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Un amor reclamado

Fandom: My hero academia

Creado: 26/4/2026

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RomanceDramaAngustiaDolor/ConsueloPsicológicoAmbientación CanonCelosAbuso de Alcohol
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Grietas en el endurecimiento

El aire en los dormitorios de la Clase 1-A se sentía tan pesado que incluso Kaminari y Ashido habían optado por mantener la voz baja, algo casi inaudito en ellos. En el centro del conflicto, o más bien, en los extremos opuestos de la sala común, se encontraban las dos razones de aquel silencio sepulcral. Bakugo Katsuki estaba sentado en un sofá individual, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, emanando un aura de hostilidad que amenazaba con hacer explotar los muebles. Por otro lado, Kirishima Eijiro, el sol personificado del grupo, se veía inusualmente apagado, revolviendo su cereal con una expresión de culpa que le hundía los hombros.

Hacía dos días que la "pareja perfecta" de la U.A. se había roto por una estupidez. Un olvido, una cena fría y el orgullo herido de un rubio que no sabía cómo decir "te extrañé" sin gritar.

Desde un rincón sombrío, unos ojos bicolores observaban la escena con una calma gélida pero calculadora. Todoroki Shoto bebió un sorbo de su té, notando cómo Kirishima suspiraba por quinta vez en diez minutos. Para Shoto, la situación era más que una simple pelea de novios; era una confirmación de lo que venía pensando desde que sus patrullas nocturnas con el pelirrojo se volvieron habituales: Bakugo Katsuki no era el hombre que Kirishima necesitaba.

Kirishima era cálido, protector y devoto. Merecía a alguien que apreciara su esfuerzo, no a alguien que lo castigara con el látigo del desprecio por un error humano. Shoto recordó la calidez de la mano de Kirishima en su hombro hace unas semanas, la forma en que su risa parecía disipar el frío de su propio lado derecho. Había sentido esas "mariposas" de las que hablaban los libros, y el amargo sabor de la decepción cuando se enteró de su noviazgo con el explosivo rubio.

Pero ahora, la grieta estaba ahí. Y Shoto no era de los que dejaban pasar una oportunidad estratégica.

— Kirishima —pronunció Todoroki con su voz monocorde, acercándose al pelirrojo.

Kirishima levantó la vista, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

— ¡Ah, Todoroki! Hola, hombre. ¿Qué pasa?

— Te ves cansado —dijo Shoto, ignorando deliberadamente la mirada asesina que Bakugo le lanzaba desde el otro lado de la habitación—. Mañana es viernes y no tenemos entrenamiento temprano el sábado. Hay un lugar nuevo cerca del distrito comercial que sirve bebidas interesantes. Pensé que te vendría bien despejarte.

Kirishima parpadeó, sorprendido. Miró de reojo hacia Bakugo, esperando quizás una interrupción, una señal de posesividad que terminara con la pelea. Pero Bakugo simplemente chasqueó la lengua, se levantó bruscamente y subió las escaleras hacia su habitación sin decir una palabra.

El sonido de la puerta de Bakugo cerrándose con fuerza fue el último clavo en el ataúd del ánimo de Kirishima.

— Sabes qué... tienes razón, Todoroki —dijo Kirishima, su voz quebrandose un poco—. Un poco de tiempo fuera de aquí me vendría bien. Bakugo ni siquiera me dirige la palabra.

— Pasaré por ti a las ocho —concluyó Shoto, sintiendo un leve rastro de satisfacción en su pecho.

***

La noche del viernes llegó con una brisa fresca. Kirishima se había esforzado por lucir "varonil", con una chaqueta de mezclilla sobre una camiseta roja, pero sus ojos delataban que no había dormido bien. Todoroki, por su parte, mantenía su elegancia habitual, aunque bajo su fachada tranquila, un plan poco ético pero efectivo se estaba gestando.

El lugar al que lo llevó no era un bar ruidoso, sino un local discreto con luces tenues y cabinas privadas. Era el tipo de sitio donde la confidencialidad estaba garantizada y las bebidas eran fuertes.

— No suelo beber mucho, ya sabes, por el entrenamiento —comentó Kirishima, rascándose la nuca mientras se sentaban uno frente al otro.

— Una noche no arruinará tu progreso —respondió Todoroki, pidiendo la primera ronda—. Te ayudará a soltar la tensión. Estás muy rígido, Kirishima. Ni siquiera tu Don de endurecimiento debería estar activo fuera de combate.

Kirishima soltó una risa seca.

— Es que... me duele, ¿sabes? —confesó, aceptando el primer vaso que el camarero dejó en la mesa—. Amo a Bakugo. Realmente lo amo. En privado es... es increíble. Es apasionado, me hace sentir que soy el único en su mundo. Pero cuando se pone así, siento que camino sobre cáscaras de huevo.

— No deberías sentir que eres una molestia para la persona que amas —dijo Shoto, observando cómo Kirishima bebía casi la mitad del vaso de un solo trago.

La conversación fluyó, y con ella, las rondas de alcohol. Todoroki bebía con moderación, usando su lado de hielo para mantener su temperatura corporal y su mente despejada, mientras que Kirishima, llevado por la tristeza y la insistencia amable del bicolor, comenzó a perder la cuenta de cuántos vasos llevaba.

Pronto, las mejillas del pelirrojo estaban tan rojas como su cabello. Sus movimientos se volvieron torpes y su risa, antes apagada, se tornó en una melancolía alegre y errática.

— Eres un gran tipo, Todoroki —balbuceó Kirishima, recostando la cabeza en el borde del asiento—. Muy tranquilo. Muy... muy guapo también. ¿Te lo han dicho?

— No a menudo —respondió Shoto, acercándose un poco más por encima de la mesa. El momento estaba cerca—. Kirishima, ¿crees que Bakugo te valora de verdad?

Kirishima hizo un puchero, sus ojos vidriosos fijos en el vaso vacío.

— Él es... explosivo. Dice que soy el único que puede seguirle el ritmo. Pero estos dos días... me ha ignorado como si no fuera nada. Como si los meses que pasamos juntos no significaran nada.

— Yo nunca te ignoraría —susurró Todoroki, su voz suave como la seda—. Yo sé lo que es ser despreciado por alguien que se supone debe cuidarte. Tú eres como un sol, Kirishima. No mereces que alguien intente apagar tu brillo solo porque no sabe manejar sus emociones.

Kirishima levantó la vista, conmovido por la aparente sinceridad del chico frente a él. El alcohol había nublado su juicio, borrando la imagen de Bakugo de su mente y reemplazándola por la figura serena y comprensiva de Todoroki.

— ¿Tú crees? —preguntó Kirishima con voz pastosa.

— Lo sé.

Shoto se levantó y se sentó al lado de Kirishima en la cabina. El calor que emanaba el pelirrojo era embriagador. Sin pensarlo mucho, Shoto pasó un brazo por los hombros de Kirishima, atrayéndolo hacia sí. El pelirrojo no se endureció; al contrario, se dejó llevar, buscando el frío reconfortante que emanaba de la piel de Todoroki.

— Estás tan fresquito... se siente bien —murmuró Kirishima, cerrando los ojos.

— Podrías sentirte así siempre —dijo Shoto, inclinando la cabeza hasta que su aliento rozó la oreja del otro—. No necesitas los gritos. No necesitas las explosiones. Podrías tener paz. Podrías tenerme a mí.

Kirishima soltó un pequeño gemido de confusión. En su mente, una alarma intentaba sonar, recordándole a un rubio cenizo de ojos rojos que lo besaba con una intensidad que le quemaba el alma, pero el alcohol era un muro demasiado alto.

— Pero... Bakugo... —intentó decir Kirishima.

— Bakugo no está aquí —sentenció Todoroki—. Él te dejó solo. Yo te traje aquí. Yo te escuché.

Shoto tomó el mentón de Kirishima con delicadeza, obligándolo a mirarlo. Los ojos grises y azules buscaron los rojos, que ahora estaban empañados por la embriaguez. Lentamente, acortó la distancia. Fue un beso casto al principio, frío y preciso, un contraste total con los besos voraces a los que Kirishima estaba acostumbrado.

Kirishima, en su estado de vulnerabilidad y ebriedad, no lo rechazó. Sus manos, antes firmes y fuertes, ahora buscaban torpemente el pecho de Todoroki para sostenerse.

— Eijiro —susurró Todoroki contra sus labios, usando su nombre de pila por primera vez—, deja que yo te cuide.

***

Mientras tanto, en la residencia de la U.A., Bakugo Katsuki caminaba de un lado a otro en su habitación como un animal enjaulado. Había pasado las últimas dos horas mirando su teléfono, esperando un mensaje que no llegaba. Su orgullo le había impedido disculparse, pero el silencio de Kirishima estaba empezando a carcomerlo.

— ¡Maldito pelo de pincho! —gruñó, golpeando la pared—. Solo tenía que decir que lo sentía por llegar tarde y ya. ¿Por qué tiene que ser tan difícil?

Se asomó por la ventana, esperando ver la figura de Kirishima regresando, pero solo vio las sombras de los árboles. Recordó haber visto a Todoroki acercarse a él esa mañana. El mitad-mitad siempre había sido demasiado observador, demasiado cercano a Kirishima durante las pasantías. Un sentimiento de pavor, algo que Bakugo rara vez experimentaba, se instaló en su estómago.

— Si ese bastardo de los dos colores intenta algo... —Bakugo no terminó la frase. Agarró su sudadera y salió de la habitación, bajando las escaleras de dos en dos.

En la sala común, Kaminari lo vio pasar como un rayo.

— ¡Oye, Bakugo! ¿A dónde vas tan tarde? Aizawa-sensei nos va a matar si...

— ¡Cállate, cargador con patas! —gritó Bakugo sin detenerse—. ¡Voy a buscar lo que es mío!

***

De vuelta en el local, Kirishima se sentía flotar. Todoroki lo ayudaba a caminar hacia la salida, manteniendo un brazo firme alrededor de su cintura. La mente de Shoto trabajaba a toda velocidad. Sabía que no podía llevarlo a un hotel sin que pareciera un secuestro, pero tampoco quería llevarlo de vuelta a los dormitorios todavía. Quería que Kirishima se despertara a su lado, lejos de la influencia de Bakugo.

— Vamos, Kirishima, un poco más —dijo Shoto, guiándolo hacia un pequeño parque cercano, donde el aire nocturno podría ayudar a "limpiar" un poco la evidencia del alcohol antes de decidir el siguiente paso.

Se sentaron en un banco bajo la luz de una farola. Kirishima apoyó la cabeza en el hombro de Shoto, su respiración era pesada.

— Todoroki... no me siento bien —susurró el pelirrojo—. Siento que... que estoy traicionando a alguien.

— Estás siendo honesto contigo mismo por primera vez —mintió Shoto con suavidad, acariciando el cabello rojo que empezaba a perder su forma puntiaguda por el sudor y la humedad—. Bakugo no te merece. Él solo sabe destruir. Yo puedo construir algo contigo.

Shoto se inclinó de nuevo, esta vez con más intención. Sus labios buscaron el cuello de Kirishima, justo en el lugar donde sabía que Bakugo solía dejar marcas. Quería borrar cada rastro del explosivo rubio de la piel de Eijiro.

Kirishima soltó un suspiro entrecortado, sus sentidos nublados aceptando el contacto.

— ¿Eijiro? —la voz de Shoto era un susurro tentador—. Di mi nombre.

— Sho... Shoto... —murmuró Kirishima, sus ojos cerrándose.

En ese momento, el sonido de una explosión cercana hizo que ambos saltaran. No fue una explosión de combate, sino el sonido de alguien usando su Don para impulsarse a gran velocidad.

— ¡SUÉLTALO, BASTARDO DE MITAD Y MITAD! —el grito desgarró la tranquilidad de la noche.

Bakugo Katsuki aterrizó a pocos metros de ellos, sus manos echando humo y sus ojos inyectados en sangre. Su pecho subía y bajaba con violencia, y la expresión de su rostro era una mezcla de furia pura y un dolor punzante que intentaba ocultar.

Todoroki no se movió. No soltó a Kirishima. Al contrario, lo apretó más contra su costado, mirando a Bakugo con una calma desafiante.

— Llegas tarde, Bakugo —dijo Shoto con frialdad—. Él ya tomó una decisión.

— ¡Cierra la maldita boca! —Bakugo dio un paso adelante, las chispas saltando de sus palmas—. ¡Kirishima! ¡Eijiro! ¡Mírame!

Kirishima parpadeó, tratando de enfocar la figura borrosa frente a él.

— ¿Bakugo? —su voz era débil, confundida—. ¿Qué haces aquí? Estás... estás enojado conmigo.

— ¡Claro que estoy enojado, idiota! —gritó Bakugo, aunque esta vez su voz flaqueó—. ¡Estoy enojado porque te fuiste con este imbécil! ¡Estoy enojado porque no podemos pasar cinco minutos sin pelear! ¡Pero no te atrevas... no te atrevas a dejar que él te toque!

— Él me escucha, Katsuki —dijo Kirishima, el alcohol dándole una honestidad brutal que nunca habría tenido sobrio—. Tú solo gritas. Él... él es tranquilo.

Esas palabras golpearon a Bakugo con más fuerza que cualquier ataque de un villano. Retrocedió un paso, sus manos dejando de emitir chispas. El silencio que siguió fue desgarrador.

Todoroki aprovechó el momento.

— Vete, Bakugo. Déjanos solos.

— No —dijo Bakugo, su voz ahora era un susurro ronco pero firme—. No me voy a ir. Eijiro... sé que soy un asco. Sé que no sé cómo hacer esto de ser novios. Pero ese idiota... —señaló a Todoroki con desprecio—... te emborrachó para traerte aquí. ¿Crees que eso es ser "tranquilo"? Eso es ser un cobarde que no puede ganar de frente.

Kirishima frunció el ceño, procesando lentamente las palabras de Bakugo. Miró a Todoroki, luego al vaso de agua que Shoto le ofrecía ahora, y luego a la distancia que habían recorrido desde la escuela.

— ¿Todoroki? —preguntó Kirishima, tratando de enderezarse.

— Solo quería que vieras la verdad —respondió Shoto, sin mostrar arrepentimiento.

— La verdad es que él es mío —rugió Bakugo, acercándose de nuevo, pero esta vez no para atacar, sino para extender una mano hacia Kirishima—. Eijiro, ven aquí. Vamos a casa. Mañana puedes gritarme todo lo que quieras. Puedes terminar conmigo si quieres. Pero no así. No con él aprovechándose de que estás mal.

Kirishima miró la mano de Bakugo. Estaba temblando ligeramente. Bakugo Katsuki, el chico que nunca mostraba debilidad, estaba temblando de miedo a perderlo.

El endurecimiento de Kirishima, tanto físico como emocional, comenzó a ceder, pero no hacia Todoroki, sino hacia la cruda y honesta realidad de su relación. Una relación difícil, explosiva y complicada, pero real.

— Lo siento, Todoroki —dijo Kirishima, apartándose del brazo del bicolor con dificultad—. Él... él tiene razón. Esto no está bien.

Kirishima se tambaleó hacia adelante, y Bakugo lo atrapó antes de que cayera, envolviéndolo en un abrazo posesivo y protector. Bakugo lanzó una última mirada de odio puro a Todoroki.

— Si te vuelves a acercar a él, no me importará si nos expulsan a los dos —sentenció el rubio—. Me lo llevaré al infierno conmigo antes de dejar que lo vuelvas a tocar.

Todoroki se quedó solo en el banco del parque, observando cómo Bakugo cargaba a Kirishima en su espalda, murmurando insultos que sonaban extrañamente a disculpas. Shoto suspiró, el frío de su lado derecho sintiéndose más intenso que nunca.

Había perdido esta batalla, pero mientras veía la silueta de los dos alejarse, supo que las grietas en el endurecimiento de Kirishima seguían ahí. Y él tenía mucha paciencia.

— Esto no ha terminado, Bakugo —susurró Shoto al viento nocturno, mientras comenzaba a caminar de regreso a la academia, solo.
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