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Rivales caídos
Fandom: Haikyuu!!
Creado: 25/4/2026
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UA (Universo Alternativo)DistopíaPost-ApocalípticoDramaAngustiaSupervivenciaEstudio de PersonajeAcciónRecontarDolor/ConsueloViolencia GráficaMuerte de PersonajeAventuraRomance
El vuelo del cuervo y el peso de la corona
La luz del Distrito 4 siempre me ha parecido demasiado brillante para la miseria que esconde. El sol se refleja en el mar con una intensidad que duele, como si el agua intentara cegarnos para que no viéramos las redes vacías o las manos callosas de quienes pasan el día entero bajo el muelle. Pero hoy, el brillo es distinto. Hoy es el día de la Cosecha.
Me ajusto la camisa que Natsu planchó con tanto cuidado esta mañana. Ella no entiende del todo lo que pasa, solo sabe que hoy es el día en que los "niños grandes" se reúnen en la plaza y que el ambiente en casa es tan tenso que parece que las paredes van a agrietarse. Antes de salir, me abrazó las piernas con tanta fuerza que casi me hace llorar.
—Prométeme que volverás para la cena, Shoyo —me dijo con sus ojos grandes y brillantes.
—Claro que sí, Natsu. Solo es un sorteo —mentí. Siempre he sido bueno fingiendo que no tengo miedo.
Al llegar a la plaza, el aire está cargado de sal y sudor frío. Veo a Kageyama a unos metros. Está rígido, con esa expresión perpetua de mal humor que oculta un nerviosismo eléctrico. Nuestros ojos se cruzan un segundo. No hay saludo, solo un reconocimiento silencioso: somos los dos únicos del grupo de entrenamiento que quedan en la edad de riesgo.
En el escenario, la opulencia del Capitolio destaca como una mancha de aceite en agua limpia. Yu Nishinoya, el presentador, se mueve de un lado a otro con una energía que resulta casi insultante para la solemnidad del momento. Su cabello está peinado hacia arriba con geles brillantes y viste un traje que cambia de color según le da la luz. Es carismático, ruidoso y, para alguien que anuncia sentencias de muerte, extrañamente encantador.
—¡Bienvenidos, bienvenidos! —grita Nishinoya por el micrófono, y su voz retumba en cada rincón de la plaza—. ¡Un año más de gloria, de valor y, sobre todo, de espectáculo! Como ya saben, este año las reglas son... especiales. Solo los más fuertes, los más audaces. ¡Este año, el honor es solo para los hombres!
Un murmullo recorre la multitud. Ya lo sabíamos, pero escucharlo en voz alta lo hace real. El Capitolio se cansó de las alianzas sentimentales de las mujeres el año pasado. Quieren sangre, quieren estrategia bruta, quieren control.
Al lado de Nishinoya, sentados con una elegancia que hiela la sangre, están nuestros mentores. Keishin Ukai tiene los brazos cruzados y una expresión que dice que preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo; Ittetsu Takeda, a su lado, sostiene unos papeles con manos temblorosas, intentando mantener la compostura. Y luego está él: Tadashi Yamaguchi.
Ver a Yamaguchi ahí sentado, con la insignia de vencedor brillando en su solapa, siempre me produce un nudo en el estómago. Ganó hace dos años. Sobrevivió, pero dejó una parte de sí mismo en la arena. A veces, cuando lo veo caminar por el distrito, parece que todavía está escuchando los ecos de los gritos que dejó atrás.
—¡Es hora! —anuncia Nishinoya con una sonrisa radiante—. Vamos a conocer a los valientes que representarán al Distrito 4 en este "Mosaico Fracturado".
Mete la mano en la urna de cristal. El silencio es tan absoluto que puedo oír el oleaje rompiendo contra el espigón a lo lejos. Saca el primer sobre.
—¡Tobio Kageyama!
El corazón me da un vuelco. Kageyama no se mueve durante tres segundos. Luego, con los hombros cuadrados y la mirada fija al frente, camina hacia el escenario. No mira a nadie. Es un estratega, un genio del combate, pero verlo ahí arriba lo hace parecer pequeño frente a la inmensidad de lo que le espera.
Nishinoya le da una palmada en la espalda y vuelve a la urna.
—¡Y el segundo tributo es...! —Revuelve los papeles con un dramatismo innecesario—. ¡Kei Tsukishima!
El mundo se detiene.
Giro la cabeza hacia donde está Tsukishima. Está pálido, más de lo habitual. Sus gafas parecen pesarle una tonelada. A su lado, Yamaguchi se ha puesto de pie de un salto en la zona de mentores, con el rostro desencajado. Se supone que Yamaguchi ya pagó el precio por todos nosotros, se supone que su victoria debía proteger a los suyos, pero el sistema es cruel.
Tsukishima da un paso al frente, pero sus piernas flaquean un milímetro. Es calculador, es inteligente, pero no es un luchador de primera línea. En una arena llena de monstruos como los que el Capitolio ha preparado, Tsukishima no durará ni un día. Y Yamaguchi... Yamaguchi no sobrevivirá a verlo morir.
No lo pienso. No es un proceso lógico de pros y contras. Es un impulso que nace de la misma boca del estómago que me hace saltar más alto que nadie para alcanzar un balón.
—¡Me presento voluntario! —grito.
Mi propia voz suena extraña en mis oídos. Aguda, pero firme.
La plaza entera se gira hacia mí. Nishinoya deja de sonreír por un momento, sorprendido por el arrebato. Tsukishima se queda paralizado, mirándome con una mezcla de horror y confusión.
—¡Me presento voluntario como tributo en lugar de Kei Tsukishima! —repito, abriéndome paso entre la multitud hasta llegar al pasillo central.
—¡Vaya, vaya! —Nishinoya recupera el ritmo rápidamente, sus ojos brillan con la emoción del espectáculo—. ¡Un voluntario! ¡Hacía años que no veíamos esto en el 4! Sube aquí, pequeño gran héroe. ¿Cómo te llamas?
Subo las escaleras. Cada escalón se siente como un kilómetro. Cuando llego arriba, estoy a la altura de Kageyama. Él me mira de reojo, sus ojos azules arden con una furia contenida.
—Shoyo Hinata —respondo al micrófono.
—¡Shoyo Hinata! —exclama Nishinoya—. ¡Démosle un aplauso a este valor!
Miro hacia abajo. Tsukishima sigue en el mismo sitio, mirándome como si fuera un extraterrestre. Yamaguchi tiene las manos sobre la boca, las lágrimas resbalando por sus mejillas. He roto el destino de su amigo, he cambiado el tablero.
—Eres un idiota, Hinata —susurra Kageyama lo suficientemente bajo para que solo yo lo oiga.
—Lo sé —respondo con una sonrisa que no llega a mis ojos—. Pero no iba a dejar que te llevaras toda la gloria tú solo, Rey.
***
El tren del Capitolio es un insulto a la pobreza de los distritos. Todo es terciopelo, cristal y comida que desprende olores que nunca imaginé que existieran. Pero no puedo disfrutarlo. Estamos sentados en el vagón comedor: Kageyama, Ukai, Takeda y yo.
Ukai golpea la mesa con los nudillos, impaciente.
—Habéis cometido una estupidez —dice, aunque su tono no es de enfado, sino de una preocupación profunda—. Hinata, eres rápido, pero eres pequeño. Kageyama, eres un genio, pero eres un arrogante. En esta arena, los lobos os van a oler a kilómetros.
—Entrenaremos —dice Kageyama, ignorando el plato de carne frente a él—. Somos mejores que cualquiera de los otros distritos.
—No conocéis a los otros —interviene Takeda, tratando de suavizar el ambiente—. El Distrito 2 ha enviado a Ushijima Wakatoshi. Es una fuerza de la naturaleza. Dicen que puede partir un tronco de un solo golpe con sus manos desnudas. Y su compañero, Satori Tendo... es impredecible. Lo llaman el "monstruo de la adivinación".
Siento un escalofrío. He oído historias sobre Ushijima. Es el tributo perfecto: silencioso, letal, imparable.
—Y no olvidéis al Distrito 1 —añade Ukai—. Bokuto y Akaashi. Bokuto es una bestia en combate, y Akaashi es el cerebro que lo mantiene enfocado. Si esos dos os encuentran, no habrá lugar donde esconderse.
—¿Y qué hay de los mentores? —pregunto, tratando de desviar el pensamiento de mi muerte inminente.
—Ahí es donde tenemos una pequeña ventaja —dice Takeda con una sonrisa triste—. Yamaguchi conoce la arena. Sabe cómo piensa el Capitolio después de haber ganado. Y tenemos a Asahi Azumane esperándonos en el Capitolio para el diseño del desfile. Él os ayudará a ganar patrocinadores. Necesitáis que la gente os quiera para recibir suministros.
—No necesito que me quieran —gruñe Kageyama—. Necesito un arma.
—Necesitas las dos cosas, idiota —le digo, dándole un codazo—. Si no tenemos medicina o agua, tu talento con la lanza no servirá de nada cuando estés deshidratado en el volcán.
Kageyama me mira con desprecio, pero no me contradice. Sabe que tengo razón.
De repente, la puerta del vagón se abre y entra Kiyoko Shimizu. El aire parece enfriarse diez grados de golpe. Es la Presidenta del Capitolio, la mujer que mueve los hilos de este juego macabro. Viste un traje gris oscuro, impecable, y su belleza es tan gélida que resulta intimidante.
Se detiene frente a nuestra mesa. No dice nada durante unos segundos, simplemente nos observa, como un entomólogo mirando a dos insectos particularmente interesantes debajo de un microscopio.
—El Distrito 4 siempre ha sido... pintoresco —dice con una voz suave pero que corta como un cuchillo—. Un voluntario. Hacía tiempo que no veía tal falta de instinto de supervivencia, Hinata. O quizás sea un exceso de heroísmo. En los Juegos, ambos suelen conducir al mismo resultado: un cadáver.
—No voy a morir —le digo, sosteniéndole la mirada. Siento que mis manos tiemblan bajo la mesa, pero no dejo que se note en mi voz.
Kiyoko esboza una sonrisa casi imperceptible.
—Eso dicen todos antes de que soltemos a los mutos. Disfrutad de la cena. Puede que sea la última que vuestro estómago acepte antes de los nervios de la arena.
Se da la vuelta y sale del vagón con la misma elegancia con la que entró. El silencio que deja atrás es pesado.
—Es aterradora —susurra Takeda, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo.
—Es el Capitolio —responde Ukai con amargura—. Para ella, solo sois puntos en una pantalla.
Me levanto y camino hacia el ventanal del tren. El paisaje pasa a una velocidad vertiginosa. Ya hemos dejado atrás las costas del Distrito 4 y nos adentramos en las montañas que protegen la ciudad central. A lo lejos, las luces del Capitolio empiezan a brillar como joyas falsas sobre un manto de oscuridad.
Kageyama se sitúa a mi lado. No me mira, pero siento su presencia, sólida y constante.
—Hinata —dice después de un rato.
—¿Qué?
—Si me estorbas en la arena, te dejaré atrás.
Sonrío, esta vez de verdad. Es la forma que tiene Kageyama de decir que confía en mí para no morir.
—Intenta seguirme el ritmo primero, Rey. Soy más rápido que tú.
—Ya veremos.
El tren entra en un túnel y, por un momento, solo veo nuestro reflejo en el cristal. Dos chicos que deberían estar preocupándose por los exámenes o por quién les gusta, convertidos en piezas de un juego de ajedrez sangriento. Pero mientras miro a Kageyama, me doy cuenta de algo. El Capitolio cree que nos conoce. Cree que somos predecibles porque somos hombres, porque somos jóvenes, porque somos tributos.
No saben que en el Distrito 4, los cuervos aprenden a volar incluso cuando les cortan las alas.
—Vamos a ganar, Kageyama —susurro, más para mí mismo que para él.
—No —responde él, apretando los puños—. Vamos a sobrevivir.
El tren sale del túnel y la explosión de luces del Capitolio nos golpea de frente. El espectáculo está a punto de comenzar, y el mundo entero está mirando. Pero mientras las cámaras se preparan para captar cada uno de nuestros movimientos, yo solo pienso en una cosa: el Mosaico Fracturado nos espera, y yo no pienso ser el que se rompa primero.
Me ajusto la camisa que Natsu planchó con tanto cuidado esta mañana. Ella no entiende del todo lo que pasa, solo sabe que hoy es el día en que los "niños grandes" se reúnen en la plaza y que el ambiente en casa es tan tenso que parece que las paredes van a agrietarse. Antes de salir, me abrazó las piernas con tanta fuerza que casi me hace llorar.
—Prométeme que volverás para la cena, Shoyo —me dijo con sus ojos grandes y brillantes.
—Claro que sí, Natsu. Solo es un sorteo —mentí. Siempre he sido bueno fingiendo que no tengo miedo.
Al llegar a la plaza, el aire está cargado de sal y sudor frío. Veo a Kageyama a unos metros. Está rígido, con esa expresión perpetua de mal humor que oculta un nerviosismo eléctrico. Nuestros ojos se cruzan un segundo. No hay saludo, solo un reconocimiento silencioso: somos los dos únicos del grupo de entrenamiento que quedan en la edad de riesgo.
En el escenario, la opulencia del Capitolio destaca como una mancha de aceite en agua limpia. Yu Nishinoya, el presentador, se mueve de un lado a otro con una energía que resulta casi insultante para la solemnidad del momento. Su cabello está peinado hacia arriba con geles brillantes y viste un traje que cambia de color según le da la luz. Es carismático, ruidoso y, para alguien que anuncia sentencias de muerte, extrañamente encantador.
—¡Bienvenidos, bienvenidos! —grita Nishinoya por el micrófono, y su voz retumba en cada rincón de la plaza—. ¡Un año más de gloria, de valor y, sobre todo, de espectáculo! Como ya saben, este año las reglas son... especiales. Solo los más fuertes, los más audaces. ¡Este año, el honor es solo para los hombres!
Un murmullo recorre la multitud. Ya lo sabíamos, pero escucharlo en voz alta lo hace real. El Capitolio se cansó de las alianzas sentimentales de las mujeres el año pasado. Quieren sangre, quieren estrategia bruta, quieren control.
Al lado de Nishinoya, sentados con una elegancia que hiela la sangre, están nuestros mentores. Keishin Ukai tiene los brazos cruzados y una expresión que dice que preferiría estar en cualquier otro lugar del mundo; Ittetsu Takeda, a su lado, sostiene unos papeles con manos temblorosas, intentando mantener la compostura. Y luego está él: Tadashi Yamaguchi.
Ver a Yamaguchi ahí sentado, con la insignia de vencedor brillando en su solapa, siempre me produce un nudo en el estómago. Ganó hace dos años. Sobrevivió, pero dejó una parte de sí mismo en la arena. A veces, cuando lo veo caminar por el distrito, parece que todavía está escuchando los ecos de los gritos que dejó atrás.
—¡Es hora! —anuncia Nishinoya con una sonrisa radiante—. Vamos a conocer a los valientes que representarán al Distrito 4 en este "Mosaico Fracturado".
Mete la mano en la urna de cristal. El silencio es tan absoluto que puedo oír el oleaje rompiendo contra el espigón a lo lejos. Saca el primer sobre.
—¡Tobio Kageyama!
El corazón me da un vuelco. Kageyama no se mueve durante tres segundos. Luego, con los hombros cuadrados y la mirada fija al frente, camina hacia el escenario. No mira a nadie. Es un estratega, un genio del combate, pero verlo ahí arriba lo hace parecer pequeño frente a la inmensidad de lo que le espera.
Nishinoya le da una palmada en la espalda y vuelve a la urna.
—¡Y el segundo tributo es...! —Revuelve los papeles con un dramatismo innecesario—. ¡Kei Tsukishima!
El mundo se detiene.
Giro la cabeza hacia donde está Tsukishima. Está pálido, más de lo habitual. Sus gafas parecen pesarle una tonelada. A su lado, Yamaguchi se ha puesto de pie de un salto en la zona de mentores, con el rostro desencajado. Se supone que Yamaguchi ya pagó el precio por todos nosotros, se supone que su victoria debía proteger a los suyos, pero el sistema es cruel.
Tsukishima da un paso al frente, pero sus piernas flaquean un milímetro. Es calculador, es inteligente, pero no es un luchador de primera línea. En una arena llena de monstruos como los que el Capitolio ha preparado, Tsukishima no durará ni un día. Y Yamaguchi... Yamaguchi no sobrevivirá a verlo morir.
No lo pienso. No es un proceso lógico de pros y contras. Es un impulso que nace de la misma boca del estómago que me hace saltar más alto que nadie para alcanzar un balón.
—¡Me presento voluntario! —grito.
Mi propia voz suena extraña en mis oídos. Aguda, pero firme.
La plaza entera se gira hacia mí. Nishinoya deja de sonreír por un momento, sorprendido por el arrebato. Tsukishima se queda paralizado, mirándome con una mezcla de horror y confusión.
—¡Me presento voluntario como tributo en lugar de Kei Tsukishima! —repito, abriéndome paso entre la multitud hasta llegar al pasillo central.
—¡Vaya, vaya! —Nishinoya recupera el ritmo rápidamente, sus ojos brillan con la emoción del espectáculo—. ¡Un voluntario! ¡Hacía años que no veíamos esto en el 4! Sube aquí, pequeño gran héroe. ¿Cómo te llamas?
Subo las escaleras. Cada escalón se siente como un kilómetro. Cuando llego arriba, estoy a la altura de Kageyama. Él me mira de reojo, sus ojos azules arden con una furia contenida.
—Shoyo Hinata —respondo al micrófono.
—¡Shoyo Hinata! —exclama Nishinoya—. ¡Démosle un aplauso a este valor!
Miro hacia abajo. Tsukishima sigue en el mismo sitio, mirándome como si fuera un extraterrestre. Yamaguchi tiene las manos sobre la boca, las lágrimas resbalando por sus mejillas. He roto el destino de su amigo, he cambiado el tablero.
—Eres un idiota, Hinata —susurra Kageyama lo suficientemente bajo para que solo yo lo oiga.
—Lo sé —respondo con una sonrisa que no llega a mis ojos—. Pero no iba a dejar que te llevaras toda la gloria tú solo, Rey.
***
El tren del Capitolio es un insulto a la pobreza de los distritos. Todo es terciopelo, cristal y comida que desprende olores que nunca imaginé que existieran. Pero no puedo disfrutarlo. Estamos sentados en el vagón comedor: Kageyama, Ukai, Takeda y yo.
Ukai golpea la mesa con los nudillos, impaciente.
—Habéis cometido una estupidez —dice, aunque su tono no es de enfado, sino de una preocupación profunda—. Hinata, eres rápido, pero eres pequeño. Kageyama, eres un genio, pero eres un arrogante. En esta arena, los lobos os van a oler a kilómetros.
—Entrenaremos —dice Kageyama, ignorando el plato de carne frente a él—. Somos mejores que cualquiera de los otros distritos.
—No conocéis a los otros —interviene Takeda, tratando de suavizar el ambiente—. El Distrito 2 ha enviado a Ushijima Wakatoshi. Es una fuerza de la naturaleza. Dicen que puede partir un tronco de un solo golpe con sus manos desnudas. Y su compañero, Satori Tendo... es impredecible. Lo llaman el "monstruo de la adivinación".
Siento un escalofrío. He oído historias sobre Ushijima. Es el tributo perfecto: silencioso, letal, imparable.
—Y no olvidéis al Distrito 1 —añade Ukai—. Bokuto y Akaashi. Bokuto es una bestia en combate, y Akaashi es el cerebro que lo mantiene enfocado. Si esos dos os encuentran, no habrá lugar donde esconderse.
—¿Y qué hay de los mentores? —pregunto, tratando de desviar el pensamiento de mi muerte inminente.
—Ahí es donde tenemos una pequeña ventaja —dice Takeda con una sonrisa triste—. Yamaguchi conoce la arena. Sabe cómo piensa el Capitolio después de haber ganado. Y tenemos a Asahi Azumane esperándonos en el Capitolio para el diseño del desfile. Él os ayudará a ganar patrocinadores. Necesitáis que la gente os quiera para recibir suministros.
—No necesito que me quieran —gruñe Kageyama—. Necesito un arma.
—Necesitas las dos cosas, idiota —le digo, dándole un codazo—. Si no tenemos medicina o agua, tu talento con la lanza no servirá de nada cuando estés deshidratado en el volcán.
Kageyama me mira con desprecio, pero no me contradice. Sabe que tengo razón.
De repente, la puerta del vagón se abre y entra Kiyoko Shimizu. El aire parece enfriarse diez grados de golpe. Es la Presidenta del Capitolio, la mujer que mueve los hilos de este juego macabro. Viste un traje gris oscuro, impecable, y su belleza es tan gélida que resulta intimidante.
Se detiene frente a nuestra mesa. No dice nada durante unos segundos, simplemente nos observa, como un entomólogo mirando a dos insectos particularmente interesantes debajo de un microscopio.
—El Distrito 4 siempre ha sido... pintoresco —dice con una voz suave pero que corta como un cuchillo—. Un voluntario. Hacía tiempo que no veía tal falta de instinto de supervivencia, Hinata. O quizás sea un exceso de heroísmo. En los Juegos, ambos suelen conducir al mismo resultado: un cadáver.
—No voy a morir —le digo, sosteniéndole la mirada. Siento que mis manos tiemblan bajo la mesa, pero no dejo que se note en mi voz.
Kiyoko esboza una sonrisa casi imperceptible.
—Eso dicen todos antes de que soltemos a los mutos. Disfrutad de la cena. Puede que sea la última que vuestro estómago acepte antes de los nervios de la arena.
Se da la vuelta y sale del vagón con la misma elegancia con la que entró. El silencio que deja atrás es pesado.
—Es aterradora —susurra Takeda, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo.
—Es el Capitolio —responde Ukai con amargura—. Para ella, solo sois puntos en una pantalla.
Me levanto y camino hacia el ventanal del tren. El paisaje pasa a una velocidad vertiginosa. Ya hemos dejado atrás las costas del Distrito 4 y nos adentramos en las montañas que protegen la ciudad central. A lo lejos, las luces del Capitolio empiezan a brillar como joyas falsas sobre un manto de oscuridad.
Kageyama se sitúa a mi lado. No me mira, pero siento su presencia, sólida y constante.
—Hinata —dice después de un rato.
—¿Qué?
—Si me estorbas en la arena, te dejaré atrás.
Sonrío, esta vez de verdad. Es la forma que tiene Kageyama de decir que confía en mí para no morir.
—Intenta seguirme el ritmo primero, Rey. Soy más rápido que tú.
—Ya veremos.
El tren entra en un túnel y, por un momento, solo veo nuestro reflejo en el cristal. Dos chicos que deberían estar preocupándose por los exámenes o por quién les gusta, convertidos en piezas de un juego de ajedrez sangriento. Pero mientras miro a Kageyama, me doy cuenta de algo. El Capitolio cree que nos conoce. Cree que somos predecibles porque somos hombres, porque somos jóvenes, porque somos tributos.
No saben que en el Distrito 4, los cuervos aprenden a volar incluso cuando les cortan las alas.
—Vamos a ganar, Kageyama —susurro, más para mí mismo que para él.
—No —responde él, apretando los puños—. Vamos a sobrevivir.
El tren sale del túnel y la explosión de luces del Capitolio nos golpea de frente. El espectáculo está a punto de comenzar, y el mundo entero está mirando. Pero mientras las cámaras se preparan para captar cada uno de nuestros movimientos, yo solo pienso en una cosa: el Mosaico Fracturado nos espera, y yo no pienso ser el que se rompa primero.
