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Tn x tan block +18

Fandom: Tn x yan block

Creado: 30/4/2026

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RomanceDramaAngustiaHistoria DomésticaCelosNovela RománticaEstudio de Personaje
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Fuego bajo la piel y cadenas invisibles

La lluvia golpeaba con fuerza rítmica contra el cristal del ventanal del apartamento de Yan, creando una barrera de sonido que los aislaba del resto del mundo. Dentro, el aire estaba cargado, denso, casi eléctrico. No era solo la humedad del ambiente, sino la tensión acumulada entre dos cuerpos que se conocían demasiado bien, pero que nunca parecían tener suficiente el uno del otro.

Dana estaba sentada en la encimera de la cocina, balanceando las piernas con una distracción fingida mientras revisaba su teléfono. Yan, por otro lado, no fingía nada. Estaba de pie frente a ella, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho, observándola con unos ojos que ardían con una mezcla peligrosa de deseo y una posesividad que él apenas lograba contener.

—¿Vas a ignorarme toda la noche, Dana? —La voz de Yan era un gruñido bajo, vibrante, que le erizó el vello de la nuca a la chica.

—No te ignoro, Yan —respondió ella sin levantar la vista, aunque su corazón ya empezaba a galopar—. Solo estoy respondiendo un mensaje de la universidad. Un compañero quiere saber si terminamos el proyecto.

En un movimiento felino y rápido, Yan acortó la distancia. Sus manos se apoyaron a ambos lados de los muslos de Dana, atrapándola contra el borde de la encimera. El calor que desprendía su cuerpo era casi sofocante, y el aroma a su perfume amaderado envolvió los sentidos de ella de inmediato.

—No me gusta que otros hombres te escriban a estas horas —dijo él, inclinándose hasta que su aliento rozó la oreja de Dana—. Me pone de un humor... difícil.

Dana finalmente dejó el teléfono y lo miró a los ojos. Yan se veía increíblemente guapo, pero también perturbado. Sus pupilas estaban dilatadas, y había una intensidad en su mirada que delataba lo hormonal que se sentía esa noche. Eran amigos con derechos, ese era el trato, pero Yan siempre parecía querer reclamar derechos que no estaban en el contrato.

—Somos amigos, Yan. Tú y yo no somos novios —le recordó ella con un tono que pretendía ser firme, aunque su voz tembló un poco cuando él deslizó una mano hacia arriba, apretando su cintura con firmeza.

—Amigos que hacen esto —murmuró él, antes de hundir su rostro en el hueco del cuello de ella, dejando un beso húmedo y caliente que hizo que Dana soltara un suspiro involuntario—. Amigos que no pueden dejar de tocarse. No me vengas con tecnicismos ahora, Dana. Sabes que me vuelves loco.

—Estás celoso de un mensaje de texto —rió ella con suavidad, intentando aligerar el ambiente, aunque sus manos ya se habían enredado en el cabello oscuro de él.

—Estoy celoso de cualquier cosa que te quite un segundo de atención cuando estás conmigo —admitió él, mordisqueando suavemente el lóbulo de su oreja—. Y hoy, mis hormonas no me están dando tregua. Solo quiero encerrarme contigo y que te olvides de que existe alguien más fuera de estas cuatro paredes.

Yan levantó la mirada y la besó con una urgencia que rozaba la desesperación. Era un beso hambriento, posesivo, que reclamaba cada rincón de su boca. Dana respondió con la misma intensidad, rodeando el cuello de él con sus brazos y tirando de él para pegarlo más a su cuerpo. La encimera de granito estaba fría bajo ella, pero el contacto con Yan era puro fuego.

—Yan... —jadeó ella cuando él bajó los besos hacia su clavícula, desabrochando con dedos impacientes los primeros botones de su blusa—. Siempre eres tan intenso.

—Solo contigo —respondió él, su voz ahora más ronca, cargada de una necesidad física evidente—. Me tienes así, Dana. Siempre al límite. No puedo evitar querer marcarte, que todos sepan que eres mía, aunque digamos que esto es "sin compromisos".

Él la levantó de la encimera como si no pesara nada, obligándola a enredar sus piernas alrededor de su cintura. Sin romper el contacto visual, la llevó hacia el dormitorio. La luz de las farolas de la calle se filtraba por las cortinas entreabiertas, bañando la habitación en sombras azuladas y doradas.

La dejó sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con su estado anterior, pero no tardó en cubrir su cuerpo con el suyo. Yan se movía con una confianza animal, sus manos explorando cada curva de Dana como si estuviera memorizando un mapa.

—Dime que me quieres solo a mí esta noche —susurró él, atrapando sus manos sobre su cabeza, entrelazando sus dedos con los de ella—. Dilo, Dana.

—Solo te quiero a ti, Yan —admitió ella, rendida ante la abrumadora presencia del hombre—. Siempre eres tú.

Esa confesión pareció ser el detonante que Yan necesitaba. Su control, ya de por sí frágil, se rompió por completo. La atmósfera se volvió puramente instintiva. Cada caricia era más profunda, cada beso más exigente. Yan se aseguraba de que ella sintiera cada gramo de su peso, cada latido de su corazón acelerado contra su pecho.

—Eres tan hermosa —dijo él, su voz apenas un susurro mientras sus labios recorrían su piel—. Me haces sentir cosas que no debería... y me encanta.

El sexo entre ellos nunca era simplemente físico; había una corriente subterránea de emoción que ambos se negaban a nombrar durante el día, pero que en la oscuridad de la noche era imposible de ignorar. Yan era posesivo, sí, y a veces su celosía era irracional, pero en esos momentos de intimidad, Dana podía ver la vulnerabilidad detrás de su fachada de hombre dominante.

Las horas pasaron entre suspiros, promesas susurradas al oído y el roce constante de piel contra piel. El cansancio finalmente empezó a ganarles terreno, pero Yan no se alejó. Se acomodó de lado, atrayendo a Dana contra su pecho, envolviéndola en sus brazos como si temiera que ella pudiera desvanecerse si la soltaba.

—¿Te quedarás a dormir? —preguntó él, su voz volviendo a ser suave, casi temerosa de la respuesta.

—Siempre me quedo, Yan —respondió ella, acomodando su cabeza en el hueco de su hombro—. No tienes que ponerte así.

—Lo sé —suspiró él, besando su frente—. Es solo que... a veces siento que este "trato" nuestro no es suficiente. Quiero más.

Dana guardó silencio por un momento, escuchando el latido rítmico del corazón de Yan. Sabía que estaban entrando en terreno peligroso, que la línea entre amigos con derechos y algo más se estaba desdibujando cada vez más rápido.

—Hablemos de eso mañana, ¿sí? —propuso ella, cerrando los ojos—. Ahora solo quiero estar así contigo.

Yan la apretó un poco más fuerte, inhalando el aroma de su cabello.

—Está bien. Pero mañana no te vas a librar de mí tan fácil. Te lo advierto, Dana, soy muy egoísta con lo que quiero. Y te quiero a ti.

—Lo sé, Yan. Lo sé.

Se quedaron dormidos mientras la lluvia seguía cayendo afuera, dos almas atrapadas en un juego de posesión y deseo que ninguno de los dos estaba realmente dispuesto a ganar, porque perderse el uno en el otro era la única victoria que importaba.
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