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The Coffin of Andy and Leyley SSBBW
Fandom: The Coffin of Andy and Leyley
Creado: 29/4/2026
Etiquetas
OscuroPsicológicoTerrorTrastornos AlimentariosHorror CorporalEstudio de PersonajeThriller
El Peso de la Devoción
El aroma a grasa, azúcar caramelizado y carne asada flotaba pesadamente en el aire del apartamento, casi tan denso como el silencio que reinaba en las habitaciones. Andrew entró por la puerta principal, cargando seis bolsas de papel que crujían bajo el peso de los contenedores de comida rápida y los batidos extra grandes. Sus hombros estaban tensos por la jornada laboral, pero sus ojos brillaban con una chispa de anticipación enfermiza.
Hacía años que su padre había desaparecido de la ecuación, dejando un vacío que Andrew no solo llenó con trabajo, sino con una forma de control que se disfrazaba de cuidado extremo. En esta línea de tiempo, la supervivencia no se trataba de canibalismo o rituales oscuros, sino de una inercia devoradora.
Se dirigió primero a la habitación principal. El suelo crujió bajo sus pies, un recordatorio constante de que la estructura de la casa estaba siendo puesta a prueba por algo más que muebles.
—Ya estoy en casa —anunció Andrew, entrando en el dormitorio de su madre.
Ashley Renee no se movió, al menos no de la forma en que una persona normal lo haría. Estaba hundida en un colchón reforzado que parecía haber sido tragado por su propio cuerpo. Con sus 480 kilogramos, Ashley era una montaña de piel suave y pálida, una extensión de la cama misma. Sus ojos, hundidos en sus mejillas redondas, se iluminaron al ver las bolsas.
—Llegas tarde, Andrew —dijo Ashley, su voz era un susurro ronco debido al esfuerzo que le suponía respirar—. Tengo un vacío... aquí dentro.
Se señaló el abdomen, que se derramaba sobre sus muslos como una marea de carne. Andrew se acercó y depositó un beso en su frente, sintiendo la humedad del sudor constante.
—Lo siento, mamá. El jefe me retuvo, pero traje todo lo que te gusta. Dobles raciones de todo —dijo él, comenzando a desempacar las hamburguesas y a colocarlas en una bandeja de madera diseñada especialmente para ella.
—Eres un buen hijo —murmuró ella, abriendo la boca para recibir el primer bocado que Andrew le ofrecía con cuidado—. Tan diferente a tu padre. Él siempre quería que nos moviéramos, que saliéramos... Tú entiendes lo que es la verdadera comodidad.
Andrew sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos pero que rebosaba de una satisfacción posesiva. Le gustaba verla así: incapaz de irse, incapaz de alejarse de él. Mientras ella masticaba con dificultad, él se aseguró de que tuviera su batido de chocolate a mano.
—Iré a ver a Leyley —dijo Andrew—. No quiero que se sienta celosa.
—Ve —asintió Ashley, con las comisuras de los labios manchadas de salsa—. Ella tiene más hambre que yo hoy.
Andrew caminó por el pasillo hacia la habitación del fondo. Si el estado de su madre era impactante, el de su hermana era una obra maestra de su propia creación. Leyley, que alguna vez fue una chica delgada y cínica, ahora era una masa colosal de 515 kilogramos. Su habitación había sido despojada de casi todo el mobiliario para dar espacio a su cuerpo, que ocupaba casi todo el ancho de la estancia.
—¿Leyley? —llamó él suavemente.
—Tardaste una eternidad, Andy —la voz de Leyley salió cargada de una mezcla de irritación y deseo—. Puedo oler la comida desde aquí. Me duele el estómago de lo vacío que está.
Andrew se acercó a ella. Leyley estaba rodeada de almohadas, con el cabello rubio esparcido como hilos de oro sobre la montaña de sus hombros. Sus brazos eran tan gruesos que apenas podía levantarlos para alcanzar su propia cara.
—Traje las cajas de pollo frito que te gustan y los donuts rellenos —dijo Andrew, sentándose en un taburete reforzado al lado de ella—. Estás preciosa hoy, Leyley. Pareces... más grande.
Leyley dejó escapar una risa corta que hizo que todo su cuerpo vibrara.
—Eso es porque no he dejado de comer desde que te fuiste. Mamá me pasó sus sobras de la mañana, pero no fueron suficientes. Necesito más, Andy. Mucho más.
Andrew comenzó a alimentarla. Había algo ritualista en la forma en que introducía la comida en su boca. Para él, ver a las dos mujeres más importantes de su vida expandirse hasta límites inhumanos era la máxima expresión de amor y seguridad. Si estaban así, nadie podría arrebatárselas. No habría dramas externos, no habría amigos, no habría un mundo exterior que las corrompiera. Eran suyas, prisioneras de su propio peso y de su cuidado.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Andrew mientras le ofrecía una pierna de pollo crujiente.
—No lo sé —respondió Leyley entre bocados—. Los días se mezclan. Solo sé cuándo es hora de comer y cuándo es hora de dormir.
—Es nuestro aniversario de cuando decidimos que ya no necesitabas caminar —dijo él con orgullo—. Tres años desde que tus pies tocaron el suelo por última vez.
Leyley hizo una mueca, pero no de tristeza, sino de una extraña satisfacción.
—No lo extraño. El suelo siempre estaba frío. Aquí, en la cama, todo es suave. Tú te encargas de todo, Andy. Eres el único que nos cuida.
—Y siempre lo haré —prometió él, limpiando una gota de grasa de la barbilla de su hermana—. Mañana traeré pasteles de la panadería del centro. He oído que tienen una nueva receta con doble crema.
Los ojos de Leyley brillaron con una intensidad febril.
—Tráelos todos. Quiero sentir que mi piel se estira hasta que no pueda más.
Andrew sintió un escalofrío de placer. La dependencia total de su hermana y su madre era su droga. Él trabajaba turnos dobles, agotándose físicamente, solo para poder financiar esta expansión constante. Para él, la belleza no residía en la salud o la agilidad, sino en la inmovilidad absoluta, en la carne que reclamaba territorio.
—¿Crees que mamá llegue a los quinientos pronto? —preguntó Leyley, con un rastro de competitividad en su voz.
—Está cerca —respondió Andrew, acariciando el brazo masivo de su hermana—. Pero tú siempre serás mi prioridad, Leyley. Siempre serás la más grande.
—Más —exigió ella, señalando la caja de donuts—. No hables, solo aliméntame.
El resto de la noche transcurrió en una sinfonía de sonidos de masticación y respiraciones pesadas. Andrew se movía entre las dos habitaciones como un sirviente devoto, un arquitecto de la obesidad que moldeaba los cuerpos de su familia con cada caloría.
Cuando finalmente ambas quedaron sumidas en un letargo postprandial, Andrew se sentó en la pequeña cocina, rodeado de envoltorios vacíos. Sus manos temblaban ligeramente por el cansancio, pero su mente estaba en paz.
—Mañana —susurró para sí mismo—, mañana compraremos más.
Se asomó una última vez a la habitación de Ashley. Su madre roncaba profundamente, un sonido rítmico que sacudía las paredes. Luego fue a ver a Leyley, que dormía con una expresión de beatitud, con el vientre subiendo y bajando como una marea lenta.
Andrew se acercó a Leyley y le susurró al oído, aunque sabía que no podía oírlo.
—Nunca te dejaré ir, hermanita. Mientras comas, serás mía.
La oscuridad del apartamento parecía abrazar los cuerpos colosales de las mujeres, mientras Andrew, el guardián de aquella prisión de carne, sonreía en la penumbra, planeando el banquete del día siguiente. En su mundo, el amor no se medía en palabras, sino en kilos, y él estaba decidido a que su amor fuera el más pesado del mundo.
Hacía años que su padre había desaparecido de la ecuación, dejando un vacío que Andrew no solo llenó con trabajo, sino con una forma de control que se disfrazaba de cuidado extremo. En esta línea de tiempo, la supervivencia no se trataba de canibalismo o rituales oscuros, sino de una inercia devoradora.
Se dirigió primero a la habitación principal. El suelo crujió bajo sus pies, un recordatorio constante de que la estructura de la casa estaba siendo puesta a prueba por algo más que muebles.
—Ya estoy en casa —anunció Andrew, entrando en el dormitorio de su madre.
Ashley Renee no se movió, al menos no de la forma en que una persona normal lo haría. Estaba hundida en un colchón reforzado que parecía haber sido tragado por su propio cuerpo. Con sus 480 kilogramos, Ashley era una montaña de piel suave y pálida, una extensión de la cama misma. Sus ojos, hundidos en sus mejillas redondas, se iluminaron al ver las bolsas.
—Llegas tarde, Andrew —dijo Ashley, su voz era un susurro ronco debido al esfuerzo que le suponía respirar—. Tengo un vacío... aquí dentro.
Se señaló el abdomen, que se derramaba sobre sus muslos como una marea de carne. Andrew se acercó y depositó un beso en su frente, sintiendo la humedad del sudor constante.
—Lo siento, mamá. El jefe me retuvo, pero traje todo lo que te gusta. Dobles raciones de todo —dijo él, comenzando a desempacar las hamburguesas y a colocarlas en una bandeja de madera diseñada especialmente para ella.
—Eres un buen hijo —murmuró ella, abriendo la boca para recibir el primer bocado que Andrew le ofrecía con cuidado—. Tan diferente a tu padre. Él siempre quería que nos moviéramos, que saliéramos... Tú entiendes lo que es la verdadera comodidad.
Andrew sonrió, una expresión que no llegaba a sus ojos pero que rebosaba de una satisfacción posesiva. Le gustaba verla así: incapaz de irse, incapaz de alejarse de él. Mientras ella masticaba con dificultad, él se aseguró de que tuviera su batido de chocolate a mano.
—Iré a ver a Leyley —dijo Andrew—. No quiero que se sienta celosa.
—Ve —asintió Ashley, con las comisuras de los labios manchadas de salsa—. Ella tiene más hambre que yo hoy.
Andrew caminó por el pasillo hacia la habitación del fondo. Si el estado de su madre era impactante, el de su hermana era una obra maestra de su propia creación. Leyley, que alguna vez fue una chica delgada y cínica, ahora era una masa colosal de 515 kilogramos. Su habitación había sido despojada de casi todo el mobiliario para dar espacio a su cuerpo, que ocupaba casi todo el ancho de la estancia.
—¿Leyley? —llamó él suavemente.
—Tardaste una eternidad, Andy —la voz de Leyley salió cargada de una mezcla de irritación y deseo—. Puedo oler la comida desde aquí. Me duele el estómago de lo vacío que está.
Andrew se acercó a ella. Leyley estaba rodeada de almohadas, con el cabello rubio esparcido como hilos de oro sobre la montaña de sus hombros. Sus brazos eran tan gruesos que apenas podía levantarlos para alcanzar su propia cara.
—Traje las cajas de pollo frito que te gustan y los donuts rellenos —dijo Andrew, sentándose en un taburete reforzado al lado de ella—. Estás preciosa hoy, Leyley. Pareces... más grande.
Leyley dejó escapar una risa corta que hizo que todo su cuerpo vibrara.
—Eso es porque no he dejado de comer desde que te fuiste. Mamá me pasó sus sobras de la mañana, pero no fueron suficientes. Necesito más, Andy. Mucho más.
Andrew comenzó a alimentarla. Había algo ritualista en la forma en que introducía la comida en su boca. Para él, ver a las dos mujeres más importantes de su vida expandirse hasta límites inhumanos era la máxima expresión de amor y seguridad. Si estaban así, nadie podría arrebatárselas. No habría dramas externos, no habría amigos, no habría un mundo exterior que las corrompiera. Eran suyas, prisioneras de su propio peso y de su cuidado.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Andrew mientras le ofrecía una pierna de pollo crujiente.
—No lo sé —respondió Leyley entre bocados—. Los días se mezclan. Solo sé cuándo es hora de comer y cuándo es hora de dormir.
—Es nuestro aniversario de cuando decidimos que ya no necesitabas caminar —dijo él con orgullo—. Tres años desde que tus pies tocaron el suelo por última vez.
Leyley hizo una mueca, pero no de tristeza, sino de una extraña satisfacción.
—No lo extraño. El suelo siempre estaba frío. Aquí, en la cama, todo es suave. Tú te encargas de todo, Andy. Eres el único que nos cuida.
—Y siempre lo haré —prometió él, limpiando una gota de grasa de la barbilla de su hermana—. Mañana traeré pasteles de la panadería del centro. He oído que tienen una nueva receta con doble crema.
Los ojos de Leyley brillaron con una intensidad febril.
—Tráelos todos. Quiero sentir que mi piel se estira hasta que no pueda más.
Andrew sintió un escalofrío de placer. La dependencia total de su hermana y su madre era su droga. Él trabajaba turnos dobles, agotándose físicamente, solo para poder financiar esta expansión constante. Para él, la belleza no residía en la salud o la agilidad, sino en la inmovilidad absoluta, en la carne que reclamaba territorio.
—¿Crees que mamá llegue a los quinientos pronto? —preguntó Leyley, con un rastro de competitividad en su voz.
—Está cerca —respondió Andrew, acariciando el brazo masivo de su hermana—. Pero tú siempre serás mi prioridad, Leyley. Siempre serás la más grande.
—Más —exigió ella, señalando la caja de donuts—. No hables, solo aliméntame.
El resto de la noche transcurrió en una sinfonía de sonidos de masticación y respiraciones pesadas. Andrew se movía entre las dos habitaciones como un sirviente devoto, un arquitecto de la obesidad que moldeaba los cuerpos de su familia con cada caloría.
Cuando finalmente ambas quedaron sumidas en un letargo postprandial, Andrew se sentó en la pequeña cocina, rodeado de envoltorios vacíos. Sus manos temblaban ligeramente por el cansancio, pero su mente estaba en paz.
—Mañana —susurró para sí mismo—, mañana compraremos más.
Se asomó una última vez a la habitación de Ashley. Su madre roncaba profundamente, un sonido rítmico que sacudía las paredes. Luego fue a ver a Leyley, que dormía con una expresión de beatitud, con el vientre subiendo y bajando como una marea lenta.
Andrew se acercó a Leyley y le susurró al oído, aunque sabía que no podía oírlo.
—Nunca te dejaré ir, hermanita. Mientras comas, serás mía.
La oscuridad del apartamento parecía abrazar los cuerpos colosales de las mujeres, mientras Andrew, el guardián de aquella prisión de carne, sonreía en la penumbra, planeando el banquete del día siguiente. En su mundo, el amor no se medía en palabras, sino en kilos, y él estaba decidido a que su amor fuera el más pesado del mundo.
