—. Es un poco huraño, pero tiene el corazón más grande que conozco. ¿A que es lindo?

—¡Tsumiki, basta! —masculló Megumi, hundiéndose en su silla, con el rostro ahora sí claramente sonrojado.

Yuji sintió un cosquilleo en el estómago. Ver a Megumi así de vulnerable, bajo el afecto de su hermana, lo hacía parecer aún más humano, menos como una estatua de mármol.

—Sí —respondió Yuji en voz baja, con una sinceridad que hizo que Tsumiki detuviera sus bromas por un segundo—. Es muy lindo.

Megumi levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Yuji. Por un instante, el "payaso" del curso y el estudiante solitario de literatura compartieron algo que no necesitaba palabras. Fue una conexión eléctrica, un reconocimiento silencioso.

—Bueno —interrumpió Tsumiki, rompiendo el hechizo con un aplauso—. ¡A estudiar! Itadori, abre ese libro en la página doscientos. Megumi, si te molestamos mucho, puedes ir a la biblioteca.

—No —dijo Megumi rápidamente, volviendo a su libro—. Me quedaré aquí. Tengo que terminar este ensayo.

Yuji se sentó, sintiéndose extrañamente motivado. La sesión de estudio comenzó, y aunque Tsumiki era una profesora exigente, Yuji no podía evitar distraerse cada vez que Megumi cambiaba de posición, o cuando se pasaba una mano por el cabello negro para apartarlo de sus ojos.

A mitad de la noche, Tsumiki tuvo que salir un momento a buscar unas fotocopias que le había prestado una vecina de habitación. El silencio volvió a reinar en el cuarto, roto solo por el sonido de las hojas al pasar.

Yuji miró a Megumi. El chico estaba concentrado, escribiendo en su cuaderno con una caligrafía pulcra y elegante.

—Oye, Megumi —susurró Yuji.

Megumi levantó la vista, con una expresión de cansancio fingido.

—¿Qué pasa ahora, Itadori?

—¿Crees que... si apruebo este examen, podrías dejar que te invite a un café? O a un helado. O a lo que sea que coman los chicos que leen literatura clásica.

Megumi se quedó helado. No esperaba esa franqueza. En su mundo, la gente solía dar vueltas, o simplemente lo ignoraba por su aura de inaccesibilidad. Pero Yuji Itadori era como un sol: simplemente brillaba y esperaba que los demás se calentaran con su luz.

—¿Estás apostando tu éxito académico a una cita? —preguntó Megumi, arqueando una ceja.

—No es una apuesta. Es un incentivo —corrigió Yuji con un guiño—. Si apruebo, significa que soy lo suficientemente inteligente como para mantener una conversación contigo sin decir demasiadas tonterías.

Megumi guardó silencio por un largo rato. Yuji empezó a pensar que quizá se había pasado de la raya, que quizá el chico lo echaría de la habitación. Pero entonces, Megumi cerró su cuaderno y lo miró con una suavidad que no había mostrado antes.

—Saca más de un ocho, Itadori —dijo Megumi, volviendo a abrir su libro—. Y entonces aceptaré ese café.

El corazón de Yuji dio un salto de alegría. Se inclinó sobre su libro de anatomía con una energía renovada, devorando los nombres de los nervios craneales como si fueran la clave para descifrar el misterio que era Megumi Fushiguro.

—¡Hecho! —exclamó Yuji, quizá demasiado alto.

—¡Cállate y estudia! —le siseó Megumi, aunque esta vez, no pudo ocultar la pequeña sonrisa que iluminó su rostro pálido.

Cuando Tsumiki regresó unos minutos después, encontró una escena inusual: Itadori estaba estudiando con una concentración feroz, y su hermano menor, el que nunca dejaba que nadie se acercara, lo observaba de reojo con una expresión que Tsumiki conocía muy bien.

Era la expresión de alguien que, sin darse cuenta, acababa de encontrar algo —o a alguien— que valía la pena conocer.

—Vaya —susurró Tsumiki para sí misma, cerrando la puerta con cuidado—. Parece que la anatomía no es lo único que van a aprender hoy.

El resto de la noche transcurrió entre términos médicos y el sutil roce de pies bajo la mesa que ninguno de los dos se atrevió a comentar, pero que ambos deseaban que no terminara nunca. Para Megumi, el chico del cabello rosa ya no era solo el amigo ruidoso de su hermana; era una intrusión necesaria en su mundo monocromático. Y para Yuji, el examen de anatomía ya no era el mayor reto de su semana, sino el primer paso hacia algo mucho más interesante que los libros de medicina.
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