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Niña Mimada
Fandom: Jujutsu Kaisen
Creado: 28/4/2026
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RomanceDolor/ConsueloFluffDramaRecortes de VidaHistoria DomésticaEstudio de PersonajeAmbientación CanonCelosAngustia
Bajo el Amparo de la Nicotina y el Infinito
La morgue de la Escuela Técnica de Hechicería de Tokio siempre tenía una temperatura varios grados por debajo de lo que cualquier ser humano consideraría confortable. Para Shoko Ieiri, ese frío era un recordatorio constante de la línea que separaba su mundo del de los vivos. El olor a antiséptico, el zumbido metálico de las luces fluorescentes y el silencio sepulcral eran sus únicos compañeros durante las extenuantes jornadas en las que el mundo exterior parecía desmoronarse bajo el peso de las maldiciones.
A plena luz del día, Shoko era el pilar de la indiferencia. Con sus ojeras marcadas como tatuajes de guerra y un cigarrillo perpetuamente apagado entre los labios cuando estaba en interiores, proyectaba una imagen de estoicismo inquebrantable. Ni siquiera Satoru Gojo, con su energía caótica y su presencia abrumadora, parecía capaz de perturbar su calma profesional. Se trataban con la familiaridad de quienes han sobrevivido a una masacre, compartiendo bromas ácidas y miradas de entendimiento que no necesitaban palabras. Para los estudiantes, eran los dos pilares de la era dorada que quedaban en pie; para el mundo, eran simplemente colegas.
Pero cuando el reloj marcaba las dos de la mañana y el último informe de autopsia quedaba archivado, la máscara de la doctora Ieiri comenzaba a agrietarse.
Esa noche, el eco de unos pasos rítmicos y despreocupados resonó en el pasillo. Shoko no necesitó levantar la vista de su escritorio para saber quién era. El rastro de energía maldita que lo precedía era tan familiar para ella como su propio pulso.
La puerta se deslizó con un suave chirrido. Satoru Gojo entró en la habitación, todavía luciendo su impecable uniforme oscuro de cuello alto. Se quitó la venda de los ojos, revelando esos iris que parecían contener el cielo entero, y los frotó con cansancio.
— Shoko —dijo él, con una voz mucho más baja y suave que la que usaba para molestar a los altos mandos—. He vuelto.
Shoko soltó un suspiro largo, dejando caer el bolígrafo sobre la mesa. Se giró en su silla giratoria y, sin decir una palabra, extendió los brazos hacia él.
La transformación fue instantánea. La mujer que hace un momento examinaba restos humanos con una frialdad quirúrgica ahora miraba a Satoru con una vulnerabilidad que nadie más en el mundo tenía el privilegio de presenciar.
Satoru sonrió de esa forma ladeada que reservaba solo para ella y cruzó la distancia en dos zancadas. Antes de que pudiera decir nada, Shoko se aferró a su cintura, hundiendo el rostro en el abdomen del hechicero más fuerte del mundo.
— Llegas tarde —murmuró ella, su voz amortiguada por la tela negra de su abrigo.
— Lo siento, lo siento —Satoru pasó sus manos por el cabello castaño de Shoko, deshaciendo la coleta descuidada para dejar que los mechones cayeran libres—. Los viejos del consejo no dejaban de parlotear sobre Kioto. ¿Me has extrañado tanto?
Shoko no respondió con palabras. En su lugar, apretó más el agarre, exigiendo su presencia física de una manera casi desesperada. Satoru se sentó en la camilla de metal más cercana, tirando de ella para que se sentara entre sus piernas.
— Quiero mimos, Satoru —declaró ella, levantando la vista. Sus ojos castaños, usualmente apagados por el cansancio, brillaban ahora con una chispa de demanda infantil—. Muchos.
Satoru soltó una risita suave y la rodeó con sus largos brazos, envolviéndola por completo. A pesar de los 190 centímetros de altura de Gojo, Shoko encajaba perfectamente contra él. Él bajó la cabeza, frotando su nariz contra la mejilla de ella, disfrutando del sutil aroma a café y tabaco que siempre la acompañaba.
—
A plena luz del día, Shoko era el pilar de la indiferencia. Con sus ojeras marcadas como tatuajes de guerra y un cigarrillo perpetuamente apagado entre los labios cuando estaba en interiores, proyectaba una imagen de estoicismo inquebrantable. Ni siquiera Satoru Gojo, con su energía caótica y su presencia abrumadora, parecía capaz de perturbar su calma profesional. Se trataban con la familiaridad de quienes han sobrevivido a una masacre, compartiendo bromas ácidas y miradas de entendimiento que no necesitaban palabras. Para los estudiantes, eran los dos pilares de la era dorada que quedaban en pie; para el mundo, eran simplemente colegas.
Pero cuando el reloj marcaba las dos de la mañana y el último informe de autopsia quedaba archivado, la máscara de la doctora Ieiri comenzaba a agrietarse.
Esa noche, el eco de unos pasos rítmicos y despreocupados resonó en el pasillo. Shoko no necesitó levantar la vista de su escritorio para saber quién era. El rastro de energía maldita que lo precedía era tan familiar para ella como su propio pulso.
La puerta se deslizó con un suave chirrido. Satoru Gojo entró en la habitación, todavía luciendo su impecable uniforme oscuro de cuello alto. Se quitó la venda de los ojos, revelando esos iris que parecían contener el cielo entero, y los frotó con cansancio.
— Shoko —dijo él, con una voz mucho más baja y suave que la que usaba para molestar a los altos mandos—. He vuelto.
Shoko soltó un suspiro largo, dejando caer el bolígrafo sobre la mesa. Se giró en su silla giratoria y, sin decir una palabra, extendió los brazos hacia él.
La transformación fue instantánea. La mujer que hace un momento examinaba restos humanos con una frialdad quirúrgica ahora miraba a Satoru con una vulnerabilidad que nadie más en el mundo tenía el privilegio de presenciar.
Satoru sonrió de esa forma ladeada que reservaba solo para ella y cruzó la distancia en dos zancadas. Antes de que pudiera decir nada, Shoko se aferró a su cintura, hundiendo el rostro en el abdomen del hechicero más fuerte del mundo.
— Llegas tarde —murmuró ella, su voz amortiguada por la tela negra de su abrigo.
— Lo siento, lo siento —Satoru pasó sus manos por el cabello castaño de Shoko, deshaciendo la coleta descuidada para dejar que los mechones cayeran libres—. Los viejos del consejo no dejaban de parlotear sobre Kioto. ¿Me has extrañado tanto?
Shoko no respondió con palabras. En su lugar, apretó más el agarre, exigiendo su presencia física de una manera casi desesperada. Satoru se sentó en la camilla de metal más cercana, tirando de ella para que se sentara entre sus piernas.
— Quiero mimos, Satoru —declaró ella, levantando la vista. Sus ojos castaños, usualmente apagados por el cansancio, brillaban ahora con una chispa de demanda infantil—. Muchos.
Satoru soltó una risita suave y la rodeó con sus largos brazos, envolviéndola por completo. A pesar de los 190 centímetros de altura de Gojo, Shoko encajaba perfectamente contra él. Él bajó la cabeza, frotando su nariz contra la mejilla de ella, disfrutando del sutil aroma a café y tabaco que siempre la acompañaba.
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