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Más tiempo juntos.
Fandom: Band Of Brothers
Creado: 27/4/2026
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HistóricoRecortes de VidaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeFluffDramaAmbientación CanonPelícula de Amigos
El susurro entre los pinos
La Compañía Easy era un hervidero de personalidades ruidosas. Estaban los gritos de Guarnere, las imitaciones constantes de George Luz y las risas estruendosas que acompañaban cualquier cena improvisada en el campamento. En medio de ese caos de testosterona y tabaco, Floyd "Tab" Talbert era como una chispa encendida. Siempre tenía una palabra amable, una broma rápida o una palmada en la espalda para quien la necesitara. Con su cabello castaño salpicado de mechones aclarados por el sol y esa sonrisa brillante que dejaba ver unos dientes ligeramente torcidos, Tab era el alma de cualquier fogata.
Sin embargo, incluso para alguien tan sociable como él, había figuras que se movían como sombras en la periferia de su visión.
—¿Quién es el tipo que está sentado bajo el roble? —preguntó Tab una tarde, mientras limpiaba su fusil junto a Luz.
Luz levantó la vista, siguiendo la dirección del gesto de su amigo.
—¿Ese? Es Shifty Powers. De Virginia.
—¿Shifty? —Tab arrugó el entrecejo—. Apenas lo he oído hablar. ¿Es mudo?
—No es mudo, Tab. Es que no necesita hablar para que sepas que está ahí —intervino Lipton, que pasaba por allí con unos informes—. Es el mejor tirador que tenemos. Probablemente el mejor de todo el regimiento.
Tab soltó una risita incrédula.
—¿Ese chico tan dulce? Tiene cara de no haber roto un plato en su vida. Míralo, parece que está pidiéndole perdón al árbol por apoyarse en él.
Shifty Powers estaba, efectivamente, sentado en silencio. Su cabello color miel brillaba bajo la luz filtrada de la tarde. Tenía una expresión pacífica, casi angelical, mientras pasaba un trapo por la mira de su rifle con una delicadeza que rozaba lo reverencial. No participaba en las bromas pesadas de los demás ni se unía a las quejas sobre la comida. Simplemente estaba allí, existiendo en un plano de tranquilidad que a Tab le resultaba casi irritante.
—Es un poco arrogante, ¿no creen? —comentó Tab, volviendo a su tarea—. Se cree demasiado bueno para mezclarse con el resto de nosotros, los mortales. Un "lobo solitario" que no tiene tiempo para un chiste.
—No es arrogancia, Tab —dijo Luz, encogiéndose de hombros—. Es... Shifty. Solo dale tiempo.
Pero Tab no era un hombre paciente cuando se trataba de descifrar a las personas. Durante los días siguientes, intentó entablar conversación con el francotirador en un par de ocasiones, recibiendo solo respuestas cortas, educadas y acompañadas de una sonrisa tímida que desaparecía tan rápido como llegaba. Para Tab, que vivía del contacto físico y la charla constante, esa reserva era una barrera infranqueable. Decidió que Powers era, simplemente, un tipo aburrido y engreído que prefería su propia compañía a la de sus hermanos de armas.
Todo cambió una noche de lluvia persistente en los campos de entrenamiento antes de partir hacia Inglaterra.
El suelo era un barrizal y el ánimo de la compañía estaba por los suelos. Tab regresaba de una guardia agotadora, tiritando de frío, cuando vio una silueta moviéndose cerca de las tiendas de suministros. Se ocultó tras un camión, pensando que podría ser algún oficial buscando a quién castigar, pero pronto reconoció el cabello claro de Shifty.
El francotirador no estaba haciendo nada heroico, o eso parecía al principio. Llevaba dos mantas secas bajo el brazo y se dirigía hacia la tienda donde dormían los reemplazos más jóvenes, aquellos que aún no se habían adaptado al rigor del clima y que solían ser el blanco de las burlas de los veteranos.
Tab lo observó desde la distancia. Shifty entró en la tienda sin hacer ruido. A través de la lona entreabierta, Tab vio cómo Powers cubría a un soldado que temblaba en sueños y dejaba un par de calcetines secos junto a las botas de otro. No dijo nada. No buscó reconocimiento. Simplemente se aseguró de que sus compañeros estuvieran un poco más cómodos antes de retirarse a su propio rincón, donde probablemente dormiría sobre el suelo húmedo sin quejarse.
A la mañana siguiente, en el campo de tiro, Tab no podía dejar de mirar a Shifty. El chico de Virginia estaba en posición, con el cuerpo fundido con la tierra, el rifle descansando en su hombro como si fuera una extensión de su propio brazo.
—Oye, Shifty —llamó Tab, acercándose con su habitual energía, aunque esta vez con un matiz de curiosidad genuina.
Shifty se tensó un poco, pero bajó el arma y se giró. Sus ojos eran claros y tranquilos.
—¿Sí, Talbert? —Su voz era suave, con ese acento sureño que arrastraba las vocales de forma melódica.
—Ayer te vi —soltó Tab sin rodeos, sentándose a su lado en la hierba—. Con las mantas.
Shifty se sonrojó de inmediato, un tono carmín que subió por su cuello hasta las orejas. Bajó la mirada hacia sus manos, jugueteando con el cerrojo del fusil.
—Solo... no quería que se enfermaran antes del salto —murmuró—. Necesitamos a todos los hombres, ¿verdad?
Tab sonrió, y esta vez no fue una sonrisa de broma, sino una llena de comprensión. Se dio cuenta de que había juzgado mal a aquel hombre. Shifty no era arrogante; era simplemente alguien que prefería que sus acciones hablaran por él. Su reserva no era superioridad, era una forma de humildad que Tab empezaba a encontrar fascinante.
—Tienes razón —dijo Tab, inclinándose hacia él, rompiendo esa burbuja de espacio personal que Shifty solía mantener—. Pero podrías haber pedido ayuda. Yo también tengo un par de mantas extra.
Shifty levantó la vista y, por primera vez, sostuvo la mirada de Tab durante más de un segundo.
—No quería molestar a nadie. Todos están cansados.
—A mí nunca me molesta ayudar, Shifty. Y menos si es para hacer algo bueno. —Tab le dio un empujoncito amistoso en el hombro—. Así que, la próxima vez que vayas de ángel de la guarda, avísame.
Shifty soltó una pequeña risa, un sonido dulce que sorprendió a Tab.
—Está bien, Talbert. Lo tendré en cuenta.
—Dime Tab. Todos lo hacen.
—Está bien... Tab.
A partir de ese día, algo cambió en la dinámica entre los dos. Tab, siendo el ser social que era, se propuso como misión personal sacar a Shifty de su caparazón. No lo hacía de forma agresiva, sino con esa calidez natural que lo caracterizaba. Se sentaba a su lado durante las comidas, le contaba chistes (algunos realmente malos que hacían que Shifty negara con la cabeza mientras sonreía) y se aseguraba de incluirlo en las conversaciones.
Descubrió que Shifty era un observador nato. Mientras los demás hablaban de mujeres, alcohol o de lo que harían al volver a casa, Shifty notaba los detalles pequeños: el cambio en el viento, el rastro de un animal en el bosque o el hecho de que uno de sus compañeros estaba cojeando y trataba de ocultarlo.
—Eres increíble, ¿lo sabes? —le dijo Tab una tarde mientras caminaban hacia los barracones—. Tienes ojos en la nuca.
—Es solo costumbre —respondió Shifty, caminando con las manos en los bolsillos—. En Virginia, si no prestas atención al bosque, no traes nada para la cena.
—Bueno, aquí el bosque muerde de vuelta —dijo Tab, recuperando su tono serio por un momento—. Me alegra saber que eres tú quien vigila desde la distancia. Me hace sentir un poco más seguro.
Shifty se detuvo y miró a Tab. Había algo en la vivacidad del castaño, en sus mechones rubios despeinados y en esa energía inagotable, que lo atraía profundamente. Shifty siempre había sido el observador, el que se quedaba atrás, pero con Tab se sentía... visto. No como un arma, no como el "francotirador estrella", sino como Darell.
—Yo... yo siempre te cubriré la espalda, Tab —prometió Shifty en voz baja, con una sinceridad que hizo que el corazón de Tab diera un vuelco.
—Lo sé, Shifty. Lo sé.
Pasaron las semanas y la partida hacia Inglaterra se hizo inminente. El ambiente en el campamento era una mezcla de ansiedad y excitación. Una noche, poco antes de embarcar, Tab encontró a Shifty sentado en un pequeño murete de piedra, mirando hacia el horizonte.
—¿Otra vez solo? —preguntó Tab, sentándose a su lado sin esperar invitación.
—Solo pensaba —respondió Shifty.
—¿En qué? ¿En Virginia?
—Un poco. Y en lo que viene. No sé si soy tan valiente como pareces serlo tú, Tab.
Tab soltó una carcajada seca y se pasó una mano por el cabello.
—¿Valiente yo? Shifty, me tiemblan las rodillas cada vez que pienso en el salto. Solo que hago mucho ruido para que nadie se dé cuenta.
Shifty lo miró con curiosidad.
—¿De verdad?
—De verdad. —Tab se acercó un poco más, dejando que sus hombros se rozaran—. Pero luego te miro a ti. Tan tranquilo, tan sereno... y pienso que si tú puedes mantener la calma, yo también puedo.
—No es calma —confesó Shifty en un susurro, bajando la cabeza—. Es solo que no sé cómo expresar el miedo. Se queda aquí dentro, atrapado.
Tab, impulsado por su naturaleza servicial y su creciente afecto por el francotirador, extendió una mano y la puso sobre la nuca de Shifty, dándole un apretón suave. El contacto físico hizo que Shifty diera un pequeño respingo, pero no se apartó. Al contrario, pareció inclinarse hacia el calor de la mano de Tab.
—No tienes que estar atrapado, Darell —dijo Tab, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido del nombre en labios de Tab hizo que a Shifty se le erizara la piel—. Me tienes a mí para hablar. O para no hablar. Lo que necesites.
Shifty levantó la vista. La sonrisa de Tab estaba allí, brillante incluso en la penumbra, mostrando ese diente ligeramente torcido que Shifty había empezado a encontrar extrañamente encantador.
—Gracias, Tab.
—No hay de qué. —Tab le dio unas palmaditas en la espalda antes de levantarse—. Vamos, Luz está intentando convencer a Guarnere de que puede imitar al Coronel Sink mejor que él. No querrás perderte el espectáculo.
Shifty sonrió de verdad, esa sonrisa amplia y dulce que rara vez mostraba.
—Supongo que no.
Mientras caminaban de regreso, Tab pasó un brazo por encima de los hombros de Shifty. Era un gesto típico de él, amigable y sociable, pero para Shifty, era mucho más. Era un ancla.
Tab se dio cuenta de que su primera impresión no podría haber estado más equivocada. Shifty no era arrogante, ni aburrido. Era el corazón silencioso de la compañía, la calma en medio de la tormenta. Y Tab estaba decidido a ser el fuego que lo mantuviera caliente cuando el invierno de la guerra finalmente llegara.
—Oye, Shifty —dijo Tab mientras llegaban a la zona de las tiendas.
—¿Sí?
—Enséñame a hacer eso algún día. Lo de ver cosas que nadie más ve.
Shifty lo miró de reojo, sus ojos color miel brillando con una pizca de travesura.
—Ya lo hago, Tab.
—¿Ah sí? ¿Y qué ves ahora mismo?
Shifty se detuvo un segundo, observando la figura vivaz de su amigo, su energía contagiosa y la forma en que siempre buscaba ayudar a los demás.
—Veo a un buen hombre —dijo Shifty con sencillez—. El mejor que he conocido.
Tab se quedó sin palabras por un momento, algo inusual en él. Sintió un calor agradable en el pecho y, por una vez, no hizo ninguna broma. Simplemente apretó el hombro de Shifty y asintió.
—Bueno... —aclaró Tab su garganta, tratando de recuperar su tono jovial—. Eso es porque eres un experto tirador. Tienes buen ojo para la calidad.
Shifty soltó una carcajada, una de esas raras y preciosas risas que Tab se había propuesto coleccionar.
La guerra los esperaba al otro lado del océano, con sus miedos, sus pérdidas y su frío. Pero allí, en la oscuridad de Georgia, bajo el susurro de los pinos, Floyd Talbert y Shifty Powers habían encontrado algo a lo que aferrarse. Una amistad nacida de la observación y consolidada en el respeto mutuo.
Tab ya no veía a un extraño reservado; veía al hombre que le cuidaría la espalda desde las sombras. Y Shifty ya no veía a un bromista ruidoso; veía la luz que lo guiaría de vuelta a casa cuando la oscuridad fuera demasiado densa.
—Vamos, Darell —dijo Tab, empujándolo suavemente hacia la luz de la fogata—. Tenemos una guerra que ganar y muchas bromas que contar antes de eso.
—Te sigo, Tab —respondió Shifty, y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió como un lobo solitario. Se sintió parte de algo. Se sintió en casa.
Sin embargo, incluso para alguien tan sociable como él, había figuras que se movían como sombras en la periferia de su visión.
—¿Quién es el tipo que está sentado bajo el roble? —preguntó Tab una tarde, mientras limpiaba su fusil junto a Luz.
Luz levantó la vista, siguiendo la dirección del gesto de su amigo.
—¿Ese? Es Shifty Powers. De Virginia.
—¿Shifty? —Tab arrugó el entrecejo—. Apenas lo he oído hablar. ¿Es mudo?
—No es mudo, Tab. Es que no necesita hablar para que sepas que está ahí —intervino Lipton, que pasaba por allí con unos informes—. Es el mejor tirador que tenemos. Probablemente el mejor de todo el regimiento.
Tab soltó una risita incrédula.
—¿Ese chico tan dulce? Tiene cara de no haber roto un plato en su vida. Míralo, parece que está pidiéndole perdón al árbol por apoyarse en él.
Shifty Powers estaba, efectivamente, sentado en silencio. Su cabello color miel brillaba bajo la luz filtrada de la tarde. Tenía una expresión pacífica, casi angelical, mientras pasaba un trapo por la mira de su rifle con una delicadeza que rozaba lo reverencial. No participaba en las bromas pesadas de los demás ni se unía a las quejas sobre la comida. Simplemente estaba allí, existiendo en un plano de tranquilidad que a Tab le resultaba casi irritante.
—Es un poco arrogante, ¿no creen? —comentó Tab, volviendo a su tarea—. Se cree demasiado bueno para mezclarse con el resto de nosotros, los mortales. Un "lobo solitario" que no tiene tiempo para un chiste.
—No es arrogancia, Tab —dijo Luz, encogiéndose de hombros—. Es... Shifty. Solo dale tiempo.
Pero Tab no era un hombre paciente cuando se trataba de descifrar a las personas. Durante los días siguientes, intentó entablar conversación con el francotirador en un par de ocasiones, recibiendo solo respuestas cortas, educadas y acompañadas de una sonrisa tímida que desaparecía tan rápido como llegaba. Para Tab, que vivía del contacto físico y la charla constante, esa reserva era una barrera infranqueable. Decidió que Powers era, simplemente, un tipo aburrido y engreído que prefería su propia compañía a la de sus hermanos de armas.
Todo cambió una noche de lluvia persistente en los campos de entrenamiento antes de partir hacia Inglaterra.
El suelo era un barrizal y el ánimo de la compañía estaba por los suelos. Tab regresaba de una guardia agotadora, tiritando de frío, cuando vio una silueta moviéndose cerca de las tiendas de suministros. Se ocultó tras un camión, pensando que podría ser algún oficial buscando a quién castigar, pero pronto reconoció el cabello claro de Shifty.
El francotirador no estaba haciendo nada heroico, o eso parecía al principio. Llevaba dos mantas secas bajo el brazo y se dirigía hacia la tienda donde dormían los reemplazos más jóvenes, aquellos que aún no se habían adaptado al rigor del clima y que solían ser el blanco de las burlas de los veteranos.
Tab lo observó desde la distancia. Shifty entró en la tienda sin hacer ruido. A través de la lona entreabierta, Tab vio cómo Powers cubría a un soldado que temblaba en sueños y dejaba un par de calcetines secos junto a las botas de otro. No dijo nada. No buscó reconocimiento. Simplemente se aseguró de que sus compañeros estuvieran un poco más cómodos antes de retirarse a su propio rincón, donde probablemente dormiría sobre el suelo húmedo sin quejarse.
A la mañana siguiente, en el campo de tiro, Tab no podía dejar de mirar a Shifty. El chico de Virginia estaba en posición, con el cuerpo fundido con la tierra, el rifle descansando en su hombro como si fuera una extensión de su propio brazo.
—Oye, Shifty —llamó Tab, acercándose con su habitual energía, aunque esta vez con un matiz de curiosidad genuina.
Shifty se tensó un poco, pero bajó el arma y se giró. Sus ojos eran claros y tranquilos.
—¿Sí, Talbert? —Su voz era suave, con ese acento sureño que arrastraba las vocales de forma melódica.
—Ayer te vi —soltó Tab sin rodeos, sentándose a su lado en la hierba—. Con las mantas.
Shifty se sonrojó de inmediato, un tono carmín que subió por su cuello hasta las orejas. Bajó la mirada hacia sus manos, jugueteando con el cerrojo del fusil.
—Solo... no quería que se enfermaran antes del salto —murmuró—. Necesitamos a todos los hombres, ¿verdad?
Tab sonrió, y esta vez no fue una sonrisa de broma, sino una llena de comprensión. Se dio cuenta de que había juzgado mal a aquel hombre. Shifty no era arrogante; era simplemente alguien que prefería que sus acciones hablaran por él. Su reserva no era superioridad, era una forma de humildad que Tab empezaba a encontrar fascinante.
—Tienes razón —dijo Tab, inclinándose hacia él, rompiendo esa burbuja de espacio personal que Shifty solía mantener—. Pero podrías haber pedido ayuda. Yo también tengo un par de mantas extra.
Shifty levantó la vista y, por primera vez, sostuvo la mirada de Tab durante más de un segundo.
—No quería molestar a nadie. Todos están cansados.
—A mí nunca me molesta ayudar, Shifty. Y menos si es para hacer algo bueno. —Tab le dio un empujoncito amistoso en el hombro—. Así que, la próxima vez que vayas de ángel de la guarda, avísame.
Shifty soltó una pequeña risa, un sonido dulce que sorprendió a Tab.
—Está bien, Talbert. Lo tendré en cuenta.
—Dime Tab. Todos lo hacen.
—Está bien... Tab.
A partir de ese día, algo cambió en la dinámica entre los dos. Tab, siendo el ser social que era, se propuso como misión personal sacar a Shifty de su caparazón. No lo hacía de forma agresiva, sino con esa calidez natural que lo caracterizaba. Se sentaba a su lado durante las comidas, le contaba chistes (algunos realmente malos que hacían que Shifty negara con la cabeza mientras sonreía) y se aseguraba de incluirlo en las conversaciones.
Descubrió que Shifty era un observador nato. Mientras los demás hablaban de mujeres, alcohol o de lo que harían al volver a casa, Shifty notaba los detalles pequeños: el cambio en el viento, el rastro de un animal en el bosque o el hecho de que uno de sus compañeros estaba cojeando y trataba de ocultarlo.
—Eres increíble, ¿lo sabes? —le dijo Tab una tarde mientras caminaban hacia los barracones—. Tienes ojos en la nuca.
—Es solo costumbre —respondió Shifty, caminando con las manos en los bolsillos—. En Virginia, si no prestas atención al bosque, no traes nada para la cena.
—Bueno, aquí el bosque muerde de vuelta —dijo Tab, recuperando su tono serio por un momento—. Me alegra saber que eres tú quien vigila desde la distancia. Me hace sentir un poco más seguro.
Shifty se detuvo y miró a Tab. Había algo en la vivacidad del castaño, en sus mechones rubios despeinados y en esa energía inagotable, que lo atraía profundamente. Shifty siempre había sido el observador, el que se quedaba atrás, pero con Tab se sentía... visto. No como un arma, no como el "francotirador estrella", sino como Darell.
—Yo... yo siempre te cubriré la espalda, Tab —prometió Shifty en voz baja, con una sinceridad que hizo que el corazón de Tab diera un vuelco.
—Lo sé, Shifty. Lo sé.
Pasaron las semanas y la partida hacia Inglaterra se hizo inminente. El ambiente en el campamento era una mezcla de ansiedad y excitación. Una noche, poco antes de embarcar, Tab encontró a Shifty sentado en un pequeño murete de piedra, mirando hacia el horizonte.
—¿Otra vez solo? —preguntó Tab, sentándose a su lado sin esperar invitación.
—Solo pensaba —respondió Shifty.
—¿En qué? ¿En Virginia?
—Un poco. Y en lo que viene. No sé si soy tan valiente como pareces serlo tú, Tab.
Tab soltó una carcajada seca y se pasó una mano por el cabello.
—¿Valiente yo? Shifty, me tiemblan las rodillas cada vez que pienso en el salto. Solo que hago mucho ruido para que nadie se dé cuenta.
Shifty lo miró con curiosidad.
—¿De verdad?
—De verdad. —Tab se acercó un poco más, dejando que sus hombros se rozaran—. Pero luego te miro a ti. Tan tranquilo, tan sereno... y pienso que si tú puedes mantener la calma, yo también puedo.
—No es calma —confesó Shifty en un susurro, bajando la cabeza—. Es solo que no sé cómo expresar el miedo. Se queda aquí dentro, atrapado.
Tab, impulsado por su naturaleza servicial y su creciente afecto por el francotirador, extendió una mano y la puso sobre la nuca de Shifty, dándole un apretón suave. El contacto físico hizo que Shifty diera un pequeño respingo, pero no se apartó. Al contrario, pareció inclinarse hacia el calor de la mano de Tab.
—No tienes que estar atrapado, Darell —dijo Tab, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido del nombre en labios de Tab hizo que a Shifty se le erizara la piel—. Me tienes a mí para hablar. O para no hablar. Lo que necesites.
Shifty levantó la vista. La sonrisa de Tab estaba allí, brillante incluso en la penumbra, mostrando ese diente ligeramente torcido que Shifty había empezado a encontrar extrañamente encantador.
—Gracias, Tab.
—No hay de qué. —Tab le dio unas palmaditas en la espalda antes de levantarse—. Vamos, Luz está intentando convencer a Guarnere de que puede imitar al Coronel Sink mejor que él. No querrás perderte el espectáculo.
Shifty sonrió de verdad, esa sonrisa amplia y dulce que rara vez mostraba.
—Supongo que no.
Mientras caminaban de regreso, Tab pasó un brazo por encima de los hombros de Shifty. Era un gesto típico de él, amigable y sociable, pero para Shifty, era mucho más. Era un ancla.
Tab se dio cuenta de que su primera impresión no podría haber estado más equivocada. Shifty no era arrogante, ni aburrido. Era el corazón silencioso de la compañía, la calma en medio de la tormenta. Y Tab estaba decidido a ser el fuego que lo mantuviera caliente cuando el invierno de la guerra finalmente llegara.
—Oye, Shifty —dijo Tab mientras llegaban a la zona de las tiendas.
—¿Sí?
—Enséñame a hacer eso algún día. Lo de ver cosas que nadie más ve.
Shifty lo miró de reojo, sus ojos color miel brillando con una pizca de travesura.
—Ya lo hago, Tab.
—¿Ah sí? ¿Y qué ves ahora mismo?
Shifty se detuvo un segundo, observando la figura vivaz de su amigo, su energía contagiosa y la forma en que siempre buscaba ayudar a los demás.
—Veo a un buen hombre —dijo Shifty con sencillez—. El mejor que he conocido.
Tab se quedó sin palabras por un momento, algo inusual en él. Sintió un calor agradable en el pecho y, por una vez, no hizo ninguna broma. Simplemente apretó el hombro de Shifty y asintió.
—Bueno... —aclaró Tab su garganta, tratando de recuperar su tono jovial—. Eso es porque eres un experto tirador. Tienes buen ojo para la calidad.
Shifty soltó una carcajada, una de esas raras y preciosas risas que Tab se había propuesto coleccionar.
La guerra los esperaba al otro lado del océano, con sus miedos, sus pérdidas y su frío. Pero allí, en la oscuridad de Georgia, bajo el susurro de los pinos, Floyd Talbert y Shifty Powers habían encontrado algo a lo que aferrarse. Una amistad nacida de la observación y consolidada en el respeto mutuo.
Tab ya no veía a un extraño reservado; veía al hombre que le cuidaría la espalda desde las sombras. Y Shifty ya no veía a un bromista ruidoso; veía la luz que lo guiaría de vuelta a casa cuando la oscuridad fuera demasiado densa.
—Vamos, Darell —dijo Tab, empujándolo suavemente hacia la luz de la fogata—. Tenemos una guerra que ganar y muchas bromas que contar antes de eso.
—Te sigo, Tab —respondió Shifty, y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió como un lobo solitario. Se sintió parte de algo. Se sintió en casa.
