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Luz
Fandom: Lost
Creado: 26/4/2026
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UA (Universo Alternativo)DramaAngustiaDolor/ConsueloHistoria DomésticaSupervivenciaEstudio de PersonajeMpregAmbientación CanonRealismo MágicoFluff
El peso del destino y el latido del corazón
El sol de la tarde en la isla no tenía piedad, filtrándose a través de las hojas de palma con una intensidad que hacía que el aire se sintiera espeso y pegajoso. Sawyer estaba sentado en el porche de su cabaña en las Barracas, aunque el término "sentado" era generoso; más bien estaba encajonado en una silla de madera reforzada que Hurley le había ayudado a mover por la mañana. Su vientre, una protuberancia descomunal que desafiaba las leyes de la anatomía humana, parecía tener vida propia. Nueve meses de un embarazo que nadie, ni siquiera Jack con su lógica de cirujano de columna, podía explicar del todo. Cuatro corazones latían allí dentro, sumados al suyo, creando una cacofonía de movimientos que le impedían dormir, respirar o incluso pensar con claridad. James Ford, el estafador que siempre tenía una salida, se sentía ahora como un rehén de su propio cuerpo.
A su lado, Lucy, su hija de tres años, jugaba silenciosamente con un puñado de conchas marinas. Tenía el cabello rubio de su padre, pero sus ojos eran de un azul profundo que recordaba al océano que los rodeaba. El silencio de Lucy no era el de una niña tranquila por naturaleza, sino el de una pequeña que sabía que su corazón era un cristal delicado. El Síndrome de QT Largo era una sombra constante sobre ellos, una arritmia latente que podía convertir un susto o un esfuerzo en una tragedia. En una isla donde los hombres quedaban embarazados y el humo negro cazaba personas, la fragilidad de Lucy era la única realidad que a Sawyer le importaba de verdad.
—Papá, los bebés se están moviendo otra vez —dijo Lucy, señalando con un dedo pequeño la camiseta gris de Sawyer, que estaba estirada hasta el límite de sus costuras.
Sawyer soltó un gruñido que pretendía ser una risa, aunque sonó más como un quejido de dolor. Sintió una patada certera justo debajo de las costillas, seguida de un estiramiento que pareció desplazar sus órganos internos hacia su columna vertebral.
—Son cuatro forajidos, Lucy —respondió Sawyer, pasando una mano sudorosa por su frente—. Están practicando un atraco ahí dentro. Creo que quieren salir ya, pero el jefe dice que todavía no es el momento.
—¿Tú eres el jefe? —preguntó ella, ladeando la cabeza.
—Hoy no, dulzura. Hoy soy solo el escondite.
Sawyer cerró los ojos un momento, tratando de controlar el mareo. La presión arterial era un problema, Jack se lo repetía cada vez que pasaba a revisarlo. "Tienes que mantener la calma, James. Por ti y por Lucy". Como si fuera fácil mantener la calma cuando sentías que llevabas una roca de cincuenta kilos pegada al torso y tu hija podía colapsar si se emocionaba demasiado. La ironía de la isla era sangrienta: le daba la capacidad de crear vida para equilibrar la balanza de las muertes que cargaba a sus espaldas, pero le ponía un precio que rozaba lo insoportable.
—¡Sawyer! —La voz de Jack Shephard rompió la paz del porche. El doctor caminaba hacia ellos con su habitual expresión de preocupación crónica, cargando un maletín de primeros auxilios que parecía haber visto días mejores.
—Si vienes a decirme que tengo que caminar, Doc, mejor date la vuelta —masculló Sawyer sin abrir los ojos—. Mis pies parecen dos jamones ahumados y no pienso moverme hasta que estos pequeños monstruos decidan que es hora de pagar el alquiler.
Jack subió los escalones y se puso en cuclillas frente a Lucy, dedicándole una sonrisa suave antes de volverse hacia Sawyer.
—No vengo a pedirte que camines. Vengo a ver cómo está Lucy. Le toca el chequeo de la tarde.
Sawyer asintió, su mirada suavizándose al instante. Dejó que Jack tomara la muñeca de la niña para medir su pulso. El silencio que siguió fue tenso. Sawyer observaba cada gesto del médico, buscando cualquier señal de alarma. En la isla, sin desfibriladores modernos o la medicación adecuada de forma constante, el manejo del QT Largo de Lucy era una danza con la muerte.
—Su ritmo es estable —anunció Jack después de un minuto que pareció una eternidad—. Pero está un poco pálida. Lucy, ¿te sientes cansada?
—Un poquito —susurró la niña, abrazando su muñeca de trapo—. Pero quiero ver a los bebés.
—Los bebés no se van a ninguna parte —dijo Sawyer, haciendo un esfuerzo por incorporarse un poco más, lo que provocó un gemido de protesta de su espalda—. Escucha al Doc, Lucy. Tienes que descansar.
—James, tú también —dijo Jack, poniéndose de pie y colocando una mano sobre el hombro de Sawyer—. Estás en el límite. El embarazo de cuatrillizos en un hombre es… bueno, no hay literatura médica sobre esto, pero tu cuerpo está enviando toda la energía a ese útero. Tu corazón está trabajando el doble, y el de Lucy necesita que tú estés bien para no asustarse.
—No me des sermones sobre la biología, Jack. Sé perfectamente lo que está pasando. Siento cada milímetro de esta isla empujando desde adentro —Sawyer hizo una mueca cuando una contracción de Braxton Hicks le endureció el abdomen como si fuera piedra—. Solo asegúrate de que ella esté bien. Si algo pasa… si el parto empieza y ella tiene una crisis…
—No dejaré que pase nada —interrumpió Jack con firmeza—. Kate y Juliet están preparando todo en la otra cabaña. Tenemos agua, sábanas limpias y todo lo que hemos podido recuperar de la escotilla. Pero necesito que te mantengas hidratado.
—Traeré agua —dijo una voz desde el camino. Era Hurley, que cargaba un par de botellas de plástico y una expresión de asombro constante cada vez que miraba la barriga de Sawyer.
—Gracias, Hugo —dijo Sawyer, aceptando una de las botellas—. ¿Alguna novedad del resto? ¿O siguen todos esperando a que explote como una granada de mano?
—Bueno, Locke dice que es una señal de la isla —comentó Hurley, rascándose la barba—. Dice que los cuatrillizos son los cuatro puntos cardinales o algo así. Pero Sayid está más preocupado por construir una camilla reforzada. Dice que vas a pesar mucho cuando llegue el momento.
—Dile a Sayid que se guarde sus inventos —gruñó Sawyer, aunque en el fondo agradecía la preocupación.
El resto de la tarde transcurrió en una calma tensa. Sawyer intentó leer uno de sus libros de bolsillo, pero la concentración se le escapaba. Lucy se había quedado dormida en un pequeño colchón a sus pies, su respiración era rítmica pero superficial. Sawyer no apartaba la vista de ella. Cada vez que la niña se movía en sueños, él sentía un vuelco en el pecho. Su mayor miedo no era el dolor del parto inminente, ni el hecho de que su cuerpo estuviera haciendo algo imposible; su miedo era que, en el caos del nacimiento, Lucy se sintiera sola o que su corazón no resistiera el estrés del ambiente.
De repente, un dolor agudo, diferente a los anteriores, atravesó la pelvis de Sawyer. No fue una presión sorda, sino un pinchazo eléctrico que le hizo soltar el libro. Se aferró a los brazos de la silla con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Sawyer? —preguntó Jack, que estaba revisando unas notas a unos metros de distancia.
—Ha sido… diferente —logró decir Sawyer entre dientes, esperando a que la ola de dolor retrocediera—. Un aviso. Solo un aviso.
—Déjame ver —Jack se acercó y puso sus manos sobre el vientre de Sawyer. La piel estaba tan tensa que brillaba bajo la luz de las lámparas de aceite que empezaban a encender—. Están muy bajos. James, esto va a ocurrir pronto. Puede ser en una hora o en diez, pero no pasaremos de esta noche.
—Todavía no —suplicó Sawyer, mirando a Lucy—. Déjala descansar un poco más. Si me pongo a gritar ahora, se va a asustar. Su corazón, Jack…
—Lo sé. Por eso necesito que respires. Como te enseñó Juliet. Lento.
Sawyer cerró los ojos y trató de visualizar el mar, pero solo veía la oscuridad de la selva y el rostro de su hija. Sentía los movimientos de los cuatro bebés como una tormenta interna. Eran fuertes, impacientes. Podía sentir sus extremidades empujando contra sus costillas y su vejiga, una lucha constante por un espacio que ya no existía. Era un milagro y una maldición al mismo tiempo.
—¿Crees que sobrevivirán? —preguntó Sawyer en un susurro, algo que nunca se atrevía a preguntar en voz alta—. Cuatro, Jack. En este lugar maldito.
—Han llegado a los nueve meses, James. Eso ya es un milagro en sí mismo. La isla los quiere aquí por alguna razón. Y yo estoy aquí para sacarlos.
Sawyer asintió, aunque la duda seguía allí. Se miró las manos, las manos de un hombre que había pasado su vida engañando y robando, y ahora esas mismas manos temblaban ante la perspectiva de sostener a cuatro recién nacidos mientras protegía a una niña enferma.
—Papá… —Lucy se despertó, frotándose los ojos—. ¿Por qué el doctor Jack pone esa cara?
—Porque es un tipo serio, Lucy —respondió Sawyer, forzando una sonrisa y extendiendo una mano para acariciar el cabello de la niña—. Solo está comprobando que el barco sigue a flote.
—Los bebés quieren salir —afirmó Lucy con esa seguridad inquietante que a veces tienen los niños—. Yo los oigo. Dicen que tienen hambre.
Sawyer soltó una carcajada ronca que terminó en una mueca de dolor.
—Hambre es lo que voy a tener yo cuando dejen de usar mi estómago como saco de boxeo.
La noche empezó a caer sobre las Barracas, trayendo consigo los sonidos habituales de la selva: el grito de los pájaros, el susurro del viento entre los árboles y ese zumbido eléctrico que siempre parecía vibrar en el aire de la isla. Sawyer se quedó allí, en el porche, custodiando el sueño de su hija y el futuro que latía con fuerza dentro de él. Sabía que la paz no duraría mucho. Las contracciones empezaban a espaciarse con una regularidad alarmante y el peso en su zona lumbar era una promesa de que el final del camino estaba cerca. Pero por ahora, mientras el viento soplaba y Jack preparaba el instrumental en la habitación de al lado, Sawyer solo se concentró en el sonido del corazón de Lucy, esperando que siguiera latiendo con fuerza, al compás de los cuatro nuevos ritmos que estaban a punto de unirse a su mundo.
—Aguanta, James —se dijo a sí mismo en un susurro casi inaudible—. Solo un poco más.
La isla parecía responderle con un crujido lejano, una señal de que el tiempo de espera se estaba agotando y que el próximo capítulo de su vida no se escribiría con tinta, sino con sangre, sudor y el primer llanto de cuatro vidas nuevas bajo el cielo de aquel lugar olvidado por Dios. Sawyer se aferró a la barandilla, sintiendo cómo otra contracción, esta vez mucho más larga, comenzaba a subir desde la base de su columna, marcando el inicio del fin de su larga espera. Lucy se movió en sueños y él le apretó la mano suavemente, prometiéndose a sí mismo que, pasara lo que pasara, ella nunca dejaría de escuchar su voz guiándola en la oscuridad.
A su lado, Lucy, su hija de tres años, jugaba silenciosamente con un puñado de conchas marinas. Tenía el cabello rubio de su padre, pero sus ojos eran de un azul profundo que recordaba al océano que los rodeaba. El silencio de Lucy no era el de una niña tranquila por naturaleza, sino el de una pequeña que sabía que su corazón era un cristal delicado. El Síndrome de QT Largo era una sombra constante sobre ellos, una arritmia latente que podía convertir un susto o un esfuerzo en una tragedia. En una isla donde los hombres quedaban embarazados y el humo negro cazaba personas, la fragilidad de Lucy era la única realidad que a Sawyer le importaba de verdad.
—Papá, los bebés se están moviendo otra vez —dijo Lucy, señalando con un dedo pequeño la camiseta gris de Sawyer, que estaba estirada hasta el límite de sus costuras.
Sawyer soltó un gruñido que pretendía ser una risa, aunque sonó más como un quejido de dolor. Sintió una patada certera justo debajo de las costillas, seguida de un estiramiento que pareció desplazar sus órganos internos hacia su columna vertebral.
—Son cuatro forajidos, Lucy —respondió Sawyer, pasando una mano sudorosa por su frente—. Están practicando un atraco ahí dentro. Creo que quieren salir ya, pero el jefe dice que todavía no es el momento.
—¿Tú eres el jefe? —preguntó ella, ladeando la cabeza.
—Hoy no, dulzura. Hoy soy solo el escondite.
Sawyer cerró los ojos un momento, tratando de controlar el mareo. La presión arterial era un problema, Jack se lo repetía cada vez que pasaba a revisarlo. "Tienes que mantener la calma, James. Por ti y por Lucy". Como si fuera fácil mantener la calma cuando sentías que llevabas una roca de cincuenta kilos pegada al torso y tu hija podía colapsar si se emocionaba demasiado. La ironía de la isla era sangrienta: le daba la capacidad de crear vida para equilibrar la balanza de las muertes que cargaba a sus espaldas, pero le ponía un precio que rozaba lo insoportable.
—¡Sawyer! —La voz de Jack Shephard rompió la paz del porche. El doctor caminaba hacia ellos con su habitual expresión de preocupación crónica, cargando un maletín de primeros auxilios que parecía haber visto días mejores.
—Si vienes a decirme que tengo que caminar, Doc, mejor date la vuelta —masculló Sawyer sin abrir los ojos—. Mis pies parecen dos jamones ahumados y no pienso moverme hasta que estos pequeños monstruos decidan que es hora de pagar el alquiler.
Jack subió los escalones y se puso en cuclillas frente a Lucy, dedicándole una sonrisa suave antes de volverse hacia Sawyer.
—No vengo a pedirte que camines. Vengo a ver cómo está Lucy. Le toca el chequeo de la tarde.
Sawyer asintió, su mirada suavizándose al instante. Dejó que Jack tomara la muñeca de la niña para medir su pulso. El silencio que siguió fue tenso. Sawyer observaba cada gesto del médico, buscando cualquier señal de alarma. En la isla, sin desfibriladores modernos o la medicación adecuada de forma constante, el manejo del QT Largo de Lucy era una danza con la muerte.
—Su ritmo es estable —anunció Jack después de un minuto que pareció una eternidad—. Pero está un poco pálida. Lucy, ¿te sientes cansada?
—Un poquito —susurró la niña, abrazando su muñeca de trapo—. Pero quiero ver a los bebés.
—Los bebés no se van a ninguna parte —dijo Sawyer, haciendo un esfuerzo por incorporarse un poco más, lo que provocó un gemido de protesta de su espalda—. Escucha al Doc, Lucy. Tienes que descansar.
—James, tú también —dijo Jack, poniéndose de pie y colocando una mano sobre el hombro de Sawyer—. Estás en el límite. El embarazo de cuatrillizos en un hombre es… bueno, no hay literatura médica sobre esto, pero tu cuerpo está enviando toda la energía a ese útero. Tu corazón está trabajando el doble, y el de Lucy necesita que tú estés bien para no asustarse.
—No me des sermones sobre la biología, Jack. Sé perfectamente lo que está pasando. Siento cada milímetro de esta isla empujando desde adentro —Sawyer hizo una mueca cuando una contracción de Braxton Hicks le endureció el abdomen como si fuera piedra—. Solo asegúrate de que ella esté bien. Si algo pasa… si el parto empieza y ella tiene una crisis…
—No dejaré que pase nada —interrumpió Jack con firmeza—. Kate y Juliet están preparando todo en la otra cabaña. Tenemos agua, sábanas limpias y todo lo que hemos podido recuperar de la escotilla. Pero necesito que te mantengas hidratado.
—Traeré agua —dijo una voz desde el camino. Era Hurley, que cargaba un par de botellas de plástico y una expresión de asombro constante cada vez que miraba la barriga de Sawyer.
—Gracias, Hugo —dijo Sawyer, aceptando una de las botellas—. ¿Alguna novedad del resto? ¿O siguen todos esperando a que explote como una granada de mano?
—Bueno, Locke dice que es una señal de la isla —comentó Hurley, rascándose la barba—. Dice que los cuatrillizos son los cuatro puntos cardinales o algo así. Pero Sayid está más preocupado por construir una camilla reforzada. Dice que vas a pesar mucho cuando llegue el momento.
—Dile a Sayid que se guarde sus inventos —gruñó Sawyer, aunque en el fondo agradecía la preocupación.
El resto de la tarde transcurrió en una calma tensa. Sawyer intentó leer uno de sus libros de bolsillo, pero la concentración se le escapaba. Lucy se había quedado dormida en un pequeño colchón a sus pies, su respiración era rítmica pero superficial. Sawyer no apartaba la vista de ella. Cada vez que la niña se movía en sueños, él sentía un vuelco en el pecho. Su mayor miedo no era el dolor del parto inminente, ni el hecho de que su cuerpo estuviera haciendo algo imposible; su miedo era que, en el caos del nacimiento, Lucy se sintiera sola o que su corazón no resistiera el estrés del ambiente.
De repente, un dolor agudo, diferente a los anteriores, atravesó la pelvis de Sawyer. No fue una presión sorda, sino un pinchazo eléctrico que le hizo soltar el libro. Se aferró a los brazos de la silla con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Sawyer? —preguntó Jack, que estaba revisando unas notas a unos metros de distancia.
—Ha sido… diferente —logró decir Sawyer entre dientes, esperando a que la ola de dolor retrocediera—. Un aviso. Solo un aviso.
—Déjame ver —Jack se acercó y puso sus manos sobre el vientre de Sawyer. La piel estaba tan tensa que brillaba bajo la luz de las lámparas de aceite que empezaban a encender—. Están muy bajos. James, esto va a ocurrir pronto. Puede ser en una hora o en diez, pero no pasaremos de esta noche.
—Todavía no —suplicó Sawyer, mirando a Lucy—. Déjala descansar un poco más. Si me pongo a gritar ahora, se va a asustar. Su corazón, Jack…
—Lo sé. Por eso necesito que respires. Como te enseñó Juliet. Lento.
Sawyer cerró los ojos y trató de visualizar el mar, pero solo veía la oscuridad de la selva y el rostro de su hija. Sentía los movimientos de los cuatro bebés como una tormenta interna. Eran fuertes, impacientes. Podía sentir sus extremidades empujando contra sus costillas y su vejiga, una lucha constante por un espacio que ya no existía. Era un milagro y una maldición al mismo tiempo.
—¿Crees que sobrevivirán? —preguntó Sawyer en un susurro, algo que nunca se atrevía a preguntar en voz alta—. Cuatro, Jack. En este lugar maldito.
—Han llegado a los nueve meses, James. Eso ya es un milagro en sí mismo. La isla los quiere aquí por alguna razón. Y yo estoy aquí para sacarlos.
Sawyer asintió, aunque la duda seguía allí. Se miró las manos, las manos de un hombre que había pasado su vida engañando y robando, y ahora esas mismas manos temblaban ante la perspectiva de sostener a cuatro recién nacidos mientras protegía a una niña enferma.
—Papá… —Lucy se despertó, frotándose los ojos—. ¿Por qué el doctor Jack pone esa cara?
—Porque es un tipo serio, Lucy —respondió Sawyer, forzando una sonrisa y extendiendo una mano para acariciar el cabello de la niña—. Solo está comprobando que el barco sigue a flote.
—Los bebés quieren salir —afirmó Lucy con esa seguridad inquietante que a veces tienen los niños—. Yo los oigo. Dicen que tienen hambre.
Sawyer soltó una carcajada ronca que terminó en una mueca de dolor.
—Hambre es lo que voy a tener yo cuando dejen de usar mi estómago como saco de boxeo.
La noche empezó a caer sobre las Barracas, trayendo consigo los sonidos habituales de la selva: el grito de los pájaros, el susurro del viento entre los árboles y ese zumbido eléctrico que siempre parecía vibrar en el aire de la isla. Sawyer se quedó allí, en el porche, custodiando el sueño de su hija y el futuro que latía con fuerza dentro de él. Sabía que la paz no duraría mucho. Las contracciones empezaban a espaciarse con una regularidad alarmante y el peso en su zona lumbar era una promesa de que el final del camino estaba cerca. Pero por ahora, mientras el viento soplaba y Jack preparaba el instrumental en la habitación de al lado, Sawyer solo se concentró en el sonido del corazón de Lucy, esperando que siguiera latiendo con fuerza, al compás de los cuatro nuevos ritmos que estaban a punto de unirse a su mundo.
—Aguanta, James —se dijo a sí mismo en un susurro casi inaudible—. Solo un poco más.
La isla parecía responderle con un crujido lejano, una señal de que el tiempo de espera se estaba agotando y que el próximo capítulo de su vida no se escribiría con tinta, sino con sangre, sudor y el primer llanto de cuatro vidas nuevas bajo el cielo de aquel lugar olvidado por Dios. Sawyer se aferró a la barandilla, sintiendo cómo otra contracción, esta vez mucho más larga, comenzaba a subir desde la base de su columna, marcando el inicio del fin de su larga espera. Lucy se movió en sueños y él le apretó la mano suavemente, prometiéndose a sí mismo que, pasara lo que pasara, ella nunca dejaría de escuchar su voz guiándola en la oscuridad.
