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Fandom: Jujutsu Kaisen

Creado: 24/4/2026

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El eco de un silencio compartido

La pantalla del celular de Yuji se iluminó sobre la mesa de la cafetería, revelando una notificación que no debería haber visto. Fue un error, un descuido nacido de la confianza o quizás de la indiferencia. Megumi, con sus ojos verdes fijos en el aparato, sintió cómo el mundo se detenía. El nombre en la pantalla era el de ella. Otra vez. La exnovia que, según Yuji, ya era parte del pasado. Los mensajes no hablaban de nostalgia, sino de planes, de besos compartidos y de una vida paralela que Itadori llevaba mientras sostenía la mano de Megumi.

No hubo gritos. Megumi Fushiguro no era alguien que alzara la voz. Simplemente se puso de pie, con la piel más pálida de lo habitual y las manos temblorosas ocultas en los bolsillos de su uniforme escolar.

—Se terminó, Yuji —dijo Megumi, con una voz que sonaba como el crujido del hielo fino.

Yuji, con su cabello rosa despeinado y esa expresión de eterna sorpresa, tardó unos segundos en procesar las palabras.

—Oye, Fushiguro, espera... no es lo que parece, solo estábamos hablando porque ella se sentía mal y...

—No mientas más —lo interrumpió Megumi, dándose la vuelta—. Ya no importa.

Megumi se marchó esperando, quizás en un rincón muy profundo de su corazón, que Yuji lo detuviera. Que corriera tras él, que le suplicara perdón, que borrara ese número frente a sus ojos. Pero los pasos detrás de él nunca llegaron. Yuji se quedó sentado, rascándose la nuca, convencido de que Fushiguro solo necesitaba "enfriarse" y que, eventualmente, el malentendido se disolvería solo.

Las semanas siguientes fueron un descenso lento hacia el aislamiento para Megumi. El último año de preparatoria ya era lo suficientemente estresante con los exámenes de ingreso a la universidad, pero ahora cada libro de texto parecía burlarse de su incapacidad para concentrarse. Se encerró en su habitación, un espacio pequeño y ordenado que pronto se convirtió en su celda voluntaria.

—Megumi, tienes que comer algo —dijo Tsumiki, golpeando suavemente la puerta de madera—. He preparado tu sopa favorita.

—No tengo hambre, Tsumiki. Déjala en la mesa, la comeré luego —mintió él, hundiendo el rostro en la almohada.

Su hermana suspiró al otro lado. Ella sabía que la sopa terminaría fría y que Megumi seguiría consumiéndose en ese silencio sepulcral. Sus amigos, Nobara y Maki, habían intentado sacarlo a rastras, pero Megumi se había vuelto un experto en poner excusas o, simplemente, en no responder los mensajes.

Mientras tanto, la vida de Yuji Itadori parecía haber tomado un rumbo distinto. Libre de la "tensión" que su relación con Megumi le provocaba debido a sus constantes celos —que ahora resultaban estar justificados—, Yuji volvió formalmente con su exnovia. Al principio, fue como un estallido de adrenalina. La universidad era nueva, su beca deportiva le exigía tiempo y tener a alguien "fácil" y conocida a su lado se sentía como el camino de menor resistencia.

Sin embargo, el brillo de lo viejo conocido comenzó a desvanecerse rápido.

—¿Otra vez vas a entrenar? —preguntó ella una tarde, cruzando los brazos—. Pensé que iríamos al cine.

—Es mi beca, tengo que cumplir con las horas —respondió Yuji, sintiendo una punzada de irritación que nunca había sentido con Megumi.

Megumi siempre entendía. Megumi se sentaba en las gradas a leer un libro en silencio mientras él corría, y luego compartían un helado sin necesidad de hablar demasiado. Megumi no exigía atención constante; Megumi ofrecía una presencia que calmaba el ruido en la cabeza de Yuji.

Pasaron seis semanas. La relación de Yuji colapsó bajo el peso de las expectativas no cumplidas y la comprensión de que solo había vuelto con ella por inercia, no por amor. Cuando finalmente terminaron, Yuji se encontró solo en su dormitorio de la universidad, mirando el techo y dándose cuenta de que el vacío que sentía no tenía el nombre de su ex. Tenía el nombre de un chico de ojos verdes y cabello azabache que seguramente lo odiaba.

El primer intento de contacto fue un mensaje de texto.

"Fushiguro, ¿podemos hablar? He sido un idiota."

No hubo respuesta. Ni siquiera el doble check azul. Megumi lo había bloqueado semanas atrás.

El segundo intento fue a través de Nobara.

—¡Ni se te ocurra, Itadori! —le gritó ella por teléfono—. ¿Tienes idea de cómo está? Ha perdido peso, apenas sale de su cuarto y Tsumiki está preocupada de muerte. No te acerques a él si no quieres que te rompa la cara.

Yuji sintió un nudo en la garganta. El optimismo que siempre lo caracterizaba se estaba desmoronando. No era solo que extrañara a Megumi; era la culpa de saber que lo había dejado solo mientras él intentaba reconstruir algo que ya estaba roto con otra persona.

Una tarde de lluvia persistente, Yuji se presentó en la casa de los Fushiguro. No llamó antes. Sabía que si lo hacía, le cerrarían la puerta en la cara. Cuando Tsumiki abrió, su expresión de dulzura habitual se transformó en una de profunda decepción.

—¿Qué haces aquí, Yuji? —preguntó ella en voz baja.

—Necesito verlo, Tsumiki-san. Por favor. Solo cinco minutos.

—Está en su cuarto. Pero no creo que quiera hablar contigo. No ha querido hablar con nadie en días.

Yuji subió las escaleras con el corazón martilleando contra sus costillas. Se detuvo frente a la puerta de Megumi. No había música, ni ruidos de videojuegos, solo un silencio denso. Golpeó suavemente.

—Megumi... soy yo.

Dentro de la habitación, Megumi se tensó. Estaba sentado en el suelo, rodeado de apuntes de clase que no había leído. Al escuchar esa voz, la voz que solía ser su refugio, sintió un dolor agudo en el pecho, como si alguien estuviera apretando sus pulmones.

—Vete —respondió Megumi. Su voz sonaba ronca, gastada por la falta de uso.

—No me voy a ir. Escúchame, por favor. Me equivoqué. Fui un cobarde y un egoísta. Pensé que podía recuperar algo que ya no existía y te lastimé en el proceso.

—Ya lo hiciste, Yuji —dijo Megumi, acercándose a la puerta pero sin abrirla—. Ya me rompiste. ¿Qué más quieres? ¿Quieres ver cómo me dejaste?

—Quiero arreglarlo —suplicó Yuji, apoyando la frente contra la madera de la puerta—. No puedo dejar de pensar en ti. En la universidad, en los entrenamientos... todo me recuerda a lo que perdí por estúpido.

—Lo que perdiste no se puede arreglar con una disculpa —replicó Megumi, y esta vez su voz tembló—. Te vi, Yuji. Te vi sonreír con ella apenas tres días después de que terminamos. Mientras yo no podía ni levantarme de la cama, tú estabas rehaciendo tu vida como si yo nunca hubiera existido. Como si los dos años que pasamos juntos no significaran nada.

Yuji cerró los ojos con fuerza. Las palabras de Megumi eran dardos cargados de una verdad que no podía negar.

—Significaron todo —susurró Yuji—. Solo que soy un idiota que no sabe valorar lo que tiene hasta que lo pierde. Por favor, abre la puerta. Déjame verte.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si te veo, tal vez te perdone. Y no quiero perdonarte todavía. No me lo mereces y yo no me merezco volver a pasar por esto.

El silencio volvió a reinar en el pasillo. Yuji se quedó allí, sentado contra la pared opuesta a la habitación, esperando. Esperó una hora, dos, hasta que la noche cayó y Tsumiki tuvo que pedirle amablemente que se marchara.

Megumi escuchó los pasos de Yuji alejándose por las escaleras. Se dejó caer de espaldas contra la puerta y finalmente lloró. No era el llanto contenido de las semanas anteriores, sino un sollozo desgarrador que liberaba toda la rabia y la tristeza acumuladas. Se sentía patético por seguir amando a alguien que lo había reemplazado tan rápido, y se sentía débil por desear, a pesar de todo, que Yuji volviera a golpear la puerta.

Los días siguientes fueron una guerra de desgaste. Yuji enviaba flores que Megumi tiraba a la basura. Yuji le escribía cartas que Megumi guardaba en un cajón sin leer, incapaz de deshacerse de ellas pero demasiado herido para abrirlas.

Un viernes, al salir de la preparatoria, Megumi se encontró con Yuji esperándolo en la puerta. Itadori se veía diferente; el brillo alegre de sus ojos se había apagado un poco, y tenía ojeras profundas. Ya no parecía el universitario radiante y despreocupado.

—Solo un minuto, Fushiguro. Es todo lo que pido. Si después de esto quieres que desaparezca para siempre, lo haré.

Megumi miró a su alrededor. Los otros estudiantes cuchicheaban. No quería una escena.

—Camina —dijo Megumi secamente.

Caminaron hacia un parque cercano, el mismo donde solían ir cuando empezaron a salir. Se sentaron en un banco, manteniendo una distancia prudencial.

—He dejado de verla definitivamente —empezó Yuji, mirando sus propias manos—. No porque quisiera volver contigo, sino porque me di cuenta de que estar con ella era una mentira que me contaba a mí mismo para no enfrentar el hecho de que te había fallado.

—¿Y qué esperas que diga a eso? —preguntó Megumi, mirando hacia el horizonte—. ¿"Gracias por darte cuenta de que soy mejor que ella"? No funciona así, Yuji.

—Lo sé. Solo quiero que sepas que no fue fácil para mí tampoco. Te extrañaba cada segundo. Cada vez que pasaba algo bueno, quería llamarte. Y luego recordaba que no podía, porque yo mismo había destruido ese puente.

—Tuviste semanas para darte cuenta —dijo Megumi, volviendo la vista hacia él. Sus ojos verdes estaban cargados de una fatiga existencial—. Semanas en las que podrías haber venido. En las que podrías haber dejado de verla. Pero elegiste seguir. Elegiste probar suerte con ella mientras yo me hundía.

—Tenía miedo, Megumi —admitió Yuji con la voz quebrada—. Miedo de que ya fuera demasiado tarde, miedo de que me rechazaras. Fui un cobarde.

—Lo fuiste —asintió Megumi—. Y sigo pensando que es demasiado tarde.

Yuji sintió un frío helado recorrerle la espalda.

—¿No hay ninguna oportunidad? ¿Ni siquiera una pequeña?

Megumi se puso de pie. Se veía tan delgado bajo el uniforme, tan frágil y a la vez tan inalcanzable.

—Ahora mismo, lo único que quiero es terminar la preparatoria y entrar a la universidad —dijo Megumi con calma—. Quiero volver a ser yo mismo, sin que mi estado de ánimo dependa de si me mientes o no.

—Puedo esperar —dijo Yuji, levantándose también—. Si necesitas tiempo, te lo daré. Si necesitas que sea solo un conocido, lo seré. Pero no voy a rendirme contigo, Fushiguro. Porque eres la única persona que realmente me conoce.

Megumi lo miró fijamente. Por un momento, el viejo cariño brilló en sus ojos, una chispa de la conexión que una vez los hizo inseparables. Pero luego, la imagen de la notificación en el celular de Yuji volvió a su mente, y la chispa se apagó.

—No me esperes, Itadori. Sigue con tu vida de universitario alegre. Eso es lo que mejor se te da, ¿no?

Megumi se dio la vuelta y comenzó a caminar. Esta vez, Yuji no intentó seguirlo con pasos, sino con la mirada. Vio cómo la figura de Megumi se alejaba bajo el cielo gris, con los hombros rectos pero el paso pesado.

Yuji se quedó allí, en medio del parque, entendiendo finalmente que el perdón no es algo que se pide, sino algo que se cultiva, y que él había quemado la tierra antes de sembrar. Megumi regresó a su habitación, pero esta vez no cerró la puerta con llave. Se sentó en su escritorio y abrió un libro. El dolor seguía ahí, un nudo sordo en el estómago, pero por primera vez en semanas, el silencio de la casa no se sentía como una tumba, sino como un espacio vacío que, muy lentamente, tendría que aprender a llenar él solo.

Lejos de allí, en su dormitorio, Yuji sacó una foto de ambos de su cartera. En la imagen, Megumi medio sonreía mientras Yuji le rodeaba el cuello con un brazo. Era una reliquia de un tiempo donde la confianza era absoluta. Yuji apretó la foto contra su pecho y se hizo una promesa: no importaba cuánto tiempo tomara, o cuántas veces tuviera que pedir perdón en silencio, no dejaría que ese fuera el último capítulo de su historia. Aunque por ahora, el eco del silencio fuera lo único que compartieran.
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