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Limón y Papel
Fandom: 백작가의 망나니가 되었다 - 유려한 | Patán de la familia del Conde | Basura de la familia del conde.
Creado: 29/4/2026
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RomanceRecortes de VidaFluffHistoria DomésticaFantasíaDolor/ConsueloEstudio de PersonajeAmbientación CanonDramaAngustiaHistóricoUA (Universo Alternativo)Isekai / Fantasía PortalDivergenciaPsicológicoOscuroCrimenMuerte de PersonajeMisterio
El aroma del té y las sombras del pasado
La lluvia golpeaba con una monotonía implacable contra los ventanales del despacho del Conde. El territorio Henituse era conocido por su serenidad, pero dentro de las paredes de la mansión, el silencio se sentía pesado, casi asfixiante. Habían pasado meses desde que Jour Thames, la luz de aquella casa, se había desvanecido, dejando tras de sí un vacío que ni el oro ni el estatus podían llenar.
Deruth Henituse estaba sentado frente a su escritorio, pero no estaba trabajando. Sus ojos estaban fijos en un retrato en miniatura de su difunta esposa. Se veía más delgado, con ojeras profundas que delataban noches de insomnio y un dolor que se negaba a dar tregua. Intentaba ser un buen padre, realmente lo intentaba, pero cada vez que miraba a Cale, el corazón se le partía de nuevo. El niño tenía demasiado de ella: el color del cabello, la chispa en los ojos —ahora apagada por la confusión del luto— y esa elegancia natural.
Un suave golpe en la puerta rompió el silencio.
— Adelante —murmuró Deruth, sin apartar la vista del retrato.
La puerta se abrió sin hacer ruido, y un hombre de porte impecable entró en la habitación. Ron Molan, el mayordomo que había llegado a su servicio años atrás huyendo de un pasado sangriento que Deruth prefería no cuestionar, portaba una bandeja con una tetera de porcelana y una sola taza.
— Es hora de su té de la tarde, mi señor —dijo Ron con su voz calmada y profesional.
Deruth suspiró, frotándose las sienes.
— No tengo apetito, Ron. Puedes llevártelo.
Ron no se movió. Con una eficiencia aterradora, sirvió el té, permitiendo que el aroma a hierbas amargas y cítricos llenara el aire.
— El joven maestro Cale ha preguntado por usted tres veces hoy —mencionó Ron, ignorando la orden de retirada—. Beacrox le está preparando algo de comer, pero el niño parece preferir la compañía de su padre a la de un filete bien cocido.
Deruth cerró los ojos, sintiendo una punzada de culpa.
— No sé qué decirle, Ron. Cada vez que lo veo, siento que le estoy fallando. Debería ser fuerte para él, pero apenas puedo mantenerme en pie.
Ron dejó la tetera sobre la mesa y se acercó un paso más. Sus ojos, siempre agudos y observadores, suavizaron su expresión gélida por un breve instante.
— El duelo no es una línea recta, Conde —dijo Ron, su tono era inusualmente cálido—. Usted no es un fracaso por sentir dolor. Pero el joven maestro necesita saber que, aunque su madre se haya ido, su padre sigue aquí.
Deruth levantó la mirada. Encontró la figura de Ron, siempre erguida, siempre firme. Había algo en la presencia del mayordomo que le daba una extraña sensación de seguridad. Ron no era solo un sirviente; era el pilar que sostenía la estructura de su vida diaria mientras él se desmoronaba.
— ¿Cómo lo haces? —preguntó Deruth en un susurro—. Tú también perdiste todo. Tu hogar, tu familia... y sin embargo, estás aquí, cuidando de nosotros.
Ron guardó silencio por un momento. Sus manos, expertas tanto en servir té como en manejar dagas, se entrelazaron tras su espalda.
— Sobreviví porque tenía una responsabilidad —respondió Ron—. Beacrox era mi ancla. Y ahora, este condado es mi refugio. Cuidar de usted y del joven maestro es lo que mantiene el filo de mi propósito.
Deruth se levantó lentamente de su silla. Se sentía pequeño frente a la estoica figura de Ron. Sin pensarlo mucho, dio un paso hacia él. La cercanía le permitió notar el aroma a limón y acero que siempre acompañaba al mayordomo.
— Gracias, Ron. No sé qué habría hecho estos meses sin ti. Especialmente ahora que he decidido... que no habrá nadie más.
Ron arqueó una ceja, un gesto sutil de sorpresa.
— ¿Se refiere a los rumores de un nuevo matrimonio, mi señor? Los vasallos están ansiosos por una Condesa.
— No me importa lo que digan los vasallos —dijo Deruth con firmeza, aunque su voz tembló ligeramente—. No puedo poner a otra mujer en el lugar de Jour. No sería justo para ella, ni para Cale, ni para mí. Criaré a mi hijo solo.
Ron asintió lentamente, una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios.
— No estará solo, Conde. Yo estaré aquí. Siempre.
***
Los años pasaron, y el Condado Henituse se convirtió en un lugar de calma inusual. A diferencia de lo que muchos esperaban, Deruth no volvió a casarse. Se dedicó por completo a la gestión de sus tierras y a la crianza de Cale, aunque la relación con su hijo seguía siendo un terreno delicado y lleno de malentendidos. Cale había crecido como un niño solitario, a veces difícil de leer, pero siempre bajo la vigilancia constante de Ron.
Para Deruth, Ron se había vuelto indispensable. Lo que comenzó como una relación de amo y sirviente se había transformado en algo mucho más profundo, un vínculo forjado en las sombras de la noche y en los silencios compartidos.
Una noche de invierno, Deruth se encontraba en la biblioteca, revisando unos informes comerciales. El frío se filtraba por las rendijas, y el fuego de la chimenea empezaba a languidecer. Ron entró, como siempre, con una manta de lana y una jarra de vino caliente.
— Debería descansar, mi señor —dijo Ron, colocando la manta sobre los hombros de Deruth.
Deruth se tensó por un momento ante el contacto, pero luego se relajó, dejando que el calor lo envolviera.
— Solo un poco más, Ron. Quiero terminar esto para poder pasar el día de mañana con Cale. Me prometió que iríamos a ver los jardines de invierno.
— El joven maestro apreciará el gesto, aunque finja que no le importa —comentó Ron, moviéndose para avivar el fuego.
Deruth observó la espalda de Ron. El mayordomo ya no era el hombre joven que llegó a sus puertas, pero el tiempo parecía haberle otorgado una elegancia aún más afilada.
— Ron —llamó Deruth suavemente.
El mayordomo se giró, con el atizador de hierro todavía en la mano.
— ¿Sí, mi señor?
— ¿Eres feliz aquí? —La pregunta colgó en el aire, pesada y honesta.
Ron dejó el atizador y se acercó al Conde. Se arrodilló junto a su silla, no por sumisión, sino para estar a su nivel. Sus ojos se encontraron, y por primera vez en mucho tiempo, Ron dejó caer su máscara de indiferencia.
— He pasado la mayor parte de mi vida huyendo o matando, Deruth —dijo Ron, usando su nombre sin títulos por primera vez—. Aquí, en este condado, encontré algo que no creía posible. Encontré paz. Y lo más importante, encontré a alguien a quien vale la pena proteger con algo más que mi espada.
Deruth extendió una mano temblorosa y acarició la mejilla de Ron. La piel estaba marcada por el tiempo, pero era cálida.
— A veces me asusta lo mucho que confío en ti —confesó Deruth—. Me asusta que, si te fueras, no quedaría nada de mí.
Ron tomó la mano de Deruth entre las suyas. Sus dedos eran ásperos, llenos de cicatrices, pero su agarre era tierno.
— No iré a ninguna parte. Los Molan son leales hasta la muerte, pero yo... yo soy leal a ti por elección propia.
Deruth se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos. El corazón le latía con una fuerza que creía olvidada. Cuando sus labios finalmente se encontraron, fue un beso lento, cargado de años de palabras no dichas y de un consuelo mutuo que trascendía su estatus social. No era el fuego apasionado de la juventud, sino el calor constante de las brasas que arden en la oscuridad.
Cuando se separaron, Ron mantuvo su frente apoyada contra la de Deruth.
— El joven maestro se dará cuenta —susurró Ron con una pizca de su habitual ironía.
Deruth soltó una pequeña risa, la primera en mucho tiempo.
— Cale es más observador de lo que deja ver. Probablemente ya lo sabe y está esperando a ver cuánto tardamos en aceptarlo.
Ron se puso de pie, recuperando su compostura, aunque sus ojos seguían brillando con una suavidad inusual.
— En ese caso, mi señor, deberíamos asegurarnos de que el té de mañana sea excelente. Beacrox se encargará de los postres.
Deruth asintió, sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en años.
— Gracias, Ron. Por todo.
— Es mi deber, Deruth —respondió Ron, dirigiéndose a la puerta—. Y mi placer.
***
A la mañana siguiente, el sol se reflejaba en la nieve fresca que cubría el jardín. Cale, un niño de cabello rojo vibrante, observaba desde el balcón cómo su padre caminaba por el sendero junto a Ron. No iban tomados de la mano, eso sería impropio, pero caminaban tan cerca que sus hombros se rozaban ocasionalmente.
Cale tomó un sorbo de su jugo de uva y frunció el ceño, aunque había una sombra de alivio en su rostro.
— Ese viejo astuto —murmuró Cale para sí mismo—. Al menos mi padre ya no parece un fantasma.
Beacrox, que estaba limpiando unos cubiertos cerca de allí, soltó un bufido que casi parecía un asentimiento.
— Mi padre sabe lo que hace, joven maestro —dijo Beacrox con su habitual tono seco—. Ahora, termine su desayuno. Tenemos mucho que hacer hoy.
En el jardín, Deruth se detuvo a mirar un rosal que sobrevivía al frío. Sintió la presencia de Ron a su lado, una constante inamovible. Ya no había una Condesa en el horizonte, ni la necesidad de buscar una madre sustituta para Cale. Tenía a su hijo, tenía su hogar y, sobre todo, tenía al hombre que había recogido sus pedazos rotos y los había vuelto a unir con una paciencia infinita.
— ¿Ron? —dijo Deruth, mirando hacia el horizonte nevado.
— ¿Sí, mi señor?
— Mañana... ¿podrías enseñarme a preparar ese té de limón? Cale dice que el mío sabe a agua sucia.
Ron soltó una risa corta y genuina, un sonido raro y precioso.
— Me temo que eso requerirá mucha paciencia, mi señor. Sus manos están hechas para la pluma, no para las hierbas. Pero estaré encantado de intentarlo.
Deruth sonrió, sabiendo que, independientemente de lo que el futuro deparara al Reino de Roan o a la familia Henituse, mientras Ron estuviera a su lado, el invierno nunca sería demasiado frío. La pérdida de Jour siempre sería una cicatriz en su alma, pero Ron Molan se había convertido en la medicina que permitía que esa cicatriz dejara de doler.
Caminaron de regreso a la mansión, dos hombres unidos por el deber, el pasado y un amor silencioso que florecía en la quietud de las montañas, tan firme y eterno como la roca misma.
Deruth Henituse estaba sentado frente a su escritorio, pero no estaba trabajando. Sus ojos estaban fijos en un retrato en miniatura de su difunta esposa. Se veía más delgado, con ojeras profundas que delataban noches de insomnio y un dolor que se negaba a dar tregua. Intentaba ser un buen padre, realmente lo intentaba, pero cada vez que miraba a Cale, el corazón se le partía de nuevo. El niño tenía demasiado de ella: el color del cabello, la chispa en los ojos —ahora apagada por la confusión del luto— y esa elegancia natural.
Un suave golpe en la puerta rompió el silencio.
— Adelante —murmuró Deruth, sin apartar la vista del retrato.
La puerta se abrió sin hacer ruido, y un hombre de porte impecable entró en la habitación. Ron Molan, el mayordomo que había llegado a su servicio años atrás huyendo de un pasado sangriento que Deruth prefería no cuestionar, portaba una bandeja con una tetera de porcelana y una sola taza.
— Es hora de su té de la tarde, mi señor —dijo Ron con su voz calmada y profesional.
Deruth suspiró, frotándose las sienes.
— No tengo apetito, Ron. Puedes llevártelo.
Ron no se movió. Con una eficiencia aterradora, sirvió el té, permitiendo que el aroma a hierbas amargas y cítricos llenara el aire.
— El joven maestro Cale ha preguntado por usted tres veces hoy —mencionó Ron, ignorando la orden de retirada—. Beacrox le está preparando algo de comer, pero el niño parece preferir la compañía de su padre a la de un filete bien cocido.
Deruth cerró los ojos, sintiendo una punzada de culpa.
— No sé qué decirle, Ron. Cada vez que lo veo, siento que le estoy fallando. Debería ser fuerte para él, pero apenas puedo mantenerme en pie.
Ron dejó la tetera sobre la mesa y se acercó un paso más. Sus ojos, siempre agudos y observadores, suavizaron su expresión gélida por un breve instante.
— El duelo no es una línea recta, Conde —dijo Ron, su tono era inusualmente cálido—. Usted no es un fracaso por sentir dolor. Pero el joven maestro necesita saber que, aunque su madre se haya ido, su padre sigue aquí.
Deruth levantó la mirada. Encontró la figura de Ron, siempre erguida, siempre firme. Había algo en la presencia del mayordomo que le daba una extraña sensación de seguridad. Ron no era solo un sirviente; era el pilar que sostenía la estructura de su vida diaria mientras él se desmoronaba.
— ¿Cómo lo haces? —preguntó Deruth en un susurro—. Tú también perdiste todo. Tu hogar, tu familia... y sin embargo, estás aquí, cuidando de nosotros.
Ron guardó silencio por un momento. Sus manos, expertas tanto en servir té como en manejar dagas, se entrelazaron tras su espalda.
— Sobreviví porque tenía una responsabilidad —respondió Ron—. Beacrox era mi ancla. Y ahora, este condado es mi refugio. Cuidar de usted y del joven maestro es lo que mantiene el filo de mi propósito.
Deruth se levantó lentamente de su silla. Se sentía pequeño frente a la estoica figura de Ron. Sin pensarlo mucho, dio un paso hacia él. La cercanía le permitió notar el aroma a limón y acero que siempre acompañaba al mayordomo.
— Gracias, Ron. No sé qué habría hecho estos meses sin ti. Especialmente ahora que he decidido... que no habrá nadie más.
Ron arqueó una ceja, un gesto sutil de sorpresa.
— ¿Se refiere a los rumores de un nuevo matrimonio, mi señor? Los vasallos están ansiosos por una Condesa.
— No me importa lo que digan los vasallos —dijo Deruth con firmeza, aunque su voz tembló ligeramente—. No puedo poner a otra mujer en el lugar de Jour. No sería justo para ella, ni para Cale, ni para mí. Criaré a mi hijo solo.
Ron asintió lentamente, una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios.
— No estará solo, Conde. Yo estaré aquí. Siempre.
***
Los años pasaron, y el Condado Henituse se convirtió en un lugar de calma inusual. A diferencia de lo que muchos esperaban, Deruth no volvió a casarse. Se dedicó por completo a la gestión de sus tierras y a la crianza de Cale, aunque la relación con su hijo seguía siendo un terreno delicado y lleno de malentendidos. Cale había crecido como un niño solitario, a veces difícil de leer, pero siempre bajo la vigilancia constante de Ron.
Para Deruth, Ron se había vuelto indispensable. Lo que comenzó como una relación de amo y sirviente se había transformado en algo mucho más profundo, un vínculo forjado en las sombras de la noche y en los silencios compartidos.
Una noche de invierno, Deruth se encontraba en la biblioteca, revisando unos informes comerciales. El frío se filtraba por las rendijas, y el fuego de la chimenea empezaba a languidecer. Ron entró, como siempre, con una manta de lana y una jarra de vino caliente.
— Debería descansar, mi señor —dijo Ron, colocando la manta sobre los hombros de Deruth.
Deruth se tensó por un momento ante el contacto, pero luego se relajó, dejando que el calor lo envolviera.
— Solo un poco más, Ron. Quiero terminar esto para poder pasar el día de mañana con Cale. Me prometió que iríamos a ver los jardines de invierno.
— El joven maestro apreciará el gesto, aunque finja que no le importa —comentó Ron, moviéndose para avivar el fuego.
Deruth observó la espalda de Ron. El mayordomo ya no era el hombre joven que llegó a sus puertas, pero el tiempo parecía haberle otorgado una elegancia aún más afilada.
— Ron —llamó Deruth suavemente.
El mayordomo se giró, con el atizador de hierro todavía en la mano.
— ¿Sí, mi señor?
— ¿Eres feliz aquí? —La pregunta colgó en el aire, pesada y honesta.
Ron dejó el atizador y se acercó al Conde. Se arrodilló junto a su silla, no por sumisión, sino para estar a su nivel. Sus ojos se encontraron, y por primera vez en mucho tiempo, Ron dejó caer su máscara de indiferencia.
— He pasado la mayor parte de mi vida huyendo o matando, Deruth —dijo Ron, usando su nombre sin títulos por primera vez—. Aquí, en este condado, encontré algo que no creía posible. Encontré paz. Y lo más importante, encontré a alguien a quien vale la pena proteger con algo más que mi espada.
Deruth extendió una mano temblorosa y acarició la mejilla de Ron. La piel estaba marcada por el tiempo, pero era cálida.
— A veces me asusta lo mucho que confío en ti —confesó Deruth—. Me asusta que, si te fueras, no quedaría nada de mí.
Ron tomó la mano de Deruth entre las suyas. Sus dedos eran ásperos, llenos de cicatrices, pero su agarre era tierno.
— No iré a ninguna parte. Los Molan son leales hasta la muerte, pero yo... yo soy leal a ti por elección propia.
Deruth se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos. El corazón le latía con una fuerza que creía olvidada. Cuando sus labios finalmente se encontraron, fue un beso lento, cargado de años de palabras no dichas y de un consuelo mutuo que trascendía su estatus social. No era el fuego apasionado de la juventud, sino el calor constante de las brasas que arden en la oscuridad.
Cuando se separaron, Ron mantuvo su frente apoyada contra la de Deruth.
— El joven maestro se dará cuenta —susurró Ron con una pizca de su habitual ironía.
Deruth soltó una pequeña risa, la primera en mucho tiempo.
— Cale es más observador de lo que deja ver. Probablemente ya lo sabe y está esperando a ver cuánto tardamos en aceptarlo.
Ron se puso de pie, recuperando su compostura, aunque sus ojos seguían brillando con una suavidad inusual.
— En ese caso, mi señor, deberíamos asegurarnos de que el té de mañana sea excelente. Beacrox se encargará de los postres.
Deruth asintió, sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en años.
— Gracias, Ron. Por todo.
— Es mi deber, Deruth —respondió Ron, dirigiéndose a la puerta—. Y mi placer.
***
A la mañana siguiente, el sol se reflejaba en la nieve fresca que cubría el jardín. Cale, un niño de cabello rojo vibrante, observaba desde el balcón cómo su padre caminaba por el sendero junto a Ron. No iban tomados de la mano, eso sería impropio, pero caminaban tan cerca que sus hombros se rozaban ocasionalmente.
Cale tomó un sorbo de su jugo de uva y frunció el ceño, aunque había una sombra de alivio en su rostro.
— Ese viejo astuto —murmuró Cale para sí mismo—. Al menos mi padre ya no parece un fantasma.
Beacrox, que estaba limpiando unos cubiertos cerca de allí, soltó un bufido que casi parecía un asentimiento.
— Mi padre sabe lo que hace, joven maestro —dijo Beacrox con su habitual tono seco—. Ahora, termine su desayuno. Tenemos mucho que hacer hoy.
En el jardín, Deruth se detuvo a mirar un rosal que sobrevivía al frío. Sintió la presencia de Ron a su lado, una constante inamovible. Ya no había una Condesa en el horizonte, ni la necesidad de buscar una madre sustituta para Cale. Tenía a su hijo, tenía su hogar y, sobre todo, tenía al hombre que había recogido sus pedazos rotos y los había vuelto a unir con una paciencia infinita.
— ¿Ron? —dijo Deruth, mirando hacia el horizonte nevado.
— ¿Sí, mi señor?
— Mañana... ¿podrías enseñarme a preparar ese té de limón? Cale dice que el mío sabe a agua sucia.
Ron soltó una risa corta y genuina, un sonido raro y precioso.
— Me temo que eso requerirá mucha paciencia, mi señor. Sus manos están hechas para la pluma, no para las hierbas. Pero estaré encantado de intentarlo.
Deruth sonrió, sabiendo que, independientemente de lo que el futuro deparara al Reino de Roan o a la familia Henituse, mientras Ron estuviera a su lado, el invierno nunca sería demasiado frío. La pérdida de Jour siempre sería una cicatriz en su alma, pero Ron Molan se había convertido en la medicina que permitía que esa cicatriz dejara de doler.
Caminaron de regreso a la mansión, dos hombres unidos por el deber, el pasado y un amor silencioso que florecía en la quietud de las montañas, tan firme y eterno como la roca misma.
